(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Las dos Esmeraldas : episodios maritimos"

EPISODIOS MARÍTIMOS. 



CHILE. 





1 




POR 



B. VICUÑA MACKENNA. 



-^5^&=a¿==í=r 



RAFAEL JOVER, EDITOR 



SANTIAGO 

Angosta, 11. 



LIMA 

Aumente, 128. 

1379. 



VALPARAÍSO 

Victoria, 124. 



SANTIAGO. 



IMP. DEL CENTRO EDITORIAL, CALLE ANGOSTA, NÚW. 11. 
1879. 



LAS 

DOS ESMERALDAS. 



''■_/-/ 



A 



DE CONTEALMIEANTE A PAJE. 



Homenaje de cariño, de respeto i ad- 
miración, de su compatriota i amigo 



!p. Í^ICUÑ^ ^/^CKEj^jMyk. 



Q/aivfma'O/ in^nvo /^ íí4 "jojO. 



UNA PALABRA. 



La historia de las DOS ESMEBALDA8 no 
es un romance aunque lo parezca. 

Es, al contrario, una narración estrictamente 
ajustada a los documentos históricos que se conser- 
van en nuestros archivos, i a los relatos ya con- 
sagradas por la historia. 

Hemos preferido, sin embargo, imprimir a la 
presente relación las formas de un estilo llano i po- 
pular, porque un libro destinado a recordar algu- 



71 as de nuestras mayores glorias, está de suyo des- 
tinado al pueblo. 

Para él, i especialmente para el pueblo aloma- 
do que pelea en el mar bajo nuestra gloriosa ban- 
dera, ha sido escrito, i a él por lo tanto está dedi- 
cado. 

El Autor. 



■» > igll » llW 



LAS DOS ESMERALDAS. 



I. 



«El que impera en el mar domina en tieri'a.» 
(García Reyes. — Memoria sobre la primera 
escuadra nacional, páj 35). 



I. 



La historia breve i heroica que vamos a contar 
al pueblo chileno, i en jeneral a todos aquellos a 
quienes los nobles hechos interesan i apasiona la 
ajena gloria, abarca un período de ochenta i ocho 
años (1791-1879). 

Como leyenda del mar, esa historia toma arran- 
que en un lejano i abrigado puerto del Mediterrá- 
neo, antes famoso por hazañas navales, i acaba 



10 EPISODIOS marítimos 



en una rada casi abierta i prosaica entre los mé- 
danos de la costa del Perú. 



II. 



La primera Esmeralda, que pudiéramos llamar 
la «Esmeralda de Lord Cochranoí, así como la 
mas lejítima gloria de la última pertenece al in- 
mortal capitán chileno Arturo Prat, fué construida 
en 1791 en el hermoso i pintoresco puerto i capital 
de una de las islas Baleares, la ciudad de Mahop, 
de cuya rada decia Andrea Doria, insigne marino 
jenoves, haciendo alusión a la benignidad de los 
meses de estío en aquel océano i a las ventajas de 
aquella espaciosa rada: 

«Junio, julio, agosto i Puerto Mahoa 

Los mejores puertos del Mediterráneo son.» 



III. 



Era la vieja Esmeralda una fragata sumamente 
sólida, fuerte i tan bien trabada como un castillo 
de madera. Los españoles empleaban un bosque 
entero en cada uno de sus navios, i por esto so- 
lian vivir los últimos ciento i mas años. La fraga- 
ta Dolores, que naufragó en Valparaíso en 1823, 
después de haber navegado mas de un siglo en el 
Pacífico, habia vivido cerca de otro siglo, como 
las tortugas del mar, en otras costas i parajes. 



LAS DOS ESMERALDAS. 11 

No poseía la robusta fragata de Malioii, ni la 
graciosa arboladura ni los cortes finos i elegantes 
de su mas joven consorte en el Pacífico, la famosa 
Maria Isabel, nave airosa, velera, construida en las 
orillas del Neva, con los pinos que crecen en sus 
niárjenes, i enviada en obsequio al rei de España 
por el suntuoso czar Pablo, el mismo autócrata que 
regalara a Napoleón los famosos caballos blancos 
de su berlina de gala. Pero en cambio, la Esineral- 
da flotaba maciza en el agua, ostentando en las 
bocas de sus ancTias portas veintidós cañones por 
banda. 

IV. 

En aquel tiempo, como en el primer tercio de 
este siglo, i hasta que apareció como súbito lampo " 
el jenio de Fulton, el lujo i la ciencia náutica no 
consistía, como lioi, en la rapidez de la quilla ni en 
el calibre de los proyectiles, sino únicamente en 
el número de cañones i de baterías. Construían 
por consiguiente los navios de dos o tres pisos co- 
mo las casas, con ochenta o cien cañones distri- 
buidos en tres puentes que se estendian de popa 
a proa. Todo lo demás lo hacia el viento, la for- 
tuna i el valor. 

«Un navio de tres puentes» era por consi- 
guiente el ideal de un capitán o de un gobierno; i 
mientras mayor número de esas pesadas máqui- 
nas, que una simple lancha cañonera a vapor 



12 EPISODIOS MAIIITBIOS 

echarla a pique lioi (lia, poseia una nación, mas 
fuerte se la juzgaba. La España, tan poderosa co- 
mo la Inglaterra en la alborada del siglo en que 
todavía vivimos, poseia en 1800 setenta i seis na- 
vios, cincuenta i una fragatas i solo nueve corbe- 
tas, estas últimas tipo hoi dia de las buenas naves 
de mar i de combate. 

El Principe de Asturias, en cuyo alc¿ízar peleó 
el bravo Gravina en Trafalgar (21 de octubre de 
1805), tenia 118 cañones i 1,113 hombres de tri- 
pulación, de capitán a paje, i el fiavío Santísima 
Trinidad 18 cañones mas, o sea, 136! De igual 
manera el Victor?j, (esta Esmeralda británica) 
que montaba Nelson en aquella memorable ba- 
talla i en cuyo puente murió, montaba en sus 
baterías 121, i el Bucentaicre, navio almirante 
del bravo pero infortunado Yilleneuve 120. Hoi 
los blindados mas formidables, como el Duilio i 
el Dándolo do Italia, solo cargan dos o cuatro ca- 
ñones. 

Los navios de tres puentes hablan remplazado 
a las ajiles galeras de Lepanto, i por esto no ha- 
bla espectáculo mas grandioso en el mar que uno 
de esos combates que lo poblaban de jigantes de 
fuego, a la manera de colosales torres movibles 
que el viento acercaba, revolvía i dispersaba al- 
ternativamente entre el humo, el estampido de 
millares de cañones i los hurrahs de verdaderos 
ejércitos de combatientes. En Trafalgar se batie- 



LAS DOS ESMERALDAS. 13 

ron mas de 40.000 hombres desde las baterías de 
de sesenta i seis navios i fragatas. 

Hoi el prosaico fierro ha convertido las guerras 
marítimas en simples torneos de mecánica, en 
que el vapor i el peso del metal que i'esiste o que 
dispara, ejecuta lo que antes era la herencia de 
los bravos. Fulton destronó a Nelson. 

El calibre común de aquellos tiempos era el pe- 
so de 24 libras («cañón de a 24))). Hoi los pro- 
yectiles que dispara el Duilio pesan 25 quintales! 



V. 



La Esmeralda de las Islas Baleares, esmeraldas 
a su vez del Mediterráneo, no se encontró en Tra- 
íalgar, i después de veinte años de cruceros en los 
mares domésticos de la España, pasó en 1816, por 
la via del cabo de Hornos, al Pacífico, que hacia 
también parte, no disputada por nadie en esa épo- 
ca, de los mares de la corona de Castilla. 

De su vida de mar en Europa, solo se sabe que 
en 1798, esto es, ocho años después de su cons- 
trucción, i cuando se la consideraba un buque fla- 
mante, estaba armada en el apostadero de Carta- 
jena al mando del capitán de navio don Eíifael 
Butrón (1). 



(1) Marchi Labores. — Historia de la Marina Real de Espa- 
ña, Yol. ir, páj. 795. 



14 EPISODIOS MARÍTIMOS 



YL 



La Esmeiialda vino al Pacífico al mando del es- 
periraentado capitán de navio don Luis Coig, 
hombre, al parecer, de mas sesos que hígados, con- 
voyando los transportes que condujeron desde 
Cádiz a Lima el famoso rejimiento Burgos, des- 
tinado a rendir sus viejas banderas en Maipo. 

Mas feliz que su compañera de aventuras i ser- 
vicios la María Isabel, que vino un año mas tar- 
de en pos de ella, la Esmeralda entregó en bue- 
nas condiciones su carga humana al virrei Pezuela 
en el Callao, i se quedó en aquel apostadero, a 
descansar i a servir como el mas firme baluarte 
de la Península en esta parte del mundo. 

Su reposo., empero, no seria largo! 



LAS DOS ESMERALDAS 15 



EL LAUTARO. 



«Ese triunfo i cien riias, se harán insignifican- 
tes si no dominamos en el mar.D 

(Pab.bras pronunciadas porel jeneral O'Higgins 
en el campo de batalla de Chacabuco. — (Memoria 
de Albano, páj. 41). 



Era la fragata Esmeralda en el Pacífico para 
los españoles de 1818, lo que el monitor Huáscar 
es para los peruanos de lioi: el orgullo, la gloria, 
cda pieza de resistencia» de su marina de guerra. 
Se la creia completamente invulnerable, i a sus 
cuarenta i cuatro cañones estaban por tanto con- 
fiados los destinos de la metrópoli en aquellas de 
sus colonias que bañaba el dilatado Mar del Sur. 

Confiábanse por esta razón a su comandante to- 
dos los servicios de importancia, i como el Perú 
realista era en. esa época señor absoluto del Pací- 
fico, la nave castellana se paseaba ufana por sus 



aguas. 



16 EPISODIOS marítimos 

La Esmeralda convoyó la cspedicion ele Osorio, 
desde el Callao a Taleahuano a fines de 1817, i 
Be encontraba en aquella bahía cuando el jeneral 
del poncho blanco llegó derrotado i en mal caba- 
llo, anunciando a sus estupefactos compatriotas el 
dia de Maipo. 

Fué entonces cuando alguien, quien nos lo con- 
tó en Lima hace veinte años (el jeneral peruano 
don Pedro Antonio Borgoño), oyó decir al capitán 
de la Esmeralda estas palabras que eran una pro- 
fecia: — La Españn ha perdido sus colonias! 

Por esto dijimos antes, que el comandante don 
Luis Coig, era un hombre de sesos. 

El desarrollo de esta relación pondrá de mani- 
fiesto si sus bríos de soldado estaban a la altura 
do su injenio de pensador i de filósofo. 



11. 



Durante los dias que habian mediado entre 
Cancha-Rayada (marzo 19) i Maipo (5 de abril de 
3818), los realistas del Perú mantenían en estre- 
cho bloqueo a Valparaíso, porque no querían que 
se escapase por esa puerta un solo patriota, i 
habian encargado este especial cuidado a la fra- 
gata Venganza, compañera de astillero, pero no 
de aspecto ni de servicio, de la noble Esmeral- 
da. La Venganza, como su nombre, era un buque 
feo, mugriento, mal mandado, peor tripulado, sin 



LAS DOS ESMERALDAS 17 ' 

paga i sin honra, quo al fin se entregó como bas- 
tardo; (le suerte que la peste i el escorbuto tenían 
postrada a su jente, aun a la vista de Valparaíso i 
de sus inmediatos i fértiles valles. 

Yino, en virtud de esto, a relevarla desde Talca- 
huano la Esmeralda, que era la nave de todos los 
desempeños. Acompañábala esta vez como aviso i 
sosten aquel cliúcaro bergantín PotrülQ, que una 
traición de marineros había entregado al enemigo 
en Valparaíso el 2 de mayo de 1814, í que, un tanto 
mas dado al freno ahora, volvió a caer en nuestro 
poder en la rada de Valdivia en febrero de 1820. 



III. 



Pero los chilenos habían comprendido ya en 
esa época sus verdaderos destinos, i todos los ojos 
estaban fijos en el océano. 

En otra ocasión hemos contado lo que fué la 
marina chilena después de Ghacabuco: — cómo la 
primera lona para el velamen del único bergan- 
tín que teníamos (el Águila), fué comprada a re- 
tazos en las tiendas de Santiago i llevada a Val- 
paraíso en carreta:— cómo el gobernador militar 
de aquel puerto pedia por correo, se le enviaron 
ocho quintales de clavos jemales, de los que los 
jesuítas habían enseñado a forjar a los herreros de 
la capital;— i cómo, por último, el coronel Lastra, 
comandante jeneral de marina, ofrecía albricias a 



18 EPISODIOS marítimos. 



quien le proporcionara, si mas no fuera de pres- 
tado, un ejemplar de las Ordenanzas maritimas 
de España, porque en todo Chile no lo liabia, ni 
siquiera en pergamino.... (1). 



IV. 



Esto sucedía después de Chacabuco. 

Mas, después de Maipo, las cosas habían cam- 
biado. 

No hai para un pais mejor negocio que una vic- 
toria, si sabe aprovecharla. 

Los chilenos de antaño tuvieron esa rara fortu- 
na, i por eso fueron fuertes. 



V. 



Abriendo de par en par sus puertas al comer- 
cio estranjero, Valparaíso se transformó en pocos 
meses, i de aldea de pescadores i de bodegueros 
de charqui i de trigo, se hizo un emporio. 

Comenzaron a llegar buques de Europa i de la 
India con ricos cargamentos; i realizados éstos a 
buen precio, sus capitanes ofrecían sus cascos de- 
socupados para armarlos en guerra. 

Llamábanse los buques que hacian la carrera 



(1) «Los Pañales de la marina de guerra de Chile.» — Rela- 
ciones Históricas, segunda serie. 



LAS DOS ESMERALDAS 19 . 

de la India en aquel tiempo inchimanes (del tu- 
díamen de los ingleses), i dos de esos pesados fra- 
g¿itones fueron la base de nuestra primera i glo- 
riosa marina do guerra. — La Wijndham, que 
recibió el nom^bre, tan en voga entonces, de .L«;í- 
taro en los mismos dias en que vencíamos en Mai- 
po, i la Gamhei^land, que en honor del vencedor se 
llamó en seguida — San Martin. 

El Lautaro liabia sido comprado con préstamos 
i con cliañilonia, enviando las matronas de San- 
tiago sus mas sólidas palanganas, bandejas i otros 
utensilios mas humildes, pero de sólida plata, al 
volante de la Casa de Moneda, como donativos vo- 
luntarios, i anticipando algunos fondos sin usura 
los primeros ingleses que pisaron nuestra playa, 
grata a sus hábitos. I con aquel pesado barco, que 
medía apenas ochocientas toneladas, pero sólido 
como una carreta, se meditó dar el primer golpe 
al pujante enemigo en el Pacífico. 



VI. 



Trasladóse para este fin de Santiago a Valpa- 
raiso, como delegado íntimo del jeneral San Mar- 
tin i del director O'Higgins, un mozo natural de 
Buenos Aires, un tanto petulante, pero activo, 
travieso i capaz de atrevidas combinaciones, como 
las que habian servido en 1815 al paso de los An- 
des, bu nombre era Turnas Guido. 



20 EPISODIOS marítimos. 

I no pudo cscojerse en la capital nn emisario 
mas adeenado. 

Era gobernador de Yalparaiso a la sazón, el 
honrado pero pacífico i silencioso jeneral don 
Francisco Calderón, i capitán de puerto i ñicto- 
tum en la marina, un francés gordo i hablador, 
j^ero tan bravo como bullicioso, llamado Tortel, 
que en todo metia la lengua i la espada. El joven 
Guido estaba destinado a servir de escelente inter- 
mediario entre ambos polos, aprovechando las 
buenas i las malas cualidades de uno i otro. 



YÍI. 



Comprado i pagado el Lautaro, se pensó en tri- 
pularlo, recojiendo de la playa cuanto marinero i 
desertor habia arrojado la ola i la revolución; pero 
clijiüse un centenar de buenos soldados de tieiTa 
i se embarcó una compañía veterana al mando del 
bravo capitán ingles don Guillermo Miller, mas 
tarde gran mariscal en el Perú. 

Púsose en seguida a bordo, como se pudo, cuan- 
ta boca de fuego encontróse a mano, sin fijarse 
en el material ni el calibre, hasta el número de 
52 cañones: ni uno de mas ni uno de menos, des- 
de que la Esmeralda montaba 4A. Al propio tiem- 
po diósele por comandante a un joven i valiente 
oficial de la marina inglesa, que ya habia peleado 
en la rada de Valparaíso (en la Phehe contra la 



LAS DOS ESMERALDAS 21 

Essex, marzo de 181)^), i que por un raro caso se 
encontraba en ese momento en Valparaíso. 8n. 
nombre era Jorje O'Brien, si bien el francés Tor- 
tel nunca le llamó en sus cartas sino Oshrer. Era 
un bravo i bizarro^, mozo de menos de treinta años, 
destinado a dar a Chile su primer dia de gloria i 
de luto en el océano. 

Destinóse a bordo en 'calidad de segundo a im 
oficial ingles que habia venido desde Londres de 
piloto en la Wyndhara, llamadlo Turne r; i como 
segundos cabos i marinos embarcáronse infini- 
dad de aventureros de todas procedencias: suecos 
i griegos, malayos i franceses, italianos i canacas, 
i por supuesto, todos los jornaleros, pescadores i 
lancheros de la rada, esa vanguardia marítima de 
Chile siempre pronta a cambiar el remo por el 
fusil o por el hacha. Debió llamarse de todas suer- 
tes el Lautaro mas propiamente — Bahel, porque 
pralamas estraña qonfusion de lenguas que jamas 
se hubiese visto. 

VIH. 

Mas ¿cómo con tal buque, viejo, pesado i con 
tal tripulación revuelta i bisoña, aunque de suyo 
valerosa, seria dable apoderarse de la Esmeralda, 
perfectamente equipada, alerta i aguerrida? 

La empresa parecía imposible. Pero ocurrióse 
al ardid i a la audacia, estos dos grandes elcmen- 



22 EPISODIOS marítimos. 



tos de las guerras marítimas desde Temístocles i 
Arístides hasta Nelson i Cochrane. I con esto el 
éxito estuvo a dos dedos de la acometida. 



IX. 



Existia fondeada en Valparaiso una fragata de 
guerra inglesa llamada \í\ Araphion, la misma que 
I: os liabia traido el oportuno aviso de la salida de 
de Osorio del Callao, i cuyo comandante, el co- 
modoro Bowles, era un entusiasta partidario de la 
causa americana. No evitaba esto, sin embargo, 
que los chilenos i especialmente las señoras de 
Santiago, lo llamaran únicamente i con poquísimo 
respeto el «comodoro Baule....D 

El buen británico, solia de vez en cuando ha- 
cerse a la mar i ponerse al habla con la fragata 
bloqueadora, para atender a los reclamos que sur- 
jian respecto del comercio; i con este motivo el 
capitán Coig se habia familiarizado con las con- 
tinuas apariciones del barco ingles. 

Sacóse partido de esta circunstancia; i entre 
Guido, Calderón i Tortel, idearon que el Lautaro 
se disfrazarla del mejor modo posible, acomodando 
la arboladura, la jarcia i el color de las muradas 
de modo que el engaño no fuese difícil. 

Practicóse todo esto a la luz del dia, haciendo 
el buen comodoro la vista gorda sobre aquella 
apresurada i falaz caricatura de su nave. I cuando 



LAS DOS ESMERALDAS 23 

estuvo esta última operación concluida en tocios 
sus detalles, se impartió la voz de salir en busca 
de la Esmeralda i del Fotrillo, buquecillo atrevido 
de 18 cañones, que solia venir a rolincliar, con 
gran enojo del gobernador del puerto, hasta so- 
bre las rompientes de la Baja. 



X. 



Era un dia domingo, i la ciudad se divisaba de 
fiesta, esparcida la naciente población en grupos 
sobre los cerros. Como en el combate de la Essex, 
los belicosos porteños querian darse el espectáculo 
gratis i grandioso de una batalla naval. 

A las dos de la tarde en punto del 26 de abiil 
de 1818, el Lautaro desplegaba gallardamente sus 
velas i con el tricolor recien nacido de Chile al 
tope de su palo ma3"or, doblaba la punta de Co- 
roumilla, en demanda de la Esmeralda, que aque- 
lla mañana los vijias habían columbrado en el ho- 
rizonte hacia el sud-oeste. 

Al doblar la punta del Faro, el Lautaro arrió la 
bandera nacional e izó el pabellón ingles. 

Comenzaba la campaña del ardid que, en su 
tanto, habia de tener el éxito mas brillante. 

XI. 

La nave chilena hizo rumbo directo al sur, i al 



•24 EP [SODIOS marítimos. 

CMcr l:i ta-rdo, los numerosos i festivos paseantes 
del domingo, divisaron en el horizonte bañado 
por el tibio i luminoso sol de otoño, im espectácu- 
lo que nunca dejará de fascinar el ojo i el corazón 
del hombre: el encuentro de dos fuerzas que se 
chocan, sean éstas diminutivas aves que se baten 
en el aire; sean masas colosales de fierro o de 
madera que se estrellan. El hombre, bajo el frac 
o bajo el poncho, bajo la casaca o la capucha, es 
siempre un luchador. 

A las 6 de la tarde la Esmeralda i el Potrillo 
venian al encuentro del Lautaro, maniobrando pe- 
rezosamente con una ventolina floja del norte en 
un ancho radio de mar, cinco o seis leguas al sud- 
oeste de Yalparaiso. 

Los tres combatientes se avanzaban por borda- 
das, cuando la noche cayó sobre ellos i sobre los 
lejanos espectadores. Los prácticos del puerto i 
de la guerra, según el capitán Tortel, asegilraban 
que no estarían el uno sobre el otro los dos navios 
de guerra sino a las doce de la noche, la hora de 
los duendes. 

XIL 

Fué aquella noche de mortal zozobra para la 
patriótica Yalparaiso, i los que no estuvieron 
03'endo tiros de cañón i contándolos uno a uno, 
soñaron en la febril almohada con el fragor del 
abordaje. Nadie durmió en esa velada. 



LAS DOS ESMERALDAS. 25 

Sin embargo, la noclio habia sido comple- 
tamente tranqnila en el anchuroso i sosegado 
océano. 

Desde las oraciones, ios dos combatientes, co- 
mo las sombras que se disuelven ©n la cámara os- 
cura, se liabian perdido de vista. 

Solo a las tres de la mañana, i a través de esas 
tenues nieblas que son en nuestra costa la húme- 
da túnica matinal del otoño, creyó el bravo capi- 
tán O'Bricn divisar los faroles de la Esmeralda, i 
mandó írobernar sobre ella. 

o 

XIII. 

El capitán del buque español no habia apagado 
sus luces por una razón mui obvia. Desde el pri- 
mer momento habia ere ido que el barco que ve- 
nia en su busca era la Amphion. ¿Ni cómo podia 
ser imajinable que los chilenos hubieran podido 
equipar una nave de combate a su propia yista i 
en el puerto que noche i dia vijilaba? 

En la mar solo deben imperar dos facultades 
del alma: la desconfianza que aviva todos los re- 
celos, i el coraje cpie aprovecha todas las temeri- 
dades. Ambas cosas faltaron esta vez al capitán 
castellano, i por esto su naye cayó momentánea- 
mente en manos de un grupo de animosos aven- 
tureros. 



2« . EPISODIOS marítimos 



XIY. 



Eompia en efecto el alba del tardo amanecer 
de los postreros dias de abril, cuando el vijia que 
domina como desde una atalaya el mar que se es- 
tiende al sur de Valparaíso, creyó divisar por en- 
tre un claro momentáneo de la niebla, que los dos 
buques rivales se acercaban a tiro de pistola, i 
que el Lautaro, lanzándose a todo trapo sobre la 
popa de la fragata bloqueadora, le disparaba a 
quema-ropa una andanada.... I entonces volvió a 
cerrarse la niebla, i no llegó a los cerros ni a sus 
silenciosas quebradas, sino el lejano eco de un ca- 
ñoneo intermitente. 

¿Qué habia sucedido? 

Nadie tuvo aquel dia, dia memorable para nues- 
tra joven marina, la menor noticia, i en aquella an- 
siedad pasóse todo el siguiente, el lunes, i el mar- 
tes, del 27 i 28 de abril. — Las cartas que el coronel 
Guido i el gobernador marítimo Tortel, enviaron 
durante esas largas horas de inquietud, por espreso 
i a revientacinclias, al palacio de Santiago, i que 
han llegado orijinales hasta nosotros, se pierden 
en un mar de conjeturas, sin acertar a darse cuen- 
ta del desenlace posible del encuentro: lo único 
en que todos los corresponsales confian, es en el 
heroísmo del capitán O'Brien i de su jente, i en 



LAS DOS ESMERALDAS. 2T 



este presentimiento no hubo en Chile, por fortuna, 



nunca engaiio. 



XY. 

Al fin, después de tres dias mortales, al amane- 
cer del miércoles 29 de abril, divisóse al Lautaro, 
ganando a lentas bordadas el surjidero del puerto. 
Se ha acercado a la punta que los españoles lla- 
maban de los Alíjeles i hoi se denomina de los Al- 
macenes fiscales, i se ha podido ver que trae su 
vergas a la funerala, pero que arrastra consigo 
una presa. 

Esa presa no es ni la Esmeralda ni el Potrillo. 

¿Qué ha sucedido entonces? 

Esto es lo que de seguida vamos a contar con 
los boletines oficiales a la vista, sujetándonos en 
todo, conforme a nuestra promesa, a la mas estric- 
ta veracidad histórica. 

La memoria, corta pero brillante, de nuestra 
marina de guerra, no necesita del estro de las 
ponderaciones para tomar el rango que le es de- 
bido entre hi de todas las naciones. 



28 EPISODIOS marítimos 



EL PRIMER COMBATE. 



«La Esmeralda es nn<a fragata baetanto fuerte, 
de buena tripulación i oñcíalidad, i bien pagada.» 

(Comunicación reservada del jeneral Zenteno 
sobro papeles tomados al jeneral Ordoüez eu Mai- 
po. — Santiago, abril 8 de ltíl8). 



I. 



Una admiral>Ie fortuna había favorecido la 
aventurera empresa que iba a ser nuestro primer 
ensayo en el mar, nuestra primera lección de pro- 
A'echo en las guerras navales. 

Engañado, según antes dijimos, el capitán de 
la Esmeralda, por la apariencia del barco que ve- 
nia en su demanda, no se habia dado prisa para 
aguardarlo en son de combate, esperando la luz 
de la próxima ma,ñana. En consecuencia, se ha- 
bla aguantado flojamente sobre sus velas en me- 
dio de la protectora niebla i de la noche. 

I su ilusión era tan completa, que cuando al 
romperse en jirones la calina matinal, vio el cas- 



LAS DOS ESMERALDAS 2a 

tcllano que la fragata chilena gobernaba por su 
popa, a nno o dos cables do distancia, fastidiado 
de aquella torpeza en la JUMiiiobra, tan rara en 
un navegante ingles, cojió la bocina i con voz 
irritada le gritó: 

— «Ea! Ese barco se me viene encima!» (1) 
I así era la verdad, porque con una audacia sin 
ejemplo el valiente O'Brien, incorporado en el 
ejército de Chile con el título deteniente coronel 
i vestido gallardamente con su uniforme de para- 
da, se arrojaba contra la fragata española, propo- 
niéndose atravesarla con su bauprés, a fin de que 
su madero le sirviera de puente de abordaje. 

Aun esta atrevida maniobra fué lograda con fe- 
licidad, i el comandante O'Brien, como eí último 
i glorioso capitán de la joven Esmeralda, sal- 
tó, hacha en mano, sobre la borda enemiga. 



II. 



• Hasta aquí el testimonio de los testigos de vista 
i de los narradores oficiales, está en completo 
acuerdo. 

El abordaje fué rápido i afortunado. La tripu- 
lación española, sorprendida un momento hasta 



(1) Carta del cnrov.el Guido al Director O'IIiggins. Valpa- 
raíso, abril 29 de ISIS, alus 9 de la noclie, orijiual en nucstTO 
poder. 



30 EPISODIOS MARÍTIMOS 

el páiiieo, {ibíindono la cubierta del buque, hecho 
que confiesa el mismo capitán español en su parte 
oficial al jííneral Osorio, al paso que un bravo i ájil 
muchacho, cojiendo los cordeles de la insignia 
real, arrióla del mastelero en que flotaba (1). A 
las seis de la mañana los chilenos eran dueños de 
la Esmeralda. 

Pero, como acontece ca,si siempre, la diverjencia 
estalla al esplicar los detalles del fracaso. 

Según Guido, el comandante O'Brien llevaba 
orden de formar tres partidas de abordaje, que de- 
bían mandar sucesivamente su segundo Turner, 
el capitán Miller i él mismo, cabiendo a él ser el 
último en pasar para sostener a los primeros. Pero 
el impetuoso mancebo, descuidó esa i muchas 
usuales precauciones del caso, por no ceder a otro 
la palma de la gloria. ¿Por ventura, el capitán 
O'Brien, como el mariscal ISTey en Elchinguen, 
habria esclam^ido: — La gloire ne se partage pas? 

Pero según Miller, que allí estuvo presente i 
cuéntalo así en sus Memorias, el fracaso posterior 
vino de la manera como abordó el jefe al enemi- 
go, pues debió hacerlo de enfilada, pegándose a su 
costado, porque de esa suerte habria pasado de 
golpe toda la jente, mientras que por el estrecho 



(1) Parte oficial de la sorpresa del 27 de abril, pasado por el 
capitán Coig al jeneral Osorio en Talcaliuano el 2 de mayo de 
ISIS. — (BArnos Arava). 



LAS DOS ESMERALDAS 31 

puente del bauprés solo atravesaron los mas bra- 
vos o los mas ajiles. Agrega Miller que ésa habla 
sido precisamente la intención de O'Brien; pero 
cambió de plan al ejecutarlo, i esto fue causa de 
su lamentable pérdida. 

Otros todavía echaron la culpa del contraste a 
la cobardia del segundo Turno r. Mas éste no des- 
mayó después del choque, i ademas sus oficiales 
de mar, que eran casi todos ingleses, publicaron a 
los pocos dias en la Gaceta Ministerial de Santiago, 
un testimonio que lo justificaba del capítulo del 
miedo, si bien no del todo del de la impericia (1). 

Es lo cierto, que apenas habían pasado treinta 
hombres al puente de la Esmeralda, el Lautaro se 
desatracó completamente de su poderosa presa, i 
aun se alejó en persecución del Potrillo, que al 
pmner cañonazo arrió bandera. 



III. 



Entretanto, el comandante O'Brien, seguido 
solo entre los oficiales por un teniente Waller, 
tan arrojado como él, había tomado posesión del 

(1) Sobre este particular se publicó en la Gaceta Ministerial 
del 15 de agosto de 1818 una curiosa indicación con el título de 
Aviso al público, i que reproducimos íntegra en el Apéndice bajo 
el núm. 1, porque esa pieza da la mejor idea de la composición 
del personal del Lautaro i esplica perfectamente el paicial fra- 
caso del abordaje de la Esmeralda. 



.•52 EPISODIOS marítimos 

alcázar de la Esmeralda i él mismo habia empu- 
ñado la caña del timón, seguro ya de su presa. 
Pero vueltos cu sí los marinos españoles, siem- 
pre tan animosos como descuidados, se reaccio- 
naron a la A'oz de sus oficiales, i armándose como^ 
mejor les fué posible en la sala de armas del bu- 
que, empeñaron con ardor el combate a rifie i 
a pistola con los asaltantes. 

Por desgracia, una de las primeras balas dispa- 
radas de mampuesto por una escotilla, atravesó el 
peclio del bravo captor de la fragata española i 
cayó sobre la cubierta gritando en ingles a sus 
secuaces: — Nevcr leave hei\ wy hoijs: the sMp i's 
ours! (1) 

La heroicidad del vocabulario del mar cambia 
de lengua, pero la significaciones siempre la mis- 
ma. Son ésas las palabras de todos los vencidos 
heroicos: de Brueys en Aboukir, de Porter en Yal- 
paraiso, de Arturo Prat en Iquique. 



lY. 



Caido el héroe, sus secuaces pelearon como 
buenos, pero sucumbieron. Eran 30 contra 318. So- 
lo tres o cuatro que saltaron por la borda, esca- 
paron a nado i fueron recojidos por los botes. Los 

(1) «No ]o abandoueis, muchachüs. El biK^úe es uuestrol» — 
Memoirs of General Millev, vol. I, páj. IS-i. 



LAS DOS ESMERALDAS 33 

demás hicieron sangriento cortejo a su jefe, que 
no tuvo siquiera el honor de cristiana sepultura. 
Para los españoles, los ingleses i los moros han 
tenido siempre algo del perro, i como a tales los 
han tratado. 



V. 



No por esto el capitán Coig dejó de huir hacia 
el sur seguido del Potrillo, i no tomó aliento has- 
ta echar sus anclas en Talcahuano. El Lautaro, 
persiguiéndole, disparóle varios tiros con sus miras 
de proa, i al volver ileso al puerto, apresó un her- 
gantin llamado el San I¡I¡(juel, que se dirijia de 
Talcahuano a Lima con un carí^amento de rica- 
chones santiaguinos, godos de primeras aguas, i a 
quienes San Martin hizo pagar por su vida i su li- 
bertad un sesjundo rescate de Atahualpa. Uno so- 
lo de aquellos magnates, el opulento comerciante 
don E-afael Beltran, erogó en dinero i en libran- 
zas, bajo la presión de ser fusilado, la suma de 
cien mil pesos. 



YI. 



Tal fué el primer esfuerzo (comparativamente 
feliz) de nuestra marina de guerra, en que lo subli- 
me del arrojo corrió parejas con lo grotesco del 

atolondramiento i los detalles. 

5 



34 EPISODIOS marítimos. 

Mientras el denodado O'Brien abordaba a la 
Esmeralda vestido de teniente coronel de ejército, 
un timonel del Lautaro ostentaba, entre los bur- 
dos ponchos de los chilenos, la casaca roja, galo- 
neada de oro, de im oficial ingles del (SQ de línea, 
siendo las lenguas, como los trajes, una verdadera 
algarabía que no ¡Dodia por menos de producir un 
descalabro en las órdenes i en la maniobra. 

Pero, entretanto, el objeto militar de la espedi- 
cion, estaba conseguido. El bloqueo del puerto 
habia sido levantado i se habia hecho una presa, 
que pesada en oro i en pagarés de buenas firmas, 
equivalía a la posesión do la Esmeralda con el 
lastre de sus cuarenta i cuatro cañones. 

El combate bajo todos conceptos habia sido va- 
leroso i aun sangriento. Del Lautaro perecieron 
treinta o cuarenta voluntarios, i probablemente 
un numero algo inferior en la Esmeralda. Pero co- 
mo es viejo i ya indestructible hábito de guerra en 
nuestros boletines, el capitán Tortel escribía con 
sus gruesos palotes al Director O'PIiggins aquel 
día el resumen de las bajas con estas palabras 
estereotipadas: — a Se infiere que habrá muerto la 
'mitad de la tripulación enemiga, i entre ella su 
comandante (1).» 

(l) Caita autógrafa del comandante Tortel al Director 
O'Higgins, Yalpavaiso, abril 29 de 1818. 



LAS DOS ESMEKALDAS. 85 



LOED COCERAITE. 



«Render the ñame of Cochranb lilke thal o£ 
Nelíion, a ((Household Word».» 
(Allen, Life of the earlofDandonaId, paj. X). 



I. 



No existe, a nuestro juicio, en la historia del co- 
razón humano, un hombre mas estraordinario que 
Tomás Cochrane, conde de Dundonakl. Como los 
scmi-dioses antiguos, es un verdadero mito. 

Bravo como el mas bravo de los mortales, su- 
blime como jenio creador, es al mismo tiempo mer- 
cachifle, inventor de lámparas i de torpedos, juga- 
dor mal reputado en la bolsa de Londres, autor de 
hazañas inmortales, condenado al pilorí por fraude, 
defensor de imperios i de repúblicas, libertador de 
Chile i de Grecia, servidor a sueldo del imperio 
csclavócrata del Brasil; pródigo en todas partes de 
su sangre, i a la vez infatigable, mezquino, insa- 
ciable cobrador del precio que a cada una de sus 



35 EPISODIOS marítimos 

heridas Labia él mismo puesto, tasándolas por la 
tarifa no de su gloria sino de su codicia, es el 
hombre mas estraño i mas incompleto de su siglo. 
La única facultal que iguala a su codicia, pero no 
la sobrepuja, es su heroísmo. La gloria no tiene 
para él roñejos sino al través del brillo metálico 
del oro. I por esto en todas sus empresas de Amé- 
rica i en la toma misma de la Esmeralda, que fué 
su hazaña mas alta i memorable, divísase en lon- 
tananza el tiro de dado del ávido jugador que 
busca una ganancia. Lo qud mas lamenta el almi- 
rante ingles en sus Memorias, es que su segundo, 
el bravo Guise, hubiera cortado las amarras de la 
Esmeralda, porque su propósito era echarse por 
su borda sobre un buque en cuyo fondo tenian 
los españoles, según él, un millón de pesos a salvo. 
Lord Cochrane, bravo como Carlos XII, era 
avaro como Federico II, i otra vez pródigo como 
Murat, sistemático como un profesor de áljebra; 
frió i temerario a la vez, lleno de aventuras de 
amor, como Nelson, feo i arrogante en su ¡Dorte, 
su rostro i su ademan, atrevido como nadie, insi- 
dioso como pocos, implacable i magnánimo jun- 
tamente, tímido nunca, astuto siempre, insubor- 
dinado para con todos, subordinándolo todo a sór- 
dido interés de escudos i batiéndose a la vez por 
la gloria i la libertad de todos los pueblos opri- 
midos, de España i del Brasil, de Chile i de Gre- 
cia, del Perú i de Méjico, Lord Cochrane pasará 



LAS DOS ESMERALDAS 37 

a las edades como un ser incomprensible e indes- 
cifrable. 

Guando vino a Chile tenia solo 42 años, i ya 
habia llenado el mundo con su fama de bravo i do 
avariento. Pero tenia ya alcanzada la edad de 
concentración de todas las fuerzas viriles de su 
organización, i por esto i por su jenio fué en el 
Pacífico, desde la primera hora, lo que sus compa- 
triotas dicen todavía de los hombres predestinados 
i de los hombres salvadores: — The right man in 
the right i^lace (1). 



II. 



Diseñados los perfiles del hombre a la opaca 
vislumbre de los asaltos de la media noche, vea- 
mos como procedió el almirante, el hombre de 
mar. 

Lord Cochrane, después de dos ataques infruc- 
tuosos contra el Callao en 18 í 9, bloqueaba ese 
puerto mientras el Ejército Libertador de San 
Martin se acantonaba en el malsano valle de 
Huaura, al norte de Lima. 

Eran los últimos dias de octubre de 1820. 

El reconcentrado i taciturno escoces se paseaba 
noche i dia sobre el puente de su nave capitana, 
que era la elegante pero frájil O'Híggíns, antes 



(1) «El hombre verdadero en el verdadero lugar.» 



?,8 EPISODIOS marítimos 

Ma/ia Isabel.— ¿En qué meditaba? — ¿En la gloria 
de un asalto? — ¿En los tesoros de una presa? 

Probablemente era el consorcio de esas dos 
ideas, o mas bien de esos dos apetitos insaciables 
de su naturaleza, lo que trabajaba su espíritu i lo 
decidia a la acción. 

Lord Cochrane era capaz de subir antes que 
nadie a la mas alta almena enemiga i barrer toda 
resistencia con su brazo i con su pecho. Pero tras 
del muro dcbia yacer visible o encubierto cebo de 
de>í)ro o prest de recompensa ofrecida i aceptada; 
porque sin eso su ánimo no se decidia a la pelea: 
ya hemos dicho que era bajo este doble aspecto un 
hombre incomprensible. 

Hemos dicho también que, estando a las pro- 
pias revelaciones del almirante, la Esmeralda cus- 
todiaba un rico botin. 

Ademas, la Esmeralda misma era una opulenta 
presa, i luego veremos que la primera medida del 
noble lord, apenas se recobró de sus gloriosas he- 
ridas, fué tasarla en pesos fuertes («hard do- 
llars))). 



III. 



Un impulso vivo i alto sacudía al propio tiempo 
el alma del fiero británico, recalentada por olas de 
candente rubor. 

Hemos recordado que Lord Cochrane, capitán de 



LAS DOS ESMERALDAS 313 

cien proezas marítimas, diputado al Parlamento 
por la ciudad de Londres, par del reino i celebri- 
dad europea por sus hechos eminentes en el Me- 
diterráneo i el Atlántico, habia sido condenado a 
estar sentado durante una hora en el pilorí do la 
vergüenza pública frente a las puertas del Ex- 
change, es decir, en el sitio mas concurrido de la 
metrópoli inglesa. I ahora, para vengarse del vi- 
llano e inmerecido ultraje de sus enemigos i de 
sus ingratos compatriotas, queria trepar al alcázar 
de un navio español defendido por trescientos ca- 
ñones, como al pilorí de una gloria que irradiara 
por todo el mundo i lo vengara 

La captura de la Esmeralda, quedó por tanto 
decidida en el ánimo del almirante de Chile, des- 
de los últimos dias de octubre de 1820. 



lY. 



La empresa era por demás tentadora para un 
hombre como Lord Cochrane, porque era una em- 
presa casi inverosímil como éxito; i eso era preci- 
samente lo que le fascinaba i atraía como el abis- 
mo atrae al vértigo. 

Dijimos antes que la Esmeralda era considera- 
da el baluarte de la España en estos mares, i co- 
mo a tal cuidábanla sus señores desde el virei al 
último grumete. La Prueba i la Venganza, dos 
fragatas desacreditadas en el servicio, i que hasta 



40 EPISODIOS marítimos. 

ol arribo (le San Martin a las costas del Perú lia- 
biau hecho compañía a la Esmeralda, fugaron 
hacia el norte, tan pronto como se anunció la úl- 
tima aparición del irresistible almirante. 

Para mejor custodiarla, los españoles habían 
fabricado una especie de puerto interior, dentro 
de la bahía misma del Callao, rodeando aquél de 
una palizada flotante formada de maderos espesos 
pero livianos de los bosques de Guayaquil, soste- 
nida su densa armazón por boyas i por anclas, co- 
mo en las defensas de la flota francesa de Aix que 
quemó Lord Cochrane en 1809. Una pequeña 
abertura daba paso por el norte a esta especie 
de ciudad de Troya marítima, que no habría re- 
sistido ciertamente al empuje de un mediano va- 
por de la presente época, pero que en aquellos 
años formaba una verdadera valla insuperable 
para el mas poderoso agresor. 

Ademas, dos bergantines acoderados a la pali- 
zada, i veinte i seis lanchas cañoneras vij liaban 
aquella red de defensa, que desde las eminencias 
de la playa defendían i coronaban no menos de 
trescientos cañones. Era el Callao una especie de 
Sebastopol americano; i comparados los tiempos i 
los medios de ataque i de defensa de la guerra mo- 
derna, podría afirmarse sin exajeracion, que los 
aprestos de resistencia de 1820 eran muí superio- 
res a los de 1879. 

Lord Cochrane tenia que luchar contra la oscu- 



LAS DOS ESMERALDAS. 41 

rklad, el acaso i la boca ele no menos de quinien- 
tos cañones, contando los de la marina, que dia i 
noche estaban enfilados contra sus débiles i osa- 
dos barcos. 

Mas, contra todo eso, él tenia sn voluntad de 
fierro, su astucia de viejo lobo de mar,* condición 
esencialísima en un jefe que manda escuadras, i 
sobre todo, su heroísmo imponder¿ible i su con- 
fianza ciega en el heroísmo de sus secuaces. 

Vamos a ver, en efecto, como en pocas horas 
puso todo esto en ejercicio el resuelto almirante, i 
llevólo a cabo con éxito verdaderamente mila- 
groso. 



42 EPISODIOS MARÍTIMOS 



V. 

LOS AFEESTOS. 



«The adventurous spiíit of Lord Cochrane ia- 
mcdiately formed the projeot of performing the 
most gallant achievemeut in the new world.w 

(Steve\.S()X. Travels iu South América, vol. 
Ill,páj.290). 



I. 



Tenia Lord Coclirane estudiado cnanto la vista 
mas sutil i^odia discernir en la estensa bahía del 
Callao, movia en ella continuamente sus buques 
entre el cabezo de la isla San Lorenzo, la boca del 
Rimac i la Punta, como un jugador sus piezas en 
un "tablero de ajedrez. 

Conocía el alcance de los cañones de cada ba- 
tería, porque las liabia ensayado todas una en pos 
de otra desde el puente de la O'Hújgins, mirando 
con el anteojo, impasible como un mastelero, 
mientras las balas llovían sobre la cubierta. Lord 
Cochranc, como Nelson, acostumbraba pelear pa- 
seándose de un lado a otro de la mura. 



LAS DOS ESMERALDAS 43 

Podía, por tanto dibujar sus planes sobre el 
agua como sobre una hoja de papel marquilla, i 
gracias a la admirable disciplina do sus tripula- 
ciones, ejecutarlos en seguida como sobre un cam- 
po de maniobras. 

I sobre estas ventajas do. sujenio frío i observa- 
dor de escoces, poseía el almirante el recurso 
infinito de su audacia, i contaba con ella para es- 
pantar al enemigo i, envolviéndolo en su propia i 
perezosa confianza, anonadarlo. 

Caso curioso! la Esmeralda, como nombre his- 
tórico, ha sido tres veces glorificado por los tres 
tipos de la raza que puebla las islas de la Gran 
Bretaña. O'Brien era irlandés. Lord Cochrane hi- 
jo de Escocia. Williams Rebolledo hijo de in- 
gles. 



II. 



Sabia Lord Cochrane, por razón de esperiencia 
propia, que en los combates de mar no hai mejor 
auxiliar que la sorpresa. 

— ¿Qué dirían de nosotros, capitán Miller?-™ pre- 
guntó el noble lord una tarde al comandante de 
la guarnición militar de la O'Híggins, cuando 
despechado i violento volvía de su segunda e in- 
fructuosa escursion al Callao en demanda de los 
puertos de Chile en enero de 1820: — ¿qué dirian 
1(.)S chilenos, si nos fuésemos con la O'IIiggws a 



44 EPISODIOS marítimos 

tomar los siete castillos de Valdivia? — ^¿Quc diria 
el Gfobicrno? 

— Lo que dirían milord, contestóle respetuosa- 
mente el bizarro subalterno que se paseaba con 
su jefe sobre la cubierta de la almiranta, lo que 
dirían seria sencillamente que su señoría se habia 
vuelto loco. 

— Pues precisamente, por eso debemos ir, re- 
plicó el astuto lord. Los jefes que mandan en 
Valdivia piensan lo mismo que los que dirijen 
la guerra desde Santiago, i están adormecidos 
en la misma ciega confianza (1). 

I en seguida agregó: 

— Pues allá vamos! 

I sin mas que esto, puso la proa de la O'Híggins 
a Talcaliuano i al Corral; i en una sola noche, las 
fortalezas que los españoles liabian tardado dos si- 
glos en erijir fueron su fá<?il i heroica conquista. 
La sorpresa es en el arte de la guerra lo que la 
pólvora al ánima del bronce: no mata como el 
plomo pero derriba como el rajo. 

Así mismo, en los varios ejercicios de la guerra, 
la astucia es al éxito, lo que la mira del cañón a 
la certera puntería. I ambas condiciones, la sor- 
presa i el ardid, resolvió poner en obra el captor 
de la Esmeralda en la memorable noche del 5 de 



(1 ) Este diálogo nps fué referido por el mi¿mo jeneral Miller 
en Lima, en IdGO. 



LAS DOS ESMERALDAS 45 

noviembre de 1820, porque ambas eran conjenia- 
les a su temple i a su vida. Conocidos son en las 
guerras marítimas de Inglaterra, los mil injenio- 
sos ardides con que Lord Cochrane, mandando en 
el Mediterrcineo pequeños bergantines, burló a 
2:)oderosas fragatas francesas o las hizo presa. 



III. 



Para iniciar su plan secreto, ordenó el almirante 
fijar en la tarde del 4 de noviembre, ^n el palo de 
señales que el mismo habia heclio plantar en un 
promontorio de la isla de San Lorenzo, ciertas 
banderas que indicaban alarma i movimiento de 
los buques hacia afuera. En seguida, hizo salir éstos 
como en persecución de una presa, pero tuvo cui- 
dado de que le dejaran tovdos sus botes, ocultos por 
la popa de la O^Hlggins. 

Su plan consistía únicamente en inspirar con- 
fianza al enemigo aquella noche, i al mismo tiem- 
po en inspirar confianza a los suyos. Para esto 
habia escojido en los tres buques de su mando (la 
Olliggíns, la Independencia i el Lautaro) 160 ma- 
rineros i 80 soldados aguerridos, estos últimos 
todos chilenos, veteranos en su mayor ¡^arte del 
batallón Infantes de la Patria que se habia cu- 
bierto de gloria en Maipo. Los 80 infantes estaban 
destinados especialmente al abordaje, i los marinos 
para tripular i zafiir el buque de su casi impene- 



40 EPISODIOS marítimos. 

trablc (Tusundíi, Jibniltar en minitatura del miedo 
i la cautela. 

No se había llamado ni admitido uno solo que 
no fuese voluntario, i a muchos fué preciso hacer 
el desaire de un noble sacrificio. 

Todos querían ser de la partida, i no liabia sino 
catorce botes jDara el asalto. 

Descendiendo a las minuciosidades mas prolijas, 
el almirante que todo lo previa i ajustaba por su 
mano, ordenó que los 240 vokmtarios se vistiesen 
do blanco, cqu su muda de verano, i que cada cual 
llevase atado en el brazo derecho un lazo azul pa- 
ra reconocerse en el conflicto. Las armas serian 
únicamente las usuales de abordaje, hacha, puñal 
i pistolas. De estas últimas se encuentra todavía 
una memoria en el museo del Santa Lucía. 

El santo i seña de la noche i de la refriega cuer- 
po a cuerpo, serian estas dos palabras que parecen 
resumir todos los heroísmos en un solo vocablo: — 
Gloria! — Victoria! I este mismo lema existia to- 
davía ayer i existe hoi en el fondo del mar, escul- 
pido sobre el bronce de los cañones de señales de 
la que fué nuestra segunda i gloriosa Esmeralda, 



IV. 



Hemos dicho que todos estos aprestos tenian 
laucar en la tarde del 4 de noviembre, i a esa mis- 
ma hora hizo el almirante circular entre las tri- 



LAS DOS ESMERALDAS 47 

pulaciones la siguiente alocución que nos lia con- 
servado en ingles su propio secretario, que allí se 
halló presente (1): 

«Soldados de marina i marineros: Esta noche 
vamos a dar un golpe mortal al enemigo, i maña- 
na os presentareis con orgullo delante del Callao. 
— Todos nuestros camaradas envidiarán vuestra 
buena suerte. Una hora de coraje i resolución es 
cuanto se requiere de vosotros para triunfar. — 
Eecordad que habéis A^encido en Yaldivia, i no os 
atemoricéis de aquéllos que un dia huyeron de 
vuestra presencia. 

))E1 valor de todos los vajeles que se recojeran 
en el Callao, os pertenecerá; se os dará la misma 
recompensa que los españoles ofrecieron en Lima 
a aquellos que capturasen cualquiera de los buques 
de la escuadra chilena. 

))E1 momento de gloria se acerca, i espero que 
los chilenos se batirán como tienen, de costumbre, 
i que los ingleses obrarán como siempre lo han 
hecho en su país i fuera de él. 

Coclwane. 

En la rada del Callao, el 4 de noviein'bre de 1820 (2).» 



(1) Stevenson. Travels iii South America, vol. III, páj. 290. 

(2) Stevenson, secretario de Lord Cuchrane, pone a este do- 
cumento la fecha del 4 de noviembre, que parece pertenecería. 
Pero en las Memorias de Lord Coclirane i en la Gaceta E&iraor- 



AS i:risoDios marítimos. 



Y. 



Mencionamos antes que el empeño principal de 
Lord Coclirane, liabia sido descuidar al adversario 
i envalentonar a sus secuaces. I para obtener este 
último fin, hizo que esa noche misma todos los 
alistados bajasen a los botes i se pusiesen en mo- 
vimiento hacia el enemigo. 

Yogaron los remos con silencioso pero nervu- 
do esfuerzo hacia el corazón de la bahía, i todos 
los pechos palpitaban con jenerozo esfuerzo en la 
demanda. Lord Cochrane iba delante como de 
costumbre, i cerciorado de que era seguido por 
una banda irresistible, dio la voz a la cuadrilla de 
regresar a sus buques respectivos. Habia sido 
aqucd simplemente el ensayo que precede a la eje- 
cución de una obra eximia sobre masrnífico esce- 

o 

nario. Lord Cochrane se asemejaba a los jesuítas 
en lo minucioso de sus aprestos antes de acome- 
ter una jornada, i por cuanto emprendía esta mis- 
ma de aparato i previamente, toda vez que se pro- 
ponía realizarla por entero. 



(binaria de Chile del IG de diciembre de 1820, lleva la fecha del 
dia 5. 

La suma ofrecida por el virei al que capturase un buque chi- 
leno era de 50,000 pesos. Esta misma cantidad ofreció San Mar- 
tin a los captores de alguna de las fragatas de guerra enem-gas. 



LAS DOS ESMERALDAS 49 

Hecho esto, todos se fueron a sus hamacas a 
disfrutar el sueño, siempre grato en el mar des- 
pués de afanoso trabajo. 

El dia verdadero, fijado irrevocablemente en la 
mente del esperto almirante, era el del 5 de no- 
viembre. 

A las diez de la noche de ese dia, todos los 
aprestos estaban hechos como en la víspera, i el 
mas grandioso drama marítimo del Pacífico, antes 
de la proeza sin nombre de Iquique, iba a comen- 
zar a desarrollarse en la remansa i dilatada bahía 
del Callao, una de las mas hermosas radas del 
continente de la América del Sur. 



rjo EPISODIOS marítimos. 



VI. 



LA CAPTUEA. 



«La iornada de la Esmeralda fué la mas glo- 
riosa de todas las del almirante Cochrane, según 
lo oí de su misma boca.D 

(Don Pablo Dklano. Relación iofidita de la 
captara de la Esmeralda). 



I. 



Era una de esas noches del estío, suaves i tibias, 
que bajo la canopia estrellada de los trópicos, re- 
visten en el mar una incomparable magnificencia. 
Millares de astros se reflejan en el denso fondo 
de las aguas en reposo, i en las altas horas, todo 
i la noche misma, aparece dormido en el espacio. 

La escuadra chilena mecíase apenas como una 
sombra entre las sombras, teniendo a sii espalda 
los áridos farellones de San Lorenzo, peñón som- 
brio i estéril, especie de ataúd de granito, que 
sirve hoi de faro i de atalaya al puerto i plaza 
fuerte del Callao. Mas allá i al alcance de las ba- 
terías del Sol i del Eeal Felipe, cuyo macizo to- 



LAS DOS ESMERALDAS. 51 

rrcon consérvase todavía, colúmbrase apenas la 
incierta vislumdre de las farolas de señales de dos 
buques neutrales, la Iluperion, capitán Scarle, 
de la marina inglesa, i la Macedonian, capitán 
Downes, de Estados Unidos. Son dos jueces del 
campo que van a medir la pujanza de la carrera i 
a proclamar ante el mundo la fama de los triun- 
fadores en la lid. 

Todo lo demás es sombra, silencio, lobreguez 
profunda, que allá en la remota estremidad de la 
bahía iluminan de cuando en cuando fugaces des- 
t3llos. Son Jos faroles de la ronda que vijilan la 
triple Tiiuralla de lanchas, de cadenas i de made- 
ros que encierran la codiciada fragata Esmeralda^ 
esmeralda de los mares. 

Según testigos presenciales de aquel tiempo, la 
fragata española estaba fondeada solo a seis u 
ocho cables del punto que hoi ocupa el muelle del 
Callao i un poco hacia su izquierda (1). 

Era aquél el preciso momento en que por la 
regularidad admirable del clima del Perú, siempre 
apacible, la vira?:on, viento flojo del sud-este, cedia 
su turno de guardia en el océano al terral que 
sopla mas propicio al despliegue de las velas, mar 
a fuera (2). 



(1) Dato comunica lo en ISGO por el almirante peruano don 
I'jnacio MariáteiriH. 

(2) Vidal Gükmaz. Derrotero de las costas del Perii, pt'ij. 8. 



52 EPISODIOS marítimos 

Lord Cochrane tenia estudiado todo esto con 
escocesa perseverancia, porque era de aquellos ca- 
pitanes que al concebir en globo las mas temera- 
rias empresas, no olvidaba ni el mas mínimo de- 
talle, ni la piedra de amolar de las cuchillas, ni el 
zapato del marinero, ni el grog, ni el clavo, ni el 
viento. Por esto fué feliz en casi tod¿is sus haza- 
ñas. 



II. 



A las once i cinco minutos de la noghe, los bo- 
tes de abordaje estaban listos al costado' de la 
O'Hifjgins, i el almirante, vestido con el traje de 
simple combatiente, descendía pausadamente la 
escala de su capitana. En ese momento no habia 
sino una sola consigna: el silencio. 

No habia llegado todavía la hora del cuchillo. 



III. 



Componíase la pequeña, pero heroica i discipli- 
nada banda de abordaje de solo catorce botes; i 
estos, con sus chamuceras ensordecidas por venda- 
jes de lona para cjue ni los remos levaritasen su 
peculiar rumor al vogar avante, pusieron direc- 
tamente sus proas en demanda del fondeadero. 
Cochrane iba a vanguardia, porque ése era simple- 
mente en él, como dijimos, un hábito como cual- 



LAS DOS ESMERALDAS 53 

quiera otro. El bote almirante surcaba confiado a 
un niño que vive todavía después de sesenta años, 
i que acaba de contarnos las peripecias de aquella 
noclie memorable con la lozana frescura de la 
¡primera edad (1). 

Acercábanse lentamente las dos secciones de 
botes, mandadas la una por el capitán Crosbie, 
oficial de bandera del almirante, i componíase 
ésta de la j ente i embarcaciones de la CJHiggins, 
al paso que la otra era conducida por el ilustre co- 
mandante Guise, seguido de los tripulantes de su 
propio buque, el Latitaro i los de la Independencia. 

En esta disposición avanzáronse resueltamente 
los asaltantes, i llegaron al portillón de la fortale- 
za que cerraba el paso hacia el fondeadero, a las 
doce de la noche en punto. 



lY. 



Entretanto, una calma profunda reinaba a bor- 
do de la vieja nave castellana. El capitán Coig te- 



(1) El distinguido caballero nortc-ameritíano don Pablo Dá- 
lano, residente en Va][)arui.so i último sobreviviente de la glorio- 
sa captura do la Esmeralda. El señor Délauo ha tenido la bon- 
dad de agrupar sus recuerdos en una interesante memoria que 
nos ha remitido desde Valparaisq con fecha de junio 1.° de 1879. 
Como un homenaje a sus honorables canas i por el interés que 
inspira siempre este jénero de relaciones, la publicamos entre 
los Documentos bnjo el núm. 2. 



54 EPISODIOS marítimos. 

nía izada cu uno de sus masteleros su insignia de 
comandante en jefe del Pacífico, i aquella noche 
parecía enti'c.i;"ado a la misma fatídica confianza 
que le habia dominado cuando tuvo lugar su en- 
cujnti'o con el Lautaro en aguas de Chile. Su se- 
giuidad era t¿il que halña retenido hasta esa mis- 
ma inusit¿ida hora sus visitas, i con ellas disfrutaba 
cordialmento algunos tragos de mistela con su 
acompañamiento limeño de bi>:cochos. — Los ma- 
linos del Callao hacían precisamente las once a 
la hora del reloj i de la cena. 

DesFzábase en esos precisos momentos la fíotií- 
11a como tenue sombra en la callada noche, i ni 
un solo eco, cscepto el alerta de los centinelas 
dispersos en la bahía, turbaba el solemne silencio. 

Mas, de improviso escúchase a la cabeza de la 
columna un apresurado-í2?<¿é/i vive? del patrón 
de una ronda a quien la mano muscular i maciza 
de Lord Cochrane ha asido en el acto por el cue- 
llo, i asestándole a las sienes una pistola, no le ha 
dejado concluir su eaclamacion en la garganta. 
— a Silencio o mueres! i> 

Un minuto después, toda la escuadrilla se ha 
precipitado por la boca mal guarnecida al fon- 
deadero, i la Esmeralda, cual parda, inmóvil roca 
invadida de improviso por espesas bandadas de 
blancas gaviotas, vése de súbito acometida por los 
blancos fantasmas de Lord Cochrane, que se pre- 
cipitan sobre sus dos muras con una rapidez i un 



LAS DOS ESMERALDAS 55 



ardor que cansa asombro: «con admirable pronti- 
tud», dice el español Garcia- Camba. 



V. 



El primero en ganar el puente por una de las 
muras es Lord Coclirane. Pero el centinela que 
custodia aquel paso aséstale en el pecho un cula- 
tazo, i el almirante cae sobre su propio bote, rom- 
piéndose malamente las espaldas. Yérguese en el 
acto, apesar de una lierida que encorvará prema- 
turamente su apuesta estatura, i matando por su 
propia mano al agresor, repite tres veces el hurrali! 
de abordaje, que es el canto guerrero de su na- 
ción. 



YI. 



Los marineros han corrido entretanto a las co- 
fas, al timón, a las vergas, a las drizas, a los ca- 
ñones, a la sala de armas, al alcázar, a todos los 
puntos de la maniobra señalada minuciosamente 
de antemano, i mientras los Lifantes de la Patria 
pasan a cuchillo ciento i cincuenta adversarios al 
grito de viva el reí! (que es la consigna), ojéese 
en todas direcciones las voces que presajian el fin 

del rápido i sangriento conflicto. — ^ Gloria! — Vic- 
toria! 

Ninguno de los oficiales españoles ha logrado 



5a EPISODIOS marítimos 

subir sobre cubierta; pero un sarjento o condes- 
tablo organiza con tanto denuedo la resisten- 
cia en el alcázar, que solo cuando un soldado 
le atraviesa el pecho disparándole un pistoleta- 
zo a quema-ropa, apágase lentamente el esta- 
llido de las armas que se chocan en terrible pu- 
jilato. I entonces se abren paso las voces técnicas 
i tranquilas ele la maniobra, repetidas en ingles 
por el almirante, i el agudo silvido de los contra- 
maestres para zañir el buque de su fondeadero. 

El impertérrito Lord ha vuelto a ser herido de 
bala en un muslo, pero el niño que le sigue como 
su a3-udante de órdenes, le faja la herida con su 
pañuelo, i como Brueys en Aboukir, el bravo en- 
tre los bravos, continúa mandando la batalla re- 
clinado sobre una cureña. 

Solo cuando la pérdida de la sangre debilita su 
voz ya enronquecida,, llama a su segundo i le cmi- 
íia el salvamento de. la nave conquistada al ene- 
migo en tan rápida i sin igual victoria. 

El combate de abordaje no habia durado sino 
quince minutos. 



VII. 



Colócase aquí un episodio del asalto nocturno 
de la Esmeralda, que forma como la aureola de 
su heroísmo e ilumina su glorioso puente desde lo 
alto de sus cofas. 



LAS DOS ESMERALDAS 57 



VIH. 



Sabido es por los que conocen las intimidade:^ 
de nuestra historia, que una rivíilidad profunda i 
enconosa se despertó en el pecho de Lord Co- 
chrane i del bravo comandante Guise, desde que 
llegando el último casi en pos del primero, salu- 
dáronse ambos fríamente en el puente de la 
(JHiggins al ancla en Valparaíso. Lord Cochrane 
era un escoces fiero i adusto, callado como el gra- 
nito de su suelo, helado como el bronce de sus caño- 
nes, al paso que su émulo fué todo fuego i cspan- 
sion. Decíase el comandante Guise descendiente 
de aquella famosa familia de la reyecia de Francia, 
los duques de Guisa, cuyo nombre altivo llevaba. 
I es evidente que el bravo marino tenia en su 
sangre, por lo menos, todo el ardor de esas razas 
inquietas i batalladoras, tradicionales en el lado 
meridional de la Mancha. Guise era un francés 
nacido por acaso en la márjen boreal del Estrecho. 

Podian por tanto aquellos dos hombres esti- 
marse i admirarse recíprocamente, como Nelson i 
como Collingwood al entrar al fuego en Trafalgai*. 
¿Pero amarse? — Jamas! 

De aquí los celos ruidosos que retardaron i casi 
desbarataron la salida de la Espedicion Liberta- 
dora del Perú en el invierno de 1820, i de aquí la 
preeminencia que un momento alcanzó en esa 



58 EPISODIOS MARÍTIMOS. 

ópoca el capitiin Giiisf , habiéndose resuelto el go- 
bierno a deponer al turbulento i codicioso mag- 
nate de Escocia, remplazándolo con su gallardo i 
mas desprendido segundo. 

Pero aquel encono de raza no se habia apagado 
con la superioridad del jenio ni con la obediencia 
de la disciplina; i fué voz autorizada de sus con- 
temporáneos que un duelo a muerte habia sido 
pactado entre los dos rivales en un rapto de insen- 
sata ira. Lord Cochrane era duelista, i en Malta 
habia dejado en el campo a un capitán francés 
que le insultó en un baile. 

Pero intervinieron solícitos amigos, tal vez 
Monteagudo, tal vez Garcia del Rio, oráculos am- 
bos de la Escuadra, tal vez San Martin mismo, su 
jeneralísimo; i así el trato secreto de ensangrenta- 
dos espadachines, convirtióse en un reto de gloria 
i de victoria sobre el puente de la Esmeralda. 



IX. 



¿Xi cuál mejor estadio para dos pechos de hé- 
roes? Asegúrase a la verdad, i especialmente por el 
secretario i confidente íntimo de Lord Cochrane, 
que no encontró éste tan desprevenida como se 
ha creído la tripulación de la Esmeralda, espe- 
cialmente su guarnición militar que dormía so- 
bre las armas en la cubierta, i que precipitándose 
los soldados españoles a la mura por donde abor- 



LAS DOS ESMERALDAS. 59 

dó' Lord Cochraiíe, habría sido éste sacrificado 
por el número, si Guise, trepando con la misma 
celeridad por el rumbo opuesto, no los hubiera 
encerrado en un círculo de cuchillas. 

Por esto, añádese, que anheloso Lord Cochranc 
por ser exacto como un lord ingles en el punto de 
la cita, gritó desde la murada: — Gloria! i en el acto 
oyó la voz de su rival que desde la borda opuesta 
repercutía como un eco: — Victoria! 

El duelo estaba consumado, i Lord Cochrane 
caia dos veces herido, no por la mano asesina de 
un émulo i de un compañero de armas, sino por 
el plomo del enemigo eomun que ambos vencie- 
ron (1). \ 

X. 

Lance Inimilde aunque digno de duradero re- 

(1) No consta este hermoso episodio de nuestras guerras na- 
vales, i que bien pudiera domarse por ejemplo p&r nuestros jó- 
venes marinos, de ningún documento histórico; pero sí de una 
tradición constante i no olvidada. Lo oíamos con ñ-ecuencia na- 
rrar a nuestro padre, i confirmónos en ello, si bien no con entera 
certeza, el mariscal Miller veinte años hil. El capitán i viajero 
Basil Hall, que se hallaba en esa época en las costas del 
Perú, afirma que Cochrane i Guise se encontraron en la mitad 
del puente de la Esmeralda, como si. se hubieran dado una cita, 
i califica el hecho total de la ca{»tara como «ana empresa asom- 
brosa» (astonishing enterprise) , El capitán Plall publica también 
íntegramente las características instructñones de Lord Cochrnue 
para el ataque. — (Basil Hall. Extracts ^J ajournal^ vol 1, páj. 
71 i siguientes). 

% 



«jO EPISODIOS MAPtlTIMOS 

nombre fué también el que ocurrió aquella noche 
en la arboladura de la fragata cautiva, a un gru- 
mete ingles que habia sido prisionero de loa espa- 
ñoles i esporimentado todas las toi-taras de las 
Casas-Matas del Callao. 

Tenia esto mozo jurado arriar por sus propias 
manos el odiado pendón rojo i amarillo, i todo 
aquel dia habia estado mirándole de hito en hito 
desde las cofas de la OHíggins como el halcón 
que en el espacio fija su presa; de suerte, que 
cuando penetró en la Esmeralda, trepóse con la 
ajilidad'de sus años a uno de los árboles del bu- 
que, rebanó la driza que sostenia la insignia, i a 
íin de no perderla sino con la vida, envolvióse en 
ella como en heroico sudario. I tal ñiélo el lienzo 
vengador, porque una de las pocas balas que pe- 
netraron en el entrepuente del buque,^cortó por 
la mitad del cuerpo al uñmo niño en los momen- 
tos en que riéndose contaba su aventura en un 
corrillo. Nunca es mas ciega la muerte que en los 
combates navales en que el humo amortaja el 
mar, i divísanse los ennegrecidos combatientes 
solo al lampo fugaz del cañón. 

XL 

Por lo demás, no hubo mavorcs incidentes entre 
los captores, i aun éstos han sido narrados con 
viveza cu la relación inédita del capitán Dclano 
que en su lugar reproducimos por entero. 



LAS DOS ESMERALDAS 61 

De los asíiltantes inurieron solo quince, i éstos 
mataron hasta ciento i sesenta, caj-endo algunos 
por efecto de las mismas' balas que atolondrada- 
mente disparaban sus propios compañeros desde 
los castillos de tierra. Quedó también herido por 
la bala de una cañonera española que se acerco 
traidoramente a la popa, el propio comandante 
del buque, que al día siguiente fué canjeado con 
ciento setenta i cuatro priáonero3. La fuerte tri- 
pulación de la Esmeralda pasaba de 300 plazas. 

En cuanto al almirante, desde que se sintió 
desfallecido, colocó su pierna en una hamaca, i 
entregó de mal grado el mando al capitán Guise, 
lamentando que éste no se hubiera echado como 
águila hambrienta sobre todos los buques ancla- 
dos en el surjidero, i especialmente sobre aquél 
que su iuiajinacion deslumbrada por el resplandor 
de la fiebre, le describía como una arca repleta de 
onzas i escudos españoles. Si el bravo cuanto ava- 
riento almirante no hubiera sido herido, de segu- 
ro que habria llevado adelante su temerario i casi 
inverosímil triunfo, porque él mismo afirma que 
habria perseguido al enemigo «de buque en bu- 
que» como en Valdivia lo habia perseguido «de 
castillo en castillo.» Para Lord Cochrane el he- 
roísmo era un trajín cualquiera, cual el movi- 
miento muscular de su estructura al alzar los 
párpados o entreabrir los labios, así como la pa- 
sión del oro era en su alma semejante en todo al 



62 EPISODIOS marítimos 



apetito (le sus múseulos en sus entrañas i en su 
cstómairo. 



XII. 



Mientras todo esto acontecia, a la una i cuarto 
de la noche, por reloj, los fuertes cesaron su alar- 
ma habiendo disparado, conforme al moroso siste- 
ma de aquel tiempo, ochenta i dos cañonazos. A 
las dos i media de la mañana, la Esmeralda estaba 
anclada en el fondeadero de la escuadra chilena, 
intacta i enhiesta en medio del incesante clamoreo 
de los que habian vencido i de sus camaradas que 
les veian con envidia volver ricos i vencedores. 

A las tres de la mañana, la flotilla habia vuelto 
al reposo después de la fatiga, i no turbaba el pro- 
fundo silencio de las naves de guerra puestas en 
campaña sino el lento paso de los centinelas i el 
tardo alerta de sus rondas de o-uardia. 



o 



XIII. 

Tres dias después de la jornada, el almirante 
enviaba al gobierno de Chile el siguiente lacóni- 
co despacho, cuyo laconismo i cuyo estilo imitan 
hoi coa aplauso universal nuestros jóvenes ma-^ 
rinos: 



LAS DOS ESMERALDAS 63 

«Puerto de Ancón y Noviembre 9 de 1820. 
))Exmo. Señor: 

))La pronta salida del bergantin francés el Te- 
légrofo, no me da lugar para comunicar oficial- 
mente a la supremacia, lo que tengo la satisfacción 
de informar a V. E. por ésta. 

dEI dia 5 del presente, a las diez de la noche, 
embarqué parte de la marinería y tropa de la ma- 
rina de esta fragata, la Lautaro e Independencia, 
en los botes de sus respectivos buques, y abordé 
la fragata española la Esmeralda, y la saqué des- 
pués de una viva aunque ineficaz resistencia, en 
la que perdimos como 15 hombres muertos, y tu- 
vimos como 50 heridos; la pérdida del enemigo 
ha sido la bandera almiranta, que tenia enarbo- 
lada, un número crecido de muertos y heridos; y 
tomamos prisioneros toda la oficialidad, tres de 
los cuales heridos; el ex-comandante de la Prue- 
ha, y un teniente que se hallaban a bordo, y 174 
de la tripulación. Se tomó también una lancha 
cañonera, con un teniente que la mandaba, y 14 
hombres, muchos de éstos, como de la Esmeralda, 
se echaron al agua y perecieron. 

3) He sido herido en un muslo, de una bala, aun- 
que no gravemente, y mi mejoría va mui ade- 
lante. 

))Las fragatas Prueba y Venganza, se hallají 



04 EnSODIOS MAIUTIMOS. 

íueni del Puerto, y íiunque no hemos podido ad- 
quirir ninguna noticia exacta de su destino, me 
queda bastante esperanza de encontrarlas, y com- 
pletar la destrucción de la fuerza naval del ene- 
migo en estos mares. 

iCon la mayor sinceridad me subscribo de Y. E. 
su mas obligado i afectísimo servidor. 

^)Coc]irane. 

3>Exmo. Seüor D. Bernardo O'IIiggins, Director Supremo Je 
Chile etc., etc.» 

XIV. 

Por su parte, el jeneralísimo de mar i tierra don 
José de San Martin, levantándose magnánimo so- 
bre todas las contrariedades i pequeneces de con- 
tinuas desavenencias, hizo justicia al denuedo del 
marino ingles i de su jente, con esta noble misiva: 

«La importancia del servicio que ha hecho Y. 
S. a la patria en la toma de la fragata de guerra 
española Esmeralda, y el modo brillante con que 
Y. S. mismo condujo a los bravos de su mando a 
tan noble empresa en la noche memorable del o, 
ha aumentado los títulos que los servicios ante- 
riores de Y. S. le daban a la consideración del 
gobierno, a la gratitud de todos los que se intere- 
san por la causa y al aprecio que profeso a Y. ¡Ü. 

» Todos. los que participaron de los riesgos y de 



LAS DOS ESMERALDAS 65 

la gloria de V. S. merecen también la estimación 
ele sus conciudadanos; y ya que tengo la satisfac- 
ción de ser el órgano de los sentimientos de ad- 
miración, que un suceso tan importante lia excita- 
do en los jefes y ejército do mi mando, se me per- 
mitirá expresarlos a V. S. para que sean comunica- 
dos a los beneméritos oficiales, tripulación y tropa 
de la escuadra, a los cuales se les cumplinín reli- 
jiosamente todas las promesas hechas por V. S. 

dEs mui sensible que a la memoria de un acon- 
tecimiento tan heroico se mezclen ideas de pesar 
excitadas por el recuerdo de la sangre preciosa 
que se ha vertido; pero espero que mui pronto 
esté V. S. en disposición de dar nuevos dias de 
gloria a la patria y a su nombre. 

dDíos guarde a V. S. muchos años. 

y) José de San Martin (1). 

j)A bordo del navio San Martin, en Huacho, a 10 de noviembre de 1820.» 

(1) Como una prueba de la sinceridad del jeneral San Martin 
i de su elevada lealtad, tan tenazmente contradicha i desfigurada 
con evidente mala fé después de sus dias, por Lord Coclirane en 
sus célebres Memorias, reproducimos en seguida el oñcio con 
que aquél acompaño al gobierno de Oliile el parte oficial del al- 
mirante. Este documento que Cochrane conoció de sobra, puesto 
que lo reproduce él mismo, dice así: 

«Excelentísimo Señor: \ 

5& Tengo el honor de dirijir a V. S. el parte del Exmo. Lord Co- 
chrane, vice-almirante de la escuadra, relativo a la heroica cap- 

9 



tíC EPISODIOS marítimos. 



XY. 



La jornada del 5 de noviembre fué cabal, i co- 
mo tal apreciáronla los chilenos: — c(El puerto del 
Callao de Lima, dice una Gaceta estraorclinaria 
de aquel tiempo, especie de boletin callejero de 
nuestras viejas glorias, aquellas terribles fortalezas 
que protejen sus buques, no lian sido ni aun lijero 
obstáculo al ardor incontenible de Lord Cochra- 
ne: S. S. en persona, mandando trece botes mon- 
tados por los intrépidos de Ciiile, y engolfándose 
en el centro de aquel inmenso torbellino de fuego, 
lia sacado prisionera la preciosa fragata de guerra 
Esmeralda de 40 cañones, asegurada y protejida 
por sus fuegos y los de los demás buques, casti- 
llos y baterías. 

tura de la fragata Esmeralda, que fué atacada bajo las baterías 
del Callao. 

T¡>Mc es imposible encomiar en términos apropiados la arrojada. 
empresa del 5 de noviembre, por la que Lord Coclirane ha esta- 
blecido la superioridad de nuestras fuerzas navales, ha acredi- 
tado el esplendor i poder de Chile y asegurado el hiien éxito de 
esta campaña. 

))No dudo que S. E. el Supremo Director hará Va justicia de- 
bida al digno jefe, oficiales y demás individuos que han tomado 
parte en acción tan venturosa. 

DDígnese Y. S. hacerme el honor de felicitar por mí a S. E. 
con motivo de tan importante suceso, y mui en particular por 
la influencia que redundará al objeto que ocupa su solicituJ. 

y) José de San Martin. y> 



LAS DOS ESMERALDAS 07 

))Ye(l aquí el poilcr y entusiasmo sagrado de la 
libertad: trece débiles botes desprecian el baluar- 
te mas firme y que hacia el orgullo de nuestros 
enemigos; pero son conducidos por la gloria, la 
libertad les escuda, y van a batirse con los parti- 
darios del despotismo: asaltan este apoyo de la 
tirania y arrebatan de sus manos la presa mas 
preciosa, cuya defensa es el objeto de todas sus 
miras y arbitrios. He aquí la diferencia entre los 
defensores de la libertad y los satélites de la opre- 
sión! — Pueblos libres de América! se acabó ya la 
alternativa de morir o vencer. Triunfareis, seréis 
libres, prosperareis, seréis la admiración y envidia 
del universo, y el sepulcro eterno de los tiranos si 
aun se empeñasen en volver a invadiros. 

dI vosotros pueblos infelices de América, que 
aun jeniis bajo las cadenas del des}3otismo, apren- 
ded lo que vale el amor de la libertad i de la glo- 
ria: no os acobarde el número de vuestros opre- 
sores, pues todos los tiranos del mundo no son 
capaces de contener el ardor divino de los que ju- 
raron ser libres (I)-)) 

(1) Gaceta Estraor diñaría de Chile núm. £2. 

Ea el Apéndice bajo el uiun. 3, pablicamos íntegrainente i 
con su propia ortografía la relación que sobre la captura de la 
Esmeralda publicóla Gaceta Extraordinaria de Chile núm. 24, 
i que forma uno dedos mas interesantes boletines de la guerra 
de la Iiide[)endencia. 



es EPISODIOS marítimos 



LOS RESULTADOS. 



«La inesperada pi^rdida de este buqi:e causó el 
mas profundo sentimiento en Lima, i en el cam- 
pamento de Aznapuquio. El descontento jeneral 
crecía por instantes.» 

(García Camba. — Memorias de las ai'mas es- 
pafiolas en el Perú, vol. I. páj. 350). 



Los efectos políticos i americcinos de la captura 
de la fragata Esmeralda, ejecutada en la rada del 
Callao en la media noche del 5 de noviembre de 
1820, alcanzaron el prestijio i la estension de una 
gran \'ictoria campal: tan cierto es que el primer 
golpe bien asestado al enemigo en una campaña 
que comienza, es casi siempre el camino del de- 
senlace feliz de esa misma campaña. Lord Cochra- 
ne habia descerrajado las puertas de Lima, arreba- 
tando al virei su último baluarte del mar, i de aquí 
vino la casi inmediata deserción del rejimiento es- 
pañol de Numancia (diciembre 3 de 1820) al 
cumpo de San Martin; en seguida, la caida del virei 



LAS DOS ESMERALDAS 69 

Pezaela por un motín militar en el campo de Az- 
napiiqiiio, i como consecuencia definitiva, la caída 
misma de Lima i la proclamación de la indepen- 
dencia del Períi, seis meses mas tarde (julio de 
1821). 

II. 

Por desdicha, el jcnio adusto, descontentadizo 
e insensatamente codicioso del captor de la Es- 
meralda, enturbió luego su bien merecida gloria 
de marino, convirtiéndole de héroe sublime en 
vulgar ájente i corredor de su propia presa de 
guerra: — «He hecho tasar a la Esmeralda, escri- 
bía en efecto Lord Cochrane desde Huaura al 
Supremo Director de Chile, i sjí lorecio neto en pe- 
sos fuertes (no conforme al sistema español do 
rebaja,r un tercio), es de ciento i veinte mil jpesos. 
Monta 44 cañones en lugar de 40, según dije equi- 
vocadamente en mi primera carta, cuando estaba 
bajo la impresión de mis heridas i cuando en rea- 
lidad no había visto todavía la Esmeralda a la 
luz del dia. Es un hermoso buque. He enarbolado 
en ella mi insignia mientras se repara la O'IIig- 
gins (1).» 



(1) Cai'ta inédita i autógrafa de Lord Cochrane a don Ber- 
nardo O'Higgins, que, como todas las que él escribió de sn paño 
i letra, conservamos en nuestro poder como un inapreciable te- 
soro histórico. 



EPfS0DI03 MATITTTM03. 



iir. 



Cumplido lionor liabria hecho a su noble prosa 
el ahíiiraute de Chile, conteatáiidose con recibir 
el galardón ofrecido e izando en sus mástiles los- 
colores de su insignia. Pero en breve tristes pasio- 
nes enlutaron su lustre. Dióse en honor suyo el 
nombre de Valdivia a la fragata española, i bastó 
que tomara su mando el aborrecido capitán Guise 
para que las viejas rencillas, apenas curadas du- 
rante una noche de gloria, estallaran con mas 
violento ceño. 

Por el motivo de una solicitud de los oficiales 
del buque apresado para cambiar su segundo i 
prosaico nombre por el de su jefe (Guise), encen- 
dióse en iras el pecho del almirante, que nunca, ni 
aun en su estremada vejez, perdonó a sus enemigos, 
i depuso de su mando al bravo soldado que le ha- 
bia hecho tan noble compañía en el asalto. 



lY. 



Dos le ese dia mandó la Valdivia, como fué lla- 
mada oficialmente (no j)or el pueblo) la Esme- 
ralda hasta sil fin, el capitán Cobbet, hombre 
bravo i testarudo de la escuela de Lord Cochrane, 
i sobrino carnal del célebre panfletero ingles de 
su apellido. 



LAS DOS ESMERALDAS. 71 

Después de merodear con ella i con la OHuj- 
gins durante un año en las costas de Intermedios, 
siempre en demanda de presas i de tesoros mas 
o menos forjados por el aguijón de insaciable cu- 
pidez, Lord Coclirane aportó a Guayaquil con 
sus dos fraí^atas el 18 de octubre de 1821, i desde 
allí emprendió con ellas i en persecución de las úl- 
timas naves de la España en estos mares, la Prut- 
ha i la Venganza, su terrible campaña de 1<Í22, 
en que en mas de una ocasión estuvo al perecer, 
zozobrando, de puro maltratadas, su almiranta i 
capitana. Al ecliar sus anclas en la babia de Fon- 
seca el 19 de diciembre de 1822, la O'Higgins tenia 
en sú bodega o pies de agua. 

I uno o dos meses mas tarde, al reí^resar de 
Acapulco, la Valdivia, asaltada una noche por 
furiosa tempestad, se hubiera ido a pique, si el 
esperto capitán Cobbet no hubiese cubierto con 
una vela la ancha via de agna que un golpe de 
mar abrió en el fondo del ya vicio i fatio'ado bar- 
co. Siicedia esto cuando Lord Cochrane, desespe- 
rando de salvar la O'Híggins, trabajada por el 
mismo huracán, so preparaba para abandonarla i 
tomar rcfujio en su consorte. 

- Al fin, los dos barcos se refujian en el blando i 
ameno rio Guayas. Allí se reparan (marzo 27 
de 1822), i algo mas tarde (julio de 1822) echa- 
ron anclas en Valparaíso donde fueron proviso- 
riamente desarmados. 



EPISODIOS marítimos 



V. 



La lastimera suerte de la O'IIujgíns es dema- 
siado conocida. Vendida al gobierno arjentino; i 
cargada en dcmasia de pertrechos, de víveres i de 
hombres, por la porfía de su comandante el capitán 
Cobbet, zozobró en un temporal del Cabo, yéndo- 
se á pique en aciaga noche con seiscientas Addas. 

Mas feliz hado cupo a su compañera en el abri- 
go de domestica bahía, sufriendo el embate de 
un huracán del Norte en Valparaíso en 1825, i su- 
cumbiendo valerosamente bajo su ola. 

VI. 

::í 
Hallábase la Valdivia anclada no lejos de la 
Independencia, buque mas nuevo i vigoroso quo 
el ya desarbolado pero venerable casco de Mahon, 
i como si hubiera de ser una tradición constante 
que en estos mares la vieja Esmeralda sucumbiría 
peleando, fuese al garete sobre el navio vecino, i 
trabándose con él en violentos choques, puso en 
peligro la conservación de ambos: — «En la alter- 
nativa, dice el gobernador de Valparaíso, Zenteno, 
al Director Freiré en un oficio de 14 de junio de 
1825, que se conserva inédita en el Ministerio do 
Marina, en la alternativa de perderse en el tem- 
poral de estos dos días anteriores lafrao-ata Indc- 



LAS DOS ESMERALDAS. 75 

ptudencía o la Valdivia, que se hallaban cliocáíi- 
dose reciamente, fué inevitable decidirse por la 
segunda para salvar la prime];a. I en su conse- 
cuencia, se le desamarró i vino a varar a la playa, 
inmediato al Resguardo. 

3) De resultas de este suceso, be mandado poner 
en consejo de guerra al capitán Cobbet, comandan- 
te de la Independencia, al patrón de la Valdivia 
i al maestre de la fragata liaron, de lo que daré 
cuenta al gobierno con oportunidad, entretanto 
que tengo la satisfacción de dar a Ud. este anuncio 
para el conocimiento de S. E. el señor Director.)) 

La A'ieja i gloriosa nave habia venido como los 
corceles de batalla, que envejecidos, buscan el pe- 
sebre de la querencia para morir, a deponer su 
acribillado casco en el sitio que hoi ocupa en el 
centro mismo de la plaza de la Intendencia de 
Yalparaiso i en el paraje que en aquel tiempo ocu- 
paba la casucha de tablas del Resguardo. 

De suerte que arrastrándola un poco mas afue- 
ra de la playa, el gobernador de la plaza dispuso, 
que su vieja quilla, maltratada por treinta i cuatro 
años de cruceros i combates, fuese embalsamada 
en arena i sirviera así de baso al primer muelle 
que tuvo Yalparaiso i que con cortos avances so- 
bre el mar es el mismo que hoi existe (1). 



(1) «La fragata Valdivia, decía el gobernador Zenteno en h\ 
misma comuuicacion que de él dejamos copiada arriba, ha que- 

10 



EPISODIOS marítimos. 



YIL 



I ¡coincidencia curiosa! mientras que la vieja 
Esmeralda nos ofrecia sus servicios postumos, la 
Independencia, su compañera en la batalla, en el 
huracán i en la muerte, iba a formar la cabeza del 
muelle del Callao, barada espresamente para aquel 
propósito (1). 

Es un hecho, por tanto, de no pequeña valia 
histórica i de significación de alta honra para la 
nación, que la vieja nave conquistada al enemigo 
por bravos chilenos, se halle honrosamente sepul- 



dado en tal disposición que a costa de mui poco gasto pueda 
convertirse en un esceleute muelle, i yo espero que el Gobierno 
Supremo no despreciará un arbitrio tan sencillo i fácil de pro- 
curar las mejoras de este puerto i aumentar ios ingresos de 
nuestro agotado erario.» 
La idea fué aceptada i puesta inmediatamente en ejecución. 

(1) IjW. Independencia fué vendida al gobierno de Buenos 
Aires en 182(3 junto con la Chacabuco i la O' íliggins, i mientras 
ésta se perdia en el Cabo de Hornos, al mando del desgraciado 
capitiin Cobbet, aquella comenzaba a irse a pique fronte a la 
Quiriquina. Llevóla en consecuencia a Talcahuano su coman- 
dante el capitán Wiuter, i allí fué condenada i comprada en 
20,000 pesos por un especulador llamado Oliver, que a su vez 
la veudió eu el doble de ese precio al gobierno del Perú. En se- 
guida éste la mandó echar a pique en el Callao, para formar la 
cabeza de su muelle. (Datos comunicados por el oontra-almiran- 
te-Byaoü). 



LAS DOS ESMERALDAS 75 

tada ea nuestro suelo, como la Vídory de Nelsoii 
en Plymouth: de suerte que al pisar la playa de 
Chile, el que saluda o da su adiós a nuestra patria, 
pisa, sin saberlo, el vestijio de sus restos, destina- 
dos, como la tierra que hendía la planta de Pom- 
peyo, a hacer surjir en nuestros mares nuevos i 
mas denodados capitanes. 



EPISODIOS MARÍTIMOS 



EL BAUTIZO EIT EL TAMESIS. 



«Póngase a disposieion del Ministro plenipo- 
tenciario de Chile señor don Manuel .Blanco Vai- 
calada, por los ajentes del golñerno en Londres, 
la suma de 200,000 pesos de los fondón de ¡a deuda 
peruanaT). — (Decreto de 20 de enero de 1^54.) 



I. 



Treinta años habían pasado desde que dos bra- 
vos capitanes de mar, Tomás Lord Cochrane i 
Martin Jorje Guise, estrechándose la mano sobre 
el jTiiente de una fragata española, en la media 
noche del o de noviembre de 1820, habian entre- 
gado heroicamente a Chile el dominio del Pací- 
fico. 

Desde entonces todo había desaparecido de la 
superficie del mar, menos nuestra gloria i nuestra 
solitaria pero fuljida estrella. 

Las naves españolas en todas partes habian 
ivrriado bander^k: la Mana Isabel en Talcahuano; 



LAS DOS ESMERALDAS 77 

la Esmeralda en el Callao; la Prueba i la Vengan- 
za en Guayaquil; el Potrillo en Vajdivia; el Aquilcs 
en medio del Océano. 

Pero al propio tiempo todo nuestro material de 
guerra, fatigado por lo? cruceros, envejecidos sus 
cascos por los años, trabajada por las tempestades 
su arboladura, habían ido desapareciendo uno en 
pos de otro, la O'Hígjins en el Cabo de Hornos, 
el San Martin en Chorrillos, la Independencia en 
el Callao, el Águila en Ancón, la Esmeralda, 
el viejo Lautaro i el ájil Galvarino en Valparaíso. 

Componíase la marina de guerra de Chile en 
1830 de un solo buquecillo, el bergantín Aquiles, 
quitado al enemigo por un bravo marinero acos- 
tumbrado a los motines. Su nombre era el capi- 
tán AníTulo. 



II. 



Desde esa época, nuestra marina languideció 
repartida en tres o cuatro barquichuelos, en los 
que hacia gran papel la goleta Colocólo, especie de 
laucha del mar. La venida en 1842 de la pondera- 
da fragata Chile, construida en los astilleros de 
Burdeos, pasó como engañosa niebla, porque tal 
buque no fué desde su arribo barco de guerra sino 
pontón. 

Mas habia llegado otra vez para el mundo la 
edad de hierro, i los primeros silbatos de la lo- 



78 EPISODIOS marítimos. 

coraotora en nuestras gargantas despertaron en el 
país i en los hombres de gobierno la jnsta ambi- 
ción de confiar al acero i al vapor la defensa de 
nuestras costas. Un pequeño buque de comercio a 
vapor, comprado a lance per el gobierno de don 
Manuel Montt al estalla'* la revolución de 1851, i 
que llevó el nombre de el duador, salvó hasta 
cierto punto por sí solo la inmensa crisis que en 
aquel tiempo sobrevino al país desapercibido; i 
acabó de abrir los ojos a la autoridad de Chile, 
que las mas veces tráelos vendados, sobre la abso- 
luta nulidad de los buques de vela en paz i en 
guerra. 

De aquí temó oríjen la construcción en los as- 
tilleros de Inglaterra de la segunda Esmeralda, 
cuya gloria i larga carrera, casi tan larga como la 
de su noble predecesora, vamos en seguida a na- 
rrar. 

III. 

Cuando túvose en Santiago noticia del levanta- 
miento militar de Coquimbo en setiembre de 1851, 
reunióse apresuradamente el Congreso el 14 de 
ese mes, i entre otras facultades estraordinarias, 
otorgó al ejecutivo «la de invertir caudales públi- 
cos sin sujetarse a presupuestos.]» 

Tomando pié de esta amplia autorización, el go- 
bierno del señor Montt acordó, nueve meses des- 
pués, hacer construir en Europa un buque a vapor 



LAS DOS ESMBÍÍALDAS 79 

sólido i guerrero, que sirviera de base a nuestra 
pobrísima i a mas entonces desventuradísima ma- 
rina. «Siendo necesario, dice el decreto que con- 
sultó esta importante medida, llenar a la mayor 
brevedad el vacío que deja en la marina militar 
de la E,epública la falta de un buque de vapor 
perfectamente guerrero en su construcción i arma- 
mento, i ademas, capaz de satisñicer las condicio- 
nes de celeridad i fuerza que requiere nuestra 
posición, etc.» 

El decreto de que copiamos estas palabras, tiene 
la fecha de 30 de junio de 1852, i lleva la firma 
del ministro de marina, jeneneral don José Fran- 
cisco Gana. I apuntamos este nombre i aquella 
fsclia, porque tomando ésta como punto de parti- 
da, la segunda Esmeralda habria vivido solo dos 
años menos que su predecesora: 27 años (1852- 
79), por 29 años (1791-1820). 



lY. 



Dispuso el gobierno de Chile que se invirtiese 
hasta la suma de 200,000 pesos en esta importan- 
te adquisición, i que estos fondos se sacasen de 
los pagos, que no sin graves dificultades, hablan 
obtenido del Perú desde 1846 a 1850, los hábiles 
negociadores don Victorino Garrido i don Diedro 
José Benavente. Corrían todavía los tiempos en 
que fué sana costumbre elejir para el servicio di- 



80 EPISODIOS MARITOIOS 

ploraático de Chile las eminencias del país, espe- 
cialmente para los servicios delicados que exijian 
smno tino i vij liante sagacidad, como el de ejecu- 
tar por cobro a una nación amiga. I hai que no- 
tar ademas en este caso la singular circunstancia 
apuntada en el epígrafe de este capítulo, de ha- 
berse abierto aquel crédito de dinero peruano el 20 
de enero de ISo-i, es decir, en el aniversario preciso 
de la victoria de Yuns^ai. Hai en el calendario de 
los pueblos días verdaderamente fatídicos. 



V. 



En ese mismo dia (enero 20 de 1854:), se co- 
misionó al capitán de navio don Eoberto Simp- 
son, el vencedor de Casma, para que se traslada- 
ra a Inglaterra, i de acuerdo con su antiguo i 
querido jefe, el vice-almirante Blanco Encalada, 
nuestro representante a la sazón en Francia i la 
Gran Bretaña, procediese a la construcción de una 
corbeta de guerra del tipo mas adecuado a nuestro 
servicio. El mismo capitán Simpson deberla viji- 
lar la construcción de la nave i conducirla a Chile. 
Las instrucciones del caso fueron entreí^adas al 
comisionado por el intelijente sub-secretario del 
Ministerio de Marina don Demetrio Rodríguez 
Peña, el 30 de diciembre do 1853, i es el último 
documento de ese año que serejistraen los li';ros 
copiadores de aquel Ministerio. 



LAS DOS ESMERALDAS. 81 

En consecuencia, los dos noLles veteranos se 
juntaron en Londres en abril de 18oi, i allí resol- 
vieron hacer construir una corbeta de 854 tone- 
ladas con fuerza de 200 caballos de vapor, de 20 
cañoaes, i que en su construcción consultara estas 
dos condiciones esenciales de un buque <xperfecta- 
mente guerrero)): la «fuerza)) con la o: celeridad. <» 



VI. 



Existen a lo largo de la ribera izquierda del 
Támesis, pujante rio de marea, que dos veces al 
dia hincha su turbio i cenagoso cauce para llevar 
desahogado sobre sus lomos los buques mas pode- 
rosos del mundo, diversos astilleros particulares 
que forman como un arrabal marítimo de la gran 
metrópoli inglesa. Los principales de esos astille- 
ros son los llamados Blackwall, Poplar i North- 
fleet. Hállase situado este último, al Este de 
Londres, 30 millas rio abajo i no lejos de Woolich 
i de Chathan, el mas grande arsenal de guerra 
de Inglaterra el primero, i uno de sus principales 
astilleros el último. 

Con el propietario del último, un bien reputado 
constructor llamado Enrique Pitcher, ajustaron 
un contrato los dos honorables marinos, según el 
cual debería construirse una nave de las proporcio- 
nes referidas por una suma equivalente mas o 

menos a 180,000 pesos de nuestra moneda, o sea 

11 



82 EPISODIOS ilARITmOS 

31,000 libras esterlinas, coiTespondiendo 23,000 £ 
al casco i arboladura i 11,000 £ a la maquinaria 
con repuestos para tres años. La artillería i arma- 
mento menor se contaban aparte. 

Consult^idos los planos al gobierno de Santiago 
i aprobados pur éste, la corbeta ñ\é puesta en 
grana el 15 de diciembre de 1851:, en el astillero 
de Northíleet, comprometiéndose los constructo- 
res a entregarla completcimente terminada en un 
plazo de 18 meses. Para firmar el contrato vino de 
París a Londres el almirante Blanco a mediados 
de octubre de 1854, i es curioso ver figurar como 
testigo de este documento legal, a aquel célebre 
escritor i viajero que tantas maledicencias había 
dicho de Chile treinta años hacia: el hábil pero 
mordaz John Miers. 



YII. 



Los injenieros navales de Northfleet cumplie- 
ron su palabra «como ingleses»; i en el mes de 
agosto de 1856 la corbeta de guerra estaba pron- 
ta para ser llevada a la pila i reqibir su bautismo 
como futura hija del Océano. El jeneral Blanco 
avisaba al gobierno desde P¿irís el 15 de julio de 
1853, que los aprestos de la nave se hacían con 
suma rapidez, mediante la laboriosidad i celo ad- 
mirables que a su tarea tenía consagrados el probo 
e íntelijente encargado de Chile: — dYo he visto 



LAS DOS ESMERALDAS. 83 

al capitán Simpson, dice en una corta pero intere- 
sante memoria sobre la Esmeralda, que para no- 
sotros ha tenido la bondad de escribir sn primer 
contador don Juan de Dios Merino Benavente, yo 
he visto al capitán Simpson dejar su cama i apun- 
tar en su libro de memoria las ideas que en las 
horas de insomnio hablan ocupado su imajinacion. 
íEstas ideas, maduradas por el estudio, i discu- 
tidas después familiarmente con sus subalternos, 
todos sus amigos, eran puestas al dia siguiente en 
ejecución. De esto modo, i en medio de la mas 
agradable e instructiva sociedad, recojia el fruto 
del deber i del mas puro i acendrado patriotismo. > 



III. 



Hasta ese momento el gallardo barco de guerra 
no habia tenido nombre, i el gobierno se habla 
preocupado poco talvez de esa nimiedad. Ma-i 
con fecha 2G de junio de 185(3, espidió el siguien- 
te memorable decreto que se ha conservado en el 
archivo del Ministerio de Marina, i que constitu- 
ye la verdadera fe de bautismo do nuestra glorio- 
sa nave: 

(í Santiago, junio 26 de Í85G. 

ffEn conmemoración del memorable Iiecho de 
armas ejecutado por la Marina de la República 
a las órdenes del Almirante Lord Cociirane, to- 



84 EPISODIOS marítimos. 

mando al abordaje i sacando de debajo de los fue- 
gos de las fortalezas del Callao la fragata espa- 
ñola Esmeralda, do 44: cañones, completamente 
armada, en la noche del o al 6 de noviembre de 
1S20; he acordado i decreto: — xlrtículo l.^la cor- 
beta a vapor que se construye en Inglaterra para 
el Go])ierno de Chile, recibirá el nombre de Esme- 
ralda, i por lema i mote «Gloria» i « Victoria i>, 
que sirvieron de seña i contraseña a las divisiones 
de abordaje: — Artículo 2." comuniqúese i publi- 
que se. 

MONTT. 

Pedro N. Vid al. % 

El que diera, tan feliz nombre a la corbeta del 
Támesis, habia sido, como se deja ver en el docu- 
mento anterior, una de nuestras nobles reliquias 
de la gran edad de la independencia, el coronel 
don Pedro Nolasco Yidal, viejo carrerino. El que 
lo inspirara habia sido evidentemente el noble 
capitán Simpson, fiel a la bandera que tremoló en 
el Pacífico su ilustre jefe el conde de Dundonald. 
Ambos obedecían a la fidelidad de la gloria. 



IX. 



Tuvo lugar, en consecuencia, el bautismo so- 
lemne de la nave en el día clásico de nuestras glo- 
rias nacionales, el 18 de setiembre, i cupo el ho- 



LAS DOS ESMERALDAS 85 

ñor de representar a la patria en una ocasión tan 
solemne, al almirante Blanco Encalada, como pa- 
drino, i la señora Tránsito Irarrázabal de Giizman, 
distinguida señora i viajera que recorría enton- 
ces la Europa, en compañía de su respetaLle es- 
poso el señor don José Manuel Guí;man. 

La pequeña aldea de Northfleet, compuesta 
casi en su totalidad de obreros de mar, amaneció 
ese dia cubierta de banderas, entrelazada la es- 
trella de Chile con las aspas de San Andrés, in- 
signia de la Gran Bretaña: asistió lucida concu- 
rrencia de hombres de mar i constructores navales 
con sus familias a la patriótica fiesta, i la espuma 
del champaña humedeció muchos hermosos labios 
al .saludar a la reina de la Gran Bretaña, a Lord 
Cochrane, a Chile i a las dos Esmeraldas. La glo- 
ria se reproduce como los seres, i dando forma i 
vida a la materia forja una eterna cadena de he- ^ 
chos i de nombres para cada nación i para el 
mundo. 

Después de los brindis i de los británicos hu- 
rrahs! eco obligado de toda fiesta en el suelo de 
Albion, la madrina arrojó contra la proa del buque 
la tradicional ampolleta de licor, que quebrán-dose 
en mil fragmentos, dejó consagrado el nombre i 
carrera de victorias que el Dios de los mares de- 
berla señalar a su nueva criatura. Yióse entonces a 
los rudos marineros que empujaban la quilla del 
buque hacia el agua, recojer los fragmentos del 



80 EPISODIOS MARÍTIMOS. 

destrozado cristal i ^^'uardarlos con rclijioso respeto 
en sus vestidos, como los misteriosos amuletos 
que en tiempos venideros los preservarían de nau- 
fragios i contrastes. La alegre i entusiasta ceremo- 
nia, no se tcnuinó sino a las diez de la noche, hora 
en que las numei'osas familias invitadas regre- 
saron a Londres por el tren de Blackwall. 



X. 



La Esmeralda flotaba desde ese dia airosa i ga- 
llarda en el mar, i comenzó a alistarse rápidamen- 
te para dirijirse al Pacífico. Su costo total habia 
sido de 217,460 $ 99^ cts., distribuidos de la ma- 
nera que sigue: — Casco i aparejo, según contrato, 
115,000$; maquinaria 55,000$; artillería 15,901: $ 
o8.V cts. — Gastos fuera de contrato 31,496 $ 
^41 cts., i éstos consistian especialmente en ma- 
teriales i repuestos de consumo. Deberla todavía 
agregarse a aquel ajustado precio la suma 17,662 § 
99 cts. que costó su trasporte hasta Chile. 

Es inui digno de observación, bajo el punto de 
vista de las rápidas transformaciones del arte na- 
val moderno, el hecho de que toda la artillería de la 
Esmeralda en 1856, costó la misma suma que han 
requerido mas tarde sólo dos de los grandes caño- 
nes de nuestros blindados, cuyo precio por pieza fué 
de 1,540 -Jí o sea, con el cambio, mas de 8,000 $ 
cada uno, siendo qu.e el importe de de los 22 ca- 



LAS DOS ESJ.IERALDAS 87 

ñones primitivos de la Esmeralda^ del calibre do 
32, no pasó de 1G,000 $. 

El armamento completo del buque, al hacerse 
a la A^ela para el Pacíñeo, consistía en 10 cañones 
de a 32 i de G.j pies de larp^o, 4 del mismo calibre 
i de Og- pies de largo i 2 cañones de i)ronce de a 
12 para botes i señales: total 22 cañones. Fueron 
éstos suministrados a razón de 25 ,£ por tonelada 
de peso, por la fóbrica de armas llamada Gospci 
Odk Worhs situada en Tripton. 



XL 



I 
El armamento menor constaba de 100 rifles 

Minié, 40 revólvers Colt, 100 sables, 50 picas i 
25 hachas de abordaje. 

Háse dicho que con una de estas hachas en la 
mano, murió el último jefe de la Esmeralda, Ar- 
turo Prat, en el combate de Iquique, i los dos 
cañones de señales que tenian los nombres de 
Gloria i Victoria, eran los mismos que antes de- 
jamos recordados i que hasta el momento de irse 
a pique existían a su bordo (1). 



(1) La Esmeralda trajo ademas a Chile una gran cantidad 
de municiones, de repuesto i de artificio, i entre otras 1,000 balas 
rasas de 32; 250 granadas con espoletas, 40 granadas de metralla, 
20 id. incendiarias, 100 cohetes a la Congréve, 5,000 estopines 
fulminantes, 20,000 cartuchos de fusil, 100 lauza-ñiegos i 8 i me- 



8S EPISODIOS marítimos. 

En cualquiera otra ocasión, estos detalles ha- 
brían parecido tal vez demasiado minuciosos. Pe- 
ro cuando todo lo que ha quedado de la Esmeral- 
da a flor de agua, lia sido un sacatrapos, recojido 
con relijioso respeto por los bravos marinos in- 
gleses, acostumbrados a reverenciar todas las re- 
liquias del honor, es casi una dicha poder formar 
con exactitud este inventario postumo del mas 
noble, del mas querido i del mas glorioso de 
nuestros buques de guerra. 



dio quintales de plomo para cargar las granadas por el sistema 
Schrapuel. 



LAS DOS ESMERALDAS 80 



LA ESMERALDA El CHILE. 



«La llegada de la corbeta a vapor a hélice Ea- 
meralda i la noticia de la compra de otro buque de 
guerra (la María Isabel) eu Inglaterra, contri- 
buirán en mucha parte a restituir a nuestros ma- 
rinos su antiguo espíritu, i a infundirles la espe- 
ranza de un camijo estenso de útiles servicios.» 

(ELJENf^RAL DON JoSiÓ FRANCISCO GaNA. — 

Memoria da Marina de 1857). 



I. 



Dejarnos ya recordado, que el alegre i solemne 
bautismo de la Esmeralda, había tenido lugar el 
18 de setiembre de 1855, cuando su casco fué 
echado a las aguas del Támesis. Pero tardaría to- 
davía el fuerte barco cerca de un año en recibir 
sus aparejos i su armamento, a fin de emprender 
a firme el largo i proceloso viaje del Magallanes, 
en aquellos años casi inusitado para los buques 
de su especie i a vapor. 

Ademas, lo que caracterizaba como marino a 

su ilustre capitán, era el sentimiento profundo i 

12 



00 EPISODIOS marítimos 

cíi-si el temor santo del deber en todos sus desem- 
peños, rasgo prominente de su índole británica, 
que le habia valido ser nombrado capitán bajo la 
bandera de Lord Coclirane cuando contaba apenas 
20 íiños. En esta capacidad hizo el capitán Simp- 
son la dura campaña de las costas de Méjico en 
1822, al mando del Araucano. 



II. 



Para compartir su responsabilidad, solicitó el 
capitán Simpson, ademas de la de su hijo Enrique, 
tan celoso como él, (i quien le acompañaba desde 
1853 en calidad de ayudante), la cooperación de 
algunos oficiales chilenos, i con este fin salieron 
de Valparaíso para Inglaterra en los últimos me- 
ses de 1855, el capitán de corbeta don Juan Wi- 
lliams Rebolledo, el guardia-marina Osear Yiel, 
niño de nobles prometimientos en su carrera, i el 
dilijente i laborioso joven don Juan de Dios Me- 
rino Benavente, este último destinado a contador. 



III. 



El joven Williams, llevaba desde Chile el em- 
pleo de capitán de bandera de la futura nave de 
la Hepública, i ciertamente que a mejores manos 
no liabria podido confiarse ni su insignia ni su 
custodia. Hombre de fierro en su estructura física 



LAS DOS ESMERALDAS 91 

i moral, el blindaje de su alma correspbndia a las 
rudas formas de que le dotara potente naturaleza. 
Tenia entonces treinta años, i de ellos liabia pa- 
sado la mitad cumplida sobre las olas, familiari- 
zado, como cualquiera de las aves que lo visitan 
de continuo, con todas las asperezas del océano. 
Nacido de padre ingles i de madre chilena, en la 
pequeña aldea de Curacaví en 1828, Williams 
Rebolledo entró de cadete en la marina, embar- 
cándose en la Chile el 18 de marzo de 1844:. Per- 
tenece por tanto a la jeneracion de Federico Errá- 
zuriz, Domingo Santa María, Alvaro Govarrubias, 
Alejandro Reyes, Aníbal Pinto: — lioi dia la jene- 
racion dominante. 

Navegó desde ese dia el robusto aprendiz con 
nuestros mejores capitanes, i de ellos aprendió la 
cautela i la bizarría. Tuvo por jefe en la Chile al 
capitán Pedro Valdés, educado en la marina de 
Estados Unidos, i muerto como muere la esperan- 
za en el capullo de la flor: i en seguida, en el que- 
che Majallanes, a Manuel Muñoz Gamero, otra 
lozana esperanza: de la República, tronchada en la 
mitad de su carrera, como árbol enhiesto que sú- 
bito rayo derriba i quema. 

Con esos capitanes, i especialmente con el últi- 
mo, aprendió Williams la dura ciencia del esplora- 
dor, i a sus fatigas débense los primeros reconoci- 
mientos de la laguna de Llanquihue i del rio 
Maullin. No le fué menos familiar el proceloiso 



92 EPISODIOS marítimos 

estrecho de Magallanes, i desdo 1852 a ISo-t hizo 
a la colonia frecuentes viajes en un buque que 
merecía su nombre, — la Infatigable, volada en la 
bahía de Valparaíso en 1856. 

Eii el año inmediato hizo también el capitán 
Vv^illiams un viaje de instrucción al Nor-Pacífico, 
•sitando los puertos de Centro América, i espe- 
riniente los de Costa Kica, pues llevaba a su 
i'do al ministro de Chile en esas Repúblicas, 
n Francisco Solano Astaburuaga: i era tal el 
'en, limpieza i disciplina de su pequeño tras- 
te de vela (^lAncud), que las buenas jentes de 
ellos países quedaron persuadidos de que el 
ue del capitán AVilliams «era un buque ingles 
disfrazado de chileno.» 

Promovido a capitán de corbeta el 22 de agosto 
de 1854:, i nombrado por un breve tiempo coman- 
danto de x^rsenales, hallábase desempeñando la 
gobernación marítima de Atacama cuando el 18 
de agosto de 1855, recibió la orden que dejamos 
referida de trasladarse a luíxlaterra. 



IV. 



Cnpo, en consecuencia, al capitán Williams 
Rebolledo, la señalada honra de desplegar por la 
primera vez en el turbio Támesis el pabellón tri- 
color, fijcindolo por sus propias manos en lo alto 
del mastelero de donde no seria nunca arriado; i 



LAS DOS ESMERALDAS 93 



hallándose todo listo a bordo, dirijióse la Esme- 
ralda, a principios de agosto de 1856, al puerto 
militar de Falmouth para tomar allí carbón i ha- 
cer rmnbo directo al Pacífico. 



Y. 



Concluidos aquellos aprestos, emprendió su lar- 
go pero afortunado viaje el buque chileno el 18 
de ao'osto de 1856 con rumbo directo a Rio Ja- 

o 

neiro, donde por las necesidades del combustible 
i ajustes frecuentes de la maquinaria, que siempre 
padece algo en los viajes de estreno, hizo consi- 
derable estadía. 

Pasábase, sin embargo, grata vida a bordo, por- 
que hablan tomado pasaje algunos de los raros 
chilenos que en aquellos años, de ayer i ya remo- 
tos, solían visitar la Europa. Figuraban entre 
aquéllos los esposos Guzman Irarrázabal, don 
Adriano Borgoño, don Diego Whitacker, el joven 
don Benicio Alamos González, estudiante enton- 
ces, i el caballero peruano don José Pardo, poeta, 
i mas tarde ministro de su país en Chile. 

La Esmeralda atravesó en seguida gallarda- 
mente los Estrechos, hizo su última provisión de 
combustible en Lota, i el 7 de noviembre de 1856, 
a las ocho i un cuarto de la mañana, echaba sus 
anclas en el fondeadero de Valparaíso. 

En ese mismo día el parte marítimo del puerto 



94 EPISODIOS marítimos 

rejistraba esta «entradaD, que es la carta de cliida- 
dania del para siempre memorable barco chileno. 
— Noviembre 7 de 1856. — Entradas: Vapor de la 
Bejmhlica (iEs))ieralday), de 20 cañones, cajntan de 
navio Simpson, de Falmoidh, en 81 dúas, con escala 
en Río Janeiro, Estrecho de Magallanes i Lota. 



YI. 



Como se ve, la Esmeralda habia tardado cerca 
de tres meses en su viaje i cerca de tres años en 
su construcción; pero buque mas sano, mas sólido, 
ni^s perfectamente guerrero i mejor concluido en 
todas sus partes, no ha tenido la República. Ni 
tampoco buque mas venturoso, porque su consor- 
te la Marta Isabel, se fué a pique en la bahía de 
«Misericordia» (que nunca la tuvo) a los pocos dias 
de arribo a nuestras costas, i el Maipjo, fué decla- 
rado casi inservible, por la defectuosa construcción 
de sus calderos, en el primer tercio de su viaje de 
Inglaterra a la isla de Madera (1 ). «Las cualida- 
des de este buque, decia por esto, con sobrada ra- 

(1) La María Isabel costó ea Inglaterra 105,443 $ i llegó a 
Chile el 27 de octubre de 1S57, im a.üo después de la Esmeralda; 
i al socorrer el buque sardo San Jorje, que venia de Italia, con 
un cargamento de frailes capucliinos chocó en una roca (en la 
misma en que se perdió el vapor Santingo 10 años mas tai-de), 
i se fué en el acto a pique en el Estrecho, el IG de diciembre de 
ese mi.smo año. 



LAS DOS ESMERALDxiS 9j 

zon, de la Esmeralda el ministro Ganca en 1858, 
cualidades militares i marineras, i su sólida cons- 
trucción dan lugar a esperar que debidamente 
entretenido i tratado será de laro'o i útil servicio.» 

o 

Hecha esta justicia al buque, el gobierno habia, 
felicitado al capitán Simpson desde el dia siguien- 
te de su arribo, mediante una hermosa nota, grato 
i merecido premio de sus afanes, en que, a nom- 
bre del país, se le daban las gracias «por el com- 
pleto buen éxito de los esfuerzos de U. S. en la 
construcción, armamento, equipo i conducción a 
Valparaíso de la corbeta de la Kepública Esme- 
ralda.^ 

YII. 

Comienza aquí el período de la vida puramente 
doméstica de la Esmeralda, vida de infinita e in- 
cansable labor como trasporte, como esplorador i 
como guardián militar de nuestras costas. 

YIII. 

Confióse su mando, inmediatamente después de 
su arribo, al capitán de fragata don José Anacle- 
to Goñi, oficial antiguo i distinguido hermano 
político del contra-almirante Simpson, i a quien 
tal cargo correspondía do derecho en razón de an- 
tigüedad. 



90 EPISODIOS marítimos. 

El capitán Williams pasó al mando del vapor 
Maipo que montaba cinco cañones. En cambio, 
tomó su puesto, como segundo del capitán Goñi, 
el teniente 1." don Eicardo Rogers, natural de 
Concepción, brillante i hermoso mestizo, hijo de 
un capitán ingles i de una chilena, como Williams, 
i que una muerte tan inesperada como lamenta- 
ble arrebató al servicio do la Eepública en sus 
mejores años. 

Eicardo Bogers pereció ahogado en la bahía de 
Caldera, cuando mandaba el vapor Maule en 1862, 
i ese dia, la naciente marina de Chile vistió luto, 
porque habia desaparecido uno de sus mas nobles 
jefes. Rogers no habia cumplido treinta años, 
i después de AVilliams era considerado la mejor es- 
peranza de nuestra marina de guerra. 



IX. 



Por uno de esos signos del destino tan comunes 
en la vida del mar, el primer servicio de alguna 
nota que la Esmeralda prestó al país en su costas, 
fué el apresamiento de un buque mercante llama- 
do el Sport man j que con bandera de Estados Uni- 
dos i permiso de las autoridades bolivianas de 
Cobija, cargaba metales en la que entonces se lla- 
maba bahía de Santa María, «diez leguas al sur 
de Mejillones)^, i que hoi es probablemente el 
puerto de xintofagasta o una de sus caletas mas 



LAS DOS ESMEEAÍiDAS 07 



vecina. El Sportmaii fue conducido a Caldera, 
juzgado i absuelto, en razón do buena fé. 



X. 



En noviembre de ese mismo año la Esmeralda 
hizo otro viaje al Desierto, i fijó a la altura del 
grado 23 el poste divisorio entre Chile i Bolivia, 
por medio de una columna de fierro rellena de 
deleznable arena...» Cuando los embates del tiem- 
po i del engaño postraron la columna, la Esme- 
ralda, veinte años mas tarde, iria todavía a cum- 
})lir en aquellas inhospitalarias costas su último 
deber! 



XI. 



De su segundo crucero al Norte, la Esmeralda 
se dirijió a la costa de Vichuquen a socorrer al va- 
por de la carrera el Valdivia, que en esos parajes 
habia heclio naufrajio.— Es curiosa la serie do 
analojias que con este último nombre ofrece la 
leyenda de la vieja capitana: — «Yaldivia» fue su 
nombre después de su captura en las aguas' del 
Callao. — Ahora iba a socorrer al vapor «Yaldivia», 
i por último fué el pontón ((Yaldivia» el que vi- 
niéndose sobre ella en el gran temporal de 1875, 
como la Independencia en 1825, la hizo naufragar 

en la playa de Valparaíso. 

13 



98 EPISODIOS .uARITIMOS. 



XIL 



El l)iion éxito de las operaciones de la Esme- 
ralda en el variado servicio de la República, dio 
márjen i consejo al gobierno para deshacerse de 
su triste flotilla de vela, la Constitución, el Anciid, 
el 3[<?ieoro i la Janequeo (agosto de 1857). Esta 
última fué vendida casi al precio de la leña. La 
Janequeo, orgullo de nuestros padres en las cam- 
pañas marítimas de 1836-39, alcanzó al precio de 
4,800 $, lo que hoi vale la chimenea de un vapor 
o una mediana colisa de cubierta! (1) 

XIII. 

La Esmeralda prestó también importantes ser- 
vicios en la pacificación de la República durante 
el año desastroso de 1859, i fué ella la que con- 
dujo a Valparaíso desde Coquimbo las rotas hues- 
tes del coronel Silva Chavez, deshechas en la que- 
brada de los Loros el 9 de marzo de aquel año por 
las tropas bisoñas de Pedro León Gallo, este Ba- 
yardo chileno. Ocurría en esa época la circunstan- 
cia notable, de que toda la oficialidad de la Esme- 



(1) Curios María Sayago. — Memoria sobre la marina de la 
República, obra interesante de fechas i detalles, escrita en Co- 
j'iapó en 1SG8 para un ceilámcn literario. 



LAS DOS ESMERALDAS. í)9 

raída, con escepcion del comandante Goñi i (Vil 
teniente Simpson, simpatizaba con la causa re- 
volucionaria, especialmente el segundo coman- 
dante Ricardo Eogers. Pero el lema de la Ks- 
meralda era — ((lealtad», i sus tripulantes prefi- 
rieron siempre antes morir que desmentirlo. El 
que hacia cabeza entre los opositores era el se- 
gundo jefe Ricardo Rogers, i este era la lealtad 
misma. 

XIV. 

La Esmeralda, con un corto interi-egno en que 
tomó su mando el capitán Señoret, después de la 
trájica muerte del j ene-ral Yidaurre, ocurrida el 18 
de setiembre de 1859, estuvo bajo 1§ls órdenes del 
comandante Goñi hasta el 9 de julio de 1860, en 
que le remplazó el cuidadoso pero poco afortuna- 
do capitán don Manuel Escala. 

No recordamos si fué bajo la dirección de este 
distinguido oficial, nacido empero con mala estre- 
lla, cuando la Esmeralda, rodeada de una espesa 
niebla, chocó contra unas rocas cortadas a pico 
en la costa de Totoralillo. Felizmente montaba 
la guardia del alba el teniente don Enrique Simp- 
son, i éste tuvo tiempo para hacer retroceder la 
máquina con dilación de segundos. Sin esto, la 
Esmerald.a\\íxhú\x\>ii'\QQ\(\o\\\\ inevitable e inglo- 
rioso naufrajio. 



ick:» episodios maritbios. 

Se creyó, sin embargo, perdidos los fondos de 
la corbeta, i después de aderezarlos como mejor 
se pudo por medio de un buzo en Caldera, se la 
condujo al baradero de Tenglo, en Puerto Montt, 
lugar admirable para formar un dique seco; i allí 
se echó de ver una vez mas que lo que había sal- 
vado la predestinada nave habia sido la incompa- 
rable solidez de su construcción. 



XV. 



Contaba, con todo, la Esmeralda en esa época, 
seis años de incesante servicio, i hacíase indis- 
pensable darle una carena radical, como así mis- 
mo, mudarle sus calderos ya estremadamente de- 
bilitados. Meditábase, en consecuencia, enviarla 
a los astilleros del rio Sacramento en California, 
cuando, como aves de mal agüero, comenzaron 
a llegar por el sur las naves de la famosa Comi- 
sión cient'ifica de España, bajo el mando del almi- 
rante Pinzón, cuya única ciencia de mar era el ajo 
i el box. 

Despertáronse con justicia las sospechas del 
país, i como consecuencia, fué llamado a tomar 
bajo su mano la Esmeralda su primer capitán de 
bandera, el 11 de setiembre de 1863. 

El comandante Williams se trasbordó en con- 
secuencia del Aíaipo, i pasó a este buque el bri- 
llante i lamentado capitán don Onofre Costa, 



LAS DOS ESMERALDAS 101 

que había desempeñado accidentalmente la co- 
mandancia de la Esmeralda desde el 15 de se- 
tiembre del año anterior. 

La bandera de guerra iba a ser levantada do 
nuevo al tope del histórico barco, i una nueva era 
de gloria se abriria en breve para su nombre. 



102 EPISODIOS MARITIMOÍ^ 



X. 



EL PEIHER CRUCERO. 



«niiiado por ¡os periódicos, me di'-ijí nntcaver 
a la uoclie a Toní,'oy para ir de allí a Coq nimbo a 
.ip-esar la (.'ovarlonf/n i el Jfafi'i.f Crnixirm, pero 
tuve la desgracia de llegar a destiempo.» 

(Parte oficial del capitán Williams, antes de 
la captura del Covadoaija. — Papudo, noviembre 
2() de itítlü). 



I. 



Cuando en la mañana del 17 de setiembre, en 
un dia radioso de sol i de pública alegría, los 
miembros del gobierno distribuían tranquilamen- 
te, como de tradicional i noble costumbre (abaiir- 
donada hoi), los premios a las escuelas públicas 
en el Teatro Municipal, el ministro de la guerra, 
jeneral don José ^lanuel Pinto, llevaba plegado 
bajo su solapa recamada de oro, un telegrama ofi- 
cial recibido en esa hora i que era ya del dominio 
público. Ese tclcgrcima liabia sido espedido de 



LAS DOS ESMERALDAS. 103 



Valparaíso, i decia stíiicillameiite estas palabras: 
— <La Villa de Madrid acaba de fondear.» 

Comenzaba la segunda guerra con la España. 



11. 



La Villa de Madrid, navio almirante de 50 ca- 
ñones, venia seguida por cuatro grandes fragatas, 
la Blanca, la Bereufjuela, la Be solución , la Alman- 
i>a; por tres ajiles cañoneras, la Virjan de Cova- 
donga, la Vencedora i el 3farqnés de la Victoria] i 
por el blindado Namancia, uno de los mas pode- 
rosos entonces a fióte i el primero de su especie 
que haya dado vuelta al mundo, empleando die^: 
i seis meses desde el Callao a Cádiz, por la via del 
cabo de Buena Esperanza. Esa formidable escua- 
dra de nueve buques a vapor, montaba cerca di 
doscientos cañones, la mayor parte de grueso ca- 
libre i ánima lisa. 

Para oponerse a esa pujanza irresistible, los clii- 
leños no tenian sino dos maltratados barquicliue- 
los: la Esmercdda, de 20 cañones de a 32 lisos i 
el Maípo, buque de fierro con cuatro cañones del 
mismo calibre i una colisa de a QS. Existían otros 
dos vapores de ruedas, el Independencia i el Maule, 
simples remolcadores de barra, desarmados. El 
viejo casco de la CJiíle liabia sido echado a pique 
por no proveer de barata leña al enemigo, desde 
que se supiera la d^esaprobacion en Madrid del tra- 



101 EPISODIOS marítimos. 



indo Tavira — Covarrubias, una í-emana antes de 
la aparición del buque almirante de Pareja (se- 
tiembre 12 de 1865). 



III. 



Poscia Chile, en todo, dos buquecillos con 25 
cañones de sistema ya desusado en las guerras-* 
marítimas, contra nueve grandes barcos, uno solo 
de los cuales, habria bastado para capturarlos o 
echarlos a pique. 

Para mayor contraste, la Villa de 3Iadnd soltó 
sus anclas a dos pasos de la Esmeralda, cubrién- 
dola por completo con su poderosa batería do es- 
tribor. 

I lo que hubo de verdaderamente grande i de 
consolador en esos dias fué que nadie palideció, 
pocos escondieron sus haberes, un menor número 
desconfió del gobierno político, celebrándose una 
alianza sincera i calorosa de todos los partidos. 
I por sobre todo esto, nadie desconfió de nuestra 
infantil pero ya gloriosa marina. Al contrario, 
desde el mes de mayo de 18G4, ésta se habia 
despojado voluntariamente de un diez por cien- 
to de sus escasos sueldos para ayudar al Estado 
en la compra de un buque digno de la Repú- 
blica. (xVcuordo de la marina del 2 de mayo de 
ISG-i). 



LAS DOS ESMERALDAS 10j 



IV, 



I esa adhesión del pueblo por los hombres del 
mar, estaba esta vez por demás justificada, por- 
que desde que el barco español se atracó a nuestro 
débil pero glorioso esquife, poblóse el aire de le- 
yendas i de proyectos heroicos. Los 20 cañones 
de la Esmeralda habian sido sólidamente cargados 
de antemano, i se sabia que desde su bravo coman- 
dante hasta el. último grumete todos estaban re- 
sueltos a arrimar el lanza-fuego a la primera inti- 
mación de arriar la bandera, que orguUosa flotaba 
en esc dia al tope común de toda la República. 

Hablóse también en ese hora de una temeraria 
pero noble quimera, según la cual, la Esmeralda 
recibirla a media noche a su bordo el batallón 
Buin, que mandaba el coronel Borgoño, hombre 
atrevido, i atracándose de improviso i de noche 
al navio enemigo a cañonazos, de sorpresa echa- 
rla sobre su cubierta aquella lejion de bravos para 
hacerla presa, o perecer. 

Es lo cierto, que se trataba de mil jenerosas lo- 
curas hijas del fervor del patriotismo. Pero nadie 
habló ni pensó siquiera en una humillación. 

Por fortuna, el almirante Pareja, hombre me- 
tódico i apocado, limitóse aquel dia a enviar a 
Santiago, su ultimátum de humillante salutación 

a su insignia, i mientras llegaba la respuesta, 

14 



lOG EPrsoDios marítimos. 

liubo Ingar de emprender una salvadora eam- 
paña. 



Y. 



A las ocho de la noche del 18 de setiembre, la 
Esmeralda i el Matpo, hacían vapor en las barbas 
del almirante castellano, i entonando el himno 
nacional la banda de música de la primera, se 
deslizaban ambas hacia la alta mar. 

Imposible parece que no hubiera a bordo del 
poderoso enemigo, en ese momento, voces airadas 
que aconsejaran la inmediata captura de los dos 
insolentes barquichuelos. Pero el almirante Pareja 
los dejó ir, no pensando que aquella valerosa es- 
capada le costaría la ignominia í la vida. 



VI. 



Navegaron los dos prófugos en conserva hacia 
las aguas protectoras de los canales de Chiloé, 
donde debían ponerse a salvo hasta mas propicia 
ocasión; i en el viaje no ocurrió mas novedad que 
un fiero encontrón que en lóbrega noche ambos 
cascos se dieron. Hubiérase dicho que la segunda 
Esmeralda era lisiada de topadas, como la prime- 
ra, i a la verdad que de ellas gloriosamente 
murió.... 

El Maip) iba a las órdenes del capitán Onofre 



LAS DOS ESMERALDAS 107 

Costa ya nombrado, i cuya honrosa carrera corto 
en el mar un violento ataque, cuatro años mas 
tarde. 

VII. 

Vagaron los dos buques chilenos a la ventura 
durante el mes de octubre, pero habiendo oido 
decir que en uno de los puertos del Perú se pre- 
paraba un golpe de mano contra la escuadra blo- 
queadora i diseminada de los españoles, allá se 
dirijieron (1). 

VIII. 

La Esmeralda i el Maípo aportaron a princi- 
pios de noviembre a la caleta de Chilca, en la 
vecindad del Callao (donde estaba apostada de 
centinela la NH/mancía); i allí supieron el fracaso 
de la tentativa, i a mas, que no convenia por en- 
tonces a los planes del jeneral Prado, que iba a 
dar una batalla inminente a las puertas de Lima, 
la presencia de los buques chilenos en aquellas 
vecindades. 



(1) Esta abortada espedicioa de la escuadra revolucionaria 
del Perú contra los buques españoles, está minuciosamente re- 
ferida en nuestro libro Diez meses de misión a Estados Unidos, 
pues allí, en el puerto de Pisco, estuvimos presente, i presencia- 
mos como actores todas las peripecias de aquel proj^ecto atre- 
vido pero abandonado al comenzarse su ejecución. ' 



1C8 EPISODIOS marítimos. 

Los Jos buques desairados se dirijeron, en con- 
secuencia al sur de Chile a proveerse de carbón, 
después de tomar a su bordo algunos oficiales de 
marina que habian quedado en las islas de Chin- 
cha, dcspuos del frustrado plan de ataque contra 
la escuadra bloqueadora de los puertos de Chile. 

A la altura de Juan Fernandez la Esmeralda i 
el Maipo se separaron, sin embargo, dirijiéndose 
el último a tomar refujio en los canales de Chiloé, 
i la corbeta a correr la aventura en la costa del 
continente. La Esmeralda habia sido armada en 
corso para todos los eventos. 

Tocó la corbeta en Lebu en demanda de noti- 
cias el 20 de noviembre, i el 21 en Lota para 
proveerse de carbón. 



IX. 



Tuvo el comandante Williams noticia segura 
en esto puerto de las diversas posiciones del ene- 
migo, i en el acto resolvió un atrevido plan de 
ataque. 

La Resolución bloqueaba, sin consorte, a Talca- 
liuano, la Viüa de Madrid a Valparaiso, la Beren- 
guela a Caldera i la Covadonga (en remplazo de 
la Blanca) a Coquimbo. La Nnmancia quedaba 
apostada de respeto en el Callao i la Almansa se 
hallaba en viaje desde España, así como el Mar- 
qués de la Victoria. — En cuanto a la Vencedora^ 



LAS DOS ESMERALDAS. 109 

se ocupaba en llevar i traer órdenes desde el bu- 
que almirante a las alas dt) la estensa línea de 
bloqueo. 

Por consiguiente, lo que despertó la heroica 
codicia del marino chileno, fué el punto mas dé- 
bil de esa línea, la posición de la Covadoiuja, que 
bloqueaba aisladamente a Coquimbo. 

En el acto hizo rumbo hacia el Norte, i después 
de orientarse el 23 de noviembre en el puerto de 
Pichidangui, sobre la posición definitiva de los 
buques españoles, llegaba a Tongoy el dia 23. 

X. 

Encontró aquí la mortificante nueva de que la 
Covadonga ya no estaba sola, sino acompañada 
de la Blanca, que habia venido a ocupar en aque- 
lla rada el puesto de la Berenguela, destinada mas 
al Norte. 

El espacio de tiempo que la Covadonga se ha- 
bia enseñoreado sola en la estensa bahía de Co- 
quimbo i del puerto industrial de la Herradura, 
habia sido solo de diez dias, entre el 12 i el 22 de 
noviembre. 

El golpe estaba por consiguiente malogrado. 

XI. 

Contrariado pero no abatido por este contra- 



liy EPISODIOS marítimos. 

tiempo, puso el comandante de la Esmeralda proa 
al Sur. Pero antes quiso acercarse a un puerto o 
caleta vecina a Valparaiso, centro de la posición 
enemiga, para solicitar del gobierno algunos 
auxilios urjentes. 

Con este propósito pernoctó la noche del 2o de 
noviembre en la rada abierta del Papudo, el «an- 
tiguo puerto de la Ligua», en cuya desierta playa 
hacia trescientos años don Hurtado de Mendoza 
se embarcara furtivamente para el Perú i para 
España. Era el tiempo en que los presidentes de 
Chile huian de este «mal famado» país como de 
la peste. 

XII. 

Los recursos que el comandante Williams pe- 
dia al gobierno no podian ser mas prosaicos ni mas 
vulgares, — luna sobremesana, cien pares de zapa- 
tos, diez quintales de jabón para lavar la ropa de la 
marinería con agua del mar i otras menudencias.» 

I, sin embargo, aquel pedido era la puerta de 
una grande i memorable hazaña naval, tan cierto 
es que en las cosas de este mundo, muchas veces 
suele encontrarse la potasa i la lejia a dos dedos 
de la gloria.... 

El primer crucero militar de la Esmeralda iba 
a encontrar su afortunado término. 



LAS DOS ESMERALDAS 111 



PAPUDO. 



«A las 7 vino el capellán de la fragata Blanca, 
i re retiró a las 7 i media, después de rezar el ofi- 
cio de difuutos por el cabo de mar Pelegrin Cuzó 
(Q.E.D).» 

(Ultima entrada del libro de guardias de la Co- 
vadonga, el 25 de noviembre de 18G5). 



I. 



Era el 26 de noviembre de 1865, dia martes, 
dia de guerra. Disipada la lij era bruma matinal de 
la costa, manto propicio de emboscadas, el co- 
mandante de la Esmeralda paseó su anteojo por 
el horizonte, i no tardó en descubrir un humo 
que venia por el Norte. 

En el acto gobernó atrevidamente sobre él, i a 
poco rato encontró que era el vapor Valparaíso 
de la compañía i carrera inglesa que hacia el ser- 
vicio de nuestras costas i de la del Perú. 

Aquel buque no era una presa. Pero fué el avi- 
so feliz de un próximo combate. El capitán del 
Valparaíso, adicto a Chile, puso en conocimiento 



U-2 EPISODIOS marítimos 

(lol comand¿inte Williams, que la Cocadoiigd se- 
gniíi f?us aguas en viaje de Coquimbo a Yalparaiso, 
i que no tardaría en hacer su aparición en el ho- 
rizonte. 

La nueva no podía ser mas venturosa ni mas 
ardientemente solicitada. 



II. 



Era la Covadonga en esa época, una flamante 
i vigorosa cañonera, armada con dos colisas de a 
68 i un cañón de a 32 sobre cubierta. Su porte era 
la mitad justa menor que el de la Esmeralda (412 
toneladas), pero de mayor celeridad i de mas es- 
pedito manejo. La Esmeralda, en razón del de- 
plorable estado de sus calderos, podía andar hasta 
nueve millas a la vela, pero solo siete a vapor. La 
Covadonga era capaz de marchar el doble, i por 
esta circunstancia había sido traída como buque 
aviso al Pacífico. 

La Virjen de Covadonga era ademas un buque 
nuevo i brioso. Construido en el astillero de Fe- 
rrol en 1860, pero con maquinaria inglesa, como 
la mayor parte de los buques de gnerra de la de- 
cadente España, había sido armada en el mes de 
enero de 1831 en el arsenal de la Carraca en Cá- 
diz. De suerte que su viaje de estreno en el año 
subsiguiente, había sido el de la memorable Co- 
mision cientijíca. 



LAS DOS ESMERALDAS 113 

Hallábase, por teiiito, la interesante cañonera 
como aclimatada entre nosotros desde hacia casi 
tres años, como si de antemano gustara de las ca- 
riñosas brisas de nuestro templo. Sus triijulaníe^. 
vestían ponclios, como nuestros huasos, i algunos 
solian desertarse como si buscaran en nuestro sue- 
lo su propia casa (1). 



III. 



Comandaba el buque un joven marino natural 
de Bilbao, donde lioi vive retirado, i como mu- 
chos jenuinos vizcaínos, tenia en su rostro i en su 
presencia una estraordinaria analojia con la raza 
de mar do la Gran Bretaña. El capitán don Luis 
Ferri, pequeño, delgado, rubio, calvo, de ojos pro- 

(1) Uno de estos precursores fué el cabo 1." de la guarnición 
de la Covadonga Juan Marchena que se desertó en C^aldera en 
1863. 

En cuanto a los ponchos cliilenos del Godcidonja, he aquí una 
orden que los menciona, la cual fué encontrada, así como veinte 
i dos libros de mar, en la cámara'^del buque, cuando fué tomado. 

«Comandancia de las tropas. 

«Fragata Resolución, 22 de diciembre de 1SG4. 

«Dispondrá U. S. sean recojidos los ponchos a los individuos 
de esa guarnición i entregados en la de esta Fragata, para reci- 
bir igual número de abrigos de los que tenia la tropa de la Es- 
cuadra. 

, O. Castelulanco.'» 

15 



lU EPISODIOS MARÍTIMOS. 

fundamente azules, no solo parecía un joven te- 
niente recien desembarcado de la marina inglesa, 
i^ino que afectaba parecerlo. — En cambio, su se- 
gundo, el simpático alférez do navio don Félix 
G urrea, aunque nacido en Navarra, era uu alegre 
i retozón andaluz, sumamente afecto a las chile- 
nas, cuyo lenguaje se complacía en remedar, es- 
pecialmente su gracioso «como no?, 3) i cuyas cos- 
tumbres imitaba cruzándose de piernas en el es- 
trado para beber el mate «a la antigua americana.» 
Los otros dos oficiales del buque se llamaban 
don Joaquín Cuncunegui, nombre al parecer ame- 
ricano i don Juan Jason, de apellido casi ingles. 
Como en las guerras de Nelson, todos los españo- 
les se llamaban Don (1). 



lY. 



I, estraño presajio! antes de levar su ancla del 
surjidero de Coquimbo, la Covadonga habia cele- 
brado a bordo un oficio de difuntos por un solda- 
do muerto, i junto con echar su cadáver al agua, 
se habia puesto en movimiento hacia el cuartel 
jeneral de Valparaíso. I tan singular fué el caso, 
que la última anotación que se hizo en su diario, 



(1) Eü la historia naval de Inglaterra, los españoles aparecen 
siempre denominados con el calificativo de Don, (tbe Don) q[ue 
por ironía les aplicaban los marinos británicos. 



LAS DOS ESMERALDAS 115 



i consta de sus libros, custodiados en el archivo de 
marina, es la que hemos reproducido en nuestro 
epígrafe. Q. E. P. D. — Que en paz descanse! 

La postrer acotación de la costa, que aparece 
en el libro de hitácora de la cañonera ferrolona es 
la de la punta Lengua de Vaca, al caer la noche, 
en la vecindad de Tongoy. 



y. 



Entretanto, la Esmeralda se habia embozado 
como mejor habia podido en la rada casi siempre 
solitaria del Papudo, que pro teje i encubre una 
empinada punta hacia el sud-oeste, la punta Piti. 

La corbeta, calados sus masteleros, entrado el 
bauprés, caldeados a todos fuegos sus tubos de 
vapor, aguardaba.... 

Aseméjanse mucho las guerras de mar al asalto 
de las fieras. — Son guerras esencialmente de ase- 
chanzas en que los buques, semejantes a la puma 
i el jaguar, atraviesan ávidos la líquida i eterna 
llanura, cada cual en busca de su hora i de su presa. 



VI. 



A las 10 de la mañana en punto, columbróse 
en el espacio hacia el Norte, el primer tenue va- 
por del buque enemigo. 

Dejó en ese momento su guarida la barca chi- 



11 1-, EPISODIOS marítimos 



lena, erizada de cañones i de bravos, e izó al 
tope la bandera de San James para atraer hacia 
RÍ al incauto corredor del mar, que venia tenién- 
dolo todo por suyo. 



YII. 



Mucho se ha hablado i aun condenado este ar- 
did. 

Ociosa vocinglería de los vencidos, que la his- 
toria de todas las guerras marítimas repudia! 

La bandera, en tiempo de guerra i hasta que 
no se dispara el primer cañonazo, es solo uno de 
los muchos trapos de señales que las naves llevan 
en sus cajas de bandera. Nadie está obligado ni a 
creer ni a respetar tales insignias, i de aquí es que 
su uso no solo es lícito sino inocente. El empleo 
de toda bandera en tales casos es simplemente 
une rasíse de giierre, i se ha visto que se ha izado 
como recurso de estratéjia no solo el pabellón de 
todas las naciones, sin agravio de éstas, sino hasta 
el pendón amarillo de los lazaretos, para finjir 
contajio, como veriñcólo con éxito i aplauso uni- 
versal el mismo Lord Cochrane, cuando en las 
aguas de Barcelona montaba el bergantín Speedy^ 
al que salióle de encuentro \\\\ enorme fragaton 
francés. 

Para citar solo casos americanos, bastaría recor- 
dar g1 del almirante español Laborde, cuando el 1 ." 



LAS DOS ESMERALDAS. 117 

de mayo de 1823 atacó en Puerto Cabello la desa- 
percibida flota colombiana, penetrando en la 
bahía con la bandera inglesa en todos sus maste- 
leros (1). 

Por otra parte, esa es la lei esciita i nni versal- 
mente acatada de todas las naciones. Es el precepto 
regulador de la Gran Bretaña, acojidopor la lejis- 
lacion de Estados Unidos qne ordena izar la ban- 
dera nacional en todo caso — «escepto (nú dice 
testuulmente uno de los artículos de sus ordenan- 
zas marítimas) cuando haya suficiente razón para 
hacer lo contrario, al encontrar buqnes en el mar, 
al acercarse o pasar delante de fuertes, castillos, 
baterías, faros o ciudades» (2). 

I lo que es mas digno de consideración en el 
presente caso, la ordenanza española vijente es la 
que alumbra con mayor claridad en la cuestión i 
establece la perfecta legalidad de nuestríj, estrata- 
jema. «Será permitido, a estilo de mar, (dice el 
art. 8, tit. 1." del trat. II, largar bandera de otra 
V ación, i disparar caíionazos con hala, apartando 
de ofensa la puntería, para llamar a cualquier 



(1) Revue Maritime et colonküe. — París 1873, ptlj. 114. 

(2) Unless there be sufíicient reason to tlie contrary, ou fa- 
lling in with any vessel at sea, and when approaching and 
passing forts, castle?, batteries, light houses or towns». — Re- 
gulations f ir thegovernement of the navy of the United States. 
— Capítulo sobre Colours sección VII, art. I. 



118 EPISODIOS marítimos 

embarcación a qiiion se desee reconocer, o oigri- 
ñar al enemigo hasta el acto de parlamento o com- 
hotir. T> 

YIII. 

I tan verdadero, antiguo i comprobado es aquel 
procedimiento de guerra, que el comandante de 
la Covadonga no cayó en el lazo, pues debía cono- 
cer las leyes de su propia marina. 

Apenas diyisó, en efecto, al barco desconocido 
gobernando sobre su quilla, sin cuidarse de sus 
colores, paró su máquina, echó abajo la falsa mu- 
rada que protejia i ocultaba sus colisas de cubier- 
ta, e izando el pabellón de España, esperó al 
aparecido en gon de combate. 



IX. 



Fué éste el momento preciso en que el coman- 
dante Williams, llegando a una cuadra de distan- 
cia de su adversario (distancia casi inapreciable en 
el mar) afianzó el tricolor chileno i presentándole 
su costado de estribor, disparó sucesivamente i casi 
a boca de jarro, uno, dos, tres, cinco, diez cañona- 
zos, toda la batería sobre la cañonera enemista. El 
grito único de la marinería chilena desde que se 
rompieron los fuegos era éste: — Al abordaje! —Al 
abordaje! 



LAS DOS ES]\IERALDAS 119 

Respondió el barco español en el acto, i con la 
enerjia que es propia de la todavía altiva marina 
española, a los disparos de la ájil corbeta, gober- 
nada con una destreza que causó la mayor ad/al- 
ración; pero una granada de la última, reventan- 
do sobre la cubierta de aquélla, desmontó la única 
colisa con que en la posición en que ."o hallaba 
podía descargar, i habiendo caido heridos alguno» 
marineros, el comandante vizcaíno mandó arriar 
su bandera. 

X. 

No calificamos el hecho militar. Pero como la 
historia ha de ser imparcial a toda costa, e:^ pre- 
ciso reconocer que la fuerza i la superioridad en 
el porte, en el número de cañones i especialmente 
en la actitud de combate, estuvieron de parte de 
la Esmeralda. La Virjen de Covadonga tenia, por 
ía suya, las no menos superiores i casi decisivaf^ 
en el dia, del mayor andar i del mayor calibre. 

Por esto, la verdadera gloria de la corbeta chi- 
lena, estuvo en provocar un combate casi a la 
vista del grueso de las fuerzas enemigas, i en que 
su primer ademan i resolución, consistió en lan- 
zarse al abordaje i a partir con su proa el barco 
enemigo (l). 

(1) Nosotros liemos residido ea varias ocasiones eu el Papu- 
do, i allí se oyen pateutemeute las sal?as con pólvcvi^, da les 
buques que saludan la plaza de Valparaíso. 



120 LPISODIOS MARÍTIMOS 



XI. 



El combate, casi cuerpo a cuerpo como un due- 
lo, habia durado apenas un cuarto de hora... La 
Esmeralda recibió solo una lijera averia en su 
obra muerta, al paso que sus certeros tiros habían 
herido en diversos aparejos a la cañonera caste- 
llana, i de tal manera que estaba cumplido el me- 
lancólico augurio de su diario de navegación. Co- 
mo barco de guerra de España podia descifrarse 
en esos momentos en la popa de la Covadonga las 
cuatro letras de los muertos: Q. E. P. D. 



XIL 



Verdad es también que la Esmerxdda se halla- 
l)a tripulada en aquel dia, como en su última 
hora, por un puñado de verdaderos héroes. El 
comandante AVilliams mandaba la maniobra, Ma- 
nuel Thomson, su segundo, atendía a las baterias, i 
al pié de cada cañón estaban cinco de esos niños 
heroicos, de los cuales tres mandan hoi cada cual 
una nave de la Kepública, Juan José Latorre, Jor- 
je Montt i Carlos Condell. Los otros dos fueron 
Emilio Errázuriz, inmolado por fatal disparo * 
(1869) i el sublime Arturo Prat. Todos hablan 
fiido condiscípulos en el [)rimer curso de la Escue- 
la y aval. 



LAR DOS ESMERALDAS 121 



Af 



vIII. 

Concluido el combate, conforme a los usos de la 
guerra, la Esmeralda echó un bote al agua al man- 
do de Manuel Thomson, nombrado comandan- 
te de la presa, llegando tan en buena hora, que el 
injcniero de la Esmeralda Eduardo Hyat, muerto 
gloriosamente en Iquique, alcanzó a cerrar las 
válvulas de inmersión que los maquinistas espa- 
ñoles habian dejado espresamente abiertas para 
irse a pique. El supremo dolor de un marino no es 
morir, sino ver enarbolar en la nave que se ama i 
que se sirve, el pabellón de fiero i venturoso cap- 
tor. 

XIV. 

El comandante Williams se apresuró a echar en 
tierra la tripulación de la Covadonga, junto con 
sus papeles, el código de señales, equipajes i la 
insignia real que hoi flamea todavía en la nave 
mayor de la Catedral de Santiago, donde la fijara 
la mano del almirante Blanco Encalada en un dia 
de intenso regocijo para los chilenos. 

La tripulación, compuesta de un capitán, tres 

alférezes de navio, tres guardias-marinas i ciento 

once sirvientes de mar, de máquina i de batería, 

fué desembarcada a las doce del dia, i después de 

haber sido todos festejados con un copioso almuer- 

10 



122 EPISODIOS marítimos 

zo, ofrenda voluntaria del pueblo compasivo, se les 
llevó en carretas i a la grupa de un escuadrón de 
milicianos voluntarios, al pueblo de la Ligua. 

De esa ciudad marcharon al dia siguiente a la 
Calera, i desde aquí por un tren espreso a Santiago, 
donde se prefirió, antes que la satisñiccion del in- 
menso jentio que ocupp.ba toda la Alameda, el res- 
peto debido al infortunio. Los oficiales fueron 
conducidos en coches cerrados desde la estación 
al cuartel de Cazadoses, frente a la Moneda, i a la 
tropa se la trajo por los rieles hasta frente a la 
calle de Teatinos. — «Respeto a los vencidos! Qu? 
ésta sea la voz de orden de nuestro pueblo, habia 
dicho el diario dominante de la capital. ¡Yiva la 
República de Chile! ;Que éste sea el único grito 
que salga de nuestros labios! (1)^ 

Tal habia sido el glorioso combate del Papudo, 
que hizo grato otra vez a los chilenos el nombre 
de la Esmeralda, i fué a repercutir como un eco fú- 
nebre allá en el corazón de España, llevando a sus 
sienes el cañón de una pistola el hombre que en 
estas aguas era su representante, su emblema i su 
responsabilidad. 

XY. 

En cambio, las recompensas nacionales no tar- 
daron en cumplirse. 

(1) El Ferrocarril del 28 de noviembre de 1865. 



LAS DOS ESMERALDAS 123 

El Senado se reunía el mismo día que entra- 
ban en Santiago los prisioneros (noviembre 29), 
i el comandante WiHiamn era ascendido a capitán 
efectivo de navio. 

El gobierno, por su parte, concedía un mereci- 
do ascenso a cada uno de sus subalternos, i a mas, 
como era de justicia i de promesa, el valor íntegi'o 
de la presa para todos. 



li-j EPISODIOS :maritlmos. 



LA ESMERALDA PE PAZ. 



«La EíJiiprnlda es el buque de mas fuerza que 
en el dia poseemos, i sobre su sólida construcción 
no hai duda alguna.J» — (Memoria de 2Iarina dt 
18G4). 



I. 



Cuando la corbeta Esmeralda se echó sobre la 
Vtrjen de Covadonga a la A'ista de los farellones 
del Papudo, treinta millas al norte de Valparaíso, 
hallábase en las mas tristes condiciones marineras 
de su larga existencia: hacia un pié i medio de 
agua por hora. 

I después del combate, con los disparos violen- 
tos de la artillería, su fuerte casco trabajado por 
las fatigas consecutivas de nueve años, abrió nue- 
vas vias en su fondo. 

Por esta circunstancia i la proximidad a Yal- 
paraiso, hizo el capitán Williams embarazoso 
rumbo hacia Pichidangui, 50 o GO millas mas al 



LAS DOS ESMERALDAS 125 

Norte, i en segui Ja, puso proa al Oeste para evadir 
todo conato de persecución del enemigo. 

Había dejado la rada de su noble victoria a las 
9 de la noche del 26, i en la del 28 enfrentaba a 
Constitución, en caso tiin apurado que se temia por 
su conservación. — «La situación de la Esme7YiIda 
era tal, dice el jeneral Pinto en su Memoria de 
1866, que no podia aguantarse un momento de 
firme por temor de que se fuese a pique, a conse- 
cuencia de la gran cantidad de agua que hacia.» 



II. 



Sin embargo de estas desventajas, su heroico 
comandante estaba empeñado en presentar bata- 
lia a la cañonera Vtncedoi^a que regresaba de 
Talcahuano en las mismas condiciones de com- 
pleta confianza que su jemela la Covadonga. Pero 
estorbáronle este plan ciertas instrucciones reci- 
bidas en aquella crítica circunstancia, i que se 
dijo habia llevado a nado el animoso ingles don 
Roberto Souper. El mismo Williams parece aludir 
a estas ajenas órdenes en un documento de ser- 
vicio, al esplicar porque se frustró su plan (1). 



(1) «Hecho que uo se pudo realizar, (así dice la hoja de ser- 
vicios del contra-almirante Williams, refiriéndose al plan de 
apoderarse por sorpresa de la Vencedora) a consecuencia de. 
una densa neblina i otras circunstancias que burlaron este pen- 
samiento.» 



12G EPISODIOS MAEITIMÜS. 

rcro es cierto que el hecho se dio por consuniaclo 
íi bordo de la aliniranta española, i esta convic- 
ción, alterando el íilma i el cerebro del desgracia- 
do jefe de la escuadra enemiga, le precipitó al sui- 
cidio. 

I a la verdad, que no obstante la penosa situa- 
ción marinera de la Esmeralda, encontrábase de 
seguro en mejores condiciones que antes para in- 
tentar un golpe a mansalva, gracias a la presencia 
de la Covadonga, buque que no podia ser sospe- 
choso a los tripulantes de la Vencedora, poseyendo 
ademas, como se poseia, el secreto de su código 
de señales. 



in. 



Habia tomado el mando de la cañonera espa- 
ñola, un joven mestizo como AVilliams, como Ro- 
gers, como los seis marinos Lynch i como Condolí, 
al que sonreían las mas nobles esperanzas en su 
carrera. 

El nuevo capitán, hijo de un comerciante de Sue- 
cia i de una señora chilena, era un marino i un sol- 
dado a las derechas. Su primera función de armas 
habia consistido en montar la guardia del palacio 
de Santiago el memorable 20 de abril de 1851, i 
cuando apenas podia el fusil de cadete en los in- 
fantiles brazos. Habíase ido después, por inclina- 
ción irresistible, a la mar i nave erado varios años 



LAS DOS ESMERALDAS. 127 

en el Cazador, aprendiendo el arte de la náutica 
en la dura escuela de nuestros mares australes. Su 
estadía mas habitual, habían sido las agua» del 
Mairallanes o en los ríos i costas de la Araucania, 
donde practicó hábiles i penosas espiora'ciones. La 
que hizo del Bio-Bio i sus afluentes fué ñimosa, i 
aun obtuvo un premio de la Sociedad de Jeografia 
de Paris. Manuel Thomson no solo era soldado de 
tierra i navegante, sino csplorador e injeniero, de- 
biendo a este último ejercicio su pan en dias lar- 
gos de ingratitud i de olvido. 

Durante la revolución de 1859, sirvió Thomson 
en el vfipor Maule, i desde que aparecieron los 
primeros asomos de la guerra con España, pasó a 
la Esmeralda al mando de su querido jefe, i como 
su segundo. 

La interesante presa del Papudo no pudo ser 
puesta, por tanto, en mejores manos, -i en ellas 
continuó hasta la conclusión de la guerra. 



IV. 



Prosiguiendo su viaje al Sur en obedecimiento 
a órdenes superiores, el pequeño convoi continuó 
su rumbo hacia los canales de Chiloé donde de- 
bia reunirse con el Malpo, i comenzar el largo i 
penoso período que podia llamarse el de la guerra 
defensiva de nuestra marina aliada con la del Perú. 

El 1." de diciembre los dos buques fujitivos, 



1 28 EPISODIOS marítimos. 

ílospucs Je su gloria, pasaron por delante de 
TiOta, poro sin atreverse a entrar, porque desde 
tierra les hicieron señales de enemigos, i al dia si- 
íruientc tomaron carbón i refujio en Lebu. Desde 
allí dirijicronse al surjidero de Pinito, 28 millas 
al naciente de Ancud i en la derrota de Pueito- 
Montt, donde se habia fijado el punto de reu- 
nión para todos nuestros buques i los aliados. 

y. 

Aquella larga campaña de esperanzas i sufri- 
mientos, de contrariedades diarias i de frecuentes 
cañoneos, engrandecidos por la ponderación de 
los tiempos a la categoría de batallas navales 
(Abtao i Tubildad) duró seis meses cabales, por- 
que solo el 30 de mayo arrió en Ancud el capitán 
Williams, su insignia de comandante en jefe en 
la Esmeralda para ceder su puesto al glorioso an- 
ciano que como Andrea Doria, iba, a los 76 años 
de su edad, a retar al enemigo i a las olas. 

El comandante Williams habia sido promovido 
a capitán de navio por aclamación en el Senado, 
según dijimos, tres dias después de su hazaña del 
PaT:)udo, i habia recibido en sesruida el nombra- 
miento de jefe de la escuadra con las mas ilimi- 
tadas facultades (diciembre 9 de 1865) (1). 

(1) E a razón de ]as dificultades de las comunicacioues, el 
nombramiento hecho coa esta fecha del comandante Yvilliams 



LAS DOS ESMERALDxVS 12!) 

Todos estos merecidos lionores habían sido 
otros tantos trofeos de la vieja Esmeralda. 

VI. 

Concluida la guerra, que por su índole jeneral 
llamóse vulgarmente — «de los triunfos morales)), 
la Esmeralda fué enviada a arsenales como bu 
único i glorioso inválido. 

Habíanse encargado calderos nuevos para su 
maquinaria a Estados Unidos, i tan . pronto como 
éstos llegaron a Valparaíso en diciembre de 18G6, 
se ordenó una refacción del noble barco, tan radi- 
cal como era posible. 

El estado mismo de «guerra moral j) en que se 
encontraba el país, hacia peligrosa la idea de des- 
pacharla a California, como se habia pensado en 
1833, o a Ina'laterra seí^un se tenia resuelto desde 
1864. 

para jefe de la escuadra, no señalaba lími-tes a su acción ni a su 
responsabilidad. — a;Se dt^ja a U. S. (dice ese documento que 
lleva la firma del jeneral Pinto) la latitud i facultades necesa- 
rias para emprender todas aquellas operaciones que fueren con- 
ducentes a dañar al enemigo i que U. S. se encontrase en posi- 
bilidad de ejecutar... En tales casos, quedará todo sometido a la 
intelijencia, celo i prudencia de U. S.» 

Agregaremos que cuando el cañoneo de Abtao, en que so dis- 
pararon inil i quinieMos tiros (7 de febrero de 1806), La Esme- 
ralda se hallaba en Ancud. Cuando la Xanvincia i la Blanca 
hicieron un mes mas tarde (marzo 2), su atrevida espediciou 
a los mares de Chíloé, la nave capitana estaba en Huito. 

17 



130 EPISODIOS marítimos 

Cciiiibiósele también con ese motivo la mayor 
parte de su artilleria, dejándole sus cuatro caño- 
nea de a 32 largos; pero remplazándole los IG 
cortos por doce piezas Armstrong rayadas de a 40, 
que son las que cargaba en su batería cuando se 
hundió para siempre en el mar, disparando fiera 
i p-allarda su última Gjranada. Los viejos cañones de 
a 32 cortos, existen en arsenales o repartidos en 
los fuertes de Valparaíso, de modo que seria hace- 
dero fundirlos o incrustarlos en el monumento que 
ha de consagrar los hechos i la leyenda de nuestra 
tercera lucha en el Pacífico, encaminada a su do- 
minio, que es la dilatación natural i grandiosa de 
la patria estrecha en que nacimos. 

VII. 

Concluida esa reparación, la Esmeralda volviíS 
a tomar su puesto de almiranta i a servir princi- 
palmente como nuestro centinela avanzado en 
la estación de Mejillones. Esa hermosa bahía era 
adecuada a sus cansados años, i por eso mante- 
níasela allí de preferencia. 

Cúpole por esto parte principal en los distur- 
bios del litoral, cuando el caudillo Quintín Queve- 
do quiso desde el Pacífico asaltar el poder que 
otros caudillos hablan asaltado antes que él en la 
altiplanicie andina. Ju£i Esm: raída, bajo el mando 
del hábil i prudente capitán don Luis Lynch, hizo 



LAS DOS ESMERALDAS 131 

dunintc toda esa época (1870-74) un papel para 
el cual no parecía haber nacido: el de pacificadora. 
La llegada, sin embargo, de las dos corbetas de 
la Kepública O'Hírfgíiis i Chacahuco en 1838, des- 
pueí5 de dilatado embargo en los astilleros ingle- 
ses, i mas tarde (diciembre de 187-J:) del primero 
de nuestros blindados (el Cochrcme), redujo a la 
esmeralda a la condición de mera reliquia nacio- 
nal, i en esta condición se hallaba amarrada a su 
boya tradicional, — «la boya de la Esmeralda-)'), en 
el surjidero de Valparaíso cuando visitóla el penúl- 
timo de los accidentes de su tormentosa vida, que 
fué ala vez un naufrajío i una resurrección. 

Tuvo lugar este acontecimiento, el memorable 
24 de mayo de 1875, i de la manera que pasamos 
a narrar en el próximo capítulo. 



i:j2 episodios marítimos 



EL ITAUFRAJIO. 



«La Esmeralda, como Lázaro, habia resucitado.» 
(Romaa Vial. — Mercurio del W'J de mayo de 
1875). 



El naiifrajío de la Esmeralda , es uno de los he- 
clios mas siniestros i a la vez mas pintorescos de 
que se tenga memoria en la rada de Valparaiso, 
tan frecuentemente azotada por recios vendaba- 
Íes de casi todos los puntos del compás i especial- 
mente del setentrion. 



II. 



Era la madrugada del lunes 2-1 de mayo, í des- 
pués de una entrada de invierno escepcionalmen- 
te benigna, habia comenzado a soplar desde la 
tarde de la víspera un fiero norte, que no cesó de 
ir tomando creces durante toda la noche. 



LAS DOS ESMERALDAS. 133 

Cuando amaneció, presentaba la Laliía esc as- 
pecto arremolinado i furioso que le es pecnliar, 
como si enloquecido el mar se precipitara en olas 
altas, espumosas i frenéticas a estrellarse contra 
los farellones i las arenas de la playa. Mares in- 
mensos se entraban desde mui afuera al surjidero, 
anunciando larga i porfiada borrasca del océano, 
i el viento, seco, taimado, bramador como las fie- 
ras, pesado como el fierro, caia sobre las quillas 
de la bahía i las altas colinas, sacudiendo como 
plumas sus lijeras construcciones. — «Era verdade- 
ramente imponente i aterrador, dice un testigo 
de vista, ver la ajitacion del mar, i los buques 
perdiéndose entre las hondas o levantándose co- 
mo gaviotas entre las espumas de las aguas. :^ 



IIT. 



La Esmeralda se hallaba, entre tanto, sólida- 
mente amarrada, como de costumbi'e, a su boya, 
no lejos de la remansa ensenada que forma la 
proyección de los almacenes fiscales, en la estre- 
niidad occidental de la anchurosa i mal perfilada 
bahía. 

No se abrigaba por tanto, ningún temor por su 
seguridad ni siquiera por su quietud. Sus dos co- 
mandantes, don Luis Lynch i don Arturo Prat, 
hallábanse en tierra, este último con licencia para 
residir en Quillota, morada habitual de su tierna 



134 EPISODIOS MAIÍTTIMOS. 

familia. Solo lial)ia ])3rnocta(lo a IjorJo el tenien- 
te (Ion Constantino Banncn, mozo cnérjico i en- 
tendido en su profesión. 

IV. 

Entretanto, el huracán arreciaba por minutos, 
i olas jigantescas comenzaban a pasar sobre el 
puente de los buques que en triple fila se esten- 
dian desde la vecindad de los diques, donde se 
halla el surjidero de los vapores ingleses, hasta 
írente a la estación del ferrocarril, en el estremo 
opuesto de la rada. Algunos cascos, sueltos ya de 
sus amarras, habian perdido por completo su go- 
bierno i comenzaban los choques que se libran los 
buques entre sí i que convierten los temporales 
de la abierta bahía en verdaderos duelos, cuerpo 
a cuerpo. 

Todos los vapores de guerra caldeaban apre- 
suradamente sus máquinas i se hacian mar a fue- 
ra para capear la ya desencadenada i furiosa tor- 
menta. Fué de esta suerte como se salvaron con 
vivo apremio la Covadonga i la Chacabuco, ésta 
última corr la popa abierta a causa de una repara- 
ción, pero bajo el hábil i sereno manejo de su co- 
mandante el capitán de fragata don Osear Yiel. 

y. 

En m?d¡o del jeneral desastre, la Esmeralda 



LAS DOS ESMERALDAS l.-ió 

seguía aguantándose sólidamente sobro sus cade- 
nas, cuando, para su infortunio, vínose encima de 
su quilla, como en 1825 sobre su predecesora en 
nombre, un buque que tenia el nombre de Valdi- 
via, que era en aquel tiempo el su3'o. 

Kotas. en efecto, a causa de espantosos vai- 
venes, las amarras del vapor Valdivia, largo i an- 
gosto como un dardo, i que servia de escuela de 
aprendices, precipitóse éste como una flecha sobre 
la proa do la Esmeralda, i al primer espolonazo, la 
desarmó, quebrándole el bauprés. Atacóla en se- 
guida en todas direcciones, como un enemigo en- 
furecido, al ciego embate de mares tan encum- 
brados que ocultaban desde tierra la vista de la 
arboladura de las naves comprometidas en feroz 
lucha, borda con borda. 

El Valdivia libraba a la Esmeralda un verda- 
dero combate de abordaje, i de tal suerte, que 
muchos de los ajiles aprendices que albergaba 
en su puente, saltaron sobre la cubierta de la 
maltratada corbeta, buscando en ella refujio. 
Otros que intentaron pasar en un bote de un bu- 
que a otro, temerosos de ser aplastados en los 
choques, cayeron al mar hasta el número de tre- 
ce, i estuvieron en gravísimo riesgo de ahogarse. 

No perdía por esto su serenidad el comandante 
accidental de la Esmeralda, i comprendiendo que 
mientras ésta aguantara de firme las espantosas 
arremetidas del Valdivia, estaba perdida, la desa- 



i:',c, EPISODIOS marítimos 

tnicó de su costado, i soltando sus amarrivs co- 
menzó a maniobrar con suma habilidad para sa- 
carla en claro de las tres hileras do buques, que 
con su proa al sur le formaban una especie de 
movible muro en semi-círculo, i entrj los cuales, 
se habria infaliblemente perdido, echando al pro- 
pio tiempo a pique a los mas mal parados. Nunca 
se ha esplicado, sin embargo, por qué la Esmeral- 
da no hizo vapor inmediatamente, como la Cha- 
cauíico i la Covadonr/a, estando su maquinaria lista 
i sus pañoles provistos de carbón. 



VI. 



El conflicto entretanto crecia por minutos, i- si 
bien la gloriosa i querida nave iba con escaso 
gobierno esquivcindo el encuentro de los buques 
diseminados en la bahía, no por esto el furioso 
vendiibal dejaba de empujarla a seguro naufrajio 
hacia los arrecifes del costado oriental de la bahía. 

Vil. 

En estos momentos, i cuando el peligro era 
mayor, los tripulantes de la fatigada corbeta di- 
visaron sucesivamente sobre las crestas espumo- 
sas de las olas dos pequeños botes que se afana- 
ban por ganar su bordo. Eran el primero i segundo 
comandante, que arrostrando una muerte casi se- 



LAS DOS ESMERxVLDAS. 137 

o-iira, a nombre del Jeber, voniau íi ocupar sus 
puestos. Los iiiíis animosos remeros habían rehu- 
sado al comandante jeneral de marina en el mue- 
lle la recompensa de 150 pesos ofrecida al bote 
que llevara auxilio a la combatida reliquia de la 
llepublica; i por esto fué preciso que sus dos no- 
bles jefes se echaran, resueltamente al agua a íjn 
de ocupar sus puestos. 

YIII. 

Entre tanto, toda la población seguía desde los 
malecones de la playa, desde las ventanas i bal- 
cones de las casas del plano i de los cerros, las 
peripecias del estraño drama, batiendo los corazo- 
zones a la par con las olas. 

Ha quedado un vivo reflejo de las emociones 
de esa lucha en los boletines que hora por hora 
redactaba un escritor intelijente i apasionado por 
todas las cosas del mar, incluso sus terrores, i 
vamos a dar en seguida el trasunto de sus propias 
impresiones como ávido espectador de la con- 
tienda. 

(( Una de la tarde. La Esmeralda se viene al 
garete con la proa hecha pedazos, i el palo de 
trinquete rendido. Ha garreado hasta frente de 
los diques. 

-))Una i veinte. La Esmeralda í^q salva... Ha con- 
seguido encender sus fuegos i se está aguantando. 

18 



138 EPISODIOS marítimos. 

i» La Esmeralila so lia salvado hasta aquí, gra- 
cias a una maniobra que hizo al salir de entre los 
buques de la línea mas cercana de tierra. Atrave- 
sada, iba siendo el juguete de las olas que rom- 
pian su costado, cuando comenzó a virar i a salir 
fuera con gran asombro de los que ya la daban 
por irremisiblemente perdida. 

dA las cinco. La Esmeralda pide auxilio apesar 
de que está sobre la máquina. Han dado orden de 
que se desembarque la jente lo que ya hecho en 
gran parte, porque se teme que se vaya a pique...» 



IX. 



Mas, ¿cómo se esplicaba ahora este fatal anun- 
cio después de las esperanzas de seguro salvamen- 
to que alentaban a los espectadores de la playa, 
hacia una hora? 

Era lo cierto, que aun cuando la Esmeralda te- 
nia sus fuegos encendidos, se había inundado de 
agua por los boquetes que le abriera la roda del 
Vcddívia, i en consecuencia, apenas gobernaba. 

Sin embargo, al caer la tarde, i cuando habia 
paseado de un estremo a otro de la bahía, como 
si quisiera pasar su última revista i dar su postrer 
adiós al pueblo que tanto la amaba, la vieja quilla 
habia logrado afianzar momentáneamente su es- 
, labilidad, amarrándose por espias a la chata 
Alexandre i al bcrgantin chileno Esmeralda. 



LAS DOS ESMERALDAS Ud 

ColiiCiLlencias de esta índole, abundan en la liis- 
toria de este buque lejondario. Agregaban los 
diarios de Valparaíso, que a bordo de la chata sal- 
vador¿i no había sino un hombre i una mujer, í 
éstos, con pecho de héroes, ataron a su quilla la 
soga salvadora. Ese .mismo hombre había sido bo- 
deoTiero de la Esmeralda, i tenia como a leí de 
hijo salvarla. Cuenta Chateaubriand, al definir la 
patria i el amor singular que su suelo inspira 
al hombre, que un niño nacido i criado en el fon- 
do oscuro de un sucio lanchon cubierto, en los 
canales de Holanda, lloraba desesperado cada vez 
que le alejaban de su antro, porque para él la pa- 
tria era el lóbrego madero en que naciera. I así 
acontece con los hijos del océano. Los mas rudos 
marineros, lloran como niños cuando ven postra- 
da su npove por el fuego del enemigo o el encuen- 
tro traidor del arrecife. 



X. 



La noche habia caído, entre tanto, lóbrega co- 
mo la tempestad, i ésta de momento en momento, 
aumentaba su furia. A las 6 de la tarde las espías 
protectoras se habían roto o habían sido desata- 
das, i el buque comenzaba a garrear sin obedecer 
al débil impulso de la anegada maquinaria. 

Los momentos eran supremos, i era Dreciso to- 
mar una resolución pronta í eficaz. El buque es- 



14U EPISODIOS ilARITBIOS 



taba Gspucsto a irse a pique en el momento en 
que una de las grandes 'marejadas que azotaban 
la baliía lo tomase de atravieso. 



XL 



El capitán Lynch, que no habia perdido un solo 
instante su habitual tranquilidad de espíritu, citó 
a consejo a sus oficiales i pidióles su parecer, 
«manifestándoles el gran interés que tenia por 
salvar un buque que el país consideraba como una 
reliquia nacional (1).» 

El dictamen fué pronto i unánime. Para salvar 
el buque, o mas bien su gloriosa quilla, no queda- 
ba mas que un medio humano, vararlo de proa 
tobre la pla3^a arenosa del Almendral. 

La cuestión era saber escojer la manera de mo- 
rir, i en esto nunca vacilaron en elejir los tripu- 
Lmtes de la vieja capitana de Chile. 

La segunda Esmeralda quería, como su antece- 
sora, caer sobre el blando suelo de la patria, 
abriendo ella misma con su roda su propia sepul- 
tura. 

XIL 

Hízose así, en efecto, con admirable destreza; i 
a las 7 cu punto de la noche, el buque histórico 

(1) Mercurio del 2-!) Je mayo. 



LAS DOS ESMERALDAS 141 

enterraba su ipta proa en la playa, ñ-ente a la es- 
tación del feíToearril. 

XIII. 

Comenzó en ese momento la tarea del salva- 
mento, i prolongóse éste hasta las tres i media de 
la mañana. El penúltimo en dejar el buque fué el 
comandante Lynch. El último fuélo un negro co- 
cinero: — cela fidelidad del neo'ro.» 

Mantuviéronse de firme en la inclemente orilla 
hasta esa hora avanzada, el comandante jeneral 
de marina Echáurren i el infatigable mayor jeneral 
Williams, en cuya alma no cabia el dolor de per- 
der su antigua capitana, cuna de sus glorias. Le 
secundaban también con animoso esfuerzo la ma- 
yor parte de los marinos que a la sazón residían 
en Valparaíso, i entre otros don Heraclio Martí- 
nez, antiguo i bizarro capitán del Antonio Vara¿^, 
i el esforzado oficial don Santias-o Hudson, her- 
mano del infortunado ¡^ero valiente navegante 
que se hundió misteriosamente hace cerca de 
treinta años en el Cabo de Hornos, con el ber- 
gantin de su mando, el Pizarra. 

XIY. 

Pasóse toda aquella noche con gran ansiedad 
en el pueblo como cuando el Lautaro salió en de- 
manda de la primera Esmeralda en abril de 1818. 



112 EPISODIOS MARITIÜOS. 

]']l obstinado liuríicaii no amainaba una brisma i 
temíase una catástrofe jeneral en la bahía. 

]\ías, como acontece con frecuencia en esos si- 
niestros casi periódicos en nuestra costa, al ama- 
necer calmo el viento i un dia tranquilo i radioso 
sucedió a la fatal velada. 

El temporal liabia sido, como de costumbre, una 
borrasca seca i vibrante: toda el agua caida en 
cerca de cuarenta horas no habia llegado sino a 
88 centímetros de pulgada. En cambio, el viento 
habia arrojado sobre uno de los altos malecones 
de la rada, cual si fuera pluma, la pesada boya de 
fierro de la Esmeralda, que tenia la forma de una 
jigantesca pera. 

XV. 

A las 11 de la mañana del dia 25, a la misma 
hora en que se habia desencadenado con mayor 
fuerza el huracán en la víspera, todo estaba otra 
vez tranquilo, i mientras la muchedumbre recojia 
en la playa las astillas de numerosos naufríijios, 
comenzóse a hablar con asombro en los corrillos, 
de que la Esmeralda no estaba completamente 
perdida, gracias a la admirable solidez de la cons- 
trucción de sus fondos. 

En efecto, algunos peritos hablan reconocido el 
varado casco, en la mañana del 25, i no lo encon- 
traron absolutamente quebrantado. Todas sus 
averias estaban encima de la línea de flotación: — 



LAS DOS ESMÉRALO IS 1 ];i 

cEl mismo capitcm Williams que aiioclití desespe- 
raba de su salvación, (escribia en aquel dia al go- 
bierno el comandante jeneral de marina), prin- 
cipia a abrigar esperanzas.» 

Esas esperanzas eran completamente fundadas, 
i después de haberla alijado, sacándole su artillc- 
ria i repuestos, la noble corbeta volvió a surjir 
. «perfectamente guerrera :t> sobre el agua en la alta 
marea. La Esmeralda estaba constitucionalmente 
destinada a vivir im siglo. 

XVL 

El 27 de mayo, el vapor Ancud le dio un lijero 
remolque, en medio de los aplausos de la maravi- 
llada muchedumbre, i al dia siguiente pasaba 
gallardamente por el costado de su agresor de la 
víspera, el Valdivia, cuyos infantiles tripulantes 
aclamaban con vivas entusiastas a la querida na- 
ve «que acababa de resucitar como Lázaro (!}.» 

El último dia de mayo la Esmeralda entraba al 
dique para ser totalmente reparada. El drama de 
naar habió durado una semana i allí habia con- 
cluido. 

Comenzaba la resurrección para ser seguida, 
como en la vida de los santos de la leyenda cris- 
tiana, por glorioso martirio. 

(1) Román Vial. — Mercurio del 29 de maro. 



1J4 EPISODIOS MARITIMUS. 



XIV. 



E ÍI T A H I T I . 



«Llcgni' a tus a'jfuas i r-dmiré tas cumbres. 
1 el suave aroma de tiis bellas flores.T) 
(P. Rr-NCORKT, guardia marina de la Esmeual- 
UA. A. 2\thit¿ 1877). 



I. 



Las reparaciones que necesitó la Esmeralda 
después de su naufrajio i resurrección de majo de 
1875, fueron tan serias, que con su importe ha- 
bríase podido comprar un buen buque de guerra: 
— «El costo total que ha demandado el dejar a la 
Esmeralda en estado de prestar nuevamente sus 
servicios, dice el probo i laborioso comandante de 
arsenales don Kamon Yidal Gormaz, pasa de cien 
mil pesos (1).» 

(1) Memoria de la Comandancia de Arsenales. — Valparaíso, 
mayo 20 de 1876. 

Las reparaciones de 1866 fueron mucho menos costosas i mas 
rápidamente ejecutadas.— Solo tuvo la corbeta unos pocos dias 



LAS DOS ESMERALDAS 145 

Era eso, sm embargo, lo menos que merecia el 
viejo casco de guerra campeón de la Eepública. 
Fué lástima profunda i trÍHtc economía (como 
siempre), no se le mudaran otra vez sus calderos 
que contaban ocho años de vida i de fatigas. 



II. 



De todas suertes, la corbeta estaba pronta a 
hacerse a la mar, completamente armada i bajo 
el mando de los mas competentes oficiales de la 
escuadra, en los primeros meses de 187G. — Era 
su primer comandante desde el 22 de abril de 
1871 el capitán don Luis Lynch i su segundo i 
oficial de detall, mas o menos desde la misma 
época (agosto 22 de 1871), el capitán de corbeta 
don Arturo Prut. Entre sus oficiales subalternos 
figuraban el teniente Ignacio Serrano i los aspi- 
rantes Eduardo Yalenzuslá, líiguel Sanz i Arturo 

ele dique i salió de él tan gallarda que el Mercurio en un suple- 
jneuto del 11 de agosto de aquel año decia de ella. — <cTüdavia 
da su petardo, i seria capaz de soplarse otra Covadonga.'^ 

El ministro de marina, jeneval Fiuto, aprovechaudo la carena 
jeneral dada al buque en aquella ocasión, mandólo reconocer a 
plan barrido por decreto de 6 de julio de 1806, i resultó de este 
examen que su admirable solidez no liabia sido debilitada ni 
por las campañas, ni por los choques, ni por los temporales, 
por recios que hubieran sido ios que la nave llevaba esperiiuen- 
tados. En el del 9 de julio de aquel año (1800) la Esmeralda 
perdió tres botes i tres vidas en la rada de Valparaíso. 

10 



i4r, EPISODIOS marítimos 

Fernandez, (|ue han hecho leal compañía a su ca- 
pitana hasta su últiraa hora. 

Pero aunque la Esmeralda había sido declarada 
en buen estado de servicio i aa media vida» en 
todo, escepto en sus calderos, que eran ya por se- 
gunda vez una verdadera campana de agonía, se 
la mantenía inmóvi], amarrada a su boya en su an- 
tiguo ancladero, como sí la bahía de Valparaíso 
fuese un museo i su casco una simple reliquia his- 
tórica. En esa curiosa posición pasó la corbeta 
durante todo el año de 187G (período electoral...) 
i parte del 77, porque «aunque varías veces ha- 
bíamos estado listos, dice uno de sus tripulantes, 
para partir a Mejillones de Bolívía, nos dejaban 
con el ancla levada, la cual teníamos que fondear 
al di a siguiente.» 

Decididamente la Esmeralda era el buque rega- 
lón de la escuadra, especialmente desde que ha- 
bían llegado los blindados. Era una especie de 
gloriosa abuela, en cuyo alrededor engreíanse i 
retozaban los hijos todavía robustos i los nietos 
de fierro convertidos en formidables cachorros. 

Por esta misma causa, tal vez, ideóse para ella 
un viaje de recreo i de vejez. 



IIL 



Existe allá en las sábanas anchurosas del Pa- 
cífico azul, a mil leguas del continente i en las 



LAS DOS ESMERALDAS 147 

dereceras tropicales de, Arica i Lima, un grupo de 
islas que forpian una ancha cintura de corales al 
rededor del trópico i son un verdadero remedo del 
Paraíso. El broche de esmeralda que ata esa ca- 
dena de maravillas llámase Tahiti; i el grupo en- 
tero, compuesto de dos archipiélagos separados, 
como Juan Fernandez, por larga distancia (70 
millas) recibió de uno de sus primeros esplorado- 
res, el capitán Cook, el nombre de las Islas de la 
Sociedad. 

La belleza i el encanto natural de aquellos pa- 
rajes, no admiten ponderación ni aun con el auxi- 
lio de mas ricos atavíos de opulenta fantasía. Son 
bosques de palmeras entre grietas de pardo gra- 
nito; son ramilletes de olorosas i variadísimas flo- 
res que no crecen en otras zonas, formando abi- 
garrados tapices bajo graciosos heléchos; son 
cabanas de guirnaldas entretejidas por prolija na- 
turaleza en medio del ocio blando de los seres 
animados; son lagunas remansas como baños ar- 
tificiales i primorosos que recorren canoas labra- 
das en troncos de árboles, rebosando de jugosas 
frutas; i todo en la abundancia primitiva, en el 
sosiego de perenne descanso, en el olvido del res- 
to del mundo, cuyo murmullo lleva allí de vez en 
cuando algún buque pescador o nave guerrera i 
cansada, que yíi a repararse en sus remansas 
bahías sin el auxilio ni el costo de prosaicos di- 
ques. El capitán que llevó la Esmeralda a Tahiti L 



143 EPISODIOS marítimos 

allí la rejííiró por completo, asegara que Papeete 
no es im puerto: es una dársena (1). , 

IV. 

A visos lugares amenos i a esos climas incompa- 
rables se resolvió enviar la nave de la Repú- 
blica, al parecer en solaz de su ya venerable vejez. 
I como en varias ocasiones la Esmeralda habia 
servido de escuela de marinos, se la destinó para 
un viaje do aprendizaje práctico, embarcándose 
trece guardia-marinas sin examen i algunos apren- 
dices. Confióse su mando al dilijente capitán de 
corbeta don Jorje Montt, que boi mándala O'Híg- 
r/ins i diósele por segundo al bravo Condell. El 
28 de marzo de 1877 levantó vapor en sus calde- 
ros, i paseando en la bíi.liía, como en el dia de su 
naufrajio, recibió i retornó desde su jarcia el salu- 
do do adiós que le enviaban sus compañeros, sur- 
tos en la baliía i especialmente la Chacahuco. — 
«¡Adiós Valparaíso! ¡Adiós patria! esclamaba en 
esos momentos con ojos humedecidos uno de los~ 
niños que iba a recorrer por la primera vez el 
vasto océano. Recuerdos que lialao-an el corazón, 
i entristecen el alma: adiós! (2)» 



(1) Parte del capitón Jorje Montt a, su regreso al departa- 
mento, el 17 de julio de 1877. — (Ai'chivo del Ministerio de Ma- 
ri i) tu ^ 

(2) «De Valparaíso a IVaiti.D — lüjenua relación publicada en 



LAS DOS ESMERALDAS. 14i> 



Y 



Al caer la tarde, la Esmeralda apagó sus fue- 
gos, teiullo al viento todo su velamen i ganó ga- 
llardamente las profundidades del lejano mar, 
apagándose al propio tiempo en el liorizonte las 
últimas luces que en torno del faro del marino 
señalan al corazón de los que parten el sitio del 



liosrar. 



YI. 



Aquella navegación larga i prolija, debia ser 
forzosamente prosaica porque necesitaba ser eco- 
nómica. La Esmeralda no iba a visitar ios humil- 
des i ociosos isleños del Pacífico en son de guerra. 
Era su puente un simple taller de jarcia, de al- 
quitrán i de lona, en el cual cada uno, de capitán 
a paje, tenia señalada su parte de tarea. 



YII. 



En tales condiciones, cualquier evento, una le- 
jana vela, el revoloteo de un pájaro marítimo en- 
tre los picos de la nave, el nacimiento del sol 

la Paíri'a del 13 ele j alio de 1877 i iiúmerus .siguientes por el 
guardia-marina don Pedro Reiicorct i dedicada al capitán don 
Luis Lynch. 



150 EPISODIOS MA-RITIMOS 

oiitrtí cortiua,s de nítidas i liumedas brisas, su oca- 
so casi siempre semijrado de maravillosos i fan- 
tísticos paisajes en los trópicos, forman im acon- 
tecimiento, un tema, casi una edad a bordo del 
monótono esquife. Por esto, la pérdida de un ma- 
rinero ocurrida a las dos semanas de la partida 
(el 10 de abril), miróse a bordo por los aprendi- 
ces de las severas enseñanzas del mar, como asun- 
to de serio dolor i de valía. Llamábase el infeliz, 
José María Baeza, i era c( capitán de altos» entre 
la marinería. 

Aquejado por una recia disentería, no habia que- 
rido desamparar su buque; i tenia aquel infeliz tal 
confianza en su recobro que uno de sus compañe- 
ros, refiriendo su fin, apunta de él estas candorosas 
palabras propias de la vida i de la muerte entre 
esas rudas jeutes: — -^íA los marineros les apostaba 
su existencia a que no moria... Perdió la apuesta 
i pagó con el]a.> 

No fueron menos dignos de memoiia para sus 
juveniles compañeros, los austeros funerales del 
marino muerto, primera agonía i primer cadáver 
que tal vez encontraron en el temprano camino do 
su vida, los trece de la Esmeralda, que en dia tal 
vez no lejano, podrán ser (.dos catorce de la fa- 
ma. 7> 

1 como todo lo que la niñc2 escribe i narra 
parécenos a los que la divisamos, solo como risue- 
ña i acariciadora lontananza, allá en la opuesta 



LAS DOS ESMERALDAS 151 

orilla, cedérnosle aquí el paso i la pluma para 
escuchar de su Loca estos primeros cautos de su 
odisea en el océano: 

cuno do nuestro.^ compañeros, dice el gardia- 
mai'ina Rencoret, que en esos momentos se encon- 
traba de guardia, fué el que lo acompañó hasta 
sus últimos momentos. El marinero, durante su 
vida, habia estado bajo sus órdenes, ahora él so 
puso a las suyas en su postrimer momento. Pago 
de deudas! 

3)Lle2jan las 4: lis. 30 ms. de la tarde, hora de- 
signada para arrojar el cadáver al mar, a fin de 
que sirva de juguete a las olas i de alimento a los 
tiburones. 

i>El cuerpo se envuelve en dos coyes i se le co- 
loca a los pies otras tantas balas, a fin de que no 
quede boyando; se le coloca sobre dos tablas i 
queda listo. 

))Se toca llamada, todos los oficiales i marineros 
ocurren a ella; el teniente 1.'' los manda formar 
en dos filas, a fin de que por el medio dejen pasar 
al difunto i a los que lo lleven. 

))La bandera chilena cubre el cuerpo. Se da la 
orden de partida: el corneta bate marcha regular, 
todos se encuentran descubiertos; reina un silen- 
cio sepulcral; en el mar hai una calma completa; 
hasta el dia parece estar de luto por su aspecto 
sombrío. 

»Se le coloca en el portalón de estribor; se le 



152 EPISODIOS MAUITIMOS. 

(1:1 foii.lo, i el teniente 1/' dico estíos piilabr.is: — 
ficllí-'íar uini oiMcion por el ({iio se nos va.í> 

YIIL 

Un cadáver habia sido echado ai mar. I esto era 
todo. Pero cinco días después,, el domingo 15 de 
mayo a las tres de la tarde, divisábase, como salien- 
do del fondo del océano, un nsí^ro espectro solita- 
rio i sombrío, centinela olvidado en medio de yer- 
mas soledades. Era la isla misterio a que descubrió 
el pirata Davis, cuando salteaba nuestras costas i 
las del Perú, 'entre Yalparai-so i Guayaquil; i por 
haber tropezado con su sombra en el dia de Pascua 
de 1680, di ole este nombre i no el suyo. Era el 
tiempo en que hasta los salteadores del océano 
tenían la devoción de los santos, i por esto lo po- 
blaban esclusivamente con su calendario. Para los 
españoles especialmente, las costas del nuevo 
mundo i sus islas fueron un almanaque. Desde los 
Ei'anjelistas en la boca del Estrecho al solitario 
peñón de San. Félix i San Amhon (no San Am- 
brosio) en la otni estremidad del mar de Chile, 
no hai sino santos. 



IX. 



En ese mismo dia o en otro inmediato, gran 
conmoción a bordo! I esta vez la ansiedad fué 
grave. 



LAS DOS ESMERxiLDAS 153 

Por descuido, uno do los maquinistas o fogone- 
ros, habia dejado un trapo aceitado sobre uno do 
los calderos, e inflamándose éste liabia comenza- 
do a incendiarse la enmaderación contigua con 
grave peligro de una conflagración jenerfil: había 
en la Santa Bárbara (otro santo del almanaque 
del mar), una tonelada de pólvora.... 

Mas, a la señal de ordenanza — ¡Fae/jo a hordo! 
todo el mund^ estuvo en su puesto; jugaron las 
bombas, cerráronse las escotillas, empuñáronse 
los baldes de incendio, i por precaución echáronse 
botes al agua con víveres para ocho dias. Feliz- 
mente, en ocho minutos el susto i la alarma ha- 
bian pasado por completo. 



X. 



A fines de abril, la Esmeralda, después de pa- 
sar la noche precedente en facha, echaba sus an- 
clas en la única rada de la isla de Pascua. 

Cinco dias permaneció la Esmeralda en el deso- 
lado puerto o rada abierta de Tangaroa, i aHí, co- 
mo es inevitable en el espacioso universo, entro 
cien o doscientos salvajes desnudos, únicos habi- 
tantes del peñón volcánico, encontraron ...un fran- 
cés, o mas bien su memoria, porque casado con 
la reina de la isla matólo un caballo, que era pro- 
bablemente su único trono.... 



20 



154 EPISODIOS HARITIMOS. 



XL 



Los jóvenes marinos cambiaron irreverente- 
mente algunos de los curiosos dioses de la isla de 
Pascua, que parecen pertenecer a una raza mucho 
mas antigua i superior, por zapatos i por panta- 
lones viejos, gozosos de traer a sus hogares aque- 
llos lúgubres monolitos, caricaturas de la divini- 
dad. A mas barato precio talvez hubiera sido 
dable procurárselos en el nativo suelo, porque en 
el museo de Santa Lucía existe uno de estos dio- 
ses o toromíros que fué estraido del cimiento de 
ima casa en demolición en Valparaíso, donde ha- 
bla sido echado como simple piedra de acarreo. 

Fuera de que traer a Chile, toromíros, es decir, 
ídolos callados, parecería cosa escusada, porque 
los hai en no pequeña abundancia en todos los 
lugares de adoración i de ofrendas que las leyes 
han criado en la República.... 

XII. 

Después de esperimentar las fastidiosas calmas 
propias de esas latitudes muertas, i que suelen 
durar dos o tres semanas consecutivas, los tripu- 
lantes de la Esmeralda avistaron el 11 de mayo 
la isla de Nepoto i el 15 la de Morea, que recuer- 
da con su nombre clásico en el centro mismo del 



LAS DOS ESMERALDAS l^j 

ignoto Píicífico, las leyendas de Homero i de la 
Grecia. 

Morea es una de las islas del grupo de la So- 
ciedad, i por consiguiente, allí vecina estaba Tahi- 
ti, objetivo náutico del viaje. Hizo, en consecuen- 
cia, vapor la vieja nave, i a las 3 de la tarde del 
siguiente dia 16 de mayo, saludaba con 21 caño- 
nazos la plaza de guerra de Papeete, coronada 
por el simpático tricolor de la Kepública francesa. 

Al dia siguiente, honró el puente de la históri- 
ca corbeta chilena el gobernador de Taliiti, i con- 
cluido este ceremonial de la bien venida, el buque 
convirtióse en colmena i cada cual se puso a su 
tarea. En la marina de Chile no se admiten zán- 
ganos. 

xin. 

Hízose en la apacible rada de Papeete, i a lo 
largo de la calle de EÍüoU, cuyas arquerias no son 
de estuco como las de Paris sino bosques de pal- 
meras i naranjos, una completa recorrida del bu- 
que, i concluida ésta, su joven pero severo coman- 
dante mandó poner la proa a los puertos de Chile, 
orden saludada siempre con aclamaciones de ale- 
gría. 

No esperimentaron menor gozo los noveles ofi- 
ciales de mar, cuyo aprendizaje en tierra no pare- 
cía haberles sido de gran aprovechamiento. Es- 



150 EPISODIOS marítimos. 

tando a su propio testimonio, todo lo que liabian 
a]~)rendido en la dulce lengua del canaca había 
sido a decir: — Amaí tana clioi — (Dadme un 
beso....) 

XIV. 

Dejó \?iEsmeralda las aguas de Tahiti el 3 de 
junio, según el sobrio i lacónico parte oficial que 
su comandante pasó a la comandancia jeneral de 
marina, i no tuvo en su regreso los vientos propicios 
que la acompañaron cuando su proa gobernaba al 
occidente. Asaltada por un furioso huracán el 29 
de junio, dia de San Pedro, no tuvieron ocasión 
los aprendices chilenos para admirar las benigni- 
dades atribuidas en otros climas al pa-tron de los 
marinos. San Pedro ha sido en Chile solo una 
adusta trcisposicion del mar de Galilea. 

Duró el huracán cerca de 24: horas, i era tan 
violento el empuje del viento del nor-oeste, que 
a palo seco o con una simple gavia la Esmeralda, 
íTcorriendo el temporal», navegaba 13 millas por 
hora o sea el doble de su mayor velocidad a va- 
por. Hubo un momento de serio peligro, en que 
el buque no gobernó con docilidad, i estuvo al 
atravesarse entre las olas convertidas en monta- 
ñas i el viento que le daba caza por la popa. Pe- 
ro la serenidad de su intelijente comandante puso 
oportuno reparo al contraste, siendo digno de no- 



EAS DOS ESMERALDAS. 157 

ta que el último no menciona siquiera en su des- 
paclio ya citado, el formidable huracán que le 
trajo de atravieso. 

XY. 

Eran, en verdad, esos accidentes, parte del iti- 
nerario regular del buque i del programa de es- 
tudios de los guardias-marinas embarcados bajo 
sus órdenes, i daba esto lugar a escenas verdadera- 
mente provechosas para nuestros futuros capita- 
nes. Los temporales son para los educandos del 
océano sus verdaderos (.(pasos de estudio. d — «Estoi 
durmiendo en mi coi, dice a este propósito con 
cierto grato candor, el guardia-marina colchagüi- 
no cuyo diario nos ha servido de guia principal 
en esta ocasión, i tapado hasta la cabeza, pues nos 
encontramos a los 40" de latitud. Viene un mu- 
chacho, me allega una linterna a la cara, menea 
mi cama, me despierta i oigo las fatales palabras: 
c( Son las doce.» Con mi compañero de guardia 
hace lo mismo. 

))En el acto nos principiamos a vestir para su- 
bir a cubierta para relevar a los otros que nos es- 
peran con ansias para venirse a dormir tan pron- 
to como nos entreguen la guardia. 

3) Subimos i nos recibimos de ella. 

))E1 que fuma saca su cigarro i con pocas ganas 
de-mover las manos del bolsillo, se lo fuma dando 
largos paseos. 



Ij8 EPISODIOS MARITmOS 

y>J]n pito lia e^ouado: 

— i>¿QLié hai? 

— j) Corredera, señor! 

— D Vamos allá. 

» Vemos el andar que lleva el buque. 

— ))Tanta3 millas! 

)Xos volvemos a parar. Ya va una liora. 

j>El viento calma: la lluvia se deja caer. Vamos 
allá a arreglar el aparejo convenientemente. Al 
fin la faena se concluye; pero en cambio, nuestras 
ropas destilan. Xo hai mas que aguantar! Faltan 
tres horas! 

— :» Caramba! qué frió, hombre! 

— »Así es. 

— »Fumemos otro cigarro. 

y>l como*los bolsillos i manos están mojados, hai 
n3cesidad de valerse de otro para que nos dé un 
cigarro; pero ya están todos durmiendo i solo nos 
encontramos en pié los mojados (1):» 



XVL 

Apodérase en otras ocasiones tétrica filosofía 
del cerebro de aquellos bizarros mancebos, al pun- 
to de que el que nos acompaña consagra un buen 
décimo de su narración aflajelar con el mas duro 

( 1) P. RENroRET. — Pe Yalparaisc a Tuliiti. 



LAS DOS ESMERALDAS 159 

cabo de la jarcia. do cubierta a los que «liablan mal 
de los marinos,» i en seguida, formando cuadro en 
el puente en la hora penosa de la guardia, junto 
con uno de sus compañeros de cámara, csclama 
con cierta visible amargura: 

íílSTuestra imajinacion se remonta a contemplar 
las cosas que pasaron i las que vienen... Reñexio- 
nanios sobre la vida del marino, comparamos lo 
que sufre con lo que goza, i al fin sacamos en blan- 
co, que los placeres del hogar i el mullido lecho 
de flores no han sido hechos para él. 

j) Contemplamos lo que es el mundo, i encontra- 
mos en su sociedad tantas miserias i flaquezas, 
que llegamos a decir: mas vale vivir en medio del 
océano que a las orillas de ella.» 

Vaivenes inciertos del alma joven i vacilante, 
que la asemejan al flujo i reflujo del mar! Ya es 
la esperanza la que hincha con sus rosadas auras 
la vela del porvenir.... Ya el desengaño prema- 
turo toma rizos i preparíi el aparejo para afrontar 
enfLu-ecido huracán. Boga! boga! joven marino, el 
futuro es tuyo, porque la ancha mar es tu eterna i 
venturosa desposada! 

XVII. 

Al fin, uno de los vijias de las gavias grita, co- 
mo el de la Pinta que premió Colon: — tierral tie- 
rra! i todos los corazones saltan de gozo en sus 



lOü EPISODIOS MARITI.nOS. 

ataúdes de madera embutidos dentro de los ma- 
deros del buque. 

Esa tierra es la de Mas Afuera, primera garita 
de Cliile, avanzada en su campo de acción hacia 
el occidente. 

Es el 9 de julio. El 12 echa la Esmeralda sus 
anclas en la bahía de Juan Fernandez, i el 17 se 
amarraba otra vez a su boya frente a los x\.lmace- 
nes fiscales en Valparaíso. 

XYIII. 

La última escursion de paz i de estudio de la 
Esmeralda, habia durado cuatro meses menos diez 
días. 

Habia enseñado, como solícita madre a los jó- 
venes marinos cómo se trabaja i cómo se aprende. 

En breve les habría de enseñar cómo, bajo el 
tricolor de Chile, se pelea i se muere. 



LAS DOS ES:\rE HALDAS IGl 






LA MAITO DEL PERÜ. 



eMucho se habla aquí de la actitud del Perú. 
D ícese que prepara su escuaib-a para oponerse a 
la ocupación de Antofagasta i Mejillones.» 

(Telcírraraa a Los Tiempos, Valparaiso,/¿&rc?'o 
15 de 187U). 



Estaba, escrito en los libros del Destino, que el 
año en que vivimos seria una era de guerra para 
Chile i para la América. 

Al asomar el sol en la alborada de su primer 
dia, distinguíanse en su disco opacas manchas de 
sangre, i si bien los representantes del país, san- 
cionaron como una tregua el 14 de enero, después 
de borrascosas sesiones, un pacto que no era de 
paz sino de armisticio con nuestros vecinos del 
oriente, apiñáronse súbitamente las nubes de ne- 
gra borrasca hacia otro rumbo. Ell.° de enero 
Regaba del Norte un telegrama preñado de 23resa- 

jios. Las manchas del sol aparecían otra vez en 

21 



1G2 KPISODIOS MARÍTIMOS 

SU ocaso. Como en los tiempos de Caupolican i 
Pelantaro, liabíansc secado las quilas en los bos- 
ques del sur, indicio tradicional de varios siglos 
de que la guerra iba a pasear sus ensangrentadas 
lanzas por nuestro suelo (1). 



II. 



El I.** de enero de 1879 llegaba, en efecto, a 
Caldera el vapor de la línea inglesa Lontué, i el di- 
lijente corresponsal de la Patria en ese puerto, en- 
viaba a ese diario un despacho telegráfico que de- 
bia ajitar intensamente ciertos círculos de las 
finanzas i del gobierno, identificados a esas horas 
los uno con los otros.— *<íE1 Perú tranquilo, decia 
el telegrama. Pero en Antofagasta, hai mucha in- 
dignación, negándose los productores de salitre a 
satisñicer un gravamen que creen ilegal. d 

Tratábase del décimo de impuesto sobre la es- 
portacion del salitre boliviano, que en febrero del 
año anterior habia impuesto la Asamblea de aquel 
país, violando abiertamente tratados vij entes, i 
acusados sus miembros, al decir de los previsores 
postumos, no tanto por la codicia de su propio 



(1) Esta tradicioQ constante al sur del Maule, es una he- 
rencia de la conquista. Es ademas un hecho que este fenómeno 
de la secct de las quilas ha tenido lugar i revivido el singular 
presajio de los antiguos. 



LAS DOS ESMERALDA». l.(>;{ 

país en desgreño, sino por las arterías de un veci- 
no empeñado en el tráfico de idéntico i abatido 
producto. 

III. 

Por coincidencia, el mismo dia en que circula- 
ba en la prensa el telegrama del Norte, echaba 
sus anclas en Valparaíso el vapor Cotopaxi, de la 
línea del Estrecho, i anunciaba que por frente a 
la isla de Santa María habla avistado uno de los 
blindados chilenos que navegaba a toda máquina. 
Era el Almirante Blanco Encalada, que poniendo 
fin a la estación de Lota i a la escuadra de ope- 
raciones del Sur, organizada contra la República 
Arj entina el 4 de noviembre anterior, dirijíase a 
toda máquina ¿i Antofagasta, en virtud de una or- 
den telegráfica del Ministro de la Guerra. 

Tan precipitado fué este movimiento, que no 
permitió siquiera enviar instrucciones al coman- 
dante del acorazado. De suerte que aguél pasó una 
o dos semanas en el puerto boliviano sin saber a 
qué habia ido. Le siguió, sin embargo, con corta 
dilación de tiempo, su consorte el Almirante Co- 
chrane que fondeó en Caldera una semana mas 
tarde, 

lY. 

El subsiguiente correo del litoral boliviano, fué 



164 EPISODIOS marítimos 

portador de noticias que aumentaban todavía la 
creciente alarma en las altas rcjiones aunadas 
que hemos señalado. El gobierno local insistía 
en llevar adelante el cobro injusto del impuesto 
sobre el salitre, i lo reagravaba cobrándolo desde 
la época en que se liabia dictado la lei de guerra 
en la Paz: la suma que se exijia ejecutivamente 
ascendía próximamente a cien mil pesos. 

Agregábase a esto, que en esos dias hablan de- 
sembarcado en Moliendo, puerto del Perú, mil 
quinientos rifles destinados al ejército de Bolivia. 
El redactor de Los Ti'emjyps, que elije siempre 
formas tanjibles para la nomenclatura de sus ar- 
tículos de fondo, escribía al frente de su editorial 
el li de enero, es decir, el mismo dia en que se 
sancionaba el pacto arjentino por una mayoría de 
52 votos contra 8, este título que era un augurio: 
— Vuelve lairuhe! 



Y. 



Eran aquéllos, sin embargo, los dias en que el 
país se entrega como a sí mismo, buscímdo en una 
especie de larga siesta veraniega la satisfacción 
de antiguos hábitos heredados de festiva magnifi- 
cencia i de soñoliento regalo. Sin haber hecho mas 
que la acostumbrada rutina de la vida i de los 
puestos, q\ feriado abre en toda la República las 
válvulas del ocio consagrado por la lei. Los hom- 



LAS DOS ESMERALDAS lG.j 

bres de nota se pierden en sus crecidos i 3^a madm-os 
trigales: todas las oficinas que acusan la actividad 
pública de un país que crece, cierran i atracan con 
pesadas vigas sus macizas puertas: el gobierno, co- 
mo las hojas de un libro mal compajinado, so de- 
sencuaderna, tomando cada ministro solaz i rumbo 
diferentes a las chácaras i caletas, i bástala Mone- 
da misma deja de ser palacio para convertirse du- 
rante nno o dos meses en solitario i silencioso 
mausoleo. 

El pretesto do todo esto es la canícula. Pero la 
verdadera razón es la España i su memoria de 
incurable rutina. 

Mas, a virtud de esa misma disposición univer- 
sal, hácense mas rápidas i sencillas ciertas medidas 
gubernativas de alto coturno, cuyo alcance poste- 
rior se deja a la mansedumbre o a la indeferencia 
del país apreciar i aprobar, o no, después de con- 
sumadas. 

I así aconteció, que en una reunión denomina- 
da por la prensa consejo de guerra, convocada en 
Valparaiso por uno o dos de los ministros, con 
asistencia del comandante jeneral de marina i el 
mayor jeneral de la escuadra (cinco o seis funcio- 
narios en todo), acordóse proceder con mano le- 
vantada contra las arrogantes provocaciones de 
Bolivia, desdeñando en lo absoluto, como era de 
obvio i responsable deber del gobierno ejecutivo, 
la acción- constitucional del Congreso para tales 



]t-.i5 EPISODIOS Marítimos 



graves cmerjencuas, i iiuii la del Consejo de Esta- 
do, que suele ser muchas veces solo una corte ve- 
ranie<;a de los presidentes. 



YI. 



Tuvo lugar esa <:írave reunión en Valparaíso el 
8 de febrero; i allí arbitróse una serie de medi- 
das militares de la mayor trascendencia i respon- 
sabilidad. Entre otras, alistaríase inmediatamente 
la corbeta O'Hirjrjins para llevar a los blindados 
im grueso destacamento de artillería de marina: se 
llamaría por uno de los ministros al jeneral don 
José Antonio Yillagran, que ese mismo día llega- 
ba a Angol en escursion de vacaciones, i por otro 
al coronel don Emilio Sotomayor, para confiar a 
uno u otro el mando de una próxima espedicion, 
i por último, el contra-almirante Williams, c\;a^, 
disuelta la escuadra en Lota. acababa de tomar 
posesión de la pacífica mayoría del departamen- 
to, recibía orden de mantenerse listo para dirijirse 
al Norte. 

Hacíase todo esto, como se ve, por vía de dic- 
tadura, sin la mas mínima consulta del país, cuyos 
destinos iban a jugarse en el azar de un desem- 
barco. Pero es deber de imparcialidad apresurarse 
a agregar que a medida que esas providencias to- 
maban forma de Lecho ante el pueblo, la prensa 
i la opinión pública se ajitaban de una manera 



LAS DOS ESMERALDAS 107 

Siimpática i hasta calorosa en su favor i en su san- 
ción. 

No quita esto, sin embargo, su iriuiensa gra- 
vedad al antecedente. I a nombre de las libertades 
i de los derechos del país i sus poderes constitui- 
dos, todos los hombres serios i reflexivos, protes- 
taban en el silencio de su dignidad i de su patrio- 
tismo no consultados, no ciertamente contra el 
fondo de la actitud asumida por el gobierno, sino 
contra el procedimiento i especialmente contra 
el precedente audaz que quedaba establecido. 
Nunca Chile habia hecho la guerra sin declararla. 
Nunca la habia declarado sin la concurrencia uní- 
sona de todci¿; los poderes. 



Vil. 



Entre tanto, bajo la presión de las amenazas 
apremiantes hasta la insolen.i'ia de las desmanda- 
das autoridades de Antofagasta i de su gobierno 
sordo a todo buen consejo, partía con tropas la 
O'Hlggins el 9 de febrero, i ese mismo día, que 
era domingo, pasaba por la estación de Viña del 
Mar en el espreso de ía mañana el coronel Soto- 
mayor, despidiéndose de sus amigos por la porte- 
zuela: —a' Para Bolivia!» 

Dos días mas tarde llegó por telégrafo i a lomo 
de caballo desde la Paz el desahucio de todo aco- 
modo en un despacho, desespcrantemente la- 



i';.8 EPISODIOS marítimos. 

cónico, pero que tenia en el fondo el desmán o 
el candor de una burla. El gobierno de la Paz 
revindicaha para sí las salitreras de Antoíagasta, 
pero condonaba el décimo del derecho sobre sus 
productos. , 

A esta singular teoría, invención injenua de las 
canonistas de la antii2-ua i afamada Universidad 

o 

de Cliuquisaca, que hizo escuela en la América, i 
que trajo maravillados por su injenio a todos los 
doctores de la altiplanicie, el gobierno de Chile, o 
mas propiamente, el fragmento de gobierno que 
existia acantonado en Valparaíso, acordó respon- 
der con otra rev Indicación. 

Ministro de Estado hubo que viajando en el 
tren, no sabemos si entre Valparaíso i Santiaga, o 
entre esta última ciudad i Talca, supo por la 
charla de los pasajeros, que entrábamos en un 
período de guerra... Tal érala inusitada, culpable, 
i vertijínosa rapidez con que se procedía! 

VIII. 

La invención de aquel nombre jurídico, simple 
remedo del telegrama de la Paz que tan justa in- 
dignación habia causado en oí país, identificado ya 
con el gobierno i con sus actos por la solidaridad 
del patriotismo, no pudo ser mas desgraciada, no 
solo porque sonaba como eco de mal agüero des- 
de la rev indicación española de 1884, sino porque 
creando una situación anómolae indefinida para 



LAS DOS ESMERALDAS 169 

con los gobiernos de la América, antes española, 
entre sí i respecto de nosotros mismos, atábanos 
los brazos para proceder en son de guerra i con 
todos los derechos del belijerante contra el ene- 
migo, cuyo territorio ocupábamos. La primera 
condición de una guerra para, que sea popular i 
simpática, es la franqueza. I ésta faltó por corii- 
pleto desde la primera hora, condenando de esa 
suerte al país a un largo mes de vanas espectati- 
vas, de funesta inacción i de vacilaciones mas fu- 
nestas todavía. 

I sin embargo, si la nación por medio de nume- 
rosos i apasionados meetings i por la voz unáni- 
me de la prensa habia manifestado alguna volun- 
tad acentuada, era la de hacer lisa' i llanamente 
esa guerra a una Kepública que llevaba gastado 
quince .años de falsías, de dilaciones, de engaños 
i de abogaderas bajo el nombre i la carátula de 
un engañoso pacto de amistad i compañía de ne- 
gocios. 

Por consiguiente, si el Congreso hubiera sido 
convocado, como debió serlo en obediencia a los 
mas elementales preceptos de la Constitución, ésa 
habría sido de seguro su unánime opinión. I esto 
decimos no por reproche, ni pasión, ni siquiera 
juicio de contemporáneos, sino porque estamos 
bosquejando un capítulo de historia, forzosa in- 
troducción i corolario de la acción militar que 
vamos de seguida a desarrollar. 



170 EPISODIOS marítimos. 



IX. 



Abríanse, en efecto, paso por medio de la nie- 
bla de las incertidumbres, las celadas encubiertas 
del Perú, país que se supon ia secreto instigador de 
nn vecino con el cual acaba de cerrar un tratado 
de comercio evidentemente desventajoso para sus 
intereses domésticos, pero encaminado a asegurar- 
se su cooperación en nuestro daño. 

Era a este respecto, notable desd3 el principio 
del conflicto dipiomático, el lenguaje que gasta- 
ba la prensa local del litoral boliviano, adicta por 
completo a los intereses salitreros de su país: — • 
«Revelan también, decia un despacho de Caldera, 
enviado a la prensa el dia de la llegada a ese 
puerto del vapor Lima (6 de febrero), revelan 
también los diarios de Antofagasta gran contento 
jyor las intimas relaciones en que se hallan actual- 
mente con el Perú, lo que viene a acentuar los ru- 
mores sohrc alianxa entre ambos países contra 
Chile.!) ' 

Publicóse este despacho en la Patria de Valpa- 
raíso del 7 de febrero, esto es, casi una semana 
antes que llegara a esa ciudad el aviso de la re- 
vindicacion boliviana; i por las líneas que dejamos 
consignadas en el epígrcife de este capítulo, se 
echará de ver cuan vivas eran el dia 15 de ese 
mes, (cuando no se tenia noticia alguna determi- 



LAS DOS ESMERALDAS. 171 



nada del Pera, ni podía tenerse en razón de la 
distancia), ctián vivas i aun provocadoras eran 
las preocupaciones de eso gran político que jamas 
se engaña, — el pueblo. 



X. 



Entretanto, el dia 12 de febrero, fecha de me- 
morables aniversarios para la República, después 
de una gran reunión popular celebrada al aire 
libre en la plaza de la Intendencia, i que se hizo 
notar entre los maliciosos por la circunstancia 
de que los edecanes de gobierno sorbían a esa 
hora su dcsiyuno, asomándose desenfadadamente 
a los^ balcones, con sus jicaras de té entre el labio 
i la baranda, dioso por telégrafo a Caldera, de- 
cíamos, la orden de espedicionar sobre Antofagas- 
ta a los blindados i a la O'Higijíns. — «xEl gobier- 
no de Chile, decia una circular telegráfica del 
ministro del Interior a todos los funcionarios de 
la República, ha retirado a su ministro de la Paz, 
i las tropas de la República están 3'a en marcha 
para ocupar a Antofagasta i demás puntos que 
convenga.^) 

Chile entreabría así, telegráficamente, su cuar- 
ta guerra durante el siglo, sin que hubiera prece- 
dido siquiera la reunión de notables del Consula- 
do en 1810, ni les fixcultades estraordinarias de 
lo.-5 dóciles congrv'sos de Portales, ni siquiera la re- 



172 EPISODIOS marítimos. 

conciliación jencrosa de los partidos cuando en 
setiembre de 1865 llegó a Santiago por una loco- 
motora el pliego de insolente ultimátum del al- 
mirante Pareja... 

íbamos aliora a paso mas veloz. La guerra de 
1865 fué hecha a vapor. La de 1S79 por la via te- 
legráfica — 



XL 



A las 6 de la mañana del 1 4 de febrero, entra- 
ban, en consecuencia, a toda máquina, los buques 
de la Kepública en la bahía de Antofagasta, i a tí- 
tulo de revindicacion (pero no a título de guerra), 
ocupaba el coronel Sotomayor dos horas después 
ese puerto por la fuerza de las armas: al dia subsi- 
guiente (febrero 16) tomaba posesión del asiento 
de Caracoles, con las tropas de la artillería de 
marina. Los soldados i los marinos arriaban in- 
medi ate-mente de la casa de la prefectura en am- 
bas ciudades los colores de Bolivia, en medio de 
las frenéticas aclamaciones de veinte mil chilenos 
que saludaban regocijados a sus vengadores. 



LAS DOS E:í;:\IE11ALDAS íTi 



LA DSCLARACIOIT DE GUEEI 



«A ese acto misterioso (el Ira fado secreto) en el 
que se pactó la reserva mas absoluta, el gobierno 
de Chile contesta cou elevada franqueza que de- 
clara rotas las relaciones con el gobierno del Perú, 
i lo considera belijerante en virtud de la autoriza- 
ción que a este efecto i cou fecha de hoi ha reci- 
bido de los altos cuerpos del Estado.» 

(Xota del ministro de Relaciones Esteriores ds 
Chile, declarando la guerra al Peni. Santiago, 
abril 2 de 1379). 



I. 



Miéntnis todo esto tenia lugar i se consumaba 
en el litoral boliviano en el solo espacio de tres 
dias, el gobierno del Períi, confiado en su usual 
sistema de astutas simulaciones, vieja herencia 
del inca i del virei, habíase manifestado temeroso 
de la acción violenta de Chile. Su primer manda- 
tario abrigaba evidentemente simpatías persona- 
les i estéticas por este país en • que habla vivido 
varios años rodeado de cariñosa atmósfera, i ésta 
hacia sentir todavía su débil reñejo en las salas 
del vetusto palacio de Lima. 



17 t EPISODIOS ilARITIMOS 

Sabíase en consecuencia en Chile, que durante 
el mes de enero la escuadra peruana se mantenía 
en completa inacción i aun en desarme. La fragata 
Independencia, estaba en el Callao sin calderos, 
el Huáscar desíirmado, i al decir de algunos, con 
sus piezas esenciales guardadas en el palacio de 
Lima, como en los dias de los Gutiérrez, por 
mera precaución gubernativa. La corbeta Union 
se hallaba en estación en Iquique i la cañonera 
Pilcomayo en viaje al Norte. 

Mas apenas tnvo conocimiento por el cable el 
gabinete de Lima el 13 de febrero, del acuerdo 
celebrado en Valparaíso el dia precedente para 
ocupar a Antofagasta, constituyóse en permanen- 
cia, i desde la primera hora prevalecieron en el 
consejo los sentimientos de aversión a Chile que 
en las prácticas internacionales del Perú han for- 
mado secta, siendo el mas jenuino representante 
de ésta el ministro de Justicia don Mariano Felipe 
Paz Soldán, hombre laborioso i tranquilo, pero que 
habia heredado del fundador político de su fami- 
lia un odio implacable contra nuestro suelo. El 
hombre de Estado que mas profundamente haya 
odiado a Chile en aquel país fué el doctor arequi- 
peño don Gregorio Paz Soldán, el don Mariano 
Egaña del Perú. Por contraste, el que mas since- 
r¿miente le amaba, era su noble hermano don 
Pedro Paz Soldán, presidente del Consejo de Tvli- 
nistros durante la dictadura dol jencral Prado. 



LAS DOS ES:\rEllALI>A^^ 175 

II. 

Hacia eco i con niavür vivacidad i prcstijio al 
encono del ministro Paz Holdanj el de un juven 
petulante pero sin los tal<nitos del verdadero 
hombre de Estado. Éralo este en el Perú, levan- 
tado únicamente por el ñxvoritismo doméstico del 
viejo jeneral Castilla, cuya mala sangre contra 
este país (en el cual combatiera el último en su 
mocedad bajo la bandera de España), recibió en 
trasmisión, don Manuel Irigóyen, a quien diera 
aquel tálamo i nombre. 

La animadversión del Perú para con Cliile es 
mas un asunto de familia que pasión de pueblo. 
La aristocracia de Lima, (pie allí da la lei a todo 
i en todo, no ha podido todavía acostumbrarse a 
cjue el oscuro i pobre país que antes conocía ^olo 
por las petacas de sus panaderos o por el vendaje 
de sus fábricas de velas, haya logrado colocarse 
hoi a la cabeza de la América, gracias a su trigo i 
a su sebo, a su trabajo i a su intelijencia: menos 
ha podido perdonárselo. 



IIÍ. 



Digno i jenuino emisario de esa aristocracia disi- 
mulada, tímida i a la vez altiva, fué el conocido i 
personalmente apreciable caballero don José An- 



ITü EP [SODIOS marítimos. 

toiiio (.fe Lavalle, quien trayendo en su maleta copia 
del ñimoso tratado secreto, ajustado contra Chile 
por otra alta personalidad de ese cuerpo social do- 
minante desde siglos en el Perú, partió (]e Lima 
el 22 de febrero i llegó a Yalpariso el 4 de marzo, 
en medio délos rujidos del descontento público, 
siempre certero en sus ñillos. El objeto de su mi- 
sión era pedirnos lisa i llanamente la desocupa- 
ción de Antoñigasta, es decir, la paladina retrac- 
tación de un acto ya completamente consumado 
como irrevocable. I esto porque el Perú, según 
una frase célebre — no podía, no debía, ni quería 
ser neutral en la contienda. 



lY. 



No cabe en estas pajinas, sucinta reseña de las 
viejas i recientes glorias de la marina de la Re- 
pública, el cuadro doloroso de los engaños tan 
osados como provechosos para el enemigo, de que 
hizo a nuestro gobierno mansa víctima la diplo- 
macia del Perú, mucho mas despierta, desde re- 
mota tradición, que la nuestra confiada siempre 
al favor o al acaso, mui rara vez al injenio i a la 
csperiencia en el personal de sus ajentes i altos 
servidores. 

Hemos ya referido, como la ocupación de An- 
tofagasta sorprendió en completo desgreño las 
fuerzas navales del Perú, el Huáscar en desarme, 



LAS DOS ESMERALDAS 177 



la IndeptndeMcla en lenta reparación, los monito- 
res del Missisi})! en abandono, i los demás buques 
en estaciones lejanas de paz i vijilancia. 



V. 



Necesitaba, por lo mismo, el gobierno del Perú, 
aliado de Bolivia por un pacto aütigMo, socoiror 
su flaqueza; i por esto, mientras nos enviaba iin 
emisario con visajes de paz i apretones de ma¡io 
de social i doméstico galanteo, entraban de tro- 
pel a sus diques todos sus 'buques, desde el Hiwh- 
car a los monitores; apresurábase la colocación de 
los calderos de la Independencia, que el rompi- 
miento sorprendió en la playa, i sacábanse de los 
almacenes cincuenta cañones de gran potencia 
guardados como hierro viejo en Arsenales desde 
1866. 1 todavía, mientras los ajiles trasportes de la 
escuadra repartían a mansalva armas i pertrechos 
en toda la costa sur del Perú, desde Pisco a Iqui- 
que, i zanjeábase esta plaza sobre la arena, i guar- 
necíanla de tropas que, como los Cazadores del Cuz- 
co i el núm. 7 de línea, sallan de Lima hendiendo 
el aire con aclamaciones de guerra, el gobierno de 
la Moneda recibía en cordiales entrevistas al íldaz 
ájente de la paz, pudiéndose asegurar que por ca- 
da visita de eso j enero en Santiago, se disparaba en 
el Callao una batería de cañones de grueso calibre 

sobre blancos que figuraban nuestras naves.... 

23 



17.^ EPISODIOS marítimos. 

El i)vesi(leatc Prado hacia, en efecto, fuego a bala 
abordo de los monitores en el cabezo de San Lo- 
renzo el mismo dia qne en la Moneda, supuesta 
cabeza de Chile, destapábase champaña o se bcbia 
el cafe sobre la sobremesa de venturosa amistad. 
Jentes hubo, sin embargo, que en medio de aquel 
sainete diplomático, que maniataba los ímpetus 
guerreros de la nación valerosa i alarmada, pi- 
dieron desde un puesto responsable i con la enu- 
meración de hechos infinitos, que se declarara 
inmediatamente la guerra al Perú (sesión secreta 
del Senado el 2i de mavzo de 1879). 

Era cosa, entre tanto, de previo acuerdo, que 
no necesitaba ni las cifras del cable del Pací- 
fico, la de que solo cuando estuviese todo mas o 
menos listo en el Perú, sacarla el plenipotenciario 
Lavalle del fondo de su maleta de cuero de Rusia 
(cuyo país hacia poco visitara) el cuerpo del de- 
lito de su misión, — ^que era el tratado secreto — 
(.aio conocido por él en su calidad de presidente 
de la comisión diplomática....)) Hízolo así con cer- 
tera exactitud, i arrojándolo como tizón ardien- 
do al medio de la pira de nuestro incauto pa- 
triotismo, marchóse acompañado de dos edecanes 
de palacio. 

Caso singular! Cuatro dias después de haber pe- 
dido i recibido sus pasaportes el ministro Lavalle 
en Santiago, i cuando iba todavía a un tercio de 
su camino i bU regreso, sallan del Callao en con- 



LAS DOS ESMEílALDAS 179 

fiado convoi la corbeta Union i la cañonera Filco- 
mayo, para asaltar a mansalva nuestros buques 
despachados como avisos.... 



VI. 



Por fortuna, la escuadra chilena habia estado 
lista desde el mes de noviembre anterior con mo- 
tivo del conflicto arjentino, i gracias a estas cir- 
cunstancias, nuestras dos fragatas acorazadas se 
habian dirijido de Lota a Caldera i Antofagasta 
aun sin tocar por artículos do repuesto en Yal- 
parrtiso. La OHifjgins, habia podido dirijirse asi- 
mismo al Norte el 8 de febrero, conduciendo tro- 
pas: la Chacahuco, terminado su viaje de esplora- 
cion en los canales magallánicos, regresaba a 
Lota con lijera averia en su casco el 26 de febrero, 
i la Magallanes, lista siempre para todo servicio, 
entraba en Valparaiso, llamada de Punta Arenas, 
el 9 de marzo. 



YIT. 



Solo nuestros buques mas antiguos i mas que- 
ridos vacian condenados casi a la vida ignominio- 
sa de pontones, i no lejos el uno del otro, como 
aves del mismo nido. La aparición de los fieros 
acorazados en la rada, ha])ia reducido las quillas 
de la corbeta Esmeralda i de la cañonera Cnva- 



l«,j EPISODIOS .AIAPtlTIMOS 

(Im-ja, casi a la condición de simples bateas para 
lavar la ropa sucia de la'marinería. 

Yin. 

En un dia de enero llevónos, en efecto, escondi- 
do presentimiento, talvez póstmna cmúosidad, a la 
borda de la Esmeralda', a la que solíamos subir 
con la reverencia que se asciende la escalinata 
de un templo en ruinas. 

La escala de estribor estaba franca, i el buque 
anclado con su proa al Norte. Un intenso silencio 
reinaba sobre su cubierta, donde no se divisaba 
ni un centinela, ni' un marinero, ni un grumete. 
Solo el teniente Manuel Joaquín Orella, a quien 
habíamos conocido i estimado desde su niñez, se 
adelantó cortesmente a recibirnos para darnos la 
esplicacion dolorosa de aquella soledad. El buque 
estaba desarmado. Tenia a su bordo apenas una 
tripulación de aseo, si bien la vieja i trabajada 
cubierta, por falta de carena, dejaba trasminar el 
agua sobre los compartimentos interiores como 
cuando llueve a cielo raso. 

La afamada corbeta participaba de la crisis co- 
mún a toda la República (con esclusion de los 
sueldos), i mcdianto esta razón de estado, nuestros 
ministros de marina de frac ne^To i corbata blan- 
ca, creían dejar cumplido su deber de guarda i pre- 
visión en el mas delicado de todos nuestros serví- 



LAS DOS ESMERALDAS 181 

cios públicos, el de la mar, que es el del contacto 
diario con el mundo. 

La situación de la Govadonga era todavía mas 
deplorable, porque su máquina so hallaba desequi- 
librada por el desgaste, i sus fondos casi completa- 
mente podridos. 

De suerte, que solo después de la ocupación de 
Antofagasta, presupuestáronse los tres cientos pesos 
que necesitaba la Esmeralda para pagar sus cala- 
ñites, i se ordenó entrar al dique a la Covadonga, 
a fin de emprender en ella una refacción completa 
en su obra de madera. 

Pensóse en los primeros dias enviar esta última 
a Constitución, para obtener allí a mas barato 
precio los remiendos. Mas, habiéndose ofrecido la 
compañía de Diques a hacer el trabajo por el precio 
del presupuesto (11,000 pesos), entró el buqueci- 
llo a la dársena flotante, i con actividad recomen- 
dable se la alistó en poco mas de un mes. En 
cuanto al Ancnd, vendido hacia poco por vil pre- 
cio a título de inútil, fué uno de los primeros 
trasportes que se hizo a la mar conduciendo tro- 
pas, bajo el nombre de Santa Lucía, en homena- 
je al montículo de Santiago; mientras que durante 
dias i semanas se continuaba regateando el precio 
de recompra del Abtao, anclado, casi como buque 
de cuarentena, en las vecindades de la Cabritería. 
Era evidente en el primer mes de la guerra, que 
esta quería hacerse con manifiestos i oraciones, 



182 EPISODIOS marítimos 

jK'Vo no con pesos fuertes ni letras sobre Londres: 
proecdiniicnto infalible para que las guerras, a la 
])(>stre, cuesten el duplo de su primitivo i natural 
presupuesto. 

IX. 

Componíase la marina de guerra de la Eepú- 
blica en esa época, de trece buques nominalmen- 
tc; pero lo que constituia en realidad su escuadra 
eran las dos fragatas acorazadas Cochrane i Blan- 
co (antes Valparaíso)^ las dos corbetas Chacabit- 
co i (yiliggins, las dos cañoneras Magallanes i Co- 
vadonga i los trasportes Tolfen e Independencia. — 
El Valdivia, que costó en Inglaterra mas de 300 
m.il pesos, en precio sonante de libras esterlinas, 
liallábase convertido en pontón junto con la TJia- 
laha: la Esmeralda era simplemente una reliquia 
del pasado. 

I así queda lieclia la cuenta cabal de nuestra 
marina en la liora que estalló la guerra con el 
Perii. dia martes 1." de abril de 1879. 



X. 



En cuanto a la escuadra de operaciones, hallá- 
base constituida, como hemos visto, en Antofagas- 
ta desde el mes de fel)rero, i el 11 de marzo, 
acompañado del ministro de la Guerra, se habia 
dirijido en el vapor Copiapó a tomar su mando el 



LAS DOS ES2[ERALDAS. 38;} 



Lravo contra-almirante WiHiains Kebollcdo. l)o>y 
dias después izaba 8U insignia en el Almii-dutc 
Blanco, i quedaba espcdiío para emprender cual- 
quiera campaña de mar desde el Loa id Tumbes. 



XI. 



En efecto, odio dias mas tarde, navegando 
apenas una noche, posesioiuSse el contra-almirante. 
Williams con los blindados, de los puertos boli- 
vianos de Cobija i Tocopilla (20 i 21 de marzo), 
mientras nuestras tropas iban por el desierto a 
atacar a Calama i a tomar tardía posesión de la 
'línea estratéjica del Loa. La tardanza injustificada 
de esa medida estratéjica nos liabia costado diez 
nobles vidas. 

Después de aquellos movimientos precautorios, 
rcOTcso la escuadra a su fondeadero de Antofaíxas- 
ta, i liallábase allí al ancla, esperando órdenes, 
cuando una mañana, la del viernes 4 de abril, los 
habitantes del puerto i capital del desierto se ma- 
ravillaron, al salir a la calle, de no verla en su 
ancladero. — «De repente, esclamaba el correspon- 
sal de un diario estacionado en aquel puerto, el 
dia 4, cuando menos se esperaba i sin que nadie 
lo sospechara, salió anoche la escuadra con rum- 
bo al Oeste. ^ 

¿A dónde habia ido? 



\í'4 EPISODIOS marítimos 



2k. 



DS AInTOFAGASTA A ¡QUIQUE. 



eLa escuadra chilena, desde su salida de Anto- 
fagasta, viuo por alta mar haciendo lucidas evo- 
luciones i ejercicios de cañón i tiro al blanco. El 
4 en la tarde se tocó en tolos los buques zafa- 
rrancho de combate, se formó la escuadra en línea 
de batalla i se hizo fuego a discreción con bala i 
granada.» 
(E. Cavieres. — Cartas cíela Escuadra). 



Con notable i feliz celeridad i buen acuerdo, 
habíanse puesto en comunicación telegráfica la 
capital de la República i el centro de las futuras 
operaciones militares de nuestras armas, me- 
diante una prolongación del cable submarino, 
operación de una semana i de una milla de alam- 
bre que importó 20,009 pesos, i que fuá el mejor 
gasto que se hizo porque, a la hora que es, lleva 
de ahorro al erario al menos diez veces ese im- 
porte. 

A su regL'cso de los puertos i caletas del litoral 



LAS DOS ESMERALDAS 185 

boliviano, habíase incorporado también a la es- 
cuadra, en calidad de asesor civil el ex-ministro 
de Estado, senador i consejero de Estado don Ea- 
fael Sotomayor, embarcado en Yalparaiso con 
cierto sijilo en la noche del 29 de marzo en el va- 
por de la carrera. 

Era mensajero el asesor de graves acuerdos, 
porque a esa hora se conocía ya el testo del. tra- 
tado de alianza cpie constituía al Perú en belije- 
rante de hecho i de derecho, i habíase incorpora- 
do aquel personaje a la escuadra en la noche del 
2 de abril. , 

II. 

Hallábase, por tanto, el contra-almirante Wi- 
lliams con el oido atento al recientemente traba- 
do cable, como los viejos lobos de mar que ace- 
chan el murmullo de las olas conductoras de su 
presa a las orillas. 

La palabra esperada — cíjguerra!)) llegó al fin en 
la media noche del 3 de abril, i en el acto los dos 
blindados, la O'IIiggins, la Esmeralda, la Chaca- 
haco i la Magallanes, incorporada ésta posterior- 
mente a la escuadra, hicieron rumbo hacia el 
puerto do Iquique distante 235 millas, es decir, 24 
horas a vapor, de Antoñigasta. Esa es casi la mis- 
ma distancia que hai de Caldera a Antofagasta 
(215 millas), i es la mitad menor de la que existe 
de Yalparaiso a Caldera en esta forma: 

24 



18G EPISODIOS MARÍTIMOS 

De Valparaiso a Coquimbo 10o millas, de Co- 
quimbo a ( 'iildeni 188, o sea, en conjmito, 383 mi- 
llas. 

La distíincia total de Valparaíso a Iquique es 
de 838 millas, cómoda navegación de cuatro di as, 
i la de Iquique al Callao cuarenta leguas menos 
estensa, esto es, 70-1 millas. 

La separación de los puntos estremos de la 
línea de operaciones marítimas, es por tanto de 
quinientas leguas mas o menos, contando de puer- 
to a puerto — de Valparaíso al Callao. La media- 
nía hállase aproximativamente hacia la emboca- 
dura del Loa. 



III. 



TA primer objetivo de la escuadra era el puerto 
salitrero de Iquique, simple aldea de changos pes- 
cadores en 1820, emporio casi universal de indus- 
tria i de carguío en el año que contamos. 

Pero si bien corto i rápido, tal movimiento ¿era 
cuerdo, era estratéjico era verdaderamente militar? 

No pertenecemos nosotros a la fácil escuela de 
los que juzgan de los hombres i de sus acciones 
por el cómodo método de los hechos consumados. 
Pero saltaba a la vista que el bloqueo de Iquique 
constituía desde la primera hora una operación 
cstratéjica completamente aislada que nada pre- 
paraba ni nada resolvía. Esa posición en el litoral 



LAS DOS ESMERALDAS 187 

de nii vasto e inhospitalario desierto constituye 
únicamente un centro industrial en medio de una 
zona estéril, cuyo territorio, vecino o remoto, no 
ofrece desarrollo alguno a operaciones militares, 
al paso que la medida de bloquearlo esclusivamen- 
te, dejaba abiertos e inmunes todos los puerj^os 
que por sus valles i caminos de fierro dan paso 
franco al corazón del país contra cuyo poder ma- 
rítimo i territorial emprendíamos. De esta suerte, 
quedaban entregados al albedrio i recursos del 
enemigo todos los puertos de barlovento, que ha- 
blan sido antes, entre Ancón i el Desierto de Ata- 
cama, los afortunados testigos de la pericia i de la 
audacia de nuestros capitanes de mar i tierra. 

íbamos a poner un grillete al pié del coloso, i 
le dejábamos libre el pecho, los hombros, la fren- 
te para cavilar, los ajiles brazos para tendernos ce- 
ladas i atacarnos. Arica, lio, Moliendo, Pisco, el 
Callao, Ancón mismo, todos lugares de cómodo de- 
sembarco i cabezas de líneas de fierro mas o menos 
vastas, quedaban en disposición de artillarse i ce- 
rrarnos en la hora oportuna el paso, mientras no- 
sotros consumíamos nuestro combustible i gastá- 
bamos nuestras máquinas voltejeando delante de 
los estériles farellones de un apostadero, que los 
peruanos, en medio de la precipitación i el pánico 
de la primera hora, habían convertido en una ver- 
<ladera cárcel para su ejército cautivo. 



188 EPISODIOS marítimos 



IV. 



Dábase empero por razón de todo esto, que 
era forzoso provocar al enemigo cerrándole la 
propia fuente de sus recursos. 

Mas era fácil recordar que los antiguos marinos 
i soldados de Chile, no Labian provocado al Perú 
lastimando sus estremidades, sino metiendo la es- 
pada hasta la empuñadura en su corazón. 

Albero-ábase el enemi<ro marítimo en el Callao. 
Por consiguiente, el palenque verdadero e histó- 
rico del reto a muerte, estaba como en 1815, co- 
mo en 1820 i como en 1839 en el Callao, bajo la 
luz del faro de San Lorenzo. El Perú no es Aqui- 
les, ni los chilenos de otro tiempo acostumbraron 
buscar a su enemigo el talón para postrarlo. Iban 
de frente ai pecho, i así el dia i la jornada eran 
suyos en brevi? i a la postre. 



V. 



Entre tanto, la gallarda flota compuesta de sie- 
te buques (los blindados, las tres corbetas, la Ma- 
galianas i el Tolten), habiau avanzado lentamente 
el dia 4 de abril, haciendo evoluciones de batalla 
con raro acierto i disciplina en noveles tripulacio- 
nes. I un tanto dispersados los buques en la noche, 
habíaselcs hecho señal de reunión jeneral por me- 



LAS DOS ESMERALDAS WJ 

dio (le luces de destello al amanecer del dia siib- 
sisC'iiente. 

Desde esa hora se gobernó sobre Iquique, a la 
una de la tarde se tocó a zafarrancho jeneral de 
combate, i a las dos i media del 5 de abril, otro 
aniversario clásico de la República, la escuadra 
se presentaba en son de guerra delante del puerto 
consternado. 

La orden de ocupar el territorio boliviano, ha- 
bla sido espedida el 12 de febrero, conmemora- 
ción de Chacabuco. 

Se hacia ahora la primera intimación de hosti- 
lidad al territorio peruano el o de abril, aniversa- 
rio de Maipo. 

Entre los siete buques que establecieron el blo- 
queo de Iquique a principios de abril, figuraba la 
Esmeralda, como consorte de las dos corbetas 
O'Hig'gins i Chacabuco. 

Llegado es, en consecuencia, el momento de 
esplicar cómo habia hecho su aparición en aque- 
llas aguas el viejo barco que a tan mal traer que- 
daba, según dijimos, entre las manos de los cala- 
fates de Valparaíso en los primeros diíis de la 
declaración de G^uerra. 

VIL 

Comenzóse a alistar de firmo la Esmeralda 



IW EPISODIOS marítimos 

desde los primeros dias de febrero. El 19 liabia 
tomado accidentalmente su mando el teniente se- 
gando don Luis Uribe, lioi capitán efectivo de 
fragata, i el 6 de abril llegaba a Valparaíso, para 
sacarla de su fondeadero i llevarla al enemigo, su 
antiguo i bravo jefe don Manuel Thomson. 

El 20 de fe])rero comenzóse por el teniente 
Uribe el enganche de voluntarios. Al dia si- 
guiente pasaba revista a cien plazas, i el 23 tenia 
completa su dotación de 185 hombres: tal era el 
entusiasmo que habia despertado el bullicio de 
la guerra i tal era la adhesión de la jente de mar 
i de la playa por la vieja pero todavía robusta i 
hermosa capitana. 

Al fin, en la primera semana de marzo todo es- 
tuvo listo, i el dia 8 de ese mes la noble quilla 
hendió, en consorcio con la Chacabuco, por la úl- 
ma vez i a la misma hora en que veinte i dos años 
antes hiciera su aparición (los ocho i un cuarto de 
la ma/íana), las aguas en que habia vivido coro- 
nada con los atn])utos de una heroína del mar. 
— (cNo pocas personas, dice uno de los diarios 
de Valparaíso de aquel dia, presenciaron des- 
de las colinas que coronan la ciudad, la partida 
de las dos corbetas, sobre todo la de la gloriosa 
Esmeralda, gallarda todavía a pesar de sus veinte 
i dos años de servicio.^ 



LAS DOS ESMERALDAS 191 



YllL 



Tres días mas tarde (10 de marzo), la Esííw- 
Tolda se reunía a la escuadra de Autoíagasta, de- 
jando atrás a su compañera do convoi. Se recor- 
dará todavía la intensa a'arma quo causó la 
tardanza de la Chacahuco, cargada de pertrechos, 
cuando apareció en Caldera el Toltai en su de- 
manda. La Esmeralda conduela también a su 
bordo valiosos repuestos i un destacamento de 
enganchados para la artillería de tierra. 



IX. 



Hizo, en seguida, la Esmeralda, la corta cam- 
paña del litoral boliviano, cabiéndole el honor de 
que su j ente de abordaje ocupase el puerto de 
Cobija el 21 i 22 de marzo, regresando otra vez 
al inseguro fondeadero de Antofagasta, hasta que 
la declaración de guerra, comunicada por el ca- 
ble, provocó la súbita partida de la escuadra, rum- 
bó de Iquique. 

La historia posterior del noble barco, es breve, 
pero sublime, i a ella i a sus héroes consagrare- 
mos los próximos capítulos de esta relación. 



19-2 EPISODIOS JIARITIMOS 



.^ 



EL BLOQUEO. 



«Nuestro ejército está en Rr's fronteras, nr.es- 
tras iiíives en sus propias aguas. El Perú, en l:i 
llora actual, siente la herida del aguijón chileno 
eu su propio seno, i sin embargo esquiva la solu- 
cion.D 

(MoissF.5 Varc.as. — Editorial del Bolcfin de la 
Guerra del Pacífico, del 22 de abril de I87i)). 



I. 



Fué la vieja corbeta de la República incorpor¿i- 
da a la escuadra bloqueadora de Iquique, como 
cualquiera otro buque de nuestro pabellón, i aun 
con cierto involuntario desaire en razón de sus 
postradas fuerzas. Pero desde que hemos encontra- 
do otra vez en el Pacíñco la estela de la mas que- 
rida capitana de Chile, no volveremos ya a dejarla, 
porque las digresiones, que son como el fogueo de 
la guerra, cesan cuando va a tirarse a bala sobre 
las quilhis o las tiendas del enemigo. 

Desde que la Esmeralda, siguiendo tardamente 
las aguas de la nave almiranta, echó sus anclas en 



LAS DOS ESMERALDAS 193 

Iquique, tomó el cargo de gaardian del puerto, 
especie de rudo jendamie del bloqueo, destino 
adecuado, sino a su gloria, a su provecta vejez, 
frailábanse sus calderos en tan lamentable estado, 
en razón de la fixtal incuria que se padeció al re- 
pararla en 1875 (según vimos), que el almirante, 
no pudiendo llevarla a todas partes consigo, con- 
fióle el puesto de honor i de ñitiga, encargán- 
dola de la inmediata vijilancia del pueblo i del 
surjidero. — cclSíuestra pobre vieja Esmeralda^ es- 
cribía a este propósito su segundo jefe a un amigo 
de Santiago el 9 de mayo, está echando raices en 
el fondeadero... Lleva ya puestos en sus calderos 
ciento cincuenta parches, iCQ^áü vez que se dispara 
un cañón es un parche mas. Las costuras se abren, 
las mamparas jimen, los calderos se rompen i to- 
do el enmaderamiento parece que se lamenta 
cuando se dispara un tiro a bala. Sin embargo, 
puede aun dejar, anadia el bizarro mozo, el pa- 
bellón bien puesto (1).» 



11. 



Gracias a esto i a la magnánima resolución, 
manifestada desde el primer dia por el animoso 



(1) Carta del comandante Uribe al apreciaLle joven don 
José Ag-ustiii Guerrero, jefe de 'sección en el Ministerio de Mari- 
na, i que tenemos orijinal ala vista. 

25 



194 EPISODIOS MAllITIMOS 

coman dcUiíe de la J'Jsm raída don Manuel Tliom- 
son, para guardar aquella posición i dejar com- 
plettamcnte libre el resto de la escuadra, pudo el 
almirante alejarse con confianza i emprender al 
gunos movimientos de hostilidad o reconocimien- 
tos, dirij idos casi esclusivamente a solicitar, por el 
apremio del reto i de la pólvora, la salida de la 
escuadra enemiga del Callao. ¿Pero no liabria sido 
talvez mas obvio, i no se habria oido mas de cerca 
la voz del heraldo, haciendo sonar la corneta do 
combate a las puertas do la altiva ciudad do los 
Pteyes? 

De esa suerte, entre tanto, fué dable al Cocltra- 
nc volver en convoi con líx, Magallanes a Antofa- 
gasta el 8 de abril, a los tres días de comenzado 
el bloqueo, regresando el 16. La ]\Iagallanes se 
anticipó cuatro días al acorazado, i esto dio lugar 
al lucido estreno de nuestra marina en Ghipana el 
día 12 de abril, hecho brillante de armas que 
merecerá mas adelante mención por separado. 
— ''(Hoi acabamos de encontrar al CocJiranc, decia 
un corresponsal de la prensa que navegaba en el 
Blanco, el 16 de abril, de resfreso de Antofaí^asta. 
i todos sus tripulantes se preguntaban afanosos 
si ya nos habíamos batido con los peruanos, i si la 
Esmeralda (que quedó sola en Iquique sostenien- 
do el bloqueo) liahia sido echada a pique por el 
citr.wii/o.^ 



LAS DOS ESMERALDAS 195 



IIT. 



Cos.^i estraña! Desde la primera hora en que 
empujada perezosamente por su máquina i la bri- 
sa, la Esmeralda abandona su abrigo de Yalpa- 
raiso, corre en el ánimo de todos los marinos el 
vago presentimiento de que no volverá mas a su 
habi tual fondeadero. 

Mas tarde escucharemos a este respecto los au- 
gurios del rudo soldado i del marino mas rudo 
todavía, pero unos i otros en singular acuerdo so- 
bre el fatal vaticinio. 



IV. 



El mismo dia del regreso del Coclirane a Iqui^ 
que, i sin permitirle entrar al puerto, el almirante 
despachólo con la Mafjallancs a su conocida espedi- 
cion hasta Moliendo en persecución de los traspor- 
tes enemigos i del cable submarino, otro enemigo 
superior en daño a aquéllos: i ¿1 mismo hizo rum- 
bo con la Chacahuco a Pisagua, cuyo bombardeo, 
provocado por lamentables escitaciontxs de la jente 
de tierra, produjo dos días mas tarde (18 de 
abril), su irremediable incendio por los dos bu- 
ques chilenos. 

En el propio dia de tan duro pero inevitaljlc 
eastigo,. había regresado el buque almirante a 



1% EPISODIOS marítimos. 



Iqnique, puo.^ la caleta de Pisagua solo dista de 
allí 39 millas, o cuatro horas de vapor, i el 21 se 
incorporaba el CocJirane a la escuadra en el puer- 
to bloqueado. El último venia también rumbo del 
Korte desde Moliendo i Arica. 



V. 



El 28 de abril hizo la escuadra su segunda sali- 
da de aventuras i de apremios, cuando tuvo mui 
cerca de sus férreas manos al CJialaco, reo infra- 
ganti de trasporte de tropas enemigas a Pisagua, 
casi sobre las proas de la escuadra chilena. Por 
haber huido con presteza hablóse en Lima de re- 
compensas populares ofrecidas al capitcín de aque- 
lla nave. 



VI. 



Era la Esmeralda en todas estas escursiones 
por la costa, el centinela de la bahía i el centro 
converjcnte del movimiento del resto de las naves. 
Pero aun estando reunido el grueso de la escuadra, 
hacia el servicio activo de ronda i de castigo sobre 
las infracciones del bloqueo. 

El 19 de abril, a las nueve de la mañana, vióse 
oblicuado su comandante a disparar seis arranadas 
sobre un convoi de fujitivos, cruel i casi inacep- 
tal)le caso de guerra. — «La Esmeralda, anotaba el 



LAS DOS ESMERALDAS. 197 

20 de abril el intelijente corresponsal del Mercu- 
rio don Eloi Cavicres, en su diario llevado dia a 
dia en el Blanco, continúa siempre en el interior 
del puerto, vij liando de cerca los movimientos de 
los de tierra.» 



VII. 



En otra ocasión recudió la Esmeralda una es- 
traua visita de la playa. Fué un valeroso nadador 
chileno que se apareció a su borda a media noclie, 
para dar aviso de que las autoridades de Iquique 
ofrecían 40,000 pesos al que aplicase un torpedo 
a la odiosa pero codiciada capitana. 

Parecían profesar, en efecto, los marinos perua- 
nos a la importuna huéspeda de su rada i a la ti- 
rana de 18G8 en las aguas de Chiloé, una parti- 
cular afición, i aun se dijo que cuando el ataque 
de Chipana, venia a bordo de la Union, destinado 
a tomar su mando como presa, el capitán don 
Elias Aguirre, que se hallaba sin ocupación por 
haber perdido hacia poco un buque de su mando 
llamado el Chanchamayo.... 

VIH. 

Tenia el resuelto i ya probado comandante de 
la Esmeralda, tomadas sus medidas para el caso 
de una aparición inesperada en la bahía, inclusa 



l'jj? EPTJ^ODIOS marítimos. 

la del monitor JTuáscar, al que se proponia atacar 
al abordaje, único medio de capturarlo con bu- 
ques de madera. A este fin había colocado anclotes 
i garfios de atraque en las jarcias, i tenia deter- 
minado que.cn tal emcrjencia se ecliaria por su 
borda, al recibir el primer espolonazo, i con igua- 
les armas pero manejadas con nervudos brazos 
vcngaria el asalto: cuchillo por cuchillo. 

La pequeña pero decidida tripulación le acom- 
pañaba en esta resolución a todas luces heroica, 
porque era verdadera: el tiempo ha venido a de- 
msotrar que en la promesa no hubo engaño. 

Deber de imparcialidad es, sin embargo, recor- 
dar que no reinaba en el ánimo de una parte do 
los tripulantes de la E:vtnrralda, la petulancia del 
heroísmo, sino lo que es mas digno de respeto en- 
tre soldados, la resignación tranquila, completa i 
sublime en el sacrificio del deber por el deber. 

I a este propósito ha de sernos lícito citar aquí 
las propias palabras i el lenguaje semi-bárbaro pe- 
ro injenuo de uno de aquellos aprendices del ho- 
nor, que enrolado casi a última hora en la marina, 
i lleno de los presentimientos que en todas partes 
hemos ido encontrando sobre el destino fatal de la 
E:ymeralda, escribía a su madre, una mujer de la 
Chimba, el 1-i- de abril, estas testuales palabras 
con esta testual ortografía: — «jque triste es tar 
listo para la lucha sangrienta con los peruanos! 
No fuerfi nada esto, como la coi'beta fuera firme: 



LAS DOS ESMERALDAS 100 

(le sufrir tres o cuatro balaa de reguUii' calibres: 
no lo sufre, no lo sufre! Pobre corhctii Esmeralda! 
liai! Madre mia! no piense Ud. ennii ni en mesa- 
da, sino en encomendarme a Dios: Porque mi vi- 
da estcí mas peligrosa, i mas opuesta a morir; por- 
que toda la tripulación de la corbeta Esineralda, 
ba ha pelear ha bordaje: do manera que toda la 
tripulación ha lia morir angada (!).)> 

¿Es entonces cierto que hai en el pecho del 
hombre una voz secreta que le anuncia inevitable 
destino, i rije, en lo alto como en la tierra, una 
sentencia inexorable que lo cumple? 

¿I acaso fué eso solo, ese don misterioso del va- 
ticinio, la inspiración sublime de los profetas de 
la antigua lei? 



(1) El soldado de marina que esto escribía era un muchacho 
llamado Vicente Cahalleio, que muchos de nosotros habremos 
visto torciendo cigarros de hoja en el establecimiento da don 
Ensebio Montes, plaza de O'Higc^ins. Era natural do las Hijue- 
las de Purutun i acababa de cumplir 21 años, cuando, carecien- 
do de trabajo, se dirijió a Yalnaraiso, i no encontráadolo allí, se 
alistó como voluntario en la artillería de marina. Su madre ss 
llama Virjinia Mena i vive en la calle de Zenteno núm. 7. 

La carta de que hemos copiado elp>drrafo del testo, llegó a las 
manos de esta infeliz solo el 17 de junio i multada, con diez 
centavos... 

Pero aun así la pobre madre va a ponerla en un marco 
«•para recuerdo de mi híjito!...i> nos decía anegada en lágrimas. 
Don Ensebio Montes, último patrón de Caballero, lo recomien- 
da como un obrero escclente. 



'2ü0 f.PISÜDIOS marítimos. 



IX. 



El soldado do la Esmeralda, tenia anunciado 
desde el 14 de abril qiie su corbeta pelearla al 
abordaje, i que su valerosa tripulación perecería 
ahogada. I así se cumplió. 

En lo único que el rudo profeta falló en su au- 
gurio, fué en que la vieja quilla no resistiria a los 
terribles projectiles del enemigo. «No lo sufre! No 
lo sufre!» 

I los sufrió tales que no fueron las balas de los 
cañones enemigos las que la echaron a pique, sino 
traidora i subterránea cuchillada. 

Ya antes habíamos dicho que la Esmeralda es- 
taba constitucionalmente organizada para vivir 
un siglo, i por esto no desconfiamos todavía de su 
segunda resurrección.... 

De todas suertes, es seguro que del fondo del 
abismo en que hundiera su altiva cabeza, le- 
vantaráse en día no lejano, hermosa, ájil i esbelta, 
como Yénus de las espumas del mar, la nave que 
llevará su nombre i su leyenda, inmortal tres veces 
para los chilenos. 



LAS DOS ESMERALDAS 201 



"V" 



LA PARTIDA. 



«Lo oficiales i marinos de la escuadra de mi 
mando, mautieneu su espíritu levantado, i todos 
ellos cumplirán con su deber el dia de la prueba.» 

(Despacho del almirante WiHiams al coman- 
dante jeueral de marina de Iquique, abril 12 de 
187Ü). 



I. 



Mientras estas tediosas e inciertas operaciones 
del bloqueo de Iquique, faena militar sin fru- 
tos (así como era reparable el aniquilamiento de 
los elementos enemigos) tenian lugar a lo largo 
de las costas del Desierto i en todas sus caletas 
desde Pabellón de Pica a Pisagua, durante todo el 
mes de abril, alistábase aDresuradamente en Yal- 
paraíso la tercera i última división de la escuadra. 

En cuanto a la flota de trasportes, que en virtud 
de un contrato antiguo i previsor brindaba la 
Compañía Sud-Americana de vapores, el gobier- 



202 EPISODIOS marítimos 



lio, dábase trazas para no tomarlos a su servicio 
directo, sino en la undécima hora. 



II. 



Componian aquélla únicamente la cañonera Co- 
vadonga i el antiguo trasporte Abtao, que conde- 
nado como inútil, habia sido vendido en el precio 
de su madera de quema, o sea en 15,000 pesos, tres 
o cuatro meses antes. Adquirióse ahora con solo 
un recargo de 10,000 pesos, artillóse con pesada 
artillería, poco adecuada a su resistencia, i confió- 
se su mando a un joven capitán de corbeta que 
debia inscribir su nombre entre laureles de oro 
en la presente guerra. Era su nombre Carlos Con- 
dell, i éste, como el famoso teniente Cushings de 
la marina de Estados Unidos, habia obtenido an- 
tes en su noble carrera mas agravios que justicia 
de sus superiores. 

No será fuera de oportunidad agregar que el 
Abtao, habia estado alistándose tres meses para 
ser ofrecido en venta al gobierno del Perú, el cual 
probablemente habria pagado tres veces el precio 
de su compra i venta en Chile. 



III. 



En cuanto a la Covadonga, entró al dique des- 
de los últimos dias de febrero, i allí tuvo ocasión 



LAS DOS ESMERALDAS 208 

el pueblo ele Valparaíso do presenciar dia a día 
su radical i acelerada refacción, porque le muda- 
ron el casco carsi por entero. Ino emprendióse 
igual tarea respecto de su maquinaria, que nece- 
sitaba serios reptaros, i no porque se consultara 
en esto el inconveniente de la tardanza sino el do 
la penuria, esta broma sorda e invisible que mas 
que los crustáceos i gusanos del mar, ha sido 
eternamente la ruina de nuestra marina, en todas 
las épocas de su desarme. — aPor economia, escri- 
bía un corresponsal desde Iquique, a mediados de 
abril, se encuentran las pobres corbetas, esos dos 
hermosos buques que pueden andar hasta trece 
millas por hora, con sus calderas llenas de par- 
ches i remiendos. Por economía la vieja Esimixil- 
da, que tiene sus máquinas nuevecitas, está como 
un carcamal; i por economía también el desarme i 
abandono de la Covadonga le ha costado ahora al 
gobierno un ojo de la cara."») 



lY. 



Al fin, después de cuarenta dias de dique i d' 
economía, salió la pequeña pero noble caüoner;^; 
ferrolana a probar su máquina el 3 de abril con 
mediano resultado en la bahía. La Covadonga 
podia andar hasta ocho millas, forzando su má- 
quina, la Esnie7\dda, siete, esponiendo a volar sus 
calderos, que eran, como capa de mendigo de Li- 



2ü4 EPISODIOS marítimos 

ma, un mosaico de remiendos; al paso que las cor- 
betas estaban condenadas, como los tullidos, a solo 
la mitad o un torció de sn andar natural por igual 
inconYeniente. I aquí ocúrrese hacer esta pregun- 
ta: — si el vapor es a los buques modernos lo que 
la vida a los seres, ¿por qué los hombres que, co- 
mo simples empíricos o como esperfcos facultati- 
A'os, dirijcn las operaciones del país administrativo, 
condenan las naves de la Kepública a vivir a ma- 
nera de cadáveres notantes sobre las aguas? En los 
ferrocíirriles del Estado, apenas los injenieros mar- 
can la media vida de un durmiente, de un riel o de 
una locomotora, es sabia i económica costumbre 
reparíir el daño con premura i sin cuidarse del 
gasto requerido. ¿I por qué no habria de seguirse 
igual principio como precepto de ordenanza res- 
pecto de la marina de guerra? Entre tanto, enviar 
buques a espediciones, o a simples cruceros, con 
sus calderas en estado de segunda o tercera vida, 
es como usar en las baterías cañones sin mira, 
sin recámara i sin pólvora, lo que, conforme a or- 
denanza también, debería ser no solo una locura 
sino un delito. 



Y. 



La Covadonga i el AUao continuaron sus re- 
paraciones durante todo el mes de abril, i solo 
el ?) de mayo, alas nueve de la noche, so hicieron 



LAS DOS ESMERALDAS 205 



mar a fuera, llegando a Iquiqíie siete días mas 
tarde. 



YI. 



Este viaje de los dos pequeños cuanto maltra- 
tados barcos, lia tenido un interesante cronista, i 
no queremos defraudar al público de algunas de 
sus breves pajinas, porque el joven i ameno na- 
rrador, encontró a los pocos días noble si bien pre- 
maturo fin a su vida en aquella espedicion. — «El 
Ahtao i la Covadonga, escribía desde Iquique el jo- 
ven médico de la última a su ilustre i querido 
maestro el doctor Wenceslao Diaz el 17 de mayo, 
salieron de Yalparaiso en la noche del 3, i sin la 
triste pérdida de im hombre que cayó al agua desde 
las jarcias del Ahtao, en un dia de fuerte viento, i 
sin las descomposturas de la máquina de la Cova- 
do7iga, habríamos tenido un viaje enteramente fe- 
liz. Navegamos a 100 millas de la costa, en previ- 
sión de algún encuentro desfavorable, i empleando 
los siete dias de nuestra marcha en hacer ejercicios 
de cañón, rifle i zafarrancho, para que en ningún 
caso el enemigo nos tomara desprevenidos; i pue- 
do asegurarle que a la fecha ya estamos bien 
listos. 

í Contamos con jente bien escojida, que si, en 
lugar de ser a cañonazos, nuestros encuentros 
fuesen de hombre a hombre, los peruanos solo 



20G EPISODIOS MAR1T15I0S 

nos divisarian: hombres jóvenes, robustos i deseo- 
sos todos de medirse con los perdona-vidas de 
esta tierra peruana, estol seguro de que en la hora 
de la prueba sabrán portarse como buenos. 

i... El 10 de mayo a las nueve de la noche divi- 
samos las luces de Iquique, i después de tocar a 
zafarrancho para ponernos a cubierto de cualquie- 
ra emerjencia que hubiera podido verificarse en 
los dias que carecíamos de noticias de la escuadra, 
comenzamos a entrar lentamente i a luces apa- 
gadas al puerto; donde hora i media mas tarde, 
nos reconocieron de la armada por medio de des- 
tellos o señales que se hacian desde nuestra ca- 
ñonera. A las once i media teníamos a nuestro 
costado un bote del buque jefe, por medio del 
cual se trasmitía a la Covadonga la orden de salir 
a Antofagasta en el acto; pero nuestra máquina 
venia en el peor estado, i hubo necesidad de per- 
manecer en el puerto, con gran contento de todos 
los que deseábamos conocer a Iquique. 

dA la mañana sisruiente, habia recorrido con 
mi anteojo la población i quedado satisfechos mis 
deseos. El puerto es de bonito aspecto i tiene 
muchos edificios de elesrante construcción i tres o ' 

o 

cuatro torres que lo adornan mucho: es bastante 
grande i se puede afirmar que no hai en Chile, 
después de Yalparaiso, un puerto que le aven- 
tai e.» 



\ 



LAS DOS ESMERALDA» 207 



YII. 



Hemos dejado de propósito para la postre de 
este capítulo un detalle, o mas bien un nombro 
que en seguida embargará muchas i las mas no- 
bles pajinas de esta narración. El jefe que habia 
ido a Valparaíso desde Iqiiique a conducir la Co- 
vadonga, i quien la entregara al almirante en la 
noche misma de su llegada, llamábase Arturo 
Prat. 

VIII. 

Con el arribo de estos dos buques de la escua- 
dra de operaciones, tomó el aspecto de una verda- 
dera ilota de guerra por el número de sus buques, 
i a fin de concentrar aquí los datos que a ella per- 
tenecen, vamos a hacer su agrupación numérica 
en sé^guida. 

La escuadra chilena al frente de Iquique, com- 
poníase el 11 de mayo de 1879 de ocho buques 
con cincuenta i un cañones i 1,700 tripulantes, en 
la forma sÍ2:uiente: 

I. Fragata acorazada Almirante Blanco Enea- 
lada (buque almirante), comandante Juan Este- 
ran López, con seis cañones de a 300 i 271 tri- 
pulantes, i 

II. Fragata acorazada Almirante Cochrane, co- 



203 rpisoDics marítimos 

manJante Enrique M. Simpsoo, co:i seis cañones 
de a 300 i 270 plazas. 

III. Corbeta Esmeralda con doce cañones de a 
40, comandante Manuel Thomson, i 185 tripu- 
lantes. 

IV. Corbeta O'lliggins con ocho cañones de a 
115, de a 70 i de a 40, comandante Jorje Montt, i 
160 plazas. 

y. Corbeta Chacahuco con diez cañones, de a 
115, de a 70 i de a 40, comandante Osear Yiel, i 
160 plazas (1). 

VI. Cañonera Magallanes con tres cañones de 
a 40 i una colisa de alio, comandante Juan José 
Latorre, tripulación 104. 

VII. Cañonera Covadonda con tres cañones de 
a 70, comandante Arturo Prat, tripulación 104. 

VIII. Trasporte armado Ahtao con cinco caño- 
nes, comandante Carlos Conde 11, i 70 plazas de 
tripulación. 

Total, dos fragatas acorazadas, tres corbatas, 
dos cañoneras i un trasporte armado, o sea ocho 
buques con 51 cañones i 1,304 tripulantes (2). 

(1) Él armamento de las dos corbetas es el siguiente según 
PUS calibres; — tres cañones de a 115, uno de a 70, dos de a 40 i 
dos de a 6. 

La Chcrcah'co tiene dos cañones mas que su jemela, por ha- 
ber contribuido ésta con dos de sus cañones de a 40 a la dota- 
ción de la Esmeralda cuando ocurrió su naufrajio en 1875. 

(2) El número que hemos fijado a las tripulaciones, es el qu© 



LAS DOS ESMERALDAS 209 



IX. 



EncontráiKlose el contra-almirante AViliiams 
en una posición sobrado fuerte, respecto de la 
escuadra peruana temerosamente refujiada has- 
ta esa hora bajo las b¿iterias del Callao, i fatigado^ 
del ingrato servicio de un bloqueo que duraba ya 
cuarenta dias sin resultados aparentes, comenzó a 
meditar un plan resuelto i atrevido, digno de un 
corazón valeroso i, a lo que se ha 'dicho, no apar- 
tado de los que con tanta audacia como poca for- 
tuna fraí2,'u6 Lord Cochrane en dos ocasiones de- 
lante de ia plaza fuerte del Callao en 1819: — el 
combate ya anticuado de brulotes que usó Cana- 
ris en Grecia. 

No conocemos ni los detalles, ni los móviles, 
ni las responsabilidades de ese plan de una mane- 
ra eficaz i digna de ser acojida por la historia. 

Callamos por tanto, aplazando la hora de un 
juicio imparcial, si éste hubiera de ser requerido. 
Pero desde luego salta a la vista, que toda ope- 
ración emprendida sobre el centro naval del cue- 
les corresponde por reglamento, conforme a la última Memoria 
de marina. Pero se Iiace preciso aumentar al menos en un vein- 
te por ciento la dotación de guerra de los buques en su actual 
campaña. Contando con su guarnición militar, la escuadra de 
Chile no podia contar menos de 1,600 o 1,700 plazas, de capitán 
a paje, el dia que dejamos designado, 11 de mayo de 1879. 

'¿1 



210 EPISODIOS :>IARITniOS 



migo, dcsvle i¿x cstremidad de una^ de sus alas, te- 
nia un defecto capital i una dificultad verdadera- 
mente insuperable: — la distancia. 



X. 



Todo «golpe de mano», como su propio nombre 
parecería ^indicarlo, lia de ser, a fin que le corone 
rápida fortuna, certero, inmediato, al alcance del 
brazo, de la mano i de la voz de quien lo inspira. 
Pero cuando esas circunstancias fallan a medias o 
por entero, la audacia conviértese en vana teme- 
ridad i el cálculo en arduo problema. 

Sea como quiera, no es llegada todavía, ni con 
mucho, la liora de la apreciación definitiva para 
la empresa que llevó al almirante de Chile a las 
aguas del Callao en la medianía del mes de mayo, 
i en la cual de seguro no fueron móviles sino un 
elevado patriotismo i la santa impaciencia del sa- 
crificio i la pelea. 



i 



XI, 



i 
lesueito, entre tanto, el plan del misterioso ata- i 

?, juzgó el almirante indispensable hacer al- " 



Resueit( 
que, 

gunos cambios en el mando de los buques, a fin 
de consumar aquél con mayor acierto. 

En virtud de esto, i para llevar consigo el Ahtao 
destinado a una empresa de sumo riesgo, trasbor- 



LAS DOS ESMERALDAS 211 



do de este buque a la Covadonja al cíipitan Coii- 
dall, i al capitán Prat a la Esmeralda. El coman- 
dante de esta última, Manuel Thomson, que habia 
sostenido el bloqueo durante cuarenta i un días, 
mandarla el AUao. 



XII. 



Verificado todo esto, la escuadra se hizo a la 
vela con rumbo al Oeste en la tarde del viernes 
16 de mayo, el Ahtao i las corbetas a vanguardia, 
el CochrauQ algo después, i, por último, en lama- 
dru2:ada sií^uiente, el acorazado almirante i su 
fiel compañera i aviso la cañonera Maj allanes. 

El capitán Prat quedaba, por tanto, de jefe de 
la línea de bloqueo, para cuyo puesto de alta res- 
ponsabilidad i sujeto a infinitas peripecias diplo- 
máticas de derecho i de guerra, habia sido desig- 
nado desde el dia subsÍ2;uiente do su Iletrada, es 
decir, desde el 11 de mayo (1). 



(1) Las ag'uas de Iquicjue eran visitadas con ñ-ecueacia por 
naves de guerra estraojeras desde que comenzó el bloqueo. Du- 
rante el mes de abril estuvieron allí alternativamente, la caño- 
nera inglesa Pelicau i la corbeta Ttirquoise de la misma nación. 
Hasta el 20 de ese mes estuvo también al ancla en ese puerto la 
fragata de Estados Unidos Fensacola, cujro comandante, el co- 
modoro Rogers, al pasar por entre los buques chilenos hizo to- 
car galantemente la canción nacional en señal do simpática des- 
pedida. La Pensacola se encontraba eu Panamá al comienzo del 



212 EPISODIOS marítimos 



XIII. 



Llegado es, por consiguiente, el oportuno mo- 
mento de hacer conocer el nombre, la vida i la 
gloria del capitán insigne que ha dado eterno lus- 
tro a su patria con su sacrificio i su heroísmo, 
hasta ahora sin ejemplo en los anales marítimos 
del Nuevo Mundo. 

Habrá de perdonársenos por esta grave causa, 
que nos hagamos prolijos, cuanto sea dable a la 
mas solícita investigación, sobre la vida de un 
chileno, ayer casi un desconocido i lioi converti- 
do en alta nombradía americana. 

Para lo único que talvez no necesita la historia 
pedir induljencia, es para exhumar en sus meno- 
res ápices la vida, el alma, la memoria i hasta el 
mas remoto i minucioso oríjen de los verdaderos 
héroes. 



presente año, i habiéndose dirijido el 2o de euero a Talcahuano, 
tuvo conocimiento de la guerra en las costas del Perú i allí se 
quedó. La Pensacola es una vieja fragata, pero construida de la 
incorruptible madera de los bosques de encina viva {Jive oak) 
de las Carolinas i en el puerto de su nombre. 



LAS DOS ESMERALDAS. 213 



^^^' 



AUTÜEO PRAT. 



«La vida de mi esposo, señov, fué para mí ejem- 
plo i enseñanza constantes. Su firme confianza eu 
Dios i en los supremos destinos del alma, foi-tale- 
ciei'ou desde temprano mi corazón i me prepara- 
ron con tiempo para los dias de la adversidad.» 

(Contestación de la señora Carmela Cakva- 
JAL, VIUDA DE Pkat, al señor arzobispo electo don 
F. de P. Taforó. Valparaiso, junio 17 de 1879). 

«I, ya que no es posible decir de todos lo que 
cada uno ha sido, abracemo.s la vida de su jefe. 
Ella será el estandarte de ínclita gloria, como ese 
pabellón que al sepultarse la nave aun flameaba 
inc('ilume sobre lo alto de sus mástiles.» 

(Beknaedo Vicuña. — Buujrafia completa de 
Arturo Prat). 

<r¿I Arturo Prat?... Ah! Lo que él ha realizado 
no tiene todavía ni tendrá jamás en las lenguas 
humanas una palabra que baste para pintarlo!» 

(R. Guerrero Vergara i F. T. Medina. — 
El capitán de frcujaia Arturo Prat\ 

«No se concibe ni la mas leve sombra siquiera 
en aquella vida clara i trasparente, ni la mas le- 
ve debilidad en aquel corazón nobilísimo, forma- 
do para el amor i robustecido por el sentimiento 
del deber. 

«No ha sido el deseo de renombre lo que lo lle- 
vó al sublime sacrificio. Isó; ha cumplido fríamen- 
te coa su deber, como él lo concebía, i aunque 
hubiera peleado para permanecer en oscuridad, se 
habría portado de la misma manera.» 

(E. DE LA Ba^ra. — Biografía de Prat en el Bo- 
Uiiadela Guerra). 

I. 

No lejos de iá embocadura en el Pacífico del 
majestuoso Itata i en el centro del fértil departa- 



214 EPISODIOS marítimos 

mentó de ese nombre, álzase en empinada mole 
de granito, coronada de robles, divisadero fijo de 
los navegantes que hacen rumbo a las vecinas 
costas, el cerro aislado i piramidal llamado el 
((Coiquen», que como el de aTamaya» enTongoy 
i el de la «Campana)) en la vecindad de Valparaí- 
so, es inmóvil i silencioso centinela del océano, 
i hállase, como el últiino, envuelto en misteriosas 
leyendas o estrañas tradiciones de aboríjenes (1). 
Al pié de esa montaña i en la falda que mira 
liácia el océano, nació, como en las gradas de ji- 
gantesco faro, en la noche del 3 de abril de 18-18, 
el niño S'ublime que ha fijado, con una vida pura 
i con una muerte sin ejemplo, en lo mas alto de 
la fama, la nítida estrella de Chile revestida do 
inmortales resplandores. Su nombre de pila fué 
Agustín Arturo Prat i Chacón (2). 



(1) El Coiquen, cuyo aspecto lejano i estructura se asemeja 
bastante al famoso cerro de la Campana, forma con éste dos 
cúspides notables en la cordillera de la costa, de 1,842 metros 
de elevación este último, 1016 metros el primero. 

(2) En el documento núm. 4 del Apéndice publicarlos la fé 
de bautismo autentificada del capitán Prat, así como algunos 
curiosos pormenores sobre su nacimiento i el lugar en que vio 
la luz. 

La tardanza en el bautizo del niño entre padres piadosos, se 
esplica probablemente por la circunstancia de residir en esa 
época su padrino don Andrés Chacón en Concepción, donde este 
intelijente i respetable abogado desempeñaba el puesto de rela- 
tor de la Corte. Solo cuando éste pudo venir a Niuhue, tuvo lu- 



LAS DOS ESMERALDAS 215 



II. 



En el espacio breve de tres semanas, contadas 
desde el día del grandioso sacrificio, han sido en- 
tregadas a la luz de la admiración pública, i 
escritas por plumas ventajosamente conocidas, no 
menos de tres vidas del heroico capitán de Chile, 
i allí, en esas pajinas iluminadas por el calor del 
respeto i del afecto, i de las cuales citamos los 
títulos en el epígrafe de este capítulo, hai pábulo 
sobrado para todas las lejítimas curiosidades que 
las existencias escepcionales despertaron siempre 
en el noble espíritu del hombre. 

Nosotros, por tanto, abreviaremos. 

gar el bantizo. Antes de Arturo habían nacido tres hijos que 
fullecieron de tierna edad. 

La hacienda de San Agustín de Pañual consta de 800 cuadras 
de feraces lomas i algún viñedo de mosto. Fué vendida en 1849 
por la familia Chacón al rico estanciero don Ambrosio Molina, 
i hoi G3 propiedad de don Javier Codina, hijo político del 
último i catalán, como los Prat. 

Es digno de atención el culto sincero que el nombre del ca- 
];itan Prat ha despertado en su departamento natal, circunstan- 
cia que honra a todos sus habitantes. Cada cual quiere decir 
algo del héroe. Hai personas que nos han escrito rectificando el 
nombre de la matrona, que segnu ellas seria el de Agustina i no 
Pabla. Un caballero catalán (don Ignacio Brunet, de Chillan) 
fie muestra orgulloso de la justa gloria que el capitán chileno, 
nieto tle un catalán, hareücjado sobre su raza de marinos desde 
ftVifrcdo el Velloso hasta los Moneadas, los Cárdenas i los Prat.» 



216 EPISODIOS marítimos. 



III. 



A la edad de quince meses, i cuando fué posible 
hacer soportar a la tierna criatura las fatigas de 
un viaje, que era entonces una peregrinación, tra- 
jéronle a Santiago, a la quinta de sus abuelos, que 
es hoi cariñoso asilo clp todos los infortunios que 
comienzan en la cuna: — la quinta de «La Provi- 
dencia» situada en la cabecera de los «Tajamares» 
de la capital. 

Allí, bajo los árboles, al murmullo del rio, en la 
falda otra vez de la montaña, el niño creció feliz. 

Pero desde la cuna también, Arturo Prat, lia- 
bia sido señalado en su destino por la estrella 
opaca del dolor. 

Su abuelo paterno don Ignacio Prat, de ilustre 
familia de Geit)na, ennoblecida por los reyes de 
Cataluña, en virtud de títulos auténticos que da- 
tan desde época anterior al descubrimiento xle la 
América (1450), establecido i casado en Santia- 
go desde 1811, liabia visto envuelto su bogar en 
el naufrajio de la revolución; i después de vagar 
como proscrito en las costas del Pera, pereció en 
asesina celada en la Serena, allá por los años de 
1825, dejando viuda i niños desvalidos (1). 



(1) La abuela paterna de Pral, era chilena, i llamábase doña 
Agustina Barril. Sus hijos fuerou dou Agustin, el primojénito i 



LAS BOS ESMERALDAS. 217 



IV. 



Gomo su padre el viejo catalán, luchó su primo- 
jénito desde las primeras horas de la vida con 
tenaz adversidad. Huérfano i pobre, labró el sus- 
tento de los suyos con tesón mayor que el del 
contrario destino, i cuando hubo logrado su afán, 
un incendio de la media noche devoró el fruto 
entero de su esfuerzo. Tenia don Agustín Prat su 
tienda de comercio a la entrada por la plaza en 
la calle del Estado, donde hoi existe una cordo- 
nería, i todavía, allá, entre el humo de la traviesa 
niñez, recordamos la pira i sus fragmentos en una 
noche helada de 184:0. Hacía esa noche dos se- 
manas, que los padres de Arturo Prat habíanse 
unido en cariñoso lazo: un incendio, que era la 
miseria, fué su tea nupcial! 

Buscó el náufrago en seguida el asilo del campo, 
bajo el ala protectora de su padre político, don 
Pedro Chacón Morales, un hombre de modesta 
vida pero de levantado i abierto corazón, que tu- 
vo el culto entusiasta de la patria i sus victorias. 

padre del héroe, doa Maduel i doña Concepción que murieron 
en infancia, i doña Clara, santa i humilde señora que vive to- 
davía i se ha conservado soltera. La señora Barril era natural 
de Valdivia i de la misma familia de los bravos i turhulentos 
capitanes pipiólos don Gregorio i don José María Barril, dados 
do baja en Lircay. Estos eran sus primos hermanos. 

28 



218 EPISODIOS MAEITLRIOS. 



I sucedió que cuando la fortuna volvía otra vez 
a tenderle sus engañosas manos, postróle como la 
muerte esa cruel enfermedad que hace de la vida 
una prolongada agonía i del cuerpo un tibio cadá- 
ver: — la parálisis. 



y. 



Habria podido entonces decirse que el niño 
Arturo Prat habia nacido dos veces huérfano, si 
una madre solícita i noble hasta la sublimidad 
del sacrificio, no le hubiese procurado con su des- 
velo el santo pan de la vida que es la cartilhi i el 
ejemplo. Refiere uno de los biógrafos del héroe, 
que su madre, la señora Rosario Chacón i Barrios, 
para enseñarle a leer, tuvo que hacerse pro^epto- 
ra de niños nacidos en hogar ajeno. La ilustre 
matrona tenia también otros hijos a quien procu- 
rar, sin socorro posible, sustento, educación i abri- 
go. Llamábanse éstos, Rodolfo, Ricardo, Atala- 
Rosa i Escilda- Aurelia. 



YI. 



En medio de todas aquellas pruebas de apar- 
tado i silencioso hogar en un campo sombreado 
misteriosamente de cipreses que todavía existen 
i que parecerían vestir el luto de reciente heroi- 
cidad, creció el niño dando no pocas pruebas de 



LAS DOS ESMERALDAS 219 

índole intrépidca i arrojada, pero melancólica i 
apartada del trato bullicioso de los años infanti- 
les. Perseguia los nidos de los pájaros en los em- 
pinados álamos de la estancia, masteleros de ver- 
dura que tentaban ya su natm-iil ajilidad, bañábase 
furtivamente en el rio para aprender a nadar 
(otro ejercicio de su profesión futura), i no pocas 
veces armaba guerra con algún muchacho de su 
edad, hasta que un dia, cubierto de sangre i casi 
examine, lleváronle al regazo de su madre, mal- 
tratado por los caballos de un coche de Apoquin- 
do que le habia sorprendido en medio del camino 
en caloroso pujilato. 

No fué tampoco Arturo Prat dócil del todo al 
estudio doméstico en su primeros años, i no sabe- 
mos en qué manuscrito de imprenta hemos leido 
que su estreno en la escuela superior de la calle de 
San Diego, a donde pasó a vivir su familia en 1858, 
fué una pelea. El narrador anónimo contaba que 
él habia llevado la peor parte de los mojicones i 
que nunca los habia olvidado por completo. Artu- 
ro, esto no obstante i como índole dominante, era 
un muchacho dulce, silencioso, observador, con- 
centrado en sí mismo, como lo fué en el curso de 
su breve vida. 

VII. 

Tenemos delante de nosotros una preciosa fo- 
tografía de familia, en que una especie de profé- 



220 EPISODIOS MARITLMOS. 

tica inspiración reunió a los dos comandantes de 
la Esmeralda el dia en que ambos vistieron por 
la primera vez el traje de gala de la escuela naval, 
hace veinte años; i esperiméntase cierto involun- 
tario alborozo al contemplar aquellos dos inocen- 
tes rostros infantiles, tímida i melancólica pero 
tocada por vivo rayo de intelijencia la fisonomía 
de Arturo Prat; franca, risueña, casi maligna i tra- 
viesa la espresion de su seg-undo, con sus ojos pro- 
fundamente negros i despiertos, su boca gruesa 
i enérjica i el óvalo del rostro modelado en espre- 
sivo contorno. Escóndese bajo el ancla i la gorrita 
redonda de parada del alumno fundador de la Es- 
cuela Naval, el alma entusiasta del impúber, i pa- 
rece leerse en el rayo de su mirada, tímida i vaci- 
lante todavía, esta espresion de inñintil orgullo: — 
Soi raarínol ¿Adivinaba, por ventura, el niño soli- 
tario de la quinta de los Tajamares, que su destino 
i su gloria no estaban allí sino en el océano in- 
menso i sublime? 

YIII. 

ISTo faltaban tampoco en aquella época al tier- 
no cadete ejemplos i modelos vivos en su tierno 
hogar, para aprender el culto de la virtud i aun el 
de la gloria. Era su madre una de esas mujeres 
dulces i austeras que Dios ha dado a Chile como 
ha dado a su clima sus mañanas luminosas, sus 



LAS DOS ESMERALDAS 2 21 

suaves crepúsculos i su temple inalterable. Habia 
nacido, como muchas benditas mujeres de este 
alíelo, para enseñar, para orar i para llorar. Sus 
nupcias habian sido un infortunio de negocios, i 
en seguida el esposo, de sosten i amparo, habia 
pasado a ser piedad i dogal de la familia. Pero 
ella levantaba su espíritu junto con los contrastes, 
i a todo dolor oponia esa resignación dulce, casi 
festiva que es la sonrisa de las almas buenas. I de 
esa suerte, enseñando a su liijo a amar la virtud, 
le enseñaba a amarla a ella que era su símbolo. 
Arturo Prat aprendió a bendecir a su patria, esta 
madre que recoje al fin nuestra vida i le brinda 
cariñosa sepultura en su eterno seno, venerando a 
la mujer, a la guia i a la maestra que nos da en 
préstamo de pasajero bien la existencia. 



IX. 



Por otra parte, la quinta Chacón, que éste era 
entonces su nombre, no solo formaba el asilo do 
una virtuosa i modesta familia, sino que, por su si- 
tuación amena i vecina a la ciudad, prestábase de 
continuo a reuniones juveniles en que la amistad 
jenerosa i el prestijio del talento encendíanse ba- 
jo una irradiación común. Don Jacinto Chacón, 
intelijencia escojida que descolló como poeta de 
gran nota para ser después talvez el mas eminen- 
te de nuestros jurisconsultos en el sentido jenuino 



2-22 EPISODIOS MARÍTIMOS 

de esta noble palabra, acostumbraba reunir allí a 
sus jóvenes amigos i condiscípulos en los dias 
festivos, como en una especie de prolongación 
espansiva i franca de las vacaciones de alegre ni- 
ñez, llejentaba en el ameno claustro, rodeado, co- 
mo hoi, de espaciosos corredores, i con los títulos 
de maestro, don José Victorino Lastarria, i a su 
derredor a,Q:rupábanse Juan Bello i Francisco de 
Paula Matta, dos naturalezas entusiastas, oasi 
fosforescentes, que se estinguieron en su propia 
luz en temprana juventud; Francisco Bilbao i 
Cristóbal Yaldés, trabajados ya por la dolencia 
implacable que consumia sus fibras sin dañar su 
espíritu, i en pos de ellos Juan Nepomuceno Es- 
pejo i Santiago Lindsay, dos espíritus esencial- 
mente amables que desaparecieron ayer de nues- 
tra escena, en plena juventud como aquéllos. 

Sucedía todo esto ayer, i faltan ya los testigos 
de la reciente jornada, ¡tan aprisa vivimos! An- 
drés Chacón, vigoroso atleta de la política i del 
foro, cayó también bajo la segur de un cáncer; 
Javier llenjifo, de una aneurisma; i así los otros, de 
un mal cualquiera del ser o del alma, que también 
en esta tierra se enferma i muere dentro del cuer- 
po, i a veces ai! antes que el cuerpo mismo. 

|I en cuántas ocasiones el niño reflexivo detuvo 
su paso i su mirada a la vista de aquellos grupos, 
que a la sombra de los árboles gastaban nobles plá- 
ticas i que se mostraban a su tierno en tendimicn- 



LAS DOS ESMERALDAS 223 

to como una de esas ñiscinaeiones inolvidables do 
la niñez primera! I a la verdad, ¿para quién no 
fué hombre ilustre su primer maestro, ni quién 
concibió jamas matrona mas augusta i mas temi- 
da que la que nos puso por primera vez en las 
manos la cartilla? 

X. 

En medio de todo esto, tenia el niño Prat la 
viveza i la enerjia del carácter, mas que la fecun- 
didad de precoz intelijencia. Un testimonio de 
cuna afirma que nació mudo, i en el curso de su 
vida, nunca su palabra traicionó la reserva apaci- 
ble de su pecho, ni la ira, ni el enfado enturbia- 
ron su rostro ni demudaron la mansedumbre tí- 
pica de su rostro i de su alma. 



XI. 



Abarcaba con suma facilidad un sistema pero 
no penetraba con la lijera rapidez del jenio en 
todos i en cada uno de los detalles de un testo, 
de un plan, de un sistema. Era de estirpe jenui ñá- 
mente catalana, tenaz, implacable consigo mismo 
en sus propósitos como objetivo, pero sin prisa pa- 
ra llegar a la meta. En su propio, heroico e incom- 
parable fin de capitán de mar, palpita en su ancha 
sien la concepción del conjunto sublime del deber 
i el sacrificio; pero el hombre profesional echa 



224 EPISODIOS MARÍTIMOS 

luego Je ver la omisión de ciertos incidentes que 
acusan la minuciosidad creadora de los esp-ritus 
vivaces; los tiradores no lian subido a las colas 
para bañar de proyectiles sumerjentes la torre 
abierta del monitor enemigo; faltan en las jarcias 
los aparatos de amarra para acogotar al adversa- 
rio en la pelea: no se ha heclio en el momento 
debido la agrupación del abordaje.— Pero el hé- 
roe, es decir, la poderosa individualidad, está de 
pié en el alcázar, soporta allí impasible la espan- 
tosa i desigual contienda, salta solo o casi solo 
por la borda, apellidando a los dispersos héroes; i 
todavía, cuando cae roto el cráneo por el plomo, 
la enerjia de su alma, concentrada en sus mús- 
culos, aprieta la espada, i como Francisco de 
AguiiTe,-de quien dice un cronista de Chile, que 
engarrotó la lanza con tal pujanza en la pi'imera 
batalla de Santiago, que no pudiendo solt¿irla se 
la aserraron por el asta, así no rindió su arma si- 
no cuando sus maravillados enemigos troncharon 
suavemente sus dedos uno a uno. Arturo Prat, 
como las estatuas de los héroes, liabia sido fundi- 
do en una sola pieza i de un solo chorro de can- 
dente metal. 

XII. 

En virtud de esta misma organización intelec- 
tual, que era robusta pero no pronta ni precoz, 
afirman dos de sus numerosos biógrafos, que su 



LAS DOS ESMERALDAS 225 

primer año de estudios no le aciUTcó pocos siiisu- 
bores. «Manifestaba constancia para el trabajo, vi- 
vo empeño do aprender, pero tenia que luchar con 
sus pocos años i con las dificultades de un apren- 
dizaje como el de las matemáticas que requiere 
raciocinio i un manifiesto desarrollo do las facul- 
tades i litelectualcs. » 

Mas en breve el tesón de raza, la taima cata- 
lana, se sobrepone a todos los obstáculos, aun al 
de la jenial timidez, aun a la edad endeble, al 
natural regalo, i el alumno de la Escuela Naval 
de Valparaíso conquista en poco tiempo el primer 
puesto. Por esto los entusiastas narradores de su 
vida, que buscan como nosotros el enaltecimien- 
to de toda gloria en la justicia, no en ofuscador 
incienso, se apresuran luesro a añadir: — ce Ya en el 
tercer año de trabajo, comienza a diseñarse clara- 
mente lo que prometía el joven alumno. Su timi- 
dez, liija#Lle su deseo de elevarse, va desaparecien- 
do; sus progresos son ya mas señalados; logrando 
así que el 15 de julio de 1861 en sus pruebas fi- 
nales de teoría, se le recompensase con el primer 
lugar, distinción sumamente estimada, como que 
daba derecho al que la obtenía para ser notado 
como el mas antií^uo entre todos sus compañe- 
ros (1).» 



(1) EamON GUERKSUO YeRGARA I JOSI^ TORIBIO írÍEDlNA.- 

{El capitán defraz/ata Arturo Frat, páj. 7). 

29 



22G EPISODIOS MARÍTIMOS 



XIII. 



Una sola cosa diremos nosotros sobre la carrera 
profesional i técnica de marino del capitán de 
fragata Artm-o Prat, i es la de que fue sucesiva- 
mente hábil i asiduo profesor de todos los ramos 
que aprendió como alumno; — del arte de navegar, 
de todos los ramos de matemáticas aplicadas a la 
náutica i hasta de las ciencias naturales que cul- 
tivó, así como la música, en virtud de esas profun- 
das delicadezas del alma templada para todos los 
esfuerzos, los de la virtud como los de la batalla, 
los de la ciencia como los del hogar. Arturo Prat 
era una alma antigua. 

En tales organizaciones ricas en escondida sa- 
bia, por mas que la piodestia las vele o las encu- 
bra el infortunio, abundan las pruebas innatas de 
la grandeza. Habríase creido por alguno» que en 
aquella existencia modesta, reservada para algu- 
nos, tal vez recelosa i encojida, no cíibian los 
ímpetus de la gloria, la pasión de la propia in- 
mortalidad. Error profundo! En todas partes des- 
cúbrense, al contrario, las huellas de aquella 
afición sublime aunque secreta hacia la inmorta- 
lidad histórica de los que nos han precedido. Ee- 
fieren los que presenciaron la exhumación de las 
cenizas de don Bernardo O'PIiggins en el cemen- 
terio de Lima en 1868, i en cuya imponente cere- 



LAS DOS ESMERALDAS 227 

monia liallóse Arturo Prat como oficial do la Es- 
meralda, que costó tr¿ibajo obligarle a no inte- 
rrumpir el programa oficial con una alocución que 
no cabia ya en su alma. I en ac{uel tiempo Arturo 
Prat tenia apenas 20 años i era un subalterno 
humilde, cumplido, calkido, casi taciturno. 

En diversa ocasión, ocho años mas tarde, cae a 
la fosa otra gran gloria del pasado, i el modesto, 
el disciplinado por escelencia entre los capitanes 
de la armada, hace viaje espreso de Yalparaiso a 
la capital, trepa las gradas de mármol de la tum- 
ba del almirante Blanco, i pálido de emoción, co- 
deándose con ministros i dignatarios, da al jefe 
supremo de su arma el adiós del eterno respeto. 
I otra vez en otra sepultura hace lo mismo i sa- 
luda a la marina universal, bendiciendo el féretro 
del último vice-almirante de Chile, don Roberto 
Simpson. 

I bien. ¿Por qué hacia todo esto, que era casi 
una insubordinación, aquel mancebo silencioso 
que no tuvo en la vida sino una consigna, — la de 
austero deber? — Porque la onda viva del amor a la 
gloria desbordaba en su alma i derramábase cual 
raudal de lava del pecho al labio, a la mirada, a 
la sien, a la actitud. El capitán Prat, hablando en 
las tumbas, bajo su uniforme de marino, era her- 
moso como en el puente de su nave, empuñando 
en una mano la espada, en la otra la bocina de 
combate. 



ÜCS EPISODIOS ^.rARITlMOS 



XIY. 



¿Mas por ventura, su propia vida no está llena 
de esas peripecias que acusan la superioridad mo- 
ral del organismo, cualquiera que sea la coi-teza 
que lo cubre? 

Niño, se subleva contra las brutalidades de la 
disciplina i sufre larga prisión con sus compañe- 
ros de protesta. — «Ordenóse que los jóvenes guar- 
dia-marinas de la Esmeralda, dicen los afectuosos 
pero imparciales narradores de su vida que acaba- 
mos de citar, ejecutasen ciertas maniobras al son 
del pito de un contramaestre; representaron los 
futuros oficiales que aquello los rebajaba, solici- 
tando se derogase tan anormal ordenanza. Lejos 
de oírseles, se les trató de insubordinados; fueron 
incontinenti sometidos a juicio; i juzgados por tri- 
bunales incompetentes i amparados por malos de- 
fensores, aquellos niños que, como Prat, llegaban 
apenas a los quince años, fueron condenados por 
insubordinación a permanecer presos en un pon- 
tón durante seis meses. 5> 

XV. 

Asomaba pi a su labio el bozo de la adolescen- 
cia en los dias de la luclia con la España, i en- 
tonces su corazón se amotina otra vez, como en la 



LAS DOS ESMEHALDAS 229 

escuela de grumetes, contra el destino que le cie- 
rra el paso al combate i a la gloria. — «Este dia 
en la noche, escribía a su madre, que fué el culto 
íntimo i perenne de su vida, (cuando a la edad 
do diez i siete años Labia sido nombrado jefe de 
una partida de abordaje en la Esmeralda) este 
dia por la noche, después de ponerse la luna, de- 
bía ser el combate: estaba ya todo arreglado i dos 
divisiones de abordaje debían atacar, habiendo si- 
do JO elejido para la primera división con el te- 
niente TJiomson, i para la segunda el teniente 
López con Canto.» 

El asalto a la Covadonga en la bahía de Co- 
quimbo el 2i de noviembre, se frustraba, sin em- 
bargo, por la llegada inesperada de la Blanca. — 
¡Qué importa! La tomarían otro día.... De suerte 
que cuando él i sus compañeros la han capturado 
i so halla él mismo con su jefe a bordo de la presa, 
escribe todavía a su madre estas palabras en que 
la victoria parece latir como las metálicas reper- 
cusiones del bronce en la batalla. — -(cHoí la senda 
de la gloria se nos presenta a la vista, nadie vacila 
en seguirla, todos la desean, pues en Chile no es 
conocida la cobardía i en nuestro buque se la 
desprecia (1).» 

(I) Cartas de Arturo Prat a su madre la señora Eosario Cha- 
!, en alta mar, noviembre 28, i Anead diciembre 6 de 1865.— 

(Bernardo Vicuña. Biografía completa ele Arturo Prat, pájs. 

12 i 13). 



23v) ErísoDios marítimos. 

fl no es ése, por ventura, el eco precursor del 
sublimo: — Cada cual a sus puestos i cumplir con 
su deber! eu las aguas de Iquique? 

XVI. 

En otra ocasión un grumete castigado por su 
orden, ha caido desvanecido de una verga al mar, 
i va a ahogarse. Pero el magnánimo jefe se arroja 
vestido al agua i lo salva. ¿I quién no conoce su 
odisea en la bahía de Valparaíso el memorable 
24 de mayo de 1875, cuando licenciado de a bor- 
do, al ver en peligro a la Esmeralda, se arroja a 
las olas i atado por un cable que se escurre i lo 
sumerjo casi moribundo en el choque, ízanlo a la- 
zo a la corbeta de que es segundo jefe; i allí, en- 
tumecido, deshecho, examine, encuentra todavía 
voces roncas en su pecho para infundir aliento, 
ordenar la maniobra i salvar el buque i su honra? 
¿I quién no ha columbrado al héroe en todos esos 
rasgos espontáneos, frecuentes, ignorados muchos, 
de su noble existencia? 

XVII. 

Pero hai en la carrera de Arturo Prat lecciones 
de otro j enero que podrían llamarse el heroísmo 
cívico de su alma. 

Fíitigado en su lucha contra la pobreza que 



LAS DOS ESMERALDAS 231 

entristece su hogar i cuya angustia él lee a cada 
hora en la pupila inmó\dl del padre valetudinario, 
resuelve emprender una carrera ardua en todo i 
hasta en el temple moral que ella requiere, ajeno 
a su profesión sencilla i varonil. Arturo Prat es tai- 
vez el único marino que ha convertido en cátedra 
la cubierta de su buque i se ha hecho abogado. 
Pero él necesitaba, él quería, él podia ser abogado, 
i su constancia aragonesa viénele en socorro. Re- 
fiérenos su venerable ti a, que noche a noche ama- 
necíase en su estrecha celda, sala de humilde es- 
tancia en mas humilde calle (Mesías núm. 56) el 
noble piloto. 

Llevaba adelante su tesón a fin de entrar hon- 
rosamente al foro, con una constancia igual a su la- 
boriosidad. Estudiaba por esto sus testos en Val- 
paraíso, en viaje, en su camarote, sobre cubierta, 
hasta padecer de la vista, hasta dañarse la sangre 
i esperimentar peligrosas erisipelas, oríjen de su 
prematura calvicie. I cuando tenia bien nutrida 
de caudal su memoria, veníase tranquilamente, 
humildemente a instalarse por una o dos semanas 
en la casa de su buena tía, i allí trabajando a la luz 
de opaca A^ela, casi sin desnudarse o echado sobre 
un colchón en el suelo, preparaba sus exámenes, 
rendíalos con brillo i volvía a su buque con nue- 
vos bríos para la doble tarea. * " 

Hemos penetrado con relijioso respeto en la 
celda de estudio de Arturo Prat, un aposento ba- 



232 EPISODIOS :maeiti:mos 

jo i blanqueado, de estructura secular, en que to- 
do, escepto su juventud, era ruinas. Paseábase 
largas horas en aquel estrecho recinto hasta ma- 
gullar su pobre alfombra; i por esto, un tapiz 
nucA'o, obsequio i delicada reparación suya, cubre 
hoi dia los ladrillos de la vieja mansión. Ah! 
lágrimas de tierna memoria, que las canas de pro- 
vecta edad no han agotado, caian ayer silenciosas 
sobre aquel último presente del noble i jeneroso 
mancebo, cabal en todo! 

I lo que de su incansable anhelo, cuenta con 
llaneza la anciana, confírmanlo los severos jueces 
que recibieron en la Corte Suprema su prueba fi- 
nal. Examinado sobre temas de derecho de jen- 
tes i de derecho marítimo, por los señores Cova- 
rrubias i Reyes, el tribunal acordó felicitarle por 
medio de un recado que rara vez se usa en esas 
salas (1). 

(l) El señor Covarnibias ha dado testimonio de esta circuns- 
tancia en lina carta que lia visto la luz pública. 

El .capitán-abogado tuvo su estudio en la esquina de la plaza 
de la Justicia, i según un memoríindum que de .su letra hemos 
visto, tenia a su cargo no pocas causas civiles, a mas de las de 
su profesión, en la cual hizo brillantes ensayos, que mas ade- 
lante i en lugar mas oportuno haremos conocer, acopiándolos. 
TrJjajó también acociado con el esperto i respetable abogado 
clon Manuel Hidalgo, ^a.este propósito nos es grato reproducir 
aquí las palabras que sobre esa asociación nos ha escrito aquel 
antiguo i honorable amigo: — «Tenia el capitán Prat su estadio 
eu los altos del edificio del Banco Consolidado de Chile, en la 



LAS DOS ESMERALDAS. 233 



XYIII. 



Un detalle mas. Arturo Prat se presentó a ren- 
dir su examen, de gran parada, con su luciente 
uniforme de capitán de corbeta, ceñida la espada 
a la cintura. Pero al entrar, el portero López exi- 
j lósela con comedimiento, en homenaje a la augus- 
ta justicia que no tolera el acero en su recinto. 
Prat despojóse de ella sonriéndose, i ésa fué la 
vez única que la confiara por deber a ajena mano... 



plaza de la Justicia, a corta distancia de la Gobernación maríti- 
ma, eu que prestaba servicios en clase de aj'udante: lo cual le 
permitía atender sa clientela sin perjuicio de las labores de su 
oficina. 

^Trascurridos algunos meses después de abierto su estadio i 
con motivo de mi falta de salud, so'icité su colaboración eu la 
defensa de varios juicios i especialmente en asuntos marítimos, 
cuyas prcícticas i leyes apreciaba cou el mas juicioso criterio. 
Tenia también a su cargo varias otras defensas i pouia al mismo 
tiempo sus conocimientos profesionales al servicio de sus com- 
pañeros marinos i de su familia con vivo placer i desinterés. 

DDedicado así a la abogacía con toda contracción, presidian en 
sus actos el honor, la modestia i la delicadeza de sentimientos. 
El día en que la patria reclamó el sacrificio de su vida, el furo 
l^erdia en él una hermosa esperanza. 

»Todavía recuerdo que, cuando se embarcó para Iquique al 
mando del CovoAonga, hablamos en el muelle, i diciéndole yo 
que iria a navegar con el rumbo de la Magallanes, me dio por 
toda contestación un apretón de manos.» — (Carta del abogado 
don Manuel Hidalgo. Valparaíso, junio 27 de 1879). 

GO 



254 EPISODIOS marítimos 

Sábese jíi cómo supo guardarla íil pió del torreón 
del Huáscar i en la cámara de su noble adversa- 
rio. Hoi sus compañeros en el foro van a glorifiaar 
su nombre con su efijie, i el artista encargado de 
la tela, reparará seguramente la supresión reve- 
rente del portero... 

Arturo Prat no puede concebirse sin espada, 
aun en la sala de los Pasos perdidos de nuestros 
tribunales. Por esto Gran la lia devuelto a la 
esposa, como esta en breve habrá de enviarla, co- 
mo la casaca de Nelson en Trafalgar, al museo de 
la Patria. 

XIX. 

Acabamos de penetrar como al acaso en el iio- 
gcir de la ñimilia, este último i este primer lieroís- 
mo de Arturo Prat. Hemos dicho cuánto amaba 
a su madre, i cómo la socorría, con toda la ampli- 
tud de su alma grande, en la pobreza. Cuando le 
cupo el reparto de la Covadonga llevó a su techo 
la suma íntegra, pago de su gloria: — 1,700 pesos. 
Es un hecho doméstico completamente averiguado 
que nunca fumó, no porque fuera insensible al 
deleite del narcótico en el mar, sino porque así 
aumentaba el peculio del diario sustento que ali- 
viaba al padre dolorido.... Santa virtud de hijo, 
por dicha do Chile, no rara en nuestro suelo! 



LAS DOS ESMERALDAS 235 



XX. 



Pera si huyó del placer, como el marino que evi- 
ta el arrecife, Arturo Prat pagó temprano el san- 
to tributo a la lei misteriosa que domina a la 
criatura.... I como esta pajina siempre misteriosa 
ha sido delicadamente contada como una conñ- 
dencia, vamos a copiarla aquí cual el discreto na- 
rrador la escuchara de labios temblorosos: 

«Entre el grupo que formaba su larga familia, 
habia una joven que tímida e inocente hfibia es- 
cuchado las alabanzas tributadas al joven héroe: 
sin saberlo ella misma, secreto e íntimo senti- 
miento nació en su interior. En Arturo Prat su- 
cedió igual fenómeno, i sea predestinación, sea 
ese amor que nace en una mirada i vive de espe- 
r¿mzas, ellos se ¿imaron sin decírselo!... 

jíEra principal tributo en el alma de Arturo 
Prat la honradez. ¿Quién era él todavía para com- 
prometer el corazón de una niña a quien nada 
tenia que ofrecer? Sus padres, sus hermanos, ne- 
cesitaban del auxilio de su sueldo: ¿cómo fomen- 
tar un sentimiento que tan difícil era poder algu- 
na vez colmar? 

2) Arturo Prat silenció i relegó como un ensueño 
esta impresión de su alma.... Se dijo para a solas: 
Sí alalina vez llcjo a ser capitán de corbeta^ la diré 
7ni amor!... 



23G EPISODIOS MARÍTIMOS. 

» Celda vez que rcgi'esaba a Valparaíso, su pri- 
mer intento era saludar a su amada, sin decirlo a 
nadie, ni a ella misma; él asilaba dentro de su co- 
Tcizon esta encendida pira de su apasionado cari- 
ño. Ni una confidencia a la amistad habla conso- 
lado su alma en esos momentos en que se rebo- 
sa do duda i de temor. Su familia comprendía 
todo, pero nadie se avanzaba a inquirirlo, teme- 
roso de arrancar un secreto de que él deseaba ser 
único guardián. 

T>A veces las lijeras bromas que naturales son 
entre deudos, habíanle manifestado que su senti- 
miento era conocido; pero su actitud reservada 
imponía silencio a estas manifestaciones. • 

))E1 no ignorciba era correspondido: en el baile, 
en la tertulia había percibido en esa especie de 
aliento que el alma respira, i en la irradiada pu- 
pila de los ojos de su querida, rayos de esa celeste 
luz que ilumina nuestra interioridad.... 

dEu los primeros días de 1873, febrero 12, re- 
cibió los despachos de capitán de corbeta gradua- 
do: acercábase ya el término fijado por él mismo 
para declarar su amor. 

x»La señorita Carmela Carvajal, cuñada de una 
tía suya, era la mujer que amaba, i por la que ha- 
bía profesado ese culto sublime de grande i mis- 
terioso sentimiento. Una palabra bastó para que 
esas dos almas comprimidas confiasen en alas del 
porvenir la realización de los ensueños de su dicha. 



LAS DOS ESMERALDAS 237 

):> Tenia ella en esa época 19 a 20 años, i a su 
liermosura se agregaba la modestia i suavidad. El 
completaba 25 no cumplidos aun. 

))E1 matrimonio tuvo lugar el 5 de mayo de 
1 87o, i fué éste un dia de ¿ilborozo i pláceme para 
toda la familia (1).» 

XXL 

I en todo esto que nos ha sido dictado por aje- 
na mano, eco de tiernas memorias que se repasan 
t )davía empapadas de lágrimas entre la dulce 
viuda i la austera madre, ¿no está marcada honda 
i sublime la huella del heroísmo inalterable como 
el metal mas puro de que aquella existencia ha- 
sido foijada? — «Amaba también la música, dice 
su último biógrafo, i habia aprendido a tocar el 
piano. Ella ejercía sobre su alma esas impresiones 
tiernas i sensibles que afectan con emoción bis fi- 
bras de nuestro organismo. Otra virtud mas: co- 
nocía el valor del dinero i lo despreciaba, lo es- 
timaba como un medio, no como un fin; sin 
embargo, no queria que nada se gastase que no 
fuese de indispensable necesidad: su espíritu ele- 
vado desdeñaba a aquellos que cifran su valia en 
la fortuna. 

»No comprendía que fuera de los sentimientos 
del corazón, el hombre adquiriese hábitos i nece- 

(1) Bernardo Vicuña. — (Biografía citada^ pój. 18). 



238 EPISODIOS MARÍTIMOS 

sidades sin las cuales dicen no pueden pasar: por 
esta razón no fumaba, menos tomaba licor. 

3>Era como esos árboles que guardan el rocío 
para liacer brotar en su rededor verduras i flo- 
réis!. ..i> 

XX 11. 

Háceso también digno de especial observación, 
que en esta breve pero tan gloriosa existencia, el 
principio fijo de la moralidad absoluta no es una 
regla sino un molde como los que sirven para va- 
ciar el bronce, porque no se desmiente una sola 
vez, ni delante de los grandes. Cuéntase, que 
cuando en noviembre de 1878 fué enviado a Mon- 
tevideo i Buenos Aires en una misión confidencial 
de su profesión, el ministro del ramo le propu- 
so, por precaución del caso delicado, se cambiase 
nombre. A esto contestó el héroe: — «Iré, señor, 
donde se me ordene ir; pero aquí como allá, deseo 
ser siempre- Arturo Prat.» 

Hemos diclio que el capitán cliileiio no tuvo 
durante su vida, tan aprisa tronchada, sino una 
consigna: — el deber. Por esto estaba dispuesto a 
aceptar su tánica i hasta su corona de espinas; 
pero su disfraz jamas! 

XXIII. 

Ilabráse imajinado por algumos, i aun liase ya 



LAS DOS ESMERALDAS 209 

dicho por cneaiigos, quo el capitán Prat dcsenipe- 
fió en la otra banda de la cordillera la misión de 
im espía vulgar. Pero quien deseara forijiar ciim-- 
plido i cabal concepto del tino elevado, sagaz i 
vasto con que llevó a cabo su difícil cometido el 
joven emisario de la República, debcria ocurrir, 
como nosotros, al archivo reservado del Ministerio 
de Relaciones Esteriores, i estudiar allí, en las 
diez concisas pero reveladoras notas que el capi- 
tán Prat escribió confidencialmente a su gobierno, 
desde el 19 de noviembre de 1877, en que llegó a 
Montevideo, hasta el 18 de enero del presente año, 
fecha de su última comunicación oficial a la can- 
cilleria, su verdadero i delicado desempeño. 

Dolor es, i no pequeño, que no se considere lí- 
cito dar todavía a luz esas piezas que completarían 
maravillosamente el estudio que hemos hecho del 
noble carácter del jefe que ha perdido la naciou, 
poniendo en evidencia su sagacidad, su vasta con- 
cepción, lo certero i casi profético de sus juicios, 
sus miras militares i políticas basadas en cálculos 
i apreciaciones en que el buen juicio se da con- 
tinuamente la mano con el patriotismo mas puro 
i la previsión mas justificada. Porque en esos do- 
cumentos, escritos todos de su letra, el ájente 
confidencial de Chile se manifiesta tal cual era, 
i adquiere sin esfuerzo, como espíritu civil, talla 
semejante a la de su por nadie disputada pujanza 
de soldado. 



210 EPISODIOS marítimos 

El emisario de Chile no ha ido ciertamente a 
Montevideo i a Buenos Aires a ejecutar aquellos 
servicios mezquinos de averiguación i curiosidad 
venal que los gobiernos acostumbran pagar sij lio- 
samente con oro. Todo lo contrario. Desde la 
primerfi hora se ha puesto a la altura de una mi- 
sión patriótica i noble, i ha amoldado a esa con- 
cepción elevada de su deber i de su encargo su 
conducta. Se ha instalado como un caballero, co- 
mo un viajero distinguido en el hotel mas consi- 
derable de Montevideo. Ha ido públicamente a 
Buenos Aires i ha sido presentado al presidente 
Avellaneda i a otros hombres de nota, de suerte 
que le fué dable solucionar todos los problemas 
políticos e internacionales de una situación espi- 
nosa con el conocimiento personal de las cosas, 
de los hombres i de las corrientes dominantes. 

Ocupase por esto, estensamente, en sus despa- 
chos, el capitán Prat de los planes aijentinos, de 
la inñuencia de los corifeos en la opinión, del al- 
cance de las espediciones al Desierto, del signifi- 
cado de las discusiones secretas del Congreso, de la 
actitud futura del Brasil i de su alianza; i en medio 
de todo esto pide con instancias — ¿qué se imajina 
el lector? — que se emprenda inmediatamente el 
cambio de los calderos de nuestras corbeta,s, ope- 
ración de paz i de tribial precaución que ha veni- 
do a ejecutarse solo seis meses mas tarde, en plena 
guerra i con desesperante tardanza todavía. 



LAS DOS ESMERALDAS 241 

Tal era el hombre lleno de interés i de prome- 
sas de altci valia, que se alzaba lentamente pero 
sobre sólido pedestal delante de bu patria, i que 
por lo mismo tal vez iba a ser dejado sin puesto 
ni carrera, confinado a la ajudantia de la capita- 
nia del puerto de Valparaíso, cuando su destino 
le llamó a probar con nunca visto sacrificio, cual 
era su verdadero mérito i el admirable i espartano 
temple de su alma. 

I aquí háceso digno de agregar, que habiendo 
recibido para el desempeño de su comisión en le- 
tras i en oro la suma por demás módica de 1,798 
pesos, gastó el capitán Pi-at en el curso de ella, 
apenas la mitad de ese valor, comprobando hasta 
Cj último maravedí i devolviendo el resto (1). 

XXIY. 

En una ocasión tuvo, sin embargo, el capitán 
Frat, la tentación de ne<>:ar su puesto i encubrir 



(1) Según las cuentaa presentadas confidencialmente al Mi- 
nisterio de Ilelacioaes Esteriores, en el mismo dta de su regre- 
so a Valparaiso, el capitán Prat iii virtió en su misión 997 ^, 
corrcspondieudo a esta suma 659 {¡pOO cts, a gastos personales i 
S38 ^ a los especiales de su misión. El resto del dinero recibi- 
do faé devuelto en la misma forma en que le Labia sido entre- 
gado, esto es, en una letra sobre Londres. 

El capitán Prat residió 40 dias en Montevideo, desde el 19 
de noviembre al 2S de diciembre de 1878. En esta última fecha 

31 



212 EPISODIOS marítimos 

SU pecho humillado por injusta tardanza con el 
ropaje del vulgo. Pero esto era todavía a nombre 
del deber que la gloria calentaba en su alma con 
sus cálidos reflejos. — «Me he decidido, escribia a 
un amiíxo de Santictíro, cuando a su vuelta del 
Atlántico cu el mes de febrero último i declíirada 
ya la guerra, le mantenian sus jefes en ocio ingra- 
to en Valparaíso, me he decidido a dejar el uni- 
forme i vestirme de paisano. Me da vergüenza, 
mientras mis compañeros parten a la guerra, que- 
darme aquí.D 

Mozo sublime! Aguarda tu hora. El dia que 
vengará tu heroica impaciencia va a llegar. 

XXV. 

Larga i aun prolija memoria se ha hecho de la 
vida de Arturo Prat como navegante. ¿Pero era 
eso preciso? ¿Concierne ello mucho a enaltecer 
su carrera i sus servicios? — Talvez es esa sola 
prenda nimia de su mérito por lo demás insigne, 
i para ello basta su hoja de servicios que mas ade- 
lante publicamos (1). 

se trasladó a Buenos Aires i allí pasó tres semanas. Su residen- 
cia habitual era el Hotel Oriental, bien conocido en Montevideo, 
i en esa ciudad, donde ha dejado indelebles recuerdos, como se ha 
visto después de su fin, pasaba por un abobado chileno «el doc- 
tor Prat.» en viaje para Europa. 
(1) Véase el documento núm. o. 



I 



LAS DOS ESMERALDAS 243 

Mas, ¿a qué fin seguirle de puerto en puerto, 
de mar en mar, de buque en buque, cuando él 
mismo, según el testimonio de sus biógrafos, abo- 
rrccia i condenaba como funestos los trasbordos? 
¿Puede, por ventura, fijarse en el espacio el curso 
del vuelo de las aves que pueblan el océano? ¿Que- 
da en parte alguna huella, siquiera momentánea, 
de la estela que la nave deja bajo la quilla? 

Baste sobre esto trazar un solo dato. 

Arturo Prat, fué hijo de la Esmeralda. Fué ése 
el primer buque en que niño, tímido i apocado to- 
davía, puso la planta, i allí con fiera e invencible 
apostura de gallardo adalid mandó la última ma- 
niobra, dio la postrera voz de mando i sacrificio. 
— «¡Al abórdale muchachos!)) 

Por eso su existencia está identificada a aquel 
madero, i por eso, porque solian sacarle do allí, 
maldecia los trasbordos. La vida de Arturo Prat 
es la vida de la Esmeralda, es la Esmeralda mis- 
ma. Ha nacido en la falda de un encumbrado di- 
visado ro del océano al pié del cerro de Coiquen; 
pero por un simple acaso. Su verdadera cuna seria 
aquel glorioso esquife, de cuyos maderos rotos por 
las balas enemigas, pedimos que el pueblo forme 
Sil venerable ataúd, cuando, en los hombros de to- 
dos los que sobrevivirán a su gloria o la hayan 
consa^Tado con justiciero honienaie, le llevemos 
algún dia a su postrer descanso. 



2U EPISODIOS MASlTíMOS 



XXYI. 



Como ñlüsofo, como ser moral i como cristiano, 
Arturo Prat creía i se confiaba en la ProYÍdencia, 
porque creía en la inmortalidad i la amaba. Las 
confidGncías íntimas de su esposa al sacerdote, sua 
cartas a su piadosa tía, las revelaciones de sus 
propios camaradas, acusan en aquella organiza- 
ción elejida una fuerte acentuación relijiosa, así 
como su vida entera, exenta de toda mancha, con- 
firma la práctica constante de sólida virtud (1). 



(1) Ya hemos citado en el epígrafe las palabras de su esposa 
que ésta ha repetido en diversas ocasiones sobre la f¿ relijiosa de 
Arturo Prat. Ke aquí ahoi'a lo que respecto de su ñloaoña i de 
su juicio sobre la Divinidad i sus atributos raSereu sus biógra- 
fos Medina i G-usrrero que le conocieron, especialmente el últi- 
mo como ca,marada snjo en la marina: — «Para que pueda juz- 
garse (dicen ambos) de la elevación de miras de Artaro Prat, : 
liasta qué punto le dominaban sus tendencias ñlosóñc.is, permí- 
tasenos trascribir aquí un fragment.i díctalo por él en una 
reunión de hombres pensadores que una mano amiga conserva 
hoi do su letra con cariñoso respeto. Tratábase de dar una esplica- 
cion de la idea que tenemos de Dios, i Artaro Prat se espresó 
así, al cori'er de su pluma: 

5>Dios, para nuestra pobre pero inmortal intelijencia, es el 
creador de todo el universo, a cuyas leyes inmutables obedece 
cuanto existe en el óvdcii material, intelectual i moral. 

»En esta tierra no le conocemos sino por sus obras; sabemos 
que no puede haber efecto sin causa, i esa causa la encontramos 
fuera de todo aquello que impresiona nuestros groseros sentidos. 



LAS DOS ESLIEEALDAS 245 



XXYII. 



Tiene, entre tanto, la historia i la lengua hu- 
mana, palabras ya consagradas por la tradición i 
el uso de siglos para caracterizar a ios hombres 
verdaderamente superiores, con un símbolo, con 
una definición, con una marca indeleble i duradera. 

Ahora bien. ¿Perteneció a esa serie de grandes 
espíritus el joven capitán chileno? ¿Fué por ven- 
tura un jenio? ¿Alcanzó a merecer el título his- 



i elevándonos sobre la materia (por el traoajo de nuestra propia 
razón i la confirmación de espiritas de im orden elevado por su 
intelijeucia i cualidades morales nos han dado) — en la existen- 
cia de un ser infinitamente grande en poder, bondad i justicia. 

)>Como padre bondadoso solo qniere el bien de sus liijos, que 
son su obra, i así como uno, siendo un ser imperfecto, castiga i 
preraia a sus hijos para desviar a los primeros del mal i soste- 
ner a los otros en el bien, así Dios, padre bondadoso, nos pro- 
porciona los sufrimientos, que son los remedios que sanarán 
nuestro espíritu déla enfermedad mo¿'al que lo atrasa e ini.])ide 
}irr»gresar hasta alcanzar el eterno bien, i la eterna felicidad que 
en su inmutable bondad nos señaló como fin espiritual. 

»S.ecorred nuestro pasado i veréis que cada uno de los sufri- 
mientos que esperimentaraos tienen su razón de ser en alg-una 
fxlta que cometiáteis, o en ídgiux bien que no hicisteis, pu- 
dieudo.» 

Hállase todo esto confirmado en la última i sensible carta que 
el joven marino escribió a su tia a Santiago al dia siguiente de su 
llt>(;ada a Iquique. — «Antes de salir, le dice, i a pedido de algu- 
nas señoras de Valparaiáo, toda la tripulación i oficiales, inclaso 



21G EPISODIOS marítimos 

tórico que forma el liiuije de los verdaderos gran- 
des hombres? 

Murió talvez demasiado temprano Arturo Prat 
para aspirar a tan levantada fama. Pero si espíri- 
tus como el de Andre, muriendo sereno por su 
patria en cadalso ignominioso alcanzó el sello de 
la grandeza moral de su carrera; si. Rouget de 
risle lia pasado a la posteridad por la inspiración 
de un canto: si AVoIf, tan juvenil como el capitán 
chileno, mereció en su patria los honores de West- 
minster, i por último, si Marceaux fué digno, de 
ser llevado a temprano sepulcro en los brazos de 
los que le hablan quitado la vida en leal batalla, 
como el cadáver de Arturo Prat fuélo en Iquique; 
no será jamas borrado ni por la ingratitud, ni por 



yo^ recibimos el escapulario del Carmen, en cuya protección con- 
fiamos para que nos saque con l>ieu en esta guerra... También 
mo acompaña a bordo la Vírjea de este nombre i San Francis- 
co. Con tauto protector creo que se puede tener confianza en el 
éxito...» I concluía coa esta espresion que revelaba una inquie- 
tud. — «Recibí el santo milagroso, que trabajo ha de tener ahora. 

Con todo esto, que pone en alto relieve el cristianismo del ca- 
pitán Prat; su alta i comprensiva idea de Divinidad, junto coa 
su tacto delicado para tratar a las personas de su afección i de 
su respeto habí ándoles en su propio lenguaje, hai constancia de 
que no era observante. Era un gran, espíritu, pero no era un es- 
pírit'.i piadoso. 

Pvcspecto de sus ideas de justicia, de honor, de deber, de amor 
a las glorias, mas adelante las haremos conocer publicando ¿o- 
do3 su.i discursos, defensas legales, etc. 



LAS DOS ESMERALDAS 247 

el olvido, ni por el tiempo, moho de los siglos, el 
nombre del último, como héroe, de las planchas de 
bronce en que la fcima miiversal lo ha esculpido ya. 

XXVIII. 

I mientras la hora de ese folio llega, entre todos 
los hombres de elevada talla, (}nc las convulsiones 
de la edad presente ha hecho suijir cual de impro- 
viso ante la admiración de sus semejantes, a nin- 
guno parécenos se acerca mayor proximidad por su 
índole, su naturaleza i su heroísmo al capitán chi- 
leno, que aquel que llevando vida tan pura como 
él, empapado en idéntica fé, amando en el silen- 
cio de un claustro de tranquila enseñanza la glo- 
ria i el renombre militcir tanto como él la amó, lle- 
va hoi en la historia i en el mármol de grandioso 
monumento el nombre de Tocias Jonatás Jack- 
SON, mas conocido por el nombre de Calicanto 
por la naturaleza de su bravura i de su jenio de 
soldado (1). 

Pudo por tanto el noble jefe a cuyas órdenes 
sirvió veinte años Arturo Prat, anunciar a sus 
soldados el fin prematuro del héroe con las pro- 



(1) Stanewall JacJison muerto ^eii la campaña de Virjinia, su 
patria, el 10 de mayo de 18G3, a la edad de 39 años, después 
de haber llenado al mundo con los ejemplos de un heroísmo que 
podía compararse solo con su pureza. 



2-48 EPISODIOS MARITniÜS. 

pias piilabras con que ei jeneralísimo de la Confe- 
deración de Estados Unidos en armas comunicó 
a su ejército la pérdida irreparable de su mas 
querido i mas poderoso lugar-teniente, en la or- 
den jeneral que, por analojía, traducimo.i en se- 



a'uida: 



((Cuartel jeneral de la Virjiüia del Norte, 
mayo 11 de 1863. 

a Con profundo dolor anuncia el jeneral en Jefe 
a su ejército la muerte del teniente-Jencral T. J. 
Jackson, que espiró el dia de ayer a las tres i un 
cuarto de la tarde. 

y) El heroísmo, la hahilidad, la entereza de este 
soldado, tan grande corno bueno, han desaparecido 
de en medio de nosotros por los decretos de una 
inescrutahle Providencia. Pero mientras vestimos el 
luto de su pérdida, sentimos que su espíritu vive en 
medio de nosotros, i que su aliento inmortal inspi- 
ra a todo el ejército con su indomahle coraje i su 
inalterable confianza en Dios, como nuestra^ mejor 
esperanza i nuestra fuerza. 

Que su nombrcsea en adelante, el santo i seña de 
los bmvos que le han seguido de victoria en victoria 
en tantos camp)os de batalla, i que el soldado i el 
Jefe que tanto le amaron rivalicen en su invencible 
resolución j^or defender hasta morir nuestra amada 
patria. 

Rgbeeto E. Lee.x» 



LAS DOS ESMERALDAS 249 

m 



XXIX. 



I así i no de otra manera vivirá la memoria de 
Arturo Prat, ei Stonewall Jackson de Chile, por- 
que ha dejado enseñado con su sacrificio al pueblo 
soldado i al pueblo marino, que en la presente i 
en las futuras guerras de la República, no se rin- 
de jamas al enemigo el pabellón de la patria, sino 
con la vida. Esa es i será eternamente su mas al- 
ta i su mas lejítima gloría. 



32 



250 EPISODIOS :.IArwITIMOS. 



.2k..^l. 



CHIPANA. 



«Tener la seguridad de rendir o echar a pique 
la cañonera enemiga, i verse de súbito detenido 
por causas que en ese malhadado momento nin- 
guna voluntad podia remover, fué indudablemen- 
te una amarga contrariedad que hizo fracasar 
en su primer paso el plan de hostilidades que 
esos buques estaban encargados de ejecutar.i) 

'( Luz i sombra. — -Persecución de la Magallanes 
por las corbetas Union i Pilcoimiyo. — Lima 1871*, 
páj. XIII). 



Cumple en la presente pajina al desarrollo de 
nuestra tarea, diseñar en el lienzo luminoso en 
que juntamente se reflejan las sombras de los 
héroes i la clara estela de la nave histórica de Chi- 
le, en cuyo seno aquéllos criáronse i murieron, el 
itinerario por el cual, desde la paz de sus hogares 
marcharon todos de improviso a la guerra, a la 
gloria i al martirio. 

El sendero no será largo; i para la figura do- 
minante del grupo inmortal, bastará apenas el 



LAS DOS ESMERALDAS. 251 

curso de tres semanas desde su partida de Valpa- 
raíso hasta su término en Iquique, (mayo 3-ma- 
yo 21). 

II. 

Hemos dicho que el capitán Prat regresó de 
Montevideo a Valparaíso en el mes de febrero. 
Llegó, en efecto, a esa bahía el día 16 de ese mes 
en el vapor Valparaíso, el mismo que le había 
dejado hacia tres meses en los puertos del Atlán- 
tico. La guerra había sido declarada de hecho ha- 
cia solo cuatro dias. El capitán Prat llegaba del 
sur en la hora misma en que el telégrafo del norte 
nos anunciaba la ocupación militar de Antofa- 
gasta (1). '* 

No ofreciósele al principio por el gobierno co- 
misión de ninguna especie, sin duda porque todos 
los puestos de guerra estaban ocupados en su au- 
sencia. I fué entonces cuando el pundonoroso ca- 
pitán quiso disfrazar su uniforme, juzgando equi- 
vocadamente que la tardanza era una humillación. 



(1) Del libro de memorias encontrado sobre el cuerpo del ca- 
pitán Prat en el Huáscar i que hoi posee su digna viuda, aparece 
que fué llamado por el ministro de Relaciones Esteriores el 23 o 
24 de enero i que se embarcó el 3 de febrero. Uu telegrama su- 
yo al ministro, datado ese otro dia i que lle\'ala feclift del 4 diri- 
jido a su esposa, i que probribleracate dejó encargo de en-viarle^ 
así lo acreditan. 



252 EPISODIOS MARITlTvIOS 

Por fortuna, cuando el señor Raf¿iel Sotoma3^or 
se clirijió al Norte en calidad de asesor, pidió a la, 
Comandancia jeneral de marina un ayudante que 
le sirviera de secretario, i llevó consigo ai capitán 
Prat incorporándose ambos a la escuadra surta 
en Antofagañta, el 2 de abril, es decir, el dia mis- 
mo en que el Congreso declaró la guerra d Perú. 

Siguió, por consiguiente, el capit¿in Prat em- 
barcado en el Blanco Encalada basta Iquique en 
la nocbe del dia siguiente, i allí capole el deber 
de notificar el bloqueo a las autoridades de la" ri- 
bera i a los buques de la bahía el dia 5. Elijióle 
sin duda el %' mirante para este desempeño en ra- 
zón de su carácter entero hasta ser inflexible, pe- 
ro moderado i respetuoso en las formas, i también 
por su versación en el derecho marítimo (1). 

(1) He aquí como uno de loa biógrafos del capitán Prat cuen- 
ta este lance curioso i peculiar de su vida de marino : 

«Un Lote bien tripulado con ocho romeros llegaba al muelle de 
Iquique el dia 5 de abril, i saltó en tierra con denuedo i bizarría el 
joven marino. Inmenso jentio del pueblo i de tropa habíase acu- 
mulado para ver llegar este mensajero c[ue todos sabian era de 
guerra. Con su espada en una mano, con pliegos cerrados en la 
otra, se aboca con decidido talante a los que por primera vez se I 
hallaban en torno suyo. 

— »Decidme ¿cuál será la casa del prefecto? preguntó. 

3)Se le indicó donde era, i allí se dirijió solo í sin temer a esa 
muchedumbre que le veía su enemigo. 



LAS DOS ESMERALDAS 253 



lY. 



Oclio (lias mas tarde, el almirante de Li escua- 
dra bloqueadora juzgó importante utilizar los 
servicios del capitán rrat en esfera mas activa, i 
resolvió enviarle a Yalparaiso para que tomase el 
mando de la cañonera Covadonga i la llevase al 
Norte. 

Y. 
Embarcóse, en consecuencia, el capitán Prat en 



j)El prefecto señor Dávila le recibe con urbanidad i coa 
cierto temblor couvuIbívo, que no atribuimos a cobardía sino a 
impresión nerviosa: no pudo abrir el despacho, teniendo el mis- 
mo Prat que entregarlo abierto.- La responsabilidad del señor 
Dávíla era iainensa. ¿Qué le vnlian sus 4,000 soldados apos- 
tados allí a SU3 órdenes, cuando nada povlia con ellos? Contra- 
rrestar el reto dirijido a su patria era imposible. Limitóse a 
dictar una protesta que como contestación entregó a Prat, ofre- 
ciéndole al mismo tiempo una guardia de seguridad a su perso- 
na en caso de que el pueblo quisiera inferirle alguna afrenta, es- 
tando solo. 

— T)No la necesito^ señor , contestó Prat. 

^Dándole las gracias i haciéndole un saludo, se retiró. 

»S1 pueblo en cucliiclieos i formando grupos parecía dispues- 
to a dirijirle insultos a este osado heraldo, que solo i con tan 
arrogante apostura iba a imponerles un acto, de humillación; 
pero la actitud enérjica de Prat supo acallarlo todo, i volvió a 
embarcarse en el bote, que le conJujo a bordo.» —(B. Vicuña. 
Biografía de Prat, páj. 27.) 



254 EPISODIOS marítimos 

el vapor Lontué el 14 de abril, el 19 llcga'ba a Yal- 
])araiso i al día siguiente se trasladaba a Santiago 
con su cartera llena de preciosas anotaciones, so- 
bre las deficencias de la escuadra que sometió en 
el acto al gobierno. Una de las mas apremiantes 
peticiones del jefe de la escuadra, era el inmedia- 
to cambio do calderos de las tres corbetas que 
tenia a sus órdenes. 

El comandante Prat hallílbase otra vez en Val- 
paraíso el 27 de abril apresurando la salida de la 
Covadonga, i en ese dia escribia a un amigo de la 
capital aplaudiendo su entusiasmo por marchar a 
la guerra. 



Vi. 



Al fin, el 3 de mayo, la cañonera estaba lista, 
así como el Ahlcio, i según ya vimos, en la noche 
de ese dia ambos buques partieron, bajo la direc- 
ción superior del capitán Prat, rumbo de Iquique 
a cuyo puerto llegaron en la noche del 10, con 
retardos i peripecias que hemos dejado ya i;efe- 
ridos. 

También quedó anotado en el capítulo prece- 
dente cómo al dirijirse el grueso de la escuadra al 
Norte, el comandante Prat fué trasbordado a la 
Esmeralda i el comandante Condell a la Cova- 
donga, el 12 de mavo. 



LAS DOS ESMERALDAS 



YIT. 



Fáltanos ahora únicamente agregar que, ha- 
biendo sido invitados ambos jefes a la mesa del 
almirante en la víspera do la partida, uno i otro 
dieron afectuosos adioses a sus camaradas i a sus 
jefes, lamentando no serles dable ir a participar 
con ellos las glorias de una atrevida campaña que 
sus corazones presajiaban feliz. 

Cuánto se engañaron en su noble envidia las 
almas de los dos bravos capitanes del bloqueo de 
Iquique, será lo que tendremos que recordar den- 
tro de poco! 

VIII. 

Mientras ese momento llega en esta parte de 
nuestra relación, cabe de sobra i aun forma parte 
esencial de ella la viva memoria de un breve pe- 
ro valeroso episodio de mar, que fué afortunado 
preludió de nuestra cuarta campaña marítima en 
el Pacífico; i a la par que un noble estímulo para 
nuestros jóvenes marinos, una enseñanza oportuna 
que se pudo i se debió aprovechar siquiera como 
obvia precaución de guerra, antes que el grueso 
de nuestra escuadra pusiese su proa al Callao. 

IX. 

Keferimos, en efecto, en el capítulo de esta his- 



SáG EPISODIOS ?/IAIlITIxMOS. 

toriii que tiene por nombre El hloqueo,. cómo, a 
ios cuatro dias de entablado éste en las aguas de 
Iquique, regresó hacia el Snr hasta Antofagasta 
«por razón del servicio» el acorazado Almirante 
CochraiiG al mando del capitán Simpson i su in- 
separable compañera de escursiones la cañonera 
Magallanes, de que era jefe hacia dos o tres años 
(desde el 26 de enero de 1876) el joven i brillan- 
te capitán de fragata don Juan José L atorre. Era 
éste uno de «los cuatro» con Prat, Montt i Con- 
dell, i baste esto para su biograña i para su elojio. 
Aquel movimiento de retrogradacion del acora- 
zado i de la cañonera no tenian signiñcacion al- 
guna, según vimos; pero por una medida poco 
, considerada que no ha tenido esplicacion satisfac- 
toria todavía, acordóse que el buque mas débil 
diese la vuelta a Iquique sin la custodia de su po- 
derosa consorte, i en virtud de esto zafóse la Ma- 
gallanes de su ancladero de Antofagasta a las ocho 
de la noche del viernes santo, 11 de abril. 

X. 

l'íavegó el pequeño barco con su proa al Norte 
toda la noche, completamente ajeno a una celada, 
hasta que a las diez i media de la mañana si- 
guiente, <;on un dia claro i mar apacible, colum- 
bró en el horizonte el centinela del tope, dos bu- 
ques que se avanzaban cautelosamente hacia el 



LAS DOS ESMERALDAS 257 

sad-ocste desde una, crdcta vecina a la desembo- 
cadura del rio Loa, casi en la mediania de su itine- 
rario entre Antofagasta i el puerto de su destino. 

¿Qué habia sucedido? 

Tenia lugar simplemente una celada de mar co- 
mo las liai todos los dias eil este jcnero de guerras 
en que la astucia entra por la mitad del éxito i 
el Ycilor por el resto. 



XI. 



Desde la primera hora de la declaración de gue- 
rra que Chile hiciera por telégrafo al Períi, sus ma- 
rinos indudablemente mas cavilosos que valientes, 
combinaron una espadicion calculada para caer 
de imprevisto sobre los mas débiles de nuestros 
buques de guerra i especialmente sobre los tras- 
portes que con tropas, víveres o municiones hu- 
biesen de marchar en completa seguridad de 
Valparaíso a Iquique i aun a los puertos del lito- 
ral boliviano. 

Con este propósito, alistáronse los buques mas 
lijeros de su escuadra, esto es, la corbeta Union i 
la cañonera PílcomajjG. recientemente refacciona- 
da aquélla en Euroj^a (1874) i adquirida hacia 
poco la última en los arsenales de Inglaterra, jun- 
to con su jemela la Chaii&hamciyo, perdida hacía 
poco en la costa de Paita. 

Confióse el mando de la espedicion a un oficial 

33 



358 EPISODIOS MARÍTIMOS 



superior quo gozaba de considerable crédito con] o 
hombre cientínco, el capitán de navio don Aurelio 
García i García, émulo i compañero del valiente 
Grau. 



XIL 



Montaba la Union, buque fuerte i a la vez de so- 
bresídiente andar, doce cañones de a 70 en baterií?, 
conforme al sistema antiguo, i la Pllcomayo seis 
piezas, de las cuales, dos eran del mismo calibre 
que las de su consorte i cuatro de a 40: diezíoclio 
cañones rayados i del mejor sistema entre ambos, 
fuera de algunas piezas menores de servicio. La 
Magallanes tenia un arma^iento apenas igual, 
sino inferior al de la Pllcomayo, es decir, cuatro 
cañones do a 70 i uno de a 115 en colisa, a popa. 
Cargaba por tanto el buque cbileno ua c¿iñon me- 
nos quo el menor de los dos buques peruanos i en 
6U andar era evidentemente inferior al de mayor 
porte. 

Compcudaba la Union como capitán de bandera 
el capitán de navio don Nicolás Portal, oficial 
acreditado en el Períi como valiente, i a quien en 
una ocasión se le viera desenvainar la espada 
contra el capitán Grau, su superior, en señal de 
reto de honor, sirviendo a sus órdenes en las 
aguas de Paita. Dicese que el capitán Portal, que 
ha sido también prefecto en el departamento de 



LAR DOS ESMERALDAS 259 

Loreto, es un hombre de casta i de aventajada, 
presencia. Es natural de lea. 

La Union había estado en tiempo de paz a car- 
go del capitán don Juan Bautista Cobian. Pero 
resuelto en Lima el plan de «hostilizar la línea 
de operacionos» de la escuadra bloqueadora do 
Iquique, el domingo 6 de abril, esto es, cuando 
se promulgaba en Valparaíso la declaración de 
guerra con pompa inusitada, paso esto buque de 
lijero a manos del capitán Portal en aquel mismo 
dia, al paso que la Fílcomayo era confiada» a un 
oficial de mui inferior nombradla pero de altiso- 
nante apellido, pues llamábase <fLa Guerras. Mas 
tarde, i después del combate de Ghipana, este ofi- 
cird, que durante la refriesra loí2:ró, no obstante su 
sonoro nombre, Guedar cinco millas a retaguardia 
de los fuegos, según el parte oficial del coman- 
dante jeneral García, ha sido sustituido por un 
marino que goza de merecida reputación en el 
Perú, don Carlos Ferreiros, hijo de un respeta- 
ble literato i e::)tadista peruano, que en 1860 era 
rector de la Universidad de San Marcos. El ca- 
pitán Ferreiros desempeñaba al romperse las 
hostilidades el elevado cargo de prefecto del de- 
partamento de La Libertad, con residencia en 
Trujillo. 

ÍTo obstante la prisa evidente con que se había 
organizado aquel crucero, era tal la confiada se- 
guridad con que había resuelto su plan el gobier- 



2fi0 EPISODIOS MAPJTBIOS 

no de Lima, que traía este bíiquc una fuerza de 
repuesto para tripular las presas. 

Ya antes dijimos que fué voz corrida en aquel 
tiempo, que los peruanos traían a bordo do la 
Union al futuro capitán de la Esmeralda, a lo 
cual por nuestra parte, espresaremos que no ñilta 
cierta verosimilitud a este relato, por cuanto el 
cable sub-maiino se bailaba todavía en plena ac- 
tividad entre Yalpa,raiso i los puertos principales 
del Perú, i los avisos de nuestros movimientos po- 
dían ser trasmitidos instantáneamente a toda su 
costa. 

XIII. 

Los buques peruanos salieron del Callao apenas 
cinco días después de conocida en Lima la decbi- 
ración de guerra, esto es, el limes 7 de abril; i en 
seguida de ba^ber tomado lenguas en Arica i en 
Huanillcs, se emboscaron en una caleta de pes- 
cadores junto a la embocadura del Loa en la mis- 
ma noche que la Magallanes dejaba incautamente 
el fondeadero de Antofas:asta. 

XIY. 

Al divisarla en aquella condición, sola i confia- 
da, si bien no desapercibida para todo evento, 
juzgaron los marinos peruanos tan seguro su aprc- 



LAS DOS ESMERALDAS 2G1 



Sarniento i rendición, que se avanzaron sobre ella 
con cierta majestuosa lentitud, gobernando hacia 
el Oeste para cortarle sencillamente el paso e in- 
timarle se entre íiase rea de su incauta confianza. 



xy. 



Juzg:ó el comandante Latorrc en el primer mo- 
mentó, nue aquellos buques misteriosos eran las 
dos corbetas chilenas (las jemelas O'Híggíns i 
Chacahiíco) que venían por algún acaso a su en- 
cuentro. Pero echando de ver a poco el corte le- 
vantado i peculiar de la Uhígh i sus masteleros 
calados para el coUibate, se puso en actitud de re- 
cibirlos como cumplía a su honor i a su consigna. 

Hizo tocar inmediatamente jenerala, i como 
ios dos buques de la celada continuasen gober- 
nando con la mayor holgura en su demanda, el 
bravo cuanto sereno mozo tomo inmediatamente 
todas ias niedicías que, en casos de sumo apuro 
como aquél, aconsejan la ordenanza i el heroísmo, 
esta leí no escrita de los pechos jenerosos. Ordenó 
que se alistasen las viílvuias de inmersión usadas 
por los buques modernos en el fondo de su quilla, 
leyó los pliegos reservados i urjentes de que era 
conductor, para trasmitir su contenido al almi- 
rante en caso de sobrevivir, i arrojando sus frag- 
mentos al agaa, dictó a su segundo el teniente don 
Cenobio Molina, joven enérjico natural de Tal- 



2G2 EPISODIOS MAPJTDIOS. 

c;i, con rapidez i alegría, todas las medidas mi- 
litares del inminente combate, ordenando activar 
los fuegos de la máquina cuanto fuera posible pa- 
ra escapar. 

Cada cual estaba en su puesto. Pero no por es- 
to la perseguida corbeta dejaba de gobernar hacia 
el Norte con toda la fuerza de su máquina. Ese 
era también su deber i su puesto. 

XYI. 

Pasó sin embargo, una larga hora antes que los 
buques enemigos elijieran sus posiciones de com- 
bate, quedando aquéllos por la popa de nuestra 
cañonera, a causa de la lentitud o torpeza con que 
habian maniobrado para cortarle el paso. Solo a 
las 11 i 50 minutos de la mañana la Pllcomayo, 
que venia delantera, se atravesó i rompió sus fue- 
gos a la distancia de 3,500 metros, zona respeta- 
ble de batalla para un buque de su porte en la 
ancha mar.... 

Sus punterías eran con todo bastante certeras, 
i una de sus balas sólidas o granadas, rebotando 
a seis metros de la Magallanes le saco un grueso 
astillazo de la popa. 

La cañonera chilena no respondió de pronto a 
la Pílcomayo i continuó ganando en su derrota, es- 
perando su oportunidad. Obligaba así el previsor 
comandante Latorre a sus dos contendores, cuatro 



LAS DOS ESMERALDAS. 23:1 

veces mas mas fuertes por su artillería, a empren- 
der contra ella el movimiento de caza, que siem- 
pre es desfavorable para los perseguidores, por 
cuanto les impide hacer fácil uso de sus baterías 
de costado. 

XYII. 

Hablan llegado los combatientes en esta dispo- 
sición hasta enfrentar la bahía de «ChÍDanaD, 
cuando a la hora del medio dia en punto, la 
Union, guardando siempre respetuosa distancia, 
rompió sus fuesfos contra la bien conducida caño- 

JL O 

ñera, izando al tope, conforme ala costumbre pe- 
ruana, un enorme pabellón, ademas de sus ban- 
deras i señales de combate. ' 

Tocaba su hora al comandante de la Magalla- 
nes, i diez minutos después de las doce disparo 
sus primeros cañonazos con sus miras de popa 
contra la corbeta enemiga, desdeñando por com- 
pleto a la Pílcomayo, que se esforzaba por ganai-- 
le uno de sus costados i atacarla de flanco con su 
batería. 

XYin. 

Los tiros de la Union fueron inseguros, pero 
tan repetidos que en poco mas de media hora de 
caza i de combate habia malgastado, a la par con 



264 EPISODIOS MAllITIMOS 

SU consorte, no menos de doscientas bombas i gra- 
nadas, ?d paso que la Magallanes medía con cal- 
ma sus punterías, saludando cada disparo certero 
con un grito de Viva Chile! la entusiasmada tri- 
pulación. Al fin, cinco minutos antes de la una 
parecieron estallar sucesivamente sobre el pueaito 
de la Union dos granadas disparadas por certera 
mano con la colisa de a 115, i creyóse notar en 
ese buque, desde la corbeta chilena situada a 
2,300 metros de distancia, cierto violento desorden 
i un considerable escape de vapor. 

XIX. 

Juzgó el comandante Latorre que había causa- 
do una gruesa averia a su contendor, i así lo insi- 
núa en su modesto i lacónico parte de aquel mis- 
mo día que en otro lugar publicamos. Pero la 
verdad era, que había puesto a la corbeta fuera 
de combate, como que hasta el presente, dos me- 
ses largos después del encuentro, hállase aquélla 
en formal reparación en el Callao, a donde llegó 
arrastrándose sobre su máquina rota en partes 
esenciales. 

Notóse, en efecto, que en ese mismo momento 
paró sus fuegos la corbeta enemiga i se dirijió len- 
tamente a reunirse con la Pilcomayo que había 
quedado atrás. Hicieron en seguida ademan de 
una nueva arremetida, pero se quedaron cortos, i 



LAS DOS ESMERALDAS 265 

poniendo en seguida sus proas hacia tierra en de- 
manda de la caleta de líuanillos, desaparecieron 
en breve en el horizonte (1). 

XX. 

Por su parte, la Magallanes continuaba tranqui- 
lamente el derrotero que con tanto acierto habia 
sabido defender, i a las ocho de la noche fondea- 
ba en Iquique a un cable del Blanco Encalada, a 

(1) En el Apéndice bajo el núm. 8 publicamos íntegramente 
los partes de los comandantes García i García, Portal í La Gue- 
rra que no han sido conocidos en Chile. Los estraemos del cu- 
rioso folleto que citamos en el epígrafe de este capítulo i que 
nos ha sido enviado recientemente (julio) de Lima, probable- 
mente por su autor. Es el correcto i bien impreso panfleto una 
terrible filípica contra el diputado don Eulojio Allende, por 
haber pedido al Congreso chileno la concesión de medallas de 
honor a los tripulantes de la Magallanes. Sin embargo, el autor 
del folleto, que es posiblemeute el comandante García i García, 
hace cumplido honor al parte oficial del comandante Latorre, 
declarándolo honrado i verídico, i esto basta para el honor de la 
jornada. El único punto en que discrepa el autor de esta vindi- 
cación titulada con propiedad Luz i sombra, es en la hora en 
que se avistaron los buques que fué la de las 9. 80 A. M. según 
el último i la de 10. 30 según Latorre, i en el mas grave de la 
causa de la paralización de sus fuegos i cesación del combate, 
que consistió en haberse reventado dos calderos por su ma,l es- 
tado (apesar de ser nuevos i cambiados en Inglaterra en 1874), 
j)ero sin lesión alguna de parte del enemigo ni la pérdida de una 
sola vida. La Union sola disparó en el combate 148 cañonazos 
i no acertó nino-uno! 

34 



2G0 EPISODIOS MARI-TIAIOS. 

cuyo almirante anunciaba desde lejos por deste- 
llos do luces, que era portador de «noticias im- 
portantes.!) 

Comunicadas éstas de viva voz por el coman- 
dante, minutos mas tarde, fué calorosamente fe- 
licitado por su jefe i camaradas, así como el anun- 
cio telegráfico de su hazaña era recibido en toda 
la Repú])lica con sinceros trasportes de alegría dos 
dias mas tarde (1). 

XXI. 

El combate de «GliipanaD constituía como se 
ha visto, un hermoso pronóstico i una lección de 
csperiencia para nuestra marina, bisoña todavía 
en las estratejias usuales de la guerra; i era de es- 
perar que una i otra circunstancia se tomasen en 
seria cuenta para las operaciones futuras dé la 
guerra. 

Esto no obstante, lo que mas gratamente im- 
presionó los ánimos e hizo perdonar la ajena im- 
previsión, fué el evidente valor i sangre fria con 
que se hablan conducido los tripulantes del pe- 
queño barco chileno. 



(1) Bajo el núra. G publicamos en el Apéndice el notable 
parte militar del comandante Latorre i con el núm. 7 algunas 
cartas relativas al comlmte de «Chipana», i a las demostracio- 
nes que en su honor se hicieron en Santiago. 



LAS DOS ESMERALDAS 2G7 

Encontrábase precisamente en esos dias en 
Santiago, el capitán Prat, a su regreso de Iquique, 
según en otra ocasión contamos, i exaltándose en 
un corrillo de amigos la arrogancia de>l capitán 
de \'d 3Iagcdlaiies, hizo notar el joven apresador 
de la Covadonga i su jefe ahora, que aquello que 
todos llamaban heroísmo, era considerado entre 
sus compañeros sencillamente como — ^(cl cumpli- 
miento del deber.» 

XXII. 

Desde ese dia comenzó a preverse, que si ios 
marinos chilenos eran atacados por fuerzas supe- 
riores, su deber sencillamente seria morir, echan- 
do a pique sus naves con la bandera izada ai tope. 

I acercábase ya a pasos rápidos la hora de la 
confirmación suprema en las aguas de Iquique. 



2C3 EPISODIOS marítimos. 



ÍAL CALLAO! 



«Desde cuatro días atrás so coriia entre los 
oñciales que se proponía un golpe do mano Esto 
debía tener lugar en este puerto, en Arica o en el 
Callao.)) 

(Carta del cirujuno ds la Covadonja don P. R. 
Vifipla al doctor W. Díaz, Iquique mayo 17 de 
1879). 

«Todos los síntomas indican que nos encontra- 
mos en vísperas de una importante espedicíon 
marítima. Repletas las carbonera?, acumulada 
una inmensa cantidad de elementos de guerra i 
de toda clase de provisiones, no cabe duda de que 
el movimiento de la escuadra chilena será impor- 
tante i de que quizá hasta lleguemos al Callao, a 
desafiar a Is^j^cnadra enemiga a la vista de ese 
puerto i bajo las miradas de sns pobladores. 

T)¿Se atreverán los peruanos a negarse a nues- 
tro desafio?» 

(E. Cavieres. — Cartas de la escuadra). 



No llenarla la historia el mas augusto ele sus 
deberes ni cumpliria la mas severa i provechosa 
de sus enseñanzas, — que es la de la verdad, — sino 
encontráramos en esta vez en el fondo de nuestra 
desapasionada conciencia, una voz viva de conde- 



LAS DOS ESMERALDAS 2t*9 

nación para la medida arrogante pero temeraria 
que acordó el almirante Williams, encendido su 
pecho por una heroica quimera, al dejar en Iqui- 
que nuestros mas débiles barcos, según antes re- 
cordamos, el viernes 16 de mayo, haciendo rumbo 
lejano e incierto hacia el Callao. 

Aquella resolución parecia, en efecto, tanto 
mas desacordada cuanto que la estratejía naval, 
i especialmente en las costas de un país enemigo,- 
aconseja emplear en cruceros o bloqueos los bu- 
ques mas veloces en su marcha, puesto que van 
a hacer el servicio de centinelas avanzados, o lo 
que podria llamarse con propiedad, la guerrilla 
del mar. 

Por otra parte no era dable que un viejo mari- 
no como el jefe de nuestra escuadra, no adivinase 
las ventajas especiales que tiene un país agredido 
en sus propias aguas para defenderse por medio 
de golpes de mano, disponiendo de las señales i 
avisos de tierra que constituyen a un mismo tiempo 
un perfecto telégrafo i un activísimo espionaje. I 
esto tanto mas cuanto que él mismo habia hecho 
ese jénero de guerra en las costa.^ de su propio 
país con rara i brillante fortuna. 

Por otra parte, los peruanos mismos habíanse 
encargado de señalarles los peligros de una con- 
fianza ilimitada, desde que deshaciendo el cuerpo 
de su armada, habian organizado tres divisiones 
volantes, lo que era notorio, aun antes del signi- 



270 EPISODIOS ilARlTIMOS 

iic.'itivo combate de (íChipíina» que hemos des- 
crito eii el capítulo anterior, i que fué una verda- 
dera i bien concebida sorpresa, malograda por la 
serenidad de nuestros jóvenes marinos, tal vez 
por la certera puntería de nuestros cabos de ca- 
ñón, talvez por la fortuna. 

I a la verdad, si no liabia medio de emprender 
una espedicion mas llana i de mas próxima aco- 
metida que la aventurera peregrinación a un puer- 
to fortificado i aparte doscientas leguas del centro 
natural de las operaciones emprendidas; o si em- 
peñado en llevarlo a cabo a todo trance el valero- 
so jefe de nuestra escuadra, no podia bajo concep- 
to alguno militar, llevar consigo la Esmeralda i 
la Covadonga, habria parecido indicada por la 
naturaleza misma de las operaciones a que iba a 
entregarse, la conveniencia de hacer volver al 
abrigo de los puertos de Chile, al de Antofagasta 
siquiera, dos barcos C|ue si en una marcha eran un 
embarazo, en un bloqueo eran un riesgo inminen- 
te i cuotidiano. 



II. 



Pero quiso el destino que las cosas sucedieran 
de otra suerte para la gloria de nuestras armas; i 
como lo tenemos en globo referido en un capítulo 
precedente, la escuadra hizo rumbo al Callao ei 
16 de mavo. 



LAS DOS ESMERALDAS. Ü71 

En la noche anterior liabia llegado, en efecto, 
de Antofagasta el Almirante Cochrane, i 8U pre- 
sencia en la rada de Iquique parecía haber deter- 
minado definitivamente la campaña. ¿De qué ór- 
denes había sido portador el acomzado chileno? 
— ¿Trajo por ventura comunicaciones del gobier- 
no central de Santiago o del jeneral en jefe de 
Antofagasta? ¿O procedió solo por su libre albe- 
drio el almirante? — Esto es lo que se ha discutido 
hasta el momento en que escribimos, sin que la 
luz se haya abierto todavía paso por entre las 
conjeturas i afirmaciones encontradas en el ver- 
tí í>:o de aDasionadas recriminaciones. 

De lo único que nos es dable, por tanto, dejar 
cabal constancia es de que olAlmiranie Cochrane 
llegó a Iquique, despachado del cuartel jeneral, 
en la noche de la víspera, i que reinaba a bordo 
gran ansiedad por partir sin demora hacia el Nor- 
te. El vapor de la carrera, que esta vez seria el 
lío, debía llegar en la madrugada del 17, i «todos 
hacen votos, decía un corresponsal que llevaba su 
diario en el Blanco, porque no sea portador de 
alguna contra-orden o noticia que impida el mo- 
vimiento.)) 

Es lo cierto que, en consecuencia de todo esto, 
i sin pretender ocultar el movimiento de la es- 
cuadra a los habitantes del puerto bloqueado, ni 
siquiera al paquete ingles que debía llevar la no- 
ticia de su desaparición a Lima, las dos corbetas 



272 EPISODIOS I.LVPJTIMOS 

(la O'IIi'f/gijis i la Cliacahuco) se hicieron mar a 
fuera a las cinco i media de la tarde del dia re- 
cordado; media hora después el CocJirane, a las 
seis i media el trasporte a vapor Matías Cousiño, 
bien provisto de carbón, i a la una de la noche, 
en su hora apropiada, el misterioso vapor Ahiao, 
destinado a un puesto de terrible notoriedad, co- 
mo los brulotes de Constantino Canaris, el héroe 
griego de Tenedos i Scio, en la empresa contra la 
flota peruana refujiada en el Callao. 

Solo quedaron esa noche en la rada de Iquiquc, 
ademas de los dos buques destinados a conservar 
su bloqueo, el Blanco i su aviso la cañonera l/«- 
gallanes. 

Muí de madrugada estaba, al-dia siguiente, sin 
embargo, en movimiento el buque almirante, i 
después de haber recibido i despedido a la hora 
de las siete al vapor lio, capil^an Cros3, que se di- 
rijia al Callao, tocando en Pisagua, en Arica, en 
Moliendo, en una palabra, en todas las estaciones 
de su itinerario, alejóse aquél con rumbo al Oeste, 
como los buques que le habian precedido. 



III. 



El dia estaba nebuloso, el tiempo seco, los áni- 
mos hinchados con denodadas esperanzas, i la 
atmósfera del mar, por el contrario, tan admira- 
blemente quieta, que los penachos de humo de 



LAS DOS ESMERALDAS 273 

los buques cliilenos subían en lenta espiral al cic- 
lo, casi sin desviarse de la chimenea que los pro- 
yectaba. El corresponsal de un diario refiere, casi 
como un presentimiento, que al pasar la nave al- 
miranta frente a la isla de Iquique encontró a la 
Covadonga, que aquella mañana, como de ordina- 
rio, montaba la guardia fuera de la bahía, i añade 
que cccon aire entristecido parecía despedirse de la 
capitana.» — (cDe seguro, anadia aquél, comen- 
tando su triste abandono, los tripulantes de la Es- 
meralda i de la Covadonga contarán hora por ho- 
ra los dias, i esperarán con indescriptible ansiedad 
noticias nuestras.» 



IV. 



Habia señalado el almirante como punto j ene- 
ral de reunión, a los buques que hablan comen- 
zado dispersos su derrota, un paraje del mar, 
invisible desde la costa i fronterizo al rio de Ca- 
marones, que es la justa medianía del derrotero 
marítimo i terrestre entre los puertos de Iquique 
i de Arica. 

Encontráronse todos allí, como estaba ordena- 
do, al caer la nbche del 17 de mayo, los buques 
espedicionarios hasta el número de 7. 



V. 



Er(in éstos el Blanco Encalada, buque de la in- 

35 



274 EPISODIOS MARÍTIMOS 

signia, i cuyo capitán de bandera era el coman- 
dante don Juan Estévan López. Iba también a bu 
bordo el mayor jeneral de la escuadra don Do- 
mingo Salamanca, capitán de fragata, i el asesor i 
secretario jeneral de la escuadra don Kafael So- 
tomayor. 

Segundo de este acorazado era el capitán de 
corbeta don Guillermo Peña, i constaba su dota- 
ción de oficiales de cuatro tenientes i nueve guar- 
dia-marinas. 

lííual comando i servicio tenia el Almirante 
Cochrane, bajo las órdenes del capitán de navio 
don Enrique Simpson, i su segundo don Luis A. 
Castillo, capitán de corbeta. 

Los comandantes de la O'HíggÍRS i de la Cha- 
cabuco, eran los capitanes graduados de fragata 
don Jorje Montt i don Osear Viel, i el de la il/a- 
gallanes, el capitán de fragata don Juan José La- 
torre. Servian como segundos respectivamente en 
estos tres buques, los tenientes primeros don Mi- 
guel Gaona, don Manuel A. Riofrio i don Cenobio 
Molina. 

Hemos ya diclio que el comandante don Manuel 
Thomson habia dejado el mando de \íi Esmeralda 
para pasar al del Abtao, armado con poderosa ar- 
tillería i todo jénero de materias combustibles. 

En cuanto al Matías Coustño, trasporte alqui- 
lado, estaba a las órdenes de un bizarro capitán 
alemán llamado Castleton. 



LAS DOS ESMERALDAS 27í 



YI. 



Reconocidos todos los buques en el sitio desig- 
nado, formóse en dos columnas de marcha, si- 
guiendo cada cual a conveniente distancia la popa 
de su predecesor, en esta forma: — el buque almi- 
rante, la Cltacabuco i el Ahfao, la columna de la 
derecha: el Cochrcme, la GHiggins i la Magalla- 
nes a la izquierda. 

El Matías Cousiño seguirla simplemente las 
aguas de la escuadra, para lo cual, según unos, se 
le dieron las instrucciones i señales del caso, omi- 
tiéndose, según otros, tan sencilla como impor- 
tante medida de servicio. De todas suertes, fué 
ésto causa del primer contratiempo serio de la es- 
pedicion al Norte, porque el trasporte que lleva- 
ba se puede decir la vida de la escuadra en su 
bodega, quedóse desde aquella noche frente al rio 
Camarones, esperando órdenes, i así pasó su capi- 
tán como lejítimo ingles sin verlos llegar durante 
dos semanas i con gravísimo riesgo de ser captu- 
rado, como estuvo al serlo por el Huáscar en una 
noche, por fortuna tenebrosa. 

VII. 

Grande fué la contrariedad que se esperimentó 
a la mañana siguiente a bordo de la escuadra, al 



STtJ 



EPISODIOS marítimos 



notar la desaparición del trasporte conductor del 
elemento que en las guerras marítimas es lioi de 
mas entidad que la pólvora, i aunque se le buscó 
durante media hora, como prenda perdida en un 
paseo, gobernando los buques durante media hora 
hacia el sud-este, a las diez de la mañana volvióse 
a tomar la derrota del Callao, dándose por nuevo 
punto de cita a los seis buques del convoi las is- 
las de las Hormigas, grupo de peñones casi a fior 
de agua, situado 30 millas hacia el Oeste del Ca- 
llao i fuera de la vista de sus vijías. El dado esta- 
ba tii'ado. 

A las tres de la tarde de ese dia, segundo de la 
marcha, hiciéronse señales por la almiranta para 
«estrechar las distanciase, i verificada esta ma- 
niobra, pasó en un bote el mayor jeneral a comu- 
nicar a cada comandante de buque las instruccio- 
nes de la próxima i formidable batalla. 

Yin. 

Pareceria, en virtud de noticias posteriores, 
que solo en ese dia el almirante comunicó su plan 
a su asesor civil, sin entrar por esto a discutirlo. 

Pero de todas suertes, el atrevido propósito fué 
recibido con vivo regocijo a bordo de todos los 
buques, i desde ese momento comenzaron los 
aprestos del sañudo i ya próximo encuentro cuer- 
po a cuerpo. Aunque la escuadra avanzaba lenta- 



LAS DOS ESMERALDAS 277 

mente, apenas a razón de cinco o seis millas por 
hora, sus juveniles tripulantes, llenos de lasjene- 
rosas ilusiones que enjendra el patriotismo, con- 
taban con batirse dentro de tres dias, o a mas 
tardar, en la noche del 21 de mayo, que era día 
miércoles. 

El día de la intimación habia sido un domingo, 
«i era de ver, dice un testigo de vista, a los tri- 
pulantes alegres i parleros, afanados en cubier- 
ta en coser fajas i cinturones que les servirían, 
llegado el caso del abordaje. Los que ya han ter- 
minado sus fajas, limpian sus armas i afilan sus 
yataganes hasta dejarlos como navajas de barba, 
lleina a bordo una animación i un entusiasmo 
festivos. Todos esos valientes marineros hablan 
del combate como de un día de holganza, i se rien 
de la muerte con un estoicismo verdaderamente 
espartano, i- al cirios, cualquiera siente retempla- 
do su ánimo e indomable su corazón (1).» 



IX. 



Era, a la verdad, aquella osada empresa, por 
muchos títulos tentadora para ánimos mecidos por 
heroicos ensueños i al reflejo de memorias impe- 
recederas. La escuadra chilena hacia rumbo, por 



(1) Eloi Cavieres, corresponsal del Mercurio, a bordo del 
BlíDico Encalada. 



278 EPISODIOS MARÍTIMOS. 

la sesta vez en el espacio cabal de sesenta años, a 
una plaza de guerra formidable desde los siglos 
del coloniaje, pero en cuyas aguas nunca dejaron 
iiuestros mayores do recojer en abundancia lauros 
de victoria. I esto con tan señalada fortuna i 
constante heroísmo, que cada uno de los tripu- 
lantes de nuestras naves habria podido entonar 
ahora, como el bardo catalán en la lengua de los 
antio'uos trovadores, la canción de la batalla i del 
ti'iunfo: 

«Héroes del mar, que avuy en lo Callao 
Heu recordat los fets y las hassanyas 
Que á la patria marina 
Gloria donaren en regions extranyas (1).» 



Al día siguiente, sin embargo, tercero de la pe- 
regrinación, la escuadra se avanzaba pesadamente 
dando remolque a las corbetas, cuyos viejos cal- 
deros comenzaban a ceder. Era el lunes 19 de ma- 
yo, i a eso de las cinco de la tarde, pasaba el con- 
voi por las dereceras de Moliendo a distancia de 
sesenta millas de la costa. I fatal acaso! A esa pre- 
cisa hora, echaba sus anclas en aquel puerto i en 

(1 ) «Héroes del mar, que hoi en el Callao habéis recordado 
los hechos i las hazañas que a la patria marina dieron gloria en 
rejiones estrau jeras.» — Víctor BcLlaguer,''\\'AxñSí.ó.o el «trovador 
de Montserrat» en sus Poesías catalanas. Canto A los héroes 
del Callao, escrito en Perpiñan el 19 de junio de 1866. 



LAS DOS ESMERALDAS 279 

condiciones sumamente inferiores de combate, un 
convoi enemigo que venia a iniciar mediante un 
movimiento verdaderamente atrevido, la campaña 
marítima que hasta esa hora habia estudiosamen- 
te esquivado. 

XI. 

Componian la división espedicionaria, los aco- 
razados Huáscar e Indej^endencia junto con los 
trasportes lijeros Chalaco, Limeña i Oroya, i ve- 
nia aquélla mandada en jefe por el capitán de na- 
vio don Aurelio Garcia i Garcia, oficial sumamen- 
te esperto en la navegación de aquellas costas. 
Hallábase el presidente del Perú i director su- 
premo de la guerra, jeneral don Mariano Ignacio 
Prado, a bordo del último de los buques que 
hemos nombrado, i que era el mismo en que el 
comandante de mar habia izado su insignia. 

XII. 

Cómo se habia verificado todo esto, burlando 
tan lisonjeras espectativas de éxito en el país i en 
nuestra escuadra, será lo que nos cumple breve- 
mente narrar en el venidero capítulo, preludio ya 
próximo del memorable combate en que encontró 
fin digno de su fama la nave que ha dado nombre 
i argumento a este episodio de la historia del Pa- 
cífico. 



280 EPISODIOS marítimos 



LA ESCÜADEA PEEUAilA. 



ftSucede enti-e nosotros, que aquel qne por fa- 
vor en los gobiernos o por fortuna en las revuel- 
tas ha llegado a una alta posición en la marina, 
no pudieado conservarse en ella por falta de su- 
ficiencia facultativa, apela al proselitismo.» 

(Artículo titulado Marina, imhUcndo en el Co- 
mer vio de Lima del 17 de octubre de 18GG). 



I. 



Mientras el almirante chileno proseguía su arro- 
jada derrota hacia el Callao, la escuadra peruana 
que tantas muestras de jactanciosa uñmia arro- 
jara al viento contrastando a la de Chile, en los 
primeros dias de su armanento, habíase manteni- 
do, sin embargo, al abrigo de las baterías de 
aquella plaza de guerra, llamada con razón por 
Lord Cochrane en 1820, (cel Jibraltar de la Amé- 
rica del Sur.)) 

Mas, por lícito que sea en las contiendas de 
pueblo a pueblo, exaltar con la ponderación del 



LAS DOS ESMERALDAS 281 

patriotismo i los devaneos de exaltada ilusión, 
la fuerza de los atletas que van a empeñarse en 
la defensa de una causa querida, i asimismo de- 
primir con igual medida el poder muscular del 
adversíirio, fuerza i deber de la historia es reco- 
nocer desde luego, que la marina peruana poseía 
algunos escelentes buques i no vulgares oficiales 
de mar, si bien ninguno, escepto el contra-almi- 
rante Montero i el capitán de navio don Miguel 
Grau, habíase señalado hasta el presente por em- 
presas de arrojo. De esto mismo dimos imparcial 
testimonio cuando la declaración de guerra pare- 
cía todavía remota, i nosotros veíamosla venir co- 
mo nave sin gobierno pero a toda máquina (1). 



II. 



No pasan, a la verdad, de seis u ocho los hom- 
bres de mar del Perú, destinados a inspirar con- 
fianza a su país i respeto a sus adversarios en la 
guerra que se inicia, porque si bien es cierto, que 
en los últimos diez años se ha consagrado particu- 
lar desvelo a la formación de buenos náuticos i ca- 



(]) En la Patria ^lQ Valparaíso del 17 de marzo, publicamos 
un artículo mas pacificador que guerrero, pero completamente 
imparcial con el título de Las escuadras de Chile i del Perú, i 
por su oportunidad retrospectiva en este lugar i como confirma- 
ción en los hechos de todas sus teorías i presajios, lo damos a luz 
en el Apéndice bajo el núm. 9. 

36 



282 EPISODIOS MARÍTIMOS. 

pitancs de guerra, la mayor parte de los que hoi 
tienen mando i grados superiores débenlos a los 
azares de no interrumpida revuelta. Mariátegui, 
Noel, Panizo, Salcedo i Manuel Ferreiros han 
muerto. Pardo de Zela se ha retirado del servicio 
en el regalo de Paris. El bravo capitán Villar, lla- 
mado «el tuerto» que mandó en jefe en Abtao, 
está ya mui anciano i relegado a uno de los fuer- 
tes del Callao. El capitán don Camilo Carrillo, el 
jefe mas científico tal vez del Pcríi, manda hoi uno 
de los monitores, pero hállase con su salud dema- 
siado quebrantada para emprender campañas acti- 
vas; i Lizardo Montero, que indisputablemente 
es el hombre de acción por escelencia en la mari- 
na, como Lacotera en el ejército de tierra, queda 
2)or esta misma causa relegado a un plan subal- 
terno, como jefe de las baterías de Arica. Prado i 
Montero no se aman, i al contrario, son dos fuer- 
zas que se chocan i se neutralizan. Es lo mismo 
que ha acontecido entre Buendia i Lacotera en 
Iquique. 

Quedan solo en la línea de los cruceros i de los 
combates los capitanes de navio Aurelio Garcia i 
Garcia, Miguel Grau i Juan Guillermo Moore i 
los de fragata don Nicolás Portal, don Carlos Fe- 
rreiros, llamado el «manehadito», por un tizne 
sanguíneo de su rostro, los Eaigadas, escelentes i 
pundonorosos oficiales, hijos del meritorio jeneral 
de este nombre que dotó a Lima de primorosas 



LAS DOS ESMERALDAS. 283 

bellezas, Elias Agiiirre i el capitán Cobian, deno- 
minado por apodo (tel colorado», por el tinte ro- 
jizo de su pelo, i sacado, como otros de los oficiales 
de mar del Pern, de la clase de simple contador. 

Moor es natural de Ayacucho, es decir serrano, 
i como marino se ha formado en la escuela de 
Salcedo. 



IIÍ. 



Entre el resto de la larga lista de marinos que 
pasan revista en el apostadero del Callao, con la 
escepcion talvez de los dos Carreños, del mayor 
jeneral de la escuadra don Diego de la Haza i de 
dos o tres mas que no conocemos, no figuran sino 
unos cuantos anfibios, soldados de mar i tierra, 
que han aprendido el arte de las revoluciones sea 
embarcados, sea tras de las paredes de un cuar- 
tel, cosa indiferente para el éxito. Han adquirido 
especial notoriedad entre estos últimos, los oficia- 
les de mar Astete i Ccirrasco, a quiénes cupo la 
lejítima i no pequeña gloria do la defensa del 
Huáscar en Pacocha, contra el Shah i el Aine- 
¡ tJiyste, el memorable 29 de mayo de 1877. 



lY. 



Entre los jóvenes alféreces de fragata i capita- 
nes de corbeta de la marina del Perú, lucen al 



l'S-l EPISODIOS marítimos 

contrario muchas esperanzas para el país vecino, 
porque debemos dejar aquí constancia con pesar 
profundo de un hecho i contraste indigno de nues- 
tra historia de progreso i de saher, esto es, que en 
el mismo año (1870) en que se suprimió hi escue- 
la naval de Valparaiso por «razón de economia», 
refundiéndose como está hasta hoi dia en la Aca- 
demia militar de Santiago, inauguróse la escuela 
naval del C¿illao destinada a dotar a nuestros ad- 
versarios de la jente profesional que hemos de 
necesitar con mas ahinco en el futuro. Yenecia ha 
abdicado voluntariamente ante Jénova, i dia po- 
drá llegar, en que bajo , el mismo principio san- 
tiaguino de universal absorción que en el dia 
predomina, habrá de buscarse nuestros futuros 
almirantes en el coro de la Catedral, donde hoi 
siquiera se sienta un bravo i bien probado capitán 
corsario, de oríjen maltes, es decir, hijo del mar. 



Y. 



Entre tanto, debemos decir una palabra de los 
jefes peruanos que han abierto contra Chile activa 
campaña dentro de sus propios mares. 

El capitán Grau, como Noel i como Montero, 
es hijo del valle de Piura, marino de la costa aha- 
jo como dicen en el litoral del Perú, cuyo núcleo 
i cuya cuna es Paita. Eiti su padre, don José Ma- 
ría Grau, un caballero colombiano de respetable 



LAS DOS ESMERALDAS 285 

Hombradía, qiio falleció en Valpf.raiso en 18G4 
cuando fué enviado moribundo por Pezet para afir- 
mar la fidelidad del hijo, capitán entonces de la 
corbeta Union, en viaje de los astilleros de Nantes 
al apostadero del Callao. Un hermano de este per- 
sonaje don José Manuel Grau, era coronel al 
servicio del Perú, hombre honrado i vehemente, 
dado a cosas de historia i antiguallas de papeles, 
mérito i profesión poco común en el Perú, escep- 
to en épocas de consolidación i rebusque finan- 
ciero. 

Nació el actual comandante del Huáscar, de 
madre peruana, en junio de 1835, i puede decirse 
en su alabanza que ha sido un hombre formado 
por sí mismo. Pía preferido mandar buques de ve- 
la, a ganar grados de guerra por motines, i en 
varias ocasiones ha servido como capitán en los 
vapores de la compañía inglesa del Pacífico, don- 
de ha conservado un nombre ileso 'de probidad i 
de juicio. 

No raya mui encumbrada su fama como hom- 
bre científico de mar. Pero es un brillante piloto, 
un hombre de valor reconocido, un hidalgo cora- 
zón i un navegante eximio, lo que esplica la fíxci- 
lidad de sus acometidas i oportunas retiradas co- 
mo comandante de crucero en el tranquilo océano 
que, en todo el litoral del Perú, lleva merecido el 
nombre do Pacífico. 

Unido a una señora de Lima desde hace diez i 



23G EPISODIOS MARÍTIMOS 

SC3ÍS años, es padre do numerosos i tiernos hijos, i 
por su esposa i relaciones ha contraído en Chile 
vínculos de afecto, pues es hermano político de 
afinidad con uno de los mas distinQ^uidos oficiales 
de nuestra marina, el capitán Yiel (1). 

En cuanto a sus sentimientos morales de que 
tan levantada prueba diera haciéndose el albacea 
noble i voluntario de la gloria del capitán chile- 
no que espiró vencido pero sin rendirse en su pro- 
pia cámara, nos bastará citar para su honra un 
solo ejemplo. El capitán Gran, aunque en escasa 
fortuna, vino a Chile el año último con el solo 
objeto de trasladar a su patria las cenizas de su 
padre. Sírvale esta memoria para ayudar a guar- 
dar en el respeto del infortunio i de la gloria las 
de los bravos chilenos que caerán en breve bajo 
la bandera tricolor en estranjero suelo! 



YL 



No respira la figura del capitán Garcia i Gar- 
cia, émulo antiguo del comandante Gran, la at- 
mósfera de simpatía que rodea al último. 

Tal vez mas intelijente i mas cultivado, es un 
espíritu adusto, no poco maleado por las arterías 



(1 ) Arabos son casados eu la misma familia. El capitán Gran 
con la señora Dolores Cavero i el capitán Viel con eu apreciable 
hermana la señora Mañuela Cavero. 



LAS DOS ESMEEALDAS 287 

políticas a que se ha entregado de continuo su fa- 
milia. — «Aristarco» le llama en mas de una oca- 
sión en su libelo de Gante el mordaz pero franco 
capitán Salcedo, a proposito de sus riñas cuando 
construyeron sus buques (el HuÁscrr i la lude- 
dependencia) en abierta rivalidad en 1865, i ri- 
ñendo dia a dia, los trajeron a Chile, tardando 
seis meses en la derrota a causa mas de sus iras 
que de los obstáculos del mar, las averías i el 
viento. 

Es el comandante García i García natural de 
Lima e hijo de un caballero español i de una se- 
ñora peruana que tenia el mismo apellido de su 
padre; i pasa éste en el Perú como el tipo de los 
hombres afanosos de aquella tierra sin trabajo 
que consagran todos sus esfuerzos a formar una 
meritoria familia al calor de los dones del poder. 
Rije todavía en cierta manera en el Perú el mis- 
mo sistema incarial de repartición de la cosa pú- 
blica, que con tanta maestría i detalles singulares 
describe el licenciado Polo i el viejo cronista On- 
dergando, que como primer hacendista de España, 
en el Perú, conoció a fondo aquella organización 
social, verdadero modelo indíjena del fcilansterio 
de Owen i de Fourrier. Agregan, no sin ciertos 
ápices de sal ática, tan abundante en Lima como 
la de cocina en Huacho, que para adiestj'ar a sus hi- 
jos desde la cuna en el arte de vivir holgados i a 
pié enjuto en un país que de continuo inundan 



23;? EPISODIOS SIARITISIOS 

las mares, cojíalcs el solícito padre, apenas daban 
los infantes el primer grito de la vida, en la pal- 
ma de su mano i arrojábalos en alto una i mu- 
chas veces basta que les veía caer en el blando 
colchón siempre de pié.... I así como nacian les 
educaba. 

Viene de aquí que los siete García i García (siete 
que así parecen catorce), hayan sido ministros en 
todos los ramos de la administración del Perú, di- 
plomáticos, presidentes del Congreso, coroneles, 
prefectos, capitanes de navio i hasta candidatos 
a la presidencia de la República, sin que a ningu- 
no de ellos haya vuelto jamas por completo su 
espalda la fortuna. Don José Antonio García i 
García, antiguo ministro del Perú en Bogotá i en 
Washington, donde dio a luz un libro estimable, 
era ministro de Estado cuando los negocios del 
Shali i del Huáscar, i dícese de su hermano Au- 
relio que fué el alma del motín que en el Callao 
debió echar por tierra al gobierno del jeneral 
PiTodo en una noche, a causa de aquella complica- 
ción con los inííleses.... 

Pero uno i otro cayeron «de pié» en la aven- 
tura i hoi todavía son dos potentados, el uno bajo 
el dosel de la Cámara de Diputados i en el Senado 
el otro. Un tercer García (don Vidal), es coronel de 
artillería i actualmente prefecto de Arequipa, i otro 
(Guillermo), murió con honor a bordo de la Iiide- 
pcRcIenda al lado de un quinto o sesto hermano. 



LAS DOS ESMERALDAS 280 

Por lo demás, es una familia masculina de edu- 
cación i de principios, i todavía recuérdase en Li- 
ma el tierno espectáculo que los siete hijos ofre- 
cieron a su ciudad natal, cargando sobre sus 
hombros el féretro del abnegado padre que les 
habia enseñado con desvelado empeño el arto di- 
fícil de la vida, mucho mas difícil en el Pera, al 
decir de un hombre ilustre (el jeneral Pardo de 
Zela) que en cualquiera otra comarca de este sue- 
lo en eterna combustión que se llama la América 
española. 



YII. 



Tales son, pintados con escaso rasgo los coman- 
dantes de las dos divisiones que han roto sucesi- 
vamente las hostilidades de la guerra contra Chi- 
le en Ghipana i en Iquique. De sus subalternos 
hemos dicho lo poco a que son acreedores, o que 
nosotros imparcialmente conocemos, e igual se- 
rena i noble justicia habremos de hacer a todos, 
porque escribimos historia i no diatriva. 

VIII. 

En cuanto al material de guerra puesto al ser- 
vicio de esos jefes, será suficiente digamos por 
ahora que la escuadra peruana, al comenzar la 
guerra, componíase de diez buques efectivos, en- 



200 EPISODIOS marítimos 

tre los cuales tenían el primer puesto como naves 
(le combate i de campaña, la fragata Independen- 
cia i el monitor Huasca)', ambos acorazados i 
construidos en Inglaterra en 1865, según detalles 
técnicos que mas adelante habremos de apuntar. 
Seguían en importancia la corbeta Union i la ca- 
ñonera Pilcomcnjo, que ya conocemos, i los tras- 
¡Dortes armados Chalaco (antiguo Callao), Lime- 
ña, Oroya, este último recién comprado a la 
compañía inglesa, como los anteriores, i el Talis- 
mán, quitado al pretendiente Piérola en el puerto 
de Pacocha en 1874. 



IX. 



Yenian en pos, i solo como buques de defensa, 
los afamados monitores Atahualjm i Manco Capac, 
Tcrdaderas baterías flotantes construidas para los 
Estados Unidos en el último año de la guerra ci- 
vil de aquel país. Son estos los conocidos moni- 
tores o rams de rio Cafawa i Oneoto, inventados 
por el bravo coronel Elett, i que fueron puestos 
a venta en Nueva Orleans por orden del gobierno 
de Washington, a virtud de una lei promulgada 
el o de febrero de 1868, lei que comprendía mu- 
chas naves de su clase. La venta del acorazado 
Diinderhery había sido autorizada con un año de 
anterioridad, el 2 de marzo de 1867. 

Fueron en consecuencia tasados ambos monito- 



LAS DOS ESMERALDAS. 2^1 

res en la crecida suma do 755,000 pesos, dos se- 
manas después de acordada su venta; e interesa- 
dos en realizarla para el Perú varios ajentes, 
entre los cuales figura un individuo llamado Fuen- 
tes, adquiriéronlos estos por tres veces ese valor 
o sea tres millones de pesos, sin tomar en cuenta 
el costo enorme de su trasporte al Pacífico. 

Era el tiempo en que el oro derramado por el 
presidente Balta corria a raudales. Pero es de 
creerse que los dos gobiernos, esto es, el compra- 
dor i el vendedor, fueron defraudados de sumas 
de importancia, porque el ministro de la marina 
mandó levantar un proceso lleno de tristes escán- 
dalos, proceso que fué dado a luz en aquel mismo 
año en Vfasliington por orden del Congreso i se 
reimprimió al año subsiguiente en Lima (1). 



X. 



Conducidos al Callao los dos monitores por ofi- 
ciales peruanos, a cuya pericia ese viaje a través 
de océanos dio señalado lustre, el Oueoto, que La- 
bia sido construido en Cincinnati, recibió el nom- 
bre de Manco Capac, i el Catawa, trabajado al pié 
de las colinas vinícolas de Pittsburgh, en el Oliio, 



(1) El título de esta publicación es el siguiente: — Investiga- 
ción acerca de la ventu hecha por el gobierno de Estados Unidos 
de los monitores Oneoto i Cataíva, Lima 1-869. 



292 EPISODIOS MARÍTIMOS 

el (le Atahucdpa, para completar así la familia iii- 
cari al, hija del sol. 

De poca utilidad liabian sido, entre tanto, al 
gobierno del Perú aquellas dos estrañas construc- 
ciones, dibujadas para los remansos rios de la 
América del Norte i que en mares lijeramente 
alterosas no pueden por lo mismo navegar sino a 
remolque. Por esta razón han estado fondeados 
uno i otro en el Callao o en Iquique durante diez 
largos años. 



XI. 



Contaba el Perú, en suma, con dos acorazados 
de potencia, dos monitores o baterías flotantes, 
dos buques lijeros de madera i cuatro traspor- 
tes susceptibles de ser medianamente armados i 
montados: en todo mas o menos cuarenta caño- 
nes en su mayor número de grueso calibre, en esta 
forma: 

La Independencia 1-1 cañones, el Huáscar 4, la 
Union 12, la Pilcoma?jo 6, el Atahualpa i Manco 
Capac dos piezas de a 500 cada uno. Los ocho 
])uques de la marina de Chile destinados a com- 
batir a aquéllos, cargaban diez cañones mas pero, 
con la escepcion de los doce de los blindados, eran 
de inferior calibre, no pasando los 16 de la Esme- 
ralda de a 40. 



LAS DOS ESMERALDAS 2'J3 



XIÍ. 



Por su composición especial, la flota peruana 
no podia formar con ventaja como la nuestra lo 
que en la táctica marítima se llama «cuerpo de 
batalla)), i era evidente que si sus jefes tenían al- 
guna pericia en los negocios de su profesión, tra- 
tarían de evitar a toda costa una batalla campal, 
limitándose a la guerra de defensa de sus puertos 
al abrigo de sus baterías fijas i a las emboscadas 
tendidas en su propia costa al amparo de señales 
i de avisos combinados con vijías de tierra, conve- 
nientemente apostados. 

Presajiábamos esto en la medianía de marzo, dos 
semanas antes de estallar la guerra, i es lo que 
ha sucedido invariablemente hasta el momento 
en que escribimos, desdo que la Union apareció 
en la boca del Loa el 12 de abril, i la P'dcomayo 
se presentó osadamente a sotavento de nuestra 
escuadra en las aguas de Tocopilla el 6 de julio. 
Cuatro dias mas tarde surjió de noche i por sor- 
presa otra vez el Huáscar, salvándonos de grave 
trajedia clemente Providencia (julio 10). La cap- 
tura del Rímac el 23 de julio es otro de los azares 
consiguientes a ese j enero de guerra. 

XIII. 

En consecuencia de este mismo plan, impuesto 



294 EPISODIOS MARÍTIMOS 

por hi naturaleza de sus armamentos navales, el 
gobierno del Perú dividió su escuadra en tres di- 
visiones independientes coníiándolas a sus mas 
reputados oficiales. 

La primara división compuesta de los buques 
lijeros de madera (la Union i la Pílcomayo), fué 
puesta a las órdenes del capitán de navio don Au- 
relio Garcia i Garcia. 

La segunda, formada por los dos acorazados, a 
la del oficial superior don Miguel Grau, coman- 
dante jeneral de marina antes de comenzar la 
guerra. 

La tercera, cuya base eran los dos monitores, 
seria comandada como reserva por el capitán de 
fragata don Camilo Carrillo, que dejó su blanda 
poltrona de terciopelo carmesí bajo el dosel de la 
Cámara de Diputados que presidia en Lima, para 
ocupar un oscuro retrete bajo la bóveda de fierro 
del Manco Capac, 

A cada una de estas divisiones se aoTcsró en 

o o 

calidad de aviso i auxiliar un trasporte lijero i al 
mando de oficiales esperimentados, en esta forma: 
— el Chalaco a los acorazados, el Oroija a los 
buques de madera i el Limeña a los monitores. 

La distribución i reparto de fuerza no podia a 
la verdad ser mas intelijente, ni mas claro el plan 
de guerra que su propia composición ponia de 
manifiesto. 

Pero sin embargo de que esta última era co- 



LAS DOS ESMERALDAS 205 

nocida desde la primera semana de abril, i que se 
la pudo ver en ejecución el 12 de ese mes en la 
boca del Loa, parece que tan seria circunstancia 
i tan evidente indicio sobre la naturaleza de las 
operaciones del enemigo se tuvo en poca cuenta, 
sea por los directores de la guerra en Santiago i 
Antofagasta, sea por el jefe de la escuadra blo- 
queadora de Iquiqne. El movimiento en masa de 
la escuadra de Chile hacia el Callao en la media- 
nía de mayo está probando este fatal error con 
evidencia. 

I cómo el acontecimiento vino, en pos de la pre- 
sunción, lójico i certero, es lo que vamos a dejar 
evidenciado en el próximo capítulo. 



ííic i:risuDn>í- .marítimos 



XXI \r. 

LE LIMA A ARICA. 



«De creer era, i con algún fundamento, puesto 
que nos encontrúbamos en la latitud de Ático, 
que esas luces anunciaban buques peruanos; no 
obstante, también habia razones para temer que 
fuesen buques chilenos. Nos encontr;íbamo9 en 
una tormentosa espectativa.» 

(Correspondencia del Comercio de Lima sobre 
el viaje del jeneral Prado del Callao a Arica). 



En el capítulo que precede al anterior, dejamos 
referido el primer tercio de la jornada de la escua- 
dra chilena en su rumbo al Callao, i como al caer 
la tarde (no en la alta noche como se ha dicho), 
cruzóse con aquélla a la distancia de 20 leguas, le- 
janía de mar suficiente para ocultar perfectamen- 
te el horizonte, a la altura del puerto de Molien- 
do, cabecera del ferro carril de Puno i Arequipa. 

¿Cómo habia acontecido caso tan estraño i tan 
aciago, danJo lugar a que la flotilla peruana 
diese tranquilo fondo en Arica, conduciendo al 



LAS DOS ESMERALDAS 2^7 



ejercito bloqueado i a, bus auxiliares de Moquegua 
i Tacna importantes refuerzos en dinero, en ar- 
mas, en jefes i en víveres? Materia será ésta i ad- 
versa fortuna de nuestras armas que consignare- 
mos en el presente cuadro. 



II. 



Lo que liabia tenido lugar en Lima, era simple- 
mente el desarrollo natural de las operaciones que 
dejamos indicadas. El presidente Prado, nombrado 
director supremo de la guerra i jeneral en jefe del 
ejército aliado en el territorio dal Perú, liabia re- 
suelto, empujado en gran manera por el ímpetu 
de la opinión popular, mucho mas vehemente i 
eficaz en Lima que en la flemática capital de pliile, 
ponerse en campaña, corriendo el albur de un 
encuentro casi inevitable con el grueso, de la es- 
cuadra chilena. 

En obedecimiento de esto plan, que no carecía 
de injenio ni do atrevimiento, el presidente Prado 
dejaba su palacio de Lima a las 11 do la noche 
del viernes 16 de mayo, en la hora i minutos en 
que precisamente iban abandonando su fondeade- 
ro de Iquique unos en pos de otros, todos los bu- 
ques chilenos. 

Componíase la cspcdicion peruana do los aco- 
razados Independencia i Huáscar, que formaban 

la vanguardia, i de los trasportes Z¿*we?Ía,(7/¿cí/aco 

38 



298 EPISODIOS MARÍTIMOS. 

i Oi'oyjct., según antes ya vimos. En este último 
hcabia izado su insignia el jefe del convoi, Garcia 
i Garcia, i en el venia también, al amparo de su 
conocida celeridad, el presidente Prado, acompa- 
ñado por un modesto estado mayor i por el pleni- 
potenciario de Bolivia en Lima don Serapio Reyes 
Ortiz, designado ahora para secretario jencral del 
presidente de ]3olivia en campaña. 



III. 



Cojí las demostraciones usuales en el mundo 
ofieial i entre la jente cortesana, hizo el presiden- 
te del Perú su despedida nocturna a la capital; i 
a las once i media de la noche del viernes 16 de 
mayo, estando todo listo a bordo, embarcóse en 
la nave capitana que se juzgaba la de mayor an- 
dar en el convoi. Por esta misma causa venia este 
buque cargado en esceso con proyectiles de guerra 
i todo jénero de sustancias esplosivas. El Oroya, 
al decir de sus tripulantes, era «un castillo de 
fuego.» 



lY. 



Hízose inmediatamente en la oscuridad densa 
de la noche la señal de la partida, i los cinco bu- 
ques comenzaron a gobernar cautelosamente ha- 
cia el cabcEo de la isla de San Lorenzo. Señalóse 



LAS DOS ESMERALDAS 200 

como punto jeneral de reunión la boca del rio de 
Ático, un poco al Sur de Cliala, así como el al- 
mirante Williapis habia fijado en esa misma hora 
i con idéntico propósito las dereceras de rio Ca- 
marones, un poco al Sur de Arica, para su escua- 
dra. Los dos convoyes enemigos marchando, en 
consecuencia, con rumbos opuestos, pero en di- 
rección el uno del otro, iban a jugar a la gallina 
ciega en el medio del océano. 



Y. 



Serias contrariedades perturbaron en las pri- 
meras horas la quietud de los espíritus a bordo de 
la escuadrilla peruana. Al salir del puerto, cobijó 
por completo el mar una de esas densas nieblas 
del E-imac que recuerdan por su intensidad i du- 
ración las del Támesis, i los buques hubieron de 
recurrir a señales hechas con sus pitos de vapor 
para evitar colisiones. 

Solo después de doce horas de impaciente 
aguíyda, esto es, a las 2 de la tarde del sábado 
17 de mayo, se alzó la calina del horizonte, i él 
convoi pudo seguir su rumbo desembarazado ha- 
cia el Sur. 

Mas, apenas habíanse perdido de vista los bar- 
cos que llevaban la delantera precedidos por el 
Huáscar^ surjió otro serio inconveniente que obli- 
gó al Oroí/rf, buque de retaguardia, a fondear en 



300 EPISODIOS I^IARTTIMOS 

el canal sur do la isla de. Cliinclia para eliminar 
(le su maquinaria un serio estorbo que retardaba 
el andar veloz de su máquina. Pariicc que se en- 
contró una barra o trozo de plomo en el tubo 
de alimentación de los calderos, i los peruanos, 
siempre recelosos, no dejaron do sospechar que 
aquel daño secreto liabia sido hecho antes de 
la partida por la mano oculta de algún pérfido 
chileno. 

Al fin de una mortificante pausa de seis horas, 
el buque almirante prosiguió su rumbo a la una 
de la mañana del 18 de mayo, i forzando su má- 
quina para dar alcance al convoi en el lugar de 
la cita, demoraba en la vecindad de este veinte i 
cuatro horas mas tarde. Era un dominólo. 



VI. 



Viva era la preocupación que en ese momen- 
to reinaba en el buque que conducia al jeneral 
en jefe del ejército, porque es evidente que cual- 
quiera que hubieran sido las precauciones de, re- 
serva i los eno-añosos lazos tendidos a la creduli- 

o 

dad de los chilenos, no so apartaba un momento 
del espíritu do los tripulantes del Oroija i de los 
otros buques de la flotilla enemiga la idea i el te- 
mor de un encuentro que seria para ellos una ba- 
talla a no dudarlo desio'ual. 

o 

Háse encargado de dejar constancia de estos so- 



LAS DOS ESJIERALDAS 301 

bresaltos de toda» las horas, i en especial de las de 
la rioclie del domingo, un intelijente escritor que 
venia a bordo del buque almirante en calidad de 
corresponsal. — «El Oroya, escribia en efecto en 
su diario de navegación, al acercarse aquél a la 
punta de Ático, a las 11 de la noclie del 18 de ma- 
yo, el Oroya forzó su andar e hizo rumbo al Oeste. 
Todas las luces fueron apagadas a bordo: solo los 
faroles de señales estaban listos a proa, a cargo 
del teniente Pinto, cubiertos i espeditos para ser 
izados, hediendo las señales respectivas. 

>La captura del trasporte hubiera sido una pre- 
sa de valor inestimable. A parte de la influencia 
mor¿il por la captura del jeneral Prado i del per- 
sonal que le acompañaba, hubiera conquistado el 
enemigo el dinero de la comisaría, dos cañones 
((Vavasseur,)) caballos, armamento, carbón i gran 
cantidad de parque. 

i)Una sola granada, añade, lanzada por cañones 
chilenos a bordo del trasporte, nos hubiera hecho 
volar: habria conseguido el efecto del mas formi- 
dable torpedo a causa de los elementos esplosivos 
que el buque guardaba en sus bodegas.)) 

I en seguida acaba el lance con esta animada 
descripción del encuentro feliz de todos los bu- 
ques amigos: — «El Oroya hace la señal de inteli- 
jencia. Pocos momentos después, en el negro 
horizonte se ven desaparecer i relucir en breve 
los pimtos luminosos que antes divisamos: ¡Bravo! 



302 EPISODIOS marítimos. 

son contestaciones amigas a la indicación del 
Oro y a. 

i>;Luz a popa! csclama el oficial del puesto: son 
las 11 P. M. Un negro penacho de humo viene 
destacándose entre la semi-oscuridad que nos ro- 
dea: su andar es tan rápido como el del Oroya, i 
sigue cumplidamente la blanca estela que nuestro 
buque marca en el agua. 

» Todos los anteojos se dirijen a popa, i dos lu- 
ces blancas i una roja nos anuncian al Huáscar. — 
Xo hai duda ¡es él! 4 

I» Pocos instantes después es completo el reco- 
nocimiento: las luces de Bengala iluminan el mar; 
a su brillante claridad se avistan todos los buques 
peruanos. 

)) Nueva emoción de alegría i de sorpresa. 

)) ¿Dónde estarán los chilenos? es la pregunta 
que todos se hacen. — -Acaso no tardaremos en en- 
contrarlos, responde alguno. — Nos esperan a la 
altura de Moliendo, contesta otro. No falta tam- 
poco quien asegure un mal éxito a la espedicion: 
se cree que la escuadra enemiga está en Arica. 
En tal caso el combate es inminente como inde- 
fectible es también la pérdida del Oroya. 

))Esperemos i ¡adelante! — Aguardemos a ma- 
ñana.» 

YII. 

Confirma i da alas a estas mismas emociones, 



LAS DOS ESMERALDAS 303 

no obstante la seriedad técnica de un despacho 
oficial, el comandante en jefe de la división en su 
parte de operaciones pasado a su gobierno a su 
regreso al Callao el 25 de mayo, cuyo interesante 
documento publicamos íntegro mas adelante (1). 
— «Próximo a la Punta de Ático, dice, el coman- 
dante jeneral de la primera división, Garcia i 
Garcia, nos hallamos a las 11 P. M., i en tal altura 
fueron descubriéndose sucesivamente las luces i 
mas tarde las intelijencias de cada buque i convoi, 
incluso el Chalaco que se les habia reunido. Todos 
tomaron desde entonces hacia el Sur el rambo do 
la capitana.» 

YIII. 

Pasóse aquella noche sin ninguna novedad, na- 
vegando silenciosamente el convoi a toda máqui- 
na, tan apegado a la costa como les era posible, 
en los momentos que los nuestros ganaban por 
una intención opuesta la mayor altura del mar. 
Nunca se vio lance mas estraño, ni de mayor for- 
tuna para los que huian la batalla ni de mas mar- 
cado contraste para los que con pechos resueltos 
iban a buscarla. 

(1) Véase en el Apéndice el núm. 10. — Con el mismo pro- 
pósito damos a luz el parte oficial que de sus operaciones pasó 
el jeneral Prado al vice-presidente La Puerta, sobre las prime- 
ras operaciones de su arribo a Arica. Véase el núm. 11. 



304 EPISODIOS marítimos. 

Al amanecer del láiies 19, el comandante Gar- 
cía i García bajo al camarote del jeneral en jefe i 
commiicóle de viva voz el parte de ordenanza: — 
«Sin novedad, Excelentísimo señor!» 

— dConvoi en rumbo a Mollemlo, agregó el pre- 
cavido marino: horizonte despejado.... 

— ((Bien comandante! contestó S. E, Que nos 
acompañe siempre esta buena estrella. ¡Ade- 
lante!)) (1) 

Habíase apagado en esos momentos en el ho- 
rizonte la fúljida estrella de Chile, como el lucero 
del alba que esconde sus últimos destellos tras el 
pardo monte. Era el sol del Perú el que se alzaba 
brillante con el dia? 



IX. 



A poco de amanecer apareció, en efecto, un 
humo en el horizonte, un poco al Norte de Mo- 
liendo. Reconocido por el Ilacíscar, resultó ser el 
vapor lio, el mismo que hemos dicho habia pasa- 
do inmune delante de Iquique en la mañana del 
xlia 17, i cuyo capitán llamado Cross, u otro de sus 
tripulantes, comunicó al jeneral Prado la fatal no- 
ticia de la salida de nuestra escuadra hacia el 
Callao i el irremediable, torpe i fatal abandono de 



(1) Correspondencia del Comercio de Lima, a bordo del 
Oro^a. — Arica, mayo 20 de 1879. 



LAS DOS ESMT'.IIALDAS 305 



la Esmeralda i de la Covadonga en el puerto blo- 
queado. 

Era tan buena pero al mismo tiempo tan inve- 
rosimil la nueva, que el jeneral no quiso creerla, i 
aun afirmó a los de su séquito que el Cochrane es- 
taba en Antofagasta (como en efecto lo estuvo 
hasta la víspera de la partida al Norte), i que por 
consiguiente, a esas horas, debia hallarse esta na- 
ve poderosa sosteniendo i vigorizando, el bloqueo 
de Iquique. 



X. 



De todos modos, con ánimos alijerados de tor- 
cedor sobresalto, prosiguieron su derrota los ma- 
rinos peruanos, i a las 5 en punto de la tarde, 
cuando la escuadra chilena pasaba tranquilamen- 
te por su frente, según antes dijimos, el convoi 
fondeaba en Moliendo entre alegres repiques, 
músicas i embanderamientos espontáneos. Aque- 
llas j entes suspiraban desde hacia cuarenta dias 
por divisar sobre las ondas las quillas i los pen- 
dones de su mar. 

Hicieron allí carbón el Huáscar i la Indepen- 
dencia, tomándolo de la bodega de los trasportes 
del convoi, i después de un breve reposo de seis 
horas bien ocupadas en trabajos militares, pro- 
siguió aquél su carrera al Sur a las 11 de la no= 
che. 



508 EPISODIOS marítimos 

Al dia sif^fuiente, martes 20 de mayo, la escua- 
dra entraba triiinñilmente a Arica a las dos de la 
tanlo, mientras que los chilenos navegaban cccon 
viento fresco» (así dice el corresponsal del Blan- 
co) a la altura de Pisco, i por consiguiente, casi a 
las puertas del Callao. 

Lo que sucedió en seguida será digno de ser 
contado aparte. 



LAS DOS ESMERALDAS XI 



EL HtTASCAR I LA HÍDEPEUDENCIA. 



<íí^o denigremos <i los monitores, porqT-ie son 
adversarios diguos de una si'-ria coníideriicioi. "■ 

(La marina dfi Editados Uaidoti en su últirna ¿¡ue- 
rra. Folleto publicado en Chile en 1805). 

(tSegun las noticias trasmitidas por la TurqvoU,:' 
la escuadra chilena, debia encontrarse caminanco 
rumbo al Norte, acaso con dirección al Callao 

»E1 jeneral Prado concibió el arrojado f royec ,<> 
de hacer espedicionar al Huáscar q Independen: ia, 
con orden de apresar a la Esmeralda, Covai.onqa 
i trasporte Lámar, cfue debian, según todas las 
probabilidades, hallarse sestenieudo el bloqueo de 
Iquique.B 

(Correspondencia del Comercio do Lima, a 
boríJo del Oroya, mayo 2§ de 1879). 



I. 



Al echar sus anclas, (eon pocas veces vista for- 
tuna en un YÍaje furtivo de mar i casi a ia vista 
de poderoso pero desapercibido enemigo), el con- 
voi que conduela del Callao a Arica al director 
de la guerra con su estado mayor, comisaría i el 
parque rico i numeroso acopiado durante cuaren- 



■¿jS episodios .MAPJT iJIOS 

ta dias en Lima, tuvo lui^-ar uu hecho de estraor- 
diñaría gravedad, i que en hi corriente vertijinosa 
de los tiempos de conmoción en que vivimos, ha 
pasado casi sin noticia. Tal fué la visita, que al 
decir de los tripulantes del Oroi/a, hizo al jene- 
ral Prado en la hora misma de su llegada, el ca- 
pitán de la corbeta de guerra Tarquoise, i el anun- 
cio que de este buque ss trasmitió, según la 
leyenda del epígrafe, al jefe enemigo acerca de la 
desamparada situación de los buques chilenos en 
Iquique. 
• ¿Es esto cierto?. I si fué cierto ¿ha podido ser 
lícito? He aquí una grave cuestión de honor i de 
Ici internacional que no podríamos decidir a fon- 
do sino en posesión de datos mas fehacientes que 
en la hora debida hemos solicitado. I entre tanto, 
que esa justicia así aparejada llega, debemos creer 
apócrifo tal rumor impreso i corrido en Lima sin 
contradicción, porque si bien es un hecho consa- 
grado por la historia que no pocas veces ha sido 
la Gran Bretaña i su omnipotente marina azote 
de débiles, ignoramos en que ocasión fuera espía 
de los fuertes. 



11. 



-No por esto deja de quedar establecido como 
un hecho verdadero, que al llegar a Arica el jene- 
ral Prado «desnudando su espada i saludando en-. 



LAñ DOS ESMERALDAS 309 

tusiasta al Perú i a Bolivia (1)...?), después de no 
haber concedido sino dudosa fé al parte trasmitido 
en la tarde anterior por el lio sobre la situación 
aislada de los dos buques chilenos en Iquique, 
prestó a la grata nueva completo asentimiento 
en aquel puerto, i en el acto resolvió un plan de 
ataque, que debia ser, en su concepto, tim rápido 
como afortunado. 

Dijimos antes, que el convoi habia fondeado en 
Arica a las dos de la tarde del 20 de mayo, en 
medio de la incredulidad de los mismos jefes pe- 
ruanos que se ocupaban desde hacia seis semanas 
en fortificar a mansalva i en nuestras propias bar- 
bas, aquel punto históricamente estratéjico, llave 
maestra que abría con un solo resorte las dos 
puertas del Períí i de Bolivia. 

ISÍadie podia creer allí en tan singular ventura, 
i solo cuando el contra-almirante Montero, con su 
ojo esperto de marino descubrió, ayudado de po- 

{\) Procla,ma ([q\ jenei'fil Prado, ai desembarcaren Arica. No 
será fuera de lugar recordemos aquí que esta espada así desen- 
vainada fué un obsequio de Chile eu 1866 i que le fué enviada 
por una comisión compuesta de los señores líaíael Larrain, Ra- 
fael Sotomayor, Antonio Varas, Domingo Santa María, Guiller- 
mo Matta i Francisco Echáurren. 

Contestando a la nota reijiisoria del espléndido presente, el 
jencral Prado decia el 20 de junio de 1866. — «Esa espada no 
será desenvainada sino en favor de la independencia de la x\mé- 
rica i en favor de las instituciones que consolidan la libertad re- 
publicana.» 



310 * EPISODIOS marítimos 

deroso ariteojo, desde Las baterías del Morro la 
forma i la quilla de los buques que le eran fami- 
liares i esclamo :~/ií7^ la escuadra del Perú!, esca- 
pólo de todos los pechos oprimidos por la angus- 
tia el clamor del regocijo, pusiéronse a vuelo las 
campanas e izóse en todas partes el pabellón que 
debia saludar a los bien venidos. — «El éxito de la 
espedicion, esclamaba el comandante jeneral Gar- 
cía i Garcia en su parte de operaciones, ha sido 
completo i). I así era la verdad, porque el encuen- 
tro de las dos escuadras pudo decidir con brillan- 
tes especta-tivas de fortuna para Chile, no solo de 
la campaña sino de la guerra misma como plan i 
como éxito. 

Ahora, por el contrario, el ejército, descalzo, 
desnudo, desarmado i casi hambriento de Bolivia 
iba a quedar suficientemente surtido. Iquique i 
Pisagua recibirían nuevos refuerzos; apertrechá- 
base lio, llave del valle de Moquegua, i lo que era 
mas grave que todo esto, con relación a las em- 
presas del porvenir, las incipientes fortificaciones 
de Arica, que nuestros blindados habían permití- 
do erijir ladrillo por ladrillo, recibían dos cañones 
adicionale's de 300 libras, sistema Yavasseur, que 
fueron desembarcados en el espacio de tres horas 
d3sde la llegada. 

III. 

"Pero mientras todo esto se llevaba a cabo con 



LAS DOS ESMERALDAS. 311 

celeridad do minutos, el jeneral Prado celebra- 
ba a bordo del Oroya nn apresurado consejo 
de guerra, en que se concertaba un plan de ver- 
dadera destrucción i ruina para el litoral seten- 
trional de Chile, para su ejército i aun para sus 
puertos incfefensos de las provincias de Atacama 
i de Coquimbo. 

Asistieron a ese consejo los comandantes Gar- 
cía i Garcia, Grau i Moore, i en él acordóse, sin 
mas tardanza que la de una conversación familiar 
entre camaradas, el siguiente plan cuya ejecución 
se pondría instantáneamente en obra. 

Los dos blindados peruanos repletarían en el 
acto sus carboneras, i saldrían sin pérdida de 
segundos para capturar o echar a pique los dos 
viejos buques de madera que bloqueaban a Iqui- 
que, doble hazaña que se conceptuaba obra de 
pocos minutos. I levantado así el bloqueo d.> he- 
cho, los dos buques seguirían al Sur en demanda 
de los puertos i trasportes enemigos, mientras que 
desde Arica se socorría el puerto bloqueado con 
todo jéncro de recursos, en armas, en víveres i ^r 
tropas. 

Sabíase, o por lo menos sospechábase en Arica, 
por el constante ir i venir de ios vapores ingleses 
del Callao a Valparaíso, que estaba por salir de 
este puerto un numeroso convoi de tropas, como 
que en efecto, el día 19 de mayo se habían hecho 
a la vela en Valparaíso con dirección a Antofa- 



3.12. EPISODIOS MARITI5I0S. 

gastii tres mil hombres, siendo éste otro de los 
motivos que no harán jamas escusable el movi- 
miento de nuestra escuadra al Norte, dejando inde- 
fensa i descubierta toda la línea de nuestras ope- 
raciones marítimas i terrestres, i especialmente su 
retaí^uardia. 

Por consiguiente, los dos acorazados desemba- 
razados de su fácil tarea de Iquique, prosiguirian 
inmediatamente su viaje a Antofagasta; echarían- 
se en la mar o en el puerto sobre los trasportes 
chilenos, con tropas o sin ellas, i en seguida bom- 
bardearían la plaza que guarnecía nuestro ejérci- 
to, en medio de un inhospitalario desierto, i demo- 
liendo con las baterías de la Independencia, mucho 
mas aptas que los cañones de torre del Huciscar 
para un bombardeo de tierra, pondrían los cator- 
ce o quince mil hombres allí aglomerados, a la 
prueba terrible de la sed. — Los peruanos eviden- 
temente bnscaban otro Paucarpata. 



lY. 



No hai constancia suficiente de que aquel plan 
de tan sencilla como inevitable ejecución, dadas 
las circunstancias de nuestra marina, se estendie- 
R3 hasta nuestras caletas mas meridionales del 
Desierto i aun a los puertos de Atacama, que co- 
mo Chañaral i Caldera, encierran tan valiosos 
como indefensos intereses. Pero es mas que segu- 



LAS DOS ESMERALDAS 313 

i'O que, cebados por el botín i por el éxito, los dos 
comandantes peruanos se habrían lanzado a nue- 
vas i mas fáciles empresas, no contando el país 
agredido con mas defensa eficaz para resistirles 
que las baterías de Valp¿iraiso, no del todo orga- 
nizadas todavía en esa época. 

Pero como se pensó i conversó, así se hizo, ha- 
llándose lista la espedicion al Sur a las ocho de la 
noche del 20 de mayo, esto es, cinco horas des- 
pués del arribo i dos o tres del acuerdo. 



Y. 



El rápido trasporte Chalaco, agregado a la se- 
gunda división, que era esta vez la espedicionaria, 
debía 'formar parte del convoi como aviso i de- 
pósito de combustible. Mas es preciso reconocer 
que los dos blindados peruanos sobraban pai^^a el 
acometimiento i logro de su empresa maravillosa- 
mente sencilla. 

VI. 

Era el Huáscar un buque, bajo todos conceptos, 

digno de respeto como máquina de guerra, según 

lo describimos en la medianía de marzo, porque 

habia sido intelij ente mente concebido i ejecutado 

para mares como los que ahora cruzaba i para el 

j enero de combates que en estas lejanas costas 

habría de ser posible ocurriesen. 

40 



314 EPISODIOS marítimos 

Cuando el almirante Pinzón se apodero por sor- 
presa de las islas de Chincha el 14 de abril de 
1864 con do"s fragatas i una goleta de madera (la 
Cúvadonga) envió, en efecto, el presidente Pezet 
a Europa, dos oficiales de mar encargados de ha- 
cer construir en Inglaterra dos naves poderosas, 
i fué éste el oríjen de los acorazados que aho- 
ra venian a combatirnos i cuya existencia en el 
Pacífico hahia provocado indudablemente la eje- 
cución de nuestras fragatas blindadas, cinco años 
mas tarde. 

El capitán de fragata don Aurelio Garcia i Gar- 
cía, reputado como eximio en su profesión, mar- 
chóse a Londres, i el capitán de navio don José 
María Salcedo, chileno de nacámiento, a Liver- 
pool. 



VIL 



Puso este activo i probo oficial tanta dilijen- 
cia en la ejecución de su cometido, que hallándo- 
se con licencia en el Tomé el 11 de mayo, dia en 
que súpose tardíamente en ese puerto la ocupación 
de las Chinchas, llegaba a Liberpool el 30 de ju- 
nio. 

Después de vagar por casi todos los astilleros 
del Reino Unido i de Francia en demanda do bu- 
ques hechos que se ofrecían al Perú por hallarse 
todavía este país ignominiosamente en estado 



. LAS DOS ESMERALDAS 315 

de revindicacion españolea, mas no en estado de 
guerra nacional, resolvió al fin el capitán Salcedo, 
de acuerdo con el ministro del Perú en Londres 
don Federico Barreda, hombre de recursos i de 
influencias, construir un buque especial en el as- 
tillero que ios afamados empresarios navales 
Laird hermanos tienen en Birkenhead, frente a 
frente de Liverpool, rio Mersey de por piedio. 

YIIL 

Era aquella la época en que los americanos del 
Norte habian puesto en moda el sistema de mo- 
nitores i de rams, reviviendo los arietes de las 
antiguas guerras de romanos i cartajineses, pues 
ése es el verdadero significado de esa palabra in- 
glesa. Agregábase a esto la novedad del aparato 
de torres jiratorias, colocadas en el centro de los 
buques de guerra a manera de invulnerables cu- 
reñas, de que era inventor el malogrado capitán 
Coles, hombre de verdadero jenio como Erickson. 
Sabido es que fué este injeniero, natural de Succia 
i avecindado en Nueva York, el inventor de las 
moles de fierro que él denominó monitores por un 
capricho de lenguaje, así como el coronel Ellet, 
el gran batallador a espolonazos en el Missisipi, 
hombre el último de un valor su])limo, fué el 
autor práctico del ram. El capitán Ellet pereció 
en hora infortunada como el capitán Coles, suer- 



31G EPISODIOS ilARITIMOS 

te analogía a la de todos los grandes invento- 
res (1). 

IX. 

No había trascurrido, en efecto, muclio tiempo, 
cuando el capitán Salcedo llegaba a Europa desde 
el día en que tuvo lugar en el rio Savanali el 17 
de junio de 1863 el famoso combate entre el mo- 
nitor Wehawlcen i el gran blindado Atalanta que 
fué echado a pique en menos de un cuarto de hora, 
exhibiendo así en ma5'or relieve las ventajas del 
invento recientemente puesto en ejecución para 
los combates de costa. Era lo mismo que quince 
meses antes habia sucedido en la bahía de Norfolk, 
cuando el primer monitor de Erickson, montado 
por el bravo Worden, puso, después de cinco horas 



(1) El injeniero sueco Erickson, puso a su modelo naval, que 
liemos visto reproducido en oro en Nueva York bajo un fanal, el 
ngmbre de moyiitor, por alguna analojia con el lagarto que lleva 
este nombre en la fauna europea i es, después del cocodrilo, el 
sauriano de mayor porte conocido. De la misma manera David 
Busheuell, otro injeniero de Estados Unidas, habia bautizado 
con el nombre de toiyedo en 1776, la máquina sub-marina que 
<cí inventó para atacar el fondo de los buques ingleses que blo- 
queaban a Boston i que tenia la forma de una tortuga, a cuya 
familia pertenece el torpedo, o pescado eléctrico. Es ésta una 
especie de guarisapo colosal que nuestros pescadores llaman el 
temblador, por la conmoción eléctrica que produce al tocarlo i 
que constituye su única pero terrible arma defensiva. 



LAS DOS ESMERALDAS 317 

(le terrible liiolia, fueríi de combate al espantable 
acorazado Merrimac, el 9 de marzo de 1862 en l;i 
bahía de aquel nombre. — <rSi a mi llegada al Pací- 
fico, decia fantásticamente el capitán Salcedo, que 
era hombre de viva imajinacion i de grandes pala- 
bras, si a mi llegada, hubiese aun cuentas que arre- 
glar, con el Huáscar solo, yo emprenderé contra los 
cinco Sarracenos de las Chinchas, seguro del buen 
resultado. Yea Ud., anadia, la relación que en el 
llar pies Weeckly de 11 de julio de 1863 se hizo 
de la toma del poderoso buque blindado Atalanta 
por el buque de torreón Wehawken de los federa- 
les, de solo un torreón con dos cañongs de 410 
libras, i que con solo cinco tiros lo obligó a ren- 
dirse. Es un hecho que praeba la bondad de esta 
clase de armamento sobre el de baterías al cos- 
tado (!)•>> 
El comandante Salcedo, que siempre afectó 

(1) Carta del comandante Salcedo a un amigo de Chile (pro- 
bablemente el coronel Saavedra), encontrada en copia entre los 
papeles de don Ambrosio Rodríguez, ájente en esa época de 
Chile en Londres. El papel tiene el monograma del señor Juan 
de Dios Arlegui. 

En una carta posterior del 16 de agosto de 1865, refiriéndose 
a noticias positivas que había recibido Salcedo agregaba: — dSe 
sabe que haí un compromiso solemne (de Pezet con Pareja), 
por el cual el Perú no tomará parte en la cuestión con Chile. 
■¡Que tal pago el que se espera!» En esa misma carta el capitán 
S.dcedo se daba el placer de llamar a su presidente Pezet c(uíi 
zamarro baboso.» 



318 EPISODIOS marítimos 

imitar o nu pudo borrar del todo por hábito i 
afecto el lenguaje de los campos de su país natal, 
llamaba al Ilfiáscar, traduciendo rudamente su 
nombre ingles de irtm — <(el carnero padre», i 
dejía qu5 con él echaria a topadas a los españoles 
del Pacífico. De igual manera solia esclamar en 
Londres en 1854, cuando construía la Apurimac, 
el Loa i el Tambes en Blacwall, donde en esa épo- 
ca le visitábamos; que los chilenos, sus paisanos, 
les quitarían algún cha esos buques «a sombrera- 
zos. -^ 



X. 



Después de una serie de consultas i de vacila- 
ciones, orijinadas particularmente en Lima, quedo 
resuelta la construcción de un monitor especial 
de torre, capaz de atravesar sin peligro el océano, 
i en cierta conformidad al blindado de torres que 
la casa de Laird hermanos había construido el año 
anterior para el gobierno ingles, conforme a los 



El contra-almirante Salcedo tuvo siempre un corazón chileno 
i por esto vino a morir en nuestro suelo (1878). 

Había entrado a la marina peruana en 1821, i constantemen- 
te postergado por advenedizos peruanos de quienes decía con su 
suelta lengua, que no servían «ni para mascarones de proa» co- 
mo el almirante Forcelledo, se dissfustó de riñas i de iuo^ratitu- 
des i vínose a Chile, donde contrajo matrimonio con una inte- 
resante joven de Chillan, la señorita Emilia Solar, su paisana. 



LAS DOS ESMERALDAS. 319 

inotlclos del capitán Coles i que llevaba el nouiljre 
peculiar de el Escorpión. 

Se pidieron, en consecuencia, propuestas, i ha- 
biendo variado el precio de 9G,000 <£ (^Alhion 
Works) a 71,000 £ pedidas por la casa de Laird 
hermanos, fueron éstas admitidas i firmadas el 16 
de diciembre de 18Gi. Los propietarios del astille- 
ro de Northñeet, que habian construido la Esme- 
ralda, presentaron una propuesta de 78,000 Jo o 
sea 400,000 $, tres veces el importe de aquélla (1). 



XI. 



El Himscar es un buque sólido i bien compar- 
tido, de la clase llamado í monitor marinero» (sea- 
goniíj moidior), con aparejo de bergantín, del por- 
te de 1,130 toneladas (mas o menos el de la 
Esmeralda), máquina de trescientos caballos i un 
andar primitivo de doce millas, que ahora, apesar 
del uso de 14 años, ha caido en uno o dos nu- 
dos. Monta dos cañones de a 300 en su torre i dos 
de a 40 en la cubierta. 

Sus proporciones i detalles son los siguientes, 



(\) Segim las cuentas detalladas que presentó el honrado co- 
mandante del Huáscar i cuyo carioso pormenor fué publicado 
en el Mercurio de Valparaíso el 22 de julio de 1S66, el importe 
total del Jíiiáscar con sus extras ñié de 81,247 £ 10 chcliucií i 
im pcniqíte. O sea '106,239 % li cts. de nuestra moneda. 



S-.>0 EPJ SODIOS MARÍTIMOS 

traducidos de la Ilustración de Londres del 17 
de febrero de 18G6, que publicó un pormenor 
del -buque peruano, al dejar las costas de Ingla- 
terra: — ((Sus dimensiones son: 200 pies en su 
mr.yor Lirgo, 35 pies ancho i 20 pies de profundi- 
dad. El casco es de fierro mui sólido i separado 
interiormente por divisiones a prueba de agua 
para aislar su torreón, máquinas, calderas i sus 
f)artes mas vitales en separadas distribuciones. 
Ademas de estos detalles de previsión i seguridad 
para el buque, tiene un doble fondo debajo de la 
maquinaria, calderas i torreón, que se estiende 
hasta el entrepuente. 

3) El blindaje es de 4^ pulgadas, estendiéndosc 
desde la cubierta hasta 3é- pies bajo de la mas 
cargada línea de agua i disminuyendo gradual- 
mente hacia la popa i proa para disminuir el na- 
tural balance de alta mar. El blindaje está sobre- 
puesto a un enmaderado de teak de 10 pulgadas. 

5)La cámara i camarotes para la oficialidad i 
tripuia,cion son de lo mejor, i bien ventilados por 
claraboyas i lumbreras en los costados, i se comu- 
nican libremente de popa a proa por puertas de 
fierro corredizas sobre las divisiones internas a 
prueba de agua. 

))E1 espacio en el cuartel de provisiones es am- 
plio para el depósito de víveres i pertrechos para 
seis meses. 

))La torre tiene una forma cilindrica cubierta 



LAS DOS ESMERALDAS S2l 

con un blindaje de 5^ pulgadas; está colocada de- 
lante del departamento de la maquinaria i pro- 
vista de declives i rodados para dos cañones de 
12 J toneladas i balas de 300 libras, del sistema del 
capitán Cowj)er P. Coles de la marina real in- 
glesa. 

))Su aparejo es de bergantín con el trinquete en 
forma de trípode, según patente del capitán Coles, 
para facilitar el movimiento i manejo de los caño- 
nes en el torreón.» 

XIL 

Tuvo el íldáscar ocasión señalada de demos- 
trar sus escelentes cualidades marineras i de com- 
ísate en el célebre encuentro de Pacocha que 
tanto ha engreído i con justicia a los marinos pe- 
ruanos. Atacado el monitor por dos buques po- 
derosos de S. M. B. el Shah i el Amethyste el 29 
de mayo de 1877 a las dos de la tarde, se de- 
fendió durante tres horas i media i hasta que en- 
trada la noche pudo escapar a Iquique donde se 
entregó bajo parlamento a la fragata Indepen- 
dencia. 

Cierto es que durante tres horas i media el aco- 
razado peruano solo pudo hacer quince disparos i 
que ninguno de éstos tuvo efecto. Pero de las 
doscientas balas de sus contrarios solo una perfo- 
ró el blindaje junto a una lumbrera, matando al 

41 



S22 EPISODIOS marítimos. 

corneta de órdenes, única víctima de la prolon- 
gada i desigual batalla (1). 

XIII. 

En cambio de sus ventajas de ataque ofrece es- 
te buque, como todos los de su especie, el peligro 
de ser de fácil abordaje, por marinos de temple, 
cuando los suyos no asoman a cubierta o hayan 
sido barridos de ella. Notó este grave inconvenien- 
te el comandante Salcedo al tiempo en que lo ha- 
cia construir, i por esto pusiéronle en la popa i en 
la proa dos reductos con un cañón de a 40 en cada 
estremidad, cañones que parece no han sido puesto 
en uso en los últimos combates (2). 

XIV. 

Entre tanto, solo once meses estuvo en grada 



(1) Los peruanos, i especialmente los oficiales revolucionarios 
Astete i Carranza que mandaban el Huás'car, atribuyeron la 
falta de punterías del monitor a que los estopines estaban mo- 
jados... P©roes indudable que este buque no se distingue por el 
acierto de sus miras, talvez en razón de su construcción dema- 
siado baja o la de su torre, susceptible de desnivelarse. 

(2) «Pero notando yo ser su parte vulmrahleQ indefensa la 
cubierta, hice ese arreglo que lia agradado a los constructores i 
personas intelijentes, pues sin eso se puede abordar o batir por 
la popa estos btcques.D — (Cartas citadas del comandante Sal- 
cedo), 



LAS DOS ESMERALDAS 323 

el monitor peruano en un dique seco sobre el Mer- 
sey, de suerte que se le echó al agua el 17 de oc- 
tubre de 1865, casi completamente terminado i 
en los momentos en que iba a llegar a Europa la 
noticia de la agresión de los españoles contra 
Chile. Sin embargo, logró hacerse a la mar antes 
que se tuviese noticia cierta por el gobierno ingles 
de la declaratoria de guerra hecha por el Perú 
aliado nuestro, al almirante Méndez Muñez. 

El viaje del Huáscar desde Liverpool a Valpa- 
raíso, en consorcio con la fragata Indepc/idcn- 
cía, ha sido referido estensamente por el coman- 
dante Salcedo en un folleto vivo i apasionado que 
publicó en Gaste en 1867, i que es digno de ser 
leido mas como diatriva que como trabajo profe^ 
sional (1). 

XV. 

La construcción de la fragata Independencia en 
los talleres que en el Támesis (Poplar) mantie- 
nen todavía los ricos comerciantes i hombres po- 
líticos Samuda hermanos, de oríjen maltes, había 
marchado a parejas con la del Huáscar en el Mer- 

(1) El título de este panfleto escrito en Londres en noviem- 
bre de 1867 es el siguiente. — Esposicion qice J. M. Salcedo hoce 
o, sus amigos, relativa a su conducta observada desde el lA de 
abril de ISGé, dia en que tuvo lugar la toma de las islas de 
Chinchcc por la escuadra española. (127 pajinas). 



324 EPISODIOS MAHITIMOS. 

sey, si bien con mucho mayor demora, aunque 
habia sido comenzada aquélla con alguna anterio- 
rida:l (1). 

Atribuía esta mortificante tardanza el impe- 
tuoso comandante del Hactscar, a la circunstan- 
cia de no haber cumplido el capitán Garcia i 
García su deber de la manera como él acostum- 
braba ponerlo por obra, pues en once meses no se 
había movido del astillero, al paso que su mas jo- 
ven colega no salla del lujo de su residencia en la 
aristocrática plaza de Bedford abierta en el cuartel 
mas suntuoso de Londres. Ello es lo cierto que el 
Huáscar se escapó del Mersey el 17 de enero de 
1866 i estuvo 35 días aguardando a su consorte 
en el puerto de Brest, con grave riesgo de ser 
ambos detenidos a requisición de España. 

Al fin, los dos barcos se juntaron, después de mil 
peripecias, el 20 de febrero, i salieron el 27 de ese 
mes con rumbo a la isla de Madera, dándose en 
una noche oscura i tempetuosa, que era la siguien- 
te de su derrota, tan violento choque, borda con 
borda, como era el odio mortal que los dos co- 



(1) El contrato para la construcción de la Independencia fué 
firmado el 80 de marzo de 1804? entre Mr. José Aguilar Samuda, 
de Poplar, i los señores Enrique Kendall, cónsul del Perú en 
Londres i el capitán Garcia i García, por la suma de 108,000 £. 
Per esto la fragata fué echada al agua tres mesas antes que el 
Huáscar, esto es, el 8 de agosto de 1865. 



LAS DOS ESMERALDAS 325 

mandantes se profesaban. I de aquí los libelos i 
las recriminaciones (1). 

XYI. 

A consecueneia de aquel encuentro, los blinda- 
dos entraron a Fanchal el 4 de marzo, i el 1.° de 
abril a Eio Janeiro, en cuyo puerto tardaron mas 
de un mes (demora que en esa época se contaba 
en el Piícífico por siglos) aportando al fin a Ancud, 
donde se hallaba reunida la escuadra aliada el G 
de junio, esto es, treinta i cuatro dias después del 
combate del 2 de mayo, i cuando ya la escuadra 
española estaba a mil leguas de las costas de la 
América (2). 

(1) De la relación de mío i otro comandante parece, sin em- 
bargo, que ambos tuvieron igual culpa en el encuentro, porque 
el injeniero del Huáscar paró la máquina, sin advertir a nadie, 
a causa de estar mui caldeada, i la Independencia, que venia por 
la aleta de estribor del buque que llevábala derrota, se vino so- 
bre él causándole serias averias, i entre otnis la de cebarle en- 
cima de cubierta toda su obra muerta. Fué un accidente mui 
parecido al del Grossen Karfiirst con el Kaiser en 1878, de cu- 
yas consecuencias se fué aquél a pique en la Mancha con mar 
llana, en mui pocos minutos. El choque del Huáscar i de la In- 
dependencia, tuvo lugar a las tres i media de la mañana i en 
noche mui oscura i alterosa. 

(2) El Huáscar ancló en Ancud el G de junio i la Indepen' 
dencia el 7. El convoi habia llegado a Maldonado el 7 de majo 
i el 28 a Punta Arenas. A ]a salida occidental del Estrecho su^ 
frió grandes temporales, especialmente el 3 de junio. 



32C EPISODIOS marítimos 

Dirijiüse en consecuencia la escuadra aliada, en 
n Limero de mas de doce buques a la bahía de Val- 
paraíso, i allí sucesivamente anclaron, pasando 
uno i otro de los jefes rivales un parte recíproca- 
mente adverso a su gobierno (1). 

Fué también digno de nota, que la Independen- 
cia entrara al surjidero piloteada por la diminuta 
Couadonga, como si hubiera sido destino de la úl- 
tima señalarle con su estela el camino de su perdi- 
ción o de su descanso. — «Alas 11 i 15 de la mañana, 
dice un suplemento del Mercurio de Valparaíso del 
16 de junio de 1866, vienen entrando el blindado 
Independencia i la Covadonga.D I dos dias mas tar- 
de el mismo diario añadía: — «Si han sido visitados 
por miles de personas los buques peruanos desde 
su llegada a Valparaíso, no lo ha sido menos la 
Couadonga, apesar de ser tan poderosos los atrac- 
tivos de aquellas formidables naves.» 

XVII. 

Era la fragata Independencia, en su clase, un 
buque de primer orden, de 2,000 toneladas de porte 
i 350 caballos de fuerza, admirable i elegantemen- 

(1) El comaudante Salcedo dató su parte oficial en Valparaí- 
so el 17 de jimio (a los seis meses justos de su salida de Liver- 
pool, pues fué lo que tardó eu llegar) i sp publicó eu el Mercurio 
de Valparaiso del 2G dejulio de 1866. 

El parte oficial del comandante Garcia i Garcia apareció en 
el Comercio de Lima del 27 de setiembre de ese mismo aüo. 



LAS DOS ESMERALDAS 327 

te dibujado, con cortes finos i atrevidos, siuna- 
mente andadora, habiendo señalado su corredera 
hasta catorce millas en su primera prueba; con su 
maquinaria perfectamente protejida por hallarse a 
diez pies bajo la línea de flotación (circunstancia 
que en su hora la ayudó poderosamente a perderse) 
i armada con X2 cañones Armstrong de a 70 en 
batería, 2 en colisa de a 150, 4 de a 32 riflados i 
4 lisos sobre cubierta, en todo 22 cañones. 

Era ademas un buque elegante i perfectamente 
compartido de 44 pies de ancho, 215 de largo i 
32 de profundidad, lo que la hacia naturalmente 
mx poco alterosa. Sus cámaras especialmente eran 
de gr¿m esplendor, como que su magnificencia 
provocó, a poco de haber llegado a Valparaíso, la 
invitación a un baile primoroso que duró doce ho- 
ras (desde las 2 de la tarde a las 2 de la mañana), 
i que al decir de aquella época costó 12,000 pesos 
al erario peruano: mil soles por hora! (1). 

(1) Este celebrado sarao tuvo lugar el 28 de julio de 1S60 ea 
coumeruoracion de la independencia del Perú; i fué tal su suntuo- 
sidad que sobre su cubierta se hizo correr pilas de agua dulce 
entre maravillosos festones de flores i de sederia bicolor. Como 
eran ésos los dias de una estrecha cordialidad entre los dos paí- 
ses, uno de los concurrentes, el señor Anjel C. Gallo, recitó una 
valiente composición poética del señor Guillermo Matta, una de 
cuyas fraternales estrofa:? decía de la manera siguiente: 

«Cien veces gloria a tí, nación peruana 
Que has sabido luchar con alma fuerte: 
Cien veces gloria a tí, nación hermana 
Que opones bala a bala, muoite a muerte.» 



22S EPISODIOS MARITCIOS. 



XYIII. 



Tales eran los dos poderosos barcos que iban 
a atacar de sorpresa los dos débiles esquifes de 
Chile, que por inútiles para emprender una cam- 
paña de ocho dias, hablan* sido abandonados a su 
■propia suerte i al heroísmo de sus tripulantes. 

I si hemos sido tal vez prolijos en demasía al 
describir su potencia, era ésa tarea indispensable 
para que el historiador futuro alcanzase a medir 
con sereno pulso la grandeza moral del combats 
de Iquique i los resultados verdaderamente prodi- 
jiosos que alcanzaron contra el fierro i el destino 
nuestros inespertos pero sublimes marinos. 



Puesto en prensa el capítulo precedente, el hoaorable Encar- 
gado de Kegocios de S. M. B. i distinguido caballero Drunimond 
Hay, ha tenido la bondad de enviarnos una esplicacion que es- 
perábamos, i que en nuestro amor por la verdad i la justicia 
liabiámos solicitado en la hora oportuna. 

En cfirta de Valparaíso, de agosto 8 de 1879, el honorable ca- 
ballero nos dicelo siguiente: 

«Como tuve el honor de asegurarlo a Ud., es completamente 
falso el hecho de que el comandante de la Turquoise, el honora- 
ble capitán Robinson, o ninguno de sus oficiales, hubiesen co- 
inauieado la menor noticia de la salida de la escuadra chilena al 
Norts, ni de la condición en que hablan quedado los buques blo- 
queadf»res de Iquique. 

i>El capitán líobinsou se manifiesta justamente indignado con 



LAS DOS ESMERALDAS r.29 

las falsedades (falsekoGcl») que de una parte i otra se han forjado 
contra él i sus oficiales, respecto del e>itricto cumplimiento de 
sus deberes de neutrales. Pero, por un acto de deferencia hacia 
mí, el comandante de la Turqtioise, me ha enviado copia de s w 
diario hasta el 20 de mayo, es decir, antes de que tuviese lugar 
el ataque de Iquique, i de ese documento copio las líneas que 
siguen : 

'» Martes, mayo 20, Llegué a Arica a las 8 A. M. El capitán 
de puerto i el cónsul ingles vinieron a bordo. — No hai noticias 
de la escuadra de Chile. Habia dado orden de zarpar para Mo- 
liendo a las 11 A. M. cuando en ese momento apareció en el 
horizonte el humo de cuatro vapores hacia el Norte. Se reduje- 
ron en consecuencia los fuegos, i ala 1 P. M. me cercioré de que 
los buques traían izados colores peruanos. A las 2 P. M. llegó 
el Huáscar, seguido por el Oroya, buque de ruedas, i después de 
un rato el acorazado Independencia i el trasporte Chalaco. 

5>El oficial de guardia recibió orden de pasar al Huáscar i ave- 
riguar si el presidente del Perú estaba abordo; pero con encargo 
espreso de que si se le hacia alguna pregunta sobre la escuadríi 
chilena, contestase que tenia orden de observar la mas estricta 
neutralidad (tke strictest neiUrality) i no comunicar noticias a 
ninguno de los belijerantes. 

j>Al regresar el oficial de guardia, puso en mi conocimientj 
que el presidente del Perú estaba a bordo del Oroya, i que ha- 
biendo sido interrogado por él, habia rehusado responder. 

Dinmediatamente pasé abordo del Oroya a ofrecer mis respe- 
tos al presidente. Me hizo también S. E. preguntas sobre la es- 
cuadra chilena; pero yo le manifesté respetuosamente que no 
podia contestai'le, i esto mismo habría hecho en igual caso con 
el almirante de la escuadra chilena.» 

En vista de esta franca i caballerosa esposicion nos felicitamos 
doblemente de haber creído apócrifa la noticia publicada por la 
prensa de Lima sobre que el comandante i oficiales de la Tar- 
qnoise habían sido los tristes denunciantes del desamparo de la 
Esmeralda,, i de haber solicitado oportunamente esta importan- 
te rectificación. 

42 



330 EPISODIOS marítimos 

En consecuencia, lo que queda históricamente en pié, es una 
villana mentira de un corresponsal de la prensa de Lima, i que 
el que dio el primer aviso de la situación al presidente Prado, 
fué o el comandante Cross del vapor lio o alguno de sus tri- 
pulantes. 

Este mismo punto se esclarecQjá mas tarde, i entre tanto, 
agradecemos sinceramente al digno señor Drummond Hay su 
noble oficialidad en este asunto. 



LAS DOS ESMERALDAS. S31 



-21.-2aL. V J.. 



EL COREAL DE BUITRES. 



«I have the Tarious reports of the engapí- 
ments at Iquique, aud have never iu all li:/ 
life heard of any thing so glorious.» 

(Carta del capitán W. S. Wiilson. — Concep- 
ción, junio 11 de 1879). 

«En todo caso, es evidente que los chilenos 
combatieron con estraordinario heroismo.» 
(Standard de Londres, julio de 1879). 

I- 

Pardeaba apenas la tenue luz de la alborada 
tropi(3al sobre los cenicientos lomajes de la costa 
de Iquique, i veíase ya a los oficiíiles i marineria 
de los buques chilenos que sostenían el bloqueo 
de aquel puerto, ocupados en la acostumbrada ta- 
rea del diario i matinal aseo de sus puentes. Hallá- 
base todo sumido en la mas profunda calma. La 
mar, la ciudad, el viento, el paisaje, la luz perezosa, 
todo dormia. Era el cuarto del alba, que los cas- 
tellanos conquistadores de Chile llamaban con 
propiedad (cel cuarto de la modorra. )> 



S3i EPISODIOS marítimos. 

Divisábase como tina sombra en medio de la 
bahía la Esmeralda, silencioso centinela de la ra- 
da i de la playa enmudecidas, ardiendo apenas uno 
que otro farol en la ribera, i escuchándose como 
ecos salidos de un sepulcro, los gritos sordos de los 
centinelas en la ñiccion i en el cuartel: — «Aler- 
ta!» — «Alerta!» — «Alerta!» — -La capitana chilena 
tenia su proa al Norte, único indicio de peligro 
i de batalla. 

No lejos de ella i por su costado de estribor, va- 
cia la chata del práctico ingles Stanley, un infeliz 
«trabajador del mar», sorprendido allí con su fa- 
milia por el bloqueo, i que habia simpatizado con 
la empresa de los chilenos, prestándoles algunos 
servicios de su profesión; i es éste el práctico te- 
rrible que ha merecido de la prensa de Lima el 
nombre singular i dantesco de «hombre-infier- 
no.» 

En aquel momento la esposa de Stanley i sus 
cuatros tiernos hijos, dormían en el fondo de la 
chata como loba que cuida en un recodo de la 
húmeda cueva a sus cachorros. El «hombre-infier- 
no», por un motivo desconocido i talvez casual, 
hallábase a esas horas a bordo del Lámar, i en 
este trasporte escapóse hacia el Sur. 

Manteníase este último buque sobre su máquina 
mar a fuera, i la Covadonc/a, siempre de guardia, 
en la boca del puerto^ apegada a la isla de Iqui- 
que i amarrada en muchas brazíis a su anclote. 



LAS DOS ESMERALDAS 333 



II. 



Rein¿iba a bordo de los tres barcos chilenos la 
mas completa quietud. 

El grueso de la escuadra hacia rumbo poderoso, 
casi irresistible, hacia el abrigo en que se oculta- 
ba entro cañones la flota contraria, rehusando 
obstinadamente todo combate en línea de batalla, 
sorda a los retos mas audaces. ¿Qué podia temer- 
se? — ¿Era verosímil una sorpresa cuando íbamos 
nosotros a sorprender? 

El comandante Prat que mandaba en jefe la 
escuadrilla de bloqueo, habia venido en la prima 
noche precedente en su chalupa a bordo de la Co- 
vadonga, i paseándose familiarmente sobre la cu- 
bierta de la cañonera con su segundo i amigo de 
infancia el capitán Condell, habíale manifestado 
ilimitada confianza en la situación. 



III. 



Sin embargo, sea celo militar, sea vago presen- 
timiento, espina invisible del alma que recibe 
antes que el oido los avisos del destino, ambos ca- 
pitanes se preocuparon en su charla de colocar 
cada uno en la proa de sus buques un cañón 
auxilar de que aquella parte vital carecia. Convi- 
nieron por esto en empezar la tarea a la mañana 



331 EPISODIOS :maritímos 

siguiente, i con esto se separaron a las ocho i me- 
dia de la noche del martes 20 de mayo (1). 

Por esa misma previsión instintiva i misteriosa 
que es al hombre lo que el viento a la nube, la 
nube al huracán i el grito ronco de las aves arre- 
molinadas a las catástrofes del océano, habíase en 
la víspera notado, especialmente a bordo de la 
Covadonga, escenas inusitadas. A las oraciones el 
teniente Orella, con permiso de su jefe, habia 
reunido al pié de la toldilla de proa de la goleta 
a la marinería i exhortádole, por la primera vez 
durante la campaña, a cumplir honrosamente su 
deber en el combate. 

¿Por qué hacía a su jente el joven oficial aque- 
lla inesperada prevención? Inútil es, como en otra 
ocasión lo dijimos, levantar el velo del arcano. Un 
pobre despensero de la Esmeralda llamado To- 
mas Rueda, natural de Quillota, habia escrito asi- 
mismo a una tia suya residente en aquella ciudad 
estas palabras tres días antes del combate: — «Yo 
acá quedo a Dios gracias bueno, esperando solo por 
momentos la escuadra peruana (2).)) 



(1) El capitán Prat ofreció enviar a la Cotadonga, la madera 
necesaria para el acomodo; i diciéndole su camarada por retrué- 
cano—no rae í5ía/?¿?í¿ la madera comandante, éste siempre serio 
i no Uaciendo cuenta de la broma, le contestó que no le escatl- 
?«ar2a la madera ni la ortografía... Esta chanza fué lo último 
que hablaron los dos amigos. 

(2) La carta de qu3 copiamos estas palabras nos fué enviad? 



LAS DOS ESMERALDAS 335 

¿Quién S8 lo lial)ia dicho? 
Otra vez el misterio. . . 

IV. 

Habia tocado la guardia del amanecer (de las 
4 a las 8 de la mañana) al teniente don Manuel 
Joaquín Orella i al guardia-marina don Miguel 
Sans, muchacho despierto de 19 años de edad, 
este último, natural de Santiago. Orella era hijo 
de uno de los captores de la Esmeralda en 1820, 
valiente i hermoso oficial, que, como tal, fué ayu- 
dante de campo en permanencia del bizarro almi- 
rante Blanco, a bordo, en tierra, en el palacio de 
los presidentes, en todas partes. 

El teniente Orella habia heredado la esttitura, 
la masculina belleza i el pujante denuedo de su 
padre el capitán de fragata don Manuel Hipólito 
Orella, fallecido en Quillota en 1857. Pasaba ade- 



de Quillota a fines del mes de mayo por la tia del marino Rueda, 
en solicitud de un socorro para dos hermanas de éste que que- 
daban a su lado i desvalidas. El despensero (asi dice el rol) Eue- 
da era por lo demás un entusiasta soldado, pues decia <rque 
nuestra bandera querida se bate por todos los puertos bolivia- 
nos i peruanos.» En seguida ofrecia escusas por enviar multada 
su carta a teclio tan pobre cemo el de su tia, i daba remate a su 
epístola con esta singular sentencia de despedida i de disculpa 
por la falta de sello — «pues aquí no vende nadie,., a Dios.» — 
Tomas Rueda. 



33S EPISODIOS ilARITI^.IOS 

mas por el mejor artillero de la escuadra, en cuan- 
to que su ojo se fundía en una sola línea de bron- 
ce con la mira del cañón, i así, jamas dejaba de 
chocar su pupila i su proyectil contra el blanco 
señalado. 

A las seis de la mañana en punto, los marine- 
ros habían levado su anclote, echado en sesenta 

brazas, para estar listos a las fatigas rutinarias del 
día. 

V. 

Conversaban tranquilamente los dos jóvenes 
oficiales en la toldilla de popa de la Covadonga, 
cuando el guardia-marina Sans, mirando súbita- 
mente hacía el Norte, creyó descubrir algo estra- 
ño sobre el promontorio rocalloso que cierra el 
horizonte por aquel rumbo, ocho o diez millas al 
Norte de Iquique, sitio que lleva en los mapas el 
nombre de Punta de Piedras. 

— Mirel... mi teniente, esclamó el joven guardia- 
marina, como sorprendido de una maravilla natu- 
ral i señalando al horizonte con su brazo.... Pare- 
cen aquéllos dos penachos que se levantan tras de 
la punta ¿Serán humos Je fogatas de tierra? 

Cojió en el instante su anteojo el jefe de la 
guardia, i mirando un brcA^e espacio, dijo a su 
compañero con cierto sobresalto. — No: son humos 
de buques.... 

I en el a-jto el teniente Orella dio orden a su 



LAS DOS ESLIERA LDAS 337 



mas joven compañero, corriese a despertar al co- 
mandante. 



YI. 



No tuvo dificultad el diiijente guardia-marina 
en Henar su comisión. Los jefes de buques duer- 
men en la mar, como el águila sobre el nido que 
cobijan, con los ojos abiertos i las alas estendidas. 
De un salto, el impetuoso i juvenil capitán Conclell 
estuvo en el piso de su cámara i de otro salto en 
la cubierta. 

Entre tanto, mientras ceñíase el último la ca- 
saca i la espada, habia dado orden al guardia-ma- 
rina Sans de hacer tocar zafarrancho de combate; 
por manera que cuando llegaba el capitán a su 
puesto, que era un pequeño puente a proa de la 
chimenea, ya la jente salia por todas las escotillas, 
restregándose los ojos i estirando los brazos para 
alcanzar sus fusiles i sus yataganes de abordaje. 
El clarin no cesó de tocar su pausada marcha de 
a las armas! hasta que el último grumete llegó 
al sitio que le estaba señalado. 

Eran las seis i media de la mañana. 

YII. 

No tardó largo tiempo el joven comandante de 
la Covadonja en darse cuenta de que iba a habérse- 

43 



338 EPISODIOS MARÍTIMOS. 

Icis con buques sospechosos. No le era dable ima- 
jinarse ciertamente que pudieran aquéllos ser 
enemigos, a causa de la bruma i la distancia. Pero 
conforme a su deber, hizo disparar un cañonazo 
de alarma i aviso a su consorte, i ordenando avi- 
var los fuegos en la máquina, dio impávidamente 
la voz de adelantarse a reconocer. 

Mas no habia hecho rumbo la cañonera chilena 
por mas de un cuarto de hora cuando su coman- 
dante conoció con certidumbre que los buques que 
llegaban a toda máquina del Norte, eran enemi- 
gos. Los dos humos se habian convertido en dos 
jigantes: eran el monitor Huáscar i la fragata 
Independencia. 

En el acto mandó el capitán Condell virar hacia 
el fondeadero para dar aviso a la Esmeralda. 

Yin. 

Venia ésta avanzándose lentamente mar afuera 
joorque no obedecía su máquina sino al impulso 
de un caldero, i éste lleno de parches i de grietas. 
El otro, al zafarse de su ancladero, donde según la 
exacta i pintoresca espresion de su segundo jefe 
el teniente Uribe, tenia «echadas raices», rompió- 
se por la centésima vez i en ésta sin posible re- 
medio. 

El andar de la corbeta quedó reducido, por fa- 
talidad, a dos millas: la marcha de u¡;ia lancha de 



1 



LAS DOS ESMERALDAS 333 

cargnio en la rada, de una carreta en senda pol- 
vorosa.... 



IX. 



Eran las siete de la mañana cuando los dos 
barcos chilenos se acercaron. El sol, que en ese 
día sale en nue^ra latitud a las 6 i 52 minutos, 
coloreaba ya lijeramente, entre vistosos arrebo- 
les, el perñl de las áridas colinas de la costa, 
i daba caza a las brumas del océano que en esos 
parajes son el velo matinal de las aguas sumer- 
jidas en perenne quietud. No perturbaba la su- 
perficie del mar plomizo, como los reflejos de la 
alborada, ni un soplo del viento, que en esa zona 
tarda como la vida i la luz en aparecer. 

Hacia el Sur i en cuanto la vista abarcaba, el 
horizonte veíase claro, pero incoloro i frió. Al 
contrario, hacia el Norte, negros nubarrones, en- 
toldaban el mar i la tierra, adelantándose sobre 
su fondo tétrico i oscuro, como los penachos 
de los catafalcos, los humos blanquecinos de las 
naves enemigas. De propósito los capitanes de 
éstas quemaban profusamente su carbón ingles 
para aumentar su marcha i engañar al adversario, 
ocultando entre la densidad de la humareda sus 
bien conocidas formas. Todo su temor, la única 
preocupación de los comandantes de los acoraza- 
zados peruanos, era que los débiles i sorprendidos 



340 EPISODIOS :maritimos 



barcos de Chile, no se les escaparan, siquiera por 
una hora haciendo rumbo al Sur: tan segura i tan 
cómoda parecíales su presa. 



X. 



Según antes dijimos, la segunda división naval 
peruana, habia salido a las ocho de la noche del 
20 de mayo del puerto de Arica, distante 70 mi- 
llas del de Pisagua i 109 del de Iquique, cómodo 
itinerario de diez horas. 

Pcxrecíales con todo tan estraño a todos, jefes i 
paisanos, el error i la ventura del encuentro en 
cuya demanda iban, que el cauteloso comandante 
Grau, jefe de aquélla, resolvió penetrar a las dos 
i media de la mañana al fondeadero de Pisagua, 
a tomar lenguas. I allí, a esa hora, con asombro i 
regocijo, supo que su espedicion iba a ser corona- 
da por el éxito. 

El comandante militar de aquella plaza puso, 
en efecto, en sus manos un telegrama del prefec- 
tb de Iquique, fechado el dia de la víspera (mayo 
19), en que confirmaba el hecho, a la verdad in- 
creíble, de haber sido . abandonadas a su suerte 
las dos mas débiles naves chilenas en aquellas 
a^uas. 

Dos horas tardó el comandante Grau en aquel 
reconocimiento, i a las cuatro de la mañana vol- 
vió a continuar a toda máquina su rumbo, reu- 



LAS DOS ESMERALDAS. 341 

niéndose a su consorte que se había aguantado 
sobre la punta de Pisagua. 

A las seis aparecían, en consecuencia, sus hu- 
mos, por la parte posterior de la Punta de Piedras, 
i fué éste el instante en que quedaron descubier- 
tos. 

Desde esa posición, que era ya ima maniobra 
de combate, el Huáscar adelantóse con el máxi- 
mun de su celeridad hacia el sud-oeste, como para 
encerrar a los buques chilenos dentro del puerto, 
ganando aquél su boca; al paso que la Indepen- 
dencia, gobernando deliberadamente con mayor 
lentitud, ceñíase a la costa para cerrarles el cami- 
no hacia el Norte. 

Cuando los dos acorazados peruanos completa- 
ban desahoí^adamente su maniobra de circunva- 
lacion a la entrada del puerto de Iquique, eran 
las ocho en punto de la mañana. 

A esa misma hora el trasporte Lámar, avisado 
por señales de ponerse a todo trance a salvo, em- 
prendía su fuga al Sur, siendo durante un mo- 
mento perseguido, como presa de codicia, por el 
Huáscar. El buque fujitivo, que llevó al día si- 
guiente a Antofagasta trunca e incompleta la no- 
ticia del desastre i la victoria, izó al escapar 
bandera norte-americana, i a esta lejítima estra- 
tajema de guerra debió probablemente su sal- 
vación del Hiictscar. 

Cuando regresaba el último de su infructuosa 



342 EPISODIOS MARÍTIMOS. 



Cvaza desde el Sur, la Indenendencia, adelantándose 
a toda máquina por el Norte, cerraba completa- 
mente la salida a los dos buques chilenos. Era 
aquéllo lo que nuestros campesinos llaman pin- 
torescamente un corral de buitres.... 



\ 



LAS DOS ESMERALDAS 3Li 



EL CAMPO DE BATALLA. 



«Ademas de la justicia, están con los chilenos 
Lord Cochrane, O'Higgins, Blanco Encalada, por- 
que el alma de cada uno de estos héroes está dlri- 
jiendo i animando la nave que lleva su respectivo 
nombre. La Esmeralda debe recordar que su ti- 
món está manejado por manos que desde 1820 la 
han sabido conservar con gloria.» 

(Carta deljensral don J. J. Cañas. — Sa)i Salva- 
dor, mayo 4 de 1879). 



I. 



¿Qué ociirria entre tanto a bordo de la noble 
capitana de Chile en la última hora de su gloriosa 
carrera? 

Al disparo del cañón de alarma de su compa- 
ñera de guardia, el capitán de la Esmeralda, siem- 
pre sereno i vijilante, habia mandado poner su 
buque en son de combate desamarrándose acele- 
radamente del fondeadero. 

Débiles, si alguna, eran las esperanzas del en- 
cuentro que a esa hora diseñábase claramente en 



su EPISODIOS :.LVRITiMOS 

el horizonte. Pero el eomandante de la corbeta a 
que la patria se había acostumbrado a confiar la 
guardia de su gloria, dotado, acaso sin saberlo él 
mismo hasta aquel supremo momento, de una al- 
ma grande, de una voluntad sublime, de un pecho 
denodado contra todos los peligros i todos los in- 
fortunios, aun aquellos que caen c^mo por sorpre- 
sa del cielo, dio las órdenes que la situación mi- 
litar exijia, con una calma i compostura que 
despertó durable admiración en el ánimo de sus 
subalternos. Todos los que en ese dia combatieron 
a su lado, están acordes en que la condición do- 
minante de espíritu que resplandeció en el rostro, 
en la actitud, en la pupila i en la voz del héroe 
fué la de una dulce i acentuada serenidad: tipo i 
naturaleza de muchos héroes conocidos. 



II. 



Mas, movíase apenas el viejo esquife de su sitio 
habitual de vijía en la vecindad de los muelles de 
Iquique, cuando un sordo estallido anunció a bor- 
do una catástrofe. La decrépita nave habia perdi- 
do por completo una de sus calderas, es decir, uno 
de sus brazos. 

Pero ¿qué importaba eso? — Quedábale todavía 
la pujanza necesaria para combatir con una rodi- 
lla en tierra, como los atletas de la antigua arena, 
i así, sin potencia motriz, con cañones convertidos 



LAS DOS ESMERALDAS ñií 



en juguetes de salón en presencia del calibre ene- 
migo, desencuadernada, rota, casi inmóvil, pero 
fiera i gloriosa esperaria a su adversario. 



III. 



Hállase situado el puerto i ciudad de Iquique, 
cuyo nombre en aimará significaria — ¿«por qué 
duermes?» (1) en el fondo sur de la abierta 
pero tranquila rada que fué testigo de la hazaña 
de mas levantada memoria allí consumada por 
chilenos. 

Propiamente forma el puerto i sírvele de abrigo 
por su frente una isla rocallosa en cuya estre mi- 
dad norte álzase el faro que la alumbra. Conformo 
a mía melancólica i antigua tradición de proscrip- 
ción relijiosa, existe también allí entre las breñas 
el cementerio de los protestantes, no poco nume- 
rosos en Iquique, 

Separada por un estrecho canalizo, inaccesible 
a buques de m3diano porte i que en las bajas 
mareas suele quedar por completo enjuto, yace la 
ciudad, capital rica i activa del departamento de 
Tarapacá, cuyos tesoros, desparramados en vasto i 
árido desierto, hanle dado opulenta vida desde 



(1) «Talvez cls Tqui dormir i que interjección aimará, que equi- 
vale a ¡qué duermes!» — Vidal Gormaz. Departamento de Tara- 
pacá, páj. 13. 

44 



346 EPISODIOS MARÍTIMOS 

liace un ctiarto de siglo. En 1875 entraron a esc 
puerto en demanda de salitre 533 A'apores i 476 
buques de vela. Su población propia es solo de 
seis a oclio mil almas; pero en realidad es el 
centro vivo de una comarca de veinte o treinta 
mil trabajadores, que antes de la guerra eran en 
su ma3^or número chilenos. 



IV. 



Divísase la ciudad propiamente t¿il, edificada 
sobre la arena, en una pampa a nivel, que se es- 
tiende considerablemente hacia dentro de las 
tierras, i se halla delineada en calles i manzanas 
bastante rectas, cuyo centro ocupa una espaciosa 
plaza llamada, a la española. Plaza mayor, i ésta 
tiene otra contigua denominada de la Concepción. 
Una i otra ostentan en su centro una iglesia de 
bonito campanario, siendo la Matriz la joya de la 
primera i la de la Concepción la última. 

Todavía, un poco mas a la playa, i formando ca- 
dena con estos espacios abiertos, encuéntrase la 
plazoleta llamada de «Las flores» que no posee 
ninguna, pero mira i se abre al ambiente del mar. 
— cdquique, visto de la rada, escribía en la ante- 
víspera del combate el joven cirujano de la Cova- 
donga, presenta un aspecto galano, que contrasta 
con la aridez de las pardas crestas que lo circun- 
dan. Se destacan entre su apiñado caserío hermo- 



LAS DOS ESMERALDAS 347 

SOS edificios, pulidas torres, alegres campanarios. 
Su playa está bordada de importantes construccio- 
nes, entre las cuales descuellan la fábrica de desti- 
lación de agua, la aduana i los dos muelles, uno 
de ellos de hierro, para el embarque de salitre. 

)) Aunque pequeña, la población tiene el aspec- 
to de una gran ciudad i presenta un pintoresco 
golpe de vista que recrea la mirada i alegra el 
corazón. Su planicie, que se estiende de un suave 
declive hacia el oriente, presenta ancho campo 
para futuras construcciones que den aun mayor 
ensanche a la población. 

))La bahía es ancha, abrigada i tranquila. Al 
norte una elevada punta la defiende contra los 
vientos del invierno, i la isla la cubre de las bra- 
vezas del Sur. Solo el viento del Oeste hace rizarse 
a veces aquellas pacíficas ondas, que parece van a 
morir desmayadas en el blando lecho de arena do 
la ribera». 



Y. 



En el centro de la línea de la playa, que recuer- 
da la del Almendral en Valparaíso, muéstrase con 
ciertas pretensiones arquitecturales la aduana del 
puerto que es de cal i piedra, en una manzana . 
aislada, como la de Talcahuano, i contigua a ella 
está el Eesguardo. Posee también Iquique un 
pequeño teatro,, i un reñidero de gallos de mucho 



■¿tí EPISODIOS 3IAPJTi:vI0S 

mas vastas j^Jroporciones. — En Tarapacá, desde su 
tipo mas alto, el jeneral Castilla, hasta el último 
serrano tienen la pasión de los gallos. 

Lo que mas diversamente caracteriza a Iquique 
con relación a la marina, son sus muelles de car- 
guio, siendo el mas meridional el llamado del 
Morro i el de la estremidad opuesta el del ferro- 
carril que conduce al interior. 

Hállase el último, así como la estación, casi a 
la lengua del agua, en una playa denominada por 
los naturales el Caloteado, i fronteriza a esta posi- 
ción lia estado de continuo el fondeadero de los 
buques chilenos durante el largo, inútil i funesto 
bloqueo de esa plaza entre el 5 de abril i el 3 de 
agosto de 1879 (1). 

YI. 

En vista de esta disposición del teatro del coni- 
hcdd i sus adyacencias, el capitán Prat formó des- 



(1) Al hacer esta descripción hemos tenido a la vista el plano 
de Iquique levantado por dou Eamon Escudero, i una serie de 
croquis del combate del 21 de mayo formado en seis hojas dife- 
rentes por el capitán de corbeta don 31. J. Orella, quien, con 
cumplida amabilidad, nos las ha obsequiado. 

Por lo demás, como esta relación está justificada con todos 
los partes oficiales del suceso, publicamos éstos en el Apéndice 
i en el orden siguieute: Núm. 12 Parte dd comrindiinte Gran, 
núm. lo Parte del comandante Urihe, núm. 14 Parte del coman' 
da ate ^^oore i núm. 15 Parte del comandante CondtlL 



LAS DOS ESMERALDA S: 349 

(lo el primer momento su plan do gloriosa e im- 
pasible resistencia. — Huir le era imposible. I acaso 
en los adentros de su alma, templada para lo su- 
blime, cupo como una compensación del trance te- 
rrible en que ajena culpa le colocara, aquel pensa- 
miento de batirse hasta la muerte en un palenque 
que Dios i la fortuna le cerraban por completo. 

Su resolución, perfectamente militar i acertada, 
fué por tanto guardar sus fondos para evitar que 
el Huáscar atacase su buque de menor calado con 
su formidable espolón submarino, i al propio 
tiempo colocarse entre el agresor i la ciudad para 
que los proyectiles del último fuesen a herir su 
propia jente. 

No habia otra cosa que hacer mientras los aza- 
res del combate presentaban la ocasión de un en- 
cuentro cuerpo a cuerpo, u otro lance de mayor 
peligro o de maj^or fortuna. 

VIL 

Con el propósito de comunicar sus ordenes a su 
consorte, adelantábase la Esmeralda hacia la bo- 
ca del puerto, según dijimos al finalizar el capí- 
tulo precedente, sin cuidarse en lo menor su 
impávido comandante del accidente de su maqui- 
naria, que para cualquiera otro corazón que no 
fuese el suyo habria sido el protesto o la ocasión 
lejítima de oportuno rendimiento. 



350 EPISODIOS MARÍTIMOS 

Adelantábase en consecuencia la vieja quilla 
con todo su aparejo, menos los masteleros de 
juanete (|ue traía calados, con el gallardete rojo 
del mando superior en su palo mayor i dos bande- 
ras chilenas, una en el pico de mesana, cayendo 
sobre la popa, i la otra en lo alto del palo de este 
nombre. Gomo los caballeros sin temor i sin re- 
proche que no entraban al campo sino con sus 
mas ricas armaduras, así la almiranta de Chile iba 
a su última lid con sus mejores galas. 

TIII. 

Salióle al encuentro la Covadonga, con mas 
parco aparato de guerra, pues tenia sus dos mas- 
teleros calados, el trinquete en cruz, el bauprés 
entrado, sus cofas enfundadas con parapetos de 
coyes para los tiradores i sus palos reales cubier- 
tos de señales. El heraldo de una vieja gloria na- 
cional queria ahora mostrar a su captora el cami- 
no de la desigual batalla con la ufania de indómito 
aprendiz. Por una rara fortuna, i estando la mar 
completamente llana, la Covadonja podia mover- 
se con el máximun de su celeridad, teniendo a 
su servicio, como la Esmeralda, un solo caldero. 
El otro ' estaba obstruido. Los buques chilenos 
iban a batirse, como David, solo con la mano de la 
honda 



LAS DOS ESMERALDAS 351 



IX. 



Encontráronse a medio camino los dos buques, 
frente a la isla, i allí sus comandantes pusiéronse 
al habla, a distancia de «un cable i medio» (150 
metros), según la certera medida náutica del co- 
mandante Grau. 

— Tenemos al Huáscar i. a la Independencia 
encima, díjole acentuadamente con la bocina el 
capitán Cohdell a su jefe i amigo. 

Contestóle éste por signos, preguntándole si 
liabia almorzado la jente, lo que le fué respondido 
afirmativamente. 

Hizo entonces señales el impertérrito mozo de 
reforzar las cargas en los cañones, que era lo que 
cumplia ordenar después del sustento de los arti- 
lleros. I dejando acercarse un tanto mas a la Co- 
vadonga que gobernaba por su popa, dijo de viva 
voz al comandante de la última estas palabras, 
que como las de Nelson en Trafalgar, pasarán in- 
tactas a la posteridad en esta parte de los mares: 
— Seguir mis aguas, guardar sus fondos, cada cual 
a sujntesto i cumplir con su deber! 

El capitán Condell encontró todavía una pala- 
bra feliz i casi retozona para responder a su que- 
rido jefe, usando una espresion sencilla i a la vez 
heroica del aula i la marina. Empuñando por últi- 
ma vez la bocina, el joven capitán gritó: — Allríght! 



3:.2 EPISODIOS marítimos. 



X. 



Xo liabia terminado todavía este diáloi^o breve 
i animoso, cuando el Huáscar se atravesaba a la 
distancia de dos mil metros (media legua), i 
echando abajo su falsa an-mra, mostraba desnuda 
a los débiles barcos de Chile su inespugnable to- 
rre. En esta actitud el comandante Gran izo su 
insignia i, conforme a la costumbre de guerra de 
esta nación, un colosal pabellón. Inmediatamente 
lanzó su primer disparo de a 300. 

Era ese el saludo del honor antes ds la impla- 
cable acometida! 

Fué el proyectil a caer, como si hubiera sido 
calculado por ojo certero como una perentoria no- 
tificación, entre los dos buques chilenos al habla, 
i al rebotar en el agua saludáronle las dos entu- 
siasmadas tripulaciones con un hurrah! unísono i 
simultáneo. A su vez, la confusa gritería de la po- 
blación i del ejército apiñados en la playa, i an- 
siosos espectadores del combate, hizo eco al sordo 
proyectil i a la aclamación de los bravos. 

Eran las ocho i media de la mañana, i la bata- 
lla naval iba a comenzar con sus terribles i gran- 
diosas peripecias. 

En consecuencia, los dos buques chilenos desde 
ese momento dirijíanse con todo el impulso de su 



LAS DOS ESMERALDAS 35.3 

máquina al fondo del puerto como a una sepul- 
tura. 

Hubiérase dicho que antes de desaparecer de- 
seaban tener por testigo a todo mi puel)l'0 de la 
inmensidad do su valor i de la inniensidad de su 
sacrificio. ' 



45 



354 EPISODIOS MARÍTIMOS 



ESCARAMUZAS I MAIIIOBEAS. 



«MnchachosI La contienda es designal. Nunca 
se ha arriado nuestra bandera auto el enemigo: 
esperi) pues que ésta no sea la ocasión de hacerlo. 
Mientras yo esté vivo, esa bandera flameará en su 
lugar, i os aseguro quo si muero, mis oficiales sa- 
brán cumplir con su deber.» 

(Arenga del comandanle Prat en Iquique. — Par- 
te del capitán Uribe). 



Mediante los variados movimientos estratéjicos 
que hemos descrito, perfectamente acertados por 
uno i otro contendiente, la Covadonga, al ceder el 
paso a la capitana para seguir sus aguas, liabia 
quedado a retaguardia i por lo mismo mas cerca- 
lia al Huáscar. 

Elijióla ésta, en consecuencia, como blanco pa- 
ra sus terribles aunque poco certeros disparos. 

La débil cañonera, sin preocuparse por esto, 
continuaba avanzando hacia el interior de la 
bahía, barajando la isla en la mayor proximidad 
posible como para protejcrsí; con sus arrecifes. 



LAS DOS ESMERALDAS 355 

Pero esta misma circunstaacia acortándole el 
campo para virar, evitó por una providencial for- 
tuna que entrase al puerto donde tenia ya prepa- 
rada carnicera fosa. La goleta retrocedió valerosa- 
mente en esa emerjencia, i como esos quiltros de 
poco cuerpo que nuestros cazadores de leones 
suelen echar sobre la fiera para enredar sus ga- 
rras i cojerla, el barquichuelo hizo frente al co- 
loso de fierro i rompió el fuego como de igual a 
igual. 

El primer disparo de la goleta contra el moni- 
tor fué lanzado con bizarra petulancia de niño por 
el guardia-marina Eduardo Yalenzuela, quien, 
habiendo recibido el mando de los tres pequeños 
cañones de cubierta, quiso alcanzar el honor de 
la primacia, y«, que no era posible reconocer el 
mérito de su mira. La primera bala de la Covadon- 
gct quedó corta en mas de dos tercios de su itine- 
rario. 



IL 



Eran en este preciso momento las nueve de la 
mañana, i la Independencia, llegando con su enor- 
me mole al campo del combate, tomaba su posi- 
ción por la popa i costado de babor del Iluásóar. 

Hiciéronse visibles en eso instante alí^unas se- 
nales del monitor, nave almiranta, e inmediata- 
mente el combate cambió do aspecto, como si 



356 EPISODIOS MARITI^IOS. 

]iiiliiera intervenido una súbita mutación de de- 
coraciones bajo la mano de invisible tramoyista. 
La Independencia se adelantó hacia el Sur, pa- 
sando por la proa del monitor, que se aguantó un 
instante, i en demanda de la goleta chilena, rele- 
vando así a su consorte de su punto de ataque. El 
Humear, a su turno, lanzóse hacia el puerto como 
para tenérselas a solas con la desvalida Esme- 
ralda. 



III. 



Aprovechóse de este cambio de posiciones con 
una habilidad digna de la mayor alabanza el co- 
mandante Condell, i ciñendo los arrecifes i rom- 
pientes de la isla, que en su costado sud-oeste son 
ásperos i violentos, comenzó a deslizarse furtiva- 
mente hacia el Sur. Era la última i única espe- 
ranza de salvación que le señalaba el dedo de 
manifiesto destino. 



lY. 



Dejémosla por tanto camino del milagro, i pe- 
netremos en la bahía en demanda de la solitaria 
Esmeralda. — Lo último que los tripulantes de la 
fujitiva goleta han divisado de ella al doblar la 
i§la de Iqiúque, ha sido una especie de luminosa 
esplosion que de lejos parecióles un incendio.... 



LAS DOS ESMERALDAS 357 

Faé esto el primer oríjen del rumor i I<i creen- 
cia de que el heroico buque habia volado, noticia 
que llegó a la capital como un reflejo de llamas lu- 
minosas en la media noche del 24 de mayo. Lo 
que habia acontecido era únicamente que la Es- 
mcralda respondia al primer saludo del Huáscar 
disparando sobre él toda su batería de babor a un 
mismo tiempo. 



y. 



Acababa en ese momento la taimada corbeta 
de torear su última posición, conforme a las mi- 
Kas de simple precaución i defensa de su hábil i se- 
seno comandante; esto es, interponiéndose entre 
el caserio i la torre del Ilaáscar, como si pensara 
que el pulso de sus artilleros temblaría al disparar 
en el rumbo de los suyos i de sus hogares. Su po- 
sición exacta era a 300 metros de la playa areno- 
sa del Colorado, frente por frente a la estación i 
muelle del ferro-carril, en la estremidad Norte de 
la población i de la rada. 



VI. 



En esa situación, el comandante Prat, qwe ni 
durante un solo minuto habia desamparado su 
puesto en el castillo de popa de la Esmeralda^ 
hizo tocar reunión a la jente de la batería para 



3-)8 EPISODIOS marítimos, 

pronunciarle la última i ardorosa exhortación del 
combate. 

, Hallábase rodeado el joven héroe de la guardia 
militaír del buque, compuesta de un pelotón de 
artilleros de marina armados de rifles Comblain, 
al mando del joven oficial don José Antonio Hur- 
tado i del bravo sarjento Aldea que allí pereció. 

Cuando estuvieron todos al alcance de su voz, 
con eco sereno, vibrante, henchido de los latidos 
de su alma, el denodado jefe dirijió a su jente las 
palabras que todos han recordado con rara fideli- 
dad de memoria después de su inmortal hazaña, i 
que nosotros hemos recojido en el epígrafe (Je esta 
relación como una leyenda digna de ser conser- 
vada en imperecedera pajina: 

«Muchachos! La contienda es desigual. 

«Nunca se ha arriado nuestra bandera ante el 
enemigo: espero pues que ésta no sea la ocasión de 
hacerlo. 

3) Mientras yo esté vivo, esa bandera flameará 
en su lugar, i os aseguro que si muero, mis oficia- 
les sabrán cumplir con su deber.... (l)?^. 

En seguida, descubriendo su noble frente i aji- 
tando la gorra en el aire, gritó con todos los su- 
yos: — / Viva Chile! 



(1) Tomamos esta versión del parte oficial del comandante 
Uribe, que es mas o menos la misma que lian comunicado los 
demás oficiales que lo oyeron. 



LAS DOS ESMERALDAS. 369 



VII. 



En aquel mismo acto conmovedor i solemne 
todos corrieron a sus puestos, i como para hacer 
eco con el bronce al magnánimo adalid, los arti- 
lleros dispararon a la vez todas sus piezas sobre 
el Hiííiscar que ya se acercaba a tiro. 

Era esa salva el adiós supremo que los tripulan- 
tes de la Covadonga hablan escuchado al perderse 
de vista, i que ellos hablan tomado por la esplo- 
sion de la Santa Bárbara de su capitana 

VIII. 

En esos mismos momentos el Huáscar se dete- 
nia recelosamente en su camino hacia el fondeade- 
ro i paralizaba sus tardíos i mal dispuestos dispa- 
ros de a 300 libras. Por término medio, ese buque 
no puede disparar sino cada diez minutos, siendo 
ésta su mayor desventaja respecto de nuestros 
acorazados. 

¿Qué habia acontecido entre tanto? 

Una simple peripecia do la encarnizada con- 
tienda. 

El capitán del puerto de Iquique don Salomé 
Porras, embarcóse bizarramente con el oficial pe- 
ruano Loaiza en una lancha, i vino a comunicar 
al comandante Grau que, en la dirección a que le 



3G0 EPISODIOS marítimos 

ari'astralm la posición estratéjica de la Esmeralda, 
iba a encontrar una reJ de torpedos, lo que espli- 
c^ba la rara obstinación en defenderse del buque 
chileno. Corroboróle en esta misma fóbula, forja- 
da por la temerosa fantasia del vulgo, el práctico 
del puerto, un ingles Ciiekley, que se habia ido 
al bando de los peruanos como Stanley al nues- 
tro. Chekley llegó a bordo en una embarcación 
sobre la cual el capitán Prat, que a todo estaba 
atento, hizo disparar varios metrallazos. 

Detalle poco conocido. La infeliz mujer del 
práctico Stanley, abandonada por éste i colocada 
mas tarde desde tierra entre dos fuegos, echó a 
todos sus hijos en un bote, i remando ella mis- 
ma con la enerjia de una loca, fuese a colocar 
con aquéllos al costado de la corbeta chilena con- 
vertida en ese momento en un castillo do fuego. 
¡Qué cuadros son los de la guerra! 



IX. 



Eran las nueve i cuarenta, i el combate duraba 
ya una hora sin que la corbeta chilena hubiese 
recibido el mas leve daño. 

El Huáscar se mantenía entre tanto indeciso, i 
apenas acertaba a disparar por elevación una que 
otra bomba, de temor de ofender al atolondrado 
jentío que bullia en tierra, especialmente en la 
vecindad de la estación del ferro-carril. 



LAS DOS ESMERALDAS 3GI 

Pero una ominosa circunstancia no tardó en 
abrirle camino para llevar su espolón al seno del 
esquife que, hasta ese momento, oponia a sus pro- 
yectiles impávida i casi victoriosa resistencia. 

El jeneral Buendia, comandante en jefe del 
ejército peruano, nos lia contado, en efecto, en 
un parte militar que hace contraste por su pon- 
deración con los sobrios boletines del comandante 
Grau, cómo desde que comenzó la lucha despro- 
porcionada, hizo traer a la playa las cuatro piezas 
de campaña de la división Velarde, i cómo a man- 
salva e inmediatamente rompió el fuego a metra- 
lla sobre los heroicos chilenos que allí peleaban 
«como leones», añadiendo que desde ese momento 
quedaron encerrados dentro de un círculo de fuego. 
— «En efecto, dice un bien informado i leal testigo 
de vista, las cuatro piezíis de a nueve empezaron 
a hacer un fuego pronto i certero, al cual contestó 
la corbeta con una andanada i con tiros de fusi- 
lería tan sostenidos, que parecían los de dos ejér- 
citos numerosos que se baten encarnizadamente.)) 

¿Cuándo, en qué combate naval vióse igual 
ejemplo de denodada i sublime resistencia por 
parte de una embarcación condenada a perecer 
sin humana ni posible salvación? 



X. 



Al echar de ver, entre tanto, el comandante 

46 



302 EPISODIOS :\IAniTLMO.S. 

Prat que por la proximidad de tierra i la vio- 
lencia del combate en esa dirección, comenza- 
ban a caer sobre sus piezas los artilleros de la 
batería de estribor, dio la voz de Adelante la mcU 
quina!... i el buque comenzó a moverse hacia el 
Xor-Oeste. 

Era eso precisamente lo que pretendían los 
comandantes enemigos para no estrellarse con 
la imajinaria línea de torpedos del práctico Che- 
kley. 

Viró en consecuencia el Huáscar hacia tierra 
para interponerse entre la playa i la corbeta, i 
como si hubiera querido hacerle sentir antes que 
su espolón el peso de sus cañones, le acertó al 
moverse una bomba que penetró por el camarote 
del segundo comandante Uribe i fué a salir por el 
departamento de la botica, haciendo al salir un 
agujero de mas de un metro de cavidad. 

Era este el primer proyectil que heria, después 
de dos horas, el flanco de la Esmeralda. 



XI. 



Desde ese momento el combate memorable de 
Iquique asumia su tercera faz. 

El Hucíscar apagaba, se puede decir, los fue- 
gos de su torre, i de cureña se convertía en pro- 
yectil. 

Iba a comenzar el combate de ariete, que los 



LAS DOS ESMERALDAS 3G3 

modernos civilizadores han copiado de las galeras 
griegas de Temístocles, queriendo dar a entender 
que todavía esa destrucción sorda i horrible es un 
nuevo progreso, una nueva redención para la lui- 
manidad en marcha 



304 EPISODIOS marítimos 



LOS TRES LUGAR TEITIEITTES DEL HÉROE. 



(URIBE, SÁNCHEZ I SERRANO). 



«Por ser yo uno de los últimos llamados, me 
ha tocado embarcarme en la Covadoiu/a, buque 
que no es de mis afecciones. JMe liubria gustado 
mas la Esnieraldn, pues tú recordarás que tantas 
veces te he manifestado mÍ8 simpatías por este 
buque, pues en él hice clase a tantos de los que 
hoi tengo por compañeros.» 

(Carta del trniente Ignacio Serrano a su herma- 
no i?oí/o (/b.— Valparaíso, abril 25 de 1879). 



I. 



Acercábase aceleradamente el desenlace del 
terrible drama de Iquique. 

La Esmeralda, herida de muerte, i como esos 
soldados heroicos i febriles que por momentos re- 
vnélcanse entre sus sangrientos vendajes i por 
momentos se adormecen prorrumpiendo en pa- 
labras de fantástico delirio, volvia a quedar in- 



LAS DOS ESMERALDAS 3G5 

móvil después de sus violentos esfuerzos por 
cambiar de posición. 

Iban ya corridas dos largas horas de combate i 
la tensión del heroísmo habia alcanzado su máxi- 
mun en todos los nobles pechos que tripulaban 
el histórico barco. El ejemplo del capitán Prat, 
sereno, dulce, casi risueño, inmóvil como la esta- 
tua del deber resignado e indómito, llevaba alien- 
to a todos sus subalternos. Todos querían pe- 
lear como él, sucumbir a su lado, sumerjirse con 
él en el sitio que el honor i la ordenanza tenian se- 
ñalado a cada uno. 

Jamas el destino vens^ador habia reunido en- 
cima de un frájil cobertor de madera un número 
semejante de elejidos: porque hubiera podido de- 
cirse con justicia que ninguno de aquellos dos- 
cientos tripulantes desdecía de sus compañeros, 
fuera bajo el honroso galón de los superiores, 
fuera bajo la tosca jerga de infeliz marinero. Si 
la Esmeralda, por tantos títulos era un barco glo- 
rioso, su tripulación era una verdadera lejion de 
inmortales. 

II. 

Según en otras ocasiones lo tenemos referido, 
era segundo del capitán Prat, aquel compañero 
de su infancia i de la cartilla náutica, cuya imá- 
jen hemos encontrado reproducida en una sola 



300 EPISODIOS marítimos. 

sombra desde el dia en que juntos pisaron por la 
prÍQiera vez, hacía aquel dia veinte años, el claus- 
tro de la Academia Naval. 

Desde entonces el teniente Uribe (lioi capitán 
de fragata), habia sido el compañero inseparable 
i el mas querido del capitán Prat. Pero varia 
estrella alumbró en el sendero de la vida para el 
uno i para el otro, siendo aquél víctima de mil 
vicisitudes, de postergaciones i Tle agravios. De 
esas desventuras le liabia sacado empero en todas 
ocasiones con honor su noble amigo de hogar, 
especialmente en un duro lance que le ocurriera 
con sus superiores en Inglaterra i en el cual el 
capitán Prat fué su sosten, su defensor legal i su 
mas noble amparo (1). 



(1) La defensa que en 1875 hizo el capitán Prat del teniente 
Uribe ante el consejo de guerra que le juzgó por insultos al con- 
tra-almirante Goui. Por el matrimonio con la respetable seño- 
rita Morley, joven viuda, natural de Hall, completa otra de las 
faces de la vida i del carácter de este hombre por todos títulos 
sobresaliente, i por este motivo la publicamos en el Apéndice 
bajo el núm. 10, así como otras defensas legales del mismo jefe 
i abogado. 

Damos también a luz, recojidos con piadoso celo, tres discur- 
sos del capitán Prat, uno pronunciado en una repartición de 
premios de la Escuela Naval, otro en la tumba del almirante 
Blanco i otro en la del vi ce-almirante Simpson. De tales hom- 
bres escojidos no debe perderse un solo trazo de su huella. Así el 
tiempo futuro se encargará de probárnoslo i talvez de agrade- 
eérnoslo. 



LAS DOS ESMERALDAS 367 

Como SU compañero i jefe habíase también Iic - 
olio notar el teniente Uril^e por su afición al es- 
tudio, rejistrándose varios de sus trabajos cientí- 
ficos en el Anuario Iddrogáfico con anotaciones 
distinguidas. Por esta misma causa sirvió el añ-o 
último como secretario a la comisión de boyas i 
faros, i cuando se alistó la escuadra, pasó a ella co- 
mo ayudante i secretario del comandante en jefe, 
destino que liabia desempeñado en Europa, res- 
pecto del contra-almirante Goñi. En Hull, cuando 
vijilaba la construcción del Gochrarie, hizo tam- 
bién un exelente estudio sobre el Magnetismo i 
desviación de los compases. 

Embarcado en la Esmeralda, como jefe provi- 
sional de ella para el enganche i complemento de 
su tripulación, apenas hubo asomos de guerra con 
el Perú en febrero último, fué para él un dia de 
sincera i profunda alegría aquel en que vio subir 
la escala de la vieja quilla, cuna de ambos, a su 
glorioso i último capitán. 

IIÍ. 

Era tercer oficial a bordo i tenia el mando i 
dirección científica de las baterías, el teniente don^ 
Francisco Sánchez Alvaradejo, natural de Chiloé, 
i por lo mismo criado entre las olas. Habia nacido 
en uno de los costados do la plaza real de Ancud, 
donde su familia tenia do antiguo el sitio que es 
hoi palacio del obispo. 



3C3 EPISODIOS marítimos. 

Aunque liabia seguido el curso inmcdiataraente 
posterior al del capitán Prat (el de 18G2-63), el 
teniente Sánchez pasa como uno de los mejores 
navegantes prácticos de la escuadra, especialmen- 
te en los mares australes, i como tal ha servido 
en todos los buques de la República i bajo todos 
sus comandantes. No encontramos anotados me- 
nos de doce de éstos en su bien nutrida hoja de 
servicios. El teniente Sánchez es hermano del 
capitán de fragata don Aurelio Sánchez i él mis- 
mo es hoi dia capitán de corbeta, título conquis- 
tado con honra en el campo de batalla. 



lY 



Pero el oñcial de mar que con mayor intensi- 
dad atraia sobre sí todas las simpatías i todas las 
miradas entre los lugar tenientes del capitán Prat, 
por su donaire soldadesco, su bulliciosa alegría i 
su bravura sin ejemplo, era el teniente don Igna- 
cio Serrano, esta sombra inquieta del heroísmo 
estoico de su jefe, que se reñeja como un lampo 
de fuego i de sangre sobre el torreón del Huáscar 
a cuyo pié cayeran ambos. 

Ignacio Serrano es hijo de una familia militar 
de las fronteras, pero como Williams Rebolledo, 
Toro, Santa Cruz i otros jóvenes marinos de 
grandes esperanzas, nació en el departamento 
litoral de Melipilla, que tiene, como el de Yal- 



LAS DOS ESMERALDAS 3G9 

paraíso, su porción de mar en la costa del Pacífi- 
co. Fué su padre don Ramón Serrano, oriundo de 
Concepción, pero radicado con cortos intereses 
agrarios en Melipilla, i su madre la señora Merce- 
des Montaner, de oríjen remoto francés, quien to- 
davía existe unida a nuevos vínculos. 

El padre, penquista, de estirpe de soldado, fa- 
lleció en 1856. — -Los primeros Montaner que vi- 
nieron a Chile, fueron marinos de San Malo, en 
Bretaña. 

No es estraño por esto que los Serrano-Monta- 
ner sean una raza de soldados. Ramón, teniente 
1.*' de la Magallanes, i célebre ya por sus atrevi- 
das esploraciones en la costa occidental de la Pa- 
tagonia i en la Tierra del Fuego, se incorporó al 
buque en que hoi sirve, i en la víspera del combate 
del Loa. — Eduardo, es guardia-marina del Blanco. 
— Ricardo, figura como teniente del rejimiento 3.** 
de línea, i todavía el cuarto i último, Rodolfo, es- 
tudiante de medicina, solo alienta una aspira- 
ción: la de ir al ejército a prestar, entre las balas, 
sus servicios de cirujano, o de aprendiz de ciruja- 
no. — El primojénito, es el injeniero civil don Al- 
berto Serrano, establecido en Curicó. — «Contigo, 
seremos cinco al servicio de la guerra^), escribía 
por esto a su hermano menor, el bravo que ha 
muerto sobre la cubierta del Huáscar, i luego pro- 
féticamente anadia: — «Si a alguno de nosotros nos 
toca morir, confío en la Providencia que no ha de 

4-7 



3?0 EPISODIOS marítimos. 

sor en tierra cliilena ni tan fcícíl mentes) El cielo 

ha escuchado sus heroicos presajios! 

V. 

No era con todo, el teniente Serrano, un hom- 
bre escepcional como el capitán Prat, ni tenia 
con mucho su temple moral i relijioso. No: el jó- 
ren subalterno, escapado en la niñez de la casa 
paterna i del yunque de la Escuela de Artes de 
Santiago, para ir en busca de infantiles ave]ituras 
a la playa de Valparaíso, no oraba antes de ir a 
pelear. Era de aquéllos que cuando sienten el to- 
que de zafaiTancho entran a su camarote a partir- 
se simétricamente el pelo, rebuscan en el fondo 
de BU maleta su mas terso par de guantes i salen 
tranquilamente con la sonrisa en los labios, ci- 
ñéndose gallardamente la espada a la cintura i 
llamando a sus camaradas a sus puestos con enér- 
jicos i festivos nombres. Ignacio Serrano era de 
lo, escuela de aquel capitán español Manuel Boria 
que cayó sobre los tramos del palacio real de Ma- 
drid en 1840, bajo las balas de naestro coronel 
Barrientos, i que, al morir en el banco, recomen- 
daba a su asistente introdujera en su corazón, por 
las heridas de su cadáver, la miniatura de la mu- 
jer que amaba.... 

YI. 

Poscia tarftbien el animoso i ale^rrc teniente de 

o 



LAS DOS ESMERALDAS 371 

marina, una esposa joven i bella, que desde hacia 
siete años completaba su dicha. Pero llamado al 
servicio en campaña, cerró en el acto su n^desto 
i feliz hogar en el Tomé, donde era hasta hace cua- 
tro meses gobernador marítimo, llevóla a Puerto- 
Montt i confióla a la guarda de nobles amigos.-r- 
«Mi casa en Tomé, decia militarmente a su her- 
mano, desde Yalparaiso, el 25 de abril, se la llevó 
el dlahlo.D I luego, volviendo a la natural ternura 
de todos los pechos animosos, anadia: — cSi la 
suerte me fuera tan adversa que me tocara morir 
¿qué te podré decir de mi Emilia? ¿Qué te podré 
encargar para ella? Eso tú lo sabes, pues conoces 
que no tengo sino mi sueldo.» ¡Bravo soldado de 
Chile! Os engañabais al escribir esas líneas de 
conmovedor desaliento! La viuda del taniente 1.** 
Ignacio Serrano, señora Emilia Goycolea, natural 
de Ancud, es la hija adoptiv^i de todos los chi- 
lenos (1). 



(1) Reproducimos als^unos ele estos rasgos solire el bravo ca- 
pitán de Iqniqíie de una compendiosa reseña que de él i del gura-- 
dia-marina Eiquelme publicamos el 31 do mayo del presento 
año al tenerse noticia de su fin. Eu el Apéndice, bajo el núm. 
17, reproducimos también una interesante carta, que sobre la 
vida i carácter de Ignacio Serrano nos escribió desde el Tomé 
con fecha 1." de julio, nuestro amigo. Arístides Muñoz. 

Serrano era un oficial muí travieso pero inofensivo. En agos- 
to de 1872, estando de estación la Covadonga, en Mejillones de 
Bolivia, su comandante don Ramón Vidal hizo levantar una in- 



372 EPISODIOS MARÍTIMOS. 



VII. 



Por lo demás, fuera de su adoración por su 
tierna esposa, estrella solitaria que daba luz a sus 
días de trabajo i de pobreza, el teniente Serrano 
no tenia sino dos cultos: el de la Esmeralda, a cu- 
ra sombra como, a la de añosa encina, había cre- 
cido, i el de su afección íntima por el capitán que 
junto con él liabia pasado del Covadonga a aquel 
buque. — «La amistad del teniente Serrano por 
Prat, dice uno de los biógrafos de éste, rayaba en 
los límites de un sentimiento que sobrepuja la 
fraternidad; amigos, condiscípulos, mas o menos 



formación, de la qne fué fiscal el comandante Latorre i en ella 
andaba metido Serrano por no só que habladas contra los boli- 
vianos i su prefecto. Uno de sus amigos de intimidad publicó 
en la Patria de Yalparaiso el siguiente rasgo peculiar de su 
índole: 

«Serrano a sus compañeros, siempre alegre, les decia: — Yo 
soi el que me voi a mamar a Grau; i en efecto, a eso iba cuando 
saltó sobre la cubierta del Huáscar i cayó esclamando: — «¡Yo 
muero, no hai nue darse muchachos!» 

5>Uno de los comandantes me contaba cpie Serrano había ido 
a hacerle una visita pocos dias antes de la salida para el Callao 
i le dijo: 

— » Pronto, comandante, alcanzaré el grado de Ud., pues ¿sa- 
be Ud. por qué lo ambiciono? 

— ))^Por qué? 

— »For estar como está Ud. en Yalparaiso, en la ventana de 
una futograda, entre todas las niñas...» 



LAS DOS ESMERALDAS ÍÍTS 

de una ml^nia edad, los unia ese indeleble lazo 
que es admiración i respeto. Refiérese de él, que un 
dia que se chanceaba Prat, preguntóle: ¿si me 
matasen, que lianas conmigo?.— GoiitcHtólQ pron- 
to: Si el golpe no te lo dan en la cabeza, que es lo 
que me sobresales, ten seguro, la, bala me matará a 
íni primero (1) . » 

Cumplióse el magnánimo v¿xticinio del amigo 
con mayor elevación de alma que la prometida. 
Serrano no pudo cubrir con su cuerpo a su jefe, 
pero como Aquiles a Patroclo, supo vengarlo. 

YITI. 

Tales eran los tres mas señalados lugar-tenien- 
tes que rodeaban al cnpitan Prat en la toldilla de 
popa de la Esmeralda (llamada en el lenguaje 
antiguo el «castillo o el alcázar), en los momen- 
tos en que el Iduáscar, tomando, como los rudos 
jinetes de tierra firme los aires de táctica en la 
Imtalla, se preparaba para lanzarse como un cor- 
cel furioso sobre su ya inmóvil adversario. Los mas 
jóvenes de los oficiales, entre los cuales habia dos 
Arturo, estaban todos en sus puestos i serian dig- 
nos de su jefe. Eran sus nombres Ernesto Kiquel- 
me, Vicente Zcgers, Arturo Willso'a i Arturo 
Fernandez. Los cuatro eran guardia-marinas, i el 
mayor de ellos apenas habia cumplido 20 años. 

(1) Bernardo Yiauña.— Biografía cltal capitán Prat^ páj. 30. 



374 EPISODIOS MARÍTIMOS 

En ninguno puso, sin embargo, espanto la pri- 
mera acometida del Huáscar ni la última. Dueño 
del rumbo el poderoso monitor, i persuadido s-u 
jefe que iba a tenérselas con un puñado de cora- 
zones estoicos, resolvióse a ultimarlos, ya que por 
nino^un medio seríale dable rendirlos. 

A la distancia de doscientos o trescientos me- 
tros escasos i con la velocidad de ocho millas que 
recomiendan los modernos tácticos de la guerra 
marítima, i que es la misma que imprimió el al- 
mirante Tegethof en Lissa, cuando atacó con el 
Alax al acorazado Re cT Italia i lo eclió a pique, 
lanzó el comandante Grau su buque a manera de 
silencioso i pesado proyectil sobre el costado de 
babor que era el que presentaba su adversario a 
su espolón, teniendo, como la mantuvo todo el 
tiempo, su proa al Norte. 



IX. 



Eran las once i media de la mañana. El sol 
ilimiinaba todos los horizontes, i parecía teñir 
con los colores do la fiesta la ciudad enloquecida 
de alegría i la bahía sembrada de despojos. 

El duelo duraba ya tres horas i media desde el 
primer dispíiro del campo de batalla i cerca de 
seis horas desde que los clarines de los barcos 
chilenos despertaran a la jente llamándola a la 
pelea. • 



LAS DOS ESMERALDAS 375 

Entraba ésta en su período decisivo, esto es, 
cuando buques i hombres iban a batirse borda oon 
borda, pecho con pecho, brazo con br¿izo. 

El drama sangriento daba paso a la epopeya 
sublime. 



376 EPISODIOS MARÍTIMOS. 



EL HÉROE. 



«Grloria a la jnventud que siempre uniJa 
Combate acorde el ocio i el marasmo. 
Ella en .su corazón el bien anida. 
Juventud! dice fuerza, dice vida, 
Juventud! dice amor, dice entusiasmo.» 

(Modesto Molina, poeta peruano, con motivo de 
la inauguración del cuerpo de Bomberos en Iquiqíie. 
— (íMereurioT) del 26 de mayo de 1878). 



Decíamos en el final del cuadro precedente, 
que irritado el comandante del monitor enemigo 
por su poca fortuna para rendir a su adversario, 
habíase decidido, después de cuatro horas de fue- 
go, a atacarlo i a partirlo con su irresistible espo- 
lón de acero sume rj ido a flor de agua en su proa. 
El capitán Grau tomó para esto con acierto i se- 
renidad todas las medidas técnicas del terrible 
caso. 

Pero el capitán Prat, cuyo rostro ni cuya alma 



LAS DOS ESMERALDAS 377 

110 hablan padecido una sola alteración durante 
el horrible i ya en demasía prolongado combate 
sin salida, vio venir el choque sin inmutarse, i 
dando la señal a los timoneles de perfilar el bu- 
que sobre su agresor: para recibirlo de soslayo, lo 
aguardó espada en mano en su puesto de com- 
bate. 



II. 



Hemos recordado con el testimonio constante 
de cuantos le vieron, que el capitán Prat mantu- 
vo desde el primer anuncio de la aparición del 
enemigo, una plácida e inalterable compostura, 
especie de impasibilidad de bronce que una débil 
sonrisa ÜQUiinaba a lampos. I por esta disposición 
de su ánimo i por la carencia absoluta de órdenes i 
de preparativos previos para el abordaje, liai ra- 
zón suficiente para creer desapasionada i justicie- 
ramente que, antes del momento del choque, no 
liabia golpeado a su alma heroica el impulso irre- 
sistible que lo lanzó sobre el puente enemigo. 
Para lo que él habla tomado medidas eficaces, de 
acuerdo con su segundo, era para echar su buque 
a pique en la última emerjencla. 

Hízose talvez esa resolución paso lentamente, 
como otros grandes movimientos de la voluntad, 
en el corazón del comandante de la Esmeralda, 

desde que vio venir sobre su nave la mole negra 

48 



S78 EPISOiiljS I.iAÍLiTiMOS 

del nwnitor cncmio-o levantando su hinchado lo- 

o 

nio sobre el airna a manera de enfurecido cetáceo. 

O 

Pero no contó el héroe chileno ni con la lijereza 
de la retirada en el ataque ni con la detonación 
espantosa que produjeron los dos cañones del 
llv/iscar al ser disparados a toca-penoles sobre su 
buque. 

Testigos que presenciaban aquel horrible due- 
lo desde la bahía, solo sintieron después del as- 
tampido de los cañones del monitor el crujir de 
los maderos i el esparcimiento en fragmentos de 
la arboladura de su adversario, pareciéndoles que 
la vieja corbeta habia saltado entera en mil as- 
tillas. 

Era ésta la segunda visión del postrer heroís- 
mo, después de la que hirió la retina de los tri- 
pulantes de la Covadonga al doblar la isla. La 
Esmeralda, pareció, en efecto, haber volado dos 
veces antes de irse a pique. 



III. 



¿Habia volado, entre tanto, el capitán , junto 
con los fi-agmentos de su buque? 

No. Firme en su sitio, dominándolo todo con 
mirada serena, dueño por completo de sí mismo i 
de la situación, juzgó el joven capitán llegado el 
instante supremo, i dando el grito de guerra de 
los antiguos héroes del mar: — ¡Al abordaje, rmi- 



i 



LxVS DOS ESivIESALDAS. ;;:9 

chachos! saltó ájil i terrible, espada en mano, clcs^ 
de el castillo de popa de la Esmeralda sobre el 
castillo de proa del agresor de fierro. Acero por 
acero, él queria devolver al monstruo brutal i si- 
lencioso su terrible espolonazo. 

Lo que desde ese momento aconteció sobre la 
cubierta del monitor peruano, es todavía un mis- 
terio de sus crueles i ufanos tripulantes. 

Fué tan rápido i vehemente el ademan del ca- 
])itan chileno al abordar, que del grupo ya diez- 
mado de los artilleros de marina que le rodeaban, 
solo alcanzó a seguirle un bravo sarjento segun- 
do, natural de Chillan, donde habia sido cocinero 
en un hotel. I éste, testigo único no tachado de 
parcialidad, no pudo deponer su testimonio ante 
la posteridad i la patria sobre el sublime sacrifi- 
cio de su jefe, porque cayó acribillado de balas i 
pronunciando palabras incoherentos que solo oye- 
ron sus esterminadorcs. Su nombre era Juan do 
Dios Aldea. 

IV. 

El último fin del capitán de la Esmeralda, ha 
sido contado hasta aquí de mil maneras diferen- 
tes, pero todas dignas de su preclaro nombre. 
Quién le divisara pálido i centellante dirijirse a la 
torre del comandante del Huáscar i disparar so- 
bre ella su rewlver.... Quién da testimonio de ha- 



380 EPISODIOS MARITD.IOS 

berle visto matar cuerpo a cuerpo en el castillo 
del monitor al oficial de banderas Jorje Yelarde, 
que allí murió en su puesto como bravo (1). 

Viéronle otros caer derribado por fiero golpe 
de hacha asestado por la espalda, como el primer 
conquistador castellano de este suelo, inmolado 
en Tucapel. I alguien, por último, atestigua que 
fué una bala vulgar salida de una tronera de fie- 
rro Lú que le hirió en la frente i destrozóle el crá- 
neo, causándole instantánea muerte. 

Pero aun sobre su sublime agonia, si la tuvo. 



(1) El alférez de fragata don Jorje Velarde, era un bizarro 
mozo de 23 años de edad. Hijo del coronel don Melchor Velarde 
i nacido en Lima en 1856, había entrado a la Escuela Naval a 
los 15 años i merecido como premio una medalla de oro en 1873. 
Debió a su mérito que se le enviara a navegar en la marina 
inglesa, embarcándose en el Oracle, i después en la Magidenne, 
buque de guerra francés qae dejó grata memoria en Valparaíso 
en virtud de la amabilidad de su jefe, el contra-almirante Serré. 
Eii el hermoso baile que a bordo de ese buque se dio en marzo 
de 1878, hízose notar el joven Velarde por su modestia i su 
dulzura. 

En el servicio propio de su patria, navegó en el Chalaco, 
cuando se ccflocó el cable sub-marino, i acompañó a Paita en el 
HvLÓscar al comandante Carrillo, cuando este jefe científico fué 
a observar el paso de Mercurio delante del Sol, l>kce dos o tres 
años. 

Aunque de complexión aparentemente robusta i dotado de no- 
table fuerza Muscular, al levantar un peso considerable de la 
cubierta de un buque, ñaqueáronlc los pulmones, i tuvo que re- 
tirarse a Jauja para curarse. Allí le halló la guerra, i no vaciló 



LAS DOS ESMERALDAS. • 381 

hanse hecho versiones íiitmias que revehin cuan 
empapados de su heroísmo quedaron sus propios 
inmoladores. Hai quienes añrman que, moribun- 
do en la cámara del comandante Grau, no quiso, 
como Francisco de Aguirre en la batalla del 
Mapocho, soltar la espada sino tronchándole los 
dedos, i otros añaden que recobrada un instante 
su razón i preguntado por su noble vencedor 
si tenia alguna coníidencia de corazón que legar- 
le para los suyos, preguntó solo por su buque, i 
al saber que se lo habia tragado el mar con sus 
colores izados en los topes, iluminóse su pálido 
semblante con una espresion divina, i espiró. 

» y. 

Pero encuéntranse todavía todos esos episodios 
como envueltos en el humo denso del combate, i 

en venir a cumplir su deber como peruano i como marina Séale 
la tierra lijera porque lia caido sobre el pecho de un valiente! 

Fué también herido en el Huáscar el capitán de corbeta don 
Francisco Freiré, comandante de la torre. Es este joven sobrino 
nieto del jeneral don Ramón Freiré, porque su abuelo don Ni- 
colás Freiré era hermano del último. Los Freiré no son de orí- 
jen portugués como su nombre parecería indicarlo. El padre del 
jeneral i de don Nicolás era el caballero vizcaíno don Francisco 
Freiré, comerciante i naviero establecido en Concepción donde 
casóse con la señora Jertrúdis Serrano, natural de esa ciudad. 
Falleció don Francisco al principio del siglo en Guayaquil, de- 
jando a KU hijo don Nicolás en Lima i a don Ramón en Concep- 
ción. 



382 * EPISODIOS MARÍTIMOS 



no es dable a la historia acojerlos como definiti- 
vos. Hai evidentemente nn misterio por esclarecer 
on aquellas últimas escenas de la vida del héroe, 
escenas horribles i a la vez sublimes. Su vencedor 
así lo ha anunciado, i preciso es dejar pasar el 
raudal de sangre que todavía está corriendo entre 
los dos países que se despedazan en la arena, 
para que de la orilla opuesta podamos escuchar 
las últim;vs revelaciones del inmortal sacrificio. 



YI. 



lía llegado, entre tanto, hasta nosotros como 
único testimonio fehaciente, una carta íntima i 
noble del comandante del buque sobre cuva cu- 
bierta, ce al pié del torreón d, cayó el denodado ca- 
pitán de Chile, i como esa carta resume digna- 
mente la admiración i el respeto que el mártir 
inspiró al émulo feliz i digno de él, vamos a re- 
producirla; por una concesión especial, íntegra- 
mente en seguida. 

La carta del comandante Grau a la viuda del 
capitán Prat. dice como sigue: 

«I jionitor Huáscar. 

))Pisagua, junio 2 de 1879. 
. » Dignísima señora: 
»Un sagrado deber me autoriza a dirijirmo a 



LAS DOS ESMERALDAS 383 

Ud., i siento profundamente que esta carta, por las 
luchas que va a rememorar, contribuya a aumen- 
tar el dolor que lioi justamente debe dominarla. 
j)En el combate naval del 21 del próximo pa- 
sado, que tuvo lugar en las aguas de Iquique, 
entre las naves peruanas i chilenas, su digno i 
VALEROSO ESPOSO, cl capítau de fragata don Arturo 
Prat, comandante de la Esmeralda, fué, como Ud. 
no lo ignorará ya, víctima de su temerario arrojo 

EN defensa i gloria DE LA BANDERA DE SU PATRIA. 

T) Deplorando sinceramente tan infa.üsto acoxte- 
cixMíENTO i acompañándola en su duelo, cumplo 
con el penoso i triste deber de enviarle las para 
Ud. inestimables prendas que se encontraron en 
su poder, i que son las que figuran en la lista ad- 
junta. Ellas le servirán indudablemente de algún 
pequeño consuelo en medio de su gran desgracia, 
i para eso me he anticipado a remitírselas. 

D Reiterándole mis sentimientos de condolencia, 
logro, señora, la oportunidad para ofrecerle mis 
servicios, consideraciones i respeto con que me 
suscribo de Ud., señora, mui afectísimo seguro 
servidor. 

Miguel Grau (1).5) 

(1) Esta carta que descubre una alma profunílamente jenero- 
sa, nos ha sido confiada para este libro por la digna viuda del 
capitán Prat, i solo como un delicado testimonÍQ de honor i gra- 
titud para su autor. 

La lista de los objetos encontrados sobre el cadáver del capi- 



SSi EPISODIOS MARÍTIMOS 



VII. 



Arí encontró término temprano en la flor de 
sus días la vida mas pura, mas amada i mas com- 
pleta que la mano de la posteridad justiciera ins- 
cribiera en nuestros anales del mar en la presente 
guerra. 

tan Prat, i que su viuda recibió relijiosaniente, es la siguiente: 

Inventario de los objetos encontrados al capitán de fragata don 
Arturo Prat, comandante de la corbeta chilena Esmeralda, me- 
mentos después de haber fallecido a bordo del monitor Huáscar: 

Una espada sin vaina, pero coa sus respectivos tiros. 

Un aro de oro, de matrimonio. 

Uq par de jemelos i dos botones de pechera de camisa, todo 
de nácar. 

Tres copias fotográficas, una de su señora i las otras dos pro- 
bablemente de sus niños. 

Una reliquia del Corazón de Jesús, escapulario del Carmen i 
medalla de la Purísima. 

Un par de guantes de Préville. 

Un pañuelo de hilo blanco, sin marca. 

Un libro memorándum. 

Una carta cerrada i con el sigliiente sobrescrito: 

«Señor J. Lassero. 

» Gobernación marítima de Valparaíso 

DPara entreo-ar a don Lorenzo ÜT. Paredes». 



Al ancla, Iquique, mayo 21 de 1879. 
El oficial de detall. 



P. Rodríguez Salazar 



LAS DOS ESMER^VLDAS 385 

Costumbre antigua i tolerada de poetas épicos 
i de historiadores i filósofos ha sido enaltecer la 
grandeza do los hombres a la orilla de la fosa cuyo 
cascajo hinchan las lágrimas del pueblo, Pero en 
el presente caso i delante de la unidad nunca 
desmentida de la existencia que tan aprisa hemos 
seguido, no £abe ni la sombra de esa adulación 
postuma de la gloria, corona de gayas flores que 
una sola noche de cierzo i hielo marchita para 
siempre. No: en el mar de Chile, en el vasto Pa- 
cífico, en todo el universo civilizado i capaz de 
darse cuenta de la grandeza de la virtud; el nom- 
bre del CAPITÁN Prat, será un emblema, una me- 
moria, una glorificación justa i perenne del he- 
roísmo consagrado por la muerte. I por esto 
abrigamos hoi, que ha pasado tiempo ya sobrado 



SoLre la manera precisa como ocurrió la muerte del capitán 
Prat, hai un misterio que el comandante Grau ha ofrecido reve- 
lar después de la guerra, misterio que honra tanto a la víctima 
como al jefe que, como él mismo lo reconoce, no pudo salvarle la 
vida. 

El único dato positivo i que puede dar alguna luz sobre el 
suceso i la manera como fué muerto, es el siguiente que apunta 
el corresponsal oriental Neto que vio su cadáver a bordo del 
Huáscar i dice así: — «La muerte, apesar de haber sido terrible, 
pues la bala le vació el cráneo, no había cambiado los rasgos de 
bu fisonomía que debió haber sido simpática». 

¿I cuál rostro de héroe no lo es? 

«,Su nombre era Prat (dice de él el vice-cónsul de Inglaterra 
Mr. Jewell, contando a su hermano aquel noble fin), uno d-e los 

49 



38í5 EPISODIOS MARÍTIMOS. 

para dejar aparecer las espinas de la ingratitud i 
las sombras del devorador olvido, la creencia de 
que el capitán Arturo Prat es i será durante los 
siglos la mas alta i mas pura gloria de nuestras 
epopeyas del mar. 

Otros podrán hacer tanto como él i tal vez con 
mayor fortuna i Hombradía. Pero mas que lo que 
él hizo en las aguas de Iquique no será dado a 
mortal alguno. 

Para consumar hazaña superior a la del último 
capitán de la última Esmeralda, se necesita per- 
tenecer a la raza ya estinguida i a la tradición di- 
vina de los semi-dioses. 



hombrea mas simpáticos que he conocido. Si algua hombre 
(añade), ha merecido una estatua por su valor, Prat la me- 
rece.» 

Eu cuanto al incidente aludido de su agonía, he aquí como lo 
refiere en su boletín un diario de Santiago: 

«En una carta recibida del Perú por persona mui relacionada 
con el comandante del [liídscar, se refiere que el ilustre Prat 
poco antes de morir eu la cámara del Huáscar, recobró por un 
instante el uso de la palabra. 

' — »¿Tien6- Ud. algo que enctirgarme para su familia? le pre- 
guntó Grau. 

— »¿I la Esmeraldiú fué la única respuesta del noble mori- 
bundo. 

— ))Se ha hundido con su bandera al tope, contestó el coman- 
dante peruano. 

DPrat cerró los ojos para no volver a abrirlos. 

»Se le quiso quitar su espada que aun tenia en la mano; pe- 
ro con un débil esfuerzo la retuvo.» 



LAS DOS ESMERALDAS 387 



YIII. 



Entre tanto, honrado su ctuláver por sus pro- 
pios inmoladores con el respeto debido al infor- 
tunio i a la gloria, fué desembareado aquella no- 
che en Iquique, i velado su cuerpo entre cristianos, 
diéronle piadosa sepultura junto a su vengador i 
al bravo mancebo enemigo que había caido a su 
lado i junto con él. 

Como Larrochejaquelin, el héroe de la Venclea, 
el capitán de la Esmeralda fué enterrado por 
manos amigas en el cementerio de Iquique, al la- 
do de la fosa del oficial peruano Velarde que ha- 
bia caido, como él, al pié de su bandera (1). 



(1) En el documento niim. 18 publicamos una carta dirijida 
al capitán U¿ibe por un hombre de cora,zon que se hix;o cargo 
de la iulmmacion del capitán Prat i del teniente Serrano. 

Tenemos motivos para creer íjue este noble amigo de los chi- 
lenos es el joven español don Eduardo Llanos, antiguo empleado 
en el Porvenir de las familias, i nuestro entusiasta colega en la 
Sociedad de Instrucción Primaria desde 1856. 

El editor ha creido también oportuno completar los datos re- 
lativos a la existencia, carácter i familia del capitán Prat repro- 
duciendo en el Apéndice bajo el núm. 19, el artículo que 
el autor publicó en la prensa de Santiago con el título de Z« 
sombra del héroe, a propósito de una visita íntima que hizo en 
Valparaíso a su madre i a su esposa el 28 de ji\í'iio último. 

A última hora nos llega todavía un dato precioso sobre este 
nombre verdaderamente admirable. Es, se puede decir, una pá.- 



388 EPISODIOS MARÍTIMOS 

jiña qne viene del polo, escrita en Magallanes por su diguo go- 
bema-tior militar, nuestro amigo el capitán de artillería don 
Carlos Wood, con fecha 1 1 de agosto. 

Ese fragmento del corazón, que publicamos sin comentarios, 
dice así: — «El 8 de febrero viltimo falleció repentinamente el 
gobernador marítimo de este territorio, teniente 1." graduado 
señor Agustín Garrao, i al dia siguiente llegó a ésta, de vuelta 
de su comisión a Montevideo i de paso para Valparaíso, el capi- 
tán Prat, quien tan pronto como supo la desgracia ocurrida, vino 
a tierra i nos acompañó en la triste tarea de llevar a su última 
morada a su antiguo condiscípulo i amigo. — En el cementerio 
depositamos el cadáver de Garrao en la fosa que hice cavar al 
lado de la que ocupa el del doctor Bates, de la Magallanes, que 
pocos meses antes falleció* en esta colonia. — Todos creían que 
Prat «diría algOD al despedirse de su amigo que dejaba en esta 
fría tíeíra; pero yo, que estaba a su lado, noté una lágrima pron- 
ta a escaparse de sus ojos, i por consiguiente, comprendí t^ue 
estaba demasiado impresionado para dar forma hablada a su 
sentimiento. — Al retirarse, dio al capellán de la colonia un Na- 
poleón de oro para sufrajios en su iglesia. 

i)Ya Ud. ve que desde su regreso a Chile la muerte le salía al 
encuentro. — ¡Cuan lejos estábamos al despedirle lleno de vida 
de imajinarnos su próximo ílnb 



LAS DOS ESMERALDAS 389 



«Ya el cielo aquel oscurecen 
Las nubes que el viento empuja....^ 

(Versos de Ernesto Riquelme a S. A. eu el 
A I ha, mayo de 1871). 



I. 



Mientras todo lo que llevamos narrado sucedía 
con la celeridad del rayo, i mientras desatracaba el 
Huáscar su hocico de fierro del roto costado de la 
corbeta chilena con una destreza que honra alta- 
mente la pericia profesional de su comandante en 
este jénero especial de combates marítimos, tenían 
a bordo del buque agredido i lacerado las escenas 
mas estraordinarias de sublime i taimado sufri- 
miento, de resignación inquebrantable i de inven- 
cible resolución en el propósito de no arriar la 
bandera querida que para el hombre de honor 
vale siempre mil veces mas que la vida. 

La arenga denodada del capitán Prat al co- 



300 EPISODIOS marítimos. 

menzcar el combate: — ¡Machachos! No arriéis la 
bandera! golpeaba en el tímpano de todos los oí- 
dos, estaba viva en todos los corazones dilatados 
por aquel ejemplo sin segundo. 

Muchos le habiaii visto caer, i desde ese mo- 
mento decisivo, que fué la verdadera crisis del 
combate, la orden del jefe habia pasado a ser su 
testamento, i su buque la tumba de los que le ha- 
bían seguido o no habían todavía muerto con él 
i como él. 



II. 



Hallábase en el instante de la catástrofe el te- 
niente Uribe, segundo del buque, i como tal, en- 
cargado de recorrerlo en todas direcciones, presi- 
diendo a sus diversos servicios, en el castillo o 
toldeta de proa, cuando por entre el humo i el 
estrago de la metralla, vio desaparecer al jefe 
heroico sobre el puente del monitor que otra vez 
se alejaba con su gloriosa presa. 

I en el acto, sofocando su corazón de hermano 
i de amigo con sus dos manos, encaminóse resig- 
nado i animoso a cumplir su deber en el sitio que 
la muerte habia desocupado en el estremo opues- 
to del buque. 

Al hacer aquella travesía, corta pero espantosa, 
necesitó el joven marino abrirse paso por entre 
montones de cadáveres mutilados por las desear- 



LAS DOS ESMERALDAS ?m 

gas a boca de jarro del enemigo, i hubo de vadear 
su camino por la sangre, empapando sus pies en 
los charcos humeantes de los que con hondos cla- 
mores agonizaban. — «Nadie caia herido, dice el 
capitán Uribe en una carta a uno de sus deudos: 
todos eran horriblemente mutilados i a los pocos 

minutos la sangre corria por la cubierta Pero 

nuestra jente no desmayaba ni abandonaba sus 
cañones-)) — «A cada momento, anadia otro de los 
oficiales del buque, pintándose a sí propio el ho- 
rror indecible de aquel espectáculo, se encontra- 
ban piernas i brazos que no se sabia de quienes 
eran....)) 

III. 

Todo era empero en vano: la bandera flotaba 
gallarda a la brisa del medio dií>, acariciadora 
del ambiente en las costas del Perú. ¿Qué impor- 
taba entonces todo lo que acontecía al pié del 
mástil que la sustentaba? Cada cadáver era un 
soporte mas añadido a la defensa, un fragmento 
palpitante que servia al parapeto de los cañones. 

Jamás viérase ni igual, ni mas parejo, ni mas 
sublime encarnizamiento. 



IV. 



Entre tanto, el bravo comandante del Huáscar, 
movido su pecho a clemencia por tanta i tan por- 



3í>2 EPISODIOS MARITLMOS. 

fiadi* licroicidcid, sujeta la brida a bu monstruo 
invulnerable e impone largo rato silencio a sus 
cañones i a su jente. — «Por un momento el Huás- 
car paró sus fuegos, cuenta el capitán Uribe en 
una carta de familia, como dándonos tiempo para 
reflexionar i rendirnos....» 

Pero ¡oh, no! todo ardid seria inútil, toda pie- 
dad rehusada. ¡La bandera! ¡La bandera! era el 
grito de todos los corazones, i al caer en grupos 
los ínclitos defensores de la gloria de Chile, fija- 
ban en sus pliegues la agonizante pupila i mo- 
rían sonriendo. 

Y. 

Entre tanto, militarmente considerado el com- 
bate, estaba en lo material terminado. Lo que 
quedaba por cumplirse era simplemente la carni- 
cería de los que no reciben cuartel. 

I a esta suerte estaban sometidos de antemano 
todos los ánimos con levantado, tenaz, invencible, 
imponderable esfuerzo. Para el peruano, la Esme- 
raída no podia ser ya una victoria ni una presa: 
para el chileno era solo una insignia, un nombre, 
una pajina de la historia. I por ella iban todos a 
morir con el magnánimo corazón lleno de gozo. 

VI. 

Distinta i mas fogosa pasión penetraba tam- 



LAS DOS ESMERALDAS 393 

bien a esas horas en revuelto torbellino de llamas 
por entre las grietas de aquellos pechos de bron- 
ce que el plomo enemigo desgarraba. —«La pér- 
dida del comandante, esclama uno de los oficiales 
de aquella compacta ííxlanje de lidiadores antiguos, 
produjo en la tripulación una impresión profun- 
da. La idea de la venganza se apoderó de todos, i 
cada uno quiso ser un héroe pasa imitar su ejem- 
plo.)) 

¡Espectáculo sublime! ¡Por cuántas almas en 
agonia no debió pasar en esa hora de resistencia 
estéril e irremediable el asomo de salvadora de- 
bilidad! ¡Es tan dulce la vida para todos los seres 
que la alientan! 

Quedaban todavía, en efecto, a bordo cien 
existencias intactas, i todas ellas veíanse suspen- 
didas por la cuerda de un mastelero sobre los 
abismos i la muerte.... Pero el capitán Prat esta- 
ba allí, con su última voz de mando, con su sere- 
no, convencido, inmortal mandato — «¡No os rin- 
dáis!)) — i todos obedecían al muerto glorioso como 
si le vieran todavía de pié en lo alto del alcázar! 

YIL 

Adueñóse con mayor intensidad que en los 
otros, aquel sentimiento del ejemplo en dos ofi- 
ciales que quisieron seguir a su jefe hasta mas 

allá de la tumba: en el teniente Serrano i en el 

50 



394 EPISODIOS MARÍTIMOS. 

guardia-marina Riquelme, aquel su amigo i su 
admirador desde el colejio, el último su discípulo 
i su conquista en el aula de. Santiago. 

No vio Riquelme por sus ojos caer al jefe que 
mas amaba en la marina; pero al recibir la nueva 
al pié del cañón que mandaba como simple cabo 
de punterías, apoderóse de sualmajenerosa exal- 
tación, i saltando desde el castillo de proa a la 
cubierta, esclamó con la voz de profunda desespe- 
ración: — «¡Muchachos! nuestro comandante ha 
muerto, corramos a vengarlo.» 

I desde ese momento el noble mancebo, como 
poseído de nn vértigo, vagaba de cañón en cañón 
cual el mudo fantasma del sacrificio. Por esto, co- 
mo los artilleros del Vengeu7% él mismo disparaba 
todavía la última pieza de la batería, cuando el 
agua invadía con melancólico i horrible rumor los 
últimos maderos de la mutilada nave. 

Yin. 

Era Ernesto Riquelme una alma pura, una de 
esas ekistencias que paa'a todos son queridas por- 
que son el símbolo de todo bien. Hijo de una mu- 
jer cumplida, que ha ennoblecido durante treinta 
años el trabajo de la intelijencia por la enseñan- 
za, la señora Bruna Yenegas de Riquelme, el jo- 
ven mártir heredó de su padre, don José Riquel- 
me, uno de los mas antiguos taquígrafos que hubo 



i 



LAS DOS ESMERALDAS 395 

en Chile, una naturaleza rica en entusiasmo i en 
amor al arte. 

Nacido el 1-i de abril de 1852, era tal vez el 
mas brillante de los jóvenes subalternos de la 
Esmeralda, i se cuenta de el, no como maravilla 
sino como una simple predestinación en su hogar, 
que a la edad escasa de diez años, deteniéndose de 
visita con su madre en casa de una amiga en Val- 
paraíso, delante de un modelo de la Esmeralda, 
manifestó tan entusiasta afición al buquecillo, que 
hubieron de regalárselo i traerlo a Santiago para 
adorno de su modesto aposento, donde todavía se 
custodia (ícon la bandera al tope.» 

Pero su verdadero cabo de enganche fué el ca- 
pitán Prat. A. los 18 años Riquelnie era bachiller 
en humanidades, i en 1874:habia hecho ya la ma- 
yor parte del curso de leyes, cuando el glorioso 
capitán le atrajo a su bandera. 

Desde ese dia el bachiller i el abogado vivieron 
bajo una sola insignia i a la sombra de sus inmacu- 
lados pliegues perecieron. El capitán Prat, liabia 
hecho a su antiguo condiscípulo su secretario par- 
ticular i ayudante de órdenes en la Esmeralda. 

Entrado a la marina en 1874, cuando se anun- 
ció que tendríamos blindados, hizo a bordo del 
Cochrane el viaje de instrucción i de reparación 
que esta nave verificó a Iglaterra en 1877, i resi- 
diendo habitualmente en Londres, allí cultivó la 
música i el arte de los torpedos, el dibujo, la 



30G EPISODIOS marítimos 

poesía i los idiomas: en todo lo cual hizo tan no- 
torios progresos qnc del último ramo tomó arran- 
que en su alma dulce pasión correspondida que 
el cielo no consintió en bendecir. El joven guar- 
dia-marina, menos impetuoso que su camarada 
de viaje el teniente Uribe, había venido a pre- 
parar en Chile el hogar de sus amores, i se alis- 
taba para atravesar otra vez el océano en su de- 
manda, cuando ingrato plomo rompió su pecho. 
Lleven las brisas del mar a la tierna desconocida 
el pésame de todos los que aman i son amados! (1) 



(1) Copiamos este juicio de un rasgo bio^Vi'áfico titulado Zí?5 
comparicros del capitán Prat, va citado. — Parécenos también 
digna de memoria la siguiente circunstancia allí consignada: 

El guardia-marina Ernesto Riquelme, fué conquista de Prat 
en el claustro de la Universidad, cuando ambos cursaban leyes, 
i se hallaba aquél al estallar la presente guerra a bordo del 
Cochrane; pero en el Norte pidió ser trasladado a la Esmeralda^ 
i su noble cuanto desventurada madre nos lia enviado a decir 
que la última carta del heroico niño era la espresion del mas 
vivo regocijo, porque habia vuelto a juntarse sobre la vieja i 
venerada quilla con su antiguo i querido cajiitan i amigo. 

Igual ventura e idéntica afición manifestó al llegar a Iquique 
el teniente Serrano. 

¿Hai por ventura en el corazón del hombre, en la relijion de 
la amistad, en la fidelidad de la bandera un vaticinio misterioso 
que nos arrastra al desenlace de la vida en una gloriosa alianza? 
Prat, Serrano i E-iquelme, los tres han elejido el sitio, los tres 
se han dado la cita sublime, los tres han muerto entrelazadas 
hivS espadas i los brazos. 

Hemos dicho que Ernesto Riquelme era poeta. En el Apén- 



LAS DOS ESMERALDAS 307 



IX. 



Tradújose en el corazón mas avezado i varonil 
del teniente Serrano de manera diversa su resolu- 
ción de morir vengando al amigo predilecto de 
su vida, porque desde que Je viera caer sin po- 
derle seguir, formó en su pedio la resolución de 
ir a rescatar su cadáver cayendo moribundo sobre 
él para cubrirlo. 

Hai en la empresa del oficial Serrano algo de 
tan inusitadamente grande i valeroso, que por un 
momento colócase el subalterno a la altura de su 
superior en gloria. El sabe que el enemigo es invul- 
nerable; él ha visto como el plomo baña la cubierta 
del monstruo, saliendo de antros i de hocicos invi- 
sibles; él conoce demasiado que la muerte está allí 
«al pié del torreón.)) Pero no vacila en cumplir 
su destino. Ha ido de canon en cañón diciendo 
adiós a su manera a sus amigos, i todavía al mar- 
char a irrevocable sacrificio ha encontrado una 
palabra festiva que retrata su jenial viveza. To- 
do lo que ha dicho al último oficial que encuentra 
a su paso, es esta frase de soldado americano: — 
Com^jañero : estamos fregados.... 



dice publicamos una TíiiJa composición de su niñez, pues cuan- 
do la dio a luz en un periódico de Santiago en 1871 tenia apo- 
cas 19 años. Ve'ase el núm. 20. 



308 KPIS0DI03 MARÍTIMOS 

I en ese instante, viendo llegar por segunda 
vez al Huáscar con su espolón en ristre, agrupa 
sobre la borda una cuadrilla de bravos resueltos 
a morir como él, i al sentir el sordo empuje del 
choque que penetra en las entrañas de la taimada 
corbeta, saltan todos al abordaje por el hueco a 
que daba acceso la proa del monitor al sepultarse 
en el flanco despedazado del ya inerme i casi in- 
móvil buque. — xYo los vi, dice un testigo de su 
hazaña, cuando avanzaban por el castillo del 
Huáscar, i acercándose a la torre... Al pié de ésta 
recibió el teniente Serrano un balazo que lo ten- 
dió en la cubierta alcanzando a decir a los que 
tenia al lado: — Yo muero! Pero no ha¿ que ren- 
dirse, muchachos!)) 



X. 



Fué ése el momento, cantado por fáciles bar- 
dos peruanos, en que el teniente Arellano de la 
guarnición del buque, se presentó por la primera 
vez sobre cubierta con sus soldados de la Columna 
Constitución, especie de infantería de marina que 
los habitantes del Callao denominan los buitres, 
ignoramos por qué analojias. — Arriba mis buitres! 
esciamó el oficial peruano, i saliendo por las bien 
guardadas escotillas del monitor, a medida qu3 
éste se alejaba, matáronlos a todos como nuestr-os 
campesinos matan a los buitres.... 



LAS DOS ESMERALDAS 300 



XI. 



Fué de esa manera, verdaderamente, digna de 
admiración entre soldados, como acabó sus dias 
el valeroso capitán que habia ido a la guerra con 
el presentimiento de un final desastre, pero ale- 
gre, chistoso, comunicativo i hasta retozón en la 
postrer hora de su prueba. Tenia el teniente Se- 
rrano una de esas fisonomías i. aposturas llanas i 
enérjicas, que cuando se las divisa en cualquier 
sitio, se dice uno involuntariamente a sí mismo: 
— «¡Allí va un soldado!» — De mediana estatura, 
ancha espalda i complexión muscular, era el tipo 
simpático de todos los hombres de guerra: la 
huella francesa no estaba del todo borrada en su 
bizarra estructura. 

Tenemos sobre nuestra mesa un retrato suyo, 
sacado por la máquina hace cuatro meses en Con- 
cepción, i la figura parece destacarse del papel 
albuminado como si quisiera «saltar al abordaje»: 
tal es su natural enerjia. 

No se esperimenta por esto la menor estrañe- 
za, al notar que sus propios enemigos hayan es- 
crito el glorioso epitafio del teniente Serrano con 
esta frase, que todos los hombres de guerra i 
de mar sabrán comprender en su lacónico i heroi- 
co significado: — este oficial murió al pié del to- 
rreón. 



400 EPISODIOS marítimos 



XIL 



El sacrificio, pocas veces visto en la historia de 
las guerras, del teniente Serrano, porque fué ofren- 
da cierta i voluntaria a la muerte i a la amis- 
tad acendrada, habria parecido el último lance 
de aquella agonia indecible i desesperada que du- 
raba ya cuatro largas horas. Pero aun quedaba la 
última i mas espantosa jornada del espantoso dra- 
ma; el hundimiento. 

La desaparición de la Esmeralda ha sido de- 
lineada en el prolongado i desigual combate por 
una serie de cuadros que se completan entre sí, i 
como los cantos de los libros forman el conjunto 
de la epopeya. 

El primero de esos cuadros comienza al romper 
el alba con la aparición de las columnas de humo 
que anuncian la presencia del enemigo en lejano 
horizonte, i termina con el primer disparo de in- 
timación del Huáscar dentro de la rada de Iqui- 
que. Es éste el reconocimiento. 

El segundo período del combate es el de las es- 
caramuzas hasta que la Covadonga logra escapar 
al Sur. 

El tercero está refundido en el heroísmo anti- 
guo del capitán Prat, al saltar al abordaje. 

El cuarto es la muerte vengadora del teniente 
Serrano después del segundo espolonazo. 



LAS DOS ESMERALDAS 401 



Queda todavía por narrar la quinta i ultima jor- 
nada que liemos llamado el hundimiento, i ésta 
es la dolorosa tarea que nos cabní llenar en el 
próximo cuadro de este libro. 



51 



<(i3 EPISODIOS 3IARIT1M0S 



EL DESENLACE. 



«Los oficiales chilenos prisioneros en Iquique 
maniñestan gran cariño por la Esmeralda. — «Po- 
bre vieja, dicen, pobre mancar runa! En fin, hizo 
lo que pudo.» 

(Nacional de Lima, del 14 de Junio de 1870^. 



I. 



Cuando el monitor peruano, completamente in- 
vulnerable, en razón de los proyectiles de su ad- 
versario, asestó su segundo i terrible espolonazo 
a la mutilada corbeta, casi en el centro de su má- 
quina, por el lado de estribor, quedó la última ma- 
terialmente fuera de combate. Sus fuegos se apa- 
garon, I3» máquina dejó de funcionar, i lo que era 
aun mas grave i decisivo, inundóse por comple- 
to el pañol de municiones, ahogándose como den- 
tro de una cueva de fierro los bravos que allí ser- 

vian. 

Pero cuando el hombre, a semejanza de la fiera, 



Lx\S DOS ESMERALDAS 4C3 

resuelve pelear hasta morir, de todo lo que su 
mano alcanza hace una arma de agresión. ^ 

Era algo verdaderamente grande i doloroso, ver 
aquellos artilleros que se batian sin descanso des- 
de el alba hasta el zenit de un sol trópica-, buscar 
a tientas entre los muertos i los heridos algún car- 
tucho rezagado, una bala suelta en las junturas do 
las tablas, una espoleta rota, que llevar a la boca 
enne2:recida i candente de los cañones. 

La resolución de todos era la misma, inmutable, 
sombría como la aceptación de la muerte, helada 
como la losa del sepulcro: — «no rendirse!» 



II. 



Subió a cubierta empapado de sudor, desfigura- 
do por el hollin, agotado por el cansancio, el pri- 
mer injeniero Hyat, animoso americano del norte 
al que hemos conocido ya en la Esmeralda, cuando 
osurrió en 1835 la captura del Covadonja; i este 
noble oficial dio cuenta al capitán Uribe de que la 
máquina habia cesado de moverse.-^¿Qué impor- 
ta? — «No nos rendimos!» era la espresion que 
animaba todos los semblantes, la articulación 
que se leia en la contracción de todos los labios 
crispados por la cólera. Al retirarse a su puesto 
para sumerjir el buque el injeniero Hyat, traidora 
bomba le quitó la vida. 

Vinieron, en seguida, el condestable i el te- 



401 EPISODIOS MARlXniOS 

iiiente Sánchez, que Labia, tomado el puesto do 
detall del capitán Uribe, a participar a éste que la 
Santa Bárbara estaba inundada i que ya no había 
sino unos cuantos fragmentos de cartuchos man- 
chados de sangi'e sobre la cubierta.- -<^c ¿Que im- 
port'i otra vez? — No nos rendimos!)) 

íMe crucé de brazos, dice el heroico mozo que 
heredó el puesto i el alma del capitán Prat, i es- 
peré que se cumpliera nuestro destino!» 

¿Podría, por ventura, hacer otra cosa ni mas 
alta un semi-dios antiguo? 



III. 



Las bajas de la corbeta pasaban a esa hora (las 
doce i media del dia) de mas de cien plazas. Pero 
quedaba todavía a los cañones una última e in- 
completa remuda de artilleros, i éstos para hacer 
ronzar las piezas, apartaban antes los cadáveres 
de los que hablan perecido i estorbaban al mane- 
jo del montaje. I donde habían caido los cabos 
de caüon, entraban a relevarlos los niños subli- 
mes, que la vieja nodriza de la marina de Chile, 
¿imamantaba todavía a sus senos de bronce. Ade- 
mas de Ernesto Iliquelme, cuya noble figura hemos 
ya exhibido i por el orden de edades, batíanse con 
el denuedo de viejos capitanes Arturo Wilson Na- 
varrete, cadete de 1836, joven arrogante que 
había merecido servir por su porte í por su mérito 



liAS DOS ESJIERALDAS 405 

en la marina de g'ucrra de Estados Unidos (1872- 
73), i que retirado del servicio cuando era éste 
pereza i desgreño, volvió a él al sonido del par- 
che que llamaba a todos los valientes a las armas. 

Sus dos compañeros Vicente Zegers i Arturo 
Fernandez Vial hablan nacido, con diferencia do 
días, en el mismo año "(el 22 de setiembre i el 15 
de marzo de 1860, respectivamente), de suerte que 
uno i otro no hablan cumplido aun 19 años. Pero 
no fué su corta edad motivo que amenguara su 
pujanza, porque uno i otro dieron pruebas do 
cuanto tiene el país derecho de esperar de los 
adolescentes que educa para su gloria. 

El guardia-marina Zegers, hoi teniente 1.° de 
la Armada de la República, hijo de Valparaíso, 
afecto a todos los ejercicios del mar, la natación, 
el dibujo de marinas, discípulo de Prat i de Se- 
rrano, habla gozado el privilejio de visitar la 
Europa durante el último viaje del Cuchrane, i el 
mas envidiable todavía de batirse en la Mac/aUa- 
nes, a cuyo bordo recibió en Chipana el bautismo 
de fuego. 

El joven Fernandez, natural de Santiago i 
alumno de primeras letras en una escuela do la 
capital que sostienen los canónigos, habla hecho 
en seguida su aprendizaje científico en la escuela 
Academia Militar, i con tan señalado provecho, 
que en un año (1874:) monopolizó todos los pre- 
mios de sus ckises. 



40j EPISODIOS I^IARITi:\IOS. 

No ha sido poi* esto antojadizo encomio el que 
liemos hecho de h\ jente de la Esmeralda, cnando 
asegurábamos que toda éUa era una lejion de es- 
cojidos. Aun el mancebo que mandaba la guarni- 
ción militar, el alférez don Antonio Hurtado, hijo 
de un marino antÍ2:uo i conocido, el canitan de 
navio don Miguel Hurtadof habíase criado entre 
las alsi'as i reventazones de Chiloé, donde su ]y¿i- 
dre era gobernador marítimo. Este valeroso anñ- 
bio hallábase así en su elemento, mandando sol- 
dados i peleando en el mar. Como los otros, habia 
nacido en 1858. Detalle curioso! Ninguno de los 
ocho oficiales de la Esmeralda tenia cumplido 
treinta i dos años, i habia algunos como Prat i 
como Uribe, que contaban mas de diez i seis años 
de mar. 

Con tales hombres salvó Chile aquel luctuoso 
dia intacta e inmaculada su fama. 



IV. 



Encolerizado a la lar^-a el comandante del 
Huáscar por aquella resistencia que a él parecíale 
insensata, pero que en realidad para nosotros 
seria salvadora, continuaba arrojando casi a tiro 
de pistola una verdadera granizada de proyecti- 
les huecos sobre el despedazado pontón, que una 
especie de milagro mantenía a flote. 

I hácese preciso declarar aquí, que tal procedí- 



LAS DOS ESMERALDAS 407 

miento no era ni humano, ni militar, mucho me- 
nos heroico según se ha dicho por al^imos. Erii, al 
contrario, el empecinamiento innecesario de una 
carniceria brutal, que solo pone de manifiesto la 
fiebre que enjendra la batalla aun en los ánimos 
mejor dispuestos. 

Seria gratuita injuria decir ante la historia que 
el comandante del Hiiciscar no era un bravo. No. 
Pero la ira de la resistencia, semejante al humo 
que vomitan la bocas de faego, ofusca la clari- 
dad del espíritu en el fagor del combate i lo es- 
travía. Porque a la verdad, lo que habria cum- 
plido a un marino del temple i de la fama del 
comandante Grau, habria sido abordar el inerte i 
desarbolado madero en que flotaban todavía co- 
mo sobre una balsa sin gobierno un puñado de 
héroes, i así habria devuelto, bizarría por biza- 
rría, heroísmo por heroísmo, la gloriosa visita que 
a su puente hiciera en la primera hora el capitán 
Prat. 

, Entre tanto, cañonear como un blanco fijado 
en un anclote el fragmento de un buque, del cual 
no queda sino la bandera i un grupo de cdeones», 
(como ellos los llamaron) i de moribundos, puede 
ser conforme a las brutales leyes de la guerra, pero 
de seguro que la levantada hidalguía del coman- 
dante peruano debió sufrir punzante mortificación 
al verse así con^éei'tido en simple máquina de ma- 
tanza. 



408 EPISODIOS ^lARITIMÓS 



Y. 



Alistábase, cu consecuencia, cu medio de su 
incesante fuego el monitor enemigo para empren- 
der su tercera i decisiva arremetida, enderezando 
su proa al heroico madero i cargando sus dos ca- 
ñones para el golpe de gracia que debia disparar, 
conforme a ordenanza, sobre la víctima caida. I 
los que desde la cubierta ya solitaria del buque 
chileno veíanle venir, atirman sin jactancia, que 
le esperaban casi como una redención de largo, 
amargo, infinito martirio. I así debería ser lo ver- 
dadero, porque cuando se ha visto morir sucesiva- 
mente al jefe, al amigo, al compañero de todos 
los días, al bravo subalterno, al clarín que ha to- 
cado la última diana al pié del bronce, i cruje bajo 
nuestras plantas, como.el andamio de im sacrifi- 
cio irremisible, aquel fragmento de la patria que 
ha sido confiado a nuestra guarda i fué largos años 
venturoso hogar de alegre juventud, la vida ase- 
méjase a la cadena que nos ata al poste de inso- 
portable cautiverio, i lo que el alma anhela es el 
reposo después de la agonía, la ixidencion en pos 
del martirio. 



VI. 



A su vez, los maquinistus del líuque, loj sir- 
vientes del paso de gwmada, los mayordomos i 



LAS DOS ESMERALDAS. 409 

mozos (le cámara, los pocos grumetes i timoneles 
que el fierro liabia respetado todavía, se prepara- 
ban para el último trance con una serenidad de 
ánimo, que para todos, en aquel dia memorable, 
fué pareja. 

Uno de esos injenieros (Mutilla) habia sido con- 
discípulo del capitán Prat en la escuela superior 
de Santiago, otro (Dionisio Manterola) habíase 
hecho notar por un espíritu intrépido hasta ser 
turbulento, i el último (Gutiérrez de la Fuente), 
tenia una curiosa organización artística de la que 
nos han quedado algunas muestras en su libreta 
de memorias, llena de pintorescos dibujos, i en 
cartas íntimas, que son un mosaico de ocurren- 
cias peregrinas (1). 

Gutiérrez de la Fuente tenia cuentas pendien- 



(1) Tenia Gutiérrez un espíritu festivo, i la fantasía de lla- 
mar a todos «pelados», no siendo probablemente su cabellera 
muí profusa. — «El ju^/aí/ó) Manterola está por venirse a bordo,» 
decía el 4 de marzo desde la Esmeralda, i así habla de otros 
«pelados5>, que tememos no fuera siempre simple negocio de cal- 
vicie... Su mayor afición era a los perros i a los pájaros, porque 
nunca omitía enviarles cariñosos recados en sus cartas de fami- 
lia. — «Dime que es de mis pajaritos, preguntaba en una ocasión. 
Si yB, cantará la tenquita!» 

«Memorias a todos i todas, perros i pájaros, volvía a escribir 
desde Antofagasta el 1." de abril, i añadía: «Dale a oler esta 
carta a Talismán... T) su perro favorito. 

No todo era, sin embargo, trivial ni pintoresco en el rudo ma- 
quinista, alumno, como sus compañeros chilenos, Mutilla i Man- 

5^ 



410 EPISODIOS marítimos 

tes con los marinos peruanos desde la campaña 
de 186G, en que le cupo navegar en su compañía 
en el Amazonas hasta que este viejo barco dio en 
tierra con sus años en los canales de Cliiloé. 

VII. 

Cuando el Ihuiscar llegaba por tercera vez a 
enterrar en el flanco ya medio sumerjido de la 
corbeta su postrer i mas feroz dentellada, aque- 
llos desgraciados se liabian agrupado en la sala 
de armas no teniendo ya puesto alguno cu el 
combate, i se ocupaban en desnudarse para sal- 
varse a nado; de suerte que al llegar el monitor a 
su costado i disparar su penúltima bomba, penetró 
ésta por el centro del buque i de un solo golpe 
quitó la vida a veinte i tres individuos, perecien- 
do los tres maquinistas ya nombrados, dos apren- 
dices do mecánicos, casi todos los niños i grume- 



terola, de la Escuela de Artes i Oficios. En uaa carta de Iquique 
fecha 27 de abril, se espresa como sigue : 

aPor allá también veo que han sucedido muchas cosas nue- 
vas, tales como el nuevo ministerio. Ojahí esto dé gusto a las 
aspiraciones del país I» 

Gutiérrez de la Fuente «ra, como su nombre pomposo lo in- 
dica, hijo de un español avecindado en Santiago i habia entrado 
al servicio de la marina, como Mutilla, en 1S64. Manterola era 
mas antiguo, porque comenzó su carrera como aprendiz mecá- 
nico cou el comandante Señoretcn 1857. 



LAS DOS ESMERALDAS. 411 

tes del birque allí refnjiados, i diez infelices heridos 
que liabian recibido del sereno cirujano Guzman 
su primer vendaje.... 

Fué, a la verdad, tan horrible la matanza total 
de los proyectiles enemigos, que de los 32 solda- 
dos de la guarnición militar, perecieron 26, con- 
forme al rol del buque. De la servidumbre, cuyo 
número llegaba a ocho, escapó uno solo con vida: 
el mayordomo Manuel Menéses. De los nueve em- 
pleados de la máquina, sobrevivió otro, (el apren- 
diz mecánico Vargas). De los diez i ocho grume- 
tes escaparon los llamados Concha, Alvarez i 
Vargas; i del servicio de depósito para las bajas, 
entre veinte i uno, perecieron quince.... 

En conjunto salvaron solo los que, al sumerj ir- 
se el buque, se hallaban todavía completamente 
ilesos, en número de 40 entre 192. Todos los he- 
ridos perecieron. 

El número exacto de las víctimas fué de 146, i 
ocurrió de curioso en aquella espantosa matanza, 
que seis u ocho marineros de apellido griego o 
maltes, Micalbi, Cornelio, Paulo, Despots, Esta- 
matópolis i otros, casi todos salvaron, probable- 
mente gracias a su destreza i al hábito de na- 
dar adquirido entre sus islas (1). 

(1) Véase en el Apéndice., bajo el núm. 21, el rol completo de 
la tripulación de la Esmer.Uda con espresion de los muertos i 
de los salvados. v 

Publicamos también como complemento de esta relación las 



412 EPISOOrOS MARÍTIMOS 



YIIL 



No necesito gran esfuerzo el comandante Gran 
para consumar su última proeza. — Al recibir la 
cuchillada del monitor en sus entrañas, la corbeta 
invencible inclinóse por su proa, i comenzó a su- 
mcrjirse, de modo que lo que quedó visible de su 
estructura hasta el postrer momento, fué su palo 
de mesana a popa, en cuyo pico flotaba ilesa i 
majestuosa la insignia de la patria. — <íLo último 
que ss sumerjió, dicen los que presenciaron desde 
la población la terrible i vengadora catástrofe, 
fué la bandera chilena». I otro, como para comple- 
tar el grandioso cuadro, añade desde la playa. — ■ 
<(A1 hundirse \^ Esmeralda, un cañón de popa por 
el lado de estribor, hizo el último disparo, dando 
la tripulación vivas a Chile (1).» 

Era ese el último eco de la salva que la gloria i 
la ordenanza tributan a los héroes que en vida 
fueron, al borde de la sepultura.... 

diversas e interesantes cartas privadas que sobre el combate de 
Iquique escribieron los oficiales sobrevivientes de la Esmeralda, 
i algunos oficiales o testigos de vista peruanos, en este orden; 

Núms. 22, 23 i 24. Cartas de los of.ciaUs chilenos Uribe, Sán- 
chez i Zegers. 

Núm. 25. Documentos i cartas peruanas. — Descripción del 
combate por Modesto Molina i cartas de B. Neto i el teniente de 
artille! iaCanseco. 

(1) Relaciones de B. Neto i Modesto Molina. 



LAS DOS ESMERALDAS 413 

I el ejército pferiiano puesto sobre las armas a 
lo largo (le la ribera, hacíale así, en el orden de 
parada, el último honor tributado en la fosa por 
las leyes universales de la guerra, al que en vida 
fué proclamado bravo. 

En cuanto a la bandera que no perece nunca: 
si ella es el símbolo de la batalla i la victoria, si 
ella es prenda del honor que no capitula, si flameó 
ufana sin caer de modo alguno en enemiga mano, 
¿de qué parte estuvo en definitiva la gloria inmar- 
cesible de la inmortal hazaña? 

IX. 

El comandante del monitor peruano padeció 
ciertamente un grave error de criterio militar al 
sumerjir a su adversario. Abordando, como lo pu- 
do, a la Esmeralda^ habria sido esta noble nave 
su conquista; sus colores su trofeo; su casco su 
presa, i suya lejítimamente la vanagloria guerrera 
de la jornada. Pero permitiendo que se hundiera 
en el fondo del mar con su pabellón al tope, el 
verdadero vencido fué su barco de fierro, i de este 
juicio ha dado j^a amplio testimonio la opinión 
unánime i desapasionada del universo que nos 
mira i que nos juzga. 

X. 

I aun allí mismo, en medio del torbellino en- 



414 KPISODIOS MARITl^.rOS 

sangrentado que se tragó la quiíra acribillada de 
nuestra barca histórica, la impresión de todos no 
fué diferente. — ^cEran las doce i diez minutos, es- 
clama uno de aquellos jueces del palenque, incli- 
nado a dar a los suyos toda la prez de la victoria. 
((Lo último que desaparece de las aguas es el pa- 
bellón cliileno. No se oye el mas leve grito ni cla- 
mor alguno de socorro. Todo permanece tétrico, 
mudo, pavoroso; ni siquiera resuenan los vítores 
con que en los campos de batalla se saluda el 
triunfo.... A todos nos tiene anonadados el horror 
de aquella escena (1).» I otro, que también ha 
visto consumarse la sin igual i jamás vista heca- 
tombe, esclama en el asombro: — «Después de la 
catástrofe que apagó los gritos de entusiasmo con 
que desde el principio eran saludados los tiros del 
Huáscar por el pueblo i el ejército, siguió el estu- 
por i silencio de todos....» 

¿Por qué? 

«Tremendos misterios del corazón humano!* 
añade el narrador enemigo. 

Ah no I Tributo mudo, silencioso, irresistible 
del corazón del hombre fué ese estupor ofrecido 
en involuntario homenaje a la grandeza del sa- 
crificio: ofrejida arrancada al alma por el rcspeto- 
innato que todos los seres sienten por la superío- 
ridad de la gloria, aun entre enemigos. 



3 

(1) Carta citada del corresponsal Neto. 



LAS DOS ESMERALDAS 415 

El pueblo peruano creyó establecer allí, eu las 
aguas de Iquiquc, con un monitoí de fierro, la leí 
de su fuerza i el predominio de una victoria. Pero 
lo que alcanzó de lieclio fué levantar la fama i la 
tradición del valor chileno a la cima de uu verda- 
dero apoteosis. 

La desaparición de la Esmeralda en las aguas 
de Iquique se contará eternamente entre las le- 
yendas heroicas de todos los pueblos guerreros de 
la tierra. 



XI. 



Lo que falta del lance es sabido, i es por demás 
doloroso para volver a narrarlo. 

Kecojidos los náufragos por el cefaiandante pe- 
ruano con la noble humanidad de que tiene dados 
frecuentes testimonios, se les desembarcó entra- 
da la noche entre ultrajes sangrientos del popula- 
cho, que reparó en breve la delicada hidalguía de 
los jefes de tierra, especialmente del jeneral 
Buendia i el coronel Velarde. 

El presidente Prado endulzó mas tarde sus tris- 
tes horas llevándoles jenerosos socorros, i lo que 
valia mas para su infortunio, el aliento de sus 
altos hechos i la esperanza de que su duro cauti- 
verio no seria largo. 

¿I la Esmeralda/i 

Ah! Ella, la viejal querida quilla, se habla echa- 



41G EPISODIOS marítimos 

do en su propia fosa de inmortal memoria, i allí, 
con su cubierta sembrada de cañones i de cadá- 
veres, mirando al ocaso i al rumbo de la patria 
en llanto, de que fué gloria i baluarte, aguarda la 
conmemoración que todos los pueblos deben a los 
grandes i a los providenciales ejecutores do su his- 
toria. 



Por su propio i limitado argumento deberla 
terminar aquí este episodio de nuestros anales 
marítimos. Pero acabamos de decir que la Usme- 
raída, con su obstinada, implacable e invencible 
resistencia, fué instrumento de salvación pública 
para nuestro suelo, i cábenos ahora la noble tarea 
de completar el cuadro de la hazaña maravillosa 
con el episodio del milagro que completó su glo- 
riosa carrera. 

A tal propósito consagraremos las pocas paji- 
nas que aun quedan en blanco de este relato de 
la guerra que comienza. 



LAS DOS ESMERALDAS ■Í17 



LA CAZA. 



«Todo el mundo, peruanos i estranjeros, elojian 
con los mas elevados términos la manera cómo 
lucharon los buques chilenos Aunque éstos han 
perdido Iíí Esmeralda, e?.o no es nada en corapai'a- 
cion de la pérdida de la Inde])endenc.ia para los 
peruanos, 1) 

(Carta del vice-cónsul ingles en Tquique, Mr. J. 
Jewell a su hermano. — Iquique, mayo 23 de 1879). 

«Kespecto al Iiábil manejo del Covado'iiga, ja- 
más deberían los chilenos ocuparse de semejante 
punto. La salvación, debida a la simpatía i al 
auxilio prestados por un infama asesino como Stan- 
ley, no honra por cierto a nadie.» 

(Artículo editorial del Nacional de Lima, mayo 
de 1879). 



I. 



En lo que va corrido de esta historia, tan se- 
mejante a la leyenda 'por los desiguales combates 
que conmemora entre dos fuertes acorazados i dos 
viejos esquifes de madera cojidos por sorpresa, 
dejábamos a la goleta Covadonga a las 9 de la 

mañana del 21 de mayo de 1879, detenida al en- 

53 



418 EPISODIOS marítimos 

trar al fondeadero de Iquique por las rompientes 
hulliciosas de la isla que da abrigo a aquél por el 
Sur, lió menos que por la instintiva gritería de la 
sagaz tripulación, que no consentía en encerrarse 
resignada en aquella sepultura. 

Ponia* el pequeño barco, en consecuencia, su 
quilla al Sur a las nueve i cuarto de la mañana, 
i barajando los arrecifes de la isla, gobernaba pe- 
gado a la costa para escapar, cuando recibió a 
flor de agua i por su proa el balazo de despedida 
del monitor peruano, tiro certero i raro que la 
perforó de banda a banda i quitó la vida a un 
sirviente del buque i al joven cirujano de su tri- 
r)ulacion, cuvo lastimero fin contaremos mas ade- 
lante en este capítulo. 

Démonos antes prisa a describir el campo de 
batalla, en que dcbia tener lugar la terrible lucha 
i el sin emular acaso i hazaña. 



II. 



Corre la costa de Tarapacá en línea casi recta 
de Norte a Sur desde la Punta de Piedras, en que 
se avistaron al amanecer los primeros humos de' 
los agresores, hasta la Punta Gruesa, llamada de 
otro modo solo por un defecto de ortografía de los 
esploradores ingleses. 

En ese trayecto, que es de 15 a 20 millas, se- 
gún las curvaturas de la línea de la costa, encuén- 



LAS DOS ESMERALDAS. 413 

transe, sin embargo, dos pequeñas ensenadas lla- 
mada la una, de Cabanclia, inmediatamente a la 
espalda de Iquique, i la otra, tres o cuatro millas 
mas al Sur, que tiene el nombre del morro i case- 
río salitrero a cuyo pié se lialla« — la caleta del 
Mol le.)) 

Sigue desde allí una lijera incisión de la costa, 
conocida con la denominación de Balita de Chi- 
quinata, cuya proyección meridional es el empi- 
nado promontorio de Punta Gruesa. 

Proyecta esta bahía al Oeste algunos arrecifes 
i bancos arenosos hasta media milla mar a fuera, 
según el derrotero de las costas peruanas del ca- 
pitán Garcia i García, i es común opinión de los 
trancantes de esa costa, cjue es peligroso acercar- 
se a aquel sitio a menos de mil metros de distan- 
cia en línea paralela. 

La distancia de la isla de Iquique a Punta Grue- 
sa es de diez a once millas en línea recta, i si- 
guiendo las delineaciones de la costa, puede au- 
mentarse a tres o cuatro millas mas Como total. 

En este último trayecto de 15 millas iba a em- 
peñarse, por tanto, la porñada batalla. 



III. 



A íin de comprender este hecho de armas en 
su verdadera magnitud i apreciar sus resultados 
militares, habrá de ser preciso que el lector desa- 



420 EPISODIOS MARÍTIMOS 



pasionado no eche en olvido ciertos detalles téc- 
nicos i de dimensiones, que ponen de m¿xnifiesto 
la valentía de la indomable i verdaderamente su- 
blime resistencia. 



ly. 



Era la Independencia, una fragata acorazada 
de 1,400 toneladas i doble fondo, i la Covadonga, 
una goleta larga i angosta apenas del porte de 
412 toneladas. Las máquinas estaban en la pro- 
porción de 550 a 150 caballos de fuerza de pro- 
pulsión; las tripulaciones, de 400 a 120; los ca- 
ñones, de veinte i dos a dos, siendo los de la 
Covadoiifja dos colisas rayadas de a 70, situadas 
en el centro i a popa de su cubierta, i los de su 
asrresor doce del mismo calibre en bateria, cuatro 
de a 32 rayados, cuatro de a 9 i dos de a 150 so- 
bre cubierta. Uno de éstos habia sido colocado 
como cañón de caza sobre la proa del acorazado, 
a cuyo efecto le habian entrado el bauprés rem- 
plazándolo por el montaje. La Covadonga tenia 
ademas tres cañones de a 6, simples piezas de se- 
ñales, apropósito para hacer fuego sobre botes. 

Otra ventaja de mucha monta, que es preciso 
tomar en cuenta en pro del enemigo, era el andar 
poderoso de la fragata, que hacia el estreno de 
sus magníficos i flamantes calderos, al paso que 
la cañonera chilena se arrastraba sobre uno de 



LAS DOS ESMERALDAS. 421 

SUS fogones estando quemado el otro. Hallábase 
SU máquina en deplorable estado, si bien en ma- 
nos espertas i animosas: las del injeniero primero 
don Emilio Cuevas, natural de Rancagua. El mí- 
nimun de celeridad de combate de la Independen- 
cia, era el de doce millas: el máximun de la Cova- 
donga de cuatro! 

En tales condiciones empeñóse la lucha cuerpo 
a cuerpo entre el jigante i 8U pre«a, entre el bui- 
tre i la paloma. 

Y. 

Formó desde el primer momento claro concepto 
de su situación el sereno i bizarro comandante 
Condell, i conforme a ella imprimió rumbo a su 
barco. Una sola esperanza quedaba a los bravos, 
i a ésta con pechos resueltos confiaron su desti- 
no: tal era la desigualdad de sus fondos en un 
combate entre arrecifes. La Independencia calaba 
2-4 pies, i su diminuto adversario solo 11. — La 
salvación de la Vcilerosa vírjen era como el caso 
de María Cenicienta, una cuestión de calzado.... 
I por esto sin dada, los marinos peruanos, encon- 
traron en ella c(la horma de su zapato^). 

VI. 

Tiróse, en efecto, con resolución a la costa el 
comandante Condell, manteniendo su caña a es- 



422 EPISODIOS :.:ariti:vIOs 

tribor i pasando apén?tB u cincuenta metros de 
las rompientes de la i.-íla cuando la contorneó vi- 
rando al Sur. 

Escapó ilesa de aquel grare peligro la atrevida 
cañonera, metiéndose en seguida, como dentro de 
un nido, en la covadera de Cavancha. Pero esDe- 
rábale allí una nueva zozobra. Una treintena de 
botes tripulados por fusileros de línea, salió a 
cortarle el paso deade la parte meridional de la 
isla i de la tierra firme. 

Ordenó en esa coyuntura el cómante Condell 
al intrérjido íruardia-marina Yalenzuela, el cual 
venia, según antes dijimos, a cargo de los cañones 
de señales, que disparase a metralla sobre aquellos 
intrusos; i uno o dos tarros i la fusileria de a bor- 
do bastaron para dispersarlos. 

Quedó, en consecuencia, la contienda reducida 
a un duelo de quilla a quilla entre el acorazado 
i el pequeño i ya lacerado esquife. Era la riña del 
águila con la sorprendida paloma, i a la verdad, 
que la cañonera pintada de blanco imitaba a la 
última, refiejándose en el aiul tranquilo del agua, 
mientras que la alterosa nave peruana, levantando 
penachos de espuma con su pecho de fierro, for- 
maba en torno del cuello del buitre la alba wlilla 

o 

de su raza. 



VIL 
Pero en la tenaz persecución que iba a surjir, 



LAS DOS ESMEIIALDAS 423 

la fragata acorazada no llevarla a su víctima úni- 
camente la ventaja do su fuerza i de su andar, 
sino la de su posición de caza; porque no tenien- 
do la última sino dos cañones enfundados por 
la alta borda de su cubierta, no podia hacer fue- 
go sino dando el costado i perdiendo así terre- 
no, al paso que la Independencia le disparaba a 
su albedrio coa su cañón de caza por la proa 
i sus doce piezas de a 70 colocadas en batería 
en el entrepuente. Cada tres minutos lanzaba 
el acorazado su batería por babor o estribor, a 
su. elección, gobernando su mole como sumiso 
bridón. 

Disparaba así sus piezas el buque enemigo 
con perseverante pertinacia i por descargas ce- 
rradas de batería; pero con tan poca fortuna que 
las dos bombas que acertó, metiólas en la car- 
bonera de la goleta i allí se sofocaron. En cuan- 
to al poderoso cañón de 150 que traia a guisa 
de bauprés, fué el acierto i el denodado valor de 
los tripulantes de la última, i especialmente de 
sus soldados de marina, no permitir durante la 
mayor duración del combate que siquiera lo car- 
inaran.... 

Debióse esta estraordinaria preservación a la 
imperturbable enerjia con que el sarjento de la 
guarnición (hoi subteniente) don Ramón Olave, 
disparaba con sus catorce soldados desde el cas- 
tillo de popa contra la proa enemiga, secundado 



42i EPISODIOS MARÍTIMOS 

desde las cofas por dos capitanes de altos que se 
llamaban, uno i otro, Juan González (1). 

YIII. 

En esta disposición de combate entraron los 
dos buques, como pájaros de mar airados por los 
celos, dentro de la remansa caleta de Cavanclia, 
guardando la cañonera cautelosamente su quilla, i 
la fragata echándose afuera para cortarle el paso i 
acribillarla a rápidos intervalos con sus baterías de 
costado, completamente espeditas i a su albedrio. 

Era, por tanto, imposible toda salvación. 

Bastábales, en efecto, a los peruanos guardar 
esa distancia técnica i sujetar al fujitivo por el 
flanco, para que su caza fuese segura i cuestión 
apenas de minutos. 

IX. 



Mas vínose de ímpetu, como la cólera ciega, al 



(1) He aqní los nomlDres de los valientes artilleros de marina 
de la guarnición de la Covadonga, que defendieron durante tres 
largas horas la popa de su buque, que era, en razón de su derro- 
tero de caza, el punto mas vulnerable i peligroso: 

Comandante de guarnición, sárjente 1.° Ramón Olave. — Cabo 
1.° Hilarión Gutiérrez. — Cabo 2.° Pedro M. Lattapiat. — Tambor 
Eduardo Jerez. — Soldados Jos¿ Antonio Campos, Felipe Díaz, 
José Nieves Reyes, José Gabriel Rojel, Domingo Salazar, heri- 
do en un brazo, Prudencio Encina, Abdon Ahumada, Gregorio 
Soto, Pedro Hernández, José xintonio Castro i Carlos Nieto. 






LAS DOS ESMERALDAS 425 

peclio del comandante enemigo una idea para él 
desventurada, i que acusaba o su impaciencia b'- 
soña o su impericia pueril, porque no contento con 
su omnímoda superioridad, que le prometia segu- 
ra victoria sobre la navecilla agredida, quiso ulti- 
marla coiT^su espolón, a ejemplo del mejor guiado 
monitor. 



X. 



A esta circunstancia singular, a la cual el vale- 
roso pero cauto capitán del Huáscar no liabia 
ocurrido sino en la última hora, i como en caso 
desesperado para rendir a un indómito adversario, 
resuelto a perecer con los labios silenciosos, los 
brazos cruzados sobre el pecho i la lei sublime del 
honor de la patria dentro de impertérritos cora- 
zones, debió la cañonera chilena su milasrrosa es- 
capada. 

Esa ira o esa petulancia del enemigo, preservó, 
junto con el valor de sus tripulantes, mejor logra- 
do que el de los de su consorte, a la perseguida i 
maltratada goleta. 



XI. 



Ya desde la primera hora, al barajar la isla, el 

impaciente i sanguíneo comandante Moore, había 

hecho un amago de partir con su espolón a la 

54 



42(i EPIS0DIÍ>6 marítimos. 

frájil quilla que huía a pocos metros de su proa. 
Pero contenido a tiempo en su arrebato por la 
guarda precautoria de sus fondos, viró presentan- 
do la batería do babor a su adversario. 

I fué este el momento que los tenientes Ore- 
11a i Lynch, que habian tomado los puestos de 
cabos de cañón en las únicas piezas de combate 
de la goleta, aprovecharon con tanta bravura i 
certeza su,s tiros, pedidos por la maniobra del 
enemigo, que en menos de un cuarto de hora le 
metieron ocho bombas sobre su cubierta. — «Las 
balas de cañón de la Couadonga, hasta ese mo- 
mento, di cu un prolijo testigo que las contó una a 
una a bordo del acorazado peruano, habian sido 
odio! Primero la bomba que rompió la escotilla 
de la máquina; otra bomba en la batería de es- 
tribor, al lado del portalón, que mató al centinela, 
destrozando completamente un bote i astillando 
la batayola; dos en la obra muerta de la popa, i la 
otra en dirección de la proa, que dividió el puente 
del comandante i cortó la telera, k 

¡Que pechos i que punterías! Xo en vano diji- 
mos antes que el teniente Orella pasaba por el 
mejor artillero de la escuadra. 

XIL 

A consecftencia de aquella terrible seguridad 
en los disparos de solo dos bocas de fuego, que 



LAS DOS ESMERALDAS 427 

hacian contraste visible con los inciertos i atro- 
pellados fuegos de la numerosa pero nial adies- 
trada tripulación peruana, la muerte se liabia 
paseado de una estremidad a otra en la cubierta 
enemiga. El tercer jefe de la Independencia, que 
mandaba en la batería, don Iluperto Gutiérrez, 
habia caido herido en la cara, bajando a rempla- 
zarle el animoso comandante Sánchez Lagomar- 
sino, notorio desde Abtao, i comandante superior 
de las tropas de guarnición d,e la armada, que en 
el Perú llámase f( Columna Constitución)^, con la 
misma impropiedad que entre nosotros decimos 
por la guarnición de fusileros de los buques de la 
armada — ((Artillería de marina.)) 

Habia resultado también herido el subteniente 
Ballesteros de aquella columna, i casi todos los 
sirvientes del cañón de proa, que era del poco re- 
comendado sistema francés Yavasseur. Inutilizóse 
ademas esta pieza al undécimo disparo sin posi- 
ble acierto, así como el cañón Parrot de popa 
habia quedado desmontado al segundo tiro. 

Era evidente que la jornada habia comenzado 
mal para el peruano. 

XIII. 

Irritado, en efecto, por los terri])les fuegos de 
la endeble goleta, el comandante de Ja Indepen- 
denrict resolvióse a llevarle una cuchillada a fon- 



428 EPISODIOS MARÍTIMOS 

Jo, íi fin de postrarbí de un solo mandoble a sus 
pies. 

Hizo, en consecuencia, el comandante Moore 
bíijar a la batería la jentc de cubierta, i ordenan- 
do las precauciones del caso para los efectos del 
choque interno (que es, entre otras, la de tenderse 
la jente en cubierta o suspenderse en las vigas 
por los brazos, como en Lissa), lanzóse a toda 
fuerza de máquina sobre el centro de la bahía de 
Chiquinata, cuja posición ocupaba en ese mo- 
mento, i después de dos horas de incesante com- 
bate, la invencible cañonera. 

XIV. 

Pcirtió la nave acorazada como crispada flecha 
con su proa al centro de la goleta acorralada. Mas, 
al llei^iir a la distancia escasa de doscientos metros, 
acojióla tal lluvia de proyectiles i dióle la sonda 
tan oportuno aviso, que a^oIvíó a Adrar pesada- 
mente mar afuera, recibiendo en esta desairada i 
poco defendida operación, la visita de los contun- 
dentes proyectiles del artillero Orella. 

Por tercera vez armóse de nuevo en son de arre- 
metida la fragata en campo desahogado, i, como 
orgulloso pájaro de vistoso plumaje que se engríe 
en su propia sombra, una vez terminados sus 
aprestos interiores de detalle, tomó los aires de 
táctica para dar la final cuchillada. 



LAS DOS ESMERALDAS 429 



XV. 



Eran en ese momento las doce del dia, i el 
combate infructuoso de caza duraba cerca de 
cuatro horas. Pero era evidente que tocaba a su 
desenlace. 

La cañonera, salia milagrosamente ilesa de la 
bahía abierta de Chiquinata, i comenzaba a des- 
lizarse, con la sonda en la mano, por los fatales 
arrecifes de Punta Gruesa. 

XYI. 

Es este el momento de recordar la singular 
poríia con que los escritores peruanos han soste- 
nido que nuestra ájil .cañonera iba dirij ida, no por 
un atrevido mozo chileno sino por el ((hombre-in- 
fierno» llamado Stanley, quien a mas de aquel cri- 
men habia cometido, (al decir de aquéllos), el de 
un asesinato a bordo de su chata un año hacía, cri- 
men por el cual se le form(S un proceso en el que 
resultó absuelto. — ((Ah! I quien hubiera visto ese 
proceso, esclamaba con acento épico uno de los mas 
populares diaristas del Perú; quien hubiera cono- 
cido el proceso; quien hubiera visto desde la al- 
tura la persecución de nuestra nave a la nave 
enemiga; quien hubiera presenciado las vueltas, 
los jiros, los movimientos desesperados de la Co- 



430 EPISODIOS marítimos. 

vadonja, por en medio de los precipicios; quien 
hubiera visto a Guillermo Stanley, dirijiendo 
aquella nave, con la mirada ardiente, con la acti- 
va dilijencia del conocedor de esos derroteros ca- 
biertos por las ondas, con la previsión del hombre 
para quien eran familiares esos intinerarios de 
abismos, donde adivina la intelijencia el escollo, 
la punta, el bajo, la roca; quien hubiera presen- 
ciado desde la altura SiesQJejúo ?j?/er?? a/ dirijiendo 
la Covadonga i tras de la (Jovadonga, la hermosa, 
la desgraciada Independencia', quien hubiera visto 
esa caza estraordinaria, aterradora, solemne, i 
hubiera visto a ese hombre que, como la serpiente, 
fascina para matar en seguida,- arrastrando en pos 
del buque enemigo al buque nuestro; quien hu- 
biera visto todo esto; — se habria preguntado, se 
habria dicho con toda la r¿xbia del patriotismo: — 
¿Dónde está el proceso? i) (1) 

XVIL 

Mas, el (í hombre-infierno» ¿dónde estaba en 
realidad? — A esas horas hacia tranquilo rumbo 
al Sur en el Lámar, i a la mañana siguiente des- 
cansaba probablemente de su susto en mullida 
cama en el hotel de Antofa2:asta.... 

o 

(1) El doctor clon Juan Francisco Pazos, en un artículo sin- 
gular que lleva su firma i que fué publicado en Lima el 30 de 
mrivo de 1S79. 



LAS DOS ESMERALDAS 431 

Tales son los absurdos de la fantasía en hechos 
que solo deben valorizarse por el tranquilo crite- 
rio de las fuerzas i de los accidentes naturales! 

Lo que aconteció después de la desaparición 
del c( hombre-infierno» de la cubierta de la Cava- 
doiKja i su trasmigración al trasporte Lámar, será 
lo que nos queda por contar del con justicia de 
fama universal combate de Punta Gruesa. 



422 EPISODIOS MARÍTIMOS. 



^X 



LA RENDICIOIT. 



«Dont fire sayr, Moore!... 
— Yon (¡0 to Hell! ... 
SayG tlie brave Condell!...» 
(Poesía popular inglesa, mayo de 1879). 

«Pedro Videla llevaba el presentimiento de su 
próximo martirio, i lo llevaba coa v;;liente ente- 
reza. No liace muchos días tranquila i apacible- 
mente terminaba sus estudios en los hospitales i 
eu la escuela* una vez llega loco de alegria: — «Me 
voi, me voi, decia, de cirujano da marina, i me 
voi satisfecho i orgulloso; acabo de recibir de mi 
padre permiso para morir.D 

(Rasgo biográfico sobre Pedro R. Yidela, ciru- 
jano de la Covadoncja). 



I. 

Hásc dicho por algunos que el bravo cuanto afor- 
tunado comandante Condell llevó como por la ma- 
no a su poderoso adversario a estrellarse sobre 
los arrecifes de Punta Gruesa, significándose así 
que aquel intrépido oficial tuvo el plan delibera- 
do de encallar en ese preciso paraje al acorazado 
peruano. Pero la historia que no ampara lisonja 
ni acepta milagros, no puede otorgar a los hechos 



LAS DOS ESMERALDAS 43!^ 

sino su verdadera significación, i en este sentido 
liai sobrada gloria para el comandante de la gole- 
ta chilena i su valerosa tripulación, que en obe- 
decimiento de una estratéjia tan natural como 
sencilla, i con las certeras punterías de sus cabos 
de cañón dio ocasión a la incaútela de su persegui- 
dor para malograrse. Bastante habia hecho el ca- 
pitán Condell con cumplir fielmente la última i 
previsora consigna de su glorioso jefe i amago. — 
/ Guardad vuestros fondos! 



11. 



Entre tanto, era la hora cabal del medio dia, i 
el largo i casi inverosímil conflicto tocaba a su 
postrera crisis. La fragata Independencia, erizada 
como una almena, veloz como un proyectil, hacia 
a esa hora su última acometida sobre la popa de 
la goleta, a fin de pasarla por ojo; i tan a tiro de es- 
polón llevábala ya, que uno de sus tripulantes (el 
corresponsal Rodolfo del Campo), asegura haber 
visto la bandera de la popa del esquife chileno 
apareciendo por la proa de la Independencia i co- 
mo si estuviese metida en ella: — era esa visión de 
ansia lo que el cebo en los hocicos del tiburón 



III. 



Pero su misma avidez perdió irremediablemen- 

55 



434 EPISODIOS JIARITIMOS. 

te al perseguidor, porque habiendo salvado por 
alto la restinga del promontorio de Punta Grue- 
sa la goleta, gracias a su lijero calado, la esforza- 
da fragata no fué dueña ni de su pujanza ni do 
su timón al dar la cuchillada, i yéndose de bruces, 
como gladiador ebrio que tropieza en el dintel del 
estadio, sacudióse de repente entre su propia es- 
puma, i con un crnjimiento horrible de fierros i 
maderas, tumbóse de un solo vuelco hacia el 
costado de estribor, opuesto al de tierra. 

Culpa el comandante Moore de este fracaso 
inesperado a la torpeza de noveles timoneles, pues 
los de su confianza, que eran tres, habian caido 
bajo el plomo de los chilenos. Pero ésa es la eter- 
na escusa de todos los errores, de todas las faltas, 
de todas las fatalidades, i en consecuencia, no al- 
canza a formar reparo a la responsabilidad, por- 
que el obvio deber de quien tiene mando de 
valia, es velar por que haya jente que ejecute con 
acierto sus órdenes, i si el subalterno falla, la 
culpa es de quien lo emplea i paga. 

Por otra parte, si los timoneles de la fragata 
peruana habian caido en el mas crítico momento 
del combate bajo el fierro de su adversario, ¿po- 
día alegarse. mejor prueba de la victoria militar 
del último? 

La lndc'i:íendencia, como causa jeneral i técnica, 
perdióse a la verdad, por la evidente impericia 
de su jefe i el atolondramiento de la mal escoji- 



LAS DOS ESMERALDAS 435 

da banda que a su bordo venia; i como causa he- 
roica e inmediata, como accidente de guerra, por 
las ñitales punterías i la tenaz, intelijente e inque- 
brantable resolución do defenderse hasta morir 
del capitán chileno, sus segundos i su tripula- 
ción de hombres i soldados varoniles. 



IV. 



I fué evidencia verdaderamente gloriosa del 
temple de aquellas almas la de que apenas vieron 
los tripulantes de la Covadonga de mal talante a 
su formidable perseguidor, dieron osada vuelta 
sobre él i lo acribillaron a balazos hasta obli- 
garlo a rendirse. Prueba de que la retirada de la 
Covadonga no fué nunca una fuga sino una ma- 
niobra, i su pelear de borda a borda un constante 
c imponderable heroísmo. 

Y. 

Guando so consumaba la catástrofe del pode- 
roso buque enemigo, eran las doce i cuarenta i 
cinco minutos del dia, labora astronómica en que 
la Esmeralda, asi vengada, desaparecía para 
siempre de las aguas que había cubierto con su 
bandera i con su fama. 

La lucha estaba por tanto terminada, í lo que 
quedaba por hacerse era la rendición i, en segui- 
da, el salvamento. 



43G EPISODIOS IMARITIÍIOS 



VI. 



La Independencia^ no se liabia hundido por su 
proa como la corbeta chilena, sepultando enhies- 
ta en las olas la altiva cabeza. Tumbóse al con- 
trario innoblemente por el costado del mar; i así 
los cañones de su batería, únicos que los fuegos 
incomparables de la Covadonga liabian dejado 
ilesos, se anegaron o quedaron con sus punterías 
enclavadas hacia abajo. De suerte que cuando el 
atrevido buquecillo, que de perseguido habia pa- 
sado a perseguidor, púsose a su costado, e in- 
tentaron los peruanos hacer fuego, las balas ca- 
yeron perpendicularmente al mar sin ofensa po- 
sible. 

YII. 

La Covadonga, por el contrario, continuó ha- 
ciendo fuego implacable de mosquetería i cañón 
sobre el casco varado, mas no rendido todavía; i 
a la verdad que su capitán usaba en esto un per- 
fecto derecho de guerra. 

Era exactamente el mismo caso legal del Huás- 
car contra la Esmeralda en la rada de Iquique, 
porque ante el derecho de las naciones, como en 
las leyes del honor idividual, el enemigo que no 
ííjTÍa sus colores o no arroja al suelo su arma de 



LAS DOS ESMEUALD'AS 437 

combate, no e^tá vencido, i es al contrario belije- 
rante sometido a la dura lei del vencimiento. 

VIH. 

Los cabos de canon Orella i Lyncli continua- 
ron, en consecuencia, haciííndo fuego durante un 
largo cuarto de hora, así como los rifleros de las 
cofas, alcanzando aquéllos a disparar en esa situa- 
ción, según su cuenta, nueve cañonazos. 

Uno de los tiros de rifle quito desdichadamente 
la vida a un oficial de corta graduación pero de 
enteros servicios, que peleaba sobre la cubierta 
enemiga al lado de un hermano de menor edad. 
Fué esta víctima del deber i del honor el alférez 
de fragata don Guillermo García i García, oficial 
de marina desde 1863, pero que había dejado su 
bandera cambiándola por la de tráfico de chinos. 

El oficial García i García, fué el primer capitán 
peruano que hubiese cruzado el canal de Suez al 
mando de un vapor peruano llamado el Florencia^ 
nombre, sin duda, de mujer hermosa como el de 
la mayor parte de los cascos que el hombre em- 
puja al mar. La chata vulgar del piloto Stanley, 
en Iquique, se llamaba Grimcmesa, título tradi- 
cional de beldades en el Perú. 

IX. 

Continuaban, entre tanto, batiéndose con lau- 



438 EPISODIOS MARÍTIMOS 

dable denuedo los tripulantes de la Independencia 
en medio de sii irreparable infortunio, i por la de- 
claración fidedigna de uno de sus médicos (el 
doctor Bcisadre), hablan- caido ya sobre la cubier- 
ta de la batería, no menos de seis muertos i vein- 
te heridos, cuando cesó el fuego de los chilenos i 
sucedióle una conversación ajitada i rápida do 
viva voz desde las bordas. 

¿Qué habia sucedido? 

Un hecho completamente natural en aquella 
crítica i desesperada situación. 

Alguien habia arriado de los masteleros todos 
los pabellones i banderas en que tan pródigos se 
muestran los peruanos.— «Poca se les hizo la la- 
nillaif), dice pintorescamente, comentando este 
hecho, uno de los rudos marineros de la Cova- 
donga. 

X. 

Fué dolor, sin embargo, que después de estar 
rendidos los colores e izado el trapo de parlamen- 
to, se sintiesen a bordo de la goleta victoriosa 
algunos disparos de rifle, hechos por marineros 
bravios, cebados en la batalla por la fiebre del 
combate. Confesión fué ésta de ellos mismos, 
cuando, castigados todavía por su desobediencia, 
trajéronles un mes mas tarde a Valparaíso. 

I sin embargo de que estos hechos han pasado 
así, con tan natural llaneza, grande e incompren- 



L/Vñ DOS ESMERALDAS 439 

sible ha sido la alharaca da los vchl-íJos cuando 
se les ha inculpado su natural sometimiento, sin 
cuidarse de que ellos mismos han acusado de «ase- 
sinos» a los que dispararon sobre «hombres no 
rendidos....» 

Queda, es cierto, en pié una duda i talvez una 
injusticia, cual es la de atribuir nominativamente 
al jefe de la nave la orden de bajar los pabellones. 
Pero que haya podido ser otro, así como pudo 
ser un oficial subalterno el que ratificó desde la 
mura de estribor la rendición militar, pidiendo 
un bote i saludando cortesmente con la gorra en 
señal de agradecimiento, no despoja al hecho his- 
tórico de su verdadero i bien definido carácter: — 
La fragata acorazada i(.Independenciai> se rindió 
en Pauta Gruesa a la goleta caCovadongai) (1). 



(1) Publicamos a este propósito, i como un deber de lealtad, 
las protestas del comandante Moore dirijidas, en carta llena 
mas de arrebatado calor que de razones, al comandante Coudell 
(niím. 26), i una interesante comunicación de un intelijente i, al 
parecer, verídico corresponsal del Comercio de Lima, el señor G. 
R. Campo, sobre las diversas peripecias del combate de Punta 
Gruesa, ambas piezas bajo el núm, 27. 

Aunque mucho menos digna de tomarse en cuenta, reprodu- 
cimos también una carta del oficial de señales de la Inclepeti- 
dencia señor Salaverry, bajo el núm. 28. 

Asimismo figura en esta parte del Apéndice la carta del ofi- 
cial de la legación chilena en Colombia señor Vial (núm. 29), 
que es im desmentido anticipado a las revelaciones del oficial 
Salaverry, reagravadas todavía por las baladronadas de su com- 
pañero de iafortiinic el alférez de frogata Bondy. 



440 EPISODIOS marítimos 



XI. 



I acentuamos esto último, principalmente por- 
que sobre todo este acopio de negaciones, eterno 
bagaje de todos los vencidos, están los testimonios 
claros, precisos, sobrios i dignos de los que ven- 
cieron. Afirman el hecho el libro de bitácora de 
la Covadonga, que es un simple apunte de la ru- 
tina del servicio i del itinerario; afírmalo el di- 
cho unánime de su tripulación, de capitán a 
paje, testimonio rudo pero eficaz, recojido perso- 
nalmente a bordo por nosotros mismos; i afírmalo 
mas particularmente el parte oficial del coman- 
dante Condell i su vida entera: porque ¡vive Dios! 
los hombres que se baten como los que tripu- 
laron la Covadonga, desde la isla de Iquique a la 
Punta Gruesa, no mienten ni saben siquiera 
mentir (1). 



XII. 



Habia cumplido apenas 3o años el bravo capi- 
tán que manejaba desde el abierto puente de su 
cubierta, como si fuera un dócil potro, la 3'a por 
tantos títulos gloriosa goleta Covadonga, en el 
memorable 21 de mayo de 1879. 

(1) Véase elnúm. 15 del Apén/Jice. 



LAS DOS ESMERALDAS. 441 

Hijo de una señoni penuma, en cuya familia 
todos los varones han sido marinos i las mujeres, 
por su belleza, sirenas, el capitán Condolí heredó 
de su padre, oficial de la marina real de Inglate- 
rra, prendido entre las redes de Lima, como tantos 
otros de su jerarquía, si no la flemática calma de 
su raza, su fria suspicacia i su osadía. Su padre, 
don Carlos Federico Condell, era escocés (1), 

Eetirado del servicio ingles por causa de su 
matrimonio en el P¿^cínco, continuó el noble es- 
cocés su ejercicio de marino, faciendo frecuentes 
viajes a California i Centro América, en un buque 
de su propiedad llamado el Presidente, hasta que 
en 1853 falleció por los efectos de una insolación, 
a orillas del rio Sacramento, en el Salvador. Ese 
mismo año sucumbió su esposa, a influjos de pos- 
tradora dolencia, en el Callao. 

XIII. 

Huérfano de padre i madre a los diez años, i 



(1) Cinco de los tíos maternos áel capitán Condell, don Die- 
go, don Autonio, don José, don Pedro i don Santiago de la 
Haza, naturales de Piura, como la madre del marino chileno, 
fueron hombres de mar, i los dos primeros, contra-alrairantes, 
como su padre, que era un español al servicio del Perú. — Los 
hijos de aquéllos i de sus hermanos, casi sin escepcion, son 
también marinos en su parís. Los Haza en e!, Perú no son una 
familia: son una tripulacicn. i 

56 



442 EPISODIOS MARITISIO?. 

con escasos bienes de fortuna, el arrogante niño 
pretendió hacerse hombre por sí mismo, i se hizo 
tal con levantado esfuerzo. 

Condiscípulo de Prat, de Latorre i de Montt en 
la Escuela Naval, fué con ellos, uno de los cap- 
tores del buque que ahora montaba, i si bien la 
altivez nativa de su carácter le habia hecho es- 
trellarse en una o dos ocasiones de su carrera con- 
tra los arrecifes de terca ordenanza, su espíritu 
militar se habia mantenido intacto. 

En 1872 calificó con enojo sus servicios; i ha- 
bia entrado en la fatigosa i para él ingrata carrera 
de minero en las montañas de Curicó, cuando, en 
marzo de 1876, fué llamado otra vez a la marina, 
i un año mas tarde (setiembre 2o de 1877), as- 
cendió a capitán de corbeta. Lo demás de su 
carrera en nuestras costas se halla estampado en 
su hoja de servicios (1). 

Agregaremos aquí únicamente,, que en aquel 
último año hizo el capitán Condell la espedicion 
de Otahiti a bordo de la Esmeralda, como segundo 
del comandante Montt, i que en lo que lleva corri- 
do de su honrosa profesión, se ha encontrado pre- 
sente en los cuatro combates que ha librado la 
cañonera con cuyo nombre ha identificado el suyo: 
— en Papudo, en Abtao, en Punta Gruesa i en xVn- 
tofagasta. 

(1) Documeuto m'im. 30. 



LAS ÜOS ESMERALDAS 443 



XIV. 



De sus compañeros de gloria, Orella, Sauz i Va- 
lenzuela, hemos dicho ya lo suficiente o por lo 
menos, lo que de ellos sabíamos. Eii cuanto al 
tercer oficial del buque, el bravo teniente don 
Estanislao Lynch, alumno también de la Escue- 
la Naval, es, como su jefe a bordo de la Covadon- 
ga, miembro de una familia de obreros del mar. 
Hai actualmente seis oficiales de su apellido en 
nuestra escuadra, i dos de ellos son hermanos su- 
yos. Su padre, don Estanislao Lynch, fué el hono- 
rable primojénito de uno de los mas acaudalados 
negociantes estranjeros que la revolución trajo a 
nuestras playas, desde Buenos Aires, donde de 
antiííuo estaba radicada su fiímilia. 



XV. 



Por una especie de milagro de invulnerabilidad, 
solo cayeron sobre el puente de la Covadoiiga, 
perseguida con tanta tenacidad por formidable 
enemigo, el grumete Blas 2." Tellez, que al sen- 
tirse mortalmente atravesado por un casco de 
ametralladora apretóse sonriendo la herida, gri- 
tando ccjviva Chile!)), i el contra-maestre Serapio 
Vargas, hombre animoso que liabia sido herido a 
bordo del Maipo en un tiroteo de la guerra civil 



444 EPISODIOS MAPJTIMOS 

en 1859, i quo ñilleció en Antofagasta el 7 de ju- 
nio, a consecuencia de varias heridas que recibió 
en el pecho. El contador don Enrique Reynolds 
fué también levemente herido en un brazo, así 
como el guardián Federico Osorio, el soldado Do- 
mingó Salazar, el fogonero Ramón Orellana i el 
marinero segundo José Salazar. Entusiasmado es- 
te último por las punterías del teniente Orella abra- 
zólo con efusión, i solo cuando vióse éste cubierto 
de sangre con su contacto, supo el bravo mucha- 
cho que estaba gravemente herido: tal es la lei del 
olvido de sí mismo que constituye el heroísmo. 

XYI. 

Hízose notar también entre los tripulantes de 
la CoL'adonga, un español llamado Claudio Mar- 
tínez, que habia jurado odio inestinguible (ren- 
cor ibero!) a los peruanos, en cuya marina de 
guerra habia servido. Batia éste con incansables 
brazos, al lado del capitán Condell, dos banderas 
chilenas, en señal de reto al enemigo, i a cada 
disparo acertado prorrumpía en csclamaciones ca- 
racterísticas i pintorescas, peculiares a su lengua, 
que llevaban el buen humor, no obstante la so- 
lemnidad del momento, al ánimo de quienes lo 
escuchaban. 

No fué menos notorio el atrevido denuedo con 

que el ya lejendario grumete Juan Bravo, hijo de 



LAS DOS ESMERALDAS 445 

la parroquia de la Estampa en Santiago, batióse 
con un rifle, metido por reparo dentro de un bote 
que protejia su diminuta pero rolliza estatura 
contra las ametralladoras enemigas (1). 

XVII. 

Pero el héroe verdadero i la víctima digna do 
eterna memoria que cayó sobre la cubierta de la 
Covadonga, fué su joven i entusiasta cirujano don 
Pedro Regalado Videla, natural de Andacollo, 
en la cima de cuya histórica montaña naciera el 
14 de agosto de 1854 (2). 



(1) Fué tan nutrido el fuego de los mariuos i soldados de la 
Covadonga que los peruanos afirman en todos sus partes que 
pelearon con ametralladoras... 

Cuéntase a este propósito, que interrogado un poco mas tar- 
de, en Antofagasta, por un oficial ingles el capitán Condell so- 
bre la clase de ametralladora que tenia a su bordo, llannj éste 
unos cuantos marineros i mostrándole sus manos llenas do am- 
pollas por el roce de los riñes, le contestó: — Helas aquí! ... 

(2) Según la fé de bautismo del cirujano Videla que tenemos 
a la vista orijinal, fué bautizado en Andacollo el 14 de agosto 
de 1855, de edad de un año. 

Los muertos de la Covadonga fueron cuatro, el cirujano Vi- 
dela, el contra-maestre Vargas, el grumete Tellez i el mozo d& 
cámara Felipe Ojeda. — Los heridos fueron los cinco ya nom- 
brados. (Véase la lista completa del rol de la Covadonga en el 
documento núm. 31 del Apéndice). Nueve entre muertos i he- 
ridos. 

tíegun la versión peruana, distinguióse entre los tripulantes 



446 EPISODIOS MARÍTIMOS. 

Habia recibido el joven i entusiasta cirujano 
hacia un escaso mos (el 14: do abril), sus despachos 
de licenciado en medicina de la Universidad; pero 
con corazón verdaderamente coquimbano disputo 
a sus mas ai^tis^uos colei>-as el derecho i la ii:loria 
de ir c(a morir por su patria.» 

(le la Independencia, su capellán, un maestro de novicios de San 
Agustín de Lima, llamado Sotil. — «Después de decir algunos re- 
quiescat in pace (cuenta un diario de Lima), i de pronunciar 
algunos ego te ahsolco, terció el hábito, i tomando un rifle, se 
presentó en la cubierta de la Independencia, vivando a la pa- 
tria, ni mas ni menos que aquellos valientes sacerdotes que con 
denuedo defendieron a Zaragoza, cuando los aguerridos soldados 
de Napoleón trataron de apoderarse de esa ciudad. 

— ))Fuego, mucliaclios! no hai que darsel ¡fuegol faegol mu- 
chachos!, i el Reverendo menudeaba que era una bendición. 

»Para cargar se parapetaba dando vuelta a la chimenea del 
buque; mas para apuntar i descargar, diz que esclamaba: ¡cuerpo 
afuera, fuego, muchachos! fuego! i llovían balas, i al 11. P. pa- 
recíale como si estuviera en el coro de San Agustín oyendo el 
sonoro órgano. 

— »¡Quién dijo miedo! — repetía i cargaba i abría brecha en- 
tre los enemigos : ¡fuego, fuego, muchachos! 

3)Aquel padre estaba, nos dice quien nos ha hecho la referen- 
cia, como para haberle retratado. 

5)Ajil como un saltaperico, arrojado como un león, el padre 
Sotíl hubiese querido ver un puente, una viga, cualquier cosa 
que pusiera a los buques en comunicación, para lanzarse, rifle 
en mano, contra las mismas filas enemigas i hqjííer morder el 
polvo a los chilenos. 

dLos agustinos (coucluía la relación), deben hallarse conten- 
tísimos al saber el noble comportamiento, el her(')ico valor del 
Pudre Sotil.» 



LAS DOS ESMERALDAS 4-i7 

Cierto es que en el fondo de aquella resolución 
sublime, liabia un dolor oculto que la ciencia hu- 
mana no lia curado todavía ni curará probable- 
mente mientras entre la carne percedera del 
hombre lata su alma Su prometida, niña ado- 
rable, con la cual habia compartido el techo i las 
alegrias inñmtiles, las venturas i las esperanzas 
de la edad en que el corazón es frajil crisálida 
que el sol calienta i cuyas alas tifie de gayos co- 
lores luminoso primavera, la señorita Mercedes 
Yidela, hija de nuestro honorable ministro en la 
Paz, liabia fallecido en Bolivia. I así sus dos al- 
mas, unidas por misterioso destino, fueron la 
temprana ofrenda del dolor i de la patria en la 
montaña i en el mar entre enemigos.... 

Por esto, sin duda, decía de él con estro caden- 
cioso el valiente poeta, su compatriota, su ami- 
go i su maestro (el doctor Adolfo Yalderrama), 
estas tan dulces cuanto sonoras estrofas: 

«Ayer le vi. La rápida i sonriente 
Rosada juventud le acariciaba 

Besándole en la frente, , 

I un nido de esperanzas le mostraba 
Que al fin de una jornada aparecia, 
• A la tímida luz de la alborada. 

))É1, empeñado en alcanzarlo, airoso, 
Con impaciente paso recorria 
La senda del deber i sus rigores, 
I en su ajitada marcha recojia 
La injénita verdad i los amores! 



443 EPISODIOS MARÍTIMOS 

»Lijero el corazón, alta la meute, 
Abierta el alma a nobles emociones, 
Brillaba en su mirada intelijente 
El valor de los grandes corazones, 
La cliispa audaz del entusiasmo ardiente, 

j)All{ reconcentraba 
La humana juventud su inquieta vida: 
Allí jugueteaba, 
Tal vez, amante una ilusión querida! ...'i* 



XYIII. 

Tal era aquel noble adolescente coquimbano: 
alegre, festivo, lleno de esperanzas i de deberes 
noblemente cumplidos con bogar escaso antes 
que una tumba querida atajara su carrera i la en- 
lutara. Sombrío desde entonces, inconsolable, pe- 
ro siempre resuelto i entusiasta después de un 
gran dolor, tal ^mostrábase Yidela al marchar al 
Norte. «El niño, dice uno de sus biógrafos i co- 
legas (el doctor Murillo), principiaba a hacerse 
hombre: i al hacerse hombre principió a sentir el 
calor de una pasión, cuya historia debia ser tan 
corta como melancólica, tan tierna como triste. 
Los amantes debian vivir lo que las flores.» 

XIX. 

Mostraba por lo demás el joven cirujano, un 
espíritu propio i una independencia de juicio que 



LAS DOS ESMERALDAS. 410 

es raro encontrar entre los que como él hablan 
pasado la mayor parte de su vida en la sujeción 
de una aula, como inspector pobremente rentado 
del Instituto Nacional. En las pocas i varoniles 
cartas que escribió en los dias tr¿iscurridos desdo 
BU llegada a Iquique el 10 de mayo i el de su ñi- 
llecimiento, daba cuenta a sus maestros i a sus 
amigos, con desenvuelto criterio, de las cosas, los 
hombres i las openiciones de que era testigo, emi- 
tiendo sobre todo fallos certeros, que una mal 
comprendida timidez ha mutilado al entregarlos a 
la prensa. 

Alcanzo, sin embargo, a enviar su juicio sobre el 
fatal error de que él mismo fuera víctima, i como 
muchos otros tuvo el presentimiento del desas- 
tre. — c(No conociendo absolutamente los planes 
de Williams, (escribía a su maestro el protomé- 
dico Diaz, el 17 de mayo, cuatro dias antes del 
asalto), hemos quedado 7io del todo tranquilos 
porque si los peruanos tuvieran un buen servicio 
de ((propios», mui bien pudieran darnos un golpe 
de sorpresa, apoyados en la superioridad de sus 
fuerzas.» 

Tan cierto es que hai en el alma voces secretas 
i en la mente de lo que se llama vulgo la intui- 
ción certera de lo que los soberbios creen inspi- 
ración esclusiva de omnisciente sabiduría! 

Lo demás de su vida, que fué solo la heroica 

afonía de su ser, después de la lenta i casi dulce 

57 



450 EPISODIOS marítimos 



estincion de su alma juvenil i enamoradaj está 
contado en otra pajina mas íntima de nuestra 
pluma (1). 



(1) Puede verse nuestro artículo titulado Una visita a la Co- 
•aadonga, publicado en varios diarios de Santiago i Valparaíso a 
mediados de julio de 1879. 



LAS DOS ESMERALDAS 451 



I'-' 



EL HILAGEO 



«Liquidemos el resultado do laespedicion, i en- 
contraremos siempre alcance a favor nuestro. 

»Si bien tenemos un buque perdido, en cambio 
encontramos: 

^Burlada la espedicion chilena con el objeto 
de detener i batir a la que salió del Callao. 

íÉxito completo por la llegada a Arica i re- 
fuerzo de esta plaza importante. 

«Envío de una nueva división a Pisagua i apro- 
visionamiento de esta posición. 

»Un buque chileno echado a pique por otro 
peruano i segura presa de dos trasportes de la 
flota enemiga. 

«Ruptura del bloqueo de Iquique, i auxilio al 
ejército allí acantonado, suministrándole víveres, 
armamento i parque completo. 

«Desmoralización en las ñlas chilenas i, por 
último, desconcifcrto en sus plaiies.» 

(Con-espondencia desde Iquique a la Opinión 
Nacional, mayo 24 de 187'J). 



I. 



El combate sin ejemplo en que sucumbieron la 
corbeta chilena Esmeralda i la fragata acoi'azada 
peruana Independencia^ terminó, tomando en 
cuenta la inevitable discordia de los cronómetros 
en el fraQ,-or de la batalla, a una misma hora, con 



4Ó2 EPISODIOS marítimos. 

breve diferencia de minutos: media liora después 
del medio dia. 

II. 

Celebraron consejo en aquel preciso momento 
los jÓA^enes oficiales de la goleta que veia postra- 
do delante de su proa al coloso que a tan mal 
traer la habla tenido; i en el puente del pequeño 
esquife oyóse un diálogo breve i temerario: 

— ¿Qué hacemos ahora? preguntó el capitán 
Condell con el rostro radioso pero sereno a sus 
jóvenes lugar-tenientes. 

— Señor, contestó al punto con indómita ener- 
jía el teniente Orella, segundo comandante. Es- 
tamos en el cuarto de hora de la fortuna. Yamos 
a socorrer a la Esmeralda.... 

Sonrióse el joven capitán de la cañonera por 
la valentía i naturalidad con que fueron pronun- 
ciadas aquellas arrogantes palabras, i señalando 
con la espada que aun no habia vuelto a la vaina, 
el rumbo del. Norte agregó: — Caballeros, ahí está 
la respuesta.... El Huáscar viene a buscarnos. Ca- 
da cual a su puesto. 



III. 



Columbrábase, en efecto, hacia la punta mas 
saliente de la isla de Iquique, a doce millas de 
distancia, la columna de humo que señalaba el 



LAS DOS ESMERALDAS 453 

rumbo del monitor eiicmi,i;,'o en demanda del Sur, 
i era preciso alejarse a todo el andar de la máqui- 
na, que no fué en toda la jornada sino un tercio del 
de aquella nave siempre lista: de tres a cuatro mi- 
llas. 

Viró entonces la goleta por la popa del snmer- 
jido enemigo, i continuó ganando espacio cobran- 
do siempre la costa. 

¿Qué habia acontecido, entre tanto, en la bahía 
de Iquique? 

IV. 

Desnudos i ateridos ^(por el frió mas no por el 
miedo)), como el bailio Bailly en el cadalso, los 
náufragos de la Esmeralda, fueron recojidos del 
agua, salvados por el noble ánimo de su vencedor, 
i encerrados en la propia cámara de éste donde 
yacia tibio todavía el cadáver de su amado jefe. I 
ejecutado esto, el capitán Grau hízose con preste- 
za mar a fuera para darse cuenta de lo que habia 
ocurrido a su consorte, cuya demora le traia in- 
quieto. I agregan marineros del Haáscar, que al 
ver su comandante inmóvil la fragata en la dis- 
tancia, impacientóse hasta la ira diciendo denues- 
tos contra sus tripulantes. 

Mas a poco andar echó de ver el fracaso, i de- 
teniéndose apenas unos pocos minutos al pasar 
por su frente para enviar ahora a los náufragos 
de su bandera un bote al mando del capitán de 



454 ErrsoDios marítimos. 



navio (Ion Exeqnicl Otoya, segundo del monitor, 
pasó éste a vanguardia en persecución de la go- 
leta (1). 



V. 



La breve pansa del monitor frente al naufrajio, 
dio alguna ventaja a la cañonera chilena. Era en 
ese momento la una i media de la tarde, i la se- 
paraba de su perseguidor la distancia salvadora de 
ocho o diez millas. Pero como los dias fueran es- 
cepcionalmente cortos, lleg*aria la noche para el 
perseguido antes de estar a tiro de la torre i espe- 
cialmente del terrible espolón de su perseguidor. 

Continuó, sin embargo, el Huáscar con el te- 
son del encarnizamiento, ganando sobre su ad- 



(1) Francisco Leiva, porta^^ués, guardián del Huáscar, prisio- 
nero mas tarde a bordo del Abiao, declara que el comandante 
Grau al notar desde la distancia la inmovilidad de la Indepen- 
dencia, esclamaba: — e¿Qué hace este p... buque que no se mue- 
ve? ¿Qué le habrá sucedido?...» 

Aunque el 2^^'oceso verbal de que este hecho consta, refiere 
otros incidentes curiosos, propios de la injenuidad e ignorancia de 
mercenarios, nos abstenemos de publicarlo por contener algu- 
nas imputaciones groseras contra los marinos peruanos, como 
la de la ebriedad jeneral de la oficialidad del Huáscar, con ef- 
oepcion del comandante Grau i del teniente Velarde, que murió 
en su puesto. Creemos que si la prensa diaria es libre de acep- 
tar semejantes testimonios, la historia dábe rechazarlos con 
cautelosa indicruacion. 



LAS DOS ESMERALDAS 405 

versario con tanta celeridad, que a bordo de la 
Covadonga comenzaron a hacerse los últimos 
aprestos de una desesperada defensa. Lo único 
que estaba acordado tranquilamente era que la 
Covadonga sucumbiese, como su capitana, con sus 
colores en los topes. 



VI. 



Mas, por una falta militar evidente del coman- 
dante Grau, que no acertó a darse cuenta del es- 
tado verdaderamente miserable en que se hallaba 
el pequeño barco chileno, yéndose materialmente 
a pique, suspendió la c¿iza a las dos i media de la 
tarde, dando por razón la noche i sus incertidum- 
bres. Si persevera una hora mas, era casi eviden- 
te que su espolón habria tenido trabajo solo para 
unos pocos minutos, i ahora con la ventaja i el 
lujo de la plena mar. 

La Covadonga escapó, por consiguiente, dos 
veces en aquella jornada, como si la vírjen de su 
nombre se hubiera propuesto cubrirla con sus le- 
jendarios milagros, leyenda antigua de las selvas 
de Asturias i Pelayo. 

VIL 

A las cinco de la tarde, cuando regresaba el 
Huáscar del Sur, quedaban a bordo solo diez o 



45G EPISODIOS MARÍTIMOS 

quince oficiales acompañando al infortunado co- 
mandante Moore. El resto de la tripulación, que 
era de cerca de cuatrocientos individuos, logró 
ganar la costa, ahogándose algunos entre las rom- 
pientes. El último bote que se separó del buque 
liácia la playa, iba al mando del segundo coman- 
dante de la desventurada fragata don Eujenio 
Eaigada, i no pudiendo encontrar fácil desembar- 
cadero, gobernó liácia la caleta del Molle, donde 
recibiólos al caer la tarde el coronel don Belisario 
Suarez, jefe de aquel campamento. Desde allí 
continuaron su desamparada peregrinación por 
tierra la mayor parte de los náufragos, fatigándo- 
se en la arena del desierto i de su negra pena. 

Como para completar el cuadro de las adversi- 
dades de la guerra, los náufragos de la Indepen- 
dencia penetrpuban por las calles de Iquique, 
mollinos i abatidos a la liora en que el Ilnáscar 
deponía en el muelle, entre sordos retos i las san- 
grientas vociferaciones de la canalla, su carga de 
prisioneros. Un mismo infortunio cubríalos a to- 
dos; pero siquiera los últimos, ocultaban su gloria 
bajo el tosco lienzo ,de burdos marineros que de- 
bían a la misericordia de sus captores. 

VIII. 

En cuanto al capitán Moore, que dio evidente- 
mente pruebas de firmeza i de serenidad después 



LAS DOS ESMERALDAS 457 

ílel desastre, traskiilosc con los oficiales Garessoii, 
Ulloa, Eléspuní, Alfredo de la Haza, el maqui- 
nista Willkins, el cirujano Basadre i el correspon- 
sal del Comercio de Lima, don José Eodolfo del 
Campo, a bordo del Huciscar, en tres botes que 
este buque envió en su regreso a su socorro. Eran 
en ese momento las cuatro de la tarde. 

Los peruanos antes de abandonar su fragata le 
pegaron fuego en toda su línea de flotación, no 
así a sil Santa Bárbara porque «estaba inunda- 
da....)^ I ardiendo durante toda aquella noche el 
noble casco, mostró a los que hablan vencido el 
premio terrible de su victoria, que equivalía al 
mas irreparable de sus desastres. — «Este funesto 
acontecimiento, decia con completa sinceridad el 
jeneral Prado en un despacho al gobierno de Li- 
ma, del cual no nos lamentaremos lo bastante, ha 
venido a interrumpir el plan que me había pro- 
puesto». 



IX. 



¿Avistó aquella luz la perseguida goleta en el 
oscuro horizonte en que se había sumerjido junto 
con la noche? No lo dice su diario de derrota, i es 
posible que los reflejos del siniestro solo llega- 
ron hasta IquiqUe donde con claridad se perci- 
bieron. 

El maltratado barquichuelo tenia demasiado 

58 



4Ó3 EPISODIOS marítimos 

que' hacer con sus propias ruinas para cuidarse 
de las que hauia causado. — ((Largamos velas, di- 
ce el diario del buque, aprovechando la brisa de 
la noche i gobernando hacia el Oeste hasta las 
doce de la noche. Se distribuyó el servicio, i hasta 
esa hora no hubo novedad. El buque, haciendo 
mucha agua.i) 



X. 



Juzgándose ya a salvo, en la altura que habia 
tomado, de la persecución del Huáscar, la goleta, 
amenazando irse a picjue por minutos, viró como 
en demanda de tierra i de socorro; i al amanecer 
del 22 de mayo (dia jueves), reconoció su coman- 
dante la costa enemiga en que desembocaba el 
Loa. 

Fué todo aquel dia a bordo de la milagrosa Co- 
vddonga de indecible angustia, mayor afán i mas 
¡lenosa tarea que la del combate, porque allí no 
está el encono del fuea;o ni los brazos de la 
gloria para mantener levantados los corazones. 
El buque íbase a pique, i en él, iba a perder la 
República un glorioso trofeo, una indemnización 
no avara del revés sufrido a su capitana en la 
jornada. — ((A las cuatro de la tarde, dice el libro 
de bitácora de la aflijida embarcación, el agua 
llegaba a los fuegos sin que las cuatro bombas 
que trabajaban pudieran sostenerlas vias de agua. 



LAS Df;S ESMEIIALDAS 459 

Se puso toda la jeiitc sobrante con cuanto valde 
habia a bordo.» 

Necesitaron, a la verdad, en aquel trance los 
tri})ulantes de la Covadonga, agotados por cuaren- 
ta horas de fatiga, do hambre i de insonmio, pu- 
janza mayor i digna de mas encumbrada alabanza 
que por su bravura señalada en el combate, i es- 
to que a esas horas no se hallaban sino en la mi- 
tad de su derrotero en demanda del puerto do 
salvación, que era Antofagasta. 



XI. 



A las nueve de la noche de ese mismo dia, los 
gloriosos náufragos lograron, sin embargo, reca- 
lar a Tocopilla, i socorridos allí inmediatamente 
por la autoridad militar chilena con mas de cien 
auxiliares, logró achicarse el agua lo suficiente 
para que algunos carpinteros de ribera tapasen 
los agujeros de los proyectiles por donde se inun- 
daba el buque. 

Fué esa misma noche cuando el comandante 
militar de Tocopilla envió por la via de Chacan- 
ee i Caracoles, camino 'del interior hacia la cordi- 
llera de Bolivia, i a revienta caballos, el despacho 
que cuarenta i ocho horas mas tarde (en la noche 
del sábado 24: de mayo), debia calmar la zozobra 
indecible de la patria i tnierle la primera centella 
de una inmortal i redentora hazaña. 



4JJ EPISODIOS J.IARITIMOS. 



XII. 



La noche del arribo de la goleta, milagrosa- 
mente salvada, a Tocopilla, puerto amigo, fue la 
de una verdadera i espartana fiesta patriótica. Ni 
cantos, ni repiques, ni músicas ni charlas se escu- 
charon. El destrozado casco convirtióse en una 
colmena de entusiastas operarios, i alentándose los 
unos a los otros con dichos i con hechos propios 
de hombres, trabajaron centenares, por guardias, 
durante toda la noche, para alijarla del peso de 
agua que la sumerjia. 

Con el nuevo dia no mermó el empeño sino 
que fué en creces, porque sin mas que el agasajo 
del rancho trabajan soldados, playeros, marinos i 
jente suelta del pueblo con cuanto utensilio do 
vaciar pudo hallarse a la mano, sin escusar los 
tarros ? los sombreros. I mientras la multitud hacia 
gozosa todo esto, los oficiales daban ejemplo, ani- 
mando a la exhausta marineria i dirijiendo las 
reparaciones mas urj entes de la máquina i la ar- 
boladura. 

Al cabo de veinte horas, i como todos tenian 
prisa por temor de una aparición enemiga en 
aquel desamparo, a las cinco de la tarde de ese 
dia (viernes 23 de mayo) la goleta volvió a ha- 
cerse al mar con viento pesado del Sur i vinien- 
do en contrario las olas. 



LAS DOS ESMERALDAS. 4GI 

Era tan lastimero su estado i su coiiilicion ma- 
rinera, que no pudo avanzar sino a razón de una 
milla por hora. En consecuencia hubo de volver, 
con desesperación de sus jefes, al puerto a las once 
de la noche. Hacia tres dias que nadie dorraia a 
bordo, i no se veian sino rostros deshechos por la 
vijilia, fisonomías exaltadas por la pasión i la fa- 
tiga. Servíales como deleite en medio de aquel 
cumulo de contrariedades, salvar aquella pequeña 
nave histórica que ya no era un buque sino una 
reliquia; i por esto bregaban todos contra el mar, 
el viento, el enemigo i la suerte malhadada. La 
peregrinación de la Covadonga desde Punta Grue- 
sa a Antofagasta es u»a pequeña odisea tan digna * 
de la fama como su maravilloso combate. 



XIII. 

Con todo, a las cuatro i veinte minutos de la 
mañana del sábado 2-1 de mayo, después del in- 
dispensable descanso, levó anclas el maltratado 
esquife, i aprovechando con fortuna la brisa ma- 
tinal del Norte soltó sus cuchillas e hizo rumbo a 
Cobija, a cuyo puerto entraron, aguantándose so- 
bre su máquina, a las doce del dia. 

Una hora después fondeó en aquel abierto sur- 
jidero el vapor de la carrera Santa Rosa, que ve- 
nia del Norte, i a su paso por Iquique el dia de la 



4tV2 EPISODIOS MARITniOS. 

víspera, habia rccojido las impresiones palpitan- 
tes del heroísmo de la reciente jornada. 

Algunos pasajeros chilenos prorrumpieron a 
bordo en gritos de alegría al ver salva a la Cova- 
donga, saludando con vítores a los vencedores. 
Diversa i melancólica fué la acojida de aquellos 
bravos al saber el fin glorioso pero de irreparable 
infortunio de sus compañeros de armas. — «Fué 
en Cobija, escribía uno de los pasajeros del Santa 
Rosa a la « Patria ?> de Ycdparaiso, donde los va- 
lientes i victoriosos del Covadonga supieron la 
suerte que les habia cabido a sus amigos i com- 
pañeros de la Esmeralda. Fué allí donde presen- 
cié el acto mas triste que he visto hasta ahora — 
ver llorar a toda una tripulación — que di as antes 
habían probado ser unos leones en el combate i 
jenerosos en la victoria. Tan luego como se les 
comunicó la manera gloriosa como habia ido al 
fondo de la bahía nuestra inmortal Esmeralda, 
se mandó formar la tripulación i tropa., i después 
de una sentida alocución dirijida por el segundo 
comandante a la tripulación, el corneta tocó una 
marcha fúnebre, a la vez que nuestro glorioso pa- 
bellón hacia descender nuestra estrella hasta que- 
dar a media asta, — porque está probado que 
nuestra estrella no se arria jamas, sino por con- 
memorar la desaparición de un ser querido; pc]"0 
jamas por ningún acto que la denigre.» 



LAS DOS ESMERALDAS 4i;.T 



XIV. 



En la víspera i antes de pai'tir de Tocopilhi, 
los bravos de la Covadonga habían cumplido los 
deberes del corazón i de la ordenanza con sus pro- 
píos muertos. El cadáver del joven cirujano, el 
del grumete Tellez i el del camarero Ojeda fue- 
ron desembarcados con el tierno i sencillo cere- 
monial de las costumbres marítimas, envueltos 
los ataúdes en el trapo tricolor, sudario de hé- 
roes; i, velados en seguida en la capilla del pue- 
blo sobre las armas rendidas bajo los toscos fére- 
tros, díóseles el adiós del camarada i la sepultura 
del cristiano. 

XV. 

Tres horas después de su entrada a Cobija, la 
Covadonga volvía a hacer rumbo al Sur en des- 
manda del morro de Mejillones, al pié de cuya 
punta se encontrara al aclarar el dia siguiente 
después de mía noche de sobresaltos. La goleta, 
ayudada por el viento, corría hasta cuatro millas, 
criando sobrevínole, a eso de las diez de la maña- 
na del dia 25, el último accidente de su singular 
peregrinación, reventándose varios tubos de su 
máquina. El buque iba a quedar a flote e inerte 



4tU EPISODIOS marítimos 

cuando l<i fortuna, siempre inconstante entre las 
olas, vino en su amnaro. 

JL 

XVI. 

Con laudable actividad, el jencral del ejército 
de Antofagasta habia despachado, en efecto, a la 
primera noticia del arribo de la Covcidonrja a To- 
copilla, dos vapores en su auxilio, el liam, capitán 
Kondizzoni, que salió a las diez de la noche con 
rumbo directo a aquel puerto, i el Bimac, capitán 
G¿ina, por la costa, un poco mas tarde. 

Naveo'ó el Itata toda la noche anartado de la 
costa, i por esta causa cruzó a la goleta sin verla 
a la altura de ]\rejillones, dando el lijero traspor- 
te vista a Tocopilla a las seis de la mañana, hora 
en. que lo persiguió un vapor sospechoso, asegu- 
rando algunos a bordo ser el Huáscar. 

Más afortunado el Bimac, que salió al amane- 
cer, encontró a la goleta, ya paralizada en sus 
Aiovimientos, a las diez i media de la mañana a 
20 millas de Antofagasta, i pasándole un espía la 
remolcó rápidamente hacia el puerto. 

XYII. 

Alegre i tumultuosa era la acojida que la ciu- 
dad-campamento aprontábase a hacer a la he- 
roína. El ejército en masa, el jeneral en jefe i su 



I 



LAS DOS ESMERALDAS 4i3.) 

numeroso estado mayor, la población entera, sol- 
dados i civiles estaban en el muelle para batir sus 
manos. Era dia festivo, i esto i la pasada ansie- 
dad aumentaba el justo regocijo. — «El entusias- 
mo del pueblo es inmenso, escribía al «Mercurio)^ 
un oficioso corresponsal que allí se bailaba entre 
los curiosos; la jente está toda reunida en la pla- 
ya; todos los jefes i oficiales esperan en el muelle, 
i seis bandas de música están prontas para tocar 
el himno nacional al desembarco de los valientes 
marinos (I).» 

XVIII. 

Son las cuatro de la tarde, i el Rímac i su re- 
molque vienen ganando el fondeadero, cuando 
avistóse de improviso por el Norte un tercer hu- 
mo. Es el Itata que vuelve de Tocopilla. Su .capi- 
tán Rondizzoni baja aceleradamente a tierra i se 
comunica con el jeneral en jefe que aguarda a 
los tripulantes de la Covadonga para felicitarlos. 
El jeneral Arteaga, no es dueño de su emoción al 
escuchar la relación del recien llegado, i llaman- 
do a sus ayudantes les comunica órdenes acelera- 
das que, a manera de repentina nube en cielo des- 
pejado, disipan el encanto i la muchedumbre. 



(1) Don Vitalicio López. Carta al «Mercurio». 

59 



4GG EPISODIOS MARÍTIMOS 



XIX. 



¿De qué funesta nueva lia sido portador el bu- 
que recien llegado?. Solo de una sospecha. Le lia 
parecido que el Huáscar lo ha perseguido en 
la penumbra de la mañana en Tocopilla. Pero su 
capitán estaba persuadido de que el invulnerable 
monitor no tardarla en aparecer delante del mal 
prevenido puerto, confusa aglomeración de un 
campamento acuartelado en medio de una ciudad 
industrial i pacífica. 

De aquí la repentina mudanza. 

«Ximca, vuelve a esclamar el corresponsal que 
acabamos de citar, nunca ha podido haber un 
trastorno mayor: en un instante cambia la esce- 
na: huye la inmensa masa del pueblo en todas 
direcciones; el jeneral en jefe imparte allí mismo 
sus órdenes; los jefes i oficiales marchan a sus 
cuarteles; en todos ellos se toca jenerala; las tro- 
pas se ponen en movimiento; los particulares to- 
man sus abrigos i sus armas, los que las tienen, 
i media hora después todo es un silencio profun- 
do. El ejército en los puestos que se le hablan de- 
signado, i el pueblo alojado en la falda de los 
cerros al abrigo de los pequeños morros». 

XX. 

Fué aquel el pánico que sigue a la fiesta cuan- 



LAS DOS ESMERALDAS 4G7 

do las llamas de voraz incendio consumen el vsitio 
mismo sembrado de flores, de delicias i recuerdos 
cu que se ha deslizado la amena noche entre el 
festin i los deleites. 

Esplicar ahora cómo acontecía todo esto, con 
la rapidez de un cambio de decoraciones en el 
escenario, habrá de llevarnos a distinto paraje del 
que nos encontramos, acercándonos ya al final 
deccnlace del drama, argumento principal de este 
libro de episodios del océano. 



4Í,8 EPISODIO.^ :M.VRITniO,S 



XXXVI. 

EL PRIMEE BOMBARDEO DE AHTOFACtASTA. 
(26 I 27 DE mayo). 



«A no ser por la inesperada pt'rdida de la In- 
dependencia, quizás tendríamos hoi a Chile de ro- 
dillas, implorando el olvido de sus crímenes, como 
estuvieron los náufragos de la Esmeralda enal- 
teciendo la noble jenerosidad de nuestros ma- 
rinos». 

(Editorial del Xaciojial de Lima, junio 5 de 
1879). 



I. 



Mientras la desmantelada goleta Covadonga se 
escapaba al Sur por una serie de prodijios de mar i 
por la mas que humana constancia de sus tripulan- 
tes, su fiero perseguidor había dado la vuelta al 
Norte en demanda de combustible i de órdenes 
para pjosegTiir sus hostilidades. Al amanecer del 
dia 22 hallábase el Huáscar a la altura de la que- 
brada de Camarones, a medio camino entre Iq ñi- 
que i Arica, i en esa latitud encontró al Chalaco 



LAS DOS ESMERALDAS 409 

que venia del ultimo puerto con un cargamento 
(le armas, víveres i carbón destinado a Pisagua e 
Iquiqne. 

Entró, en consecuencia, el monitor en conserva 
con el trasporte al último puerto el 22 a las cua- 
tro de la tarde; i en la noche de ese dia mientras 
la Covadonga se reparaba a prisa en Tocopilla, 
2)oniéndole manos cariñosas los primeros vendajes 
en sus mortales heridas, el Huáscar se alistaba pa- 
ra volver a darle caza repletando sus carboneras. 

Hecho esto, el infatigable comandante Gran, 
no obstante la dura molestia que el monitor de 
torre impone a los que lo habitan como dentro de 
una caverna de fierro, hizo al dia siguiente rumbo 
al Sur, i llegaba a Tocopilla el dia 2i, horas des- 
pués de la partida de la cañonera. A este lijero 
retardo debió ésta su tercera salvación en aquella 
odisea de mar que habia durado ya tres dias. 

Esplícase de esta manera la inesperada apari- 
ción en aquel puerto boliviano del «buque sospe- 
choso», que al amanecer del domingo 25 avistara 
con sobresalto el capitán Rondizzoni, comandan- 
te del Itata. 

Ese buque sospechoso era el Huáscar, la nave 
bruja del Pacífico. 

ÍI. 

Prosiguiendo, en efecto, su jornada el Huáscar, 
se presentaba en la tarde de ese dia en Mejillones, 



470 EPÍSODIOS marítimos 

donde causara algunos daños en el embarcadero. 
I evidentemente disponíase a hacer una visita 
militar al puerto de Antofagasta, casi inerme to- 
davía, con grave culpa de sus autoridades i del 
gobierno central. 

De aquí la alarma i casi el espanto que reino 
en la población i en el campamento desde que el 
comandante del ítala comunicó sus sospechas al 
jeneral en jefe sobre la próxima venida del ILiás- 
car, i particularmente desde que ésta fué confir- 
mada a las nueve de la noche de ese mismo dia 
por un espreso a lomo de cahallo llegado de Meji- 
llones. ...El Huáscar se habia encaro-ado de llevar- 
se o de echar al agua en aquella rada el alambre 
que el descuido singular de las autoridades tenia 
a esas horas para concluir aquella importantísima 
línea.... en una hmcha (1). 



(1) He aquí como un corresponsal que la Opinió)i Nacional 
tenia a bordo dül Huáscar cuenta la aparición del monitor en 
Mejillones: 

«A las 8 hs. 15 ms. P. M. estábamos completamente dentro 
de la bahía. 

dLos habitantes huiau precipitadamente hacia la falda de los 
cerros, ocultándose tras de las breñas, i otro tanto hacían los 
soldados de la guarnición. _ 

}!)Uno o dos oficiales coriian a caballo, precipitadamente, del 
cuartel hacia la plataforma de la guanera que se encuentra ha- 
cia la parte Sur, en el cerro de donde arranca la península i a 
corta distancia de la población, mientras que por mar hacía lo 
mismo, partiendo del muelle, una lancliita g, vapor, con ])andera 



LAS DOS ESMERALDAS 471 

Fué aquélla, en consecuencia, la noclit triMe de 
Antofagasta, sucediéndosc a las alegrías i a las 
esperanzas de una recepción triunfal. Todos los 
que pudieron huir a los cerros desaparecieron con 
sus penates. — c(Por aquí, decia un testigo de vista 
corresponsal de la «Patria» de Valparaíso, va una 
carreta cargada hasta los topes con muebles, le- 
gumbres, animales i niños que gritan inquietos 
porque el conductor no lleva su vehículo lijero co- 
mo el rayo; por acá pasa una muía llevando' des- 
cubierta nada mas que la cabeza, que lo demás 
está ocupado con seres vivientes, útiles de cocina, 
ropa, en una palabra, con cuanto forma el arreo 
de un pobre trabajador. 

americana. Eu la guanera solo liauia un bajao coa esta ban- 
dera. 

)>E1 pánico de la población, como podia verso, era estraordi- 
nario. 

3>Momentos después, el comandante Gran mandó en una fa- 
lda i como parlamentario, al teniente 1.'^ señor don Diego E'eiré, 
quien comunicó al jefe de la plaza. 

))E1 señor Polidoro Valdivieso, comandante de armas, que era 
el jefe de la plaza, contestó cortesmente al parlamentario, lo 
siguiente: ((Señor oficial: puede Ud. decirle al comandante del 
llaáscar, que puede hacer en la bahía cuanto crea conveniente; 
pero que si se intenta un desembarco, me veré obligado en cum- 
plimiento de mi deber, a rechazarlo con la fuerza de mi mando». 

»Como nuestro objeto era otro, pues al ser ese hubiéramos 
desembarcado mui fácilmente, se enviaron varias embarcaciones 
a recojer las lanchas. 

»E1 número de éstas era 7, fuera de la chalupa de la capita- 



472 EPISODIOS MARÍTIMOS 

)jEn tanto que unos viajan en carretas o en 
muías, los menos acawlalados lo hacen a pié; una 
anciana rendida de cansancio., pues hace un sol 
de fuego, lleva a su nietecilla en una mano i en 
la otra i en las espaldas, brasero, tetera, botellas, 
trapos, santos i hasta un gato.» 



III. 



La visita del Huáscar al puerto de Antofagas- 
ta, retaliación debida al castigo e incendio de las 
poblaciones del litoral peruano i concecuencia na- 
tural de la funesta i mal aconsejada espedicion de 



nía del puerto. Todas ellas fueron barrenadas, incendiadas; la 
goleta Clorinda siguió igual suerte. 

»Esta última estaba en lastre i de ella se sacaron los compa- 
ses i cronómetro; de las lanchas, víveres, 4 bueyes i 33 rollos 
de alambre que debían servir para el telégraf j entre ese puer- 
to i Antofagasta o Tocopilla. 

»La chalupa se izó a bordo, pues estaba en magnífico estado. 

5)E1 valor de la menos buena de las lanchas, no bajaba de 
üOO soles en metálico, i de 2,000 o mas, el de la goleta. 

»A1 estar en tierra el i)arlamentario, varios italianos rodea- 
dos de sus hijos se acercaron a él i le suplicaron dijese al co- 
mandante Grau, que no hiciera fuego sobre la población, porque 
habia en ella muchas mujeres, niños i personas neutrales, a lo 
que les contestó el teniente Ferré, que no tuvieran el menor te- 
mor, porque las fuerzas peruanas obran siempre con la hidalguía 
que les era tradicional. 

»Eran las diez i m^edia de la noche, cuando zarpamos de la 
bahía». 



LAS DOS ESJIET?,ALDAS 47"} 

la escuavlra cliilena, tan parecida bajo muchos 
conceptos, i especialmente en lo fantástico, a las 
salidas del insigne caballero por las llanuras do 
la Mancha, seria, con todo, mucho menos dañosa 
para nuestra fortuna i nuestro^ honor, desde que 
su consorte de mar liabia quedado rota i carboni- 
zada entre los arrecifes de Punta Gruesa. 

El Huáscar, simple máquina de combate, cure- 
ña do fierro que monta dos pesados cañones i 
tiene en su parte delantera una cuchilla de asal- 
to, no ofrecía sino peligros relativos para un bom- 
bardeo. No así la Independencia, que con sus 
baterías de costado, ha,bria podido reducir a ceni- 
zas en una hora la mas floreciente do nuestras 
poblaciones marítimas con la escepcion de Val- 
paraíso. 

I ese servicio, es decir, la salvación del país en 
hora aciaga de incomprensibles desaciertos, fué 
el que prestaron a su patria los hombres denoda- 
dos que se batieron sin esperanza en Iquique el 
miércoles 21 de mayo de 1879. 

«Entonces, (dice un diario del Perú, revelando 

el alcance de los planes tan certeros como bien 

calculados, que el director de la guerra habia 

confiado a los dos acorazados peru¿inos al llegar 

a Arica el 20 de mayo, i al lamentar la irreparable 

pérdida de su fragata de línea), entonces no ha- 

bj'ian desembarcado en Antor¿>,gasta los últimos 

cuatro mil hombres remitidos de Chile. Estarían, 

CO 



474 EPISODIOS MARÍTIMOS 

O prisioneros, o sepultados en el mar. El ejército 
reconcentrado en el territorio usurpado estaría 
sitiado por la sed. Los mismos blindados que tan 
cobarde o tan ridiculamente han huido siempre 
del frente de nuestras baterías de tierra, aun de 
las mas insignificantes, no habrían osado afrontar 
el empuje de nuestra primera división naval, ni 
habrían intentado el restablecimiento del bloqueo 
de Iquique i quizás un infame bombardeo (I)». 

El monitor peruano llegaba por tanto sólo a 
nuestras aguas, i su aparición causarla mas sustos 
que daños entre ánimos todavía bisónos i en cos- 
tas mal defendidas por la confianza, la incuria i 
la inercia, suprema leí de estado en la presente 

(1) El Nacional de Lima del 5 de junio. — El diario peruano 
en sus profecias alude al convoi de tropas chilenas que salió de 
A'alparaiso el 20 de mayo, a las nueve i media de la mañana, coa 
el batallón «Naval», el «Oliacabuco» i el «Valparaiso», todo en 
crudo i a granel, i a mas las ambulancias de Santiago i algunos 
oficiales. 

Este convoi que pudo caer íntegramente en manos del ene- 
migo, si la Imlepcndc'iicia no hubiera perecido el 21, llegó a An- 
tofagasta en la noche del 22, i se componia del malhadado 1U~ 
mac i del Itatay los dos buques mas veloces (con escepcion del 
I.oa) de la Compañía Sud-Americana. 

Durante el viaje, los trasportes tuvieron mui mal tiempo, 
lluvia i mar gruesa, pero llegaron sin mas novedad que la 
muerte a bordo del Itata, de un animoso muchacho del «Chaca- 
])uco» que se embarcó gravemente enfermo de membrana «para 
morir en tierra de eucmigosí), i que tenia el altisonante nombre 
de «Fernando de Tuledo». 



LAS DOS ESMERALDAS 475 



í:!;riCiTa de héroes sncrificados i do poltrones usu- 
fructuarios. 



IV. 



El jeneral en jefe del campamento de Antofa- 
gasta liabia hecho, entre tanto, salir para el Sur, 
en la primera hora de alarma, los pequeños tras- 
portes Tolten i Haanay, cuyo andar pesado los es- 
ponia a caer en manos del enemigo; i aunque en 
la confusión de aquella hora diera igual orden al 
Rhiac para arrastrar la Covadonga hacia Caldera 
i Yalparaiso, i aun estuvo ésta con la soga de re- 
molque sobre su bauprés, un mejor acuerdo dis- 
puso guardar los dos trasportes' i meter la vale- 
rosa reliquia dentro del remanso, llamado la Poza, 
que forma la rocallosa bahía de Antofa2:asta mas 
allá de su peligrosa barra. Esa resolución salvó 
otra vez el honor i la fortuna de nuestras armas i 
a la Covadonga por la cuarta vez en esa breve 
campaña. 

Para el logro do este fin debia aguardarse, sin 
embargo, la mañana siguiente. En el intervalo de 
aquella noche, que seria todavía de supremas 
angustias para los ya estenuados jefes i tripulan- 
tes de la goleta, quedó ésta a merced de furioso 
vendabal, levantado de repente a las tres de la 
mañana, con violencia tal que cortó sus amarras i 
arrastróla mar afuera cinco millas sin srobierno i 



475 EPISODIOS MARÍTIMOS. 

sin amparo. Sin el envío oportuno i matinal de 
nn pe(]neño vapor de remolípe, la Covadonga dcs- 
pncs de tantas hazañas de náutica i de combate, 
habría caido como ingloriosa presa de los caño- 
nes del Ifaáscar: tal ei'a el aturdimiento inverosí- 
mil de aquellas horas ! 



V. 



A las seis de la mañana del limes 26 de mayo, 
con la primera claridad del dia, habíase, en efec- 
to, avistado por los vijías del puerto los humos 
del Huáscar. El monitor daba caza hacia al Sur 
por frente de la boca de la bahía al Itata^ que cru- 
zaba afuera, seguro de su andar que era de 13 
millas i media. 

El Huáscar durante toda la campaña no ha 
andado mas de 11. 

A su turno, el predestinado Elmac, habia en- 
trado otra vez al puerto a las once de la mañana i 
¡caso singular! el jeneral en jefe dióle orden, o 
mas bien, le hizo el encargo de aguardar hasta 
las tres de la tarde en el fondeadero para llevar a 
Valparaíso ((algunos pliegos....» 

Dio lu!2:ar esta circunstancia de oficina i de des- 
barajuste a una arriesgada caza en (|ue estuvo al 
sucumbir el ya tristemente conocido barco, por- 
que el Huáscar, favorecido por la bruma ganó el 
]jucrto embozado en sus velas, sin dejar ver su 



LAS DOS ESMERA LI)7lS 477 

cliimenca ni su torre; Je suerte que tuvo fáe-il- 
mente a tiro de su t )rre íil Uímac, al fugar éste 
por el Xorte. Tan evidente parecía su captura, 
que el jeneral en jefe paso por la mortificación de 
anunciar por el telégrafo a Santiago en aípiella 
misuia hora, que su es(?ape parecía imposible (1). 
Salvo, sin embargo, el bien gol.iernado trasporto 
gracias a su mayor an^hir, ventíija que en aciago 
(lia posterior no alcanzara. I entonces el lhuLscju\ 
dueño por entero de la bahía, entró como a sola- 
zarse en ella, echando abíijo su murada e izando 
como de costuml^re su enorme pabellón de guerra. 



YI. 



Para resistir al acorazado peruado no existían 
en Antofao'asta sino tres cañones ArnistronGc de a 
150, imperfectamente montados todavía i que ha- 
bían estado tirados en la playa un largo mes. 

Por fortuna, el mas intelijente i animoso de 
nuestros jefes de artillería, el teniente coronel 
Velazquez, redimido de ingrato i mezquino olvido 
i sacado a illtima hora de su retiro en el campo, 
habíase dado trazas, en medio de la universal de- 
sidia, para levantar algunos parapetos i nivelar 



(1) Ycase en el Apéndice, núm. 32, eí parte del comandante 
Gana sobre las escapadas i operaciones del RimaCj desde que 
salió de Yalparaiso el 20 de mayo. 



478 EriSODIOS MARITI^MOS 

tres plataformas en puntos aproposito al Norte, 
centro i Sur de la bahía. 

En esas plataformas acababan de ser colocados, 
sin muclios de los aprestos i aun de los utensilios 
necesarios, los cañones de mayor calibre, i en la 
playa, al lado del muelle, una sección de piezas 
Krup de campaña que eran un simple juguete 
delante de los espesos flancos de fierro del moni- 
tor invulnerable. 

VII. 

Mandaba el cañón del Norte, engrandecido co- 
mo los otros con el nombre de fuerte, del Norte, 
el bravo teniente coronel don José Manuel No- 
voa, el del centro el capitán Delfín Carvallo i el 
del Sur el capitán Benjamin Pantoja, uno i otro 
oficiales distinguidos como la mayor parte de los 
de su arma, miserablemente maltratada en los 
últimos tiempos por innobles pasiones de política. 

Las piezas de campaña estaban a las órdenes 
de los tenientes Villarreal i Urízar, que en el en- 
cuentro de Calama hablan cosechado, sin su cul- 
pa, mas calumnias que gloria. 

Dirijia en jefe todas las baterías el comandante 
Velazquez, i atendía al pa,rque i provisiones el ca- 
pitán Salvo, oficial científico i notable, que habia 
vuelto al servicio después de la proscripción ensa- 
ñada de los celos. 



LAS DOS ESMERALÜAS. 479 



VIII. 



En cuanto a la invencible CovadongcL^ objeto 
particular i conocido de la codicia i del enojo del 
monitor peruano, habíase atravesado valerosa- 
mente en la Poza dando su costado de estribor a 
la boca del puerto, es decir, a los cañones del 
enemigo; i como si hubiera querido mostrar a és- 
te que todavía no estaba muerta, disparó sobre 
su torre sus dos cañones de a 70 cuando perseguía 
al Rimac, obligándolo a pararse. Aquellos dos 
cañonazos, anunciados instantáneamente por el 
telégrafo, habían repercutido en todo el país co- 
mo un eco de gloria i de venganza. Los dos pro- 
yectiles pegaron en el blanco... Era evidente que 
el teniente Orella hacia todavía el oficio de cabo 
de cañón. 

A esa hora encontrábase también a bordo de 
la Govadonga el capitán de puerto don Javier 
Molinas i el viejo Roberto Souper, este voluntario 
de todos los hechos heroicos que se han sucedido 
en Ciiile durante los ^últimos treinta años. 



IX. 



Reconocida con la calma habitual del coman- 
dante Grau toda la línea de defensa, elijio su ho- 
ra; i a las cinco i cuarto en punto de la tarde- 



480 EPISODIOS MAniTBIOS. 

rompiü sus íací^os .succsiviinieiito sobre la Cova- 
donga, los fuertes i la poblaciou, pero eoñ tan es- 
casa fortuna que en 2:1: d'sparos hechos a largos 
intervalos, (16 con la torre i 8 con los cañones 
de a 40) solo mato un perro que se hallaba atado 
a una cadena en un patio de la casa de la Com- 
pañía salitrera; i de aquí el nombre vulgar que 
han dado, a nuestro juicio con poca gracia, de «el 
mata perros», al recio monitor peruano. 

En cambio, los proyectiles de la Covadonr/a i 
de los fuertes cansaron tan sensible efecto en el 
lejano monitor, cuanto era dable, vista su arma- 
dura i la prudente distancia que habia clejido pa- 
ra batirse (de 3 a 4,000 metros) (1). 

(1) Xo dejaron de ser de cierta importancia las averias que 
siiñ'ió el Huáscar en su campaña da L|iii(|a j i de Antofíxgast-i, 
puesto que le obligaron a empreader cambios ralicales en su 
arboladura i casco i a permanecer durante un largo mes repa- 
rándose i alistándose en el Callao. 

He aquí las principales de sus averias segur un corresponsal 
de la prensa que llegó a sa bordo a aquel puerto: 

«Una bomba entró por la parte dil último jardín de la aleta 
de estribor, rompió el casco de la ob¡'a muerta, esto es, en la ma- 
dera, rompió dos mamparos i salió por la aleta de babor pe- 
netrando al camarote del cabo de timonel i rompió la puerta i 
los faroles que encontró a su paso. 

)>En la torre, dos bombas casi paralelas i a dos pulgadas de 
distancia i un pié mas alto que la tronera del cañón de la iz- 
quierda. Han quedado lijeramente grabados los proyectiles i 
descascarado una o dos líneas de la plancha, i a dos pies i medio 
mas abnjo que los anteriores tiros i perpeulicalarm3nte, que la 



LAS DOS ESMERALDAS 481 



X. 



Los proyectiles lanzados desde tierra i desde 
el Covadonga llegaron al número de 145, i el 
último del Huáscar, disparado a las siete de la 
Doclic por entre las sombras de la bahía, alumbró 
al estallar en el aire las colinas i quebradas en que 



grabada riíra bomba; 22 tiros de rifle, se ven las huellas del 
a})lastamiento de los proyectiles i 30 o 40 lijeras rasmilladuras 
de cascos de bomba que han quitado la pintura de la torre i ro- 
to una parte de la fogonadura correspondiente al cañón de la 
derecha. 

3)Eii la torre del comandante, cinco bombas que solo han qui- 
tado la pintura dejando la forma de los proyectiles. 

»Una bomba atravesó el guindaste del palo trinquete; atra- 
vesó asimismo el palo de la fogonadura, hizo allí el estallido» 
llevándose la brazola de la escotilla de proa, rompiendo con uno 
de sus cascos el mamparo que divide el tablado de la torre de 
la proa, i produjo un incendio, que merced a la oportuna actitud 
del segundo comandante pudo estinguirse en su oríjen. 

DÜtra bomba estalló en el castillo de proa. 

»Los dos palos de la cabria tienen unos dos tiros que lo pa- 
san de un lado a otro, i el segundo uno que lo pasa i otro que 
ha roto todo uno de sus lados. 

»Los espolonazos produjeron un boquete como de dos pies en 
cuadro, al lado de babor i en la obra muerta. 

í)La vista del castillo (del lado babor) completamente des- 
trozada, i la de estribor mui maltratada por una bomba. 

i)En la obra muerta (de madera) del lado de estribor, diez ti- 
ros de revólver; en la puerta del segundo jardiu iiuo de bala 

61 



482 EPISODIOS MARÍTIMOS 

el ejercito estaba acampado en revuelta i pinto- 
resca confusión (1). 

El combate liabia cesado i no nos habia dejado 
por víctimas sino un agujero, un perro i la mor- 
tificadora enseñanza del fatal i culpable abando- 
no, reflejo de altas apatías, con que se Ue.vaba co- 
mo dentro de una carreta de quincha la guerra i 
sus destinos. 



rasa, i veinte i nuevo de rifle; en el lado de babor, casi lo mismo, 
i e^u toda la cubierta incrustadas muchas balas, casi todas de 
Comblain. 

j)Eu la chimenea, en su base, trece balas de rifle, una en el 
tubo de vapor del lado estribor, i el otro tubo casi destruido; 
diez i siete de rifle i dos de cañón en la parte alta. 

j)La escala de la cubierta de popa, del lado de estribor, rota, 
i algo averiado el compás alto cté popa. 

i>Las embarcaciones menores han quedado también algo ave- 
riadas, lo mismo que las jarcias de maniobras». 

(1) Los disparos hechos contra el Huáscar estaban distribui- 
dos entre las diversas posiciones de la siguiente manera: 

Fuerte de Bella-vista 6 tiros. 

Id. del Cenfro 3 » 

Id. del Norte 9 » 

Piezas de campaña 97 » 

Déla Cmadónga •... 80 » 

Total 145 tiros. 

En el Apéndice liúms. 33 i 34 publicamos los partes oficiales 
del jeneral en jefe i del comandante de artillería de Autofagas- 
ta, sobre l(^s sucesos de ese paerto el 26 i 27 de mayo. 



LAS DOS ESMERALDAS 48S 

El carro antiguo de la gloria de Chile Imbia 
sido cuidadosamente mandado guardar bajo pol- 
vorosa cubierta en las cocheras del palacio de go.- 
bierno, i medio a medio de la soñolienta capital 
mediterránea de Chile. 



484 EPISODIOS MARlTIilOS 



EL EASTEEO. 



«A las ocho de la mañana, coa bandera clesple- 
i en son de combate, entramos al puerto. 

»Las carreras de la víspera repitiéronse nueva- 
mente, i las divisiones del ejército veíanse en el 
interior de las quebradas. 

»E1 Covadonfja permanecía en su canal, oculto 
tras de las peñas i la bandera estrellada no fla- 
mt abn en ninguna de las baterías; el caíloneo de 
la víspera las habia evaporado por completo. Las 
banderas inglesa, americana, alemana i arj entina 
i de las ambulancias eran las linicas que se veiau. 

j)El Huáscar continuaba en son de combate 
recorriendo la bahía de Xorte a Sur iKisando a 
tiro de pistola por delante de las baterías i del C'o- 
vadonga, que se había cubierto con los buques 
mercantes, sin perder su escondite del canal, i su 
comandante, el capitán de corbeta don Carlos 
Condell i jefes de las primeras, no se atrevían a 
descargar un solo tiroD. 

(Correspondencia del Nacional de Lima, a bor- 
do del Huáscar^ en la rada de Antofagasta, 27 de 
mavode 1879). 



I. 



Tales haLian sido los incoloros indicios i evi- 
dentemente atropellados hechos del dia en que 
apareció el Hiuíscar retando nuestra bandera i 



LAS DOS ESMERALDAS 485 

nuestros fuegos en el puerto, redimido como chi- 
leno, de Antofagasta. 

El combate o mas bien el bombardeo, (como 
pomposamente se le ha llamado) de Antofagasta 
liabia concluido. 

Militarmente habia sido un simple cañoneo sin 
gloria ni resultados para nadie. El monitor ene- 
migo habia recibido algunas contusiones, i esto 
era todo. 

Al dia siguiente apareció otra vez en la bahía 
el acorazado peruano en son de combate en me- 
dio del profundo silencio que reinaba en la mar- 
jen del puerto donde no parecían ya respirar pe- 
chos de soldados. 



II. 



Paseóse ufano, en efecto, el Huáscar por medio 
de la bahía, i navegando a tiro^ de pistola de las 
mudas o mas bien amordazadas baterías de tie- 
rra, púsose a rastrear el cable hasta que creyó ha- 
ber logrado su intento. 

A medio dia, como si estuvieran en su propia 
casa, sentáronse los oficiales peruanos, cuyos ga- 
lones se distinguían a la simple vista desde la 
playa silenciosa, a disfrutar su almuerzo como en 
día de paseo. — «Nos cansamos, dice desenfadada- 
mente un corresponsal qué hacia a bordo la vida 
de un dilettanti, nos cansamos de recorrer la 



48G EPISODIOS MARÍTIMOS 

bahía, cuando se aguantó el Huáscar sobre su 
máquina cerca de una hora i media que duró el 
almuerzo, que hicimos mas tranquilos que en 
nuestro hermoso Callao». 

De ese modo se hacia la guerra en mayó, te- 
niendo los jenerales de Antofagasta el oido puesto 
instantáneamente a la voz de la Moneda! 

La acción de armas del domingo 25 de mayo, 
en la hora que se celebraba el Te Deum de la glo- 
ria barata en la Catedral de Santiago, habia sido 
siquiera una protesta. 

El rastreo del cable al dia siguiente, fué solo 
un reto i una vergüenza. 

Mordíanse de despecho los oficiales de artillería 
los labios bajo el fiador de cuero de sus kepis. — 
Pero tenían orden superior.... «de no tirar». 

I eso acontecía el 27 de mayo cuando no hacia 
todavía una semana desde que los ocmártires de 
Iquique», como con razón comienza a llamárse- 
les, nos habían enseñado la manera como los sol- 
dados chilenos sabían pelear i sabían morir. 

Por fortuna, estaba allí sobre sus anclas la su- 
frida Covadon(/a, i sus dos disparos de saludo i 
provocación al Huáscar, salvaron en la bahía el 
honor de la bandera. ^ 



ni. 

Al día siiruiente desembarcó el comandante 



LAS DOS ESMERALDAS 487 

Conclell i fue acojido con sincero entiisiasmo por 
el ejército i especialmente por los jefes de la ar- 
tillería, este cuerpo de bravos, jemelo de la raarí- 
na. — «Ayer, escríbia a un amigo el comandante 
Velazquez desde Antofagasta el 30 do mayo, 
comieron con los artilleros los marinos de la (7o- 
vadonga. Gran entusiasmo. Mucho gusto. Se de- 
rramaron lágrimas por la Esmeralda i su coman- 
dante. Es tan dulce llorar por los héroes!» 



IV. 



Algunos dia^ mas tarde, el jefe de la Turquoise 
visitó al comandante de la histórica goleta; i al 
recibir al siguente dia a su propio bordo el retor- 
no de su cortesía, ofrecióle los honores debidos 
por los hombres de mar al denuedo i al honor bajo 
todas las banderas. Los mas jóvenes de los oficia- 
les de la corbeta inglesa, sin comprometer por 
esto su neutralidad, presentaron al comandante de 
la Covadonga la única reliquia cpie la clemencia 
del mar habia dispensado a su pesquisa en el sitio 
del naufrajio de su gloriosa consorte. 

Era aquel presente, digno de los donantes i de 
los agraciados, un saca-trapos de la Esmeralda, 
que el capitán Condell hizo suspender como un 
trofeo querido en las cuadernas de su cámara, don- 
de será durable recuerdo de una gloria común, o 
mas propiamente, de una gloria universal. 



488 EPISODIOS MARÍTIMOS 

Aquel noble vestijio fué acompañado de la si- 
guiente delicada esquela, cuya traducción debe- 
mos a uno de los oñciales de la afortunada caño- 
nera, i cuyo tenor testual dice como sigue: 

«Los Oficiales del buque de guerra de su Ma- 
jestad Británica, la Tarquoise, admiradores del 
glorioso combate de la Esmeralda i la Covadonga, 
sin ejemplo en los anales navales, se empeñaron 
l^OY encontrar el sitio donde sucumbió la gloriosa 
Esmeralda, para ver si podian encontrar alguna 
reliquia que regalar al compañero del heroico 
Prat que sucumbió sobre la cubierta del Huáscar 
en la tentativa, cuando se hundia su buque, de to- 
mar por abordaje a su enemigo; a nadie pues co- 
rrespondía mejor esta reliquia que al comandante 
Condell del glorioso Covadoiiga. 

»E1 Oficial que tuvo la felicidad de encontrar 
esta reliquia es el señor don Jorje Lee (1)». 

(1) Desconfiados casi siempre sobre la autenticidad de todo 
documento histórico cuja comprobación no está a nuestro al- 
cance, no habríamos acojido ni aun el anterior, si no la hubiera 
puesto en nuestras manos el teniente Orella como una versión 
auténtica del orijiual. 

No necesitan ciertamente encomios especiales los chilenos 
que se batieron en Iquique. Pero es también digno de recordar- 
se, como una prueba de testimonio universal, lo que un oficial 
de alta graduación de la Pensacola, ñ'agata norte-americana a 
la sazón en el Callao, escribía al cónsul de su nación en Valpa- 
raíso don Pedro A. Me Keller, conocido comerciante de ese puer- 
to, cuyos párrafos de carta publicados en el mes de junio en 



LAS DOS ESMEllx\.LDAS. 489 



La Covadonga demoraria todavía cerca de im 
mes en ser convoytida i remolcada a Yalparaiso 
para su reparación indispensable i urjente: tal era 
el temple jeneral i la tardanza en todas las cosas 



de la o'uerra. 

o 



V. 



En cambio, el Iluciscar, después de sus hazañiis 
impunes de Antofagasta del 27 de mayo, hizo 
cómodamente rumbo al Norte con mar llena, bri- 
sa acariciadora i éxitos cuantos quiso. 

El dia 28 pasó a Cobija, recapturó la goleta 
peruana Coqueta, que la escuadríi chilena envia- 
ba como buena presa a Antofagasta i que, digna 



la prensa de esa ciudad, dicen así: 

«Por el momento, llenos de admiración, a bordo no pensába- 
mos sino en la Esmeralda i la Covadonga, desde que a su lado 
cualquier otro asunto es una insignificancia. No se conoce en- 
cuentro naval alguno comparable con el que aquellas dos naves 
han sostenido, i la nación que cuenta por sus hijos a marinos 
tales, debe muí pronto obtener el triunfo definitivo. 

i)El combate de la Esmeralda con el Huáscar carece de para- 
lelo en la historia, sino es el de la Covadonga con la Indepen- 
dencia. 

))Yo no podria decir que el comandante Prat era digno de 
mejor suerte, pues no concibo nada mas grand^ i glorioso qu3 
su combate i su muerte; pero en cambio nada mas sincero que 
mi dolorosa simpatía por su infortunada viuda i familia, sin 
embargo, que confiadamente espero en el país que ha tenido la 



490 EPISODIOS marítimos. 

de SU nombre, volvió a entregarse mas tarde a la 
Mar/allanes. En seguida, quemó en aquel puerto 
las lanchas que hubo a mano, i algo mas adelanto, 
íi doce millas de aquella rada, hizo todavía presa 
la barca Emilia cargada de metales i propiedad 
de la casa italiana de Gervasoni Hermanos de 
Yalparaiso i Coronel. 

Al dia siguiente, 29 de mayo, el victorioso mo- 
nitor entraba a Iquique- después de una campaña 
de seis dias, i habiendo recibido la honrosa visita 
i felicitaciones del chrector de la guerra, dióle és- 
te orden de dirijirse al Callao a repararse, después 



dicha de contar entre sus ciudadanos a un hombre como el co- 
mandante Prat, no jiuede dejar a su familia en el abandono i la 
miseria. 

í; Ignoro si, en jeneral, los chilenos son un pueblo de marino?, 
i si sea posible que no aprecien toda la magnitud i gloria de 
esos dos encuentros; pero si así fuese, considero que es un deber 
al mismo tiempo que una grata satisfacción para todo estran 
jero, el llamar la atención del pueblo de Chile sobre los impor- 
tantes servicios de aquellos valientes. 

j>Si se presenta la oportunidad de hablar con alguno de los 
oficiales chilenos que montaban la Esmeralda, i la Cocadonr/a, 
sírvase Ud. mamfestaríes la manera cómo sus hermanos, los 
oficiales de marina del mundo entero, aprecian su brilhinte com- 
portamiento, que servirá de estímalo i de diguísinio modelo en 
los siglos por venir; si bien yo dudo que semejante acción pue- 
da repetii'se. 

3)Xuestras opiniones se basan únicamente en los partes de los 
comandantes Grau i Moore, i espero que Ud, se servirá enviar- 
nos los partes oficiales de Chile tan pronto como s • publiquen». 



LAS DOS ESMERALDAS 4í)I 

(le tomar íil dia w i guie uto eu Ir|uiquc el carbón 
suficiente para su larga travesía. 

Con el objeto de mantenerse en guardia i fran- 
co de asaltos, conforme a su invariable costumbre, 
el comandante del Huciscar hízose mar afuera 
aquella noche; i al regresar al puerto para pro- 
veerse de combustible, como estaba convenido, 
divisó a cinco millas de la costa la escuadra clúle- 
na que subía del Norte i se ponia inmediata- 
mente a darle caza. 



YI. 



Cuáles habían sido los acontecimientos que 
habían tenido lugar a bordo dé nuestros buques, 
desde que los dejáramos el 20 de mayo navegan- 
do en convoi cerrado i con confianza ciq^^ hacía 
el Callao, será la parte de itinerario que nos que- 
da que recorrer de esta dolorosa escursion por 
innatos mares. 

o 



492 EPISODIOS MARÍTIMOS. 



EL CALLAO. 



«Nos hallamos como a CO millas de la costa, i a 
Ift una de la tarde se cambió el rumbo del O. al 
O. ^ X. O. El agua, rizada por un viento fresqui- 
to del Sur, ofi'ece aquí a las atónitas miradas del 
navegante un color azul claro trasparente i cris- 
talino, que encanta la mirada i hace abstraerse el 
espíritu en la contemplación de la inmensidad. 
I )^En la noche principió a arreciar el viento, i 
entonces hubo momento en que las corbetas no» 
adelantaron camino». 

(E. Cayieres. — Cartas de la escuadra, frente s 
Moliendo). 



I. 



La espedicion de la escuadra chilena al Callao 
en la medianía del mes de mayo, desastrosa Lajo 
todos conceptos, especialmente por su liora i sn& 
consecuencias, participa liasta hoi ante, el juicio 
de la historia de los caracteres indecisos del error 
i del misterio. 

Del error, porque su combinación de guerra no 
tuvo base cierta, o mas bien, porque su base ora 
demasiado lejana. 



LAS DOS ESMERALDAS 4^3 

Del misterio, porque no se ha dado todavía 
cuenta pública ni de sus propósitos, ni de su plan, 
ni de su fracaso. 

En cuanto a la culpa, flota ésta como una som- 
bra opaca entre los hombres de mar, que no su- 
pieron concebirla ni ejecutarla, i la responsabili- 
dad de los hombres de gobierno que no supieron 
imponer su idea ni siquiera su autoridad. 

El tiempo alguna vez aclarará las dudas i dis- 
tribuirá los cargos en su ineludible fallo. 

Sobra, entre tanto, a nuestra tarea, ya próxima 
a su fin, que emprendamos aquí la narración sen- 
cilla de los hechos conocidos. 



II. 



Desde los tiempos de Lord Cochrane, i aun an- 
tes, desde la aparición tumultuosa de los bucane- 
ros en el siglo XVII, el Callao ha pasado como 
la plaza de guerra mas fuerte de la América es- 
pañola. No pudo rendirla, hace dos siglos, la Ho- 
landa rebelde con sus poderosas flotas, ni Lord 
Cochrane con su audacia, ni Blanco Encalada con 
su constancia i bizarría. Fué el Castillo del Sol 
(hoi de la Independencia), el último torreón en 
que flotó el pabellón de España bíyo el brazo in- 
dómito de Kodil en 1826. I cuando los españoles 
volvieron a sus aguas, cuarenta años mas tarde, 
(mayo 2 de 1866) bajo él mando de esperto i va- 



494 EPISODIOS MxVrJTIMOS. 

liontc almirante, ni apagaron por esto por com- 
pleto sus fuegos ni rirulieron a sus improvisados 
defensores. — ce El Callao es el Jibraltar de la 
América?, decia de esa plaza un marino que bien 
conocía el espesor de sus muros i el alcance.de sus 
fuegos, porque mas de una vez habíalos afrontado 
a pedio descubierto (1). 



III. 



Durante las guerras marítimas de la indepen- 
dencia, el Callao estuvo armado con cerca de tres- 
cientos cañones; pero de tan corto calibre en su 
mayor número, que Lord Cochrane acostumbraba 
desaliarlos con sus pesados buques de madera, 
poniéndose a mitad de tiro en el centro de la 
bahía, i para fines de gallardía personal o de dis- 
ciplina de su jente. 

Mas, desde la invasión española de 1864, traba- 
jóse con cierto vigor en dotarlo de piezas de gran 



(1 ) Lord Cochrane en el parte oficial de la captara de la Esme- 
ralda. — Nos proporciona esta cita la ocasión de insertar íntegra- 
mente en este libro el parte de ese glorioso hecho de armas, do- 
cumento que habia escapado constantemente a nuestras investi- 
gaciones. Lo hemos hallado, por fin, i de una manera casual, en 
uno de los volúmenes de documentos de solicitudes particulares 
de la Cámara de Diputados, rejistrando los papeles de uno de los 
captores de aquel buque, el capitán de navio Orella. Lo damos 
a luz íutegi'amente bajo el núm. 35. 



LAS DOS ESMERALDAS 495 

calibre, colocadas o en torres de fierro o en bate- 
]"ias a flor de agua i a barbeta. 

Dos de estas torres construidas en Inglatera en 
1865, dominan principalmente la bahía, la de 
Junh), en el costado Norte i la de la Uferced en 
la playa del Sur, señalada i famosa esta última 
por la muerte heroica del ministro de la guerra 
don José Gal vez i del capitán chileno Juan Sal- 
cedo, que allí manejaba los cañones. Cada una de 
estas torres j i ratorias está armada con dos pode- 
rosos cañones Armstrong, de a 300 libras, exacta- 
mente iguales a los del Huáscar (1). 



lY. 



En el centro de la rada, la cual es toda una pla- 
ya baja, amena i arenosa, boca i estuario del pin- 
toresco Rimac que lame la ciudad por su orla se- 
tentrional, levántase con su antiguo i peculiar 
torreón de mamposteria el secular castillo de la 
Independencia, cuya fortificación monta en el dia 
dos cañones Blakely de a 500 libras, i a su cos- 

(1) Estas torres o baterías de fierro, inventadas por el capi- 
tán Coles de la marina real de Inglaterra, fueron construidas 
en New Castle en este último país, bajo la inspección personal 
del fcontra-almiraute Salcedo, por el fundidor Jolm Palmer, i por 
el l)arato precio de 7,000 libras esterlinas ambas, o sea 20,000 
pesos cada nna, sin contar la artillería que valia casi otro tanto. 

La fundición de Londres llamada AlLion Iron Works pidió 
\- 24^000 £ por ejecutar el trabajo rpie costó 7,000 £. 



406 EPISODIOS I^IARITIMOS 

tado existen las baterías de Santa Rosa (al Sur) i 
el Ai/acKcho (al Norte), dotada cada una con dos 
piezas del mismo sistema i calibre. 

La batería o torreón de jUa/ico- C(q)ac, sitmido 
en la vecindad de la torre de Junin, tenia o tiene 
todavía para su defensa cuatro cañones del poco 
acreditado sistema francés llamado Vavasseur, del 
calibre de a 300 libras. 



Y. 



Encuén transe ademas repartidos en diversos 
parajes de la playa i en diferentes posiciones de 
defensa, los fuertes llamados de Jlfaípít, Zepita. 
Ahtao, Pichincha, Provisional e Independencia, que 
contienen pequeños cañones de a 32, en el nume- 
ro de dos el mas escasamente dotado (el Maipá) 
hasta el de 8, que es el armamento del Zepita, 
este nombre peruano que en todas partes se en- 
cuentra i no es una gloria sino el preludio de mi- 
serable derrota i una carga gloriosa de caballería. 

Añádase que últimamente se han montado con 
el nombre de haterías de sotavento i barlovento dos 
cañones de a mil, que mandan el capitán de navio 
don Luis de la Barrera i el capitán de fragata 
don Jerman Astete; paladín del combate con el 
SJiah el último (1). 

(1) El mando de las diferentes baterías del Callao, tal cual 
fue distribuido por el jeueral en jefe del ejército de reserva dou 



LAS DOS ESMERALDAS ' 4'J7 



VI. 



En resumen de fuerzas, la escuadra chilena, 
compuesta de dos acorazados con doce cañones 
de a 300, dos corbetas con 16 cañones de inferior 
i variado calibre, i dos cañoneras que montaban 
en todo oclio cañones, — total 6 buques i 36 caño- 
nes, iban a emprenderla contra 12 fuertes i 50 

Manuel de Mendibum, cuatro días después de la aparición de 
los chilenos, estaba repartido de la manera siguiente: 

Jefe de la torre de la Merced, el coronel graduado don Gui- 
llermo Smitli, acreditado jefe de artillería i antor de la revo- 
lución del Callao en 1877. 

Jefe del fuerte de Santa Rosa, el capitán de navio don Ma- 
nuel Villar, el bravo de Abtao. 

Jefe del torreón Manco-Capac, «1 coronel graduado José B. 
Huerta. 

Jefe del torreón ludependencia, el teniente coronel José Turre 
Blanca. 

Jefe del fuerte Ayacucho, el teniente coronel don Elias La T(v 
rre, (hermano del bravo comandante chileno del mismo ape- 
llido). 

Jefe de la torre de Janin, el coronel don Ruperto Delfin. 

Jefe de la artillería de a mil (?) a barlovento, el capitán de 
navio don Lino de la Barrera. 

Jefe de la artillería de a mil (?) a sotavento, el capitán de 
fragata don Jerman Astete. 

Los peruanos podían utilizar también, ademas de los cañones 
de sus blindados de mar que eran 26, los 4 graneles cañones de 
sus dos monitores de bahía i aun sas pontones como el Apuri- 
mac i el Loa. Este último montaba un cañón liso de 110 i uno 
rayado de 70. 

03 



4'.18 EPISODIOS MARITBIOS 

cañones, da los cuales 6 eran de a 500, 8 de a 
300 i 30 de a 32, aparte del armamento de la 
marina, formidable empresa desde que era anti- 
gua i exacta regla de estratejia naval que «un 
cañón montado en tierra equivalía a una bate- 
ría en el mar». 

I esa desÍ2:ualdad evidente era tanto mas dio'- 
na de tomarse en cuenta cuanto que se liabia de- 
mostrado su pujanza aun en pechos bisónos i ma- 
nos inespertas en el famoso combate del 2 de 
mayo, en que los barcos españoles sacaron evi- 
dentemente la peor parte (1). 

Agregando aliora los buques de su escuadra, 
surta a la sazón en la baliía, podía establecerse 
que la proporción iba a ser de 30 cañones contra 
100: desproporción enorme que no tenía sino la 



(1) Véase sobre el combate del Callao el parte imp.ircial del 
comodoro llogers de la marina de Estados Cuidos a su gobierno. 
Ese documento interesante fué publicado en el Mercurio del 2 
de julio de 1866, i según él^ la Villa de Madrid se vethó del fue- 
go con la Bcrc/f(/ue¿a a las dos de la tarde, la Resolticion i la 
Blanca a las dos i media, quedando solo la Almansa i la Xu- 
mancia. hasta las cinco i cuarto de la tarde. I todavía a los perua- 
nos, dice el iuipareial comodoro, siguieron haciendo fuego hasta 
que los buques se hallaron fuera del alcance de los cañones de 
las baterías». 

Cierto es que los españ<des celebran el 2 de nia-jo como una 
gran victoria naval. Pero h.s };eruauos, militarmente hablando, 
fueron los dueños del dia, si bien, la gloria puede repartirse cou 
equidad entre los que asalt.uon i los que se defendieron. 



J 



LAS DOS ESLIERA LDAS. 499 

sorpresa i el heroísmo como compensación de gue- 
rra i" de éxito posible. 

No ignoraba todo esto el almirante Williams, i 
al contrario, sabíalo suficientemente, pues eso éra- 
lo que iba a buscar i a desafiar, haciendo ostenta- 
ción antes bien de valor temerario que de bien 
aconsejada prudencia. 



VII. 



Dijimos, en efecto, en el capítulo XXII de este 
libro, cómo el almirante chileno habia hecho 
rumbo al Norte desde Iquique en la noche del 10 
i en la mañana del 17 de mayo; cómo por \ui 
accidente aciago habia dejado la escuadra aban- 
donado al trasporte Matías Cousiño a la altura 
de la quebrada de Camarones, siendo ésta la pri- 
mera contrariedad de aquella mal combinada em- 
presa, i cómo, por último, habian pasado nuestros 
buques frente a Moliendo, casi a la vista de los 
de los peruanos que subian del Norte i a una dis- 
tancia de 60 millas de la costa. 

Fatalidad fué ésta a la que están ligadas todas 
las consecuencias posteriores de la guerra, i en la 
cual no cabe pequeña responsabilidad al almiran- 
.te Williams por haber marcliado en convoi ce- 
rrado hacia su derrotero, en lugar do abrir en al-i 
sus buques para esplorar en una estensa línea to- 
do el horizonte posible de un encuentro. — A un 



500 EPISODIOS marítimos 

procceliiñiento semejante debieron los buques pe- 
ruanos la captura del Rímac, i esto que navega- 
ban mas en conserva que en convoi. 

YIII. 

No liai indicio alguno de que los vijias de nues- 
tros buques avistaran los humos enemigos en el 
])aralelo en que las dos escuadras se cruzaron. 
Pero como después de los contrastes aparecen 
siempre los augurios, dícese que a los tres dias 
de la partida de Iquique, los marineros chilenos 
divisaron en la noche ciertas luces de deste- 
llos (1) 



IX. 



En la mañana del 20, marcliando el convoi en 
dos líneas paralelas, encabezadas por las fragatas 
blindadas, dióse a los tripulantes el «santo i seña» 
del próximo combate que fué el significativo ds 
Esmeralda! i Covadonga! ¿Seria ese por ventura 
otro vaticinio del ánimo i del océano? 

Era la alta noche del 21 de mayo, la hora des- 



(H El corresponsal del Mercurio a bordo del Bla?ico ¿nzga,- 
Laqiie esas luces podían haberse divisado a la altura de Pisco. 
— «¿No serian éstas, dice aquél, las luces de destello anunciadas 
por los raarineros al tercer dia de nuestra salida de Iquique?» 



LAS DOS ESMERALDAS 501 

tillada para el terrible asalto, i al amanecer, en los 
momentos en que los acorazados pernanos liacian 
su primera aparición en las aguas de Jquique, la 
Magallanes, este caballo lijero de todas nuestras 
campañas de mar, fué despachada a los islotes de 
las Hormigas, 30 millas al poniente del Callao, 
para echar mano de cualquiera embarcación ene- 
miga que por ese rumbo hallase, si mas no fuese 
que una triste canoa. 

Pero la guerra, que tanto hace hablar de los 
mares, los despuebla como por encanto, i el co- 
mandante Latorre no halló, al llegar a las diez de 
la mañana sobre los perdidos arrecifes, sino el me- 
lancólico rumor de sus olas, batiendo solitarias sus 
grietas i cavernas. 

A las cuatro de la tarde de ese dia, en la hora 
en que el Huctscar perseguía hacia el Sur por la 
última vez a la Oovadonga, los buques de madera 
pararon sus máquinas, i los dos acorazados, como 
dos diestros corceles que se ensayan en la víspera 
de la cancha i de la lid, pusiéronse a hacer un 
airoso simulacro de combate de espolón. 

Dos horas después tocóse a arrebato de com- 
bate, i desde ese momento podia decirse iba a co- 
menzar el amago (¡ti^iste quimera!) de la mas 
atrevida i colosal batalla naval librada en las aguas 
del Pacífico. 



5C2 EPISODIOS marítimos 



X. 



A Lis diez de la noche la tenue luz del faro de 
San Lorenzo apareció en el sombrío horizonte, i 
todos los pedios se dilataron en nerviosa pero 
varonil esDansion. 

Aquella luz marcaba el sitio del campamento 
de fierro del enemigo que al fin íbamos a pro- 
vocar. 



LAS DOS ESMERALDAS 



XXXIX. 



EL JEHERAL PRADO El IQTJIQUE. 



(ftSuBPIíEFECTO DE MOLLEKDO) 

Mayo, 24-12 m.— ¡Viva el Perú!— Prado al 
presidente: — Llegamos bien. 

Emprendemos luego. Chalaco desembarcó eu 
Pisagua víveres i parque. — El Oroifa GOO solda- 
dos bolivianos. 

Jfiuiscar e Independencia sorprendieron ayer en 
Iquiqne a la Esmeralda, Covadnnr/a i Lámar. 

Huáscar echó a pique a la Estrieralda. 

Independencia persigue al Coradoncja. 

Huáscar al Lámar. — Caza segara». 

(riíAOO AL presidentr). 
Lima. 

Arica, mayo 22. — Moliendo 2G, 4 hs. 10 ms. 
P. M. 

(.(Fatalidad. — Independencia persiguiendo Cora- 
donga, varó en Punta Grue-'.a. Resolvieron incen- 
diarla. Cuvadonga i Lámar escaparon». 

(Telegramas peruanos sobre el combate do 
Iquique i Punta Gruesa). 



I. 



¿Cuál era, entre tanto que las proas de nues- 
tras naves, guiadas como a puerto amigo por la 
luz de San Lorenzo, surcaban corno sombras, las 



504 EPISODIOS :\IARITBIOS 

aguas siempre plácidas de aquella latitud, el pro- 
pósito de aquel acometimiento temerario? 

Comienza aquí el secreto de que antes hemos 
hablado para la aventurera espedicion; i siguien- 
do su estela, el fiel narrador no puede aceptar co- 
mo hechos las vagas conjeturas. 



II. 



Hase dicho, sin embargo, que el plan era tan 
bien combinado como audaz, porque el vapor 
Ahtao debia obrar como brulote, lanzándolo su 
bravo comandante al centro de la bahía, después 
de haberlo incendiado, para iluminar con una pira 
de materias resinosas el campo de la acción, esta- 
llando en un corto intervalo con cien o doscien- 
tos quintales de pólvora estivados en su bodega. 

Inmediatamente después de volar el brulote en 
mil fragmentos, los acorazados chilenos acomete- 
rían al Huáscar i a la Independencia en su fondea- 
dero, llevándose por delante cuanto encontrara 
su espolón, sin hacer caso del fuego de los fuertes 
sorprendidos en la oscuridad tenue i engañosa del 
alba. 

I al mismo tiempo, mientras las corbetas i la 
Magallanes bombardeaban la población para au- 
mentar la confusión i el pánico, las dos lanchas a 
vapor de los acorazados, al mando de los tenien- 
tes Señoret del Blanco i Simpson del CochranCj 



LAR DOS ESMEUALDAS 505 



SO esforzarían por aplicar torpedos a los buques 
enemigos que la hoguera del brulote hubiera se- 
ñalado a sus proas i a su denuedo. 



m. 



Fuera éste o diverso el plan, a las cuatro de la 
mañana estaba todo listo, i los buques se acerca- 
ban- por la última vez a la almiranta para recibir 
las postreras órdenes. 

En seguida, entró gallardamente la escuadra 
chilena al centro de la vasta bahía que abriga el 
islote de San Lorenzo en los momentos en que 
por una leí física peculiar a la costa del Perú, co- 
menzaba a cubrirse el horizonte con la niebla en 
que el mar se cobija antes de recibir el primer ar- 
doroso destello del sol tropical. 

Habían sonado en los relojes del pueblo las 
cinco déla mañana del jueves 22 de mayo, i la 
escuadra tenia a esa hora el tien^ipo tasado que 
necesitaba para emprender su ataque. A la ver- 
dad, los buques puestos en línea de batalla no 
fueron descubiertos sino un cuarto de hora mas 
tarde, i de una manera indecisa, por uno de Los 
centinelas apostados sobre las bóvedas de las ca- 
sas matas del castillo de la Independen cía. 

¿I por qué entonces el almirante Williams detu- 
vo su aliento en el instante decisivo de la prueba? 

^?or qué vaciló? ¿Por qué impartió, según unos, ór- 

64 



500 EPISODIOS marítimos. 

<lenes coiiü'adictorias a sus lugar-tenientes? ¿Por 
-qué, según otros, dióles, en lugar de la voz de j ade- 
lante! lado volver atrás i salir desairados del cen- 
tro del campo de batalla desde tan lejos buscado? 
He aquí el misterio de la situación i da la ba- 
talla mutilada al comenzar. 



IV. 



Mas, estando leal mente a lo que se lia contado, 
fué la revelación hecha por un pescador italiano, 
recojido por la lancha a vapor del Blanco entre 
los buques de la rada, de haber partido en dii'cc- 
cion al Sur los dos acorazados peruanos, lo que 
embargó el ánimo del almirante chileno i paralizó 
su coraron i ;4u brazo. 

Juzgó que, estando francos i dueños del mar 
los dos potentes blindados enemigos, era empresa 
djc inútil temeridad jugar la suerte de la patria 
en el azar de un combate nocturno, i por esto dio, 
al aparecer la primera lu2 de la macana, la orden 
de replegarse fuera de tiro de cañón, i en segui- 
da, a las diez i media del dia, la de poner proas 
al Sur en demanda i protección de los buques 
abandonados en Iquique a adversa suerte (1). 

(1) IL3 aquí cómo por esos propios días juzgaba nuestra frus- 
trada eni})resa i nuestro plau de agresión la prensa del Perú, 
aludiendo a la es[)ediciou al Callao: 

«El golpe preparado contra el Perú, decia el Nacional de Li- 



LAS DOS ESMERALDAS 507 



y. 



En cuanto a 1* que en esos ñiomentos ocurría 
en tierra, no hai tampoco guia seguro que con- 
duzca a la verdad. 

Juzgando por los ecos de la prensa de Lima i 
del Callao, después del hecho, parecería que rei- 
nó en todas las clases brioso denuedo i el férvido 
entusiasmo de santo patriotismo. Vinieron de 
Lima numerosos trenes por las dos vias férreaS' 



ma a fines de mayo, con la espedicion de la escuadra eoemigg, 
sobre el Cullao para impedir la salida del jefe del Estado i pro- 
vocar, fuera de las Ixiterias de este puerto, un combate naval 
con nuestros barcos de guerra, ese golpe verdaderamente atre- 
vido, ha resultado no solo ineficaz sino de fimes-tas trascendeu • 
cías para el gobierno i la nación chilena. 

DjGloria a Dios en las alturij-sl ¡Démosle gracias por beneficios 
tan grandes! 

»¿Cómo puede concebirse que el gobierno de Chile haya pro- 
yectado tan riesgosa operación militar, sin tener La certidumbre 
de su éxito, sin perfecto couocnniento de los sucesos i de 1©í5 
planes estratéjicos del gobierno de Lima? ¿Cómo puede conce- 
birse que el ministro Abaras, ese espíritu grave que jamas ha 
tenido opiniones iijeiertas de los hombres, de las cosas i loa 
acontecimientos, haya querido comprometer en el golpe falso 
del dia de ayer, toda la suerte de Chile, el centro de sus opera- 
ciones militaros en el desierto, i con esto el éxito de la guerra? 
Estas preguntas solo se absuelven por el punto de vista deJ 
desconocimiento mas completo del arte de la guerra, de la igno- 
rancia mas criminal de láa operaciones del enemigo». 



508 EPISODIOS MARITDIOS 

que comunican la capital i el puerto: el jeneral 
La Puerta, hombre de valor probado i de integri- 
dad antigua, trasladóse al Arsenal del Callao, el 
pueblo ocurrió a pedir armas al auartel de Santa 
Catalina, este arsenal de Lima, i en suma liízose 
del peligro una fiesta i del amago una alegria, 
convirtiéndose ésta en dolor profundo cuando los 
grandes i la plebe divisaron alejarse los buques 
invasores liáma el Sur. 



YL 



Pudo acontecer todo esto como cosa cierta: pero 
entre tanto i sin hacer sombra al impresionable 
patriotismo del país que enrrosti-a el nuestro, es 
mas que posible que tomados todos los ánimos 
de sorpresa, como de verdad lo fueron, debió rei- 
nar no poca confusión i sobresalto en las prime- 
ras horas del apresto i de la resistencia. 

Lo» peruano^ no tenían, a la verdad, el derecho 
de suponer que habíamos ido al Callao desde Iqui- 
que «olo para entrar a su puerto i volver a salir 
de él. 

De suQA'te que cuando divisaron nuestros mas- 
teleros rebalsando la -isla que es su atalaya, ocu- 
rrióséles a muchos que aquello no había sido si- 
no un sueño del amanecer, i que ahora, al des- 
pertar, 'desvanecíase entre las brumas lejanas del 
océano.... 



LAS DOS ESMERA LDA'S 5ÜÍ) 

Enviaron, en consecuencia, en seguimiento de 
la escuadra a la ájil cañonera P'dcomayo, repitien- 
do esta operación en dos ocasiones, la que trai- 
ciona viva i cuidadosa ansiedad. En la segunda 
salida volvió el aviso, con medio empavesado, 
anunciando que los humos chilenos se perdían en 
el horizonte hacia el Sur Oeste. — I en eso, en un 
poco de humo, habíase convertido la pomposa es- 
pedicion de mayo i su plan de destructor he- 
roísmo! (1) 



(1) Véase el parte dado sobre la jornada por el coronel Ro- 
dríguez, prefecto del Callao i la insultante proclama del vice- 
presidente La Puerta (núms. 36 i 37), cuyos documentos deben 
apreciarse considerando que unos i otros, especialmente la triste 
proclama, fueron escritos después del lieclio. 

He aquí a este mismo propósito dos telegramas enviados del 
Callao a la prensa de Lima a las diez i tres cuartos de la ma- 
ñana i a las dos de la tarde de ese dia: 

(Recibido en Lima a las 10. 45 A. M.) 

Callao, mayo 22 de 1879. 
«Señor editor del Nacional: 

5)S. E. permanece en el arsenal; dicta órdenes oportunas i 
enérjicas, 

))Dos blindados i cuatro corbetas a distancia demasiado pru- 
dente. —El corresponsal». 

(Recibido a las 2 P. M.) 

«Señores editores del Nacional: 

»La Pilcomaj/o' regresa, de su comisión. 

»Bnques chilenos siguieron con rumbo al S. O. forzando sus 



510 EPISODIOS MARITIMOS 



VIL 



Cúmplenos en esta parte de nuestra relación, i 
mientras la escuadra chilena vuelve en medio de 
contrariedades i mortificaciones infinitas a su an- 
tiguo i mortal fondeadero de Iquique, tomar 
lenguas de lo que habia acontecido en el campo 
enemigo i cómo sus jefes habian aprovechado en 
pro de su causa los diez dias efectivos que duró 
la suspensión del bloqueo. 

YIII. 

El jeneral Prado i su comitiva militar, después 
de los abrazos de la fraternidad provisional que 
traj érale el presidente Daza desde Tacna a bordo 
del Oroya en la tarde del 20 de mayo, habíase 
quedado con la vista fija i el oido puesto en la 
dirección en que al caer la noche de ese dia de- 
sapareció con rumbo al Sur su división de aco- 
razados, a las órdenes del comandante Grau i 
en demanda de los buques bloqueadores de Iqui- 
que. 

máquinas. 

»E1 miuistro de La guerra está aquí dicíg-udo toda clase de 
medidas de actualidad. 

S)Los trenes que vienen de Lima Lan traidó liasta estas horas 
como cinco mil personas*. 



1 



d 



LAS DOS ESMERALDAS 511 

En borrascosa inquietud pasaron los impresio- 
nal)lcs habitantes de San Marcos de Arica, todí^ 
el dia 21, atentos al rumor del viento i de las olas 
i durante la mañana del 22. 

Pero a la hora del medio dia divisóse una em- 
barcación a remo que traia i:*ida la tradicional 
bandera bicolor: es de seguro un emisario de vic- 
toria que viene a ganar buenas albricias. 

Aquellos remeros traian, en efecto, como el sol- 
dado del Pirco, el primer anuncio de la venturosa 
jornada, primer cuadro del drama da Iquique. 

«Se ve venir, esclama uno de los corresponsales 
cjue se inspira en los rostros de los dos jenerales 
aliados i en sus antesalas, se ve venir un bote em- 
banderado. jQaé jubilo! ¡Alguna buena nueva co- 
munica! 

f(En efecto, bien pronto las campanas i el alegre 
rumor de la población ebria de gozo, celebran h^ 
fausta nueva de que el Huáscar ha hechado a pi- 
que a la Esmeralda, mientras la Covadonga per-- 
scguida por la Independencia, no tardaría en ser 
apresada! 

))E1 jeneral Daza es de los primeros que viene a 
felicitar al jeneral Prado. Al llegar al vestíbulo 
ajita su tricornio, i dirijiéndose al pueblo, escla- 
ma pálido de emoción: 

» — ¡Viva el comandante Grau! ¡Húrrah al co- 
mandante Grau! ¡Viva el Perú!)) 



Í12 EPISODIOS marítimos 



IX. 



Pero al cabo de las lioras de tumultuosa dicha que 
en breve pasan, apágase por el cansancio de sus 
inñintiles operarios el tañido de las campanas; la 
débil brisa de la tarde vuelve mustios los colores 
del pabellón de victoiia i regocijo que flota en las 
techumbres, i terrible cuanto inesperada nueva 
circula por la atónita ciudad. 



X. 



El Presidente del Perú ha resumido a las dos de 
la tarde del 22 de mayo el boletín de los triunfos 
del 21 en esta serie de golpes telegráficos:- -«//¿¿cis- 
car a pique Esmeralda. — Independencia persigue 
Covadonga. — Huctscar si Lámar. — Caza segura)>. 

Pero un bote ha lleo'ado a las nueve de la no- 

o 

-che del mismo día al muelle de Arica, i su maes- 
tre es portíidor de un lacónico despacho del jene- 
ral Buendia, que anuncia simplemente el desastre 
i el incendio de Punta Gruesa. — «La reacción es 
tremenda, dice el mismo corresponsal que ha en- 
A'iado a Lima la feliz noticia de la tarde. No me 
encuentro capaz de describirla: de un entusiasmo 
loco, atronador, han caido todos en el mas pro- 
fundo desaliento. Estamos en duelo verdadero. 
))¡Qué fatalidad! Es la única voz que se escucha; 



LAS DOS ESMERALDAS 513 

es el saludo que las jcntcs se dan, antes de estre- 
charse la mano, en la calle, en las plazas, en los 
hoteles, en la playa, en cualquier lugar donde se 
encuentran corazones peruanos». 

I a su turno el supremo director de la guerra, 
resumiendo en una palabra el sentimiento público 
que lo rodea, envia a Lima por Moliendo su fa- 
moso telegrama que comienza por esta esclama- 
cion: — ¡Fatalidad! grito del alma que nos ha 
ofrecido un apropiado epígrafe para el presente 
cuadro. 



XI. 



Pero el jeneralísimo peruano i su estado ma- 
yor ni se descorazonan por este grave contraste ni 
menos se aturden. 

Todo lo contrario. 

El jeneral Prado despachó inmediatamente en 
el Oroya un batallón boliviano (el Olañeta) a 
Pisagua el 23, i al siguiente en la noche embar- 
cóse él mismo, custodiado por la escolta perso- 
nal del jeneral Daza, rumbo de Iquique, a cuyo 
puerto llegó el domingo 25 de mayo, a las dos 
de la tarde. j 

De suerte que en ese dia doblemente memora- 
ble en Chile i en el Perú, en Santiago i en Lima, 
m:éntr¿is en nuestra catedral se celebraba el fan- 
tástico Te Dc'im del naufrajio de fa Indepmdeii- 

6b 



£U EIMSODIOS marítimos. 

c/a, en Iquique se recibía bajo las armas al jeneral 
crl jefe; i sin pérdida de tiempo montaba éste a 
caballo para visitar los campamentos militares 
en las vecindades del desierto. 

XII. 

El Oroya, entre tanto, regresaba directa- 
mente a Lima a repararse, a las órdenes de su 
jefe el comandante Garcia i Garcia, el Huáscar 
habia seguido al Sur a correr aventuras de gue- 
rra i el Chalaco mismo era empleado en activas 
comisiones de hostilidad, al punto de que el je- 
neralísimo Prado hubo de regresar dias mas tar- 
de a su campamento de Arica, en una lancha 
escapada por misericordia a la tea de los bloquea- 
dores.... (1) 

XIII. 

Sabemos ya por los capítulos precedentes la 
suerte que corrió el Huáscar en la primera de sus 
escursionos al Sur del morro de Mejillones. 

Fáltanos todavía, a fin de cerrar el cuadro de 
la primera campaña de la ^aicrra marítima de 



(1) Véase en el núm. 38 el parte del comandante del Chala- 
co sobre sus operaciones entre el 21 i 21 de mayo en Arica i en 
Iquifjue. 

/ 



LAS DOS ESMERALDAS 515 

1879, contar cómo el monitor peruano, que con- 
sagró la gloria mas brillante i durable de nuestra 
guerra, simbolizada en la corbeta Esmeralda, dio 
la vuelta a su fondeadero, i cómo regresó cubierta 
de honores al suyo la valerosa i afortunada gole- 
ta Covadonga. 



51C EPISODIOS 3.IARITLM0S. 



^^Xj. 



EL EEQRESO. 

(el HUÁSCAR EN EL CALLAO I LA CüVADOXGA EN VALPARAÍSO.) 



«Quiero que tus hechos, cuando sean conoci- 
dos, te hagan vivir eternamente en la memoria 
de las j entes». 

(Güell i Renté. — Las dos Esmeraldas — 1879) • 



I. 



En el capítulo XXVII de esta historia, que en 
el presente toca a su término, dejábamos al moni- 
tor Huáscar en la rada de Tocopilla, durante la 
tarde del 28 de mayo, de regreso del infructuoso 
bombardeo de Antofagasta i en demanda del puer- 
que su espolón habla hecho libre una semana antes. 
En consecuencia, al dia siguiente, el jueves 29, 
conferenciaba su activo comandante con el di- 
rector de la guerra en Iquique, i como después 
de cerca de un mes de fatii^as i combates necesi- 
tase el fuerte acorazado algún descanso, ordenó- 



LAS DOS ESMERALDAS 617 

scle dirijirse a aquel puerto tan pronto como re- 
llenase sus carboneras. 

A los marinos peruanos parecíales que tres se- 
manas de trabajo continuo era sobrado para las 
máquinas de sus buques de guerra, al paso que 
nosotros manteníamos los nuestros seis meses con 
sus fogones encendidos. 



II. 



El Huccscay^ debia surtirse de carbón en Iquique 
durante el siguiente dia 30. Pero en obedecimien- 
to a una sensata previsión, salióse aquella noche 
del fondeadero para estar franco sobre su máqui- 
na en los afueras del puerto, esquivando así el 
peligro de toda celada. 

Para el caso de que por algún evento posible 
no le fuera fácil regresar al fondeadero a la ma- 
ñana siguiente, convino el comandante Grau con 
el jeneral director de la guerra en que iria a ha- 
cer carbón a lio, puerto que nuestros buques de? 
guerra no se habian dignado siquiera visitar du- 
rante dos meses de campaña. 



III. 



Fué en esa noche cuando ocurrió al Huáscar i 
al trasporte Matías Cousiño la espantable i risible 
aventura de las lanchas, con cuyo suceso habría 



518 EPISODIOS marítimos. 

podido tejer algún injenioso caballero divertida 
escena de los sustos i peripecias de las guerras 
del Pacífico, porque el caso ocurrió de esta ma- 
nera. 

Abandonado el Matías Cousiño, según antes 
contamos, por la escuadra chilena, el 17 de majo 
a causa de un error de señales, freAte a la que- 
brada de Camarones, su capitán escocés, con la 
flema de su raza, habia cumplido fielmente su 
consigna, que era la de cruzar en aquella latitud, 
40 millas distantes de la costa, pero sin alejarse 
por ningún motivo de un radio de cinco millas 
de aquel sitio. 

Hacía doce dias que se encontraba en semejan- 
te posición el capitán Catleston, quemando descan- 
sadamente su carbón i su pipa, i con dos lanchas a 
su costado, para suministrar con rapidez el com- 
bustible a los buques de la escuadra, caso de 
llegar. 

El Iluciscar habia hecho aquella tarde rumbo 
al Norte; i al divisar a primera hora el capitán 
del Matías Coiisíño una luz por el Sur, juzgó que 
al fin se habían acordado de él i lo iban a sacar 
de penas i cuidados. Puso, en consecuencia, su 
proa en demanda del afortunado aparecido, arras- 
trando sus dos lanchas al costado. 

Mas, al divisarlo así, en aquel talante de guerra, 
al fulgor vacilante de la luna, que se hallaba esa 
noche en su cuarto creciente, el comandante del 



LAS DOS ESMERALDAS. .519 

Jhifíscar, equivoco las lanclias carboneras por las 
baterías salientes de nuestros blindados, i púsose 
en precipitada fuga i a la disparada. 

Siguióle el vapor carbonero co.n brios dignos de 
mejor encuentro, i como es de buen andar, púsose 
en poco tiempo a menos de mil metros del moni- 
tor fujitivo, es decir, a sobrada distancia para que 
ésto con una bala de su torre lo echase a pique. 

Acortada todavía la distancia, el capitán del 
trasporte, conoció al Iliiciscar i quedóse aterrado 
de su propio heroísmo. 

Mas, ganando ánimos con el susto, huyó a su 
tnrno, i viéndole escapar cajo el comandante Grau 
en su risible engañó, i púsose a dar activa caza al 
inerme e incauto trasporte. 

Pero como para hacer la comedia todavía mas 
abundante en chiste i en enredo, el monitor no 
alcanzó a tener el trasporte a tiro, porque el ca- 
2)itan de éste, a fin de alijerar su marcha, soltó de- 
liberadamente sus dos lanchas, una en pos de otra: 
de suerte que el comandante Grau, juzgando que 
se trataba de torpedos, torcía en cada ocasión el 
curso de su marcha i daba ventaja al enemigo, que 
al fin cerca de amanecer logró asilai'se en Iquique. 



IV. 



Volvía en esa misma dirección el Huáscar al 
romper el alba del día, cuando tuvo lugar un negó- 



5_>0 EPISODIOS [MARÍTIMOS 

cío de Diuclio mayor monta. Eraii nada menos los 
dos acorazados chilenos, que con la Magallanes i el 
Ahtao, después de luchar con vientos obstinados, 
gruesos mares, calderos rotos, desfallecimientos 
de ánimo i la impresión profunda de la nueva, a la 
vez que gloriosa terrible, del combate de Iquique, 
llegaban a este puerto en la mañana del 30 de ma- 
yo después de seis dias de cruel navegación. El 
almirante Williams habia anunciado a sus tripula- 
ciones el heroísmo de sus camaradas el dia de la 
víspera, i con anterioridad, esto es, el 26 de mayo, 
habia despachado a la vela las corbetas desde el 
puerto de San Nicolás, dirijiéndose la OHíggins 
a Yalparaiso a recibir sos calderos i la Ckacahuco 
a Iquique a esperar los suyos (1). 

(1) El almirante Williams tuvo la primera noticia del com- 
bate de Iquique el dia lúues 26 de mayo, al salir de la bahía de 
Sau Nicolás, por el capitán de un pequeño vapor de cabotaje lla- 
mado Ballesta que se dirijia de Huanillos al Callao, al mando de* 
im oficial llamado Sauri, de la marina de guerra del Perú, hijo 
o nieto de un viejo oficial de Colombia, compañero de Miranda. 

Era tal el sentimiento de consternación i de disgusto que rei- 
naba a bordo, que se dejó ir aquella presa, por cierto no despre- 
ciable, así como varias otras de buques mercantes que pudieron 
hacerse en el trayecto de regreso. 

El miércoles 28 por la mañana, la escuadra estuvo un poco al 
Norte de midiendo en comunicación con el vapor Amazon'is, i 
por el enviado de Chile a Colombia señor Godoi, se tuvo con- 
firmación de la noticia, i en consecuencia, al dia siguiente se 
leyó la orden jeueral a que hemos aludido i que publicamos en 
el Apéndice büjo el nám. 39. 



LAS DOS ESMERALDAS 521 



V. 



Hallábase la almiranta chilena mui cerca ele la 
boca del puerto como aulas seis de la mañana del 
30, cuando el vijia del tope dio aviso de avistar 
con el mismo rumbo un buque sospechoso, i a 
poco rato el maestre de señales aseguró que el 
casco del aparecido era el del Hiiciscar. 

Cerciorarse del anuncio i comenzar la caza fué 
todo un hecho. Pero por la fatalidad que ha pare- 
cido pesar sobre todos nuestros movimientos, i la 
fortuna opuesta del enemigo en el mar, el Blanco 
solo tenia dos de sus hornillas encendidas en ra- 
zón de la penuria del carbón. I a la verdad, que 
si a esas horas hubiese podido disponer el acora- 
zado chileno de toda su potencia motriz, era evi- 
dente el combate i la victoria, porque ya hemos 
dicho que el monitor peruano se hallaba des- 
provisto en igual o mayor medida -de aquel ele- 
mento, mas valioso hoi en las guerras marítimas, 
que el acero forjado de los cañones i sus proyec- 
tiles. 

Solo dos horas después, esto es, a las ocho de la 
mañana, consiguió la máquina del blindado mon- 
tar todo su vapor i comenzó a ganar tan visible 
trecho al monitor peruano, que a las once se 
tocó zañirrancho jeneral de combate i a las doce 
creíase estar ya a tiro de cañón. 



522 EPISODIOS MARÍTIMOS 

Pero el Huáscar, que durante las primeras ho- 
ras había parecido dar muestras de evidente inde- 
cisión, poniendo alternativamente su proa a todos 
los puntos del compás, ciñó su curso recto al 
Norte a esa hora i empezó a adelantarse, queman- 
do probablemente sus últimas reservas de carbón 
escojido i guardado para tales casos. — «A la una 
de la tarde, dice uno de los tripulantes del aco- 
razado chileno, vamos ganando siempre terreno, 
pero mui poco a poco. En cambio, nuestra codi- 
ciada presa parece que ha logrado también nor- 
malizar su marcha. Ya no arroja esas espesas 
bocanadas de humo negro, blanco i rojo que 
demostraban el alquitrán, grasa i aguarrás arro- 
jados a sus calderos, sino una humareda cons- 
tante que a veces suspende del todo como si 
quisiera demostrarnos la superioridad do^ su an- 
dar». 



VI. 



A las tres de la tarde suspendió el Blanco su 
caza ccpor falta de carbón», i dio la vuelta a Iqui- 
que, a cuya rada llegaba el 30 de mayo a las doce 
de la noche. 

El dia de su salida habia sido en la madrugada 
del 17. 

La campaña de la escuadra hacia el Callao, ha- 
bia durado, en consecuencia, trece dias, número 



J 



LAS DOS ESMERALDAS 52:j 

que va a parejas con la ílxtalidad en el ánimo de 
los supersticiosos. 

He aquí, entre tanto, la curiosa acojida que al 
llegar la escuadra bloqueadora a Iquique hacíale 
con mal ceño la ciudad asediada: 

«Hoi han vuelto los sarracenos, decia uno de 
los corresponsales allí avecindado, el dia 31. 

))A3^er, a las seis de la mañana, aparecieron por 
el Norte, el Blanco, Cochrane, Magallanes i Ah~ 
tao; de la O'Híggins i la, Chacahuco no hemos te- 
nido noticia hasta hoi. Sin duda quedarían en el 
Sur; pues al decir de nuestros compatriotas del 
Huáscar, creen haherse cruzado con la escuadra 
chilena por frente a Cobija el 27 o 28, el monitor 
con rumbo a este puerto i los incendiarios con el 
del Sur. 

):>A las siete de la mañana de ajer, cuando en- 
traban los buques chilenos, se avisto por el Oeste 
el Ilitáscar, que el dia anterior habia prometido 
A^olver con el objeto de rellenar sus carboneras. 
Los mcendiarios no reconocieron al principio al 
castigador de la Esmeralda, que avanzaba hacien- 
do alarde de su buen andar; pero luego que se 
apercibieron que era la tremenda pesadilla que 
les acosa i les quita el el sueño i la tranquilidad, 
se fueron sobre él a toda máquina el Blanco En- 
calada i la Magallanes. Los il)a siguiendo el Co- 
chrane', pero andaba éste tan poco, que quedó 
fuera de la bahía, A a las tres de la tarde tomó 



524: EPISODIOS MARÍTIMOS 

el fondeadero. La Ahtao liabia entrado a las nue- 
ve de la mañana a la rada, con el ñn de reanudar 
su bloqueo (1)». 

YII. 

En este intervalo de tiempo el Iliiciscar había 
fondeado a las once i cuarto de la mañana del 
sábado 31 de mayo en la rada de lio, i desde allí 
con esa misma feclia enviaba a su gobierno el 
parte jeneral de sus operaciones emprendidas 
desde el dia siguiente al combate de Iquique. 

VIII. 

A las diez i media de la noche, con su maravi- 
llosa dilijencia do costumbre, secreto casi único 
de su éxito constante, el comandante Grau volvía 

(1) El corresponsal de la prensa de Lima que se firma con el 
estvaño slndónimo de líovacio Yernet, i que por cierto no es tan 
famoso pintor de batallas como su homónimo, aseguraba que la 
resolución que el pueblo de Iquique atribuia al almirante Wi- 
lliams era la de reducirlo a cenizas. — «Sin embargo, anadia con 
fecha 2G de mayo, (es decir, cuatro días antes del regreso de 
aquél) pudiera ser que los rehenes que les tenemos lo disuadier an 
de intento tan villanoy>. 

Esto confirma la villanía mucho mayor que se ha atribuido a 
los peruanos de escudarse con los prisioneros de guerra de la 
Esmeralda contra los proyectiles del bombardeo. I con este de- 
signio de seguro los dejaron, después de haberlos tenido listos 
en el muelle para embarcarlos. 



LAS DOS ESMERALDAS 525 

a hacerse al mar con sus carboneras a medio lle- 
nar, i doce horas después entraha a Arica, esto es, 
el 1." de junio a las diez i media do la naañana. 

Tomó allí unas pocas toneladas de carbón, i a 
las seis i media de la tarde continuó su viaje a Pi- 
sagua, a donde llegó a las tres i tres cuartos de hi 
madrugada del 2 de junio. El ájil i bien gober- 
nado monitor habíase puesto otra vez casi a la 
vista de nuestros acorazados que de allí solo dis- 
taban 39 millas. I esto después de haber recorri- 
do a mansalva tres de los puertos de su costa! 

Durante todo aquel dia, el Fliuiscar hizo carbón 
i víveres en abundancia, alistándose para largo 
viaje al Norte. 

Sin embargo, en la noche de aquel mismo dia 
(a las ocho i media), volvió a salir con rumbo al 
Sur, i al amanecer, estando otra vez emboscado 
entre Huanillos i Punta do Lobos, salió de asalto 
contra la Magallanes que en consorcio con el 
Blanco subia de Iquique para Antofagasta, casi 
en la misma hora en que con el mismo rumbo se 
alejaba el Huáscar de Pisagua; de modo que en 
esa noche los dos enemio'os vinieron nave «"ando 

o o 

en líneas paralelas pero sin avistar sus fuegos. 



IX. 



Era el 3 de junio i la mañana, como de costum- 
bre, estaba neblinosa, cuando el incansable moni- 



52G EPISODIOS iMArJTDrOS. 

tor pjriuiMo, como perro de presa cebado en 
cortijo ajeno, lanzóse a toda máquina sobre la 
Magallanes que se habia quedado un poco atrás 
de su consorte por la amura de babor. 

En esta vez, como en la persecución anterior, 
el Haciscar navegaba solo con cuatro calderos a 
íin de economizar su carbón. Comenzaba, por tan- 
to, la persecución con esta ventaja, ganada i a las 
seis de la mañana, hora de singular ventura para 
el caso, pues reservaba toda la duración del dia 
para el encuentro i el combate.. 

Túvolo, en consecuencia, el Blanco, por confe- 
sión del propio enemigo, casi a tiro de cañón, es 
decir, a cerca de cuatro mil quinientos metros a 
las siete de la mañana. Mas Grau hizo prender 
sus hornillas a revientas calderos, i a las ocho de 
la mañana habia ganado dos mil metros a su ad- 
versario. 

La caza iba a ser otra vez infructuosa como en 
la primera ocasión i como lo seria en la terce- 
ra ocurrida- cerca de Taltal en el último dia de 
julio. 



X. 



Esto, no obstante, el Blanco, avivando todos 
sus fuegos, comenzó a ganar a su vez camino al 
fujitivo. 

A las diez i media la distancia que separaba los 



LAS DOS ESMERALDAS 627 

(los "buques era de cinco mil metros i a las once, 
solo de cuatro mil ochocientos. 

Trescientas yardas mas de empuje, i el comba- 
te comenzaba en condiciones ñivorables para 
nuestros fuegos converjentes i de proa. 

En consecuencia, a las once i veinte i cinco mi- 
nutos el Blanco izó el pabellón do batalla i dispa- 
ró un cañonazo de intimación, 

«El Htictscar, (dice un corresponsal que un dia- 
rio chileno tenia a bordo de la almiranta cliile- 
na), el llaáscar, sin darse por entendido, sigue 
entre tanto, navegando con mayor fuerza aun. 
Cinco minutos mas tarde se ve deslizar de su cos- 
tado un objeto negro que semeja un bote. 

))Erectivamente, diez i siete minutos mas tarde 
pasaba por nuestro costado de babor un hermoso 
bote negro, de bancada doble i de seis damas por 
banda, que habia sido Jargado al garete desde el 
buque enemigo. 

dAI mismo tiempo encontrábamos gran canti- 
dad de coyes, remos, bicheros i trozos de madera, 
arrojados también al agua por los peruanos. 

))No faltaban tampoco, como en la caza ante- 
rior, grandes cantidades do plumas que algún ni- 
ño diablo arrojaba al agua como dtciéndonos que 
voláramos para alcanzarlos (1))^. 

(1) Elüi Cavieres. — Cartas de la Escuadra. Iquiíjue, junio 
7 de 1879. 

De mui distinta manera contaba esta parte dei lance otro co- 



>28 EPISODIOS marítimos 



XL 



Era, a la verdad, tal la celeridad con que liuia 
el acorazado enemigo, que en esta parte de la es- 
capada cayóse al agua en un fuerte vaivén de la 
cubierta un joven voluntario de conocida familia 
de Lima e hijo de ñ'ances, don Antonio Cuca- 
Ion: i el comandante Grau que tan laudable hu- 
manidad habia mostrado en actos anteriores de 
la guerra, vio desaparecer con alma impasible en 
medio de las olas a aquel infeliz: tal era su prisa! 

rresponsal peruano que iba a bordo del Huáscar. — «En este mo- 
mento, decía don Julio O. Hej^es, en una correspondencia a la 
Opinión Nacional, fechada en el Callao el 7 de junio, i aludiendo 
a la hora en que mas próximos estuvieron los buques, a las once 
i media de la mañana, en este momento el comandante Grau 
dispuso el buque para combate. 

»Hizo formar en cubierta a la dotación, icón enerjia le dirijió 
lS,s siguientes palabras, poco mas o menos: 

¡VALIENTES DEL «HUÁSCAR!» 

»La suerte nos coloca por tercera vez al frente de los enemi- 
gos i dentro de breves minutos nos empeñaremos en la lucha. 

dNo escito vuestro arrojo i serenidad, porque ya habéis pro- 
bado elocuentemente que os sobran para combatir i confundir 
a los enemigos. 

»No importa que sus fuerzas sean superiores, porque tenéis 
un corazón aun mucho mas fuerte, pues se halla blindado por 
el ardiente fuego del patriotismo; i venceréis porque nuestra 
causa es santa, i porque defendemos no solo la honra de nuestra 



LAS DOS ESMEIIALÜAS. 52D 

A las doce del dhi el Huáscar, a fin de alejarse 
mas aceleradamente todavía, arrojó su segundo 
bote. 

Pero de repente, estrechada otra vez la distan- 
cia, el monitor parece dispuesto a aceptar el com- 
bate, se atraviesa, echa abajo la mura i dispara 
su primer cañonazo, afianzando tres vistosos pa- 
bellones. 

XII. 

Sigue entonces un violento pero infructuoso ca- 
ñoneo que dura una hora. El Blanco hace catorce 
disparos en buena dirección, i una de sus bom- 
bas pasa silbando por encima de la torre del mo- 
nitor. Este ha contestado con solo tres cañona- 
zos de la torre i cuatro de sus cañones de popa. 

¿Por qué el viento i la fi^rtuna que acompañó 
siempre a Cliile en las aguas del Pacífico, no pres- 
tan ahora sus alas poderosas al almirante chile- 
querida patria, sino también la de una república hermana i 
aliada, injusta i alevemente ofendida por los mismos enemigos. 

■ — » Tripulantes del Huáscar, ¡viva el Perú! 

— ))¡Viva! contestaron todas las voces llenas de patriótico en- 
tusiasmo, i al toque de zafarrancho cada cual pasó a ocupar su 
respectivo puesto. 

3)E1 buque seguia su rumbo que era N. O. i a 60 millas poco 
mas o menos de la costa. 

5) No se pensaba en forzar la máquina, sino eu aceptar la lu- 
cha». 

67 



530 EPISODIOS ^[APlITDIOS 

110 i le dan campo para rccliiiiii* su gloria i levan- 
tar nuestro poder? 

Los combatientes están casi en las dereceras 
de Iquique i a sesenta millas de la costa, pero vi- 
siblemente se acercan. La Esmeralda va a ser 



vendada! 

o 



XIII. 

Mas, por fatalidad, otra vez ios comandantes 
de baterías han comenzado a disparar demasiado 
temprano, i el acorazado cbileno al guiñar ^^v<\, 
dar campo al tiro, hace una ruta de zig-za,g que 
lo obliga a perder terreno. Cada disparo es una 
guiñada. Cada guiñada son cien, doscientos, tres- 
cientos metros que se pierden. 

El almirante impaciente, ordena por esto que 
cesen los fuegos, i ciñe el buque a la estela del 
prófugo i continúa la caza a garganta seca. 

Son las tros de la tarde, i ha vuelto a ganarse 
una nueva zona Dor la nave chilena. Los -comba- 
tientes están a cuatro mil seiscientas cincuenta 
yardas, medidas por el oficial que lleva el sestante 
de distancias en una de las cofas. 

Son las cinco, i la lejanía es solo de cuatro 
mil quinientas yardas, es decir, el máximun del 
tiro de los cañones del Blanco. Pero la noche va 



LAS DOS ESMERALDAS r/M 

a llegar, i el Huáscar, que es su duende, se envol- 
verá en su manto i escapará otra vez ileso. 

Pero no! La luna brilla en el zenit, i la parda 
sombra del casco enemigo se diseña como un 
punto movible en el horizonte. El Huáscar no so 
escapará esta vez. La noche será de Chile. 

XV. 

El monitor lleva evidentemente la intención de 
asilarse en Arica a donde llegará a la hora del 
medio dia del 4 de junio. Pero el Blanco llegará 
junto con él o le cerrará antes el paso. Estopare- 
ce a todos evidente. 

Son las once de la noche, i la distancia de com- 
bate es la misma, cuatro mil quinientas yardas, 
es decir, el tiro de cañón. 

Dan las doce en los cronómetros de a bordo, la 
campana llama la segunda guardia i la distancia 
es siempre la misma. 

Pero de improviso el Blanco para su máquina, 
vira i vuelve al Sur. ¿Por que? — Porque, lo hemos 
ya dicho, si la luna briHa con inmensos resplan- 
dores en el océano, la estrella de Chile no se habia 
alzado todavía en el horizonte con su antiq:uo 
fiilií'or de írloria i de fortuna. 

XVI. 
Se dijo como esplicaclon de esta medida que el 



£32 EPISODIOS marítimos 



almirante liabia temido por la suerte de la Ma- 

gallanes dejada atrás, i liabia vuelto a recobrarla. 

Pero su misión no era esa noche la de custodio 

de naves sino la de captor de ominoso barco 



enemigo. 



Perdióse así la mas brillante de todas las opor- 
tunidades ofrecidas a nuestras armas. 

El Huáscar se creyó perseguido hasta la altura 
del morro de Sama, i continuó nave izando a toda 
máquina hasta Moliendo, a cuyo puerto entró el 
miércoles 4 de junio a las tres de la tarde para 
recibir allí las ovaciones de sus compatriotas. 

El Blanco llegaba a esa hora a Iquique i se 
reunía fatigado pero sin gloria con su escuadra. 

XYIL 

El monitor peruano poniendo fin a su esforza- 
da campaña, salió aquella misma noche a las 
nueve de Moliendo. Al día siguiente, a las tres 
de la tarde, entraba a Chala, i el sábado 7 de ju- 
nio por la noche echaba, después de veinte i tres 
días de azares, sus anclas en la rada del Callao. 

«El día de ayer, dice un corresponsal de aquel 
puerto a un diario de Lima, refiriéndose al 8 de 
junio en que amaneció el Haáscar en su rada, ha 
sido ]^>ara este pueblo uno de los mas animados, i, 
para los valientes tripulantes del Huciscar, de ver- 
dadera oloria. 

o 



LAS DOS ESMERALDAS 533 

)^Ciuitro o cinco mil personas visitaron durante 
el día aquella nave i felicitaban llenos de entu- 
siasmo al comandante Grau, que con singular 
modestia daba las gracias manifestando a la vez, 
que se liabia lieclio poco, i todo en cumplimiento 
del deber. 

))A la una i media o dos de la tarde, desem- 
barcó el comandante Grau, i al llegar al muelle, 
mas de dos mil personas del pueblo lo acompaña- 
ron hasta el Arsenal vivándolo con entusias- 
mo (!))>. 



(1) El Huáscar lia comenzado a tomar un carácter lejeuda- 
rio i fantástico no solo en el Pacífico sino en el vecino océano. 
He aquí, en efecto, la grotesca manera como la Tribuna de 
Buenos Aires de fines de julio, agrupa las diez i ocho hazañas 
(pues éste es el título que ha dado a su singular resumen). 

«L^s 18 HAZAÑAS. — líe aquí lo que se sabe del Huáscar des- 
de mediados de mayo hasta fines de julio: 

Después de protejer al Talismán, que condujo armas para el 
Perú i Bolivia, el Hiuiscar ha realizado las siguientes opera- 
ciones: 

1.* Levantó el sitio de Iquique; 

2.** Echó a pique catorce buques chilenos cargados de carbón; 

3.^ Echó a pique \\\\ poiton-ar señal, que contenia un magní- 
fico condensador; 

4.* Protejió el desembarque del parque jeneral i de la artille- 
ría; 

h.^ Echó a pique la Esmeralda-, 

6.^ Salvó los náufragos; 

7.* Echó a pique en Mejillones i Bolivia catorce lanchas; 

h.'' Apresó una falúa i dos lanchas con víveres i alambre para 

I 



531 EPISODIOS :,rAr.ITIMOS. 



XYIII. 



Xo se mostraba aoesar de esto del todo avaro 

A. 

el destino que en tantas ocasiones liabia parecido 
decir a Chile en el Pacíñco: — ¡Ede mar es tayo! 
A la verdad, habíamos encontrado mas dilacio- 
nes que reveses, mas contrariedades que fatigas, 

el telégrafo que había ligado a Mejillones con Autofagasta; 

9.* Quemó en alta mar i en Mejillones dos bergantines i una 
goleta chilena; 

10. Envió otra goleta a Arica como buena presa; 

11. Tomó i envió al Callao una barca cargada de cobre; 

12. Bombardeó a Antofagasta, produjo un incendio i apagó 
las baterías del puerto; 

13. Cortó el cable entre Antofagasta i Caldera; 

14. Retirándose del Callao combatió con el Blanco Encalada 
i le causó averias; 

15. De regreso a Iquique maltrató a la Magallanes i al Ma- 
tías Cousirw; 

16. Apareció en Caldera, Carrizal i Moliendo i destruyó em- 
barcaciones i carboneras; 

17. Tomó dos buques cargados de cobre i carbón, cuya presa 
importa al enemigo la pérdida de medio millón de pesos fuer- 
tes; 

18. Dividió la escuadra chilena, obligando a uno de sus en- 
corazados a salir de su fondeadero aparte, por los trasportes i 
se ha dirijido al Norte». 

El Mercurio de Valparaíso, que reproduce el ant<irior catálogo, 
lo completa chistosamente coa esta frase: 

<iEstas 18 hazañas, como los diez mandamientos, se encierran 
en dos: en correr i encomendarse a Dios sobre todas las cosas». 



LAS DOS ESMERALDAS 535 

mayor aplazamiento del triunfo propio i casi no 
buscado que campo cedido a la ajena gloria. 

I por esto el monitor peruano volvia sin encon- 
trar en el corazón del pueblo a cuya causa habla 
servido con honroso empeño, aquel fervor entu- 
siasta que los servicios eminentes inspiran a la 
gratitud. 

El mal i el dolor que aquejaba a nuestro país 
no era, al contrario, el de amargas o irreparables 
pérdidas sufridas, porque canjeados buque por bu- 
que, bandera por bandera, la Esmeralda por la In- 
dependencia, ganábamos doblemente en fuerza i en 
renombre. Lo que se lamentaba, por tanto, i la- 
méntase todavía con mayor justicia, no era- pro- 
piamente lo heclio, sino lo que dejó de hacerse. 
Porque esto con un poeo de audacia i buena es- 
trella pudo ser el desenlace feliz de la guerra, un 
mes después de haberse emprendido, si en ello se 
hubiera puesto desde la primera hora la pujanza 
requerida. 

XIX. 

Por otra parte, aparecía en el cuadro final de 
la primera campaña del Pacífico un punto lumi- 
noso, que creciendo en brillo con la mayor proxi- 
midad, vendría a ser la compensación de muchas 
ansiedades, la satisfacción viva de muchas pun- 
zantes mortificaciones para el lejítimo orgullo del 
chileno. 



.536 EPISODIOS MARÍTIMOS. 

La goleta que había rendido al mas poderoso 
de los barcos enemigos, se había puesto al fin en 
camino desde Antofagasta el miércoles 18 de ju- 
nio, í remolcada por el Loa, llegaba a Valparaíso 
en la madrugad? del día 23, en medio del albo- 
rozo sin límites de la nación entera. 

Todos los buques empabesaron a su paso; los 
castillos de tierra saludábanla con salvas reales; 
la guarnición de Valparaíso tendíase en las calles 
formando vistosa avenida a los triunfadores que, 
de capitán a paje, dirijíanse en solemne procesión 
al templo. De Santiago habían ido a la fiesta pa- 
triótica las compañías armadas de bomberos i 
una diputación del Congreso, portadora de los 
despachos que conferian a los que habían vencido 
sus merecidos ascensos. 

I en todo esto, lo que probaba la lejítimidad de 
la gloría i la imponía, era que allí no había con- 
venio de autoridades ni siquiera las fáciles insi- 
nuaciones de un programa oficial. 

Valparaíso cerró espontáneamente sus puertas 
aquel día para vivir al aire libre con la victoria, i 
la entrada de Ift Covadonga pasó a ser la fiesta es- 
pontánea de toda una nación. 

Cuatro días mas tarde tocó su turno a Santia- 
go, i en esta gran ciudad, difícil de conmoverse 
aun delante del heroísmo, cuarenta mil chilenos 
empujaron con sus pechos el carro triunfal de los 
héroes el 27 de junio, al caer la tarde. 



LAS DOS ESMERALDAS 537 



La recepción do Valparaíso habla sido una 
ovación inmensa, entusiasta, indescriptible. 

La recepción de Santiago fué simplemente un 
apoteosis. 



I aquí en esta pajina que consagra la fama i la 
gloria de un vengador, encuentra su propio aca- 
bo la historia del buque inmortal que sucum- 
bió en Iquique, i que reanudando en su fin su 
nombre i su historia en el Pacífico con la memoria 
antigua de la fragata española que le legara su 
tradición i su emblema, ocupan ambas por com- 
pleto el espacio cercano de un siglo, entre Mahon 
e Iquique (1780-1879) bajo el nombre simbólico 
de Las dos Esmeraldas. 

La historia de Las dos Esmeraldas es por esto 
para los chilenos la leyenda de medio siglo de 
gloria (1820-1879). 



68 



EPÍLOGO. 



LA GRATITUD DE .CHILE. 

Santiago, setiembre 12 de 1879. 

Por cuanto el Congreso Nacional ha ¿icordaJo 
el siguiente proyecto de lei: 

Art. i.'' 

El Congreso Nacional decreta la erección de 
un monumento que, a nombre de la República, 
simbolice la gloriosa defensa hecha por el capitán 
de frao'ata don Arturo Prat i sus valerosos com- 

o 

pañeros, a bordo de la corbeta Esmeralda, contra 
dos acorazados peruanos en las aguas de Iquique, 
el 21 de mayo de 1879. 

Art. 2.'' 

Asígnase a doña Eosario Chacón de Prat, ma- 



LAS DOS ESMERALDAS 530 

dre del que fué comandante de la corbeta Esme- 
ralda, don Arturo Prat, una pensión vitalicia de 
mil pesos anuales i otra de dos mil cuatrocientos, 
a doña Carmela Carvajal, viud¿i de dicho coman- 
dante. 

Art. 3.'' 

Por cuenta del tesorero público se impondrá 
anualmente, durante quince años, en la Caja de 
Ahorros de empleados, la suma de quinientos pe- 
sos por cada uno de los dos hijos del comandante 
Prat, don Arturo i doña Blanca Estela Prat Car- 
vajal. 

Espirado dicho término, se entregarán las im- 
posiciones con sus intereses a los agraciados o a 
sus representantes legales. 

Si durante el período determinado en el inciso 
1.*, falleciere alguno de los agraciados, cesará la 
imposición i el fondo que se haya acumulado pa- 
sará a la madre i por muerte de ésta al hijo so- 
breviviente. 

En el caso de fallecimiento de la madre i de 
los hijos, la imposición revertirá al Estado. 

Si la viuda del comandante Prat falleciere an- 
tes que sus hijos lleguen a la mayor edad, la pen- 
sión que a ella se asigna se dividirá por mitad 
entre los últimos, mientras cumplan esa edad, sin 
derecho a acrecimiento i sin que en ningún ca- 
so uno solo de ellos pueda gozar una cantidad 



540 EPISODIOS marítimos 

mayor cjiíe la mitad de la renta asignada a la 
madre. 

Art. 4.° 

Asígnase a doña Mercedes Montaner, madre 
del teniente 2.° de la Esmeralda, don Ignacio Se- 
rrano Montaner, la pensión anual vitalicia de 
seiscientos pesos i otra de mil ochocientos pesos 
a la viuda del espresado oficial, doña Emilia Gol- 
eóle a de Serrano. 

Art. 5.^ 

Asígnase a doña Bruna Venegas de Eiquelme, 
madre del guardia-marina don Ernesto Eiquelme 
Yenegas, la pensión anual vitalicia de mil dos- 
cientos pesos. 

Art. 6." 

Asífü;nase a doña Pastoriza Ordenes, madre del 
cirujano 1." de la Covadonga, don Pedro Eegala- 
do 2.'' Vidcla, muerto en el combate de Punta 
Gruesa, una pensión vitalicia de cien pesos men- 
suales. 

Art. 7.° 

8e concede a doña E^mijia Segovia, viuda del 
sarjento 2.° del rejimiento de artillería de marina, 
don «Juan de Dios Aldea, i a su hijo único don 
Julio Aldea una pensión vitalicia de doscientos 
cuarenta pesos. 



LAS DOS ESMEEl ALDAS 541 

La pensión cesará respecto del hijo cuando 
cumpla veinticinco años. 

Art. 8." 

Se concede a las viudas e hijos lojítimos de los 
oficiales mayores i aprendices mecánicos de la 
Esmeralda i Covadonga que fallecieron en el 
combate de Iquique el 21 de mayo del presente 
año, una pensión vitalicia igual al sueldo i grati- 
ficación de que gozaban en aquella fecha los es- 
presados oficiales mayores i aprendices mecá- 
nicos. 

Si los referidos oficiales mayores i aprendices 
mecánicos hubiesen fallecido sin dejar viuda o hi- 
jos lejítimos, sus padres lejítimos tendrán derecho 
a una pensión triple de la que debiera correspon- 
der a la madre viuda con arreglo a la lei de 6 de 
agosto de 1855. 

La pensión concedida por el inciso 1." del pre- 
sente artículo cesará, respecto de los hijos varo- 
nes, una vez que hayan cumplido veinticinco 
años, i de las mujeres cuando tomen estado. 

Art. 9." 

Concédese al cirujano I.'' de la corbeta Esme- 
raída, don Francisco Cornelio Guzman, una gra- 
tificación anual vitalicia de cuatrociento pesos, 
compatible con cualquiera asignación o sueldo 
que pueda corresponderle. 



i42 EPISODIOS marítimos 



Art. 10. 



Declárase con derecho a montepío a las viudas 
madres e hijos lejíthnos de los oficiales de mar, 
marineros, clases i soldados que fallecieron en el 
combate de Iquique i Punta Gruesa. El monto de 
este montepío será equivalente al de la tercera 
parte del sueldo que disfrutaban al tiempo de fa- 
llacer. 

Art. 11. 

Los marineros i soldados que tripulaban la Es- 
meralda i que han sobrevivido al combate de 
Iquique, recibirán como gratificación una pensión 
equivalente a dos premios de constancia, i los 
oficiales de mar, una pensión igual a la tercera 
parte del sueldo de que gozaban en la fecha del 
combate. 

Los de la Covadonga, que se encuentren en el 
mismo caso, recibirán también una gratificación 
equivalente a la cantidad asignada a un premio 
de constancia. 

Art. 12. 

Concédese a los jefes, oficiales de guerra i ma- 
yores i demás individuos de la tripulación i guar- 
nición de la Esmeralda i Covadonga., sobrevivien- 
tes al combate de Iquique, una medalla de honor, 
laque será de oro para los jefes i oficiales i de 
plata para los demás tripulantes. 



LAS DOS ESMERALDAS 543 

La medalla llevará en el anverso la siguiente 
inscripción orlada por un ramo de lam'el: Me ha- 
llé EN EL COMBATE DE IqUIQUE EL 21 DE MAYO DE 

1879, i en el reverso la imájen de una nave con 
los nombres de los que sostuvieron el combate: 
Esmeralda i Covadonga. 

Art. 13. 

Concédese el uso de la medalla de oro del com- 
bate de Iquique al ciudadano chileno don Juan 
Agustín Cabrera Gacitúa, que se halló a bordo 
de la Esmeralda i tomó parte como voluntario en 
el combate. 

Concédese ademas, por una sola vez, al señor 
Cabrera Gacitúa, una gratificación de mil pesos. 

Art. 14. 

Las pensiones i gratificaciones de que habla la 
presente lei, comenzaran a rejir desde el 21 de 
mayo de 1879, con deducción de lo que los agra- 
ciados hubieren recibido como pensiones o asig- 
naciones hasta el dia en que se paguen las que 
por esta lei les corresponden. 

Art. 15. 

Todas las pensiones o asignaciones que se con- 
ceden por la presente lei, serán rejidas conforme 
a la de montepío militar, escepto aquellas que es- 
presamente se hubieren declarado vitalicias o de 
duración determinada. 



544 EPISODIOS MAIlTTnrOS. 

Las pensiones i asignaciones a que se refiere 
esta lei, serán incompatibles con las de montepío 
militar. 

Art. 16. 

Asííínase a doña Emiliana Serrano Montaner, 
hermana del teniente 2." de la Esmeralda, don 
Ignacio Serrano Montaner, la pensión anual vita- 
licia de doscientos cuarenta pesos. 

I por cuanto, oido el Consejo de Estado, he te- 
nido a bien aprobarlo i sancionarlo, ^ 

Por tanto, promulgúese i llévese a efecto en 
todas sus partes como lei de la República. 

Aníbal Pinto. 

Domtugo Santa-María. 



FIN, 



APÉNDICE 

A LAS DOS ESMERALDAS. 



DOCUMENTO NUI. 1. 

E8P0IÍICI0N DE LOS OFICIALES DE LA «LAUTARO» SOBRE 
EL C031BATK CON LA «ESMERALDA» EL 27 DE ABRIL DE 1818, 

(De la Gaceta Ministerial del 15 de agosto de 1818.) 

Por la desgraciada muerte del Capitán D. Jorje O'Brien en 
el ataque con la fragata Española, la Esmeralda, por el Navio 
Nacional Lautaro, cuyo mando ha recaído sobre mí, y en conse- 
cuencia de la desgraciada conclusión de aquel ataque, habiéndo- 
se circulado varios chismes respecto a mi conducta, que podian 
ser mui perjudiciales a mi carácter profesional, solicité de la co- 
misión, que entonces obtuboel manejo de dicho Navio, que me 
pusiese en consejo de guerra, y recibí por respuesta que era ex- 
cusado, pues no habia persona que tabiese conocimientos de las 
circunstancias, que no aprobase quanto y ó habia hecho, «y que 
la comisión cuidaría de esclarecer mi conducta para con el pú- 
blico.» Sin embargo, para evitar qualquiera opinión, que pudie- 
ra haber sido formada en detrimento de mi honor, acompaño 

a 



II Kf'ISüUIOÍ* MARÍTIMOS. 

una dopobiciaii Je los Oñciales, que estobieron a boivlo del Lan- 
taro al tiempo de la acción, que creo será suficiente para cou' 
vencer al rúas tonaz, que cujaijíli con mi deber, en aquel des- 
grnciado acaecimiento, f que el escape de la Esmeralda no debe 
atrihairse a alguna cobardía o mala conducta de mi parte. — Jo- 
sé Argent Tunier. 

Navio Nacional Lautaro, en Valparaíso, 3 de Mayo de 1818. 

Señor: Nosotros los infrascriptos Oficiales del Navio Lautaro 
tenemos el honor de acusar recibo de la comunicación de Vm;!., 
eolicitando nuestras opiniones respecto a la conducta que Vmd. 
manifestó quando llenó los empleos del primer Teniente, y lue- 
go del Comandante de dicho Navio durante la acción con la Fra- 
gata Española Esmeralda y Bergantín de guerra Pezuela, y 
rogándonos manifestemos por escrito si parecria ea su conducta 
alguna cobardía, traición, o falta en usar toaos los medios posi- 
bles para rendir y ocupar los buques enemigos. 

En consecuencia damos nuestra mas decidida opinión; que 
Vmd. hizo para obtener el expresado objeto todo lo que permi- 
tía el estado de disciplina de Iz tripulación del Lautaro, y que 
lejos de mostrar alguna cobardía, traición, o falta de conoci- 
mientos, creemos firmemente que la conducta de Vmd. en todas 
sus partes fué la de un oficial de experiencia, intrepidez, y acti- 
vidad, y desplegó en todas ocasiones gran presencia de ánimo. 

breemos de nuestro deber observar que según el mejor juicio, 
que hemos podido formar, el no haber tenido buen éxito nues- 
tros esfuerzos se debe atribuir a las siguientes circunstancias: 

1. Que habiendo recibido a bordo ^^í^^as ñoras chites de dar a 
la vela, mas de ciento i quarenta hombres, no acostumbrados a. 
ejercicios de mar, i que hablaban wi idioma, que los oficiales del 
Navio no entendian, j no habiendo lugar por la falta o escasez 
del tiempo para arreglar nada, y ejercitarlos en los puestos que 
debían ocupar, lejos de auxiliar de un modo que hubiese asegu- 
rado la empresa, y según se debía esperar de su buena disposi- 
ción y natural valor, si estos hubiesen sido dirigidos por una 
clisciplina regular, tan solo causaron desorden y confusión. 

2. Que habiendo atacado la fuerza enonigo. solamente lo ho- 



LAS 1)08 ESMEIUI-DA» IIT 

ras despueA de zarpar de la bahl:i de ValparaUo, era ese tiempo 
flemaáiado corto para establecer el órJen, y disciplina uccesarios 
para atacar una fuerza superior. 

3. La desgraciada circunstancia de haber perdido a, nuestro 
intrépido Comandante O Brien. 

Nos valemos de esta proporción para declarar, que la conduc- 
ta de Vmd. como un oficial y un caballero, durante el cortu 
tiempo que hemos tenido el honor de conocerle, nos ha iuspira- 
do sentimientos del mejor respeto i estimaciou, con los cuales 
siempre tendremos de subscribirnos. 

Sr. de Vmd, Servidores, 

(Firmado). 

W. H. Waller^ segundo Teniente. — Samuel Faxcconer, tercer 
Teniente. — Guillernio Miller, Capitau de Artillería de Buenos 
Aires. — Guillermo M. Mathews, cuarto Teniente. — Juan I\ 
Howell, segundo Capitán del Puerto de Valparaíso. — Juan Lee, 
primar Pilota. — Nataniel Bdey, primer Teniente del Bcrofantin 
Águila. — Juau F. Robinson, segundo Piloto.— Juan Barton, 
Contador. * 

Al Capitán D. José A. Turucr. 



De los nueve firmantes que preceden, seis habian muerto en 
Inglaterra en 1840. En esa épocí vivian solo el jcneral Miller, 
el piloto Lee i el contador Barton. Este i'iltimo ei*a un hombre 
de arrogante figura i amable trato, a quien conocimos en Lima 
en 18(30 en el carácter de cónsul de Inglaterra. Todos, escepto 
el teniente Beley era ingleses: Beley era norte-americano. 



IT 3EFISU1DI0S MARITTJIO?, 



DOCUMENTO KUM. 2. 

RELACIÓN' DE LA CAPTURA DE LA ESMERALDA HECHA POR t5U 

ÍLTIMO SOBREVIVIENTE EL CAPITÁN DON PABLO DlÍLANO, 

AYUDANTE DE ÓRDENES DE LORD COCHRANE. 

Poco después de las diez de la noche del 5 de Noviembre de 
1820 se hallaban reunidos al costado de la fragata «O'Higgins» 
catorce botes, tripulados por doscientos cuarenta voluntarios 
armados de pistola i sable, destinados al asalto de la fragata 
española ^EsmcrcddaT), que se hallaba fondeada en el reciuto del 
jjuerto del Callao, al abrigo de los castillos, que montaban tres 
tientas piezas de artillería i coa una guarnición completa de 
artilleros adiestrados. La <iEsmeraldai> i los demás buques an- 
clados en el recinto, se hallaban resguardados por cadenas grue- 
sas, boyadas con palos de balsa de Guayaquil, formando asi uu 
cierro completo con solo una entrada de suficiente anchor para 
un buque, colocada en el punto nort-e del cierro. 

Este cien-o*lo vijilabau veinte i ocho lanchas cañoneras, que 
mexitaban un cañón de a veinte i cuatro, cada una con tripula- 
ción de treinta hombres. 

La d Es7neraldaD montaba cuarenta i cuatro cañones í tenía 
una dotación completa de trescientos setenta hombres í se ha- 
daba en un todo perfectamente tripulada i pertrechada; i solo 
esperaba una oportunidad favorable para hacerse a la vela, con 
destino a las Filipinas i España; la jente, supimos después, 
dormía sobre las armas en la batería del buque, pronta para 
cualquier evento. 

La espcdícíon asaltadora se formó en dos filas, encabezada 
por la falúa del almirante Lord Cochrane, í en ese orden siguió 
hasta llegar al cierro referido, que fué minutos antes de las doce. 
Allí se les dio el ¿quién vive?, lo que en el acto fué contestado 
por el almirante, con las palabras (.(silencio o mueresh i al mis- 
mo tiempo apuntaba a la cabeza del que lo había dado, con 



LAS ÜOñ ESM Eli ALDAS V 

una pistola de dos ciifioaes: fué bastante esto para que toda la 
tri[)ulac¡oii de la cañonera se dejase caer al fondo de la lancha; 
entonces el almirante gritó con voz fuerte, «flurrah muchachos, 
bogar fuerte i vamos al asalto!» 

Hasta ese momento habíamos estado bogando suavemente i 
con los remos frizados en lona en las cliumaseras para no dar 
la alarma a los Españoles; pero al oir el grito del almirante, to- 
dos prorumpimos, con voz atronadora, en el grito de «Hurrah!» 
que duró hasta que llegamos al costado de la ^Esmeralday> que 
se divisaba a poca distancia, i en llegando ahí la abordamos por 
ambos costados. El almirante fué el primero en subir por el cos- 
tado babor pero un culatazo que le díó el centinela, lo volteó al 
bote, de donde volvió a subir con presteza, i mató al centinela 
de un balazo; i seguido por los tripulantes de los botes, subió a 
bordo donde se trabo una lucha terrible de hombre a hombre 
que apenas habia durado quince minutos cuando los españoles 
volvieron cara i buscaron salvación, algunos en las bodegas del 
buque, otros en las cofas, i muchos, en su desesperación, tirán- 
dose al mar para escapar a nado. Durante la confusión, alguien 
cortó los cables de la fragata; visto lo cual por el almirante, 
mandó desplegar las velas, pero habia mui poco viento i las ve- 
las estaban sin drizas ni escotas; pero luego se remedió esta fal- 
ta pues ya nuestra jente se hallaba en las coñis i en un abrir i 
cerrar de ojos colocaron drizas i escotas provisorias con algu- 
nos cabos que encontraron, a pesar del diluvio de metralla que 
los españoles nos mandaban desde tierra, i que, como nube de 
granizo, nos rodeaba por todas partes. 

En la lucha el almirante recibió una herida de bala en el 
muslo derecho pero no por esto se abatió, i luego que yo le ama- 
rré un pañuelo fuertemente en la pierna para estancar la sangre, 
siguió atendiendo a todo con la calma i serenidad que le eran 
caraterísticas. El buque marchaba con lentitud con dirección a 
la salida, gracias a una ventolina suave de tierra que soplaba. 
— En estos momentos una bala de cañón cortó las drizas del pi- 
co de la mesana que Ciiyó sobre cubierta; i otra entrando por las 
ventanas de la popa, dando con un pié derecho de fierro, lo 



VI El*líOUI06 marítimos. 

arraucó Je su lugar haciéndole volar por el entre-puente, atra- 
vesado i horizontalmeiite, de modo que, al pasar por un peque- 
ño «jrupo de nuestros liorabre?, mató a algunos e hirió a otros, 
ílntre los primeros hahia un joven ingles que tenia la bandera 
del jefe español envuelta en su cuerpo, i fué cortado medio a 
medio muriendo en el acto: este joven habia sido parte de la 
tripulación del corsario aMaipÚD, armado en Valparaiso dos o 
tres años antes, i habiendo sido capturado por una fuerza espa- 
ñola mavor, fueron confinados en los castillos del Callao donde 
recibieron un tratamiento brutal durante todo el tiempo que 
permanecieron ahí: así es que él juró vengarse, i ese mismo dia 
lineo por la tarde, indicándome con el dedo la bandera del jefe 
español, juraba que la habia de bajar con sus propias manos^ 
así es que en llegando al costado de la fragata, subió por la jar- 
cia, a pesir que la metralla i fusilería mandaban las balas como 
granizo: acababa de bajar i estaba refiriendo a sus compañeros 
como lo habia hecho cuando recibió la muerte. 

Habia fondeadas en el recinto del puerto dos fragatas de gue- 
rra estranjeras. La una era la <íMacedofiiaJ> buque de los Estados 
Unidos, cuyos oficiales sinpatizaron con nosotros e hicieron toda 
la obra de apartarse de ahí con muclio silencio i al pasar los bo- 
tes por cerca da ella, espresaron en voz baja sus deseos que sa- 
liéramos con buen suceso. La otra fragata era la <íllt/ per tony, 
inglesa, cuyo capitán no simpatizaba en nada con nosotros, i al 
hacer la maniobra para apartarse, la hizo con todo estrépito. 

Lord Cochrane, a pesar de haber sido herido, i a pesar del di- 
luvio de metralla que volaba eu su derredor, se trepó sobre un 
cañón para dirijir desde allí toda la maniobra i dar la dirección 
al buque i se mantuvo allí hasta que salimos fuera. Seguimos 
alejándonos lentamente en medio del fuego horroroso que nos 
hacían de los castillos i lanchas cañoneras, i después de una hora 
fondeamos fuera del alcanse de los cañones españoles, para reco- 
jer los muertos, atender a los heridos i hacer algunos re^K^roa a 
las velas que eran necesarios. 

Encontramos que dos de los oficiales i once marineros ha-, 
biau sido muertos, i treinta i tros heridos solamente, mientra* 



LAS DOS EíJMliltALDAS VII 

qne de Io3 españoles recojiraos ciento ciuciiüütagnuGrtos; faltaba 
también una de nuestras embarcaciones con toda su tripalaciun: 
después de atender a los heridos, levamos ancla i fuimos a fon- 
dear al costado de la O' Hijjgins, donde llegamos poco antes de 
amanecer; estaba la fragata en la isla de San Loren/iO, terminan- 
do así esa jornada, la mas gloriosa de todas las dul almirante 
Coclirane, según lo oí de su misma boc^ 

El cañoneo de los castillos continuó toda la noche, ignorando 
nosotros cual seria el motivo, pero cuando amaneció divisamos 
en el horizonte en dirección al Callao, dos bultos negro?, uno 
grande i el otro mas chico, los cuales cuando aclaró de.scubrimoí 
ser la embarcación que nos faltaba, tirando a remolque una lan- 
cha Cañonera enorme que habia capturado a viva fuerza, i luego 
mandamos ausilio para traerla; el bravo que era jefe de esa em- 
barcación era el pilotín Ouley, norte americano, que posterior- 
mente fué muerto en el ataque hecho a las fortalezas de Chiloó 
por la escuadra chilena; — valiente muchacho! que con docj 
hombres de su bote, abordó i capturó esa laucha que llevaba 
treinta de tripulación. 

Para demostrar la calma i sangre fria del noble jefe, mencio- 
naré un incidente que ocurrió. Luego que se principió el comba- 
te, las fragatas <iMacedoniay> i (íHuperion^ pusieron un farol en 
el pico de mesana i suponiendo que tenia alguna significación, 
Lord Cochrane mandó colocar uno en el pico de la ^Esmeralda» 
para Ig cual sobraban faroles, pues entre cada dos cañones ch 
la batería habia un farol colgando preparado con vela: median- 
te esta astucia se confundían los españoles en los castillos i no 
atinaban a cual de los tres dirijian sus punterías, así es que ti- 
raban indistintamente sobre los tres de modo que mas ofendie- 
ron a los neutrales que a nosotros, pues dos balas de canon to- 
caron a la (LEs77ieralclai>, mientras que los otros recibieron va- 
rias. 

Yo en aquel entonces solo tenia catorce años í medio, pero el 
almirante me honraba con distinción, así fué que me confió el 
puesto de ayudante en esa ocasión i puso a mi cargo su propio 
bote tripulado con cinco jóvenes, uno de los cuales fué Don 



Vin EPISODIOS M.vnrTIMOS. 

Turnas K. Saiidys, honorable vecino de la ciudad de Concep- 
ción, donde falleció en 1878. 

r.D. — Cuando dictaba la carta que precede se me olvidaba 
decir, que en el momento del abordaje de la (nEsyneraldetD, su co- 
mandante con un amigo estiban tomamlo mistela i bizcochuelos 
en la cámara i como la sorpresa fué tan com])leta, no tuvo tiem- 
po para dar órdenes algunas, ni salir fuera siquiera, así es que fuá 
apresado en su misma cámara, donde permaneció durante toda 
la acción. Yo fui a la antecámara cuando terminó la lucha sobre 
cubierta i estaba arrodillado aplicando un torniquete a la pierna 
del teniente Grenfell (po^teriormeute, almirante de la escuadra 
brasilera, i subsiguientemente Cónsul Jeneral del imperio en 
Inglaterra, hasta su muerte) que tendido en el suelo se iba en 
sangre por una herida de metralla en el muslo derecho, en cujo 
momento entró una bala por la popa i dio en una viga en que 
descansaba uno de los pies del comandante Coig, lo que le cau- 
só una contusión tan grande que no la podia soportar sin gritar, 
oido lo cual por el teniente referido, c'ste le dijo «Calla boca!» i 
en ingles le preguntó si se creia él el único herido. 

Tan completa fué la sorpresa que no alcanzó a subir ningún 
oficial sobre cubierta, pues cuando asomaron algunos en las es- 
caleras, encontraron a nuestra jente vijilando con sable i pisto- 
la en mano i tuvieron que volver á bajar. 

Un sarjento de tropa era quien encabezaba la defensa, hom- 
bre mui animado i valiente, que animaba a la jente con su voz 
i con su ejemplo; pero luego murió de un balazo en el pecho 
i entonces fué cuando los españoles cedieron. 

Al diá siguiente se canjearon los prisioneros por algunos pa- 
triotas que habia presos en los castillos. 

Era mucha la sensación que causó en Lima i Callao la toma 
de la (íEsmeralda'», i no creian posible que nosotros solos pu- 
diéramos haberlo verificado, pues atribuían al buque americano 
el habernos ayudado. Cou este motivo, cuando al dia siguiente 
un bote de dicha fragata fué a tierra para hacer el rancho, el 
populacho furioso se echó sobre ellos i asesinaron al oficial i do- 
ce o trece mas que iban con él, no dejando vivo a ninguno. 



LAS DOS ESMERALDAS IX 

El comandante se hallaba de pasco cu Lima, i habiendo llega- 
do a su conocimiento que lo Luscahan, quiso disfrazarse para 
escapar, para lo cual se estaba raspando sus bien pobladas pati- 
llas, i ya tenia una raspada cuando llegó un coche escoltado por 
25 coraceros que le enviaba el virei para que se fuera inmedia- 
tamente a Chorrillos a embarcarse. 

No esperó para rasparse la otra patilla, sino que metiéndose 
en el coche partió a todo galope i llegó a Chorrillos donde en- 
contró a uno de sus botes esperándolo i se embarcó, salvando 
así la vida. 

Ahí tiene Ud., mi amigo Don Benjamin, el relato sencillo de 
cómo fué tomada la dEsmeraldayy. De manos de Ud. espero ver 
una magnífica esposicion de olla. Si todavía quisiera Ud. averi- 
guar algo mas, tendría mucho gusto en satisfacerle, para lo cual 
si Ud. me hiciera el favor de pasar a mi casa el dia que guste, 
me hallará pronto, i le mostraré el cuadro magnífico pintado por 
el coronel Wood que representa esa grande acción. 

Deseando a Ud. toda felicidad, me suscribo de Ud. atento 
amigo i S. % 

Pablo IT. Dé laño. 



X BCISODIOñ MAIÍITIM').-!. 

DOCUMENTO NUM. 3. 

boletín de la captura de la «ES3IERALDA» 
TOMADO DE LA OAZETA EXTRAOKDINARLl DE CHILE. NIJM. 24. 

Santiago, sacado 16 de diciembre de 1820. 
A hordo en la bahía de Ancón. 
Núm. 3. 

Boletín del Ejercito libertador del Perú. 

NoVIEMDUS O DE 1820. 

El ejército salió de Pisco el 23 de Octubre a la bahía de se- 
guridad: el Mayor Jeneral Las Heras se puso a la cabeza de las 
columnas })ara dirijir su marcha. El batallón número 5 quedó 
en el Cuartel jeneral con 50 Cazadores de la Escolta. El 24 se 
embarcó {5. E. el Jeneral en jefe, i toda la tropa que quedó en 
Fisco marchó a unirse al ejército: la operación del embarque se 
concluyó en la tarde de este dia: el 2G dio la vela el convoi to- 
mando el" rumbo del X. O. • 

El 29 se avistó la isla de San Lorenzo, i a la tarde fondearon 
la escuadra i los trasportes en frente de la bahía del Callao. El 
navio San Martin con otros buques de guerra i todos los traspo- 
tes dieron la vela el 30 con dirección a Ancón, ([uedando el res- 
to de la escuadra con órdenes de cruzar en frente del C¿illao. 
Antes de separarse el Jeneral en jefe i el Vice- Al mirante de la 
escuadra, acordaron la ejecución de nu proyecto memorable, ca- 
paz de sorprender a la misma intrepidez, i de eternizar por si 
solo la historia de la espedicion libertadora del Perú. 

Desde el 31 se trabajó con incesante actividad a bordo de la 
escuadra para preparar los elementos necesarios a la gran em- 
jux'sa de abordar la fragata aE.vneralda^) b:yo los fuegos del 
Callao, i agregarla a las fuerzas navales destinadas a establecer 
la libertad del Pacífico. 



LAS DOR ■ESjrEKALRAtí ' Xl 

El 1 se reunieron a bordo do la O' lH'jgbiü los Capitanes. 
Foster i Ouise, i el Vice-Alminuite los intru^^ó del dispositivo 
del iituque, i dio las órdenes que cada uno debia cumplir. Todos 
los soldados de marina i las tripulaciones de las Fragatas 
íf lli(p/inü, Indcpcmlcncía i Lautaro se ofrecieron con ardor co- 
mo volumtarios para esta empresa. Pero era preciso que los va- 
lientes se diviiliesen, i que unos marchasen al Callao, mientras 
otros quedal)an para mantener el bloqueo: 240 voluntarios se 
destinaron a a({uel objeto, i su ardor suplia el número de los que 
por un orden regular exijia la ejecución de aquella empresa. El 
mando accidental de la Escuadra quedó a cargo del capitán 
Foster, a quien el Almirante dio las disposiciones convenientes 
])ara todo evento. 

A las 11 i 5 minutos de la noche se separaron del costado de 
la (flliggins 14 botes en dos divisiones, la primera al mando 
del Capitán Crosbie compuesta de los botes i lanchas de la Fra- 
gata Almirante, i la segunda la del Capitán Guise, formada de 
los botes de la Independencia i Lautaro. El Lord Cochrane dispu- 
so que se ejercitasen en la obscuridad de esta noche, para realizar 
el ]díin en la siguiente. 

Todas las ])asiones capaces de elevar el pecho de un <\-uorrero, 
se hallaban pintadas en el semblante de los que iban a partici- 
par los peligros de esta empresa: i la espresion de la coníianza 
que inspira el valor, resaltaba en las miradas que tendían soln-e 
el Callao, los que en breve debían arrostrar el fuego que vomi- 
tasen estas tremendas fortificaciones. 

El Vice- Almirante de la Escuadra mandó imprimir i publiear 
en ella el 5 la siguiente proclama, que todos recibieron con el 
entusiasmo que naturalmente causa la voz de un héroe que ha- 
bla a los que le conocen. 

Soldados i marijieros/— Esta, noche vamos a dar un golpe 
mortal al enemigo: mañana os presentareis con orgullo delante 
del Callao, i todos vuestros compañeros os verán con envidia. 
Una hora de coraje i resolución es todo lo que necesitáis para 
triunfar: acordaos que sois vencedores de Valdivia; i no temáis 
a los que hasta aquí han huido en todas partes de vosotros. 



XII EPISODIOS MAr.ITIMOS. 

El valor de todos los bnques que se tomasen en el Callao, 
será vuestro, i además se distribuirá eatre vosotros la misaia 
cantidad de dinero que se ha ofrecido ea Lima a los que tomen 
algún buque de la escuadra de Chile. El momento de la gloria 
se acerca; yo esmero que los chilenos pelearan como acostumbran, 
i que los ingleses harán lo que han hecho siempre en su patria 
i fuera de ella. A bordo de la O'Il'jjgins, Noviembre 6 de 1820. 
— Cockranc. 

A las 10 de la noche del 5 se dirijieron al Callao las dos di- 
visiones en la misma forma que antes: llegaron al fondeadero a 
las 12, i vencieron el primer obstáculo que les ponia la línea de 
las lanchas cañoneras, a quienes el Almirante puesto a la ca!>e- 
za do las divisiones intimó, silencio o muerte. El pavor no dejó al 
enemigo otro partido que el de la obediencia, i nuestras fuerzas 
abordaron por babor i estribor a un mismo tiempo la fragata 
Esmeralda: el enemigo hizo una obstinada resistencia sobre el 
Alcázar, i por un cuarto de hora el fuego de mosquetería íxié 
bastante vivo, hasta que bañada en sangre la cubierta, vio que 
era temerid.id resistir a nuestros bravos. La Esmeralda quedó 
antes de la una a discreción de los abordadores, i cortados lue- 
go los fiables se puso a la vela, unida a las fragatas IL/pcrion i 
Macedonia. Ambas izaron faroles de señales para distinguir su 
neutralidad: pra-cticándose lo mismo en la Esmeralda, el ene- 
migo se veia perplejo para dirijir los fuegos de sus baterías, que 
hasta la una i cuarto dispararon 82 cañonazos. Algunos de ellos 
maltrataron lijeramente la maniobra da la Esmeralda, i el Ca- 
pitán Coig que la mandaba an^es, sufrió una grave contusión de 
estas resultas. 

A las dos i media ya estaba fondeada fuera de tiro de cañón 
la. fragata apresada, i dos lanchas cañoneras que se sacaron de 
la línea enemiga. La pérdida que ha sufrido el enemigo entre 
muertos i heridos pasa de 1 50 hombres; i la nuestra asciende a 
la tercera parte entre unos i otro?:. El héroe que dinijió esta em- 
presa fué herido de una bala de fusil en el muslo derecho al prin- 
cipio de la acción, pero felizmente no hi sido de gravedad la 
herida: en el parte circunstanciado que se publicará por separado, 



i 



LAS DOá ESMEKAL»:tó XLII 

se dará un detall de los denxis qne han comprado la.vfctorift («n 
su síingre. 

La Fragata Esmeralda monta 40 cañones, tiene a su bordo 
proviísioues para tres messs i un repuesto do jarcia para dos 
años. 

El O a las diej; de la mañana maii(l(') el Vice- Al mirante un 
parlamentario a proponer al virei do Lima el canje de prisione- 
ros, que aceptó, conformándose a los principios que hasta ahora 
se habian reclamado inútilmente. 

En fin, la superioridad de nuestras fuerzas navales en el Pa- 
cífico está enteramente decidida: el dominio de estos mares per- 
tenece esclusivamente a los independientes que se han sacrifi- 
cado para obtenerlo, no con el ánimo de monopolizar sus venta- 
jas, sino de hacerlas comunes a todas la naciones civilizadas del 
mundo; no para oprimir el continente que bañan sus aguas, sii\o 
para asegurar su Independencia i prosperidad; no para mantener 
en una incomunicación sistemática a los habitantes de la costa, 
sino para que bajo su protecion cambien lil)remente los produc- 
t s de su industria i de su opulento suelo, con loa de las demás 
rejiones de ambos hemisferios. Las fortalezas del Callajo, que con 
razón han creido los españoles que hacían quimérica toda em- 
presa, que debiese ejecutarse bajo sus fuegos: las dobles lineas 
que formaban sus cañoneras i buques de guerra ; todo, todo ha 
sido inútil para frustrar la enerjía i combinación de los vencedo- 
res de Valdivia. El mejor i el único modo de elojiarlos es dejar 
aquí un blanco, para que todos los que contemplen esta empresa 
aprecien el esfuerzo de que son ca[)ace3, los que deía,ndiendo los 
fl(:recho& de la Américn, promueven la causa de toda la sociedad 
humana. 

S. E. elJeneral en jefe esperaba en Ancón la noticia de es-te 
gran suceso, i el 6 a la tarde recibí:') el parte de Lord Oochrane, 
que mandó desde el Tallao el bergantín Avaurano ueste propó- 
sito. El ejército agotó las demostraciones del entusiasmo para 
celebrarlo, i el corazón de todos los bravos ardia por encontrar 
al enemigo, para hacerle sentir, que asi por mar como por tierra, 
es tiempo que la tiranía española se estrelle i deshaga conti^a 



» 

XIV EPISODIOS MAUITIMOS. 



nuestros pechos, como l:is olas del ocóíiiio contva las altas rocas 
qne querrán tati su famr. 



(El liermoso bolctin de guerra que precede debió ser redactado por ]\Ion- 
teagudo, o mas probablemente por García del Rio qne tenia nn estilo mas 
vivo, animado i descriptivo. Ambf>s acompauab;.!! a San Martin). 



DOCüMEnO ín:UaI. 4. 

VÉ DK BAUTISMO I PArtTICüLAIÍIDADES SOBRE, EL NACIMIENTO 
DEL CAPITÁN PRAT, EN EL DEPARTAMENTO DE ITATA. 

Señor don Benjamiu Vicuña Mackenna. 
Santiago. 
Estimado señor i amigo: 

Me permito en la presente adjuntar a Ud. los verdaderos da- 
tos para la biografía de Prat, en lo relativo a su nacimiento i 
demás pormenores que lo ilustran. 

Arturo Prat 'no nació en el barrio de la Froi'ic/ínjcia do San- 
tiago, como afirma don J. B. Suarez i otros; no nació tampoco 
en Bella Vista de Concepción, como asevera E. de la Barra en 
el Boletín de la guerra del Pacífico. Nuestro héroe inmor- 
tal es hijo del departamento de Itata, porque vio la luz en la 
hacienda de Sají Aijusün, parroquia de Ninhue, donde vivieron 
algunos años sus padres i damas antepasados. 

líeclaraamos, pues, la alta honra de tener a nuestro departa- 
mento por cuna gloriosa del jigante de la marina del siglo, i }>or 
ser nosritros, los itatinos, hermanos lejítimos del que en unas 
cnantns horas cuhrió de tan luminosa aureola la frente de Chile 
con su heroica muerte i titánica epopeya. 



LAS DOS KS.MlCUALDAó XV 

Si siete ciudades se dLs[)utar()n el íiielito ]hmiov de ser c.nwx 
del gran poeta clásico Iloiucro, i otras siete (juisieron ser idu- 
dres del coloso escritor Cervantes, i lo mismo sucedió con el des- 
cubridor de América, nuestro hijo amado Arturo Prat nos perte- 
nece de hecho, aunque pretendan lia,ber sido testigos de su naci- 
miento en Santiago i Conce[)CÍ()n. 

En todo nuestro departamento, en Cauquenes, Ninhuc, Qui- 
riliue i Tomé, liai amigos actualmente de la familia Chacón i 
Prat, i hai quienes se acuerdan haber conocido en pañales al 
niño Agustín Arturo. ¿Cómo se pretende arrebatarnos esta 
gloria que nos pertenece? ¿I cómo se atreverían a desoir la ver- 
dad, que es un punto importatísimo para la historia del hé- 
roe?... 

El que suscribe, en unión del notario público i del juez de 
letras de este departamento, fuimos comisionados por la gober- 
nación })ara colectar fondos con el objeto de contribuir al monu- 
mento Prat i a la renovación de su gloriosa Esjneralda. En 
nuestras dilijeucias por erogaciones, fuimos hallando la hi.r.iio- 
¡sa hebra que debia conducirnos al esclarecimiento de nuestra 
simpática figura histórica, i a descubrir el dédalo de su naci- 
miento. Hemos enviado propios a la parroquia de Ninhue i co- 
misionados honorables para rejistrar el archivo; i después de 
tantos añmes i de preocuparnos tanto, ¡oh felicidad! hemos en- 
contrado la anheladayí' de bautismo que nos regala un don celes- 
tial de gloria, la inefable dicha de ser nuestro suelo el primer 
albergue del gran marino de 1,879. 

¡Arturo Prat nació el 4 de abril de 1848 en San Agustín diQ 
la parroquia de Ninhue. Sí, señor, es hijo de Itata! 

Ya no resisto mas al objeto que me he propuesto: ahí va a 
continuación el documento autorizado que apoya mis asertos: es 
copia orijinal del rejistro eclesiástico que existe en poder del 
notario, mi cuñado, i autorizando la veracidad de la copia con 
su propia firma. 

Helo aquí: 

((Ninhue, 11 de junio de 1879. — El cura vicario de la parrí)- 
quia de Isinliue, departamento de Itata, provincia del Maide, 



XVI SriSOIJU^í; MAUITIMO?. 

ccrtílK^: ^ue a fi)j.as tres del libro en que se ;isientan las partidas 
efe Laut.isuio, que principia el año de mil üchocieutos cuarenta 
i niKíve, se halla la siguiente. 

«En iísta Iglesia Parroquial de Xuestra Sí:5íora del Ro- 
sario DE San AxTONit) de ZS'ivhue, a dos días del mes de mar- 
ro de mil ochocientos cuarenta i nueve, puse óleo i crisma 
i'bauticé solemnemente a Agustín Arturo, de once meses 

-HENOS dos días, HIJO LEJÍTIMO DE DON AgUSTIN PrAT I DE DOÑA 

María del Rosario Chacón, naturales de la hacienda de 
San Agustín de Puñual de este curato. Fueron padrinos 
DON Andrés Chacón i doña Josefa Chacón; de todo lo cual 
DOI F^. — J. Bartolomé Venegas.^ 

«Es copia fiel del libro i a foja a que me refiero. — José Igna- 
cio Lafuente, cura vicario.)") 

«Quirihue junio 15 de 1879. — Certifico que el presbítero don 
Josó Ignacio Lafuente, que suscriije la copia precedente, es el 
cura de la parroquia de Niuliue en el departamento de Itata. — 
José Ignacio León, notario i)úblico.i) 

Ahora bien, señor Vicuña Mackenna, Arturo Prat, nacido en 
este departamento el 4 de abril de 184S, murió valiente i deno- 
dadamente el 21 de Mayo de 1S79, a los 31 años 1 mes i 17 dias 
de edad, como se ve por la f¿ de bautismo que precede. 

No hai en ello interés particular de ninguna especie sino el 
esclarecimiento histórico que conviene a personajes tan culmi- 
nantes. Tampoco hablan aquí pasiones por la gloria, puesto que 
la verdad de los documentos públicos, escritos imparcialmente 
en una época remota, es veraz c incontrovertible. 

lío concluiré sin anotar un incidente que también ha llegado 
a ser histórico, aunque antes no tenia el interés que ahora ha 
adquirido: es el dicho celebre de la matrona que recibió, al na- 
cer, a este niño adorable, infante inocente que habia de ser la 
mayor gloria de la patria. 

— Este niño nació mudo, dice ella, parece que no conocía las 
lágrimas por que tal vez los valientes no lloran ni cuando aca- 
ban de nacer. 

Sabido es que todos los médicos-comadrones recomiendan dar 



I,AS DOS ICSMEllALDAS XVJI 

palmaclitns a los recien nacidos que no gritan, (siendo ese llanto 
el único ejercicio jimnástico que impulsa la circulauion, dai.do 
movimiento al tórax i promoviendo las importantes funciones 
de la respiración); pues eso missmo hizo la dicha matrona ka;.ta 
conseguir su ohjeto. Interrogada por la madre subre ese aparen- 
te absurdo, csclaraó con tono profético: 

— De esta manera, espero que sea sufrido i se haga un va- 
liente. 

Esta pitonisa aficionada se llama Juana Daza: calcule Ud. 
esta otra coincidencia en la presente guerra que hizo inmortal i 
valiente a nuestro compatriota Arturo. Ella existe todavía. 

El delirio de este pueblo es, en estos momentos, elevar a 
nuestro x\rturo una estatua en la plaza pública con las inscrip- 
ciones del caso sobre su nacimiento i su mil veces honrosa 
muerte comandando la Esmeralda. En estos dias no se ven por 
las calles mas que suplementos con la fé de bautismo de Prat, 
corrillos de entusiastas pidiendo el monumento para Itata, par- 
tes telegráficos preguntando la noticia o remitiendo este impor- 
tante dato, i suscriciones para esta gloria que nos pertenece. 

De estos últimos, mas de mil pesos se han reunido para remi- 
tirle al gobierno a beneficio de la guerra, i hasta hoi unos ciento 
cincuenta pesos para el monumento Prat i su Esmeralda; pero 
advierto a Ud. que esta última cuota tendremos que reservarla 
para erijir en nuestra plaza un monumento, una pirámide con- 
memorativa siquiera. 

Puede que desde Santiago nos manden un bronce de los que 
piensan distribuir en los diversos lugares públicos, o alo menos, 
un busto bien trabajado. Quedaríamos orgullosos de tan valioso 
obsequio. 

Desde luego, la municipalidad de Itata va a dar el nombre de 
Arturo Prat a la calle que conduce al camino que lleva a la ha- 
cienda de Sa}h Agustín, lugar donde vio la luz este grande hom- 
bre. 

Por ahora, no podemos hacer mas por este mimado de Chile 
i del estranjero; pues que nuestras campanas, nuestras bande- 
ras, nuestra población, i todos los de estos mundos, es dema- 

c 



XVIII EPISODIOS MAKITIIKJS. 

siado pequeño para solemnizar el sueño doradü de los bijos clií- 
lenos qne saben admirar i que saben sentir el santo amor de la 
])atria. — Su afectísimo servidor i amigo. 

Ernesto Turennc. 
Qulribue, junio 17 do 1879. 



CONTESTACIÓN. 

Señor Ernesto Turenne. 

Santiago, junio 23 de 1S79. 

Mi estimado amigo: ^Iq ha sido particularmente grato leer su 
patriótica carta, en que usted, a nombre del pueblo itatcño, tri- 
buta un verdadero i merecido culto de entusiasmo al inmortal 
Arturo Prat, hijo de Itata. 

I mi satisfacción no nace solo de la justa admiración que veo 
manifestar a sus compatriotas por el ilustre marino, sino del 
proposito de honrar su memoria con un monumento, por peque- 
ño que sea, erijido en la plaza pública de la capital del depar- 
tamento en que él viera la luz. 

Esa clase de manifestaciones hacen falta en Chile, donde es 
costumbi"e que todo lo absorban las grandes ciudades. I de aquí 
viene que los pueblos de provincia carecen casi por completo de 
esos estímulos permanentes que incitan constantemente a la 
gloría i hacen reverenciar sus ejemplos, efectos que causan en 
todas partes las estatuas de los grandes hombres; al paso que 
las localidades se privan del poderoso atractivo que tales mo- 
numentos ofrecen al viajero. 

¡Cuántas pequeñas ciudades i aun aldeas conozco yo en Euro- 
pa que no tienen mas embellecimiento que un trozo de bronce o 
de mármol, pero que, por lo mismo, son visitadas por todos los 
que aman la virtud o la gloria, i que de otra manera habrían 



I..V$ DOS ESMi£UALlJAí5 XIX 

liGího (le largo su caminol Asi, lie visto lu est;Uuri del Kleber 
en Estrasburgo, donde fué sirviente en vm rcstaurant, la de 
Montesquieu en Burdeos, la del poeta i peluquero pi'ovenzal 
Jasmiu en xVjen, la del tejedor de seda Jacfjuard en Lion, la de 
ILx'he en Versailles, la de Armaud Carrel en San Mande i la 
del gran soldaJo cuyo nombre Ud. lleva «el gran Turena», eu 
su ciudad natal de Sedan, asi como se custodia en el museo de 
los Inválidos de Paris, bajo una fanal, la bala de cañón que lo 
mató en Salsbach. 

Ko voi YO tan lejos que creyera lícito decir, por ejemplo, que 
la estatua de don Bernardo O'Higgins debiera existir en Chi- 
llan Viejo, ni la de Camilo Eniiquez en Valdivia, ni la del mis- 
mo Arturo Prat en Qniriliue. Pero los hijos de esas localidades 
harian un acto de justicia, de reparación i hasta de buen nego- 
cio, erijiendo a cada una de sus grandes memorias una pirámi- 
de, una columna, un pequeño obelisco, un busto de bronce si 
mas no fuera. Así se retempla i se engrandece el espíritu local 
en una esfera que no es lugareña sino universal, i así ios niños, 
desde la mas tierna edad, comienzan a formar concepto de qne 
ni los negocios, ni el dinero, ni la holganza, ni el fastuoso egoís- 
mo, son todo lo que hai que ambicionar en el tránsito corto de 
la vida. 

Me asocio por tanto a la digna actitud del pueblo itateño ma- 
nifestada por Ud. eu la carta que contesto, i si, gracias a esos 
nobles sentimientos puestos en acción, lograsen reunir Uds. un'- 
pequeña suma (dos mil pesos, por ejemplo,) seria suficiente pava- 
levantar en la plaza de Quirihue un monumento digno de rr; 
habitantes i del héroe. Con su aviso, yo cuidaría de remitirles > : 
diseño, i aprovechando los duplicados i los bajos relieves q;;^ 
habrán de hacéis 3 i que costarán muí poco, así como el mol:!:- 
del busto que trabaja el escultor Plaza, yo creo que se pct'^;". 
hacer algo bonito i hasta hermoso. La piedra para las gradivs, 
pedestal i columna deben ser precisamente del granito o traV.i'^ 
ta del Cuiquen; i si fuere posible de la misma hacienda de ;"::c!/ 
Agustín del Puñual, situada a su pi ■\ 

De todas suertes, si Uds. se resuelven, cuenten siempre con 



XX EPISODIOS marítimos. 

la buena voluntad de este viejo amigo que ha vivido ya cerca de 
medio siglo erijiendo memorias a todas las glorias de Chile, 

I espero todavia que la de Artuiio Pkat no ha de ser la úl- 
tima! 

Le saluda entretanto su afectMmo amigo 

B. Vicuña Mackenna. 



DOCUMENTO IsU]I, 5. 

(Esiracto). 

i 

HOJA DE SELIYICIOS DEL CAPITÁN DON AeTUKO PkAT. 

El capitán de corbeta don Arturo Prat, — Su edad, • su país 
Chile, su salud, sus servicios i circunstancias las que se espre- 
san: 

Afrostcf 28 de 1S58. — Cadete de la Escuela Militar, 2 años 10 
inescs 15 días. 

Julio 13 de 1361. — Guardia marina, sin examen, 3 años 8 
dias. 

Julio 21 de 1304. — Guardia marina examinado, 1 año 4 meses 
8 dias. 

Noviembre 29 de 1SG5. — Tenieut-e 2° de marina, 3 años O 
^ meses 10 dias. 

Setiembre 9 de 1869. — -Teniente 1." de marina, 3 años 4 me- 
ses 3 dias. 

Febrero 12 de 1379. — Capitán de corbeta gi-aduado, 1 año 7 
meses. 

Setiembre 12 de 1874. — Capitán de corbeta efectivo, 2 años 3 
meses 18 dias. 

Diciembre 31 de 1876. 

Total hasta el 31 de diciembre de 1S76, 18 años 3 meses 2 
dia.s. 

Buques en que ha servido: 

Vanoi IndepeíidenciUy don Nicolás Saavedra* 



LAS DOS ES?.ÍEUAI.DAS XXI 

CorLeta Esjneralila, dou José A. Goñi i don Juan William» 
Rebolledo. 

Pontón C/rilc, don Martin Aguayo. 
Vapor Covadonga, don Manuel T. Thovnson. 
Pontón Thalaha, don Manuel 2." Escala. 
Vapor Ancud, don Julio A. Lynch. 
Corbet:i 0^ lliggíns, don José A. Goñi. 
Vapor Arauco, don Santiag'o Iludson. 
Corbeta Esmeralda, don Luis A. Lynch. 

CAMPAÑAS I ACCIONES DE CUEREA EN QUE SE HA EALLADO. 

El 26 de noviembre de 1865, por informe del vapor de la cn- 
rrera avistado en la mañana, tuvieron conocimiento de la salida 
de la goleta de S. M. C. Covadonga del puerto de Coquimbo con 
destino al de Valparaíso. En efecto, a las 9 A. M. fué avista- 
do, i maniobrando en consecuencia, a las 10 A. M. se principió 
el combate que dio por resultado su captura i completa rendi- 
ción de su oficialidad i tripulación. 

El 7 de febrero de 1800 se encontró en el conil)ate de Abtar>, 
que tjrmiuó con la retirada de la fuerza española en los cana,les. 



DOCUMENTO NUM. G. 

PAETE OFICIAL DEL ENCUENTRO DE LA MAGALLANES CON LOS 
BUQUES PERUANOS. 

Comandancia de la corbeta «magallanest». 

Tquique, abril 12 de 1879. 

Cumjjlieudo con instrucciones del jefe del convoi de que for- 
maba parte hasta el momento de mi salida de Antoíagasta, 
dejé este puerto anoche a las 9. 30 P. M. 

Mi viaje no tuvo novedad hasta la mañana de hoi que, reca- 
lando sobre tierra para ir en demanda de la rada de Huaaiilos, 



XXII EPISODIOS MAKITIiinS. 

fui avisado a las 10. 30 A. M. de la •f)resencia de dos vaporea 
(.|ue cruzaban al Sur de la deáombocadara del rio Loa. ^Lmieii- 
toi dispues se reconocía que los citados buques eran las corbe- 
tas peruanas Union i Pilcomajo, que se dii-ijian sobre nosotros. 
Fiando sin duda en la potencia de sus máquinas, no avanzaron 
c.tn la rapidez necesaria para empeñar un combate a corta dis- 
tancia, prefiriendo sin duda cañonearnos, haciéndonos fnegos per- 
pendiculares desde lejos. Esta lentitud en sus movimientos nos 
permitió avanzar ventajosamente, obligándolos ademas a em- 
prender en seguida el de caza. A las 11. 50 A. M. habiéndonos en- 
trado hasta quedar a una distancia de 3,500 metros, se puso de 
través la Pilcomayo rompiendo sus fuegos de enfilada sobre la 
Majallanes. Apesar de la larga distancia, los disparos de aquel 
buque fueron mui buenos, llegando el segundo que liizo a tocar el 
agua a seis metros de la hélice da babor, para rebotar en segui- 
da sobre el mismo costado levantando astillazos en una esten- 
sion de 80 centímetros. Prosiguió después su movimiento de ca- 
za disparándonos siempre de enfilada con sus cañones de proa. 

La Union entre tanto, que se nos habi.i acercado hasta una 
distancia de 2,300 metros, rompió los fuegos de su bateria de 
babor, i si bien al comenzar el cañoneo sus disparos fueron bue- 
nos, inundándonos los alrededores del buque con los cascos de 
sus granadas, poco a poco sus tiros dejaron mucho que desear 
por lo cortos que caían, aunque siempre las direcciones fueran 
mui buenas. 

Por mi parte, a fin de no perder lo ventajoso de nuestra posi- 
ción, no contesté absolutamente los fuegos de la Pilcomayo 
pero si con el cañón de popa, a las 12 h. 10 m. P. jL, a los de 
la Union^ i en seguida variando de un modo conveniente la di- 
rección de la proa, con los cañones colisas del centro. Apercibida 
la Corbeta de nuestros di.sparos, se atravesó un poco con direc- 
ción a tierra, suspendiendo a la vez por un momento sus fuegos 
para volver a romperlos de nuevo aunque ya mas lentamente. 
Nuestras punterías que al comienzo no brillaron por su exacti- 
tud, debido a lo especial de nuestra posición, se fueron haciendo 
mas certeras a medida que la yrj-iacion de nuestra proa nos 



I-AS DOS Kí^MEUAhlUS XXilI 

pennitia aprovechar el ninjor blanco que entonces nos presen 
taba el casco de la Union. Debido a esto, las iiltimas fueron mui 
buenas, al estremo que a las 12 h. T).") ni. do3 granadas de nues- 
tras colisas alcanzando el blanco, es mui pasible que hayan re- 
ventado dentro del buque causándoles serias averias, por coin- 
cidir con este hecho el de apercibirnos de un gran escape de 
vapor por su chiminea, a la vez que separarse rápidamente del 
combate optando, ijara reunirse a la Pí¡coma¡/o, por el camino 
mas largo, a fin de interponer de esta manera entre él i la Ma- 
gallanes un poco de mayor distancia. * 

líeunidos de nuevo los enemigos, prosiguieron su movimiento 
de avance desistiendo sin embargo, momentos después, que pu- 
sieron proa a tierra dirijiéndose a ílnanillos. Por nuestra parto 
se prosiguió con rumbo a este puerto. 

Durante la hora larga que duró el cañoneo a que hago refe- 
rencia, se gastaron por este buque los proyectiles siguientes: 



2 manadas dobles de lio ] 77, i , , 

2 y> comunesdello | Espoletas de percusión 

19 » » » 04? Espoletas de percusión. 

11 » » » 20 "( -., T 

8 » de segmento de 20 | ^'^' ^le concresion. 

El enemigo, a juzgar por el número de sus cañones, no ha po- 
dido gastar menos del triple de la cantidad empleada por noso- 
tros. 

La máxima distancia a que se disparó fué de 4,300 metros i 
la mínima de 2, 300. 

Debo todavía hacer presente a U. S. que las necesidades del 
momento, me obligaron, en estas circunstancias, a sacrificar 
nuestra lancha de vapor. 

^Suspendida como se hallaba sobre la boca del cañón de 115, 
era natural que los disparos de la pieza la afectase grandemen- 
te, como en efecto asi sucedía tan pronto como se rompió el 

fuCTO. 

Al primer cañonazo saltó su tablazón de proa, al segundo la 
roda i demás ligazones delanteras, i previendo que al tercero se 
cayera del todo al agua, ordené que se anticipara el momento de 



XXIV El'IS.IDIOá M.VUITIM )?. 

Sil pérdida, picando al efecto su.s tiras que la reterian en los pes- 
cautos. 

Después de la csposieion que dejo lieclia, escusado ca=5Í me 
parece agregar a U. S. que no hemos tenido que lamentar la me- 
nor desgracia personal, ni esperimentando otra averia en casco i 
a,rbola,dura aparte de la muí insignificante que cito en otra 
jiarte. 

Al concluir, señor Almirante, réstame cumplir con un grato 
deber, recomendando a la consideración de U.,S. al cuerpo de 
oficiales del buque de mi mando, que en el dia de lioi han cum- 
plido dignamente con su deber. Igual recomendación me permi- 
to hacer a TJ. S. de la tripulación i guarnición de la MajaUanes, 
cavo entusiasmo i decisión en estas circunstancias me han deja- 
do asimismo plenamente satisfecho. 

Dios guarde a U. S. 

J, J. Latokre. 



DOCUMENTO NUM. 



/. 



OBSEQUIO AL COMANDANTE DE LA «MAGALLANES^ DON J, J. 
LATORRE; POR EL COMBATE DEL LOA. 

Un precioso obsequio se ha hecho en el nombre de Santiago 
al ilustre comandante de la Magallanes: varios caballeros le 
remitirán por el próximo vapor un cronómetro de orO; elegante 
trabajo de precisión i de gusto. 

Lo vendieron los señores Herz i C.^ a un precio escesivameu- 
te barato, atendiendo al noble objeto a que ee le destinaba. La 
hermosa inscripción que tiene en la tapa inferior es trabajo del 
grabador 3L Depaut. Dice así: 



LAS DOS EyilEKAl.UAS XXV 

A J. J. LATOUKE 

COMANDANTE DE DA CASoNEKA «MAt: ALLANES» 

KN r.L COMBATE DEL LOA 

AliíUL 12 DE 1879.— 12 M. 

El señor Vicnüa Mackenna envió el obsequio junto con la 

hermosa carta que damos a continuación: 

» 

Santiago, ahril 22 de 18 79. 
Mi querido comandante: 

Cuándo hace cahalmcnte un mes tuve el gusto de dar a Ud. 
mi abrazo de despedida en Viña del Mar, le dije con sincera 
efusión que Chile tenia confiados sus destinos a los cañones de 
su escuadra i a los valerosos brazos encargados de su custodia i 
set'vicro, añadiendo que, por tanto, esperaba que si a Ud. cabía 
la suerte del priiuer combate, Ud. estarla a la altura de las es- 
peranzas de la patria en peligro. 

Por iinica respuesta''me dijo Ud., con la modestia austera de 
su noble profesión, que sabria cumplir con su deber como mari- 
no de Chile. 

El cielo ha querido que la prueba haya venido pronto, i que 
en ella haya Ud. dado a su patria un verdadero dia de gloria, 
batiéndose impávido i sereno contra dos buques poderosos, que 
hablan tendido a su pequeña pero valerosa nave, una verdadera 
i peligrosísima celada de mar. 

Ud. i sus valientes compañeros han probado que la sorpresa 
no vale como un ardid de guerra contra marinos chilenos; i al 
batirse i poner en fuga a dos barcos superiores en tripulación, 
en artillería, en marcha i mandados por un jefe peruano de re- 
nombre, han consumado una verdadera hazaña, digna de los 
anales? de la República. 

Marinos que untes de romper el fuego clavan su bandera i 
alistan las válvulas de inmersión para irse a pique, antes que 
entregarse al enemigo, son a la verdad dignos hijos de aquellos 
bravos que Lord Cochrane proclamó— «iguales a los primeros 

d 



IXVI i;i';>i a>ioá m.u:iti.M')S. 

marinos del mündoi>, — cuando cu l:i noche del 5 de diciembre 
de 3 S20 se adueñó, dentro de la rada del Callao, defendida por 
doscientas bocas de fuego, de la fragata Esmeralda, de 40 caño- 
nea. 

Unánimes i entusiastas son los elojios tributados por la pren- 
sa i la opinión pública a los tripulantes de la Magallanes, de 
capitán a paje. 

Para mientras llega la hora en que los directores de la guerra 
ofrezcan a los que hayan merecido el galardón que la ordenan- 
za i el patriotismo les señala, dígnese Ud. aceptar, en nombre 
de irnos pocos de sus amigos, el cronómetro de bolsillo que será 
enviado aUd., junto con esta carta, por el señor comandante je- 
neral de marina de Valparaiso. 

Me permito asimismo rogar a Ud. ponga en manos de su dig- 
no segundo, el señor Molina, el reloj de viaje que va en un es- 
tuche por separado; i como la suscricion que ha costeado estos 
objetos, i que he recojido hoi en unos pocos minutos, en el canji- 
no de má quinta del Camino de Cintura al centro de la ciudad, 
ha dejado un sobrante de veinte i cinco pesos, me permito in- 
cluirle esta pequeña suma en cinco billetes que Uá. se servirá 
distribuir á los artilleros que, a su juicio, h<iyan hecho mejores 
punterías de combate en el encuentro. 

Rogando a Ud. escuse la pequenez de esta manifestación im- 
provisada, i esperando que Ud. i sus bravos camaradas de la 
Escuadra reservarán todavía al pais dias de justo orgullo nacio- 
nal, me suscribo su afectísimo ami^o. 

B. YicuÑA Mackenna. 
Al señor don Juan José Latorre. 

He aquí la lista de los caballeros que han contribuido para 
la comjiia del cronómetro: 

TJaxiiEiauo Ernízuriz 10 pesos. — Horacio Manterola 10 id. — Lauro Ba- 
rros 10 id. — Teodoro Sancliez 10 id. — Francisco Subercaseaux V. 10 id.— 
Pedro N. Maicoleta 10 id. — Pedro García de la Huerta 5 id. — Luis Perei- 



LAS nos ESJIKIlALDAá XXYII 

ra 10 id. — Joiquin Díaz B. 5 id.— Juan Miguel Dávila 5 id.— Guillermo 
Mackenua 10 id— Santiago Mundt 10 id — Pedro Fclix Errázuriz 5 id. — 
Ramón Sicario Rosas 10 id — Samon Subercasoaux 10 id. — Carlos Rogers 
1 iJ id — Garlos Lira 10 id. — Enrique Swinburn 5 id. — Zenon Vicuña 5 id — 
Miguel Morel 10 id. — Arturo Claro 5 id. — V.icente Dávila 5 id. — Luis 
Heiz 10 id. — Rafael Sanfuentes 10 id. — Macario Vial 10 id.— Juan Aga- 
pito do la Barra 10 id — B. Vicuüa Maclíeuua 10 id — Total :'3j pcs'j^a. 



COKTESTACIONES. 
CORRETA «.MAfíAM.ANrS». 



Iqiiiquc, mayo 5 de 187Í). 
Sefior B. Vicuña Iiíackenna. 



Señor: 



JüíiLO coa su benévola carta de focha 22 del mes pasado, han 
l]e,2:ado a mi poder las joyas i el dinero que Ud. i algunos hono- 
rables caballeros do Santiago, han tenido \-& bondad de dedicar 
al que suscribe, al teniente I." señor Cenobio Molina, oficial do 
detall de la (LMagallane&i>, i a los cabos de cañón de la misma, 
con motivo del acontecimiento verificado el dia 12 de abril úl- 
thud, por frente a la desembocadura del rio Loa. 

El encargo para el señor Molina i los cabos de cañón queda 
cumplido, i uuos i otros agradecen como se debe la distinción de 
que han sido objeto. 

Por mi parte qr.edo asimismo profundamente agradecido a Ud. 
i demás caballeros por la señalada muestra de consideración 
con que me ha hom-ado i todavía a Ud. señor, por los benévolo.^ 
conceptos que le merece nuestra pequeña marina, ufana hoi por 
las esperanzas que en ella cifra el país, i alas que procurará, cu 
todas circunstancias, corresponder dignamente. 

Dígnese, señor, aceptar las particulares consideraciones con 
que se suscribe de Ud. muí atento S. S. 

J. J. Latoriie. 



XXVIII EPISODIOS MAIIITIMOS. 

C-'RHEr.V KM A(¡ ALLANE^». 



Iquique^ mayo o de 1S70. 

Señor B. Vicuña Mackenna. 
Santiago. 



Señor: 



Por conducto del señor comandante Latorre he tañido el ho- 
nor de recibir el obsequio que^ a su nombre i en el de varios ca- 
balleros de Santiago, se lian servido hacerme con motivo de la 
conducta observada por el que suscribe en el combate habido 
entre este buque i las corbetas peruanas (íUnlonD i <(.Pílcomayo^ 
frente al Loa el 12 del próximo pasado. 

Este obsequio, tan jeueroso como espontáneo, es para mi tan- 
to mas valioso cuanto qne él nace de personas tan distinguidas 
como Üd. que, con recto juicio i sano criterio, pueden apreciar 
aun en sus menores detalles, los hechos qiie han motivado esa 
manifestación, hechos que para nosotroá no son mas que el deber 
que como chilenos estamos obligados a cumplir con nuestra pa- 
tria en la hora del peligro i del sacrificio. 

Esa manifestación será también, para mí i mis compañeros, 
im poderoso estímulo que nos guiará al cumplimiento del deber 
i del honor, por cuanto ella significa, que nuestros esfuerzos son 
debidamente apreciados por nuestros compatriotas. 

Acepte Ud. señor, i demás caballeros obsequiantes la seguri- 
dad de mi aprecio i consideración con que me suscribo de Uds. 
A.'iS. S. 

Cenobio A. Molina. 



I.AS DOS KSMERALDAS XXIX 



DOCUMENTO MI. 8. 



PARTE OFICIAL DE LOS COMANDANTES DE LA DIVISIÓN PF.Rl'ANA 
SOBKE EL COMBATE DEL LOA. 



\ 

PARTE l'EL COMAÍJDANTK JENEUAL DE LA DIVISIÓN El. CAPITÁN DE 
NAVIO DON AURELIO GAKCIA I GAHCIA. 



COMANDANCIA DE LA DIVISIÓN NAVAL EN COMISIÓN ESPECIAL. — 
A BORDO DE LA CORBETA «UNION». ' 

Altura del Loa, a 12 de abril de 1S79. 

Bonemírit.o señor jeneral mini.stro do estado en el despadio 
de Guerra i Marina. 

Cumpliendo con las instrucciones que recibí de S. E. el pre- 
sidente para cruzar la línea de comuaicaciou de la escuadra clii- 
Icna, tengo el honor de poner en su conocimiento por el digno 
órgano de U. S. que después de liaber recalado con la división 
de mi mando al estremo sur de nuestro litoral, toqué en Hua- 
nillos en la mañana dehoi por breves momentos^ a fia de reci- 
bir las últimas noticias, i zarpando inmediatamente de allí con 
dirección al sur, para reconocer esa costa, trascurridas dos horas, 
a las 9 h. 30 minutos A. M., estando frente a la quebrada de Iqui- 
na, se avistó por el oeste-sud-oeste el humo de un vapor. Ordené 
al instante que navegáramos en su demanda, i resaltó ser la 
corbeta chilena aMagaUanesD que viajaba al norte, la que al 
reconocernos desvió su rumbo al Oeste, enmendándolo mas tar- 
de hacia el norte. 

Emprendida su caza en son de combate, afiancé a las 11 h, A. 
M. la bandera con un tiro en blanco, sin recibir contestación del 



XXX KPISODIOí: .M.Vi'.ITIMOS. 

buque perseguido. r>Iedia hora después hallándose a tiro, ordené 
a la <iPilco7naí/oi> romper sus fuegos con sus miras de proa i u la 
ciUniju'» caer uu poco sobre estribor, rompiendo también los su- 
yos con la batería de babor. Corridos algunos minutos, nuestros 
fuegos fueron contestados vivamente por la aMicgalianesy) cuyos 
];)royectiles pasaban sobre nuestra arboladura o reventaban casi 
al costa-lo sin tocarnos, siendo en jcneral bien dirijidos. 

La rapidez da nuestra marcha no pudo ser sostenida por la 
^Pílcomayo^ que sucesivamente fué atrasándose hasta quedar 
como 5 millas al sur, pero el combate continuó en la « Union'» 
lia?ta cerca de las 2 h. P. M., momento en que el enemigo reci- 
biendo los últimos disparos, cuyo efecto no hemos podido apre- 
ciar, i con un andar superior que gradualmente habia aumenta- 
tado, 1 gró ponerse fuera de alcanse de nuestras piezas huyendo 
hacia el norte, rumbo en que le siguió la división hasta encon- 
trarnos a cinco horas del puerto do Iquique, adonde el enemigo 
se dirijia indudablemente en solicitud de la escuadra chilena allí 
ñ;ndeada. 

Al dar cuenta de este hecho de armas me complazco en comu- 
nicar que todas mi órdenes fueron cumplidas con la mayor pre- 
cisiou i prontitud por los comandantes capitán de navio don 
Nicolás Portal de la aJjmon'» i capitán de fragata don Antonio 
Guerra de la <iPilcomayoy>, i que en él los jefes, empleados de 
estado mayor, oficiak^s, voluntarios en la columna Constitución 
del Cpillao i. tripulantes de ambos buques, han observado todos 
una actitud tan entusiasta i decidida que no permite hacer dis- 
tinciones especiales. Por lo mismo, me limito a adjuntar a U. S. 
las respectivas listas de presentes en este combato, en que nos 
ha cabido la honra de iniciar la lucha a que tan iujusta i sorpre- 
sivamente lia sido provocada la República. 

Dios guarde a Ü. S. 

AuKí;:;-' CARr-lA l fr.M^CIA. 



LAS 1)0$ ESMKUAl.DAS XXXI 



II. 



PARTE DEL COilANDANTS Dü LA CORliKTA «U.VIOX» CAPITÁN DK XAVÍO 
DON NICOLÁS F. PoKTAL. 



SEÑOR COMAKDAKTE KN JEYK DE LA DTvrsiON NAVAL DE 
OPERACIONES. 



Un la mar, a \'l de abril de 1879. 



C. G. 



Tengo el honor ele poner en conocimiento de U. S. que en la 
waüana de hoi, principiando a recorrer la costa al sur del rio 
Loa, después de haber reconocido un bote que conduela enii- 
<í;rantes de fluanillos a Tocojnlla, se avistó a las 9 h. 30 m, A. 
TI. Tin humo por el O. Fi. O. Inmediatamente, por orden de U. S. 
<;obernamos en demanda de di para reconocerlo, ordenando a la 
(.iPihomayoD acortara la distancia de buque a buque; resultó ser 
la corbeta chilena cíMag allanes)'), que al apercibirnos enmendó 
su rumbo al O. con la marcada intención de huir de nuestro en- 
cuentro. 

Con el objeto de cortar su designio se dio raa3"or fuerza a la 
máquina i principiamos a darle caza. A las 11 h. 15 m. A. M. 
habíamos logrado sacarle alguna ventaja, se mandó izar el pa- 
bellón i la insignia, afianzándolos con un tiro en blanco. En este 
momento ü. S. bajó del puente i arengó a la tripulación, siendo 
contestadas sus palabras con entusiastas vivas al Perú i a la 
marina nacional. 

Como el vapor no contestara, ni este buque pudiera romper 
los fuegos, por tener la proa eníilada a un costado i carecer de 
cazadores, se ordenó a la (íPilcomayo^:> que lo hiciera, sin que el 
buque perseguido izara por esto su ])abüHon. 

Minutos después recibí la orden de abrir los fuegos, i para 
ello tuve que separarme de la línea de caza i presentarle el co&- 



X7vXII EPISODIOS marítimos. 

indo de baljir. De cuatro a seis tiros disparó este buque antes 
f|ue el enemigo izara su pabellón, pero cerró un poco su rumbo, 
gobernando mas hacia el norte i mas tarde rompió sus fuegos 
por estribor. 

No pudiendo seguir la caza de proa per la carencia ya men- 
cionada de cañones cazadores, continuamos el fuego por babor. 
Media hora después de nuestros disparos noté que el colisa de 
proa del enemigo cesó por completo, sin embargo de tener siem- 
pre nuestro costado en su línea de puntería; esta circunstancia 
me hace sospechar que sufrió allí alguna averia. A esta misma 
hora se rompió el eje delantero del cañón N. 6 quedando inuti- 
lizado por el momento. 

A la 1 h. 40 P. M. se habia alargado tan considerablemeüte 
la distancia entre ambos buques que nuestras bombas no alcanza- 
ban con una elevación de mas de 3, 500 metros, por lo cual se- 
guramente el enemigo también paralizó sus fuegos; sus tiros 
fueron en jen«í ral bien diriji.ios, pero mal elejido el momenfc) 
del disparo: o no llegaban a nuestro costado o pasaban por alto. 
Esta es la causa que no hayamos sufrido la mas insignificante 
averia. Nuestros disparos ascendieron a 148 tiros. 

Desdo el principio de la caza la circunstancia de navegar al 
oeste, de no izar su pabellón nf contestar nuestros fuegos, ma- 
nifestaban su deseo de no comprometer combate, empeño que 
consiguió en parte aumentando su andar i obligándonos a des- 
viar nuestro rumbo para presentarle el costado. 

La caza siguió hasta las 2 P. M. i hasta la altura aproximada 
de Pabellón de Pica, en que virando por el norte disparamos 
nuestro último tiro con la batería de estribor. 

Los jefes i oficiales del estado mayor i de la dotación, lo mis- 
mo que los marineros i soldados se han conducido con serenidad 
i decisión; i solo han manifestado el seutimiento de no haber 
trabado uu combate mas empeñoso en servicio del pais. 

Dios guarde a ü. S. 

Nicolás F. Portal. 



LA.< l;os i;.-MElULI)AS XXXIH 



in. 



PaUTK l)F.h COMANDANTE DE LA &1M LOi! A Vo * I) >X 
ANTONIO C. DE L.V GUliKUA. 

SEÑOR CAPITÁN DE KAVÍO, COMAXDANTl'", 
JENERAL DE LA DIVISIÓN DE OPERACIONES EN EL SUR. 

CORBETA DE GUERRA (TPILCOMAYO.)) 
S. C. J. 

Dando cumplimiento a las prescripciones de ordenanza, paso 
a esponer a ü. S. los acontecimientos que durante la mañana 
del 12 del que cursa, tuvieron lu^^ar en esta cañonera al avis- 
tarse un buque de la escuadra de la rej)úl)lica de Olnle, en laS 
inmediaciones del límite de nuestro litoral con el vecino estado 
de Bul i vi a. 

Habiendo zarpado de la caleta de Iluauillos, })uuto de nues- 
tra recalada, i donde habíamos permanecido próximiman'e me- 
dia hora sobre la mávquiua, mientras c{ue la capitana comuuxa- 
l.'a con algunas embarcaciones del puerto mencionado, seguimos 
con rumbo al sur, las ac'uas déla corbeta (lUhÍoui) naveo-ando 
sobre su aleta de babor a dos cables próximamente de distancia, 
según órdenes comunicadas por señales, cuando se nos ordenó 
reconocer la costa sin perder de vista a la capitana, i en cumpli- 
miento reconocimos a poco mas de na cable, la parte del litoral 
comprendida entre la punta mencionada i la de Arenas. 

En esta situación i mientras la capitana reconocía una embar- 
cación menor a la vela que navegaba cerca de la punta de sire- 
na, se avistó a 10 millas })rósimamente de distancia., nn buque 
a vapor que poco después se recónocia ser de guerra i llevar 
calados sus masteleras mayor i de masana. 

Después de interpretar alguna frase entusiasta que la coman- 
dancia jeneral diríje por señales a las dotaciones de la división; 
i a la orden de prepararse para el combate, los pusimos a toda 

e 



XXXIV EPISODIOS MAIIITIMOS. 

fuerza de máquina en reconocimiento de la nave mencionada la 
que a su vez trataba de alijerarse, con notable velocidad. La 
Capitana afianzó el pabellón nacional con un tiro de caüou a 
pólvora; i poco después nos mandaba hacer fuego contra el ene- 
migo con nuestras colisas de caza atacándola por la popa. Mo- 
mentos después enarboló la nave perseguida el pabellón de la 
república de Chile sin variar la velocidad de su huida. 

Aprovechando toda oportunidad i navegando once millas, 
máximun de andar de esta cañonera, hicimos repetidas veces 
certeros tiros con la artillería, dando a las piezas toda la obli- 
cuidad posible hacia proa, i el mayor alcance de sus punterías: 
4,000 yardas: la capitana hacia un vivo fuego con su artillería. 
El que a su vez nos dirijió la corbeta enemiga, no tuvo resulta- 
do alguno; pues bien la distancia que nos separaba o mas pro- 
bablemente la falta de artillería hacia popa de la nave mencio- 
hada la imposibilitaban en la situación en que so hallaba para 
ofendernos. 

A las 2 P. M. la corbeta enemiga se encontraba fuera de tiro, 
i en consecuencia suspendimos nuestros disparos. Cumpliendo 
órdenes comunídas por señales, se mandó un oficial a bordo de 
la «.U/íio/i^ en demanda de instrucciones. 

>7o terminaré señor comandante jeneral, esta esposicion, sin 
hacer constar el entusiasmo que animaba a la novel tripulación 
de esta cañonera, i que el único sentimiento que se notaba era 
el no encontrar en el enemigo*bna ocasión propicia para poner a 
prueba el patriotismo de que está poseída. 

S. C. J. 

AXTONIO C. DE LA GUEKEÁ. 



LAS ñus EíjJilCUAI.DA* XXXV 



DOCUMENTO NÜM. 9. 

ESTUDIO COMPARATIVO SOBRE LAS ESCUADRAS DE CHILK 

I DEL PÜEtJ, PUBLICADO POR EL AUTOR EN «LA PATRIA» DK 

VAPARAISO EL 17 DE MARZO DS 1879. 

(al CONTRA-ALMIKANTE WILLIAMS REBOLLEDO.) 

Ko pertenecemos a la escuela de los belicosos. Pero pertene- 
cemos a la escuela de los que aceptan la guerra con todas sus 
consecuencias (sin esceptuar una sola), cuando la guerra se haca 
cuestión de honra o de seguridad para la patria. 

Por esto mismo no pertenecemos a las filas de los alarmistas 
i n~:éiios a las mas numerosas de los alarmado?. 

Nos gusta ver sencillamente las cosas como son, sin mas ni 
menos, tranquilamente, varonilmente, sin mirar atrás ni a Ivs 
lados, sino de frente i derecho. 



Nos gusta ver ante todo la verdad, i creemos que lo único que 
hai útil i aprovechable para el pais, para el jefe como para el 
soldado, es esa verdad. Los países que hoi pretenden jugar a laá 
escondidas con sus recursos militares se ponen simplemente en 
ridículo, así como los que exajeran i disminuyen las fuerzas del 
enemigo, estravian el criterio del pueblo i de sus conductores i 
lo esponen a un triste fracaso. 

Ayer, nada mjnos, hemos visto en un respetable diario d3 
Santiago una larga lista de los buques que se atribuye a la es- 
cuadra peruana, i que se publica (enviada de Valparaíso) con la 
mejor intención del mundo, pero cuya enunciación puede inducir 
a los mas funestos errores. Algunos de esos buques son com- 
pletamente imajinarios i otrcs, convei'tidos hoi en inmóviles pon- 



XXXTI EPtáODIOá MARITIM ).J. 

toQe?, aparecen como blindaclos capaces de present:ir?e en línea 
de batalla. 



Pa a desvanecer tolo error de concepto, vamos a publicar eu 
Fe2"aida un e:índío, o mas bien, ua parangón breve pero completo, 
i culire t<xlo auténtico, de las fuerzas navales de los dos países 
marítimos del Pacífico, que hoi están en mala hora raostráadose 
L s punes. Ese parangón ha sido tomadlo de datos oficiales de re- 
ciente data, i pjr conáigaieute respondc.nos de su exactitud. 



Una observación previa antes de entrar en materia. 

Hemos dicho que no pertenecíamos a la escuela de los beli- 
cosos, i precisamente publicamos este artículo en obsequio de la 
paz. 

Queremos que los chilenos, como los peruanos, sepan lo que 
van a hacer antes de arrimar el lanza-fuego al estopín; i esta- 
mos persuadidos que una recapitulación verídica de las fuerzas 
de quB cada combatiente va a disponer, hará en uno i en otro 
pais, en uno i otro gobierno, mejor efecto que un protocolo de 
acomodo o una embajada de mediación. 



Agregaremos todavía para caracterizar mejor nuestro propó- 
sito, otra consideración de actualidad, i es la de que, a nuestra 
juicio, el Perlino tiene razón de vida, ni de seguridad territorial, 
ni derecho político, ni causa alguna internacional para interve- 
nir en una cuestión de límites i de estremidades qne es esclusi- 
vamente doméstica i de pared medianera entre Chile, i Bolivia. 

I esa sinrazón de la intervención i aun de la mediación (que es 
muchas veces solo una forma simulada de la intervención) se 
ap"íya no menos en la historia que en el derecho de jentes. 

Porque el Perú desde que tnvo vi la inJependiento ha invadi- 
do cuatro veces a sus limítrofes, sin que Chile haya dicho \\Xi\ 
sola palabra de agresión ni siquiera de consejo. 

El Perú ha invadido dos veces al Ecuador. 



LAS DOS E.SJlEIlALnAS XXXVI í 

En. 1828 cnn La Mar (cuinpaña i batalla de Tarqui^ en terri- 
torio ecuatoriano.) * 

Eli 18G0 con Castilla (campamento de T^íapasingue i asedio 
de Guayarjuil, eii territorio ecuatoriano.) 

El Perú invadió también dos veces a Bolivia. 

En 1841 con Gamarra (campaña i batalla de Ingaví en terri- 
torio boliviano.) 

En 1857 con Castilla (ocupación militar de* Cobija, territorio 
i ciudad boliviana.-) 



Podria aun decirse 'en un sentido jeneral que el Perú está 
interviniendo perpetuameiite en los asuntos de Bolivia: comer- 
cialmeute, por el tránsito forzado de Arica i Tacna, i políticamen- 
te porque Puno no es sino el cuartel jeneral de todos los descoii- 
tentüs bolivianos, fomentados a veces por el Perú, internados 
otras, por el Perú también. 

I en todo eso Chile no lia tomado jamas ni tenia por qué to- 
mar cartas: cuestión doméstica contra el Perú i Bolivia, por 
consiguiente cuestión vedada para nosotros. 



Con esta lijera esplicacion del espíritu que ncs anima al com- 
parar las fuerzas de mar (únicas llamadas por ahora a entrar 
en juego) del Perú i de Chile, i salva la puerilidad del secreto 
en estos asuntos que son públicos i constan de publicaciones 
corrientes en una i otra república, vamos a presentar en un 
resumen compresivo las fuerzas navales de los dos países en un 
cuadro jeneral que hará sencillas las esplicaciones i compara- 
ciones a que una i otra se prestan. Hé aquí ese cuadro: 



ixxYiri 



EPISODIOS MAUlTlMOi 



ESCUADRA CMiLEWA. 



ESCUADPvA PERUANA. 



BLINDADOS. 



Cnciu? Alí E, () cañones de TOO 

BlanCO Encalada. G iJ. id. 



IxDErENDENCiA, 14 caüones 2 de 1.''.0 
i 12 de 70. 

Moíiuores 

ritTA.=;cAR, 2 de .'.00 

Ataucalpa 2 do .")00 

Manco Capac, 2 do¿UO 



CORBETAS. 



Chacabuco, o de i;)0, 70 i 40 

O'HuiGiNP, 9 de l.-.O, 7C i 40 

ESMERA].ÜA 12 de -iO 



U.NioN 12 de 70. 



CAXOXEHAS. 



Magallanes, 
covado.nga,.. 



.... 4 de 115. 70 i 40 ¡ Pilcomayo, 
.... 2 id. de 7u 



.2 de 70, 4 de 40 



TRASPORTES. 



TCLTEN. 



Chalaco. 

filMEÑA. 

Mairo. 
Talls.man. 



PONTONES. 



Ya LD I VI A. 
TlIALADA. 



Apurimac. 

Loa. 

Tüiir.Ei?. 

rACHITKA. 



Resumen de la esrna'Jra cidlena. 



Ecsúmen de la escuadra peruana 



2 Blindados con cañones 12 I 4 Blindados 20 

."5 Corbetas con id oO \ 1 Corbeta 12 

2 Cafioueras con id 6 1 Caüouei-a G 

Total 43 Total 33 

2 Trasportes 4 Traspo: tsa. 

2 Pontones 4 Pontones. 



LAS DOS ESMt;!iAl.l>AS XXXIX 

La primera ohscvvacisn que salta al ojo en el cuadro prece- 
dente es la superioridad de la escuadra peruana en barcos bliu- 
dadoR, por que consta de su n ornen claturu que posee cuatro bu- 
quei' de esa eapeoie con veinte cañones, al paso que Chile no dis- 
pone sino de dos con doce cañones. 

Pero la superioridad del material peruano 63 solo aparente 
par varias circunsíaucias que pasamos a tomar en consideración. 

Desde luego la fragata Independencia, que ha sido la almi- 
ranta i orgullo de nuestros vecinos, aunque escelente buque i 
construido con especial cuidado bajo la vijilancia del mejor oñ- 
cial científico del Perú (el capitán Aurelio Gareia) cuenta ya 
14 años de vida, i sus cañones de mayor calibre son solo de 150 
(como las colisas de cubierta de nuestras corbetas), al paso que 
su blindaje es apenas de cuatro pulgadas. Su casco es ademas 
de fierro, i aunque está dividido en tres compartimentos lonji- 
tudinales a prueba de agua, sabido es que la perforación del 
casco debajo de la línea de notación es casi siempre mortal en 
los buques de ese material. 

Por otra parte, la Independencia, se encontraba hasta hace 
poco fuera de combate por estar en astilleros mudándosele en el 
Callao sus calderos primitivos, remplazados por otros encarga- 
dos a Europa. Hace seis meses que se iba a emprender _pse tra- 
bajo, i solo a última hora se anuncia su próxima terminación. 



En cuanto a los monitores jemelos Atahiialpa i Manco Capac, 
es sabido que son fuertes «monitores de rio» comprados en 183'J 
en el Mississippi por una suma enorme (3 millones de soles, si 
no estamos trascordados) i traídos a remolque desde el puerto de 
Alabama al del Callao, verdadera hazaña náutica para sus con- 
ductoros el capitán Moore i el infortunado Ferreiros. Son por 
consiguiente verdaderas baterías notantes como el antiguo Loa 
i el Victoria, pero no pueden considerarse como blindados q\\ el 
sentido que la guerra naval moderna atribuye a esta construc- 
ción. 



XL ÜÍ'ISODKIS ilAUITIMíS. 

Sin embargo, p:iJecen error grave los que creen que estos mo- 
nitores 8(»lo puelen obrar reinolcados. Al contra •io, en una mar 
llana, como la nuestra, pueden andar por si solos hasta seis u 
ocho Eiillíva, con sus máquinas de alta i baja presión, sistema d3 
todos los vapores de rio en Estados Unidos. 

Naturalmente son buques mui fuertes, por que tienen un blin- 
daje do cinco planchas alternadas de fierro, de una pulgada ca- 
da plancha, i sus torres^ de 25 pies de diámetro, consisten en ini 
blindaje doble, es decir, de diez planchas de fierro de a pulgada, 
con un macizo de tres pies de roble americano como émbolo. Sus 
cañoues son sistema Rodman, de ánima lisa, ya anticuado, j 
disparan proj^ectiles de 500 libras. 

No son pues, los monitores peruanos buques despreciables, si 
bien mui difíciles de manejar, complicados e indóciles en todos 
sus movimientos, sobre todo, en las punterías. 

Por otra parte, ya Ferragat en Movile i el almirante Teget ¡ff 
eu Lissa ha enseñado a nuestros marinos cómo se pelea i echa 
a })ique los mas poderosos blindados i monitores. Todo eso es 
cuestión de pecha, i ya se sabe que en mar i en tierra los huasos 
chilenos entienden algo de lavara ..... 

Agregaremos, por último, que el Atalmilpa se halla en bue- 
nas condiciones marinei'as después de una sólida reparación 
ejecutada eu 1377. El Manco Capac, tiene en mal estado sus cal- 
deros. 



Gomo buques de acción inmediata i de campaña activa solo 
quedan en pié en la marina peruana la Independencia i el ñimo- 
£0 Ilaáscar, que es una nave verdaderamente formidable. 

El Huáscar fué construido en 1865 en la dársena que los 
constructores Laird Hermanos tienen en Birkenhead, frente a 
Liverpool, i bajo la dirección del contra-almirante Salcedo, que 
acaba de morir en Chile. Mide 1,130 toneladas. Su caso es de 
fierro de Ires i un cuarto de pulgada de espesor (simple telaraña 
Iioi dia,) i se halla blindado en la línea de notación por planchas 
de fier¡^ que tienen 4^ pulgadas en el centro, i 2^ hacia las es- 



LAS 1)03 KSME'IALDAS XI.iI 

tremidades, todo con un émbolo o sobrecama de madera de teak 
de diez pulgadas. 

Todo esto es de poca cuenta hoi dia, en vista del poder dá 
perforación verdaderamente espantoso que ha adquirido la arti- 
llería de acero. Pero la torre del Huáscar, es de ■potente resis- 
tencia porque se compone de un aparato jiratorio compuesto da 
planclias de fierro de cinco i media pulgadas con sobrecama de 
catorce pulgadas de sólido teak. Esa torre está armada de dos 
cañones Armstrong que arrojan proyectiles de 300 libras. Tiene 
ademas sobre cubierta dos cañones de a 40 que no merecen to- 
marse en cuenta. 

El Huáscar es un buque que anda bien (hasta 10 millas por 
hora), que jira con ñicilidad i que cuando se arma en combate, 
haciendo caer su borda ?1 agua, presenta solo una línea de seis 
pulgadas (casi el ancho de una mano) a las punterías enemigas. 
Solo la torre queda visible i de blanco al cañón. 

Hé aquí sus dimensiones marineras: 

Eslora, 200 pies ingleses. 

Manga, 35 id. 

Puntal, 28 id. 

Calado de popa 16 id. 

Calado de proa 15 id. 

Sus calderas han sido totalmente renovadas en 1S77 i sus li- 
jeras averias del combate de Pacocha, en mayo de ese año, fne- 
rou inmediatamente reparadas. Está listo para entrar en faego. 



El Huáscar, como el Manco Capac i el Atahiialpa, tiene 
también aparatos para envolver en turbiones de agua hirviendo 
(vapor candente) a los grupos de abordaje. ^?) Pero es de presu- 
mir que los marinos chilenos no pelearán como los paraguayos 
ademas de que conocen prácticamente las condiciones del chin" 
gtie... 

Resulta de lo que lijeramente apuntamos, que el único blin- 
dado de campaña i de serticio activo de que dispone hoi el Pe- 
rú es el Huáscar con sus dos cañones de a 300. El Huáscar es 

/ 



XLII KPISODIOS MAUITíMí.iS. 

nna arma de ataque i de defensa. Los jemelos araericunos so^ 
simplemente armas de resistencia, escepto ea condiciones escep- 
cionales de mar, viento, nira'oo, etc. La Independencia apenas 
puede considerarse como blindado verdadero, si bien es un 
potente buque de guerra. 

Aliora bien, ¿Cuál es la fuerza de los blindados chilenos des- 
tinados (en el caso fatal de una guerra todavía improbable i «a 
todo caso insensata por parto do los agresores) a ser sus conten- 
dores? ' ' 

Échese simplemente una mirada al cuadro comparativo que 
hemos trazado mas arriba. 

Contra dos cañones embutidos en una torre, doce cañones del 
mismo calibre (300 libras) que hacen fuego sobre una bateria 
despejada a todos los puntos del compás i tienen todas las mej»- 
ras de la artillería moderna. El blindaje es el doble mas grueso 
(nueve pulgadas), la capacidad el (/¿)6/¿3 mayor (2,032 toneladas) 
i el poder de propulsión verdaderamente terrible: mil caballos 
de fuerza cada uno, circunstancia que se valorizará sabiendo que 
los mas veloces vapores de la Compañía Inglesa del Pacífico, 
como el lAmeña i el Chalaco (trasportes peruanos) tienen má- 
quinas solo de 300 i 400 caballos. — Ademas, nuestros blindados 
jiran sobre si mismo como verdaderas torres, i de aquí una nueva 
i casi irresistible pujanza en el combate, fuera de otras muchas 
ventajas de detalle que son un secreto de los cajiitanes que 
mandan esas naves, i que por consiguiente el patriotismo acon- 
ja silenciar. Nosotros no exhibimos sino lo que es público a t .- 
dos, pero que otros no ee han ocupado de condensar ni de com- 
parar. 

Se habrá notado que uno solo de nuestros blindados es mayor 
en porte que la frata Independencia (28 toneladas mas.) 



Lo anterior por lo que se refiere a los blindados de uno i otro 
pais. 

El dar a la fragata Apuñmac como «blindado de riele ^i> i al 



LAS DOS E3MEIULDA3 XLIII 

Tambes como buque Je combato, es un simple ilesatiuo. La Apu^ 
rímac está foudeada eu el Callao sin maquiuarianicalderaa con- 
vertida en escuela naval. El T timbes, do la misma manera, en 
escuela de grametes. El Loa es un simple pontón. 

Ahorfi, respecto de los buques de madera, la supetioridad de 
la marina de Chile no admite discusión. 

Con nuestras tres escelentes corbetas (el mejor buque de gue- 
rra para nuestros países) la ^0' HigjinsT), la vLCkacahucoD i la 
gloriosa ^Es7neraldaT>, la marina peruana solo puede oponer una 
sola — la €Unioni>, bonita corbeta, pero que se halla descabalada 
desde que el terremoto de Arica lanzó su jeraela, la a América'» 
cerca de una milla tierra adentro. Lsl aUniony^, como se recor- 
dará, es de construcción francesa (Nantes 1864) i fué completa- 
mente reparada en Londres en 1873. 

Respecto de cañoneras, la misma inferioridad en cuanto al 
material naval del Perñ. Tiene este pais solo la cañonera (nFiL- 
coriiayoi>, armada de dos cañones Parrots de 70 i 4 de 40. Es un 
bnque nuevo, bonito i andador, de 600 toneladas. 

La <í.FilcomayoD fué contriiida en Londres en 1874, pero nues- 
tra aMagallanesT), es con todo mas moderna i mide 772 toneladas 
con 260 caballos de fuerza. La nCoüculonja,^ cuyos calderos es- 
tán en escelente estado, mide 412 toneladas i tienen 110 caba- 
llos de propulsión. 



En lo que evidentemente aventaja el Perú a Chile es en bu- 
ques de trasporte, por que tiene el a Chalaco» desde 1865, el 
cLme/ift» desde 1877 i el pequeño dTaUsmanD, desde que en 
1874 se lo quitaron a Piérola. Es este un simple vapor de co- 
mercio de lilO toneladas, es decir, mas o menos como nuestro 
« Tolueno que mide 240 toneladas. 

Uno i otro buque carecen de armamento. El (íMairc», tras- 
porte también del Perú, es un vapor de hélice de 671 toneladas, 
comprado en Estados Unidos en 1863. Tiene 16 años de servicio. 

Se concibe que el Perú haya adquirido buenos trasportes en 



XLIV EPISODIOS MARITIJIOS. 

razón de la continua movilidad a que le oLligan sus frecuentes 
convulsiones políticas. Pero esto es simple cuestión de compra 
i Tanta de los cascos 'mas o menos andadores de la Gompañia, 
Sud' Americana o de la Compañía Injlésa. Ademas, Chile ten- 
dria lioi casi tantos trasportes de tropa como el Peiú si no hu- 
biera vendiJo ayer en mala hora el Ancud i el Ahtao, que puede 
comprar otra vez si le place. 



En cuanto a pontones, la ventaja está por el Perú, desde que 
tiene anclados en su rada del Callao (ademas de sus magníficos 
diques) la fragata Apurimac, los blindados hechizos Tumbes i 
Loa i el vapor Pachitea. Este es simplemente el vapor ameri- 
cano que en 18G9 trajo a remolque los dos monitores del Missis- 
sippi. 

Una palabra todavía sobre la historia i período de vida de los 
principales buques de arabas armadas, por que así como se juz- 
ga de la buena ropa según la sastrería que la ha hecho, así se 
fl)rma criterio de los buques de guerra según el arsenal de que 
proceden. La Independencia fué construida en Londres por la 
conocida i respetada casa de Samuda en 1S84-65. Tiene 14 afios 
de vida. El Huáscar es de la misma fecha, pero de los cons- 
tructores Laird Hermanos. 

Los monitores yankees datan de la guerra civil de Estados 
L'oidos i tienen, por consiguiente, la misma o mayor edad de loa 
anteriores. Hace diez años que están al servicio del Perú, i en- 
tendemos que nunca se han movido del Callao i de Iquique. 

La aJlnioni) fué construida por el célebre Arman, en Nantes, 
i esta circunstancia no recomienda su solidez. 

En cuanto a nuestras corbetas, incluso la vieja ^Esmeralda!) 
Bon todas de construcción inglesa. Los blindados han sido diriji- 
dos por el hábil constructor en jefe de la marina de guerra de 
Inglaterra Mr. P-eed, en el puerto militar de Hull i tiene solo 
cur.tro años de mar el Cochrane i tres el Blanco. — El pri- 
mero fué echado al agua en mayo de 1874 i en enero de 1875 
estaba en Valparaíso. Son, por consiguiente, dos buques fíaman- 



LAS POS EÍ.MKI{ALÜAá XLV 

tes. Faeron sus constructores los señores Earle i Ca., casa mui 
respetada. 

Ahora, rcsaínicndoiios en tres o cuatro conclusiones jencrale?, 
I'aréceuos conveniente establecer los siguientes hechos i puntos 
de comparación. 

I La marina peruana es mas fuerte que la de Chile conside- 
rados sus blindados como batería de defensa, anuladas en sus 
puertos. 

lí La superioridad de los blindados chilenos como buques de 
ataque i de combate en alta mar, queda perfectamente estable- 
cida. 

III En buques de madera, como niimero, capacidad i arma- 
mento, la superioridad del material chileno no admite demos- 
tración respecto del material peruano. 

ly El Perú se halla mejor dotado en buques de trasportes 
para sus tropas i en pontones destinados al aprendizaje de su 
oñcialidad i marinería. 

V La importancia del armamento naval de Chile es, por su 
calidad i construcción moderna i por su calibre, mui superior al 
material peruano, i ademas, tomando como ventaja el numero^ 
el primero dispone de 10 bocas de fae^'.o ma.3 que el otro. 

Se sabe que la última espresion de la guerra moderna está 
XQúMciádi 2ü\ viayor ¡ysso de metal ciue pueda arrojarse sobre el 
enemigo, en el menos tiempo posible. 



En cuanto al «material humano», de capitán a paje, de pro- 
posita nos abtenemos de toda comparación por un principio de 
delicadeza común a las dos naciones todavía amigas, i porque 
eso no se mide anticipaaamente por el espesor de la carne ni la 
velocidad del proyectil,... sino que se pone a la prueba en una ho- 
ra i caso dado* — La fuerza naval de las tripulaciones es siempre 
un argumento de guerra a posteriori. 

B. Vicuña Mackenna. 
Yiüa del Mar marzo 15 de 1879. 



XLVI UPISODIOS IIASITIMO.?. 



DOCUMENTO NÜM. 10. 

TAIÍZ'JL OFICIAL DKL rOMA>ÍDA.NTE JEKERAL DEL CONVOI QUE 
CONDUJO AL JENERAL PRADO DEL CALLAO A ARICA. 

eOVAVDAKCIA JENERAL DK LA. SEGUNDA DIVISIÓN DE LA ESCUADRA. 

Abordo del vapor aOroyay), al ancla 

Callao, mayo 25 de 1879. 

Sefior Ministro de Estado en el d6Sp»>cho de guerra i marina. 

Señor ministro: 

Cumpliendo órdenes directas que recibí de S. E. el presiden- 
te, dispuse que se alistase para zarpar del Callao el \(S último, 
este vapor perteneciente a la división de mi mando, i como en 
ese mismo dia debían embarcarse en él, com.o en efecto suce- 
dió, S. E. el jeneral Prado, director de la guerra, su estado 
mayor, comisaría i gran número de jefes i oficiales del ejér- 
cito nacional, alguos del de nuestra aliada la república de Bo- 
libia, así como el enviado estraordinario i secretario jeneral de 
S. E. el capitán jeneral Daza, recibí también la orden de tras- 
bordarme al (í.Oroyai> como buque de la insignia, a fin de dirijir 
las operaciones del convoi que con los blindados ^Huáscarf) e 
(LlndependenciuT) i los trasportes (iChalaco-h i i(.Lir/ieñaT> íbamos 
a formar. 

Después de acordar con ios respectivos comandantes el orden 
de marcha i punto de reunión, dejamoí todos los buques ya 
citados la bahía del Callao alas 11 hs. 30 ms. P. M. del IG. 
Muí luego una espesa neblina nos ocultó comple¿amente, obli- 
gándonos a hacer continuo uso de los pitos a vapor para apre- 
ciar las respectivas posiciones i evitar colisiones. El tiempo 
continuó así hasta las 2 hs. P. M. del mismo dia. Cuando des- 
pejó el horizonte, se hallaban todos los buques a la vista con 
escepciou del <iCha¡acoi>. 



LAS DÜS ESMElíALDAS XLVÜ 

Poco después nos pusimos al habla i reconocimos, un vapor 
alemau de la Compaaía Kosiuos, q^ue del sur viajaba f»l Callao. 
Defectos serios en las boa\bas alimenticias de las calderas de 
este buque, nos obligaron a tomar fondeadero a las 6 ha. P. M. 
en el canal sur de las islas de Chincha, puaa eran indispensa- 
bles seis horas de parada a fin de correjir el mal que, según los 
partes reiterados del primer maquinista, se presentaba mui alar- 
mante. Por señales comunicó a la €lnde})endenciaT> para que las 
repitiere a los otros buques, que continuasen su derrota espe- 
rándonos en Ático, i previniendo a la primera qua aguardase 
durante seis horas al <í.Chalacoi> a la altura de San Gallan, coa 
el objeto de instruirlo de lo ocurrido. 

A la 1 h. A. M. del 18 dejamos el fondeadero de Chincha 
siguiendo la derrota acordada. Durante el dia no tuvo lugar 
acontecimiento digno de mención especial. 

Próximo a la Punta de Ático nos hallábamos a las 11 hs. P- 
M., i en tal altura fueron sucesivamente descubriéndote las lu- 
lesj mas tarde las intelijencias de cada buque del convoi, inclu- 
so el «LGhalaco'h que se les habia reunido; todos tomaron desde 
entonces hacia el sur el rumbo de la capitana. 

A las 2 hs. P. M. del 19, se avistó un vapor por la proa que 
asestado i reconocido, resultó ser el ordinario de la línea britáai- 
ca del Pacífico que venia del sur. A las 5 h. P. M. del mismo dia? 
fondeaban todos los buques del convoi en la rada de Moliendo 
donde poco después recibió S. E. el jenerr,l Prado las visitas del 
prefecto de Arequipa i autoridades locales. Al Huáscar e Inde- 
pendencia, se dio orden de trasbordar carbón de los trasportes, 
lo que se efectuó mientras permanecíamos en el puerto, que lo 
fué hasta las 11 hs. P, M.; hora en que nuevamente zarpamos 
siguiendo nuestra derrota al sur. 

El (íLimeña'» recibió previamente instrucciones para dirijirse 
a Pacocha, c^mo lo hizo al amanecer. 

A las 2 hs. P. M. largábamos el ancla en la bahía de Arica: 
aquí S. E. el jeneral Prado fué inmediatamente saludad) por 
todas las autoridades, i en la noche recibió a bordo la visita mui 
cordial del Excmo. señor capitán jeneral don Hilarión Daza, 



XLYIII SHISODICS MAIilTIMOS. 

preaideute de Bolivia, acompañado de un brillante estado ma- 
yor, que con ese objeto esclusivo, habían venido desde Tacna, 
en tren especial, al saber por el telégrafo el arribo de la escua- 
drilla. 

Kecorrida frecuentemente como lo esta esta costa por el enemi- 
go, fué empeño preferente, de parte de todos, el poner en tierra a 
la brevedad posible, los importantes i costosísimos cargamentos 
que cada trasporte condncia; i causa de mui grata satisfacción 
es para mí, el poder comunicar U. S; que tres horas después de 
fondear, estaban en las lanchas los cañones de grueso calibre, 
con sus pesadas cureñas, correderas i pertrechos que llevaba el 
aOroyaD; así mismo fueron desembarcados la valiosa comisaría, 
pólvora, municiones, armas i útiles de todo jénero para el servi- 
cio de campaña que, de este trasporte i del (LChalaco, debían 
quedar en Arica. 

El éxito de la espedicion había sido completo. 

Noticias recibidas en el tránsito i conñrraadas al llegar a Ari- 
ca nos impusieron de que los blindados chilenos, sus corbetas de 
faerza i trasportes habían dejado Iquíque hacía varios dias, i que 
el bloqueo de ese puerto se sostenía tan solo por los buques ene- 
migos aE&meralda'» i <s.CGvadonga~» i otro cuyo nombre no se 
designaba. S. E. el jeneral director de la guerra, reunió inme- 
diatamente bajo su presidencia un consejo de guerra compuesto 
del capitán de navio don Miguel Gran, comandante jeneral de 
la primero división, del que suscribe i del capitán de navio don 
Juan Guillermo Moore, comandante de la ^Independencia'». Por 
•unanimidad quedó en él resuelto que los blindados Huáscar e 
Independencia tomasen de los trasportes todo el carbón posible 
hasta las 8 hs. P. ivL, i que a esta hora salieran para Iquíque a 
fin de caer sobre el puerto al amanecer del 21, i batir a los bu- 
ques chilenos allí estacionados. De las operaciones que se efec- 
tuaron i de sus resultados recibirá U. S. indudableqaente el res- 
pectivo parte del jefe superior de la espedicion, capitán de navio 
don Miguel Gran, a cuyas esclusivas órdenes i cargo marchó 
aquella. 

El día 21, lo pasó el Oroya en Arica continuando su descarga 



LAS DOS ESMEUALDAS XLIX 

i procurando reparar los defectos notados en sus bombas ali- 
menticias, las que cada vez que funcionaba la máquina, aumen- 
taba de proporción. 

A pesar de estos serios acontecimientos, se hizo lo posibla pa- 
ra vencerlos, pues era urjente, según me lo liabia manifestado 
S. E. el director de la guerra, trasportar fuerzas a Pisagua. Al 
amanecer del 22 di la seguridad de poder verificar ese trasporte, 
e inmediatamente fué recibido a bordo el batallón boliviano 
«Olañeta» fuerte de quinientas plazas. 

Los señores jenerales Prado i Daza que vinieron a despedir 
dicha fuerza quedaron vivamente complacidos de la instalación 
rápida que se les habia dado a bordo, i en medio de los mas en- 
tusiastas vivas i demostraciones patrióticas i de afecto de parte 
de todos, nos dejaron dichos jefes superiores a las 10 A. M., em- 
prendiendo luego nuestra marcha. 

A las 5. h. P. M. llegábamos sin el mas leve accidente al 
puerto de Pisagua, i dos horas después los veteranos de Olañeta 
se hallaban todos en tierra con sus armas, municiones i bagajes. 
Se hizo así mismo la descarga de los pertrechos i armas que 
traíamos para Pisagua, a los que agregué toda nuestra existen- 
cia de víveres de trasporte i mas los de la dotación para la que 
solo se reservaron quince dias. 

La máquina continuó siendo materia de las mas vivas preo- 
cupaciones, refiriéndome para mayores detalles tanto en lo rela- 
tivo a ella como a otros datos internos del buque, al parte que 
me ha elevado su comandante, capitán de navio don Toribio 
liaigada, i que orijinal adjunto a U. S. 

En vista de estas circunstancias i cumpliendo las instruccio- 
nes del señor jeneral director de la guerra, zarpé de Pisagua a 
las 9 h. 30 m. P. M. del mismo dia, haciendo derrota para el 
Callao. , 

Aparte de los acontecimientos regulares de toda navegación, 
nada ocurió en la travesía hasta ayer 24, en que a las 4 h. 20 m. 
P. M., i hallándonos a la altura del cabo de Nazca, se avistaron 
cinco buques a vapor por nuestra proa, en línea de frente i rum- 
bo opuesto al que llevábamos. Reconocidos que fueron, resulta- 

!/ 



EPISODIOS MAUITIMOS. 



ron ser el fuerte de la escuadra enemiga que hacia dilijencias 
para acercarse a cruzarnos. Ordenes inmediatas para levantar 
vapor i desviar el rumbo, primero al S. O., después al sur, fue- 
ron comunicadas i prontamente ejecutadas, lo que permitió bur- 
lar los afanes de la escuadra chilena, cuya distancia aumenta- 
mos con rapidez. A la puesta del sol volvimos a enmendar gra- 
dualmente nuestro rumbo de derrota, i con él, sin avistar otra 
vez esos buques, acabamos de fondear en el Callao, donde espe- 
ro las órdenes de U. S. 

No concluiré este oficio sin hacer notar a U.S. que el brillan- 
te éxito de la espcdicion que acaba de desempeñar este buque, i 
que es la mas importante realizada desde que se inició la cam- 
paña actual, se debe a la contracción, vijilancia i esmero desple- 
gados por los dignos jefes, oficiales i dotación que tripula este 
buque, simpre celosos i activísimos en el cumplimiento de las 
órdenes dadas. 

Que así lo estime S. E. el vice-presidente encargado del man- 
do supremo, a cuyo conocimiento ruego a US. haga llegar estos 
hechos, es el justo deseo que me acompaña al cumplir con el 
deber de dar cuenta de ocurrencias tan variadas i notables. 

Dios guarde a U. S. 

Aurelio García i García. 



DOCUMENTO KÜM. 11. 

PARTE OFICIAL DEL PRESIDENTE DEL PERÚ DON M. I. PRADO 
DIRECTOR DE LA GUERRA., SOBRE SU MARCHA HASTA ARICA. 

Arica a 24 de mayo de 1879. 

Señor Ministro de Estado en el despacho de Guerra i Marina. 

S. M. 

Tengo la honra de elevar 'orijinal al despacho de U. S. la nota 
que los comandantes del blindado ^lluá&carD i trasporte « Cha- 



LAS DOS r,S:.IEUALDAS LI 

laco'í) me han pasado en la fecha, a fin de que U. S. enterado de 
su conícnido, les dé el jiro que crea conveniente. 

Dios guarde a U. S. — S. M. 

Mariano I. Prado. 



Arica, a 24 de mayo de 1 879. 

Señor Joner.il Ministro de Estado en el despacho de Guerra i Marina 

S. J. M. 

Tengo el honor de dar cuenta a U. S. para que por su órgano 
llegue a conocimiento de S. E. el presidente, del resultado de 
nuestra espedicion desde el dia ÍQ que salimos del Callao hasta 
esta fecha. 

Sin mas incidentes de importancia que el haber tenido que 
demorarnos algunas horas en las islas de Chincha para repara? 
una lijera interrupción en la máquina del aOroyaD, llegamos a 
este puerto en la tarde del 20. 

Inmediatamente se procedió al desembarque del valioso car- 
gamento que aquel trasporte i el <í.Ghalacoi> traian. 

Como tuve noticia de que la escuadra chilena se había movi- 
do con rumbo al Norte, dejando solo en Iquique dos o tres bu- 
ques de madera, dispuse que esa misma noche saliesen sobro 
aquel puerto los blinda los (LiJiídscar^ e <ílnlependenciai> 

Asi mismo ordené que el <iChalacoi> saliese para Pisagua, 
llevando todo su cc^rgamento, i que al dia siguiente se embarca- 
ra con igual destino en el aOroya-h el batallón boliviano c(OIa- 
ñeta» de 5'^0 plazas^ a reunirse a la división que al mando del 
jeneral Villegas marchó por tierra, antes de mi llegada^ i que 
lioi consta de 2,000 hombres mas o menos para guarnecer a Pi- 
sagua. 

La artillería i parque traidos para Arica, acabarán bien pron- 
to de completar su defensa, no solo como puerto de importancia 



LII EPISOIÍIOS MAr.ITIMüS. 

comercial, constantemente amagado por el enemigo, sino como 
punto céntrico de las operaciones marítimas que hoi han tOiT.u- 
do im carácter activo i poderosamente influyente en los planes 
de la guerra. 

Sucesivamente llegá,ron el 22 dos Lotes de Pisagna con estos 
partes. El primero nos trajo la buena nueva de que el <ílluáscari> 
habia echado a pique a la corbeta chilena nEsmeraldaT), en 
]quique; i el segundo que la fragata (íLidependeiicia^ al perse- 
gnir al ti'asporte aCoi'adonja se habia varado en Punta Gruesa, 
cerca de la caleta de Molle, i que resolvieron incendiarla para 
evitar que csyese en poder del enemigo. 

Este funesto acontecimiento del cual no nos lamentaremos 
jamas lo bastante, ha venido a interrumpir el plan que me ha- 
bia propuesto. Pero si esta fatal contrariedad ha podido contur- 
bar justamente los ánimos, tengo la satisfacción de ver que en 
todos el patriotismo se sobrepone a todo, para seguir adelante 
en el camino del honor i del deber sin detenerse en ninguna cla- 
se de emerjencias consiguientes a la guerra. 

En tan jeuerosos i levantados sentimientos complázcome en 
reconocer que abunda el señor jenerul Daza, de cuya franca i 
cordial amistad hai derecho para esperarse mucho en obsequio a 
los altos fines que el Perú i Solivia se proponen alcanzar en la 
actual gravísima contienda. 

En este momento 2 p. m. acaba de llegar el (íChalaco'» i he 
resuelto marchar en él a Iquique, donde mi presencia es indis- 
pensable para hacer los arreglos convenientes. 

Con el tiempo mui estrecho, solo me resta ofrecer a U. S. la 
espresion de mi distinguida consideración i aprecio. 

Dios guarde a U. S. — 13. J. M. 

Mariano I. Prado, 



LAS DOS ÜSMERALDAS LUÍ 

DOCUMENTO NUM. Í2. 

PA51TE OFICIAL DEL COMANDANTE DOX MIGUEL GRAÜ, SÜBRB 
EL COMBATE DEL HUlSCAU CON LA ESMERALDA. 

COMANDANCIA JKNERAL DE ].A PRi:.IF.I?A DIVISIÓN NAVAL. 

Al afiela en Iquiquc, mayo 23 de 1879.. 

Beneméiito señor Jeneral Divector de la guerra. 

B. S. D. 

En cumplimiento Jo las iristrucciones verbales recibidas de 
Y. E. zarpé del puerto de Arica en la primera noche de 20 del 
presente, con el monitor «Huáscar» i la fragata «rlndepeadencia» 
ambos baques pertenecen a la división naval de mi raando, i me 
es honroso dar cuenta a Y. E. de los acontecimientos que han 
tenido lugar en ella hasta la fecha. En la travesía del puerto de 
Arica al de Iquique, creí conveniente recalar a Pisagua, lo que 
verifiqué a las 4 hs. 20 m. A. M. del 21, con el objeto de inqui- 
rir algunas noticias relativas a la comisión que debía realizar 
en Iquique. En efecto, supe por el capitán de dicho puerto, 
quien me mostró 'un telegrama del ¡prefecto del departamento 
de Tarapacá de fecha 19, en el que se le comunicaba que la cor- 
beta «Esmeralda» la cañonera «Covadonga» i el trasporte «La- 
mar», buques de la escuadra chilena, hacían efectivo el bloqueo de 
Iquique. 

Al aproximarse nuestros buques al puerto de Iquique, noté 
que efectivamente tres baques caldeaban, i pronto pude recono- 
cer entre ellos a la «Esmeralda» i «Covadonga», que se ponían en 
movimiento, tomando posiciones defensivas, a la par que salía 
del puerto un vapor con bandera norte-americana, probablemen- 
te el «Lámar», i se dirijia al sur. La anticipación con que hizo 
esta maniobra, i la distancia de cinco millas a que me hallaba 



LIV EPISODIOS MARITIM05;. 

drtl puerto, teuiemlo en cuenta las dilijencias consignientes a su 
rocúuocimiento, me decidieron a dirijir mis operaciones de pre- 
ferencia sobre los dos buques que antes lie indicado. Llegado el 
« ILuíscarT) a dos mil metros próximamente al N. O. del fondea- 
dero de los» buques enemigos, mandé afianzar el pabellón i or- 
dené a la «Independencia» que venia por el norte, próxima a la 
co3ta i a cinco millas de distancia, se dispusiese para el combate. 

Ocupaban entonces los mencionados buques posiciones a un 
cable o cable i medio de la playa, frente al lado N. de la po- 
blación, en orden de combate, la «Govadonga» por la popa del 
otro i ambos con proa alN., de manera que estaban interpuestos 
entre nosotros i la población: eran las 8 h. 20 m. A. M. del 21. 

Trabóse el combate desde esta momento entre el «Huáscar» i 
lí^s dos buques enemigos, i 30 minutos después se unió i rom- 
pió sus fuegos la «Independencia», pero nuestros tiros no podian 
ser bien dirijidos, por encontrarnos en la boca del puerto bajo 
la acción de la mar, a la par que las punterias de los buques 
enemigos tenian en lo jeneral buena dirección i elevación. 

La «Covadonga» después de la primera hora, salió del puer- 
to muí pegada a la isla que cierra la parte occidental, ¡empren- 
dió su retirada por la costa del sur, barajándola mui próxima a 
la playa, en vista de lo cual ordené a la «Independencia» per- 
seguirla, quedándome por consiguiente ^batiendo con el «Huás- 
car» a la «Esmeralda.»; 

Mientras la «Independencia» seguia su camino, i notando la 
inseguridad de nuestros tiros, por la causa que be dicho antes, 
me decidí a atacar a la «Esmeralda» con el espolón; pero infor- 
mado por el capitán de corbeta i del puerto don Salomé Porras, 
i por el práctico del mismo don Guillermo Checle, quienes se 
encontraban a bordo desde el principio del combate, de que di- 
cho buque estaba defendido por una línea de torpedos en su 
delante, intenté dirijirme sobre él pasando próximo a tierra por 
el lado del sur, para desalojarlo de, la Zona en «que maniobraba 
defendido. Mas, observando a la vez, que se dirijia hacia el nor- 
te saliendo de esa zori a, cambié de pi^opósito i goberné directa- 
mente sobre el centro de su casco, con un andar de 8 milhu; 



1 



LAS DOS KSIúF.IU LIJAS TjV 

ju'úximarüeate. A medio cumplido de distancia, detuve la má- 
quina, i la «Esmeralda», guiñando para evadir el golpe al cos- 
tado, lo recibió por la aleta de babor en dirección mui oblicua ; 
el espolón resbaló, su efecto fué de poca consideración, i queda- 
ron abordados ambos baques, hasta que el «Huáscar» empezó 
su movimiento para atrás. 

Embestí nuevamente con igual velocidad ' i la «Esmeralda» 
presentó su proa evadiendo de esta manera nuevamente los 
efectos del choque^ sin embargos est3s dos golpes la dejaron 
bastante maltratada. 

En ambas ocasiones, a la aproximación de los buques i du- 
rante el tiempo que permanecieron mui cerca, recibíamos el 
nutrido fuego de las ametralladoras que tenia establecidas en 
sus cofas, el de fusileria i muchas bombas de mano a la vez que 
descargas completas de la artilleria de sus costados. El blinda- 
je i?i-otejió bien a nuestra jente de los efectos de tan certeros 
fuegos, muchos de los cuales chocaron cu nuestra torre i otros 
rompían algunas partes de madera o de fierro mui delgado, i per- 
mitía sostener igualmente nuestro fuego de cañón i de fusilería. 

Finalmente emprendí la tercera embestida con una velocidad 
de diez millas i logré tomarla por el centro. A este golpe se 
cncabuzó i desapareció completamente la «EsmeraldaD sumer- 
jiéudose i dejando a flote pequeños pedazos de su casco i algu- 
nos de sus tripulantes. Eran las 12 10 P.' M. El comandante de 
ese buque nos abordó a la vez que uno de sus oficiales i algunos 
de SU3 tripulantes, por el castillo, i en la defensa de este abor- 
daje, perecieron víctimas de su temerario arrojo. Inmediata- 
mente mandé todas las embarcaciones del buque a salvar a los 
náufragos i logré que fuesen recojidos 6d, los únicos que habían 
sobrevivido a tan obstinada resistencia. 

^o puedo prescindir de llamar la atención de V. E. hacia la 
sensible pérdida del teniente segundo graduado don Jorje Velar- 
de, para significar el notable comportamiento i arrojo con que 
este oficial conservó su puesto en la cubierta, al pié del pabe- 
llón hasta ser víctima de su valor i serenidad. 

Terminado en el puerto de Iquique el salvamento de los náu- 



jLVI kIIISOBIOS MAÍLITIM^S. 

fragos i con ellos a bordo, me dirijí en demanda de la «Tade- 
peuuenera» que estaba a la vista en la punta denominada Grue- 
sa al sur de Ljuique con el intento de ayudar al apresamiento 
de la (iCovadongíi)). Notó que esta, desde que se apercibió del 
.movimiento del fliUuáscar», se alejó a toda fuerza con rumbo al 
sur a la vez que la «Indepcudencia», algo recouooida a una ban- 
da, permanecía en el mismo sitio. 

A medida que iba avanzando, pude claramente ccftnprender 
que esté último buque estiaba barado i preferí continuar la per- 
gecucion de la «Covadonga» durante 3 horas, basta que con- 
vencido que la distancia de diez millas que próximamente me 
separaba de ella, no podia estrecharla antes de la puesta del 
sol, creí mas conveniente desistir del empeño i volver en auxi- 
lio de la (.(Independencia». 

Tude entonces apreciar que la pérdida de la fragata era total 
i mandé mis eínbarcaciones por la jente que habia a su bordo, 
dando la orden de incendiar el buque. 

Los detalles relativos a la pérdida de la fragata, los encon- 
trará V. E. en el parte adjunto del comandante de dicho buque; 
este jefe con todos sus subordinados marchan en el (íChalacoj) a 
ponerse a órdenes de V. E. 

Regresé al puerto de Iquique i remití a tierra a los prisione- 
ros a órdenes del señor jeneral en jefe del ejército. A los heri- 
dos para su curación i los cadáveres para su sepultura. 

Por considerarlo prudente me moví a la mar con el fin de 
pasar la noche sobre la máquina, reconociendo las cercanías del 
puerto i avisté en la madrugada el trasporte c<Chalaco)) que es- 
taba en Pisagua. Me dirijí en demanda de él, e impuesto de su 
comisión le ordené venirse a cumplirla al puerto de Iquique, 
por creerlo así mas conveniente. 

Actualmente me ocupo en hacer carbón, tomándolo del «(^la- 
laco», de tierra, i uiia lanclia perteneciente al enemigo, con el 
fin de continuar dando cumplimiento alas instrucciones de V. E. 
Al terminar cábeme la satisfacción de asegurar a V. E. que to- 
dos los individuos de la dotación del «Huáscar» ¡que me están 
subordinados han cumplido con su deber. 



LAS DOS ESMEUALDAS LVII 

Todo lo cual tengo el honor de elevar a conocimiento de V. E. 
para los fines a que haya lugar. 

Dios guarde a V. E. 

Miguel Grau. 



MONITOR «HUÁSCAR.» 

RELACIÓN DE LOS MUERTOS I HERIDOS HABIDOS EN EL COMBATE KAVAL 
DEL 21 DEL ACTUAL A BORDO DEL ESPRESADO. 

Muerto. 
Teniente segundo graduado don Jorje Velarde. 

Heridos. 

Capitán de fragata graduado don Ramón Freiré, herida con- 
tusa en la pierna izquierda. 

Artillero de preferencia Alvaro Trelles, heridas contusas en 
la ceja, pecho, pierna derecha i mano izquierda. 

Mayordomo de segunda cámara don Manuel Pineda, herida 
contusa en el pié derecho. 

Marinero Basilio Chavez, herida contusa en la frente. 

Marinero Manuel Cadenas, contuso en la espalda. 

Soldado Anacleto Alarcon, herido con perdigones en la cara, 
cuello i costado izquierdo. 

Soldado José María Esté van, herida contusa superficial en el 
pecho izquierdo. 

Santiago Távaka. 
Al ancla, en Iquique, mayo 21 de 1879. 



LVIII El'ISOniOS MAUITIM )S. 



DOCÜMEÍJTO KÜM,13. 

l'ARTE OFICIAL DEL SEGUNDO COMANDANTE DE LA CCESilERALDA» 
DON LUIS ÜRIBE. 

Iquique, mayo 29 de 1879. 

Tengo el honor de poner en conocimiento de ü. S. que el 
21 de] presente, después de un sangriento combate de cuatro 
lloras con el monitor peruano «Huáscar», la «Esmeralda» fué 
echada a pique al t^a'cer ataque de espolón del enemigo. El 
honor de la bandera ha quedado a salvo, pero desgraciadamente 
tenemos que lamentar la pérdida do tres de sus mas valientes 
defensores: el capitán Ppat, el teniente Serrano i el ¿yuadki 
marina Biquelme. 

Como a las 7 A. M. del dia indicado divisamos dos humos al 
Norte. Inmediatamente se puso el buque en son de combate. A 
las ocho se reconoció al «Huáscar» i poco después a la fragata 
«Independencia». Se hicieron señales a la «Covadonga» de ve- 
nir al habla, i el capitán Prat le ordenó tomar poco fondo e 
interponerse entre la población i los fuegos del enemigo. Al 
movernos para tomar la misma situación se nos rompieron dos 
calderos i el buque quedó con un andar de dos o tres millas. A 
las ocho treinta, la acción se Iiizo jeneral. El «Oovadonga» se 
batia coa la fragata «Independencia», haciendo al mismo tiem- 
po rumbo al sur i la «Esmeralda» contestaba l®s fuegos del 
«Huáscar» i se colocaba frente a la población a distancia de 200 
metros de la plsya. 

Desde esta posicion*batíamos al enemigo; nuestros tiros, que 
al principio eran inciertos, fueron mejorando, i varias granadas 
reventaron en la torre i casco del «Huáscar» sin causarle el mas 
leve daño. 

Los tiros de este último, pasaban en su mayor parte por alto 
' varios ftteron a herir a la población. 



LAS DOS esmej:ai.üas LIX 

Nuestra posición era, pues, ventajosa; pero como s'e ños líicie- 
ra fuego de tierra con cañones de campaña, matándonos trea 
individuos e hiriéndonos otros tantos, el capitán Prat se vio 
obligado a ponerse fuera de alcance. 

En este momento, 10 A. M. una granada del «Huáscar» pe- 
netró por el costado de babor i fué a romper a estribor, cerca do 
la línea de agua, produciendo un pef[ueño incendio que fué so- 
focado a tiempo. 

Mientras tanto el «Huáscar» se habia acercado como 600 me- 
tros, i a esta distancia continuó la acción cerca de una hora sin 
recibir otra averia que la que dejo indicada. Viendo el «Huás- 
car» el poco efecto de sus tiros, puso proa a la «Esmeralda». 

Nuestro poco andar impidió a nuestro comandante Prat evi- 
tar el ataque del enemigo: su espolón vino a herir el costado de 
babor frente al palo de mesana i los cañones de su torre, dispa- 
rados a toca penóles antes i después del choque, hicieron terri- 
bles estragos en la marinería. 

El capitán Prat, que se encontraba en la toldilla desde el 
principio del combate, saltó a la proa del «Huáscar», dando al 
mismo tiempo la voz de «al abordaje». Desgraciadamente el es- 
truendo producido po-r la batería al hacer fuego sobre el «Huás- 
car,» impidió a muchos oir la voz de nuestro valiente coman- 
dante; i de los que se encontraban en la toldilla con él, solo el 
sarjento pudo seguirlo, tal fué la lijereza con que se retiró la 
proa del «Huáscar» de nuestro costado. 

El que suscribe, se encontraba en el castillo de proa, i desde 
ahí tuve el sentimiento de ver al bravo capitán Prat, caer heri- 
do de muerte combatiendo al pie mismo de la torre del «Huás- 
car». 

Inmediatamente me fui a la toldilla i tomé el mando del bu- 
que. Mientras tanto nos batíamos casi a boca do jarro, sin qué 
nuestros tiros hicieran el menor efecto. En cambio, las granadas 
del enemigo hacían terribles estragos; la cubierta i entrepuen- 
tes se hallaban sembrados de cadáveres. 

Volvió el «Huáscar» a embestir con su espolón directamente 
al centro de este buque. Goberné para evitar el choque; pero la 



LX EPISODIOS marítimos. 

«Esmeralda» audalta tan poco que no fué posible evitarlo, i re- 
cibió el segundo espolonazo por el lado de estribor. Esta vez el 
teniente Serrano, que se encontraba en el castillo, saltó a la 
proa del «Huáscar» seguido como de 12 individuos. En la cu- 
bierta de este último no se veia ningún enemigo con quien comba- 
tir; pero de sus torrea i parapetos de popa salia mortífero fuego 
de fusilería i ametralladoras. 

El valeroso teniente Serrano i casi todos los que lo siguie- 
ron sucumbieron a los pocos pasos. 

La lijereza con que se retiraba de nuestro costado la proa del 
«Huáscar» i el poco andar de la «Esmeralda» para colocarse a 
su costado, único modo como habría podido pasar todo el mundo 
a la cubierta del enemigo, hacia imposible todo abordaje. 

Por este tiempo nuestra tripulación liabia disminuido enor- 
memente. Teníamos mas de cien hombres fuera de combate, la 
Santa-Bárbara inundada i la máquina liabia dejado de funcio- 
nar. Los pocos cartuchos que quedaban sobre cubierta sirvieron 
para hacer la última descarga al recibir el tercer ataque de es- 
polón del enemigo. 

El guardia marina don Ernesto Riquelme, que durante toda 
la acción se portó como un valiente, disparó el último tiro: no 
se le Yió mas; se supone fué muerto por una de las últimas 
granadas del «Huáscar». 

Pocos momentos después de recibir el tercer espolonazo, se 
hundió la «Esmeralda» con todos sus tripulantes i con su ]>abe- 
llon izado al palo de mesana, cumpliendo así los deseos de 
nuestro malogrado comandante, quien, al principiar la acción 
dijo: 

«Muchachos, la contienda es desigual. Nunca se ha arriado 
nuestra bandera al enemigo; espero, pues, no sea esta la ocasión 
de hacerlo. Mientras yo esté vivo, esa bandera flameará en su 
lugar, i aseguro que, si muero, mis oficiales sabrán cumplir con 
su deber.» 

Los botes del «Huáscar» recojieron del agua a los sobrevi- 
vientes, i en la tarde del mismo dia fuimos desembarcados en 
Iquique en calidad de prisioneros. 



LAS DOS ESMERALDAS LXI 

Acompaño a U. S. una relación de la oficialidad i tripulacilm 
que ha salvado i que se hallan presos en este puerto. 

Dios guarde a ü. S. 

Luis Uk.ibe. 

Al Señor Comandante Jcneral de Marina. 



DOCUMENTO MI. 14. 

PARTE OFICIAL DEL CAPITÁN DE KAVÍO DON J. G. MOORE, 

COMANDANTE DEL BLINDADO ((INDEPENDENCIAí), 

SOBRE EL COMBATE DE PUNTA GRUESA. 

Iqilíque, mayo 22 de 1870. 

Señor Capitán de Navio, Comandante Jeneral do la Primara División Naval. 

S. C. J. 

En cumplimiento de tes órdenes recibidas de U. S. zarpé del 
puerto de Arica el dia 20 del presente mes a las 8 P. M. que 
me aguanté sobre la punta de Pisagua para esperarlo por haber 
entrado a dicho puerto. 

A las 4 hs. A. M. me puse en movimiento siempre en convM^ 
a poca distancia de la costa, haciendo dar toda fuerza a la má- 
quina hasta las 5 hs. A. M. que estuvimos a la vista del puerto 
de Iquique, demorando en ese momento el «Huáscar)) como a dos 
millas por la proa. 

A las 7 hs. 30 A. M. se avistaron dentro del puerto i mui 
pegado a la costa tres buques a vapor que reconocidos resulta- 
ron ser los buques chilenos corbeta de guerra «Esmeralda)), 
cañonera «Covandonga)) i un trasporte. 

Como el buque del mando de U. S. se dirijiera a la parte S. 



LXII EPISODIOS MAKITIMOS. 

del puerto, seguí recorriendo la costa del N. para encerrar a los 
enemi¿;'os en la baln'a. 

En esta disposición hicieron rumbo al S.; pero encontrando 
que les cerraba la salida el «Huáscar», regresaron, gobernando 
la «Esmeralda» hacia el N. En este momento el buque de U. S. 
inició el ataque haciendo su primer disparo sobre la «Covadon- 
ga» i mandé romper los fuegos de la «Independencia» sobre la 
corbeta «Esmeralda»; i aprovechándose de esta circunstancia, 
el trasporte hizo rumbo al sur navegando con toda la fuerza de 
su máquina. 

Empeñado así el combate i viendo que el «Huáscar» cambia- 
ba su proa dirijiendo sus tiros a la «Esmeralda» i que el «Co- 
vadouga» trataba de fugar, pegándose a la Isla, goberné en la 
misma dirección a fin de impedírselo, no pudiendo conseguir mi 
objeto porque al llegar a la altura de la Isla, el «Covadonga» 
la habia rebasado, pegándose mucho a las rompientes i obligán- 
dome a seguirlo. 

Comprendiendo que ese buque ponia en práctica el único me- 
dio que podía emplear por su poco calado, traté de ganarle el 
barlovento para obligado a salir fuera o retroceder. Esto último 
lo conseguí en la primera caleta de la bahía de Cheurañate, por 
lo cual puse proa al N. haciendo fuego con el costado de estri- 
bor; pero el «Covadonga» volvió a dirijirse al S. metiéndose de 
caleta en caleta, i tuve que continuar el combate siguiendo al 
buque enemigo que barajaba la costa metiéndose entre las rom- 
pientes, i en un fondo insuficiente para la «Independencia», ma- 
niobrando en distintas direcciones. 

Hablan trascurrido hasta entonces mas de tres horas de com- 
bate, i viendo lo incierto de los tiros de nuestros cañones por la 
falta de ejercicio, pues toda la tripulación era nueva, i el efecto 
que producían las ametralladoras i nutrido fuego de fusilería, que 
el enemigo hacía sobre la dotación de la fragata que se encontraba 
sobre cubierta en una gran parte por haberse estrechado tanto 
las distancia, acometí con el espolón por dos veces cuando las 
circunstancias me lo permitían; pero encontrando poco fondo tu- 
fe qu3 retroceder, lo que dio tiempo a,l enemigo para ganar el S, 



i 



LAS DOS ESMEK.VLDAS LXIII 

Resolví por tercera vez embestirle con el ariete pegiViidorae a 
la Puüta Gruesa para impedirle la salida de la bahía, estrecháa- 
dolo en la última caleta, i cuando los sondajes repetidos marca- 
ban de ocho a nueve brazas de agua, i siendo limpia la bahía 
según las cartas. En este momento notando que se pegaba mas 
a las rompientes de la punta, ordena poner la caña a babor para 
poder rebasarla i atacar así con ventaja por el otro lado, lo que 
no pudiendo realizarse con la rapidez necesaria, por haber sido 
en ese momento herido tres timoneles por el fuego nutrido da 
ametralladoras i fusilería que el enemigo nos hacia desde las 
cofas, mandé dar atrás con toda la fuerza de la máquina, con- 
tando durante todo este tiempo los timoneles el mismo sonda- 
je anterior; es decir, de nueve brazas de agua. 

En este instante i cuando tocaba con el árlente a la «Cova- 
donga», se sintió un gran choque i quedó detenida la fragata. 
El golpe había sido sobre una roca que uo está marcada en la 
carta, pues se encuentra al N. del último bajo que aparece en 
ella. 

Por consecuencia de este choque se llenó completamente de 
agua el buque, se apagaron los fuegos i suspendiéronse las cal- 
deras hasta la caja de humo; i en un segando i tercer choque se 
inundaron completamente las otras secciones. El buque cavó 
sobre su costado de estribor entrando el agua por las portas de 
la batería. No obstante esta desgracia, al pasar la «Covadonga» 
por el costado de estribor haciéndonos fuego con sa artillería, 
nuestros cañones contestaron; cuando el agua casi cubría conti- 
nué el faego con las ametralhidoras de las cofas i con la tripu- 
lación que mandé subir a cubierta armada de riñes i revólvers, 
hasta que se agotaron las municiones que no podían ser repues- 
tas, pues el buque estaba inundado casi por completo, como lo 
digo anteriormente. 

El «Covadonga» seguía haciendo fuego de cañón ya a mansalva 
i una de cuyas bombas rompió el pico de mesana donde estaba 
izado el pabellón. Inmediatamente mandé poner otro en otra 
driza. 

Después del choque hice sondar toda el contorno del buque, 



LXIV Eriái/DIOS MAIílTIMOS. 

marcando la sonda por todos lados de cinco i media a seis bra- 
zas; lo que prueba que la roca en que chocó la fragata es aislada 
i a distancia de los arrecifes de la Punta. 

Cuando me convencí de que todo esfuerzo por salvar el bu- 
que era infructuoso, ordené que se prendiera fuego a la Santa 
Bárbara, orden que bajó a cumplir el oficial encargado de ella, 
pero era ya tarde, pues el agua que a torrentes entraba a bordo 
lo impidió. 

Siendo casi toda la tripulación de hombres que no están acos- 
tumbrados al servicio de los buques de guerra, embarcados po- 
cos dias antes de nuestra salida del Callao, fué imposible evitar 
que se arrojasen al agua corriendo el riesgo de perecer ahogados: 
mandé arriar todas las embarcaciones para mandar la jente a 
tierra, haciendo colocar en la primera a todos los heridos, yendo 
cada bote a cargo de dos oficiales para que regresaran por el 
resto de la jeute. En el último mandé al segundo jefe coman- 
dante Raygada para que organizara la jente en tierra e hiciera 
regresar algunas embarcaciones que hubieran llegado a tierra, 
lo que no pudo verificar pues las rompientes las destruyeron to- 
das al llegar a Ja costa. Sin embargo casi toda la tripulación 
estaba ya salvada, quedando solo conmigo abordo cerca de 20 
personas, entre ellas los tenientes primeros graduados don Pe- 
dro Gaseron i don Melchor Ulloa, el idem 2° don Alfredo de la 
Hazr», el alférez de fragata don Ricardo Herrera, el guardia ma- 
rina don Carlos Eléspuru, el corresponsal de El Comercio don 
José Rodolfo del Campo, el doctor don Enrique Basadre i el 
primer maquinista don Tomas Wilkims con su segundo. Mas 
tarde se aproxitaaó a nosotros el buque del mando de U. S. i 
mundo tres embarcaciones para trasbordarnos a los que aun 
quedábamos en la fragata, lo que no hice hasta no prender fue- 
go al buque, inutilizar los cañones i arrojar al agua las armas 
que no podian servir. 

Adjunto a U. S. una relación de los muertos i heridos habidos 
en la fragata de mi mando, durante el combate. 

Réstame tan solo poner en conocimiento de U. S. que tanto 
los jefes, oficiales i tripulación del buque se han comportado 



LAS DOS ESMERALDAS LXV 

digaamente, mostrando valor i serenidad en todo el conJjate i 
sin separarse un solo instante de los puestos que teniaii seña- 
lados. 

Al segundo jefe le había encargado de recorrer todo el buque 
durante el combate; al tercer jefe del cuidado de la bateria i 
como quedara fuera de combate a los primeros disparos del ene- 
migo, ordené que lo reemplazara el capitán de fragata don José 
Sánchez Lagomarsino que se encontraba en el fuerte, como jefe 
de la columna Constitución, que hasta ese momento permaneció 
a mi lado junto con el teniente primero don Narciso García i 
García, el oficial de señales Salaverry i mí ayudante el teniente 
segundo don Enriqne Palacios. 

Concluiré no sin manifestar a U. S. que uno de los últimos 
tiros de rifle del enemigo mató súbitamente al alférez de frtiga- 
ta don Guillermo García i García, uno de nuestros intelijentes 
oficiales de marina. 

Dios guarde a U. S. 

Juan G. Moore. 

R4ZON DE LOS< HEKIDOS I MUEKTOS A BORDO DE LA «INDEPENDENCIA». 

Jt¡fes i oficíales. 

Tercer jefe capitán de corbeta don Ruperto Gutiérrez, herido 
en la sien izquierda, en la cabeza i en el brazo izquierdo. 

Alférez de fragata don Guillermo García i García, muerto por 
una bala de ametralladora que le entró por el cerebro i Is salió 
bajo la tetilla derecha, causándole la muerte instantáneamente. 

Columna aConstituciom^ del Callao. 

Subteniente Luis Vallcstras, herido en la cara. 

Sarjento 1.° brigada 2.° cabo de cañón Manuel Carrillo, muerto. 

Soldado Manuel Lauda, herido en la pierna. 

Id. Francisco Chavez, un brazo volado i herido en una pierna. 

Id. Juan Cárdenas, herido en los dos pies. 

Id. Domingo García, herido en la cara. 

José del Carmen Heredía, contuso de un pie. 

Luís Betancourt, herido del brazo. 

i 



LXVI KrisúDios marítimos. 

De guarnición. 

Soldado Elias Gutiérrez, muepto. 

]d. iVIanuel Silva, ahogado. 

Id. Manuel Huaman, muerto. 

Cabo Julio Salas, herido. 

Soldado Norberto Domínguez, herido. 

Id. Antonio Urquino, herido. 

De la tripulación. 

Federico Xavarrete, herido. 

Jr cinto Santa Cruz, contuso. 

José Pereira id. 

Pablo Bolivian, ■ id. 

James Herly, quemaduras. 

Fabronio Garcia, id. 

José Arias, id. 

Uno mas a quien se le amputó un brazo i un timonel francés 
que fué atravesado por una bala de rifle en momentos de colo- 
car otro pabellón en el pico del palo mayor; tres timoneles he- 
ridos: uno en la mano, otro en el codo i otro en la cabeza. 



EOCÜMENTO NUM. 15. 

PARTES OFICIALES DEL CAPITÁN DE FKAGATA DON CARLOS 

CONDELL, COMANDANTE DE LA CAÑONERA «COVADONGA», SOBRE 

EL COMBATE DE PUNTA GRUESA. 

I. 

COMANDANCLV DE LA CAÑONERA «COVADONGA». 

Ant^fagasta, mayo 27 de 1879. ■ 

Tengo la honra de dar cuenta a U. S. del combate que ha 
tenido lugar entre este buque i la «EsmeraldaD, que quedaron 
sosteniendo el bloqueo de Iquique, después de la partida del 



i.AS DOS esmekÁloas LXVII 

buque almirante i el resto de la escuadra, con los blindados pe- 
ruanos «Huáscar» e «Independencia». 

Eran las 6 ^ de la mañana del 21, cuando encontrándonos de 
guardia fuera del puerto, avistamos al Norte dos humos, los que 
poco después reconocimos ser de los blindados antedichos,. In- 
mediatamente lo comunicamos a la «Esmeralda», quien nos pu- 
so señal de seguir sus aguas, poniéndonos acto continuo en son 
de combate i saliendo a faera para batirnos. Las 8 de la mañana 
sonaban cuando una bala del blindado «Huáscar», dio en medio 
de nuestros dos buques, que se encontraban al habla. En segui- 
da, poniendo la proa^el blindado «Huáscar» a la «Esmeralda», 
i la «Independencia al «Govadonga» empezó el combate, rom- 
piendo nosotros los fuegos. Vista la superioridad del enemigo, 
así como también la treintena de botes que se destacaban de la 
playa en auxilio de nuestros enemigos, i comprendiendo que por 
mas esfuerzos que hiciéramos dentro del puerto nos era difícil, 
ú no imposible, vencer o escapar a un enemigo diez veces mas 
poderoso que nosotros, resolví poner proa al Sur acercándome 
lo mas posible a tierra. Mientras tanto, la «Esmeralda» queda- 
ba batiéndose dentro del puerto. Durante cuatro horas a>nseca- 
tivas soportamos los fuegos que el blindado «Independencia» nos 
hacia sostenidamente, habiendo recibido varios que nos atrave- 
saron de banda a banda el palo de trinquete í nos rompieron 
las jarcias del palo mayor i palo trinquete i el esquife con sus 
pescantes, que se fué al agua. Tres voiccs se nos acercó enfilán- 
donos de popa con su espolón para echarnos a pique. En las dos 
primeras no se atrevió, sea por temor de no encontrar agua pa- 
ra su calado, o por el nutrido fuego de cañón i de fasil quer le 
hacíamos, contestándonos ellos lo mismo, i ademas coa ametra- 
lladoras desde las cofas. La tercera tentativa parece que era de- 
cisiva i a 250 metros de nuestra popa recibió algunos balazos 
con cañón de a 70, que lo obligaron ganar a tierra i vararse en 
un bajo que nosotros pasamos rozando. Gobernamos a ponernos 
por la popa donde no podia hacernos fuego. Al pasar por frente 
le metimos dos balas de canon de a 70 que ellos nos contesta- 
rían con tres tiros, sin tocarnos. 



LXVni EPISODIOS MARITISlOá. 

Saludamos con un hiirra! la arriada del estandarte i pabellón 
peniiuos que dicho bliüdado hacia treniolau eii sus topes, vieu- 
do reemplazada estas insignias por la bandera de parlamento. 
Púseme al habla con el comandante rendido, quien, de viva 
voz, me repitió lo que ya habia inchcado el arreo de su pabe- 
llón, pidiéndome al mismo tiempo un bote a su bordo, lo que 
no pude verificar, no obstante mis deseos, por que el blindada 
«Huáscar», que habia quedado en el puerto, se nos aproxi- 
maba. Intertanto, la tripulación de la «Independencia» aban- 
donalja el bu^ue i se refujiaba en tierra, parte en botes i parte a 
nado. t 

Trabajando nuestra máquina con solo cinco Libras de presión, 
i el buque haciendo mucha agua a causa de los balazos que re- 
cibió, creí aventurado pasar a bordo del buque rendido. Prose- 
guí, puei^ mi retirada al Sur llevando la convicción de que la 
«Independencia» no saldria de allí. 

El clluáscar,» que como he dicho, quedó batiendo dentro del 
puerta a la «Esmeralda,» se nos acercaba a toda fuerza de má- 
quina. Tomé todas mis precauciones para empeñar un segundo 
combate, que por lo desventajoso de nuestra situación parecía 
imposible evitar, pues carecíamos d *balas sólidas i la jente es- 
taba rendida después de cinco o seis horas de sostenido combate 
con ambos buques enemigos. Momentos después i cuando dicho 
blindado estaba como a seis millas de nuestra popa i por la cua- 
dra del vencido, lo vi dirijir su proa en ausilio de la «Indepen- 
dencia.» Este retraso en su marcha permitió que avanzáramos 
un tanto mas, lo necesario para distinguirlo nuevamente, minu- 
tos después, i como a diez millas, siempre en nuestra persecu- 
ción. 

Con la caida del dia i la oscuridad de la noche, perdimos de 
viáta al enemigo i tratando de aprovechar la brisa que soplaba 
en esos momentos, hice rumbo al oeste. Proseguí navega'ndo con 
ese rumbo hasta las doce de la noche, hora en que, creyendo 
que el (.'Huáscar» híibiese cesado en su propósito, me diriji ha- 
cia tierra gobernando convenientemente. 

Recalamos a Tocopilla adonde el buque recibió, con ausilios 



LAS DOS ESMEUALUAS LXJX 

de carpinteros enviados de tierra, las reparaciones mas urjentes, 
tapando los balazos a flor de agua; i proseguí al sur en la ma- 
ñana del 24 tocando en Cobija a la 1^ P. M. donde recibimos al 
vapor del norte que condujo al contador a Antoín gasta i a los 
heridos, con la comisión de verse con el Jen eral en Jefe para 
pedirle un vapor que fuera a encontrarnos, pues el buque no an- 
daba mas de dos millas i seguia haciendo mucha agua. A vein- 
te millas de Antofagasta recibimos el remolque del vapor «J{1- 
mác,)> que nos condujo a esto puerto, donde fondeamos a las 3 
A. M. del 26. 

Supongo que U. S'. tendría desde ayer datos de la acción. 

Terminaré este parte lamentando la pérdida de nuestro com- 
pañero el doctor don Pedro R. 2." Yidela, que dejó de existir 
horas después del combate a consecuencia de una bala que le 
llevó los dos pies; i en el equipaje la muerte del grumete Blas 
2.° Tellez i del mozo Felipe Ojeda. Hubo cinco heridos, pero no 
graves, entre los cuales se cuenta el contador del buque, que 
-i recibió dos balazos. 

Hago una especial recomendación del teniente 1° doff Manuel 
J. Orella, cuyo valor, serenidad en su puesto i resolución a bor- 
do han sido ejemplares. A la vez recomiendo particularmente 
el buen desempeño del injeuiero 2° don Emilio Cuevas, bajo 
cuya dirección está la máquina. 

Los oficiales, tanto de guerra como mayores, se condujeron 
valientemente i cada cual estuvo siempre a la altura de su de- 
ber i de su honor, como oficial i como chileno. Eespecto a la 
tripulación, supo cumplir con su deber; i hubo momentos tales 
de entusiasmo, que cada cual manifestó que estaba resuelto a 
morir, obedeciendo al jeneroso sentimiento patriótico de no en- 
tregar el buque. 

Por el próximo vapor comunicaré a U. S. mas estensamente 
detalles sobre el combate. 

Al querer dar término a la presente, el «Huáscar» que entra 
del S. a las 2| P. í.I., empeña el combate con nuestro buque i 
los cañones de tierra, i en este momento las 6 hs. 45 ms. cesa 
el fuego, pues el «Huáscar» se hace afuera. 



LXX EPISODIOS marítimos. 

A bordo no ocnrre novedad i como siempre la oficialidad i 
tripulación corresponden a la confianza de la patria. 

Dios guarde a U. S. 

CARLOS A. CONDELL. 
Al ícüor Comandante Jcneral de Marina. 



II. 



COMANDAXCIA DK LA GOLF.TA ftCOVAtOXGAw. 

Antofaf) asta, junio 6 de 1870. 
Señor Almirante: * 

Tengo el honor de dar cuenta a ü. S. del combate ocurrido el 
dia 21 próximo pasado en las aguas de Ic[uique, entre el buque 
de mi mando i la «Esmeralda», contra los blindados peruanos 
«Huáscar» e «Independencia», 

Cumpliendo las órdenes de U. S. nuestros dos buques conti- 
nuaban desde el 17 sosteniendo el bloqueo del puerto de Iqui- 
que. Al amanecer del citado dia 21, nos encontrábamos hacien- 
do la guardia a la entrada del puerto, mientras la «Esmeralda» 
vijilaba el interior. A las 6 hs. 30 ms. se avistaron dos humos 
a C millas al N., pudiendo reconocer al blindado «Huáscar» i 
momentos después al «Independencia». Para mayor seguridad, 
avancé dos millas en su direcion i reconocidos los buques ene- 
migos, volví al puerto poniendo señales a la «Esmeralda» de 
dos vapores a la vista disparando un cañonazo de aviso. Com- 
prendida la señal por la «Esmeralda», preguntó: ¿almorzóla 
jente? I contestado afirmativamente, puso nuevas señales orde- 
nándonos reforzar las carr/as i en seguida de seguir sus ar/uas. 
Nuestros buques avanzaron tres millas al N. en dirección al 
enemigo, enfrentando a la quebrada de Iquique i en disposición 



Li\S J)OS ES.MKKALDAS LXXI 

% 

de Latirnos. Eu ente luf^ar i estando al habla nuestros dos bu- 
ques a distancia de 100 metros, el comandante Prat nos dijo al 
habla: Cada uno cumplir con su deber. I a distancia de lO"^ rae- 
tros cayó el primer disparo del «Huáscar» en el claro que nos 
separaba. Ambas tripulaciones saludaron esta primera demos- 
tración del enemigo con un /Vica Chile! i ordenándonos la «Es- 
meralda» abrigarnos con la población, volvimos al puerto, to- 
mando aquel baque su primera posición, colocándome con el mió 
en los bajos de la isla. Colocados así, rorapin')os nuestros f>iegos 
sobre el «Huáscar», que nos atacaba rudamente. 

La «Esmeralda» dirijia también sus proyectiles al mismo bu- 
que, haciendo por nuestra parte abstracción de la «Independen- 
cia», que nos hacia fuego por batería, pero cuyas punterías eran 
poco certeras. Una hora habia pasado en este desigual combate, 
cuando observé que el «Huáscar» gobernaba sobre la «Esme- 
ralda,» dejando pasar por su proa a la «Independencia», que se 
dirijió resueltamente a atacarnos. En ese momento estábamos a 
cincuenta metros de las rompientes de los bajos, corriendo el 
peligro de ser arrastrados a la playa; de tierra se nos hacia fae- 
go de fusilería i la «Independencia» se acercaba para atacarnos 
con su espolón. Comprendí entonces que mi posición no era con- 
veniente; desde ese punto no podíamos favorecer a la «Esmeral- 
da» que se batia desesperadamente. Una bala de a 300 del 
«Huáscar» habia atravesado mi buque de parte a parte, destro- 
zando en su base al palo trinquete. Goberné para salir del puer- 
to, dirijiendo todos mis fuegos sobre la «Independencia,» que a 
distancia de 200 metros enviaba sus proyectiles. 

Al salir de los bajos de la isla, fui sorprendido por una canti- 
dad de botes que intentaron abordarnos; rechazado este ataque 
con metralla de a 6 i fusilería, continué rumbo al S . seguido 
por la «ludependencia,» que intentó tres veces alcanzarnos con 
su espolón. Nuestra marcha en retirada era difícil; para utilizar 
nuestros tiros teníamos que desviarnos de la línea de la costa, 
aprovechándose la «Independencia», para acercarse i hacernos 
aljrunos certeros tiros por baterías, i con su colisa de proa i las 
ametralladoras de sus cofas. El tercer ataque parecía ser deci- 



LXXII KFrSODiÜS MAltlTIMüá. 

6ÍTo: nos hallábamos a doscientos cincuenta metros del enemi- 
go que, sJu disminuir sus fuegos, se lanzó a toda fuerza de ihá- 
quina sobre nuestro buque. En ese instante teníamos por la 
proa el bajo de Punta Gruesa. 

Ko trepidé en aventurarme pasando sobre ella rozando las 
rocas; el buque enemig^o no tuvo la misma suerte: al llegar al 
bajo se varó, dejando su popa levantada. Inmediatamente viré 
i colocándome en posición de no ser ofendido pc.r sus caQoncs, 
que seguían haciéndonos fuego, le dirijí dos balas de a 70 que 
perforaron su blindaje. Fué en este instante cuando el enemigo 
arrió su bandera junto con el estandarte que izaba al palo ma- 
};or, remplazando estas insignias con la señal de parlamento- 
Ordené la suspensión del fuego i plíseme al habla con el coman- 
dante rendido, quien de viva voz me repitió lo que ya me habla 
indicado el arriar de su bandera, pidiéndome al mismo tiempo 
enviase un bote a su bordo. Esto» no fué posible verificar, no 
obstante mis deseos, porque en ese momento el «HuásearD se 
aproximaba. Ademas nuestra máquina solo podia trabajar con 
cinco libras de presión i el buque hacia mucha agua a causa de 
los balazos recibidos; por todo esto creía aventurado pasar a 
bordo del buque rendido. Intertanto, la tripulación de la «Inde- 
pendencia» se refujiaba en tierra, parte en botes i parte a nado, 
abandonando el buque, que quedaba completamente perdido. 

El desigual combate anterior había durado hasta las 12 hs. 
35 m., es decir, cuatro horas. Durante él se dispararon: 

38 balas sólidas de a 70. 

27 granadas de a 70. 

00 id. comunes de a 9. 

4 id. de segmento de a 9. 

15 tarros de metralla i 34 balas de a 9. 

3,400 tiros a bala i 500 de revólvers. 

Las pérdidas de vidas son las siguientes. 
Muertos. 

Cirujano 1." don Pedro K. 2.° Videla, que una bala le destro- 
zó los pies i murió a las 7 de la noche. 



LAS DOS ESMERALDAS LXXIII 

Grumete Blas 2.° Tellez. 
Mozo, Felipe Ojeda. 

Heridos. 

Doü M. Enrique Reynolds, en un brazo, en circunstancia de 
hallarse en el puente, de ayudante del que suscribe. 

Contramaestre 2.°, Serapio Vargas. 

Guardian 2.", Federico Osorio. 

Fogonero 2.°, Ramón Orellana. 

Marinero 2.°, José Salazar. 

Soldado, Domingo Salazar. 

Los daños causados por las balas enemigas son: 

Una bala de cañón de a 800 que atravesó el buque de babor 
a estribor, rompiendo el palo de trinquete en el entrepuente, i 
salió a flor de agua. Este proyectil fué el que en su trayecto 
hirió al cirujano i al mozo. Dos balazos dados, uno en la car- 
bonera de popa i el otro en la de proa, ambos a estribor i a fior 
de agua. 

El 2." bote destrozado i la chalupa perdida totalmente con 
uno de sus pescantes. 

La jarcia del palo mayor i trinquete cortados de banda a ban- 
da, i la del segundo a estribor. 

A popa en la bovedilla una bala dejó su forma sin penetrar, 
e innumerables tiros de rifle como de ametralladorii, en todo el 
buque. 

Según he espuesto, al dejar el costado de la «Independencia», 
avistamos el «Huáscar» que se nos acercaba a toda fuerza de 
máquina. La presencia de este buque nos hizo temer la pérdi- 
da de la «Esmeralda», incapaz de resistir por mucho tiempo los 
ataques de tan poderoso enemigo. 

Sin embargo de lo desventajoso de nuestra situación, pues 
estábamos casi destrozados, las municiones agotadas, sobre to- 
do las balas sólidas, i la tripulación rendida con cinco horas de 
trabajo constante, tomé todas las precauciones para emprender 
un segundo combate. 

Poco después i cuando el enemigo estaba a cinco millas de 

j 



LXXIV EPISODIOS IIAKITIMOS. 

nuestra popa, i por la cuadra del vencido, vi dirijir su proa eii 
su auxilio. Este retraso nos permitió avanzar,' distinguiéndolo 
nuevaraente a diez millas i siempre en nuestra persecución. 

En la oscuridad de la noche perdimos de vista al enemigo, i 
aprovechando la brisa que soplaba, hice rumbo al O. Proseguí 
en esa dirección hasta las 12 M. hora en que, creyendo que el 
«Huáscar» hubiese cesado de su proposito, me dirijí hacia tie- 
rra. 

Antes de terminar la narración de lo3 sucesos de este din, me 
permitiré manifestar a U. S, que los oficiales tanto de guerra 
como mayores se condujeron ¡valientemente, estando cada uno a 
la nltura de las circunstancias, cumpliendo como oficiales i como 
chilenos. 

La tripulación toda, sin escepcion, ha hecho cuanto podía exi- 
jirse, estando en el ánimo de todos la resolución de morir sin 
arriar nuestra bandera. 

Hago una recomendación especial del teniente 1." don Manuel 
J. Orella, cuyo valor, resolución i serenidad en su puesto, son 
dignos de elojio. A la vez hago mención especial del buen de- 
sempeño del injeniero 2.° don Emilio Cuevas, bajo cuya direc- 
ción está la máquina. 

Al amanecer el dia siguiente 22, recalamos al rio Loa, fon- 
deando en Tocopilla a las 8.30 P. M. En este punto fuimos 
auxiliados por j ente de tierra que ayudó a achicar el buque, i 
por carpinteros que hicieron las reparaciones mas urjentes i 
necesarias para continuar el viaje. 

Antes de salir, cumplimos con el penoso deber de enviar a 
tierra i depositar solemnemente en la iglesia del pueblo, los ca- 
dáveres de las tres personas fallecidas en el combate, acompa- 
ñando a este acto una comisión compuesta del teniente Lynch i 
del contador señor Reynolds i parte de la tripulación. 

En la tarde del dia 23 salimos de Tocopilla con rumbo al sur 
hasta las 11 de la noche en que, a causa del fuerte viento i no 
avanzando sino una milla por hora, resolví volver al puerto in- 
dicado i esperar mejor circunstancia. A las cinco A. M. del 24 
¿¡arpé nuevamente al sur, aprovechando la calma de la mañana. 



LAS 1)03 KSMEKAIJÍAS LXXV 

Una floja brisa del norte me permitió largar velas, fondeando 
en Cobija a las 12 M. En este puerto nos pusimos al habla con 
el vapor «Santa Rosa,» que venia del norte, embarcando en él 
con destino a Antofagasta a los heridos i al contador que debía 
solicitar del jeneral en jefe el envío de algún vapor que nos die- 
ra remolque. 

Salí de Cobija a las 3 P. M. i navegando mui cerca de lá cos- 
ta, pasamos mui a la vista de Mejillones, i aprovechando la bri- 
sa terral seguimos rumbo a x\ntofagasta hasta la mañana del 
día siguiente, día en que a 20 millas de este puerto recibimos 
remolque del vapor <íE.imaci> que nos condujo al fondeadero, lar- 
gando el ancla a las 3 P. M. del 25. A las 6 A. M. un fuerte 
temporal del Este rompió el an.cla í tres espías que amarraban 
el buque, i a pesar de fondear la segunda ancla con 90 brazas de 
cadena fuimos arrastrados cinco millas a fuera. A las 8 A. M. 
fuimos tomados a remolque por dos vaporcitos del puerto i con- 
ducidos a la dársena, donde fuimos amarrados convenientemente 
con ún ancla i varias espías. 

A la una de este tnismo día, cuando creíamos estar en seguri- 
dad, nuestro vijía anuncia la aparición del «Huáscar» por el S. 
O. i a poca distancia del puerto. Tomé inmediatamente una po- 
sición que me permitiera defenderme; i percibiendo al buque 
enemigo que se dirijia a apresar el trasporte «Rimac» que huia 
al N., le dirijí dos tiros con el fin de distraerlo i dar tiempo pa- 
ra la salvación del trasporte. Esto se consiguió, por que el 
(íHuáscar» paralizó un momento su marcha, siguiendo momen- 
tos después su propósito, pero inútilmente. A las 4 P. M. el 
«Huáscar» volvió al puerto i después de un prolijo estudio de la 
costa, lanzó su primer tiro a nuestro buque. Inmediatamente 
fué contestado por nuestros cañones i los fuertes o baterías de 
tierra, siguiéndose un tiroteo dedos horas sin resultado notable, 
habiéndose consumido por nusstra parte 35 tiros de bala sólida. 

La tripulación de la ocCovadonga», a pesar de solo haber reci- 
bido tres o cuatro instrucciones sobre el maneja de la artilleria, 
estaba ya en aptitud de desempeñar su puesto en combate. No 
obstante, los oficiales que comandaron las colisas de a 70, solí- 



LXXVI EPISODIOS marítimos. 

citaron de mí como im honor el ocupar los puestos de cabos de 
cañón. 

Así, el teniente Orella en la colisa de proa i el teniente Lynch 
en el de popa, apuntaron i dieron fuego durante todo el tiempo, 
obteniendo el manejo mejor que pudiera desearse. 

Al presente me hallo con el buque de mi mando fondeada 
en la dársena del puerto, que solamente tiene 2 o 3 brazas de 
agua, i por consiguiente, al descomponerse la barra con la ma- 
rejada, la quilla toca en el fondo i hace sufrir al buque, circuns- 
tancia que la hago notar para que U, S. se sirva tomar a la ma- 
yor brevedad la resolución mas conveniente. 

El departamento de la máquina que, como ya he dicho a U. 
S., ha sido atendida por el injeniero Cuevas i sus subordinados, se 
halla a la fecha listo con un solo caldero (pues el otro está inu- 
tilizado) i después de haber cambiado un émbolo que oportuna- 
mente recibimos de Valparaíso. 

No omitiré la circunstancia de hacer presente a U. S., que el 
mayor andar conseguido durante el combate del 21, nunca fué 
mas de cuatro millas. 

Es cuanto tengo el honor de dar cuenta a U. S. 

Dios guarde a U. S. 

Carlos A. Condell. 

Al Señor Almirante i Comandante en Jefe de la escuadra. 



MAYORÍA DE ÓRDENES DE LA ESCUADRA. 

Iquique, junio 12 de 1879. 
Es copia conforme. 

Domingo Salamanca. 



LAS DOS KSMEUALDAS LXXVII 



DOCUMENTO KUM. IG. 

PEFENSAS LEGALES INÉDITAS, I DISCURSOS PÚBLICOS DEL CAPITÁN 
DON AETURO PKAT DESDE 1888 A 1877. 

I. 

DEFENSA DEL INJENIERO DON RICARDO OWEN, ACt'SADO 

DE DESOBEDIENCIA, ANTE EL CONSEJO D^: GUERRA RSUNiüO EN LA 

«ESMERALDA» EL 2G DE OCTUDRE DE 1803. 

Señor Presidente. 
Señores del Consejo: 

Nombrado defensor por el injeniero 2." de la armada don .Ricar- 
do Owen, acusado de omisión en el cumplimiento de sus deberes 
i de insubordinación, cábeme el honor de llenar este deber por 
los medios legales que se hallan a mi alcance. Afortunadamente 
para mis escasas fuerzas, al enterarme del espediente cuya lec- 
tura acabáis de oir, he visto con placer que no tengo que moles- 
taros con un estenso alegato pues la mejor defensa se halla en- 
cerrada en el conocimiento del mismo proceso. 

Sin embargo, señores jueces, voi a estudiar los fundamentos 
de la acusación para que, sometidos a un examen razonado e 
imparcial, veáis con cuanta facilidad se debilitan i desaparecen. 

Se le imputa al injeniero señor Owen falta de celo en el cum- 
plimiento de sus deberes, por el solo hecho de no haber presen- 
tado el plano jeneral de la máquina del vapor «Covadouga» cu- 
yo cargo tenia, cuando le fué pedido el 16 de setiembre del 
presente año, once dias después de haber llegado el buque de la 
campaña en Mejillones, siendo notorio, como consta en tcdos los 
libros de bitácora i vosotros no la habréis olvidado, que en todos 
esos dias no hubo de sol mas que los cuatro últimos. Apesar de 
esto, el señor fiscal empeñado en condenar, sin prueba alguna^ 
da un resumen desnudo de todo fundamento, copia fiel del parte 
que encabeza el sumario. 



LXXVIII KPISODIÜS MAlíITIMüS. 

Con la mayor atención he examinado esa pieza i no le he 
encontrado un apoyo; no creo tome por base el parte del acusa- 
dor i las declaraciones de los testigos, pues se hallan en abierta 
contradicción. La única que pudiera servirle de fundamento se- 
ria la del teniente 1." don Francisco Rondizzoni; pero ésta, a 
mas de ser insuficiente, es de temer no lleve el sello de impar- 
cialidad que la rectitud de la justicia reclama, pues es casi soli- 
dario de las disposiciones del primer jefe i encargado directa- 
mente del cumplimiento de ellas. 

Sin mas que estas tres esposiciones, el señor fiscal se ha con- 
vencido de la culpabilidad del señor Owen i lo ha juzgado sin 
tomar otras declaraciones para el esclarecimiento del hecho i 
mejor acierto en su cometido. Hace aparecer como falta el que 
mi defendido no haya entregado el plano terminado, once dias 
(Jespues de la llegada del buque a Valparaíso, cuando el mis- 
mo comandante dice eu su parte que quedó acordado lo conclui- 
rla en este puerto en el espacio de veinte o treinta dias. Asi- 
mismo, sin mas que una declaración que puede sospecharse de 
parcial, S. S. lo cree culpable de insubordinación. 

J.Ias permitidme volver atrás i tomar las cosas desde su prin- 
cipio. 

Hallándose el vapor «Covadongaí de estación en Mejillones 
el señor comandante de ese buque ordenó a su primer injeniero 
se pusiese a trabajar el plano de la máquina que le estaba en- 
cargada; pero habiéndole éste espuesto que la falta de los ne- 
cesarios instrumentos finos le impedia hacerlo, se acordó dejarlo 
hasta que de vuelta al departamento pudieran superarse estas 
dificultades. 

Durante la estación en el Norte, dicho injeniero se ocupó en 
formar los planos parciales de las distintas piezas de la máqui- 
na, para, una vez en Valparaiso, dedicarse solo al jeneral, i con- 
cluirlo en el menor tiempo posible. ¿Prueba esto, señores, se ha- 
llara mi defendido con poca disposición para el trabajo? — Por el 
ccEÍ?ario, creo que da una prueba concluyente de su buena vo- 
luntad. 

Lle^-ado a Valparaiso, fué advertido por su comandante pri- 



LAS DOS ESMERALDAS LXXIX 

cipiase el plano con toda prontitud: h izóse así, pero el trabajo 
de uno o dos meses no es posible hacerlo en cuatro dias, sobre 
todo cuando el buque por su poca estension no se presta a 
ello. El «Covandoga» (vosotros le conocéis, señores, lo suficiente 
para apreciar sus comodidades), estrecho, sin ofrecer un lugar 
aparente para el objeto, no era un auxiliar para el pronto tér- 
mino de un plano delicado i moroso en sí mismo. 

La cámara de oficiales, único departamento, en que podia ha- 
cerse un trabajo de esa naturaleza, es un local que el resto de 
los oficiales necesita para sus diatios quehaceres i no podia 
ocuparlo por largo tiempo sin perjudicarles notablemente; así, 
es mui justa i apegada a la razón la observación que le hizo el 
teniente 1.° Francisco Rondizzoni, de no ser un lugar apropósi- 
to para su trabajo. ¿Qué hizo entonces el acusado? Colocó la 
plancha en que trabajaba sobre las barandillas del puente de 
la máquina, i de pié, en medio de todos los trabajos de ella, dio 
principio al trazo del plano que se le habia pedido. 

Ya os he hecho observar, señores, que desde la llegada del 
«Covadonga» (el 5 por la noche) hasta el 16 por la mañana, dia 
en que el plano le fué pedido, la atmósfera se mantuvo siem- 
pre revuelta, siendo natural que los pocos dias del todo buenos 
con que se contó en esa temporada, los dedicase en su mayor 
parte a la limpieza i arreglo de su máquina, que es su primer 
cuidado. Siete dias de los once que hacia se hallaba el buque en 
este puerto, los toldos se han mantenidos armados: los cubiche- 
tes cerrados por causa de la lluvia. ¿Puede mi defendido haber 
trabajado en las tinieblas i con el balance que no se os ocultará 
debe tener un buque de tan poco calado, con la mar lijeramente 
ampollada, en un plano que no podia por menos que exijirle el 
mayor cuidado? 

Vedi o ahora i, después de examinarlo con atención, decidme 
si se han perdido los pocos dias de buen tiempo, atendiendo a 
los cortos elementos de que podia disponer. Haceos cargo tara- 
bien de que no por hallarse distraído en esa ocupación no dejaba 
ni podia dejar de atender a los trabajos de consideración qre 
se ejecutaban en los calderos del buque i a su continua iim- 



LXXX KPiíODios marítimos. 

I)ieza; no olvidéis tampoco que el inspector de máquinas en su 
oficio corriente a f. 17 vuelta ha espresado su opinión de que pa- 
ra concluir un plano como el que hacia mi defendido se necesitaba 
no menos de 19 dias, i no los pocos de que este pudo disponer. 
Con esto i las razones que he tenido el honor de someter a 
vuestra consideración, creo haber desvanecido toda idea de cul- 
pabilidad que pudiereis haber abrigado contra mi defendido en 
lo que reópecta a la terminación del plano jencral de la máquina 
de el vapor (íCovadonga.» 

Entro ahora, señores, a la parte mas espinosa de lo que ha 
motivado el presente proceso, i reclamo para ella vuestra espe- 
cial atención. 

El miércoles 16 del próximo pasado, llegó a su buque el señor 
comandante del «Covadonga» i llamando al injeniero en jefe de 
la máípiiua, hoi el acusado, le preguntó si tenia concluido el 
plano que le habia pedido. — La respuesta fué: que aun no habia 
tenido tieftipo para ello. — ¿Será necesario arrestarle para que lo 
concluya? fué la otra frase que el señor comandante lanzó a su 
primer injeniero sobre cubierta i en alta voz. No es mi ánimo 
entrar a examinar la justicia, ni la oportunidad de ella: es amar- 
ga la dosis i bien se comprende que quien la daba esperaba no 
fuese recibida con calma, i posesionado quizá de este pensa- 
miento, creyó oir una respuesta destemplada, que efectivamente 
no lo fué. 

Dijo el señor Owen, que si quedaba arrestado no podría con- 
cluir el plano, i no dudo, señores, le encontrareis mucha razón, 
pues, ¿cómo podría hacerlo sin los enseres necesarios para el tra- 
bajo? Si habia proporcionado los indispensables para su princi- 
pio, no habia sido así para terminarlo, con tanta mas razón 
cuanto que pensaba solicitar licencia para concluirlo en tierra, 
pues a bordo iba haciéndose largo por las dificultades espuestas. 
Palpable es, señores jueces, la inocencia de mi defendido, 
pues las palabras que se le atribuyen, según consta de las decla- 
raciones de los testigos, corrientes a fojas 11, 11 vuelta i 12, no 
las ha pronunciado: desvaneciéndose con solo esta prueba el car- 
go de insubordinación de que se le culpa. 



LAS DOS ESMERALDAS LXXXI 

Nada difícil es que el señor eomandaute haya apreciado en 
diverso sentido el valor de las palabras que oyó pronunciar, sin 
recordar las constantes pruebas de subordinación nunca desmen- 
tida que le ha dado el citado injeniero, siendo por esta equivoca- 
ción arrestado en su camarote con un centinela de vista. 

El señor fiscal sin atender a las deposiciones de los testigos, 
de los cuales hai solo uno que dice contestó «no haria nada» 
habiendo dos que oyeron que «no podria hacer nada», da su fallo 
.definitivo opinando porque el citado injeniero debe ser juzgado 
con arreglo al artículo 31, título 33 i artículo 16, título 5.° Or- 
denanza de Grandallana. Por el 1.° se castiga el insulto a supe- 
riores i por el 2.° se indica a los subalternos deben oir con resig- 
uacion sus amonestaciones. 

Ni uno ni otro pueden tomarse en consideración aun para el 
caso que aprecia el señor fiscal, pues no hubo ni reprensión ni 
insulto, i si ha habido motivo para aplicar uno de los últimos 
castigos que es posible dar a la dignidad de un oficial, vosotros 
lo juzgareis, señores, i de vuestra rectitud espero la mas cumpli- 
da justicia. 

Apelo, pues, señores, a vuestro justo e imparcial criterio, lla- 
mado a fallar en este proceso con la firme convicción de que en 
todo lo que se os ha leído de él, nada hai que pudiera compro- 
meter a mi defendido que no se haya victoriosamente refutado 
por las declaraciones imparciales que en él figuran. 

Por fin, señores jueces, espero rne permitiréis recordaros que 
el injeniero don Ricardo Owen presta sus servicios al país des- 
de el año 63, tomó parte activa en la corta peripecia de nuestra 
guerra con España, tocándole una mui principal en sus acaeci- 
mientos, pues no es otro que a él a quien se .le debe haber man- 
tenido a flote el buque a que pertenece, en los críticos momen- 
tos de su captura, demostrando en estas i otras circunstancias 
su abnegación i buena voluntad para el servicio, que le ha reco- 
mendado a los ojos del jefe del «Covadonga» que le conservaba 
en su buque como injeniero en jefe de la máquina, alcanzando el 
grado de 2,°. 

No concluiré; señores, sin haceros notar que, en parte, lo suce- 

k 



LXXXII EnsoDK^s marítimos. 

dido nace de la deífcencia del reglamento de injenieros mecáni- 
cos de la armadn, que rije desde el año pasado, el cutd no deter- 
mina en 6U3 artículos haya, como es tan necesario en todo buque, 
un plano jeueral de su mííquina i tampoco los instrumentos que 
un injeniero debe tener para el desempeño de sus deberes. Si 
por la lei reglamentaria que rije a este cuerpo, se hubiera de- 
terminado lo que os hago notar, cierto estoi de que este desagra- 
dable incidente no hubiera ocurrido, pues el plano habria sido 
hecho en Mejillones i no podría justificarse como al presente el 
que un injeniero se escusas© de hacer un trabajo do esta natura- 
leza por falta de instrumentos adecuados, perjudicando de eat- 
modo el servicio i dejando un ancho campo al abuso i a la arbie 
trariedad. 

He dioho. 



II. 



IJEFEXSA ANTE El. CONSEJO DE GÜEKKA DE OFICIALES JENEEALRP, 

EN KAVOK DKL TENIENTE 1." GRADUADO 

DON LUIS UIMBE, (ACUSADO DF.L DLLITO DE DESOBEDIENCIA 

I DESACATO A 6US SUI'ERIORES. 

(Abril 1." de 1875). 
Señores presidente i vocales del consejo: 

Según el íw'tículo o.", título 32 de la Ordenanza llamada de 
Grandallana, incumbe al consejo de guerra de oficiales jenerales, 
juzgar «la conducta de oficiales jeuerales o particulares o guar- 
dia-éiiarinas», que hayan delinquido. 

Sin embargo, hoi tenéis a vuestra presencia, no a un oficial 
de la armada, sino a un paisano, ex-oficial, como se le titula, 
por cuanto el decreto de 2.3 de abril del año pasado le dio de 
baja en el escalafón de la marina. 

Este decreto que le despoja de su empleo, debería entrañar 
también la privación de su fuero militar, dejándolo justiciable 



LAS 1X)3 1«M 12 II A I. DAS LXXXIII 

ante la jurisdicción ordinaria. ¿Por qifcé cnti^ncesse somete a 
Uribe a un consejo de guemí? ¿Por qué se le recDnoce fuero de 
guerra? El fuero solo puede provenir del empleo, i si el señor 
Uribe g'oza de él, es incuestionable que aun permanece empleado 
do marina, que aun es teniente l."^ de la armada nacional. 

I esto es indoduble, señores jaece >; el título de teniente i la 
renta adherida a él, siendo la propiedad de Uribe, garantizada 
por un artículo constitucional (art. 12 núm. 5), no ha píxlida 
serle arrebatado, sino en virtud de sentencia judicial, sentencia 
que no existe, señores consejeros, porque este oñcial no ha sido 
oído ni juzgado legalmente, ni por el tribunal que designa la lei, 
ci mo esa misma constitución lo establece en sus artículos 
133 i 134. 

Ni puede, señores, invocarse la facultad disOTeciouál que el 
núm. 10 del artículo 82 de la constitución acuerda al presidente 
de la Tíepública, porque todos sabéis, señores, que los funciona- 
rios judiciales, militares i eclesiásticos, se han considerado siem- 
pre fuera de alcance de esta atribución. (Comentarios de Lasta- 
rria, páj. 355). 

Por otra parte, según la lei, la ordenanza militar i la tradi- 
ción, incumbe solamente a sus pares, es decir, al consejo de gue- 
rra de oficiales jenerales, la facultad de juzgar a los oficiales 
d¿l ejército o armada i de imponerles la pena de privación de 
empleo, por sentencia legalmente pronunciada. 

Ni el Congreso, mucho menos el Ejecutivo, podrían privar a 
un oficial del ejército o marina, del empleo que sus servicios le 
han conquistado, porque invadiendo las atribucione's privativas 
de este tribunal, desquiciarla nuestra organización política, ba- 
sada en la independencia recíproca de los poderes lejislativo, 
tjecutivo i judicial. 

El decreto que priva a Uribe de su empleo en la mari|ia, 
afecta solidariamente a todos los oficiales de la armada, porque 
todos pueden quedar espiiestos a ser privados de él por hechos 
que no pueden ser considerados punibles, mic^ntras no hayan 
sido plenamente examinados i juzgados por un consejo. 

La dignidad njisma de este consejo i el nobje celo por sus 



LXXXIV EPISODIOS .MAKITIMOg. 

privativas atribuciones, están estrechamente ligadas con la 
posidm que ese decreto ha creado el teniente üribe. Si es le- 
gal la privación que ese decreto le impone, el consejo de guerra 
abdica; si no es legal i si solo al consejo corresponde imponer, 
como término de un juicio, la pena de privación de empleo, el 
señor Ui-ibe no ha podido ser sep^^rado del cuerpo a que perte- 
necía i jamas ha dejado de ser nuestro compañero i conserva su 
grado de teuieate 1.° de la armada de la República. 

Sin duda el propósito del supremo gobierno, al lanzar ese 
decreto, no ha sido otro que ejercer presión sobre el señor Uribe 
para compelerlo a pi-esentarse ante sus jueces: pero el teniente 
Uribe, oficial de honor, hombre de delicadeza i perfectamente 
seguro de la rectitud de sus procedimientos, no ha necesitado de 
esa coacción para presentarse ante vosotros. 

El, apesar de la mala voluntad i venciendo todos los obstácu- 
los que le opusieron los mismos que debieron haberle facilitado 
los medios de someterse a este tribunal, se trasporta a Chile, no 
ya sirviendo dignamente, como lo habia pedido, sino de incógni- 
to abordo del «Cochrane», mostrando así que él no queria huir 
de vuestra recta justicia, sino acojerse a la justificación de este 
alto consejo de oficiales jenerales. 

Establecida la cuestión en su terreno propio, tenemos que vais 
a juzgar no al ex-teniente, como repetidas veces se le llama en 
este projceso, sino al teniente 1.** don Luis Uribe, suspenso de su 
empleo el 23 de marzo de 1S74 i privado de él a 25 de abril del 
mismo año, por la supuesta falta de no haber obedecido la orden 
de embarcarse en el aviso «Magallanes» que salia a viaje. 

Es necesario, señores, tomar las cosas desde mas lejos para 
que hagáis una apreciación clara i justiciera de los hechos que 
motivan este proceso; i con este fin voi a haceros una relación 
compendiosa de ellos. 

En el año 1872, el Congreso autorizó al ejecutivo para gas- 
tar una gruesa suma en la adquisision de dos buques blinda- 
dos, un aviso destinado al servicio de la colonia de Magallanes 
i dos mas pequeños para el servicio de nuestros rios del Sur. 

El 30 de junio del mismo año, dejaba nuestra bahía con des- 



LAS DOS ESMERALDAS LXXXV 

tino a Liverpool, el paquete ingles «Cordillera», llevando a su 
bordo la comisión de oficiales a quien el gobierno habia confe- 
rido la importante misión de inspeccionar la construcción de 
esos buques. 

El contra-almirante de la Bepública, don José Anacleto Goñi, 
era su jefe. 

El teniente don Luis XJribe, era uno de los oficiales que iban a 
sus órdenes. 

La comisión arribó a Liglaterra con toda felicidad i pocos dias 
después principiaba a desempeñar su cometido. 

El almirante fijó su residencia en Londres. Los oficiales fue- 
ron diatribuidos en HuU i en Blacli^Yail donde se construían 
nuestros buques. 

Al teniente Uribe le tocó la inspección del blindado «Valpa- 
raíso» en Hull, i ahí fijó su residencia. 

Durante el día, ocupaba su tiempo en vijilar la construcción 
del blindado; i la noche, en estudios profesionales, fruto de los 
cuales es la obra «Magnetismo i desviación de los compases» que 
en la actualidad se imprime bajo la dirección intelijente del di- 
rector de la oficina hidroo-ráfica. 

Al mismo tiempo, distraia esta ocupación, cultivando relacio- 
nes de amistad con diversas personas de la sociedad de Hull. 

Comisiones de corta duración i pequeña importancia le arran- 
caban de cuando en cuando de su residencia para volver luego a 
ella. 

Entre éstas, tuvo la de acompañar a Paris i a varios otros 
puntos de Europa, en clase de ayudante, al almirante Goñi que 
hacia este viaje por asuntos del servicio. 

La confianza i el aprecio que el señor almirante tenia por el 
teniente Uribe, estaba lejos de haber disminuido i la mejor ar- 
monía reinaba entre ellos, armenia, que, asuntos del servicio 
nunca, quizás, hubieran interrumpido, pero que, negocios de un 
orden enteramente privado, vinieron a alterar de una manera 
desgraciada, dando lugar a acontecimientos dolorosos por mas 
de un motivo, i que para el teniente Uribe envuelven un conti- 
nuado tormento como oficial i como hombre. 



LXXXVI KITS0DIO3 marítimo?. 

El teniente Uribe, entre las rekicíoues que habia contraído en 
HuU, habiíx cultivado la aiuistad de la señorita Morley. Como 
era natural, esta amistad entre jóvenes que se hallan en la edad 
de las ilusiones, dio pronto lugar a un sentimiento mas íntimo, 
cuyo desenlace natural era el matrimonio. 

Jilui luego se habían dado naturalmente palabra de casamien- 
to, que debia ser cumplida tan pronto como üribe obtuviese la 
licencia respectiva. 

Halagado Uribe con esta esperanza, i confiado en el dereclio 
de elevar solicitudes a la autoridad, que en jeneral la constitu- 
ción consagra en su artículo 12 i nuestra ordenanza apoya en 
su artículo 58, título 1.'' tratado 2.°, envió a su jefe, señor Goúi, 
la solicitud de casarse. Devuelta por falta de algunos requisitos 
ia primera vez, fué elevada en forma por segunda vez en febrero 
de 1873. 

Con sorpresa vio el teniente Uribej que trascurría el tiempo 
sin que la solicitud marchase, i que al pedirle nuevamente su 
<í^nvío al señor almirante, éste se la devolviese, diciéadole que no 
se hallaba dispuesto a mandarla, que lo hiciese él, sí quería, i 
que por su parte, haría lo posible para que no le fuese despa- 
chada, para lo cual escribiría al comandante jeneral de marina, 
señor Echáurren. 

El teniente Uribe remitió, pues, su solicitud a Valparaíso con 
licencia de .su jefe, conformándose así con lo que el artículo 56, 
titulo 1.° tratado 2.^ dispone, i poco tiempo después, contrajo 
matrimonio civil con la señorita Morley, matrimonio que no 
siendo válido ante nuestras leyes, equivale solo a un contrato de 
esponsales todavía por cumplir. 

Desde este momento, las cordiales relaciones que mediaban 
tntre el jefe i el subalterno, sufrieron un cambio súbito, i el amor 
propio de un jefe hizo del teniente Uribe una víctima inocente* 

Lejos, muí lejos. de mi ánimo está suponer que el procedi- 
miento puesto en práctica por el señor Altamirauo, fuese con el 
esclusivo objeto de molestar a Uribe: no! a mí juicio él llevaba 
un fin mas noble, mas digno de él, llevaba el propósito de im- 
pedir un matrimonio que él creía una locura, un golpe de cabe- 



EPISODIOS MlIUTIMOS. LXXXVII 

zn. Pero el mal está en que este propósito que le movió a negar- 
le cm'so a la solicitud, le movió también a usar de medios 
ilejítimos, de medios reprobados por la delicadeza i el honor, do 
medios que nada justifican, de medios que son la causa eficiente 
de este proceso. Él no debió salir del terreno privado de los 
consejos, pero estaba ya empeñado el amor propio, sentimiento 
que con tanta fuerza nos impele a hacer triunfar nuestros pro- 
pósitos por desacordados que sean. I si se tiene la autoridad 
¿cómo no ponerla a su servicio? 

Pero este procedimiento probado por las declaraciones de los 
tenientes Peña, Linch i capitán Molina, i puesto en conocimien- 
to de Uribe por los mismos, tiene períodos de distinta gravedad. 
Antes de abril del año en que ocurrieron estos sucesos, las ma- 
lignas insinuaciones que el señor Goñi hacia a la señorita Mor- 
ley, solo se dirijian a la futura del teniente Uribe, pero desde 
este mes ya se dirijian a la esposa lejítima, adquirida ante las 
leyes inglesas, su prometida en Chile. 

Tenian desde este momento un carácter mas serio, grave i de- 
licado, porque lierian la honra del hombre en lo mas vivo. A mas, 
esas acriminaciones no tenian ya objeto, puesto que siendo el 
matrimonio un hecho consumado, nada podía conseguir el almi- 
rante con sus invectivas, sino era satisfacer una pequeña herida 
de amor propio a costa de la felicidad doméstica de ese matri- 
monio. 

Difícil me es, señores jueces, i por eso renuncio a ello, pintar 
el efecto que un proceder semejante hizo en el moral del tenien- 
te Uribe, a quien se insultaba enlodando a su esposa, haciendo 
de su alcoba de soltera, no un santuario sino una casa pública... 

Esto le motivó un malestar que, acompañado del temor de 
que sus compañeros i mejores amigos que tenia en Inglaterra, 
aceptasen la ofensiva versión que sobre su esposa hacia la auto- 
rizada palabra del señor almirante, indispuso su ánimo a tal 
punto que su salud se resintió. 

Sin embargo, resistiéndose a creer que el señor Goñi hubiese 
vertido frases tan infamatorias, quiso averiguar de una manei-a 
positiva lo que hubiese de verdad. A este efecto, pidió i obtuvo 



LAS DOS ESMERALDAS LXXXVIIÍ 

del capitán Moliaaj se acercase al sedor Goñi i le espusiese a su 
nombre, que personas honorables le hablan informado que él se 
espresaba en términos mui injuriosos sobre la honorabilidad de 
su esposa, informes que le hablan resuelto a dirijirse a él para 
saber positivamente la verdad del hecho, las razones que tuvie- 
ra para obrar así i persouas que le hubiesen suministrado datos 
tan inexactos. Agregaba que, contando con esos datos, se pon- 
dría en situación de desvanecer las calumniosas imputaciones 
quo se le hacian, conquistando así nuevamente la voluntad de 
su jefe i la tranquilidad de su hogar. 

¿Hai algo mas justo que lo pedido por Uvibe? ¿Podria creerse 
que el señor Goñi, quien al principio parecía movido por senti- 
mientos paternales, se negase a satisfacer estas dudas que iban a 
decidir sobre el porvenir de una familia? sobre la suerte de uno 
de sus oficiales? Estoi cierto me diréis que nó; pero veamos lo 
que sucedió. 

Estaba para terminarse el año 73, cuando el capitán Molina 
se apersonó al señor almirante, i solicitó de él una entrevista 
por encargo del teniente Uribe. Concedida por el señor Goñi, le 
espresó el capitán Molina la comisión de que era portador, ro- 
gándole satisficiese los deseos de su compañero i amigo. ¿Qué 
respondió el señor Goñi? La declaración de Molina dice que 
aquel señor contestó, que era efectivo habia recibido informes 
que hablaban mui alto contra la moralidad de la esposa de 
Uribe, informes que habia tomado en ínteres de este oficial, i que 
no le era posible manifestar las personas de quienes las habia 
obtenido. Agregó, dice Molina, «muchas cosas que no cito por no 
recordarlas», pero que para el teniente Uribe que las recuerda 
en todo su colorido, eran un repetido ultraje a la virtud de su 
esposa. 

La entrevista terminó con la autorización que el señor almi- 
rante concedió al capitán Molina, para enterai' a Uribe de todo 
lo hablado en esta conferencia. 

Impuesto Uribe por esta autorización, no va de una manera 
vaga, incierta, sino positiva, auténtica, que su jefe se habia ocu- 
pado en la difamación de su esposa i se negaba a facilitarle los 



LAS nos ESMERALDAS LXXXIX 

medios de destruir las calumnias de que se habia hecho eco, re- 
solvió buácar informes de personas respetables que acreditasen 
ante el señor Goñi la honorabilidad de su esposa, i con ellos di- 
rijirse a este señor con la esperanza de terminar satisfactoria- 
mente un jíí tan lorgo sufrimiento que podia concluir con su sa- 
lud i aun con su vida. 

La empresa uo era de un día, habia qne trasladarse de Lon- 
dres, donde entonces se liallaba, a HuU, donde debia encontrar 
los informes. 

Obtenidos éstos, resolvió avistarse con el señor almirante, 
pero deseaba que la entrevista que debia tener lugar, fuese pre- 
senciada por las mismas personas que hablan sido testigos de 
las difamaciones vertidas. 

Esto no era fácil, pero la circunstancia de la última prueba de 
la «^íagallaues» proporcionó al teniente Uribe la ocasión que 
deseaba. 

Antes de entrar en la narración del incidente a que dio lugar 
la exhibición que en el muelle de Black Wall, quiso Uribe hacer 
al señor Goñi de esos documentos, corrientes a fojas 31, docu- 
'mentos 1 i 2, quiero manifestaros el carácter escencialmente 
privado que el señor almirante revestía, i el propósito pacífico 
i ánimo tranquilo que Uribe llevaba. El carácter privado que 
revestía el señor Gofii se comprueba por la autorización que 
este señor dio al capitán Molina para relatar a Uribe lo hablado 
en la entrevista que ya conocéis. Esto, en buenos términos era, 
eliminando el intermediario, dirijir a Uribe los mismas palabras 
que habia encargado a Molina las repitiese, i por consiguiente, 
importaba para aquél el derecho de contestarle con pruebas que 
le convenciesen i confundiesen. 

Es tan evidente el carácter enteramente privado que el señor 
Goñi revestía en el incidente de Black Wall, qne el mismo se- 
ñor fiscal, que ha consultado i relatado los hechos de una mane- 
ra la mas ñivorable al señor almirante, no ha podido méao.3 de 
reconocerlo así a fojas 50 vuelta de su vista; carácter que que- 
da aun mas de manifiesto, considerando la circunstancia en 
que el suceso se desarrolló: territorio ingles, traje de paisano, 

I 



XC EPISOPIOS MAEÍTIMOS 

ausencia de réjimen militar que interrumpir, pues ninguno les 
ligaba en territorio estriinjero sino el respeto de grado a grado 
que moralmente subsistia i de que se habia Lecho esclavo Uribe. 

Por lo que toca al propósito pacífico que éste llevaba, es fácil 
de probar. Uribe tenia a mano la justicia inglesa, cuya severidad 
en materias de honor no os es desconocida, tenia testigos hono- 
rables que declarasen ant*» el tribunal, i amigos numerosos que, 
tomando como propia la ofensa dirijida a Uribe, aconsejaban se 
arrastrase a un tribunal al hombre que heria a una mujer en lo 
mas sagrado de su honra i que lanzaba al rostro de un marido 
una de esas injurias que solo se lavan con sangre. Pero Uribe, 
señores, lejos de dar oidos a tales consejos, los desechó siempre 
con altivez; no creia digno de él, arrastrar a un almirante clii- 
leno, a su jefe superior, a los estrados de la justicia inglesa, por 
faltas que el hombre habia cometido; creyó mas honorable para 
ambos una esplicacion franca, que destruyese el equívoco e hi- 
ciera renacer la armonía entre miembros de un cuerpo digno de 
todo respeto. 

Tal fué, señores, lo que el teniente Uribe se proponía, i tal 
quizás lo que hubiera conseg-uido, si la irascibilidad i falta de cal- 
ma en el señor Goñi, no hubiera impedido a aquél esplicarse por 
completo. 

Los contratistas de la «Magallanesx) habían anunciado que el 
dia 23 de febrero de 1874, tendría lugar la tercera prueba, de las 
máquinas de ese buque, i el señor almirante, acompañado de los 
oficiales destinados a esa nave, señores Molina, Lynch, Eobert?, 
su secretario señor Walker i el mismo teniente Uribe, se em- 
barcaron en el espresado buque para presenciarla. 

Terminada la prueba, que se verificó de una manera feliz, de- 
sembarcó el señor almirante con todos los que le acompañaban 
en el muelle de Blakwall, de cuyo punto debían éstos repartirse 
en distintas direcciones, según la residencia que sus comisiones 
respectivas les daban. 

Era éste el momento i el lugar que podía aprovechar el te- 
niente Uribe para hablar con el señor Goñi, i conoció que si no 
se apresuraba, la ocasión se iba. 



LAS DOS ESMERALDAS XCI 

El muelle que solo sirve para las cortas necesidades del asti- 
llero, estaba desierto: solo uaos oficiales alemanes se divisaban 
a larga distancia en su parte mas avanzada, cuando al detenerse 
todos CQ el otro estremo, para despedirse, el teniente Uribe di- 
rijiéndose a ellos dijo: «Caballeros, el señor almirante me ha 
calumniado, haciendo desgraciada a una familia antes de for- 
marse» e iba a continuar, haciendo una relación de lo su- 
cedido i de los documentos que creia indispensable exhibir al 
señor almirante en presencia de todos aquellos que eran testigos 
del error en que este señor se encontraba i propalaba sin resejr- 
vas, cuando el señor Goñi poseído de un violento acceso de cóle- 
ra, se arrojó sobre el señor Uribe, tomándole por el cuello i 
enarbolaudo su paraguas para maltratarlo. 

Tan impravisto ataque, sorprendió a Uribe, que llevando in- 
tenciones sobrado pacíficas, i no acertando con el motivo de tan 
brusca acometida, quedó impasible con las manos en los bolsi- 
llos, recibiendo una lluvia de improperios, ya que los sacudones 
habian sido oportunamente impedidos por los demás oficiales 
que se interpusieron, 

; • ...-••(I)- 

Pero la cólera de este señor, no tenia límites, i el incidente 
no terminó sin una nueva esplosion, esto es, con la orden de 
arresto que para el teniente Uribe dio al capitán Molina, orden 
desacordada, pues no habla donde cumplirla (fojas 50). El señor 
almirante habla olvidado que se hallaba en Inglaterra i que la 
«Magallanes^), buque en que probablemente pensó i se encontra- 
ba aun en poder de los contratistas, era aun temtorio ingles. 

Habéis visto, señores consejeros, a Uribe, que grave i mesu- 
rado se acerca al señor Goñi i sin rodeos que ni el tiempo per- 
mitía, ni el asunto necesitaba, entra de lleno en la cuestión 
para él, de honra i vida. 

Habéis visto interrumpida su palabra por el señor Goñi que, 
paraguas alzado, se lanza sobre él. 



(1) Supvimimoa aquí ua corto párrafo de seis líuoas. 



XCÍI EIMSODIOS MARÍTIMOS 

tespues Je haber visto todo esto, decidme, señores jueces, 
¿hai aquí algo que uo sea esencial tueate privado? ¿Las palabras 
de üribe, eran otra cosa que una respuesta a las espresiones 
que por el intermedio de Molina le habia dirijido el señor Goñi? 

Por su parte, el señor almirante tal lo creyó; así que se abstu- 
vo de todo procedimiento i de dar cuenta» oñcial del hecho, i solo 
lo hizo privadamente al señor ministro Blest Gana para esplicar 
el motivo de la renuncia de su empleo que el teniente üribe ha- 
bia hecho. 

La digna conducta observada por este oficial durante el lance 
es la justificación mas evidente de su conducta, la prueba mas 
inequívoca, de que no iba movido por mezquinas pasiones sino 
que lo llevaba la mui justa i lejítima de vindicar el honor de su 
esposa que era ya su propia honra. 

Si otro hubiera sido su móvil, atacado de hecho i de palabra 
por el señor Goñi, desnudado de todo carácter oficial i favoreci- 
do üribe por la provocación que le habia hecho para batirse de 
hombre a hombre con é\ ¿no habría aprovechado esta ocasión 
para desfo^i'^ar su cólera? 

Pero en el teniente üribe no existia el deseo de maltratar da 
obra ni de palabra al señor almirante, i a haberlo tenido, claro 
es que no habría buscado la presencia compromitente de tanto 
testigo oficial para cum])lirlo. 

Sus deseos solo eran llegar a una esplicacion franca, que te- 
niendo por testigos a sua compañeros, fuese una rehabilitaciou 
del honor de su esposa i un reactivo para su animo tan de- 
caído. 

En resumen vemos, señores, que todos los actos del teniente 
üribe, se dirijen a arrancar la daga que las imputaciones del 
^señor almirante Goñi al honor de su esposa, habían puesto en 
8u corazón; primeramente buscó por medio de Molina el oríjen 
de esos chismes para desvanecerlos: en seguida, se proveyó de 
documentos con el mismo objeto; i cuando lleno de respeto hacia 
su jefe se avistó con él a presencia de sus compañeros para des- 
hacer todo equívoco i restablecer la armonía, solo recibe por con- 
testación el brusco insulto i violenta vejación sobre su persona. 



LAS POS ESMEVtALDAS XCIII 

Continúo, seuoreít, la narración de los liedios. El tcniciile 
Uribe, sumido eu la desüsperácion, herido en lo mas vivo de sa 
delicadeza, volvía a su hogar Gavuelto todavía en un voló de 
deshonor, que él hahia esperado rasgar sin conseguirlo. Allí, en 
el hogar de su esposa, todo le recordaba los insultos que el sefior 
Goüi le dirijiera: las imputaciones calumniosas que a su esposa 
hacia sin que su voz ahogada en la garganta se dejara oir para 
contestar el insulto, para desvanecer la calumnia. 

Una fiebre violenta se apoderó de él i le postró en cama: ahí, ~ 
aguijoneado por su honor i viendo que no le era posible conti- 
nuar bajo las órdenes del almirante Goüi, quien se habia hecho 
ya un jefe imposible para él, tomó el único partido, que vosotros 
consejeros de honor hubierais adoptado; — «la renuncia de su 
empleo», conquista de diez i seis años de penoso trabajo, i que 
era su único patrimonio i todo su porvenir. 

Era un penoso sacrificio, pero sacrificio que la dignidad exijia; 
i no vaciló en hacerlo, disponiéndose para volver a su patria tan 
pronto como hubiera sido remplazado en su comisión. 

Tomada esta determinación, presentó al señor almirante su 
solicitud de retiro, cuya tramitación dispone el artículo 55, 
título 1.°, tratado 2," de las ordenanzas jenerales de la Armada. 

A esta solicitud, señores, que según la ordenanza aplicada a 
nuestra organización militar, debia ser enviada al gobierno por 
intermedio del señor comandante jeneral, se negó curso so pre- 
testo que se estaba en un país estranjero i no haber autoridad 
que pudiera aceptarla; tal espresa la nota del señor ministro, 
corriente a fojas 8 vuelta. 

Pero ¿acaso el teniente Uribe pretendió que su renuncia fuese 
aceptaba por autoridad chilena en Inglaterra? Jamas, señores 
consejero?. La solicitud de retiro iba dirijida a S. E. el Presi- 
dente de la República, único que podia aceptarla, i si la entregó 
a su jefe inmediato, era porque de él incumbía elevarla con el 
informo respectivo. Una cosa es aceptarla i otra cosa elevar una 
renuncia; el señor ministro chileno, confundiendo en su imajiua- 
cion estas dos ideas, creyó que por cuanto él no tenia facultad 
para aceptar, no debia por eso elevar esa renuncia a la censida- 



XCIV EnSODIOS MARÍTIMOS 

racioQ de la áutorlJarl a quieu iba diriji'la. La estadía en paÍ3 
estranjero ei*a, según el sefior ministro Blest Gana, un inconve- 
niente para la aceptación de la renuncia ¿poro en qué le¡, en 
qué artículo de la ordenanza se apoyaba su sefioria? ¿Tenia el 
teniente Uribe algún contrato que lo ligase irrevocablemente a 
la marina i le privase del derecho de renunciar a un empleo i 
renta que era su propiedad? — No señores: el contrato que al in- 
gresar a la Escuela Naval firmó su padre i que obligaba a Uri- 
be a servir diez años en la Armada, hacia seis años habla cadu- 
cado, dejándolo en libertad de volver a la vida privada cuando 
lo tuviese a bien. 

Xo niego, señores consejeros, que al aceptar Uribe una comi- 
sión de la importancia de la recibida, había empeñado su honor 
en satisñicerla; pero toda obligación que se contrae supone en su 
cumplimiento condiciones que no la hagan imposible: las cir- 
cunstancias que sobrevinieron, demuestran claramente que no 
su voluntad sino las leves mismas del honor fueron las que le 
impusieron la renuncia de una tan honrosa comisión. I él no 
pretendió desde ese momento eximirse de los deberes que esa 
comisión le imponía: lejos de eso, mientras se despachaba su re- 
tiro él pensó llenarlas cumplidamente, i si f^iltó en esos días al 
armamento de la «Magallanes», esto provino del estado de su 
salud que le obligaba a guardar cama. 

Esta causa de inasistencia está probada, señores, por la decla- 
ración del capitán Molina í la misma solicitud que por enfermo 
acompañaba a la de retiro, solicitud que valió a Uribe un nuevo 
ultrfije, un mentís a la cara, destituido de todo fundamento. 

lia solicitud presentada a su superior inmediato capitán Mo- 
lina, enviada por éste al señor almirante, fué elevada al señor 
ministro Blest Gana, quien la desechó por falta de certificado 
de médico con un perentorio — «no ha lugar.» 

¿En qué leí se fundaba su señoría para obrar así? — ¿Era el 
teniente Uribe quien debía buscar ese certificado o sus jefes 
quienes debían mandar informar al cirujano? Nuestra ordenan- 
za en el artículo 188, título I.*", tratado 3." dispone que, presen- 
tila al comandante por individuos de su vajel, una solicitud de 



LAS DOS ESMERALDAS XCV 

licencia por enfermo, la hará informar sin necesidad de decreto 
por el cirujano del buque, i visada, la remitirá al comandante 
jeneral, que es costumbre ordene nuevo reconocimiento por el 
cirujano mayor. 

La del ejército (|ue el señor fiscal invoca en apoyo del señor 
almirante, a este mismo propósito, dice espresamente en el ar- 
tículo 5.°, título 27, hablando del cirujano: «pero nunca tendrá 
facultad de dar esas certificaciones (do enfermo) por arbitrii.) 
suyo, ni voluntario recurso de la ])arte, sino solo en virtud de 
orden del comandante i jefe autorizado para maudai'Io.» 

Son estas las razones en que me apoyo pava decir que esa ne- 
gativa carecía de fundamento legal, pues que eran el señor al- 
mirante primero i el señor ministro después, qu3 tenían a sus 
órdenes al cirujano señor Roberts, quienes debían haber ordena- 
do el reconocimiento, i no el teniente Uribe quien hubiera de 
solicitarlo directamente de éste. 

El verdadero fundamento de la devolución era, señores, el re- 
putar finjida la enfermedad, haciendo así un nuevo i gratuito 
ultraje a un oficial honorable, por el delito de haberse concitad^ 
la mala voluntad de su jefe. 

Apesar de todas estas consideraciones en su ñivor, i con el fin 
de evitar todo pretesto, Uribe revistió su solicitad de un certi- 
ficado de médico i ademas pidió al señor almirante el reconoci- 
miento médico oficial de su persona. 

Inútil trabajol He aquí la suerte que corrieron estas dos peti- 
cionesL. La de reconocimiento que iba dirljida al señor almiran- 
te, no recibió respuesta, i la de enfermo provista de un «certifi- 
cado de fórmula» según las espresiones del señor ministro, fné 
devuelta con un — «no ha lugar», fundado, no en la falta de au- 
tenticidad del certificado, sino en el decreto supremo de 31 de 
marzo de 1855. 

La simple lectura de esto decreto os probará, señores jueces, 
cuan lejos está de ser aplicable en semejante caso. E.1 se refiere 
a oficíales enfermos desde antes de salir a viaje i que no ha- 
yan manifestado su estado sino en ese momento, con el fin os- 
tensible de trozar de la sfratificaciou de embarcado sin hace: 



XCVI EPISODIOS MARÍTIMOS 

el servicio Je tal, mas uo a los que eaferineii ea esas circunstaa- 

CÍMS. 

Las disposiciones son tan claras que no os molestará en co- 
mentarlas, básteme significar que, a importar otra cosa, seria 
iiQ decreto absurdo. I bien habría podido evitar hacerme cargo 
de él, pues que no puede comprender a mi defendido que no es- 
taba haciendo servicio de embarcado ni podria estarlo sino no- 
minalmeute desde que la «Magallanes» a esta fecha aun no 
había sido entregada al representante chlleao, entrega que solo 
se verificó el 2 de marzo del mismo año, siendo su salida once 
dias aun mas tarde. 

Mas no necesito, señores, insistir en esto, cuando es visible 
que ese decreto se invocó con el solo fin de dar algún viso legal 
a la ucírativa, fundada realmente en la creencia imbuida del mi- 
nistro por el señor almirante, de que la enfermedad de Uribe 
era fiujida. 

Pero si el señor almirante lo creia así de buena fé — ¿por qué 
no ordenaba el reconocimiento que se le habia pedido, según se 
vjs de las declaraciones de Uribe i Peña, corrientes a fojas 17 i 
20? — ¿Por qué sin clase alguna de petición no ordenaba un re- 
conocimiento que la lei, que la humanidad pres^ribia?— ¿Acaso 
desconfiaba de la honorabilidad del cirujano oficial señor Ro- 
berts o de cualquier otro a quien hubiera cometido el encargo? 
— ¿Acaso temia que resultando cierta la enfermedad quedase 
frustrado su propósito de enviarle a viaje cualquiera que fuese 
su estado? 

Cualquiera de estas opiniones que se aceptase seria razona- 
ble. 

En efecto, señores, es injustificable un proceder, que tachando 
de falso el aserto de un oficial honorable, no trate de verificarlo 
pudiendo i debiendo hacerlo; i es tanto mas injustificable cuanto 
que el falso concepto en que estaban, iba a servir de anteceden- 
te suficiente para la aplicación de las penas mas severas que 
existen en nuestra ordenanza, j suspensión i privación de em- 
pleo ! 

Pero he aquí, señores, que fiándose en la infalibilidad de su 



K¡'!rf()I)l!)S .M.', lílTIMO.-;. XOYli 

})r()})iii sospecha, que no quiso verificar, j)riva el señor almirante 
a uii defendido de las medidas benóíicas que lu ordeuauza en- 
cierra. 

En el artículo 8, título 5.°, tratado 3.°, dice testualm-eute: — 
(iKeconoeerá el médico-cirujano, por mañana i tarde, a los que 
avisen estar enfermos...» etc. 

El artículo 187, título 1.° del mismo tratado, dispone implí- 
citamente la traslación de los enfermos a tierra, ordenando que 
no se ejecute la de aquellos cuya enfermedad pueda agravarse 
con este motivo. El 171) del misma título, dice testualmente ha- 
blando del comandante del bajel: — «Ha de merecerle una parti- 
cular atención a los enfermos, así en alimento i medicina co- 
mo.... etc.» 

La ordenanza del ejército eij el artículo 6 tít. 37, dispone que 
al oficial que solicitare licencia por enfermo, se le concederá 
estacón todo su sueldo, justificada que sea su enfermedad. El 
artículo 21 tít. 20 de la misma, dice: ((El capitán no permitirá 
ijue soldado alguno de su compañía haga servicio estando en- 
fermo o convaleciente i no omitirá cuidados para la conservación 
de sus soldados.» 

Ved aquí im conjunto de disposiciones que son la garantía 
que tienen los subalternos contra el celo poco disci'cto i benigno 
de sus superiores. En el caso que nos ocupa ¿se ha dado cum- 
plimiento a algunas de ellas? 

Quisiera creer, señores, por un momento que esa conducta 
fuese dictada por un móvil noble, suponiéndole animado de un 
celo exiijerado por el servicio militar, pero ¿ese celo no tiene 
discreción? no tiene amor o caridad por sus subalternos? 

Lo que hai de cierto, señores consejeros, es que las garantías 
que se dan a un simple soldad >, a un simple marinero, no han 
sido aquí guardadas, ni por fórmula, con la persona de nn te- 
niente 1.° de la armada, a quien, sufriendo una gran alteración 
en las funciones del corazón en primer grado con tendencia al 
segundo, se destinaba a hacer un largo viaje a ultramar, con la 
seguridad de hacer incurable una enfermedad fácil de cortar, 
si nó de abrirle uu sepulcro en el Océano. (Véase certificado fo- 



XCVIII EPISODIOS MAKITIM05. 

jas 21 vuelta, i ^ opinión facultativa del cirujano Roberts a fo- 
jas 40). 

Es de estrañar, señores, que la residencia de nuestras autori- 
dades en Inglaterra, en la tierra clásica de la libertad, en don- 
de se guardan relijiosamentc los respetos debidos al individuo i 
a las leyes, nociones que se respiran en la atmósfera, i que in- 
fluyen i modifican las convicciones del estranjero, haya influido 
tan poco en los hábitos autoritarios que son nuestra herencia i 
que allí se ejercitaban en la persona de nuestro compañero. 

Llego ahora, señores jueces, a un punto que el señor fiscal ha 
exhibido para hacer gala de los sentimientos jenerosos que res- 
pecto a Uribe animaban al señor Goñi. Ya sabemos que el acon- 
tecimiento del muelle de Blackwall habia sido silenciado por el 
señor almirante, único a quien con venia callarlo. La orlenanza 
es severa, i la pena de ser declarado incapaz de mando era de 
temer, (Prescrita por el art. 29 del tít. 33 de la ordenanza de 
Grandallana). 

Sin embargo, la repentina sohcitud del retiro presentada por 
Uribe, que era necesario elevar al señor Ministro, hizo necesa- 
rio relatarle los sucesos, lo que efectuó por carta confidencial co- 
mo aparece en la nota del señor Blest Gana, a f 4 vuelta. El señor 
Ministro, para quien era un verdadero compromiso resolver so- 
bre asuntos que solo conocía por la relación que una de las par- 
tes interesadas hacia sobre él, quiso, animado de un sentimien- 
to caballeroso, arreglar amigablemente el negocio. Con este fin 
escribió él mismo a Uribe, i encargo a su secretario lo hiciese 
mas íntimamente. 

En su carta decia a Uribe que el señor Goñi se hallaba ani- 
mado favorablemente hacia él, i dispuesto a echar al olvido to- 
do lo sucedido, con tal que cumpliese las tres condiciones si- 
guientes: L* Satisfacción al almirante, 2.* Retiro de su dimisión, 
i 3." Embarque en la «Magallanes» para su viaje a Chile. 

Al mismo tiempo, el señor almirante, por intermedio del te- 
niente Castillo, hizo decir a Uribe que él nunca se habia ocupa- 
do de él ni de su esposa de una maneja desfavorable. 

El teniente Uribe aceptando la escusa del señor almirante co- 



LAS DÜS E:5MEltALUAá XCIX 

mo una retractación de su conducta anterior, no tuvo inconve- 
niente en enviar al señor almirante una carta en que le niani- 
festal)a que aunque ninguna intención habia tenido de ofender- 
lo, retiraba todas hls palabras que a su juicio envolviesen una 
injuria, o una simple ofensa; escribió al señor Ministro solici- 
tando la renuncia que ahí habia quedado detenida i que mas 
tarde creyó este señor conveniente enviar a Chile: i por último 
le hizo saber también que la tercera condición le era imposible 
cumplirla, por que las prescripciones del médico que le asistia 
le obligaban a guardar cama i lo prescribia el réjimen curativo 
que en el certificado adjunto a la solicitud por enfermo se veia, 
asegurándole a la vez que tan pronto como mejorase se pondría 
a sus órdenes. 

El señor Ministro de Chile en Francia e Inglaterra, no quedó 
satisfecho con este resultado, i poseído siempre de la infundada 
creencia de que Uribe se hallaba en buena salud, comunica al 
gobierno su negativa a embarcarse í pide datos al almirante 
Goñi para proceder contra él tomando en consideración el acto 
da desobediencia que cometía no embarcándose. 

Pero ¿cuándo el teniente Uribe habia dicho a sus jefes «no 
me embarcaré»? jJamás, señoresl Él solo habia contestado, véase 
la nota del señor Ministro a foja 6. «Estoi imposibilitado de ha- 
cerlo: examíneáeme.» ¿Se le habia examinado? Nó! Dada esa cir- 
cunstancia, ¿importaba esta respuesta un acto de desobediencia? 
Vuestro fallo justiciero va a decirlo, va a resolver si un oficial de 
vuestra marina está dentro o fuera de las leyes de humanidad 
que hoi abre asilos hasta para la protección i alivio de las bestias. 

Pero, señor, yo me confundo cuando veo que el señor Blest 
Gana, esa simpática personalidad, esa alta intelijencia, ha obra- 
do aceptando como verdaderos, hechos casi absurdos. 

¿Ouál es el móvil, el gran resorte qu3 da vida a todas las 
acciones humanas? El ínteres, señores; el ínteres individual de 
cualquier orden que sea, el gran motor de la humanidad. 

¿Cuál era el del teniente Uribe en este caso? ¿Seria quedar ais- 
lado, sin recursos, en Inglaterra para implorar mas tarde la ca- 
ridad de un armador que le enviase a Chile trabajando su pasaje?' 



¿O seria volver a la patria qne le vio nacer, donde el seno palpi- 
tante de una madre le aguardaba, donde su padre, donde sus 
hermanos, donde sus amíiros le espera])an anhelantes? . 

¡T en (jué condiciones, señores! ¡ Cuando como segundo jefe de 
un bu(|ue de la armada, que iba a ser conducido esclusivamente 
por oficiales de nuestra marina, gratificado como jefe, i halaga- 
do cftn la espei-anza de ser premiado a su llegada al pais, con el 
empleo cuyo grado poseial ¡Cuando pertrechado a gran costo do 
lodo el ajuar militar de un marino, trabajaba con ahinco en el 
nrmamento de su buque! 

¿Puede suponerse, señores jueces, una determinación tan de- 
mente en un oficial de hábitos militares, irreprochable i de re- 
conocida intelijencia? 

I sia embargo, le fué supuesta i, aun peor, aceptada: i en con- 
secuencia suspenso de su empleo i privado de las tres cuartas 
partes de su reata, sin que la cuarta parte restante le fuese pa- 
gada en ninguna forma, pues el señor almii-ante escusó cumplir 
la orden del señor Ministro so pretesto que era la tesorería de 
A^'alparaiso la que debía hacer el pago: i es de notar, señores, que 
el señor almirante, al contestar su nota al señor Ministro, no ol- 
vida decirle (p;'ijina 10) que puede privársele de todo el sueldo, 
sin acordarse que el señor Ministro, que carecía de ordenanza, 
necesitaba saber que la misma ordenanza le facultaba para de- 
signarle una pensión que no escediese ile la mitad de él. Por 
último, señores, la sola consideración de ver abandonado en un 
pais estranjero, a un marino chileno, a un compañero de armas, 
a un oficial a quien el señor almirante, como caballero, debia las 
innumerables atenciones que a él i a su famiha habia prestado, 
en el aislamiento forzoso que la falta de coaocimientos del idio- 
ma- ingles le 'ponia, pudo haber despertado ea el señor Goñi 
sentimientos mas humanos. 

A consecuencia de estas determinaciones, el teniente Uribe 
quedó en Londres, sin ninguna clase de recurso?, i precisamen- 
te en los momentos en que se hallaba en la imposibilidad de 
buscar un trabajo, difícil también de eiicoutrar, que le propor- 
cionase medios de subsistencia. 



T-.Vñ DOS l^SMEIíALDAS CI 

Muí enorme clol>iau reputarse las faltas que le achacaban, 
coihsideraiulo la magiütiul del castiga. 

Entre tanto, el gobierno, en vista de las c;)ininiicacione8 de 
su Ministro en Francia, decretó su baja con fecha 25 de abril 
del mismo año, sin perjuicio de ser juzgado una vez que fuese 
habido. 

Tan pronto como su salud se repuso, el teniente Uribe se pre- 
sentó a sus jefes, como lo declara la nota del señor l\[inistro 
corriente a foja 9, sin que éstos le dieran ninguna ocupación. 

XJrjido por la necesidad de volver a Chile a justificar su con- 
ducta ante un consejo de guerra, Uribe solicitó del señor Dews- 
bury ájente del «Amazonas», buque perteneciente a la compañía 
Sud-Americana i que partía para Chile, un puesto de pilotQ. 
Por la respuesta de este caballero corriente a foja 32 se ve que 
desgraciadamente para el interesado, ya estaban esos puestos 
ocupados. 

Llega octubre i con él la próxima salida del blindado «Co- 
chríiue» a Chile. Uribe solicitó del señor Ministro ser enviado 
en él para, en conformidad con la ordenanza i el decreto de abril, 
del supremo gobierno, ser sometido al consejo de guerra respec- 
tivo. 

La respuesta negativa del señor Ministro a esta solicitud, res- 
puesta a que contestó Uribe con una templada protesta, no pue- 
de ser mas singular. 

El señor Ministro olvidaba sin dada que el artículo 52 tít. 1." 
tratado 2." de la ordenanza jeneral, dice: «Siendo la suspensión 
de empleo una pena grave con que quedan sin ejercicio las au- 
toridades i prerogativas acordadas por un despacho mío, se ten- 
drá presente esta circunstancia para tomar semejante deteiiiii- 
nacion con el pulso necesario a no faltar a justicia, procediendo 
después indispcnsahleinentc a substanciar j)roceso, cuyas re- 
sultas dec^dan el grado de nota de culpa o acrisolación que co- 
rresponde al interesado, como que ha de ser perpetuo en su 
asiento.» Como se ve, la necesidad de someter a conseje de gue- 
rra al oficial suspenso, obligaba al señor Ministro a enviarlo. 

Olvidaba también que el decreto de abril, ordenaba fuese 



cu EPISODIOS marítimos. 

cchabiJo para ser juzgadoí», i que el teniente Uribe que jamas 
ha])ia evadido la presencia de sus jefes, se presentaba ante au- 
toridades del pais a bordo del «Coclirane» que era territorio chi- 
leno puesto que enarbolaba nuestra enseña. 

Solo así puede comprenderse una negativa tan terminante 
que, a venir de otra ])ersona, podia dar lugar a sospechar se te- 
mía la vuelta de este oficial a Chile. 

Pero Uribe estaba demasiado interesado en volver, para no 
perder la oportuni^dad que se presentaba; solicitó i obtuvo délos 
contratistas señores Green venir como piloto, trabajando su pa- 
saje; pero el señor Ministro, que tenia intervención en estos 
nombramientos, lo desaprobó i no tuvo efecto. 

Pidió entonces venir como pasajero, i los señores Green que 
enterados de la circunstancias por que Uribe atravesaba, sim- 
patizaban con su causa, .le facilitaron jenerosamente pasaje a 
bordo del «Cochrane». 

Esta ha sido, señores consejeros, la única manera como el te- 
niente Uribe ha podido someterse a vuestra jurisdicción. Lo 
demás lo sabéis señores; llegado a Valparaíso, se presentó a la 
comandancia jeneral donde recibió orden de prisión a bordo del 
pontón «Thalaba» i fué nombrado el fiscal que debía instruir el 
proceso. Esto hace ya tres meses. 

Aquí, señores, me había propuesto dar fin a este ya tan estén- 
si alegato, contentándome con haberos presentado de una ma- 
nera clara i ordenada los antecedentes del proceso, para que 
pudieseis resolver en justicia; pero el dictamen fiscal, esa pieza 
tan importante por que resume los puntos de la acusación, 
pretende ilustrar al consejo, i dictar las conclusiones de su fallo, 
me obliga a ocupar por un momento mas vuestra atención. 

Principia la vista sentando como un hecho que la solicitud 
para casarse, elevada por Uribe, le fué devuelta por que no lle- 
naba los resquisítos de la lei. ¿Qué antecedente tiene el señor 
fiscal para sentar el hecho de que, tanto la primera como la se- 
gunda vez, filó devuelta al teniente Uribe la solicitud del matri- 
monio, por carecer de los documentos que la ordenanza prescri- 
be? Ko oiro, señores, que la propia deelaracíon de Uribe, 



LAS DOS KSMEUALDAS " €111 

declaración sia embargo que está mui distante de decir lo que 
se ha querido que diga. 

Al espresar Uribe que la segunda vez habia elevado la soli- 
citud, revestida de todos los documentos que en un pais estran- 
jero podia reunir, no quiso decir que carecia de alguno de los 
rosquisitos de la lei, sino cjuc el informo de vida i costumbres 
que la ordenanza exije, dado por la autoridad local, él lo obtuvo 
no de la autoridad, sino de personas respetables, porque no veía 
con qué derecho habría ido a las autoridades inglesas a solici- 
tar tal documento. 

En este punto el señor fiscal, dejando a un lado el juicio seve- 
ro e imparcial de un juez, se ha esforzado en sacar de la vague- 
dad de aquellas palabras todo el partido posible en provecho 
del señor Goñi, vistiendo, por decirlo así, con traje de legalidad 
los actos de este señor, i desnudando de él a los del teniente 
Uribe. 

Basta conocer, señores, cuales son los documentos que la lei 
exije para convencerse de lo infundado de aquel aserto, ¿Qué 
dificultad podia hallar Uribe para obtener la fé de bautismo? 
¿Cuál para el consentimiento paterno, innecesario desde que la 
señorita Morley era viuda? Ninguno, señores consejeros, i la 
prueba es, que si así hubiera sido, el señof almirante en lugar 
de devolver la solicitud contrariando la ordenanza, habría cum- 
plido con ella, puesto al pie el informe con el motivo que le mo- 
vía a desecharle i entregádola al teniente Uiibe o elevádola al 
gobierno. 

Eectificado el punto de partida que el señor fiscal toma como 
base de los disgustos que siguieron entre el señor almirante i 
Uribe, paso a hacer otro tanto con la aseveración de que los te- 
nientes Molina i Peña aseguran era un móvil jeneroso el que 
animaba al señor almirante en su cruzada contra el hogar de 
Uribe, pues jamas ha dicho esto el teniente Peña, i lo que a 
este respecto dice la declaración de Molina, no es espresaudo 
su 0[)inion propia sino vertiendo las palabras del mismo almi- 
rante. 

El señor fiscal echa sobre el señor almirante la o:rave respon- 



CIV r.l'ISODlOá MAJUTIM )S. 

sabüidaJ de lk» habjr susiTendido a Uribe Je su em[)ltíO, como 
oivlcua a los comandantes el artícujo 48 del tít. 33 de la or- 
denanza de Grandailana, por haberse casado Uribe sin li. eucia; 
j)ero el señor fiscal al hacer est3 cargí olvida su propia opinión, 
olvida f[ue el teniente Uribe contrayendo matrimonio civil solo 
ciimj)lia con un compromiso de honor, válido ante la ley inglesa, 
neto que ante el artículo 110 de nuestro código civil solo impor- 
ta un contrato de esponsales, i olvida también que aun habien- 
do contraído un matrimonio válido ante nuestras leyes, Uribe^ 
E o babria podido sor justiciable ante nosotros desde que, obs- 
truido por su jefe el recurso que la ordenanza le abria para cum- 
plir con sus di^)os:ciones, cedía a fuerza mayor conformándose 
con las ieyes inglesas. 

A continuación el señor fiscal se ocupa del incidente de 
Blackwall, que' presenta desnudo de antecedentes. Sin duda, el 
señor fiscal no se ha fijado en la relación íntima que el inciden- 
te de Blackwall tiene con la entrevista que el señor almirante 
tuvo con el capitán Molina, pues que aquel no fué sino el resul- 
áo de ésta. 

Reconoce, sin embargo, el ningún carácter militar que el in- 
cidente revistió, carácter que, a haberlo tenido, el mismo señor 
almirante se lo hubiera quitado con la provocación personal de 
que hizo objeto a Uribe; mas no termina su resumen sin que, 
olvidado de que su propia esposicion, convierta en un cargo se- 
vero aquel hecho, a su juicio privado, i coloque a Uribe bajo el 
imperio del art. 31, tít. 33 de la ordenanza de Grandallana, co- 
mo reo de insulto a su superior, negándole hasta el derecho de 
hacer su renuncia mientras no hubiere purgado una falta imaji- 
naria, por la que nadie le habría acusado, juzgado ni senten- 
ciado. 

En este ])unto tampoco el señor almirante ni el señor Minis- 
tro Blest Gana pensaron como el señor fiscal, pues a sei" así, 
ellos qae tenían necesidad de una escusa legal para desechar 
aquella renuncia, hubieran invocado esa j)retendída faTta, antes 
que la antojadiza cu que se apoyaron. 

Pero ¿podría el señor fiscal citarnos la piljina del proceso en 



LAS -POS F.SMEKALDAS CV 

que se halla el insulto o desprecio de que el seuor Gofii t'ui ob- 
jeto? Eu el exámea pacieute, eácrupuloso, de todas las declara- 
cioues, nada he podido sacar que compruebe este aserto; solo veo . 
que el teniente Uribe se acercó de una manera respetuosa i po- 
lítica, sirviéndonos de las palabras del cirujano señor Roberts, 
en busca de una esplicacion, cuya necesidad no se os puede ocul- 
tar, señores consejeros, i que prueba en demasía la importancia 
que daba aun a los conceptos erróneos de su jefe, pues trataba 
de desvanecerlos. 

Es de una nota en que el señor Goñi contesta al señor Mi- 
nistro, que le pide datos para proceder contra el teniente Uribe, 
que el fiscal ha tomado ese cargo, sin fijarle en que no hai nada 
que lo compruebe i que es una relación elaborada un mes des- 
pués, como un resumen comprensivo de todos los sucesos que en 
este tiempo habían ocurrido i cuando el señor Goñi tenia nece- 
sidad de justificar como parte, su conducta, ante el señor Minis- 
tro Blest Gana, circunstancia que quita todo valor a su palabra. 
Al concluir con este punto, el señor fiscal hace a Uribe un 
nuevo cargo, el de que «no cumplió ni por un momento la or- 
den de arresto que el señor almirante le impartió.» Pero basta 
lo 3'a dicho, i la declaración del capitán Molina, corriente a fo- 
jas 50 vuelta, para desvanecer ese cargo por completo; sin em- 
bargo que no puede menos de causar estrañeza que el señor fis- 
cal haya olvidado que la «Magallanes» se hallaba aun en poder 
de los contratistas i por consiguiente no habia donde cumplir 
ese arresto. 

Llego, señores, al último cargo que ajuicio del señor fiscal 
queda en pié: éste es que el teniente Uribe no se hubiera em- 
barcado a bordo de la ccMagallanes» en cumplimiento de la or- 
den del señor Ministro Blest Gana. 

Verdad es, dice el señor fiscal, que el teniente Uribe se escusó 
alegando fuerza mayor, impo,sil)ilidad física, pero el certificado 
médico con que el teniente Uribe prueba su escusa, no merece 
al señor fiscal bastante respeto, no lo encuentra autorizado i 
por consiguiente lo supone incapaz de destruir la idea que tanto 
ei señor almirante como el señor Ministro tenían. 



CVI EPISODIOS >URÍTliI03 

El señor filcíil ha resbalado sin üotarlo; la iciQa qne patroci- 
Da le lleva a una conclusión que é\ nunca se lia imajiuaJo; no 
se ha fijado que para tachar ese certificado, perfectamente váli- 
do mióntras prueba contraria no 1# destruya, ha necesitado ha- 
cer la enorme suposición de un crimen de falsificación. O es el 
doctor Kelburn King quien, arrastrando su dignidad, dio a Uri- 
be un falso certificado, o es Uribe quien ha falsificado ese des- 
graciado documento. 

¿Puede sostenerse siquiera un momento tan avanzada opinión? 
¿Por ventura el doctor King vivia en Liberia? Nó, señores: vi- 
via solo a unos cuantos pasos de la habitación de los tenientes 
Peña i Uribe, i el señor almirante fácilmente pedia encontrarlo 
i probablemente le enconli'aria muchas veces en sus frecuentes 
viajes a Hull antes del regreso de Uribe. ¿Por qué no le pidió 
entonces informe? ¿Por qué no le pidió siquiera el estado de la 
salud de este oficial? 

La sola opinión del doctor Roberts i la declaración del tenien- 
te Lynch, corriente a fojas 40 i 35, debieran hal)er bastado al 
señor fiscal para ser mas cauto en sentar un juicio tan temera- 
rio^ juicio de ninguna manera válido desde que para esto ha- 
bria sido necesario que, dando a Uribe tiempo necesario para 
probar la autenticidad del certificado, este no lo hubiera con- 
seguido. 

No veo por qué este oficial debiera haberse apertrechado de 
nías documentos para probar su enfermedad, ni por qué hubiera 
de peu??ar de que se tachase falso su certificado, cuando sus je- 
fes podian fácilmente comprobar su estado i cuando la solicitud 
que le llevó adjunta fué desechada no fundándose en £sta causa 
sino en el decreto de 31 de marzo de 185o. 

El señor fiscal pide una firma que autorice la del doctor ¿pero 
qué firma hubiera querido el señor fiscal que garantizase la del 
doctor i de la cual no se hubiera encontrado propenso a dudar? 
Nó seria la del señor Ministro chileno que se encontraba en 
Paris; nó la del señor almirante que se negaba a hacer recono- 
cer a Uribe, nó la del capitán Molina a quien no veía desdé que 
cayó enfermo i partió a Chile antes d^i que mejorase. ¿Cuál en- 



LAS UO.S ESMKKALIUS CVII 

tónces? ¿Sería la del Lord Mayor de Londres? Pero esto sería 
absurdo, señores consejeros, i dada su posibilidad, habria sido 
menester que al deseoliar a Uribo su solicitud se lo hubiera no- 
tificado el ningún valor que se daba al certificado que en de- 
fecto del que debia haberle proporcionado su jefe, había acom- 
pañado. 

Si en el setior Ministro Blest Gana no puede aceptarse una 
creencia fundada solo en los informes del señor almirante, ¿có- 
mo podria el siil)r fiscal, que áolo debe ])roceder apoyado en 
jtruebas incoüttstaVeí, timar como fundamento para pedir la 
condena del teniente L^ribe, una opinión sin prueba alguna que 
le dé valor? 

La existencia de un médico oficial para la «Magallanes,» mé- 
dico que se hallaba a las órdenes del señor almirante, nó a las 
del teniente Uribe, i la circular de 9 de octubre de 1859, no 
hacen mejor la causa que el señor fiscaj patrocina; porque, si 
bien es verdad que esa circular prescribe que los certifica'dos de 
enfermo sean dados por un cirujano de ejército, no ■es menos 
cierto que según el artículo G título 27 de la ordenanza a que se 
refiere, loa cirujanos no lo pueden dar sin órdeu del Jefe. 

Pudo mui bien, pues, el señor fiscal evitajse sospechar un cri- 
men para justificar las medidas autoritarias de que ha sido ob- 
jeto mi defendido. 

Pudo aun mas: en la necesidad de castigar una falta que se 
habia dado el gusto de encontrar, pudo en vez de abstenerse,, 
dejando al consejo una responsabilidad que su conciencia no se 
atrevía a asumir, concluir haciendo notar al consejo que el artí- 
culo 10 número 5 del Código Penal liberta de responsabilidad- 
criminal al que defiende la honra de su cónyuge o de sus hijos, i 
que el artículo 6 del mismo código dice literalmente. — «Los crí- 
menes o simples delitos perpetrados fuera del territorio de la 
República por chilenos o por estranjeros no serán castigados en 
Chile sino en los casos determinados por la leí». 

Era al señor fiscal, celoso guardián de la lei, a quien corres- 
pondía mostrárosla: mi defe-udido, seguro de la rectitud cíe su. 
conducta i de la honorabilidad de sus jueces^ no quiere una im- 



C^nil EPISODIOS MARÍTIMOS 

pimidad que no uecesitn: quiere que la venlad sea conocida i 
vuestra justicia brille. 

En resumen, señores, el teniente Uribe, en el uso de un dere- 
cho perfecto, elevó una solicitud de matrimonio que le fué dete- 
nida sin causa lesral. 

Difamado en .su esposa, trat(5 de destruir la calumnia por me- 
dio de una esplicacion franca, i en ella solo halló nuevos insultos 
i el atropello de su persona. 

Quiso hacer su renuncia, i se le negó ese derecho bajo el pre- 
tesco de ha11ai-sc en pais estranjero. 

Caido, postrado en cama, a consecuencia de estos mismos 
golpes, solicitó licencia para curarse, i esta le fué negada bajo 
fútiles pretestos que sirvieron para suspenderle de su empleo i 
privarle mas tarde de él. 

Recuperado de su salud solicitó su envió a Chile para ser juz- 
gado en consejo de guerra, i se le rehusó. 

Juzgue ahora el consejo si es el teniente Uribe el culpable de 
!os acontecimientos que este proceso evidencia; i, no siéndolo, si 
tienen alguna escusa los procedimientos escepcionales que con el 
se hfui empleado, teniéndolo durante un año bajo la presión de 
nn decreto que le da de baja de su empleo i lo priva de todo su 
sueldo, cuando se hallaba en un pais estranjero, sin recursos ni 
puertas que tocar. 

El consejo se hará cargo de que si basta un fallo absolutorio 
dictado por tan íntegros majistrados para lavar la mancha arro- 
jada sobre la dignidad del oficial, esta no basta para indemni- 
zar a mi defendido los perjuicios materiales que una inmotivada 
privación de su empleo le ha causado hasta ocasionarle un pos- 
tergo en sus ascensos. 

Tomando en cuenta todas estas circunstancias, yo, a nombre 
del derecho desconocido, de la justicia hollada, os pido para mi 
defendido como la única reparación posible, completa absolución, 
libertad i reposición inmediata en su empleo, con declaración de 
que jamas lo ha perdido, e igualmente una declaración que es- 
prese -dcbéi-sele de abono todos sus sueldos desde el 1." de mayo 
de 1874 i de no perjudicarle «n el ascenso que debió obtener en 



LAS DOS ESMKK;VIJ)AS CIX 

la circunstancia de hallarse a ese tiempo bajo el peso tk-l decre- 
to de 25 de abril del año próximo pasado. (1 ) 



III. 



\ 



MaCUUSO PRONUNCIADO POK EL CAPITÁN l'KAT EN EL ACTO 

SOLEMNE DE LA REPARTlCíON DE PREMIOS A Lí)S ALUMNOS DE LA 

ESCUELA MAVAL A UOKDO DE LA CORBETA «EMERALpA». 

(Mayo 16 de 1870). 

La presencia del señor comandante jeneral, jefes i oficiales en 
este lugar, para solemnizar este acto, os mauifiesta el alto inte- 
rés que el cuerpo de marina tiene en la marcha i resultado de 
nu establecimiento que es i será la espresion de los progresos 
que en el orden intelectual haga nuestra marina. 

Los premios acordados al aprovechamiento i que acaban de 
recibir los agraciados, son la justa recompensa que el supremo 
gobierno asigna a los aspirantes que durante el ñltimo año es- 
colar se han distinguido por su comportacion i empeño en el 
estudio. 



(1) El consejo que absolvió plenamente al acusado, en virtud de esta 
notabilísima defensa, estaba compuesto de los siguientes jefes: 

Del contra-almirante... Don Jorje Bynon. 



Del capitán 


i de fragata. 


» 


Galvañuo Riveros. 


Del id. 


de id. 


)) 


Luis A. Lyncli. 


Del id. 


de id. 


■» 


Osear Viel. 


Del id. 


de corbeta. 


)) 


Luis Pomar. 


Fiscal, id. i 


de fragata. 


» 


Luis I. Gaua. 


Auditor de 


guerra 


» 


Ramón Huidobro. 






SECIiETARIOS. 



Don Luis A. Liucli. S., primero, i 
Don Constantino Banneu, después. 



ex EPIROniOS MARÍTIMOS 

De corto valor, venalmcnte hablando, los instrumentnSj tienen 
moraluieute imo mui alto, pues son el tesCimonio durable de la 
distincioQ coucedida al mérito. 

Señores guardia-marinas: 

Habéis hecho los estudios i rendido las pruebas que para in- 
gresar al servicio de la escuadra necesitáis: mas con esto vues- 
tra ; tareas no han concluido. TerminadoH los estudios que por 
obligación indeclinable hacéis bajo la inspección severa de vues- 
tros profesores, empezáis con los que, fuera de tutuela, vuestro 
deber de oficiales os impone. 

Perseverad. El estudio, hermosa i útil distracción, el mas 
ameno de los placeres cuando ha prendido en el alma esa noble 
pasión de saber, es un poderoso auxiliar que os asegura el éxito 
en las varias situaciones en que vuestra carrera os coloca i un 
amigo que hará agradables i fructíferos vuestros ocios. 

Pensad que el uniforme que vestís, el galón que decora vues- 
tra manga, insignia del uuevo grado, os trae considerables obli- 
gaciones que no podéis descuidar sin haceros culpables de incon- 
secuencia para con el cuerpo a que pertenecéis i para vuestra 
dignidad de hombres. 

No olvidéis que el porvenir de la marina depende principal- 
mente de la suma de ilustración i moralidad de sus miembros, 
que los conocimientos adquiridos en la Escuela Naval solo son 
una base para facilitar los que dejan a nuestra iniciativa e iute- 
lijeacia, i que el país, justó apreciador de los méritos de sus ser- 
vidores, no los pierde de vista i, en momentos críticos para la pa- 
tria, designa a los mas aptos para los puestos de honor. 

Señores aspirantes: 
Os felicito por el éxito que habéis alcanzado en vuestro primer 
año escolar. Aun os queda otro de trabajo en la Escuela, i es lejí- 
timo esperar que el ejemplo de los jóvenes que han finalizado 
sus estudios i las distinciones de que en este momento son objeto 
los mas adelantados, ejerzan una saludable influencia, uaa noble 
emulación entre los alumnos de este establecimiento. 



LAS 1)0:5 KSMER.vr.DAS CXI 



IV. 



DISCURSO PKÜMUNCIADO SOBRE LA TUMBA DEL ALMIUAXTE DOX 
MANUEL ELAN'JO ENCALADA. 



(Santiago, setiembre 5 de 1S7G). 

Ayer no mas, en 1818, Valparaíso se encontraba de fiesta, 
músicas marciales resonaban en sus calles, la escuadra recien 
anclada vesfcia de gala i el cañón atronaba los espacios saludando 
al vencedor. 

Hoi, la congoja i el pesar abaten a los hips de esa heroica 
ciudad; negro crespón cubre las banderas de los bucjues de la 
armada, i el eco lejano i acompasado del cañón indica que Val- 
paraíso, como toda la República, se baila de duelo por la sensi- 
ble pérdida del ilustre vencedor, vice-almirante de la escuadra, 
don Manuel Blanco Encalada. 

El almirante Blanco, el primeria i auda^ jefe de la marina na- 
cional, estrenó su carrera de marino ciñéndose lo:i laureles de la 
victoria que presenció Talcahuano i celebraba en Valparaíso en 
1818, cuando anclaba en ese puerto con su importante presa. 

La nación estaba ufana de su primera hazaña en el mar, cuyo 
primer ensayo, pudo decirse con propiedad, dio a Chile el domi- 
uio del Pacífico, i premió al jefe de su escuadra, que entonces 
era solo capitán de navio, con el empleo de contra-almirante. 

Saboreaba aun los honores del triunfo, cuando arribaba a 
las playas de Valparaíso el almirante Cochrane, cuyos servicios 
Be habían solicitado, ofreciéndole el empleo de vice-almii'ante i 
el mando de la escuadra. 

El gobierno so encontraba en una situación difíiij. Entregar 
el mando de la escuadra a Cochrane habría sido agraviar a 
Blanco cuya reciente victoria lo había granjeado calorosas sim- 
])atías en ella, i por otra parte, tampoco quería perder los ser- 
vicias de aquel ilustre marino, terror de sus enemigos. 



CXIt El'ISODlOS MAKÍTIMO.S 

El almimiitc Blanco se hizo cargo de la situación, vio en 
Cochrane un ln)ml)re superior i comprendió que el inmenso 
prestijio de que ya gozaba seria un auxilio poderoso para coro- 
nar la obra con tanto acierto por él empezada, i no vaciló. Sacri- 
ficó ea aras de la patria sus sueños de gloria i espontáneamente 
dimitió el mando i se puso a las órdenes del almirante Co- 
chrane. 

Nunca se vio a Blanco mas grande qne dejando el puesto que 
con tanto derecho desempeñaba, i conquistando el título de gran 
ciudadano, que nin^^uno de los brillantes hechos de armas de 
Cochrane ni de todos juntos, pueden eclipsar. 

Bajo las órdenes de este gran jénio, el almirante Blanco pres- 
tó servicios importantes, pasando después a mandar la escuadra 
[teruana i volviendo mas tarde, en 1824, a tomar, con el título 
de vice-almirante, el mando en jefe de la escuadra chilena, que 
habia quedado vacante por renuncia de Cochrane, i a la que dio 
la gloria de contribuir mui principalmente a la desocupación de 
Chiloé de las últimas reliquias del ejército realista en 1826, con 
lo cual quedó afianzada nuestra independencia. 

Terminada esta obra jigantesca, el vice-almirante Blanco arrió 
su insignia en la escuadra, fué llamado a los puestos públicos 
mas importantes del país i contribuyó con sus luces i con su 
esperiencia a la mas acertada organización de la Kepública. 

Mas su insignia de almirante no habia sido arriada para 
siempre. 

. No bien una agresión estranjera amagó nuestras costas en 
18G5, cuando se le vio sacudir su glorioso uniforme de marino e 
izar nuevamente su insignia en uno de los buques de la escua- 
dra chileno-peruana, aliada contra las pretensiones de España. 
Los 75 inviernos que pesaban sobre sus hombros, los acha- 
ques consiguientes a una edad tan avanzada, no habían apaga- 
do su entusiasmo ni su actividad. Con un deshecho temporal se 
le vio eu Chiloé visitar personalmente los distintos buques de 
la escuadra, para pasarles una revista de inspección, desafiando 
los elementos conjurados en su contra. 

Tenia el tino de tocar a cada uno la cuerda seusible e inspi- 



LAS DOS ESMEKALOAS CXIII 

rarle el sentimiento patriótico que a ól le animaba. Así se veía 
que la oficialidad le respetaba i qucria, i las tripulaciones le ve- 
neraban. 

Afable i cortés, pundonoroso i valiente, era el tipo acabada) 
del oficial brillante que llevaba a la vida pública las virtudes 
del hombre privado. 

La vida de marino del almirante Blanco, en que prestó tan 
señalados servicios a la nación, es quizas la pajina mas hermosa 
de su historia; intelijencia, heroísmo, abnegación sin límites, 
son cualidades que resaltan en ella i forman el timbre mas glo- 
rioso de su existencia. 

La marina pierde, pues, al mas preclaro de sus jefes, como el 
ejército al mas benemérito de los suyos i el país al mas grande 
de sus ciudadanos. 

Nada mas justo que dejar que nuestras lágrimas corran abun- 
dantes. 

La intensidad de nuestros sentimiení,os guarda, pues, propor- 
ción con la magnitud de la pérdida. 



Y. 



DISCURSO PROMUNCIADO SOBRE LA TUMBA DEL VICE-ALMIKANTK DON 
ROBaRTO SIMPSON. 

(Valparaíso, diciembre 25 de 1877). 

Grande i conmovedor es, señores, el espectá-culo que presenta 
un pueblo agradecido que se agolpa en pos del féretro que en- 
cierra los despojos mortales de uno de aquellos hombres que hi- 
cieron de Chile una nación, del esclavo un señor. jEl vice-almi- 
rante de la armada don Roberto Simpson ha muerto! 

La forma perecedera ha pagado su tributo a la naturaleza. 
jHa muerto! pero esa muerte, que era forzoso esperar, le hace 
nacer a una nueva i doble vida: la vida de la historia en este 
mundo i la d^ la inmortalidad en el otro. 

o 



CXIV EriSoDIOS MARÍTIMOS 

Su púsadó, la vida tío un marino osado i de un guerrero iUis- 
tiT?, eerá en nuestra historia una pajina brillante que ninguna 
sombra empañara. 

Hijo de la poderosa Inglaterra, nacido a fines del siglo pasa- 
do, educado en la severa escuela del honor i del trabajo i tem- 
})lada su alma al calor de las principios que la filosofía moderna 
habia conquistado, no podia menos que simpatizar con los su- 
premos esfuerzos que las secciones americanas hacian a priuci- 
pios de este siglo para sacudir al ominoso yugo del coloniaje i 
conquistarse un puesto entre las naciones libres i soberanas. 

Corazón resuelto i jeueroso, no vaciló en abandonar el hogar 
i la grande i prestijiosa patria en que vio la luz, para consagrar 
por entero su vida i su intelijencia al servicio de la redención de 
un pueblo que, aunque pequeño, era ya digno, por su varonil 
entereza, de tener por guia jefes tan preclaros como Cochrane i 
Simpson. 

La lucha épica que nuestros padres sostenían contra la me- 
trópoli, proporcionó luego al joven marino la ocasión de poner 
de manifiesto su arrojo i bravura. 

Subalterno de Cochrane en 1821, se batia en el Callao contra 
la corbeta «Kesolucion» que a sus propios cañones unia, para su 
defensa, las formidables baterías de aquel puerto. En este bri- 
llante estreno se portó con tal bizarría que le valió una especial 
recomendación del comandante Crosbie, su jefe inmediato. 

En 1825, ya jefe, i al mando de las cañoneras chilenas que 
Blanco Encalada tenia en su flota, su intrepidez asombra a to- 
dos los que impávido le ven entrar ál Callao despreciando el 
vivo i mortífero fuego de los castillos i naves enemigas, i apode- 
rarse frente al muelle i solo a medio tiro de fusil, de una lancha 
armada i tripulada, perteneciente a la escuadra española. 

Con actos de esta naturaleza, concurrió Simpson a la conso- 
lidación de la República chilena, que con razón amaba, como 
ama el artista la obra de su intelijencia i labor, como el padre al 
hijo de sus entrañas. 

No hablan concluido, sin embargo, los servicios que su patria 
adoptiva esperaba de él. p 



LAS DOS ESMERALDAS CXV 

Esclava, destrozó el grillete que la encadenaba; República 
ya libre, le confió años mas tarde el mando de la escuadra que 
espedicionaba contra la confederación Perú-Boliviana con el 
alto propósito de sostener, ja en época tan temprana, los fueros 
de Chile como nación marítima i mercante, formando así las tra- 
diciones que habrán de constituir su prosperidad i su grandeza. 

En esta empres'a dejó Simpson, como Goclirane i BJanco En- 
calada, la estela laminosa de sus hazañas. 

En 1837 le vemos, en efecto, batir frente a líjlai a la escuadra 
confederada, i en 1889 hallándose con su escuadra fondeada en 
Casma, le vemos sostener, en tan desventajosa situación, el im- 
previsto ataque de la nota enemiga, superior en número, i re- 
chazarla con tal denuedo, que después de dos horas de combate 
la obligó a ponerse en precipitada fuga i a dejar en su poder el 
bergantín «Arequipeño», como digno trofeo de tan señalada 
acción. 

Simpson no fué tampoco estraño al mantenimiento de la paz 
interior. Una espada de honor que el pueblo de Copiapó le obse- 
quiara, es el mas alto testimonio de la prudencia i patriotismo 
con que llevara a cabo la pacificación del norte de la República, 
en 1851. 

A la guerra se siguió la paz, esa preciosa paz de que con tan 
cortas interrupciones hemos disfrutado, i el almirante Simpson, 
desciñéndose la espada de combate, mostró, como el briWante- 
Blanco Encalada, las aptitudes que distinguen a un buen man- 
datario en las difíciles tareas administrativas. 

jCuán fácil es hacerse querer i respetar de sus gobernados 
cuando se posee, como Simpson i Blanco, la elevación de ca- 
rácter, la rectitud de miras i la perseverancia en el trabajo que 
a ellos les eran peculiares! 

La edad un tanto avanzada i una cruel enfermedad que hace 
tiempo trabajaba su vigorosa naturaleza, le obligaron a dejar el 
servicio activo, pero su recto e ilustrado criterio profesional 
continuó siendo una influencia en el consejo de la Armada, como 
lo fuera en el senado de la República cuando los pu.c;blos, con. 
sus sufrajios, lo llevaron a tan delicado puesto. 



CXYI EPisoDiOá marítimos. 

Tac! es, señores, referida a grandes rasgos, la historia del hom- 
bre público a quien, al borde de la tumba, venimos a dar el úl- 
timo adiós. 

Coa él pierde el país una de sus reliquias, testigo i actor de 
esa epopeya americana que Uamamos la independencia; la ma- 
rina, una de las pocas glorias que le quedan, i sus deudos i ami- 
gos un hombre virtuoso que deja tras sí un nombre bendecido que 
enseriaremos a pronunciar con respeto a nuestros hijos. 

¡¡Almirante SirapsouÜ 

La oficialidad de nuestra armada, a quien siempre contem- 
plasteis con amor i con orgullo, presa del mas vivo dolor, rodea 
hoi tu fosa para enviarte si postrer adiós i pedirte que desde la 
rejion de luz donde ya moras, retemples su espíritu i guies sus 
pasos por la senda del honor i del deber. 
He dicho. 



DOCUMENTO NUM. 17. 

CARTA DEL SEÑOR ARl'sTIDES MUÑOZ, ÍNTIMO AMIGO DEL TENIENTE 
SERRANO, SOBRE LA VIDA I CARÁCTER DE EáTE OFICIAL. 

Tomé, julio 1." de 1879. 

Soñor Benjamín Vicuña Mackenua. 
Santiago. 

Estimado señor i amigo': 

Por haber estado el telégrafo interrumpido desde que recibí 
su telegrama, no me ha sido posible acusarle recibo en la misma 
forma. 

Me pide le mande rasgos íntimos i detetalles de Serrano. Pa- 
so a haceló; 



LAS DOS EóMEIíAI.DuVS CXVII 

Serrano permaneció en esto puerto desde 187C liaata el din en 
que por orden ckl gobierno pasó a Valparaíso a embarcarse en 
el «Abfao» i «Covadonga» que debían salir de aquel puerto a 
unirse en Iquique con la escuadra. 

Era Serrano de un carácter franco i amistoso que lo hacia 
simpático a todos sus amigos. 

Como subdelegado marítimo, era muí activo en su empleo. 

Tenia grande admiración i cariño por el contra-almirante Wi- 
lliams i por el señor Echáurren. 

Sumamente laborioso, no le bastaban las ocupaciones de su 
empleo. Emprendió el trabajo de levantar el plano de la baliia 
de Dichato o Coliumo, ocupándose muchos dias en sondearla; 
no he podido encontrar entre sus papeles el resultado de aquellos 
trabajos. 

Solicitó que se dejara a su cargo la instrucción militar de los 
alumnos de las dos escuelas de hombres de este puerto, dedi- 
cando a la enseñanza unos cuantos meses i con preciosos resul- 
tados, que todos pudimos ver. 

Muí amante de este puerto, todo cuanto se rozaba con el ade- 
lanto de la localidad le interesaba. Habilitó el muelle que gran- 
des temporales habían inutilizado completamente. Obtuvo del 
señor Acario Cotapos un vestuario completo para la policía, de 
los qiie este caballero trajo para su escuadrón de caballería en 
Valparaíso. 

Habia hecho casi los estudios completos de agrimensor i al- 
canzó a hacer aquí algunas mensuras. 

Toda su juventud luchó con la pobreza. Habiéndose casado 
muí joven i sin recursos con la señorita Emilia Goicolea, no bas- 
tándole su miserable sueldo para subvenir a sus gastos de casa, 
se ocupó en Valparaíso en dar lecciones particulares a varios 
jóvenes aspirantes a guardia-marina, lo que le proporcionó me- 
dios para vivir. El señor Zegers, padre de Vicente, contento de 
la instrucción que habia dado a su hijo, le regaló quinientos pe- 
sos sobre la pensión. 

Profesaba un cariño estrañable a su joven esposa, amándola 
tanto con si estuviera recien casado. En su testamento otorsrado 



CXYIII EPISODIOS MAKÍTIMOS 

aquí momentos autes de partir, la deja de albacea i heredera de 
sus escasos bienes. 

Todo lo que deseaba antes de ser llamado al servicio, de ser 
embarcado, mas bien dicho, era que le tocase un jefe valiente i 
pundonoroso eu su buque. Es mui poaible que el almirante, de- 
firiendo a sus deseos, lo trasbordase a la ccEsmeralda» donde se 
encontraba el inmortal Arturo Prat por quien tenia gmndc ad- 
miración i cariño, siendo couipaüero ademas en las tareas del 
profesorado en la escuela de aprendices de moa-inero. 

Era íntimo amigo coa el señor párroco de este puerto don 
Gregorio Ampuero, sacerdote tan hábil como virtuoso. Antea de 
partir a la campaña, se confesó con él i comulgó: estaba segura 
de morir. Hago iucapié en esto por que por lo demás. Serrana 
no era menos profano que nosotros. 

Por el viituoso sacerdote arriba nombrado he sabido que el 
dia antes de partir de este puerto, lo encontró en el templo arro- 
dillado a los pies de 'la Yírjen del Carmen, i !e dijo, «que acaba- 
ba de ofrecer a la Vírjen el sacrificio de su vida, si era necesario, 
para el engrandecimiento de la patria.» 

Serrano era todo un hombre, todo un valiente. Antes de i)ar- 
tir, ya sabíamos que habia de cumplir con sus deberes de mari- 
no i de chileno en la hora del peligro. 

Réstame hablarle de su desgraciada esposa. Desde la separa- 
ción de su marido ha quedado en la mas triste orfandad. Serra- 
no le habia dejado como asignación el goce de todo su sueldo; 
pero, al irse a la campaña, tuvo que hacer gastos que le hicieron 
solicitar un adelanto de dos meses. Entiendo que no alcanzó a 
trascurrir este tiempo entre su ida de aquí i su muerte en el 
combate de Iquique. Así se esplica como es que hasta ahora no 
ha percibido un solo centavo. Esto parte el corazón de dolor. 
¡La esposa de un héroe abandonada a la miseria! mayormente 
cuando se considera que toda la preocupación de Serrano era la 
orfandad en que la dejaba. 

Espero que usted hará todo lo posible en procurarle recursos, 
nadie es mas acreedora a ellos. Hace cuatro dias que la tenemos 
aquí; llegó en el vapor que vino de Melipulli. Mañana parte pa- 



LAS DOS ESMERALDAS CXIX 

ra Santiago; los amigos vamos a acompañarla hasta Talcalmano. 
Llegará v^ésa el viernes o sábado. 

Créame que he tenido el mayor gusto en darle estos datos; 
usted puede hacer mucho por ella, i no dudo que lo hará. Serra- 
no i yo eramos mui amigos, i siento que sea poco lo que puedo 
hacer por él. 

Lo saluda su afectísimo i S. S. 

Akístides MuSfoz. 



DOCUMENTO NUM. 18. 

CARTA ATRIBUIDA A DON EDUARDO LLANOS SOBRE LA INHUMACIÓN 

DE LOS RESTOS DEL CAPITÁN PRAT I DEL TENIENTE 

SERRANO, EN EL CEMENTERIO DE IQUIQÜE. 

Iquüjue, 23 de inayo de 1879. 
Señor don Luis Uribe. 

En el cuartel de la Compañía Salvadora. 
Presente. 
Muí señor mió: 

Para satisfacer a usted i demás compañeros, haré a ustedes 
una relación, lo mas sumaria posible, sobre la manera i íorma 
en que fueron sepultados, en el cementerio de este puerto, los 
cadáveres del comandante don Arturo Prat i teniente 2.° don 
Ignacio Serrano, ambos de la corbeta chilena de guerra «Esme- 
ralda». 

El dia 21 en la noche encontré frente al teatro a los señores 
Juan Bernal i Castro, alcalde municipal, i Benito Neto, corres- 
ponsal de la Patria de Lima, cíiciéadome el primero de ésto^ 



CXX EnsüniosMAiílTiMOs 

qne el señor prefecto le había encargado diese sepultura a tos 
cadáveres de la «Eáuicrakla», qUe acababa de desembarcar el 
«Huáscarr llegado poco antes del sur. Nos dirijimos a la iglesia 
pai-a saber si allí estaban los restos aquellos, i solo encontramos 
los del joven Velarde, del «HuáscarD, cubierto con una bandera 
peruana. Fuimos al cuartel de la «SalvadoraT), i tampoco esta- 
ban allí, pc>r lo gue supimos que lo habrían llevado al hospital. 
Ofrecí al señor Bernal correr con las dilijencias del enterramien- 
to; i al efecto fui el día 22 temprano al hospital, para saber 
cuantos eran los cadáveres i su categoría. EL ecónomo de aquel 
establecimienio, don José Manuel Eizaguirre, me informó que 
no había recibido ninguna instrucción sobre el modo de dar se- 
pultura a los tres cadáveres de la «Esmeralda». Díjele yo enton- 
ces que me iba ocupar de eso i le pedí que nada hiciese mientras 
no recibiese aviso mío, pues iba a hablar con el señor inspector 
del hospital don Carlos Richardson. En efecto, vi a este señor 
i le encontré perfectamente dispuesto para acceder a mi solici- 
tud, dándome una orden para que el señor Eizaguirre pusiera a 
mi disposición los cadáveres mencionados. 

Acompañando esta orden, escribí una carta al señor ecónomo 
diciéndole que remitiese desde luego al cementerio el cadáver 
del marinero, i respecto a los dos oficiales, iba yo a correr las 
papeletas de costumbre por los que van ea sepultura pagada, 
mandando al mismo tiempo hacer los ataúdes respectivos. 

Dispuestas así las cosas, fui al cuartel de usted en busca de 
los datos de edad, estado i nombre de los oficiales, para tomar 
nota en el rejistro de la dataria civil; en el tránsito encontré a 
don Benigno C. Posada, que impuesto de los pasos que yo daba, 
se ofreció a acompañarme, lo que de buen agrado acepté, indi- 
cándole que para evitar ñilsas apreciaciones tomaríamos el 
nombre de la Sociedad de Beneficencia para obrar como comi- 
KÍonados de ella en este asunto, en cuya idea convino el señor 
Posada, ün poco antes de llegar al cuartel, encontramos al 
señor coronel Velarde, que se prestó gustoso para regresar e hí- 
^0 que la guardia nos permitiera la entrada én busca de los uni- 
fornires mencionados. Facílítadíbs es.tos por ustedes e impuesto 



LAS DOS ESMERALDAS CXXI 

del deseo de ustedes de conservar la ropa esterior de sus cora- 
pañeros Prat. i Serrano, nos dirijimos al hospital el señor Velar- 
de, el señor Posada i yo. 

De vuelta de aquel estaldecimicnto, fui cotí el señor Posada a 
dar cuenta al señor prefecto de los pasos que habíamos dado, i 
aprobó nuestro proceder. 

Después hice correr las papeletas de defunción que llevan los 
números 504 i 505 del folio 505 del rejistro civil, tomando nota 
el señor inspector del cementerio i el señor cura párroco. 

A las cuatro i media de la tarde volví con el señor Posada al 
hospital. A las cinco i media llegaron los encargados de hacer 
los cajones, i con el ausilio de tres mozos que me facilitó el se- 
ñor Eizaguirre, se pusieron dentro los cadáveres envueltos en 
una sábana cada uno. De allí me dirijí, siempre con el mismo 
señor Posada, al cementerio, en cuyo punto encontramos al 
señor don Juan Nairn, qui.en, invitado en la tarde por mí pa- 
ra esta ceremonia, se prestó gustoso a pesar de sa delicada 
salud. 

Cuando llegamos al cementerio, estaba una parte de la tripu- 
lación de la «Independencia» dando sepultura a los restos del 
oficial del mismo buque, don Guillermo García García, muerto 
el día anterior en el combate con la íGovadonga». 

Asi concluimos nuestro cometido, regresando al pueblo ya de 
noche. 

Me es grato ofrecerme de ustedes atento i seguro servi- 
dor. —***.» 



P 



CXXII EPISODIOS MARÍTIMOS 

DOCUMENTO NUM. 19. 

LA SOMBRA DEL HÉROE. 

(lNa ViSiiA A LA MADRE I A LA ESPOSA DE ARTURO TRAT.) 



«O star of Rome! What gratitude can speak, 
Fit words to follow such a deed as this?» (1) 

(Beaumont i Fletcher, Sophocles). 

«La forma perecedera hn pagado su 
tributo a la naturaleza. ¡Ha muerto! 
Pero esa muerte, que era forzoso es- 
perar, le hace nacer a una nueva i no- 
ble vida: la vida de la historia en este 
mundo i la de la inmortalidad en el 
otro». 

(Discurso de Arturo Prat en la tum- 
ba del vice-almirante Simpson, el ^5 
de diciembre de 1877_). 



La prensa diaria i oficial del Perú, ea medio de la grita vul- 
gar i cuotiniana de desatadas pasiones, ha dejado en los últimos 
tiempos testimonio de un hecho natural i jeneroso, que su alien- 
to denigra, pero que, de vuelta a nuestro pais, brilla con la luz 
fúljida de una aureola. — «Los chilenos han perdido el juicio, ex- 
claman aquellas hojas. Se han hecho idólatras de un nuevo cul- 
to que se llama — «Prat.» Allí todo es «Prat.» Los nombres, los 
buques, los batallones, las sociedades, las estatuas i hasta los 
escapularios. — Es aquella una verdadera pratomanía,» — 1 la 
plebe burda i apasionada, formando bullicioso enjambre, entre 
uuGstros enemigos, moteja todo eso, que es exacto, como un ía- 



(1) ((¡Oh estrella de Roma! Nunca podrá la graücau encontrar palabras 
cen que cantar hazaña semejante.» 



LAS DOS ESMERALDAS CXXIII 

natismo uecio i pasajero, como un alboroto déjente novedosa i 
deslumbrada. 

Error profundo entre tanto es eñe, hijo de enemiga envidia, 
porque al tributar el pueblo de Chile al héroe de Iquique home- 
naje de admiración viva, ardiente, ilimitada, no hace sino dejar 
cumplirse un hecho histórico, sencillo i natural, verdadero e iue- 
vitable como la justicia, la gloria i la historia misma. 

Arturo Prat es, en efecto, lo que los pensadores modernos háa 
llamado un «hombre representativo» es decir, una naturaleza 
escojida i privilejiada que se ha revelado súbitamente a sus coa- 
temporáneos, i que identificándose con su época pasa como wna 
emanación sana i lejítima de su tiempo al amor i a la venera- 
ción de las edades. 



II. 



En otro lugar i en mas vasta i durable ocasión, estudiando la 
vida del capitán chileno en sus menores ápices, desde su cuna, 
al pié del cerro de Coiquen, coronado de vistosas roblerías, has- 
ta sobre la cubierta de fierro del monitor enemigo, hemos creido 
demostrar, sin esfuerzo alguno, por el solo procedimiento de la. 
unidad de la vida i la lójica del carácter, no desmentidas jamas 
una i otra en su carrera terrenal, que Arturo Prat es un héroe 
verdadero i completo en toda la estension del significado de es- 
ta palabra antigua, desde Plutarco a Ercilia, desde el canto épi- 
co a la sobria historia i al helado análisis filosófico que convier- 
to la existencia de los seres en minuciosa e implacable autopsia. 
Es un hombre cabal en la escuela, en el hogar, en el deber, en 
la guerra, en la enseñanza, en todos los servicios públicos, en 
todas las manifestaciones del alma i del espíritu. 

Ahora bien, pertenecemos nosotros en nuestra manera de 
apreciar los espíritus superiores a la escuela que ha creado en 
los modernos tiempos el ilustre bostones Emerson, a quien hace 
doce año» conocimos en su ciudad natal, que tiene por sa nom- 
bre un culto verdadero. Nosotros creemos, como ese profundo i 
orijiual pensador, que todos los hombres superiores encarnan 



CXXIV EPISODIOS IIAUITIMOS. 

una época i leganí a ella su nombre i su fama, su fortuna o su 
martirio, cooperando así al fin universal de bien i de progreso 
en que todos, i aun los átomos humanos que forman la masa que 
se denomina vulgo, entran como componentes, a la manera de 
las moléculas infinitas que necesita i consume el sol para pro- 
curarse eterna i resplandeciente lumbre. De esta lei sublime no 
se ha esceptuado a sí misma ni la augusta personalidad que, 
bnjo el nombre de «Redentor.» vino al mundo a cumplir una 
misión divina, cuyos dones i cuyos milagros duran todavía en- 
tre los hombres. 

Pero en el sentido puramente humano i limitado de la frase, 
nosotros creemos en los hombres «representativos» que ha pro- 
, ducido en el viejo i en el nuevo mundo el lento, pero eficaz de- 
sarrollo de la humanidad. Creemos en que Platón encarnó en su 
existencia la lei mental i moral que desde sus dias se llamara 
filosofía, i creemos en que Montaigne nació para encarnar el es- 
cepticismo moderno, que es la lei universal de la época en que 
vivimos; creemos que Shakspeare resumió la edad en que la poe- 
sía renacía, disipando su selvático jenio largo eclipse de tene- 
broso siglo, así como creemos que Voltaire, Rousseau i Goethe, 
fueron la mas viva emanación del espíritu de emancipación de 
la era en que vivieron. Creemos, por último, que Napoleón mis- 
mo, la mas fuerte i múltiple personalidad de los tiempos moder- 
nos, constituyó por sí solo la mas perfecta semblanza i resumen 
de la vitalidad, de las ideas, de los vicios, de los errores, de los 
adelantos, de las miserias i de las grandezas de la época escep- 
cionalmente borrascosa que su jenio grande e inicuo alumbró 
como un meteoro en medio de violentos huracanes. — «Si Napo- 
león, esclama Emerson, fué la Francia, si Napoleón fué la Eu- 
ropa, es porque los pueblos a quienes impuso su yugo obraban 
como una masa identificada a su potente ser, o como si la vasta 
muchedumbre que dominó su espíritu estuviese compuesta de 
millares de diminutivos Napoleones.» (1) 

r 

(1) R. W. Emerson, Rq)r(Síntatice men, páj. 21'J. 



LAS DOS ESMERALDAS CXXV 



III. 



Por ig-Uíil princi[>io i creencia juzg'fiinos nosotros lioi, i limi- 
tando el alcance de la teoría solo a los dominios del heroísmo 
(qoe es la mas grandiosa de las faces de la existencia humana, 
porque es la única virtud que no se imita ni parodia) que cada 
edad heroica ha tenido su emblema, como cada mutación pro- 
funda está marcada en la vida do una nación por un nombre. 
De aquí el culto de los semi-dioses en la mitolojía pagana. De 
aquí Héctor en la guerra de Troya. De aquí Guillermo Tell en 
la emancipación de las montañas que repercuten todavía su le- 
yenda en sus agrestes ecos. De aquí Ricardo Corazón de Leen 
en las Cruzadas. De aquí, por fin, i acercándonos a nuestra época, 
Daoiz i Velarde, los dos oscuros oficial'^s de artillería que entre- 
garon al pueblo español los cañones del Dos de Mayo, héroes de 
una hora magnánima que han pasado a ser el símbolo mas que- 
rido i mas glorioso de la laboriosa independencia de la penínsu- 
la ibérica. I aun nuestros mismos vecinos, que hoi nos escarne- 
cen por que erijimos altares al heroísmo emblemático de Chile, 
tienen en los propios suyos dos nombres que, a ejemplo del de 
los mártires españoles que acabamos de recordar, citan de con- 
tinuo como los tipos mas lejí timos de su gloriarlos bravos ofi- 
cíales La Rosa i Taramona, que prefirieron morir despeñándose 
entre las rocas de Tarapacá antes que rendir sus espadas al ene- 
migo. I ¡notable anal ojia! Esos héroes peruanos sucumbieron en 
las mismas aguas en que cayera inmolado sobre el puente de ene- 
miga nave el campeón chileno Arturo Prat, en las aguas de Iqui- 
que, en aquel tiempo asiento humilde de redes i de canoas 
(1823). Otra figura que se diseña con atributos de heroísmo en 
el sangriento escenáculo del Perú, es Salaverry (183C). 



IV. 



Pero la ventura especial de Chile ha consistido en esta voz en 
que la revelación de su heroísmo militar se haya veñficado con- 



CXXVI El'ISoniOS MARÍTIMOS 

juntamente con su iniciativa: de suerte que la irradiación fecun- 
dante del ejemplo no va a lucir únicamente en las pajinas de 
postuma crónica, sino que obrará sus milagros de deber i de 
sacriíicio como una lección viva, dictada al pié del asta de ban- 
dera que engalana el frente de nuestros Tejimientos i la arbola- 
dura de nuestras naves de guerra. {!) 



Persuadidos nosotros de la certidumbre i de la eficacia de esta 
doctrina histórica, que hace aparecer en cada época i en cada 
país el hombre i la humanidad en marcha necesita que como 
guia, como caudillo o como mártir, nosotros hemos estudiado la 
vida del inmortal capitán de Iquique en toda su amplitud para 
adueñar al pais de ella en luminoso conjunto, i al propio tiempo 

(1) Para comprobar la intensidad del sentimiento nacional qne ha des- 
pertado en todo el pais. aun en sus manifestaciones mas íntimas de afecto, 
el sacrificio de Arturo Prat i de su gloriosa nave en Iquique, ofrecemos al 
lector la siguiente curiosa estadística de los «Arturos» i de las «Esmeral- 
das» que llevan estos nombres simbólicos, desde el 25 de mayo, durante 
un mes en solo cuatro de nuestras parroquias centrales.' 

Esta estadística arroja treinta «Arturos*) i veinticinco «Esmeraldas )>, 
siendo de notar que una patriota ha puesto a su hija el nombre de «Artu- 
ra» i otro a sus jemelos (hombre i mujer) «Arturo i Esmeralda Guarnan». 
Hai también una «Carmen Covadonga,» todo en el orden siguiente, copiado 
de los libros parroquiales: 

Sagrario. — Victoria Esmeralda Matte. — E. Arturo Rojas. — V. Esme- 
ralda Huueeus. — Arturo Ramos. — M. Esmeralda Mardoncs. — Arturo Ras- 
cuñan. — V. Esmeralda Urzúa. — Arturo Carrasco. — Arturo Castillo. 

Santa Ana.-Z. Esmeralda Novca -V. Ai-turo Morales.-Esmeralda Jor- 
quera. —Carlos Arturo Tejen.— M. Arturo Valdes —Arturo Rivas.— Arturo 
Bobadilla. — Esmeralda Avila. — Ciirlos Artui'O Baltierra. — Arturo Berríos. 
— Arturo Correa. — Arturo Guaman. — Esmeralda Guarnan, (jemelos). 

San Lázaro. — Victoria Esmei-alda Lago. — Arturo Duran. — -Arturo Ja- 
ra. — Arturo Césped. — L. Arturo Gaete. — Arturo Cacares. — Carlos Artu- 
ro R. Pefia. — Esmeralda Molina. — Artura Martínez. — Arturo Gómez. — 
Esmeralda Romero. — Carlos Arturo Saez. — Arturo Araya. 

San Isidro. — Esmeralda Ariz. — Esmeralda Monte. — Esmeralda Paine. 



LAS DOS ESMEllALDAS CXXVII 

en todas sus tlelicadas nimiedades, para confrontar las grandes 
líneas i los rasgos miau«iosos que forman el entero de una gran 
existencia; i en consecuencia, dejando la parte mas abultada i 
trascendental de nuestra tarea para una publicación de otra es- 
pecie, vamos a bosquejar aquí algunos espisodios íntimos de la 
existencia, la carrera i el carácter del lióroe chiler.o, tal cual n( s 
lia sido dable sorprenderlos en su propio hogar, tibio todavía 
con el calor de su presencia, de su virtud inmaculada, de su 
tierno i bien guardado amor. 

La espresion de tales incidentes de la vida íntima, revisten 
forzosamente el cuadro doméstico que vamos a hacer revivir de 
un tinte melancólico i personal, por lo cual pedimos anticipada 
escusa a nuestros lectores. Conceptuamos a la verdad apénris 
acreedora a iuduljente escusa toda alusión a sí mismo cuando se 
exhibe una grande existencia, por que así es dable al escrupulo- 
so observador descubrir tras de la figura enaltecida el tosco 
andamio i los utensilios vulgares del artífice. Pero entre el sa- 
crificio del arte i el de la verdad, ojotamos por aquél, i varaos a 
contar los episodios con la misma llaneza con que han tenido 
lugar. 

YI. 

Usando del permiso solicitado, nos apresuramos a declarar 
que, en medio de las borrascas de una existencia trabajada por 
caprichoso destino, hetnos tenido siempre, desde la mas remota 
niñez, una afición, íbamos a decir, como Zimmermann, un amor 
especial por los muertos. Por esto, nuestro primer acto de fun- 
cionario de una gran ciudad fué abrir ancho, holgado i respetuo- 



• — Esmeralda del C. Soto. — Esmeralda Ahumada. — Arturo Avendaño.— - 
Carlos Arturo Berríos. — Esmeralda del C. Lucares. — Carlos Arturo Soto. 
■—Esmeralda Gana. — Arturo CoUaiia. — Arturo Labarca. — V. Esmeralda 
Carrasco. — Esmeralda Lazo. — Esmeralda Pavez. — Esmeralda Hidalgo. — 
Esmeralda del C. Boy. 

Asunción. — Arturo Vicuña Subercasseaux. — Dos Esmeraldas. — Uua 
Cármcu Covadonga. 



CXXVIII EFU^oDIOS MARÍTIMOS 

SO paso a los féretros, i por esto refiérenos la dulce madre que 
nos enseñó esa veneración con su ejemplo, que la primera mani- 
festación de la curiosidad se despertó en nuestra alma por la 
incesante averiguación de las últimas palabras de los .que morian, 
propensión incurable i melancólica que debe tener sus raices en 
el fondo del organismo de la vida, por que en cerca de medio 

siglo de existencia no se ha apagado todavía 

Al contrario, i así como fué el Cerro Blanco i los solitarios 
claustros que blanquean a su pié, antes que las pardas rocas del 
Santa Lucía, el sitio predilecto délas escapadas del ocio infantil, 
recordamos haber pasado largas i dulces horas de peregrina 
juventud en la majestuosa colina que domina a Paris como la 
grandiosa ciudad de los muertos, en aquel afamado cementerio 
del Padre Lachaise, que es como el resumen- de las cenizas del 
mundo moderno. I de ello tenemos dado testimonio en los Via- 
jes que publicamos hace veinticuatro años i en un álbum fúnebre 
que guardamos como memoria de ensueños que pasaron junto 
con las yerbas, las flores i las hojas secas {lesfeuilles mortes del 
poeta) que recojimos en aquel santuario sinlencioso de todas las 
gloriat- que también pasaron.. ..Una hoja de laurel de la tumba 
del bravo Labedoyére; una humilde gramínea recojida entre las 
grietas del marmóreo monumento del jeneral Foy; el tallo de 
una mirtácea que crecia entre las tres rotas columnas emblemas 
funerarios de los tres, hermanos Lameth; un ramo de mirto 
arrancado por entre humilde reja a la tumba todavía anónima 
del bravo de los bravos, Miguel Ney; una hierba cualquiera, en 
fin, que crecía solitaria en el sitio de reposo de aquel tribuno 
impasible que se hizo espulsar de la Cámara senil de L)s Borbo- 
nes por un pelotón de jendármes, — el diputado Manuel. Ni nos 
falta tampoco una memoria de Lafontaine, en cuyo cenotafio 
hace duelo despierta zorra de bronce; ni la del poeta proscrito 
Moratin, ni menos ciertamente de la tumba favorita de los que 
aman, eternamente adornada de coronas, i construida con la 
piedra rojiza del Paracleto, bajo cuya canopia reposan cuerpo 
con cuerpo, alma con alma, las dos personificaciones inmortales 
del heroísmo en el amor — «Eloísa i Abelardo». 



LAS nos K.S>HCl{A¡.I)Aá CXXIX 



VIL 



Por estos recuerdos i estas tendencias del alma, (j[ue nos Ii i 
sido inevitable inscribir aquí para esplicar todo nuestro pensa- 
miento, se imajiuará el lector cuál seria nuestro íntimo regocijo 
al recibir de un antiguo i noble amigo, hace ya de esto uu meíi, 
la siguiante cariñosa i escepcional misiva: 

ValpaYaiso, junio 25 de 1S79. 

Mi distinguido amigo: 

Rosario, mi hermana, i Carmela, que se han negado hasta 
ahora a recibir a'las personas mas caracterizadas de esta ciudad, 
porque su dolor no lo permite, abren sus puertas para Ud. El 
sábado próximo, si yo mismo no puedo, lo recibirán a Ud. en la 
estación de Bellavista los señores José, Jesús i David Carva- 
jal, hermanos de la viuda de Arturo Prat. 

«Sin mas que es'to, lo saluda con todo cariño su antiguo 
amigo. 

Jacinto Chacón. 

¡Ah! No era todavia dable visitar en tierra árida e ingrata, 
en prestado cementerio, marcado apenas por la cruz negra de 
la misericordia de menor cuantía, la tumba del héroe, encima 
de la colina que iluminó su gloria i dominando las aguas que 
inmortalizó su hazaña. Pero al menos visitaría su hogar, salu- 
daría a la mujer bendita que le díó el ser i la enseñanza; me 
iuclinaria conmovido delante de la esposa que le dio su alma i 
su ternura; acariciaría la frente de sus hijos, i lo interrogaría a él 
mismo en el sitio en que vio deslizarse plácidos i felices los úl- 
timos días de su escondida i siempre noble existencia. Por esto 
hemos titulado con propiedad este escrito: — La Sombra del 
JL'roe, por que en realidad este perfil escrito no es sino su re- 
ñejo. 



CXXX EPISODIOS marítimos. 



VIII. 



No necesitamos agregar que fuimos puntuales a la cita. Úni- 
camente cambiamos la hora prosaica del medio dia, la hora del 
tren, del polvo i los negocios, por la calma, la sombra i el res- 
peto de la noche. 

IX. 

Existe en Valparaíso, casi en la medianía de la ciudad, uaa 
calle torrentosa que antiguamente se veia labrada por un cauce 
profundo, hoi emparedado, que el vulgo denomihabn, cuando 
eriaza, la Calle de los Cachos, i hoi lleva el nombre de Calle 
del Circo, por el que tuvo allí una compañía ecuestre de norte- 
americanos hace mas de treinta años. La via arranca de la pla- 
za de la Victoria hacia los cerros i no tiene mas de 150 metros 
de estension. 

En su remate, al pié de las colinas, i en el mismo solar del 
antiguo anfiteatro ha edificado el señor Jacinto Chacón una se- 
rie de casas en gradería, especie de cité, que mas revela el jenío 
poco ordenado del poeta, que las áridas líucas del matemático 
arquitecto. 

Una de esas casas, la que tiene el núm. 53, era el hogar de 
Arturo Prat. 

Vivieron también en esa via dos ilustres marinos, el almiran- 
te Simpson, frente a Prat, i el almirante don Eujenio Coste?, 
descendiente de Francisco Pizarro i del conquistador de Méjico 
(que en Medeliin fueron deudos,) el último en la esquina cuya 
fachada abre sobre la plaza de la Victoria. Habitaron asimismo 
en esa calle tan limitada como humilde un venerable filántropo, 
el doctor Cox, i un lioinore público, que por su amor incesante 
i batallador por las libertades públicas de su patria mereció de 
BUS contemporáneos el nombre de «el O' Conneli de Chile». 

X. 

La primera persona de la familia del capitán Prat a quien 



LAS DOS ESMaíUALPAS CXXXI 

nos cnpo la fortuna encontrar fué a sn venerable abuela. Equi- 
vocando la dirección en el dédalo del poeta-arquitecto, subimos 
una empinada escalera, i allí, en un confortable salón mostrába- 
Ke, rodeada de sus hijas, la señora doña Ooncepcion Barrios de 
Chacón, abuela materna del héroe do Iquique. Era un buen au- 
gurio. Comenzábamos la visión heroica por su primer capítulo, 
hábito i placer de historiador. 

XI. 

Es la abuela del capitán Prat una señora notable todavia por 
su frescura, por la franqueza de su trato i por el temple de su 
espíritu. Ha tenido veinte hijos, i ha visto pasar once de ellos 
por el camino del dolor i de la sepultura a una vida cuyas som- 
bras, ya próximas, no la espantan. Decíannos sus hijos que, 
enjugadas las primeras lágrimas de ternura en su venerable 
rostro, la altiva matrona penquista habia esclamado:— cPrisio- 
de los peruanos o muerto en la cubierta del «Huáscar», prefiero 
lo último para mi Arturo». 

Esta digna señora no lleva su jenuino apellido porque su pa- 
dre fué un marino toscano, natural de Pisa, llamado Barri, a 
quien cita con este apellido Diego Barros en su Historia de 
Clnle (vol. 3.", páj. 146) para contar su trájica muerte en el Ca- 
bo de Hornos. 

El capitán Barri, bisabuelo del capitán Prat, perdióse, en efec- 
to, en uno de los buques corsarios que en 1315 trajo a Chile 
desde Buenos Aires el almirante Browu; i es digno de recordar 
que ese buque se llamaba como el compañero de infiíncia de 
Arturo Prat i su seg-uudo en la «Esmeralda», El Uríbe. 

XII. 

En otra ocasión hemos dejado testimonio de que la prosapia 
paterna de Arturo Prat era-, como la de Farragut, catalana. Hoi 
señalamos, por tanto, el hecho de su descendencia de un capitán 
pisano, hombre también de mar. 

Agregiremos que en el litoral marítimo de Cataluña hai dos 



CXXXII EPISODIOS marítimos. 

pueblos que llevan el nombre de Prat, esto es, el Prat de Llo' 
hreyaf, a una legua de Barcelona, i Prat de Compte, caserío 
montañoso en la provincia de Tarragona, no lejos del sitio de la 
antigua Sagunto, que sucumbió al romano sin rendirse. De este 
último partido proceden los Prat que vinieron a Chile. 

XIII. 

El abuelo materno del retoño catalán, a quien tuvimos ocasión 
de conocer en nuestra [niñez, i que falleció de noventa i cinco 
años de edad en la noche del 1.° de junio de 1870, fué un esoe- 
lente patricio, alma bondadosa i entusiasta que llevaba en su- 
rostro, siempre afable i risueño, la huella de todos los regocijos 
de la patria. Don Pedro Chacón i Morales habia sido uno de los 
amigos personales predilectos de San Martin (a quien acompa- 
ñó al Perú), del director O'IIiggins i de todos los espíritus cul- 
minantes de su época, especialmente entre los pipiólos, a cuya 
perseguida familia perteneció mas tarde i hasta su último día. 
De su entusiasmo patriótico ha quedado una tradición viva en 
la ciudad, porque cada vez que llegaba, a lomo de caballo, una 
noticia favorable a la causa de Chile, izaba una bandera en la 
puerta de su almacén, situado en la calle que entonces se llama- 
ba Atravesada, de ¡a Compañía., i que hoi lleva, por aquel sím- 
bolo, su nombre — La Bandera. 



XIY. 



Permítasenos todavía agregar aquí, como detalle de cuna i de 
topografía, lo que sobre el sitio en que Arturo Prat viera la vida, 
nos cuenta un caballero catalán, hacendado del sur, i poseído 
con justicia del culto entusiasta de su raza. — «Ayer, escribíanos 
desde Quirihue el señor Ignacio Brunet, el 25 de junio, salí de 
Chillan, i, como los dias son cortos, tuve que alojar, i me quedé 
en la casa de mi hermana política, la señora Jvieves Molina de 
Codiiia dueña actualmente de la hacienda de San Agustín de 
Puñual. Dormí, por consiguiente, en el mismo cuarto donde nar 



LAS DOS KS.MEKA1-1JA3 CXXXIII 

ciu mi paisano Arturo Prat, doLleinente paisano, por lo catalán 

i por que mi mujer nació también en esta hacienda Si fuera 

poeta, añade el caballero catalán, probando que lo es, le diría 
que soñé con A.rturito recien venido al mundo, i que después, ya 
hombre, lo había visto })eleando en la rada de Iquique....» 



XV. 



Tal es la tradición del materno abrigo. Hé aquí ahora cómo, 
uno de los compañeros de niñez i vecino de cercado de San 
Agustín de Puñual, describe la comarca. — «Situadas al pié del 
estremo sur del estero de Ninhue, las casas del fundo de San 
Agustín de Puñual (que son grandes, i la propiedad lo es tam- 
bién) puede dominarse desde ellas un hermoso panorama, que 
se limita al oriente por los altos picos de los Andes, al través de 
los cuales se ve alzarse majestuoso el sol por la mañana. No hai 
sino esteros invernizos al rededor de la casa, i desde ella princi- 
pian, hacía la cima del elevado cerro, que, con el Cayumanquo i 
Coiquen, fi)rman parte del cordón central, alegres montañas de 
robles, hualas, boldop, maquis i peumos, que casi todo et año son 
el dormitorio de millones de clioroyes. 

«El pueblo de Ninhue está formado por una sola calle, de seis 
a ocho cuadras de largo. Casi todas las casas son de teja, i los 
sitios de regadío cubiertos de preciosas arboledas de dulcísimos 
naranjos, cuyos frutos los habitantes van a v€nder a Concep- 
ción». (1). 

XVI. 

Una curiosa analojía todavía, porque nada hai perdido en el 
sendero de las existencias escepcíonales, como en el crisol en 
que se ha fundido un metal precioso, del cual la escoria misma 
tiene leí. El nombre indijena de la estancia en que víó la pri- 



(1) Carta del jóvon don Domingo F. Cruzat. — San Carlos, junio 24 de 
1879. 



CXXXIV EPISODIOS MARÍTIMOS 

mera luz el mancebo sublime que pereció llamando su jjiite, es- 
pada en mano, al abordaje, significa jí^t'yav/ (1) 

XYIL 

Parecerá a alguien nimio i aun fastidioso cuiinto como preám- 
bulo de nuestra visita al hogar del capitán chileno llevamos di- 
cho: pero ese alguien hal;rá de pertenecer por algún título a la 
gran muchedumbre, delante de la cual la humanidad desfila so- 
lo como un inmenso rebaño. Lo que es nosotros, al ver pasar 
cualquiera de los tipos luminosos de nuestro linaje, nos detene- 
mos i nos descubrimos con respeto delante de la huella leve o 
profunda que han dejado sus pasos en la arena. I hecho esto, 
proseguimos. 

XYIII. 

Después de un cuarto de hora de cordial conversación en el 
salón de la abuela del capitán íVat, vino a buscarnos nuestro 
antiguo i respetable amigo Jacinto Chacón, i bajamos la escar- 
pada escalinata por la cual habíamos subido al flanco de la coli- 
na, como para trazar el sendero recorrido por el héroe desde la 
alta cima en que brota la fuente de la vida. Por esa escala ha- 
bía rodado hacia pocos meses el joven marino al prestar solíci- 
to sosten a su esposa en cinta. Tenemos una carta autógrafa de 
él del mes de noviembre del año último, en que refiere que se 
halla «cojo» por haberse roto una rodilla en la escala «de mi 
abueUta,T) calificativo de infinito cariño en una alma capaz de 
tan fiera resolución como la su3"a. 

XIX. 

Eran las 8 de la noche del 28 de junio, i comenzaba a llover 



(1) «Punalm, punam o puñalm.v) dice el padi-e Fcbres, es el verbo activo 
})ffjar. Se sabe qiíe puma quiere decir en araucano. leou. 



LAS DOS ESSIEllALDAS CXXXV 

con fuerza, azotando gruesos goterones, como el reiloLle de un 
tambor que bate funerala, la techumbre de sonoro zinc que nos 
servia de cobertor al pasar do una vivienda a otra. 

Atravesamos uno o dos pasadizos i nos encontramos en un 
pequeño salón, ataviado con la gracia i la sencillez de un artis- 
ta. Modestos retratos de familia, flores marchitas, una cons(»la, 
un sofá, todo austero pero elegantemente dispues.to: tal era el 
menaje. 

XX. 

Yo aguardaba entre tanto con visible emoción la hora de la 
entrevista. 

Entoldóse una puerta, i sahidé con sincero i conmovido res- 
peto a la madre del héroe. 

Es una señora, una fisonomía, una espresion que hemos en- 
contrado antes en muchos hogares: es el tipo de una madre 
chilena, como la ma^^or parte de las nobles mujeres de este pais, 
en que el altar cambia tantas naturalezas de ánjeles en santas. 
En cualquiera parte del mundo que hubiera tenido la fortuna 
de encontrar a aquella señora, no habría vacilado un minuto en 
decirme a mí mismo: — «Esa es una chilena.» 

La madre de Arturo Prat no afectaba ningún postizo dolor, 
pero era visible que lo escondía en los adentros de su alma, í allí 
lo guardaba como el ánfora cerrada que guarda embriagador 
perfume. 

Hablóme luego con naturalidad, de la niñez del hijo ya in- 
mortal. 

— No recuerdo, me dijo, lo que se ha contado de las palmadas 
que le diera al nacer la matrona de Quírihue. Pero sí tengo 
muí presente que cuando tenia solo quince meses trájolo mi her- 
mano Andrés de Talcahuano a Valparaíso, en un buque de vela,; 
i como abordo economizaran el agua dulce, lo bañaban todos los 
dias en la del mar, fría como la del hielo. 

Ese había sido el bautizo verdadero del marino 

— De niño, agregaba la santa señora, Arturo era travieso, pe- 
ro con una tendencia mui marcada al aislamiento í a la reserva. 



CXXXVI EPláODIOS MAKITIMOS. 

CnuiKio lo pnse en la escuela superior de la calle de Sau Diego, 
le gustaba volverse liccicudo ruil travesuras por el medio de la 
calle, pero simpre solo. 

No se distinguía tampoco por su aplicación, i esto me aflijia, 
porque era pora mí una esperanza, que crecia al ludo de su pa- 
dre que vivia moribundo. Yo misma le enseñaba i enseñaba a 

otros para enseñarle I al decir esto, uu lijero temblor de la 

voz parecía traicionar en la digna matrona la emoción de una 
leyenda de perpetuo dolor i de perpetua lucha: dos polos de la 
vida, invisibles como los del globo, pero en torno de los cuales 
jira eternamente la vida de tantos seres, que es el infortunio. 

I como esa vida, velada por el austero rubor de la dignidad, 
existen millares en estáis grandes ciudades desiguales, en que la 
fortnna deslumbra los ojos como para ocultar el ancho antro de 
los dolores escondidos. Santiago es un rio de lágrimas que corre 
a cauce seco como su veraniego estuario. «A sus canas, decia, do 
un venerable anciano hijo de Santiago, a quien un escritor chi- 
leno encontró en desierto mineral de la cordillera en una excur- 
sión miueralójica, han sobrevenido las especulaciones frus'rad.is, 
a éstas la muerte de sus hijo^, a la muerte de sus hijos el bro- 
ceo de sus minas, al broceo de sus minas el incendio de su ca- 
sa.D (1) 

XXL 

I bien, es esa la historia de mil familias honorables e ignora- 
das, i especialmente la historia déla señora Chacón de Prat. Su 
suegro pereció víctima de una celada en la Serena; su abuelo en 
una borrasca del Océano; cuando fué madre perdió sucesivamen- 
te sus hijos, hasta Arturo, nacido diez años después de sus nup- 



(1) Jotaheche, a propósito del patriota don José Silvestre Lazo. — Carta 
de ¿laipo, abril 3 del8ií. — La casa del doctor Lazo sa incendió en 1840, i 
es la misma que ocupa su liijo don Joaquín en la esquina que forma sobre 
la plaza las calles del Estado i de la Merced. Allí tenia su tienda de co- 
mercio el padre del capitán Prat cuando se incendió en 18-iO. 



LAS DOS i;.SMEnALPAS CaXXVII 

cías; i en seguida, cruel i prolongada dolencia privó a su esposo 
de todos los elementos norruales de la vida, i todavía el mismo 
iiicendio que acabamos de recordar arrebatóle, dos semanas des- 
pués de su enlace, los restos de antiguo, i conibatida fortuna. 
jTal ha sido la escuela moral del héroe! 

* 

XXIL 

La coTiversacion, como se comprende, habia tomado un jiro 
doloroso, cuando, como entre las espinas de esos arbustos flori- 
dos que solemos abrigar jiínto a nuestra ventana, apareció be- 
llísima i retozona la h^'jita del capitán de la Esmeralda — Blanca 
Prat. — ¡En una hora habíamos andado cerca de un 3Íglo, desde 
el capitán de Pisa a aquella risueña, festiva i linda criatura, 
blanca paloma de azules ojos i de rosado pico que retosa a ori- 
llas de una fosa empapada en lágrimas! 

Cojíla coa efusión en mis bra?:o8 i besa su frente, que no es- 
quivó al cariño ni al calor del alma. Es una niña verdaderamen- 
te linda, sin ninguna lisonja de ocasión. 

— Es una picarona, me dijo la abuela, que disputa todo el día 
a su hermanito la espada de su padre; su afán es que ella va a 
matar a todos los peruanos... 

¡Inocente avecilla! ¡Tal vez ella se imajirin, que ]í)-i, que inmo- 
laron a su padre sobi^e el puente del «Huáscarjs), son simples 
personnjes de fantástico cuesto como los que la arrullan en la 
cuna, i espera todavía que cualquiera mañana, como antes, ha- 
brá de volver de la mar, con rostro alegre, a perseguirla entre 
los muebles de la alcoba, para hurtarlo la caricia de sus b^sos, 
i que ella ha de pasarle todavía, con cariñosas manecitas, el lá- 
})iz de trabajo, ei bouquet de las üores del jardín, esa misma es- 
pada que noble adversario ha devuelto al muro en que hoi bri- 
lla como lefuljente trofeo para todos los chilenos... 

Entretanto, como heredera o usurpadora de esa arnia ya his- 
tórica, fuó ella misma a traérnosla. Es una espada común de 
inarína que tiene, en la placa movible del guarda-cantón, este 
uombre, esculpido en el bronce: Arturo Prat. Por esta íuscrip- 

r 



CXXXVIII EPISODIOS MAHÍTIMOS 

cion supieron, seguramente, los captores de su cadáver, qiiiea 
era el héroe. Antes habían creído que era Thomson, i así lo pu- 
blicaron con regocijo en Lima. 

Los que han leído el inventario de los tiernos objetos encon- 
trados sobre el cuerpo del capitán de la «Esmeralda», no se 
habrún fijado talvez on una circunstancia que realza «straordina- 
riamente la naturaleza especial de su heroísmo. La primera línea 
de ese inventario dice así: — «Una espada sin vaina, pero con 
sus respectivos tiros»... 

xxin. 

Habíamos llegado a esa parte de la conversación en que la 
lengua i el espíritu se condensan i se funden en un solo instru- 
mento hasta formar un solo eco, cuando una señorita hermana 
del héroe vino a anunciarnos que su noble viuda, venciendo un 
serio malestar, venia bondadosamente a participar en el común, 
doloroso, pero animado coloquio. 

XXIV. 

Xo nos atreveremos a hacer la descripción de aquella dulce i 
hermosa señora, velado todavía su pálido rostro por la sombra 
de inexorable e indecible quebranto. I por esto ella no habrá de 
necrarnos tampoco su licencia para presentarla al lector en nn 
solo rasgo de la pluma. 

íSemejando en todo, i hasta en el pálido rostro i la larga i fá- 
nebre túnica ceñida a esbelto busto, a la estatua del dolor, la 
víyda del héroe nos pareció solo su sombra: — «La Sombra del 
Héroe.» 

Xo había en ninguna do las facciones de su rostro, dulcemen- 
te apacible, ninguna de esas líneas que acusan la enerjia del al- 
ma, sino su ternura. Solo sus ojos, encendidos todavía por insa- 
ciable pero escondido llanto, traicionaban los largos dias de 
angusisia i soledad que llevaba contados desde la iiora primera 
del martirio. Ella misma fué a traernos las últimas ofrendas 
del amor premiado que otorgara después de larga espera al am- 



LAS DOS E.SMEKALD.Vá CXXIIX 

bicioso marino, i nielas repasando una en pos de otra entre pus 
dedos, como si fueran las valiosas joyas de una reina. Estaba 
allí su anillo nupcial, su libro de memorias en que liabia conti- 
nuas alusiones a la esposa ausente, i un retrato de la beldad cuan- 
do el es})oso i dueño era todavía tímido conquistador de su ven- 
tura... El mismo había escrito al respaldo de la tarjeta esta línea, 
que fué talvez la fecha de la primera esperanza, el primer trofeo 
de disputada victoria: «//>« te)igo desde febrero de 1809. 'jd Su 
amor había durado diez años. ^Su dicha cinco. Su vida apenas 
treinta i uno. ¡Bieve resumen de una existencia corta como la 
mañana de la primavera! 

XXV. 

— «Lo que dominaba sobre todo lo demás en la naturaleza de 
Arturo, me decía la que liabria sido su mejor juez, era su amor 
innato a la justicia. Nada le importaba tn su carrera, por que 
su pasión era el deber i el trabajo. Pero cuando, fuera en el cuer- 
po de la marina^ fuera eíi la administración jeneral del país, 
creía sorprender la mano oculta del favor o la bajeza, ])erdia de 
improviso su calma habitual i se exaltaba hasta la ira. No tuvo 
nunca postergaciones en su profesión de marino; p2ro rairalia 
las de sus compañeros como propias, i solo en casos de ese jéue- 
ro le notaba irritado. En todo lo demás era tranquilo, afable i 
hasta juguetón, por que todos los días liabia de retozar un rato 
con su Blanca, que era su mas ciega idolatría. Fuera de estas 
espansiones íntimas, su carácier era reservado, i hasta melan- 
cólico. Continuamente lo embromábamos apostrofándole de — 
((frión,» porque jamas traía una noticia de la calle, i cuando 
contaba algo, esperaba que todos estuviesen reunidos para decír- 
nosla, i así abreviar. Su mayor placer era el trabajo, i cuando 
no tenia nada serio entre manos, poníase a iluminar retratos 
fotográficos. Su vida era mui pareja, afectuosa sin mostrarlo, 
abnegada sin ostentación, achnirador de todas las cosas grandes, 
pero sin decir jamas que las intentaría: toda su relijion estaba 
cifrada en esta palabra que a mí me enseñó para mis hijos: — (íel 
deber!» 



CXL ErrsoDíOS íiauítimos 

XXVI. 

Uu detalle que todavía descubre en un solo noniLre ci tem- 
ple especial del alma de Arturo Prat. Su ambición mas íntima 
de soldado i de padre había sido pouer a su prira jénito ua nom- 
bre antiguo^ que es un resumen do todos los heroibmos, como 
los que él consumó en Iquique: — el uombre de «Héctor». — Mas, 
aprovechando su ausencia en j).Ionievideo, la tierna esposa hízo- 
se reo de evidente desobediencia, i dióle el suyo. ¿I por qué no 
se lo devolvería hoi, junto con el que el infante lleva i cou su 
espada? — «xirturo Héctor Prat.» 

XXVII. 

Pasaban entre tanto las horas, i aquella amable familia se 
complacía en detenerme con un nuevo atractivo. Aun cuando 
ra habían dado las diez de la noche, hova. de debido reposo para 
los qae lloran, sacaron de su cuna al último nacido, un niño 
rob'isto i hermoso de cinco meses, que balbuciaba ya acentoií 
bulliciosos i manoteaba con sus bracitos como un pequeño gru- 
mete. Arturito Prat, «alférez de artillería,)) entró al salón de su 
abuela i de su madre, al abordaje... 

XXVIII. 

Encuéntrase el hijo i el lieredero ilel que será en las edades 
futuras de nuestra historia, lo que fué en las pasadas Lautaro i 
Manuel Piodriguez, — un emblema nacional; encuéntrabe, decía- 
me?, en ese período de la existencia en que comienza la. múltiple 
jimnástica de los órganos, de la voz, de ios músculos, de todos 
los sentidos, i para tal aprendizaje no neceraitará ciertamente el 
tierno niño otra institutriz que la naturaleza. 

Pero cuando el vuelo de los años haya desatado en su alma i 
en su cuerpo la ligadura que ciñe a la materia las alas de la 
primera niñez, i suenen para su mundanríl carrera'las horas su- 
premas en que la vida se convierte en yunque i el corazón en 
fragua ardiente, hacemos votos por que sea su directora única, 
h'm necesitar ajeno tutor, la que fué esposa i compañera del in- 
mortal capitán de Chile. 



LAS DOS ESMEHALDAS 



CXLI 



¡La memoria de su padre será sa escudo, el alma de la viada 
será su luz, la patria su farol 

E. Vicuña Mackenna. 
Santiago, julio 20 de 1876. 



DOCUMENTO NUM. 20. 



COMPOSION POÉTICA DEL GUARDIA-MARINA ERÍÍES^TO RIQUELME, 

PUBLICADA EN EL NÚM. 2.° DE «EL ALBA» 

(mayo DE 1871). (1) 

TE FUISTE! 



A S...A. 



Ya el cielo aquel oscurecen 
Las miljes que el viento empuja, 
I de su seco ropaje 
Los árboles se desnudan. 
El suelo se halla cubierto 
De hojas heladas i niiustias, 
I con sus cantos las aves 
El silencio ya no turban. 
Aquel límpido arroyuelo 
Que retrató tu hermosura, 
Por entre tus bellas íiores 
Ya no juega ni murmura. 
Aquellas blancas palomas 
Tan inocentes i puras 
Como tus azules ojos 
Sobre tu hogar ya no arrullan! 
Jle preguntas por el bosque 
Que ha perdido .'su verdura, 
1 por sus viejos castaños 
Sombríos como las tumbas... 



Abril de 1871. 



Cuando triste lo recorro 

Pensando en mi desventura. 

No aspiro tu dulce aliento 

Ni tu voz mi oido escucha. 

Tan solo r;e oye el muruiuilo 

Por entre calles oscuras, 

De hojas que arrastran los vientos 

Por sobre la tierra húmeda. 

En vano te llamo. No hallo 

Quien respouda a mis preguntas... 

¡De tanta dicha pasada 

Solo me queda amargura! 

Te friiste, mi dulce amiga, 

Llevándote mi venturo: 

Me amas, pero ai! no te olvides 

Que todo el tiempo lo muda. 

¡I la mujer es tan frájil! 

Hoi nos llora con terrm a 

I después, quizá la ingrata 

En olvido nos sepulta! 

E. RiQUELME V. 



(1) Fué El Alha un periódico literario que comenzó a aparecer en 1871, 
inaugurando un movimiento literario sumamente activo pero que podría- 
mos llamar de amenor edad,» por la de su^ autores, i que solo terminó 
por completo en 1878. Fueron sus pi-iucipales redactores, don Ruperto 
Murillo, don Valentín Letelier, don Rafael Egaña, don Pablo Garriga, don 
Jerónimo Ossa, Ernesto Riquelme, F'.lvador L. d« Guevara, Augusto Ra- 
mírez S., Jorje Lagarrigue, Daniel Caldera, Daniel Riquelme i otros jó- 
venes de intelijencia de la época. E¡ Alba duró lo que su nombre ca- 
torce números! 



CXLII EnS'JDIOS ilARÍTlMOS 



DOCUMENTO KUM. 21. 

EELACIüS COMPLETA l'K LA TKIPULACION DK LA «KSMKIIALPA!) CON LA 

ESMíLSlON DE LOS QUE MCKIERON I DE LOS yCE SE ENCUENTRAN 

PKISlONEP.úa EN IQUIQUE. 

MINISTERIO DE MARINA. 

Comandancia jenera! de marina. 

Valparaíso, julio 8 de 1879. 

Acompaño a U.S., en contestación a su nota, de 23 de junio 
último, número 11G2, dos Üsta3 nominales i clasiñcadas de los 
jefes, oficiales, marinería i tropa que tripulaban la corbeta «Es- 
meralda» i la sfoleta «Covadoncra» en el momento del combate 
de Iquique, cou especificación de los muertos, heridos i prisio- 
neros que resultaron del mismo combate. 

La lista correspondiente a la ffCovadongaí ha sido formada 
en este pueirto por el contador i el comandante del buque, i la 
perteneciente a la «Esmeralda» la ha formado el comisario de 
la escuadra, en vista de todos loa datos que ha podido obtener 
en el teatro mismo del suceso. 

A consecuencia de haber desaparecido con la «Esmeralda» 
la.s listas de las revistas i una parte del archivo de la escuadra 
que se depositó en aquel buque al espedicionar al Callao, según 
ha llegado a mi conocimiento, es de presumir que esta última 
lista adolezca de algojias inexactitud que por ahora no habria 
medio de salvar i que solo el tiempo puede poner de manifiesto. 

De aquí resulta, sin duda, que en la lista que el señor üribe^ 
2." jefe de la «Esmeralda», ha formado de los tripulantes del 
miómo buque que se hallan prisioneros en Iquique, figuran 
Evanjelio Gómez, Agustín Urzúa, José del C. Monsalve, Lucia- 
no Balan i Nicanor Novoa, individuos que no aparecen en la 
llski del comisario de la escuadra, ya porque éste los ha omitido 
por falta de datos, o bien porque los apunta en su lista bajo otros 
nombres, pues nada es mas común que la terjiversaciou o desfi- 
guramie;:to de ellos en la marinería. 

Dios guarde a U. S. 

E. Altamiraxo. 

Al se.~io. Ministro de Murina. 



I.AÍ5 DOS ■E5}.IE!!ALDAS 



cxLiir 



Rf.LACIOX nominal i clasificada del PEllSONAL EXIíTaNT:': nx LA COR- 
BETA «ESMERALDAS CUANIÍO FUÉ ATACADA POR EL MONITOR (THIJASCAR 
1 BLINDADO ftlNDEPENDEXCIA», AMIJUS DE LA NACIÓN l'EUUANA. 



CLASES. 



Comandante, capit. de 

fragata graduado 

Teniente 1." 

Id. 1 ." graduadlo. 

Id. 2.^ 

Guardia-marina 

Id. 

Id 

Id ,.. 

Cirujano 1." 

Contador 2." 

Injeniero 1." 

Id. 2.° 

Id. 3." 

Id. 3." 

Mecánico 

Id 

Id 

Maestre de víveres .... 
Despensero 



Mayordomo 

Id 

Id 

Cocinero 

Id 

Mozo de cámara. 

Jd 

Id 



NOMBRES. 



Don Arturo Prat 

« Luis üribe 

<r Francisco Sánchez... 

« J. ]o-nácio Serrano... 

<L Eriií^sto Riquelme... 

<r Arturo Fernandez... 

« Vicente Zegers 

« Arturo Wilí-oa 

€ Francisco Guzman.. 

« Juan O. Goñi 

<r Eduardo Hyath 

<L Vicente Mutilla 

« Dionisio Manteroia. 

<r J. Gutiérrez de la F. 

<L José J. Vargas 

<i Juau A. .Torres 

(í Marcolia Figueroa.. 

í León P. Claret 

<r Tomas Ruedas....... 



SERVIDUMBRE. 



José Pereira , 

Manuel Meneses... 
Juan Campuzano. 
Guillermo Serei.... 

José Bustos 

José A. Rojas 

Norberto Escobar 
José M. Riquelme 



M. 



p. 


IVX. 


p. 






M. 




M. 


p. 




p. 




p. 




p. 




p. 






M. 




M. 




M. 




M. 


p. 






M. 




M. 




M. 




M. 



M. 



M. 
M. 
M. 
M. 
II. 
M. 



CXLIY 



EPISODIOS MAIÍITIMOS. 



CLASES. 




TRIPULACIÓN. 



Condestaule í." 

Contra-m8e^'tre 1.° 

Carpintero i." , 

Id. 2.'^ 

Herrero 1." , 

Sangrador 

Velero 2." 

Guardian 1." , 

Id. •2.'^ , 

Avadante condestable 

Id 

Maestre de señales .... 
Timonel 

Id 1 

W i 

Capitán de altos j 

Id 

Id. I 

Id ! 

Id ! 

Id i 

Id ! 

Id j 

Id i 

Patrón de bote.. I 

Id ! 

Id i 

Bodeguero ' 

Id I 

Cabo de luces i 

Id ¡ 

Calafate 2." i 

3iorinero 1/' 

Id i 

Ll 

Id ' 



Vicente Eguabil 


p 


Constantino Micalbi 


P 


José ^I. del Rio -... 




José lííí mírez 




Francisco Santiago 




José Cruzat 




Antonio Ruiz 


P." 


Mateo Mataraala 


Ramón tRodriguez 


P. 


Exequiel Avila 




Francisco de Muthus.... 





Juan Antonio Carrasco... 





Eduardo Cornelio 


P. 


Elias Aranguer 


Tvlanuel Muñoz 




Manuel Soto 




Tomas Blanco Pulo 


P. 


José M. Rodríguez 


P. 


Baielio Bono 




Demetrio Jeorje 


P. 


Jorje Jouguod 




Juan Maj-orga 




Jacinto Ammiero 




Pedro Barrio 




José Alarcon 


P. 


Catolino Guerra 




Justino Aguilar 




Juan Rivero 




Td anuol Vera 




Xicauor Bustos 




"\ alentin Salgado 




José Márquez 








José de la J. Cea 




Ildefonso Alvarez 




Andrés BroTvu.. 




Juan Lasseu 






M. 
M. 
M. 
M. 
M. 



M. 
M. 
M. 

M." 
M. 
M. 



M. 

M." 
M. 
M. 
M. 

M. 
M. 

M. 
M. 

]\r. 

M. 
M. 

:sL 

M. 
M. 
M. 



LAS DOS ESMERALDA!? 



CXLV 



( 


JLASES. NOMBRES. 


72 

O 

Pí 
w 
>5 
o 

h-t 

en 

P! 


O 

H 
Pí 
W 

7^ 


Marin( 
Id 
Id 
Id 
Id 
Id 
Id 
Id 
Id 
Id 
Id 
Id, 
1(1. 
Ll 
Id 
Id. 
1(1. 
Id 
Id 
Id. 
Id. 
Id 
Ll. 
Id 
Id 
Ll. 
Id 
Id 
Id 
Id 
Id 
Ll 
Id 
Id 
Id 
Id 
Id 
Id 


3ro 1° Marcos Rojas 


P. 

pV" 

p. 

p. 

p." 

p.' 
p. 
p. 



p. 

p.* 
p." 

pV 


"m." 

M. 

"m." 

m. 

M. 

"m." 

m'.' 
m. 

M. 
M. 
M. 
M. 

M. 

m!' 

m! 
m. 
m. 
m. 

M. 
M. 
J\I. 
M. 

M. 

M. 


Juan Heniaudez 


José Concha 


José M. Guticrrez 


Charles Moor 


Estovan Barricas 


Ao"ustin Oyarzíin 


Manuel A. Ortiz 


José I3arr¡as 


Serafín liomeio 


Manuel Avias 


, Pedro Manriciuez 


Ijenjaniin lieyes 


Alejandro Diaz 

Manuel Palmillo 


Ao'ustin Paez 




José Betancur 




Elias Huerta 




Luis Ugarte 




José Luis Barrera 




Tomas Garcds 




Bartolonití Ramos 




Daniel Mendoza.. 




Joaquiu Castillo 


Amador Arang'uez 




, A2,'ustin Coloma.... 


Baldomero Orreoo 


x\njel C. Barrera 



CLVI 



líPISODIO? UARi'TIMOí? 




Marinero 

Id. 

W, 

Ll. 

IJ. 

I.l. 

Id. 

Id. 

Id. 

Id. 

Id. 
Fogouero 

Id. 

Id. 

Id. 

Id. 

Id. 

]d. 

M. 

Id. 

Id. 

Id. 
Grumete 

Id. 

Id. 

Id. 

Id. 

Id. 

Id. 

Id. 

Id. 

Id. 

Id. 

Id. 

Id. 

Id. 

Jd. 

Id. 



2.° i José del C. Nuficz ¡ P 

: Carlos Cota , 

■ Candelario Gómez 

'■ Timoteo Avaria 

Pedro Chamorro , 

David Soto 

I Juau de Di)á Morales.. 

I José. Alegría 

¡ Estévan Despots 

I Juau de D. Pradeña... 

: Pedro Aros 

1." i Gabriel Urra 

' Alejandro Crvath 

, Pedro Estamatópoli... 

2.° Bartolomé Me.sa 

Cárlo.s Aranedci 

; Ramón Diaz 

i Andrés Pavés 

I Juan B. Segura 

j Desiderio Domínguez. 

--... : Rosso Bartolumeo 

' Nicanor Miranda 

i Cefeiino Pérez 

I Bríjido Pérez 

! Jermau Sepúlveda 

': Jorje 2.'^ Quihteros 

' José Hernández 

I Samuel Machacado.... 

: Vicente Caballero 

Baltasar Briceño 

Adrián Güzman 

— ... ; Juan 2." Vargas 

'' Antonio Espino 

' Venancio Diaz 

Salvador Galán 

Juan de D. Cruz 

Ceferino Carrasco — .. 

Zacarías Bustos 



02 




O 


•Á 


M 


O 1 


tú 




55 


C£ 


C 


K 


•Ji 


D 




« 














P. 





LAS DOS KSMKKAl.DAS 



CLYIT 



CLASES. 



Grumete... 
Carbonero. 

Icl. 

Ll. 

Id. 



KOMBIÍlíS. 



Manuel Hernández 

lloberto Versara 

Candelario Apabiaza... 

José A. Figueroa 

José M. Ramírez 



TvT. 

AÍ, 
J\I. 

M. 
M. 



DKrüSITO PAÜA ATENDER A LAS BAJAS DE LA ESCUADRA. 



Ayudante de cirujano. 

Marinero 2 ." 

Fogonero 2." 

Id 

Grumete 

Id 

Id 

Id 

Id 

Id 

Id 

Id. 

Id 

Id 

Id 

Id 

Id 

Id 

Id 

Id 

Id 



Subteniente. 
Sarjento 2.".. 
Cabo 2." ■ 

Id. ... 

Tambor 

Soldado 

Id. 



Don Jerman Segura 

Secundino Castillo 

Fran cisco ügar te 

José Donnire 

Antonio Tapia 

José lleyes 

Emilio Amigo 

Manuel Conclin 

José Alvarez 

Baltasar Leitou 

Luciano Bolados 

Jesús Miranda 

Pedro rereirf!, 

Santiago Salinas 

Custodio Leiva 

Manuel Ruiz 

We n cesl ado Vaaga 

Alejandro Uribe , 

Juan Araya 

Mercedes Alvarez 

Pantaleon Cortés. 

GUARNICIÓN. 

Don Antonio Tíiii-tado .. 

Jnan de D. Aldea 

Crispin Reyes 

Vicente C. Oróstegiii 

Gaspar Cab rales 

Manuel Diaz 

José D. Diaz 



P. 



P. 



M. 



M. 
M. 



M. 

M. 
M. 

M. 
M. 
IvI. 
M. 
M. 



M. 
M. 

ií 



M. 

M. 
I\L 



M. 



CXLVIII 



EPISODIOS JlARITIJtOS. 



CLASES. 


NOMBRES. 


73 

o 
S 


O 


Soldado 

]a 


Gregorio Morales 

Ramón Fuentes 

José ^Liñoz 

José jMuñoz Herrera 

!Arsenio Cauave 

jMartin Jaque 


'f." 

"p." 

p." 

p." 




M. 
M. 
j\.L 
M. 
M. 
M. 
M. 

m'.' 

M. 

m!" 

M. 

"m!* 
m. 

±. 

U. 

m. 
m. 
^m. 
m. 

M. 

M. 
M. 


Id 


Id 

Id 


Id 


Id 


Agustín Vázquez 

J. Francisco Mancilla... 
José Antonio Barrera.. . 
José Vicente Valdivia... 
José Vicente Vergara.... 

Florencio Ascencio 

Juan Ponce 

Gumersindo González. . . 

Cruz Rosales 

Nicanor Guerra 

Zoilo Tapia 

Nicanor Valenzuela. . . . 

Fran ci seo G odo y 

José Lorenzo Escobar.. . 

Isidoro Gómez 

Marcos IMolina 

Gregorio Almazábal.... 

Avelino Vázquez 

Ventura Castellano 

Evaristo Riquelme 


Id 


Id 


Id 

Id 

Id 

Id 

]d 


Id 


Id 


Id 


Id 


Id 


Id 


Id 


Id 


Id 


Id 


II 


11 





Comisaría de la escuadra. 



Nicolás Redóles 



A bordo del Blanco Encalada, 

Iquique, junio 5 de 1S79. 



Mayoría del departamento. 



Es copia. 



Raíion Cabieses. 



LAS DOS E:ílIKKALUA3 CXLXIX 

DOCUMENTO KUM. 22. 

CARTA DEL TENIENTE UUIBE SOBRE EL COMBATE DE IQÜIQUE. 

Iquiqufí, junio 15 de 1870. 
?-<Q,\xoY don Juan Manuel Uribe. 
Querido tío: 

Usted debe estar ya al cabo del combate de Iquique i de al- 
gunos de sus detalles. Como se puede decir que he revivido, des- 
de que se nos dio a todos por muertos, deseo también que reviva 
nuestra interrumpida correspondencia. 

Principiaré, como es natural, dándole algunos detalles refe- 
rentes al hundimiento de la vieja «Esmeralda» i a la milagrosa 
escapada de su sobrino. 

Como todos saben, el combate de Iquique durcj cuatro i media 
horas. Lo que sucedió en este tiempo es lo que deseo que Ud. 
sepa. 

Al reconocer al «Huáscar» i la «Independencia,» ya puede Ud. 
suponer lo que pasó por mí. De acuerdo con el comandante se 
tomaron las medidas conducentes para incendiar o echar el bu- 
que a pique en caso necesario. 

A las 8 hs. oO ms. la acción se hizo jeneral. No se puede Ud. 
imajinar el entusiasmo de nuestros marinos; cada tiro que acer- 
tábamos al «Huáscar» era saludado con un jviva Chile! La pri- 
mera granada del enemigo, que nos acertó, entró por mi cama- 
rote, barrió con todo lo que habia dentro, pasó por la cámara de 
oficiales llevándose mesas, sillas etc., i fué a romp^;r al otro lado 
abriendo un boquete de uno i medio metros. Yo me encontraba 
en ese momento inspeccionando el pasaje de granadas i como a 
cuatro pasos de mi camarote. Un momento no mas, que hubiese 
tardado el proyectil, no estarla ahora con la pluma en la mano. 

Pero subamos a cubierta. 

Hace cerca de dos horas que combatimos i solo tenemos tres o 



CL EPIs(jDI03 MARÍTIMOS 

cuatro muerros: esto es porque las punterías del enemigo sou na- 
da certeras. Él lo conoce, i cansado ya de nuestra resistencia nos 
embiste con sn espolón. El capitán Prut quiso evitarlo; pero la 
vieja líEsuieralda» andaba como una mosca en el alquitrán, i re- 
cibió el espolonazo a babor frente al puente. Los cañones del 
«Huáscar» disparados a boca de jarro, antes i después del ata- 
que, barrieron nuestras baterias. 

Como Ud. sabrá, el capitán Prat saltó a la cubierta del enemi- 
go i murió allí como un héroe. Yo me encontraba en el castillo 
de proa, desde donde vi caer muerto a nuestro valiente Cí>ni:in- 
dante. Inmediatamente me fui al puente i tomé el Diandu del 
buque. 

;¡Cousidere mi sitr.acionlü Me encontraba mandando un bu- 
que agujereado i haciendo agua: i con el «Huáscar» por delante, 
que desde una distancia de 100 metros ha;_-ia terribiea estragos 
fobre nosotros. Nadie caia herido; todos eran horriblemente mu- 
tilados i a los pocos minutos la sangre corria por la cubierta. 
Pero nuestra jente no desmayaba ni abandonaba sus cañones. 

Por un momento el «Huáscar» paró sus fuegos, como dándo- 
nos tiempo para reflexinar i rendirnos; no hacia mas que aumen- 
tar nuestra agouia, desde que nadie pensó en arriar la bandera 
que flameaba en el pico de mesana. 

Viendo pues el «Huáscar» que no nos imponía, nos embistió 
por segunda vez con su espolón. Por amor propio quise evitarlo, 
i si no lo coseguí del todo, al menos, no nos echó a pique tampo- 
co. Sin embargo, quedamos en un estado lamentable: la Santa 
Bárbara se inundó i la máquina dejó de íuncionar. Cuando el 
injeniero me avisó esto último, me crucé de brazos. No había 
mas que hacer que arriar la bandera o esperar que el buque se 
fuese a pique. Los pocos cartuchos que quedaban en cubierta sir- 
vieron para hacer la última descarga cuando el «Huáscar,» vien- 
do que aun estábamos a flote, nos dio el golpe de gracia. Ya er.i 
tiempo, la cubierta se hallaba sembrada de cadáveres destroza- 
dos: era aquello un espectáculo horríblQ de cráneos, brazos, pier- 
nas, etc., sembrados por todas partes. 

Una granuda se llevó como trece individuos, entre ellos a 



LAS DOS liS.MEU.VLDAS CLI 

los cuatro iujenieros; i creo <|ue fue la últiuia la íjue pasó por 
debnjo del pueute i bari'ió con los timoneles i otros que había 
ahi cerca. Un poco mas alto el tiro i su sobrino estaría a la fe- 
cha en el otro mundo. 

Pocos minutos después de recibir el tercer espolonazo la vieja 
«Esmeralda» se hundió para siempre en las aguas de Lj^uique i 
con ella los que tuvimos la suerte de escapar de las balas. 

Después de tragar nn poco de agua me encontré a flote, sin 
saber cómo, porque ha de saber Ud. que nado como una piedra. 

Del agua fuimos recojidos por los botes del «Huáscar» i de- 
sembarcados en este puerto en calidad de prisioneros. 

¿Cuando nos darán la libertad? Este es un problema que de- 
seamos se resuelva cuanto áates. 

Mis recuerdos a su familia i a los amigos de Copiapó. 

Luis Uribe. 



DOCUMENTO NUM. 23. 

CAUTA DEL TENIENTE DON rilAN'CISCO 2.° SANJHEZ. 

Tquiqne, junio IG dj 1870, 
Señor don Carlos í^'auc'iez. 
Mi querido hermano: 

Por el vice-cónsul ingles tuve el grato plac:r de recibir tu 
estimable del 4 del presente. 

Es inútil esplicarte la emoción que en esos mo nentos experi- 
menté. Es necesario encontrarse en las circunstancias en que me 
hallo, prisionero de guerra, separado de la femilia, de la patria i 
amigos, etc. Leí i ^olví a leer tu carta i la de la querida herma- 
na Agu?tina, i solo cutonces comprendí lo que realmente sigui- 



CLII EiMsoDiOá maj:ít:mos 

fjcaba. Conociendo el carácter de tudos uáte.les tan sumamente 
sensible, i especialmente el Je Agustina, temí que algo mui se- 
rio sucedería en casa en k>3 primeros momentos que llegó a esa 
la noticia del eucarnizado combate que tuvo lugar en estas 
actúas. Gracias a Dios solo ocasionó la grave incertidumbre res- 
pecto a los que habíamos sucumbido i que no dejó de ser séri i 
tomando en cuenta que duró ésta cerca de oclio dias, como me 
lo esplicas en tu carta. 

Previendo esto, al dia siguiente del combate, pasó un vapor 
para el sur i ccmseguimos que nos permitieran escribir a nues- 
tras familias, i mas aun, escribimos al capitán Molina, goberna- 
dor marítimo de Autofagasta, una relación de los que sobrevi- 
vimos para que, acto continuo, por telégrafo lo comunicara a 
ésa. Si hubiera cumplido con esto, dos dias después habrían te- 
nido conocimiento. 

Sentí muchísimo no haberte remitido una relación completa 
del combate por el vapor que zarpó de ésta el 27 del pasado. 

Como las cartas las entregamos abiertas a las autoridades 
milit^tres temí que no llegara a tu poder. Por elhi te habrías 
impuesto de la horrorosa matanza. Todo lo que se diga es poco, i 
nosotros mismos nos espantamos cuando recordamos tanta san- 
gre derramada. Pasará mucho tiempo antes que se sepan las 
cosas tales cuales son. Las cartas de Zegers a su padre i la de 
üribe a don Eulojio Altamirano, si es que se publican, darán 
indudablemente alguna luz sobre lo sucedido en lo que corres- 
ponde a la descripción de la acción, pero hai muchos hechos que 
se irán sabiendo poco a poco i que la liistoria se encargará de 
darles su verdadera importancia. 

Como estamos completamente incomunicados, rodeados de 
centinelas, solo hemos podido obtener mui pocas noticias res- 
pecto a la opinión de la prensa chilena. Por una casualidad, 
entre la ropa que mandábamos comprar, nos llegó un pedazo 
del diario Mercurio del 30, i nos sorprendió que en nuestra pa- 
tria crean que la a Esmeralda» sucumbió en el momento que 
nuestro comandante Prat pasó a la cubierta del (¡cHuáscar» con 
el sarjeuto de la guarnición Juan de Dios Aldea, que fué el i'mi- 



l.AS DOS KSMEKALDAá CL¡I[ 

co que alcanzo a acompiiúarle, cayendo herido con siete bala- 
zos. 

El valiente comaiida)ite Prat uboriló al enemigo en el primer 
espolonazo que tuvo lugar, mas o menos a las 11 ^ A. M., i 
nuestro buque desapareció de la superíicie a la 1 -^ hora P. M. 
con poca diferencia. Se deduce de aquí que nos hemos batido 
bin nuestro comandante, con poca diferencia, dos horas. 

Cuando recibimos el primer choque, habíamos perdido poca 
jente, i el «Huáscar» se retiró con taufa precipitación que apesar 
que lo recibimos en la aleta (en la popa), de la guardia de ban- 
dera, que está formada en la toldilla, precisamente en el lugar 
del espolonazo, solo uno, que fué el sarjen to, alcanzó a saltar. 
Muchos dirán ¿cómo es que no se tomó alguna providencia pa- 
ra asegurar el abordaje? En la guerra marítima el combate con 
espolón era casi desconocida. Está mui fresco el ejemplo de dos 
blindados alemanes que por evitar el encuentro con un buque 
jaercante, chi)e.'< un büudailo con el otro, echando a pique al 
f.Itimo ÍLmiediutamente, (juedando el primero en mui maias con- 
diciones para continuar navegando. 

Ahora, si entre dos blindados ha sido tan fatal el resultado 
l)ara el que recibió el espolonazo, ¿qué esperanza tnndna la vieja 
a Esmeralda» de sobrevivir a la embestida del poderoso «Huás- 
car»? Oreo que de los 200 hombies que formaban nuestra tripu- 
lación no hubo un solo que no dijera al ver al «Huáscar», que 
a todi fuerza venia háoii nosotros, esfjinios perdido.^. Por fortu- 
na, nuestro comandante logró maniobrar de tal suerte que lo 
recibimíts por la aleta. En esos supremos momentos toda la 
jente est iba en sus puestos de combate. Nuestra artilleí ia sos- 
tenia un fuego nutridro i era mayor la escitaeion del combate a 
medida que avanzaba el enemiga. Por otra parte, los trozos de 
fusilería ayudados de los riñeros de las cofas, agregados a los 
disparos de los cañones del enemigo i sus ametralladoras, for- 
maban un conjunto aterrador. En medio de ese inmenso eco del 
combate, de los gritos de los heridos, etc., nuestro comandanta 
tuvo la inspiración de abordarlo, i acto continuo dio la voz de 
«al abordíijel», voz que uo fué oida sino por los que estaban mui 

t 



CLIV EPISODIOS ilAniTIMOS. 

cercanos. Abordi^r al «Huáscar» en esas circunstancias era una 
•rapresa imposible. La sangre fria out; hasta esos ra iraentos 
manifestó el cuinandante Prat, le liizo concebir la sublime idea 
<le morir, como liai ])ocos ejemplos de tanto lieroisum, en la cu- 
bierta del enemigo, i acto continuo saltó, viéndolo un momento 
des])ues caer con su espada en mano al pie de la torre. 

La pérdida del comandante produjo en la tripulación una 
profunda impresión. La idea da venganza se apoderó de tod^.fi, i 
cada uno quiso ser un héroe para imitar su ejemplo. Valor inú- 
til: nada ]todíamos hacer sino esperar la muerte con resigna- 
ción. En efecto, momentos después de este primer choque, el 
«Huáscar» a toca penóles nos arrojaba su gruesa artillería, i las 
bajas en nuestra jeute se sucediau con suma rapidez. Envidia ncs 
duba ver caer muerta nuestra jente. Los sufrimientos para estos 
habían terminado. Desgraciados eran los que caian heridos. 
Eran espantosos los gritos de estos infelices i no podia prestár- 
seles ningún ausilio. El cuerpo médico era insuficiente para 
atender a tantos heridos, así es que todo lo que se hacia con ellos 
era hacerlos a un lado para que no estorbaran a la artillería. 
Sabíamos que todos teníamos que morir momentos después. 

Habia cadáveres que quedaban divididos i cauterizados. A 
cada momento se encontraban pi-ernas i brazos que no se sabia 
de quienes eran. No creo que haya* otros ejemplos de un com- 
bato tan horrible El fuego contiuiiaba cou la misma viveza por 
ambas partes, i el enemigo, a 700 metros, se preparaba para 
darnos la segunda embestida. 

Muerto el capitán Prat, üribe tomó su puesto i yo el de Uri- 
be. Nos reunimos luego que fué })osible con el teniente Serrano 
para conferenciar sobre la determinación que debíamos tomar, 
si echar a pique al buque para evitar derramar mas sangre, pues 
creo que no bajarían de 40 a 50 los muertos i heridos, o conti- 
nuar combatiendo liasta sucumbir, llesuclto esto último, volvi- 
mos a nuestros puestos: pero yo quedé siempre en la batería i)or 
ser allí mas útiles mis servicios. Era el instructor de la artille- 
ría i conocía la jente, i por consiguiente podia llenar las bajas 
cou los individuos nia.^ aptos para las vacantes que quedaban. 



LAS I);).S ES.\ÍEHALI)AS CLV 

No puedo fijar con exactiluíl la hora del segnindo espolonazo, 
pero creo que seria cerca de las 12 i P. M. 

Era curioso lo qne pasaba eti ini irnajiíiacion, i creo que lo 
ruismo sucedía a los otros. Del mismo modo que los traV'ajatlores 
esperan los días domingos para descansar, yo miraba con cierta 
satisfacción, que no sé como esplicarla, la secunda venida del 
encTuigo. Sabia que un segundo espolonazo no podríamos reíais- 
tirio i de uu solo golpe daria fin con todos i descansci.íamos pi)r 
consiguiente de presenciar tantas desgracias. Sin embargo, 1 ñe- 
que puso el enemigo su proa a la moribunda «Esmeralda», el 
entusiasmo renació con mayor fuerza i entusiasmábamos la jen- 
te. Yo mismo tomé una rabiza do un canon i seromj)ió el fuego 
con toda actividad; igual cosa bicieron los trozos Je fusilería. 
Tur fin, nuestro buque gobernaba mui despacio, la máquina se 
movia con poca fuerza, procurando evit'ir el segundo clioque. 
Un ruido estrcjiitoso nos indicó este momento; el buque se cim- 
bró como una tabla, la jente, para sostenerse, tenia que agarrar- 
se de lo primero que tenia a mano. El buque, apesar de los de- 
seos del enemigo, quedó a flote. Todavía nuestra gloriosa bandera 
brillaba, i un pueblo entero i un ejército enemigo la comtcmpla- 
]>a mui a su pesar. Si no se evitó del todo el golpe, nuestra proa 
tuvo bastante firmeza para resistirlo. 

El «Huiíscar», uu momento antes del choque i al desabracar- 
se, nos disparó sobre unestra cubierta sus dos cañones de a 300 
i barrió con una parte de la jente de los cañones. Algo parecido 
sucedía en el entrepuente. Sin embargo, con los pocos que que- 
daban se continuaba haciendo fuego, con la diferencia que los 
cañones no se metían en batería sino Cjue se disparaban a lo 
largo de braguero. 

En esta ocasión, es decir, en el momento del choque, veo a 
^^errano que se dirije a proa, i al acercárseme me dice: «amigo 
Sánchez, estamos fregados», i continuó su camino. Grande fué 
mi sorpresa cuando lo veo saltar a la cubierta del «Huáscar» 
con diez a doce hombres que también murieron. Este es otro 
hecho que demuestra el arrojo hasta el sacrificio de Serrano i los 
que le acompañaban. Serrano fué mui valiente desde los prime- 



CLVI El'ISODIOS MARITIMOÍ?. 

ros momentos del combate. Una seroniJad aJmirnble imida n 
Tin valor qne lo dio a conocer a cada momento. Si el capitán 
Prat Stí ha inmortalizado por su vakir, igual cosa debe aconte- 
cer con el amigo Serrano. 

El enemigo se retiró hasta la distancia do 600 metros mas o 
menos. Concluimos de quemar los últimos cartuchos. La Santa 
Bárbara se inundó completamente, ahogándose los que se en- 
contraban dentro. Solo el condestable alcanzó a salvarse por 
haber un momento antes subido al entrepuente. La máquina de- 
jó de funcionar. El agua subió hasta los fuegos i concluyó el 
vapor. En las mesas de la sala de amputación, que era la ante- 
cámara de guardia-marinas, habia muchos heridos de gravedad. 
De los encargados de los pasajes de balas, granadas i los de pól- 
vora, muchos habiau sucumbido. Desde este momento nada nos 
restaba que hacer. Uun silencio profunpo reinaba a bordo, i solo 
era interrumpido por los disparos de algunos rifleros i los lasti- 
meros quejidos de los heridos. Nos cruzamos de brazos i espeiu- 
mos. Yo me subí a la toldilla i me junté, con Uribe i otros com- 
]iañeros. El enemigo pone su proa a nosotros a la una i media, 
mas o menos. En estos momentos se vé salir humo por la esco- 
tilla de la cámara de guardia-marinas. L'ua granada, penetran- 
do por la botica, puso fin a la existencia de los injenieros Mnti- 
j'la, Manterola, Gutiérrez, dos mecánicos, dos carpinteros, el 
sangrador i varios otros; concluyó con los heridos. 

La muerte de los injenieros i demás de la máquina, fué como 
v<!Ígue: 

No teniendo éstos nada que hacer abajo, puesto que los cal- 
deros estaban apagados, los abandonaron, i al estar en el entre- 
puente se desnudaron completamente, i en este estado se dispo- 
nían para subir a cubierta, pero no alcanzaron a llegar: en la 
misma escala cayeron. 

Sobre la muerte del injeniero primero, todavía no hemos po- 
dido saber si ha muerto ahogado o por las balas. Cuando dio 
cuenta que la máquina no podia funcionar, hablé con él i no lo 
vi mas. 

Luego que vimos con la fuerza ane venia el enemigo, nos des- 



LAS DOS ESMIÜKAI.DAS CLVIF 

niulíiraos i en este e.'staclo me bajó a esperar en el ea/ñon sétimo 
íi estribor. Otra granada destrozó la rueda del timón i enauto en- 
contró por delante, muriendo todos los ijue habia cerca i espe- 
cinlmente bts del timón. 

Esta vez me escapé muí bien, estando tan sumamente cerca. 

Todavía tenia que bañarme. El cabo Cortés tomó la corneta, 
pues su clnoño habia muerto, i tocó a degiielh) en los monientoa 
que se abria el buque i dtesaparecia de la superficie. El último 
disparo ordenado por raí lo quemó el guardia-marina Iliquelme. 
Riquelme se hizo notable por su valor i entusiasmo. No se mo- 
vió un momento de los cafiones, í cuando encontraba a algún 
marino algo decaído, lo entusiasmaba i lo hacía consentir que 
tenía,mos muchas esperanzas de triunfar. Este bravo oficial mu- 
rió ahogado, como igualmente el cabo Cortés. 

Un momento después, una nata de cabezas humanas flotaba 
en la superficie i cada uno trataba de agarrarse a algún coi o pe- 
dazos de maderas, de los que habia muchos. 

No deseo que a otro buque chileno, le suceda lo do la «Esme- 
ralda». ;Es raui desagrad ible tiuersc que baúar en un combate! 

Lo que rae sucedió es muí í'á:íil esplicarlo. Repentinamente 
me encontré atraido por el remolino i la atracción (pao formó el 
buque al suraerjirso. Tragué bastante agua i recuerdo bien que 
en esos instantes rae consideré perdido, por creer que la fuerza 
del agua me arrojaría dentro de la cámara alta. En estos apuros 
toqué algo i agarré bien. Me pareció ser algún cuerpo. Inmedia- 
tamente reconocí que era un coi. Este gran recurso me llevó 
luego a la superficie. ¡Qué felicidad es volver a la luz! 

Para concluir con esto i no volver mas a ocuparme le diré: 
que permanecimos en el agua como veinte minutos. El «Huás- 
car» paró su máquina i al verio con toda su guarnición formada 
en cubierta, creímos un momento que nos iban a disparar, pero 
luego disipanios esta idea al ver que arriaba sus botes. 

Una vez en el «Huáscar», nos jmsier-on en la cámara del co- 
mandante. Nos dieron un poco de licor, i media hora despueí=! 
estaba vestido con una camisa blanca, una cotona i un pantalón 
de marinero. 



CLVIII i:i>I:iODIí)á MAUlTIMOi. 

El buque salió i no su])inios a duude. 

Des días después calculamos, cuando tuvimos noticia de la 
pérdida de la «Indcpendeucia», que la salida tuvo por objeto reeo- 
jer los uáüfragos de dicho buque. Serian las seis i media cuando 
fuimos desembarcados. Al salir de a bordo nos dieron un par de 
zapatos. Sombreros no nos dieron por no haber a bordo. El frío 
i el hambre nos atormentaban. En todo ese dia no habia proba- 
do boca lo, i al v.'St .r sin medias, calzoncillos, camiseta, etc., no es 
raro suponer que con tan poca ropa, pudiera estarse abrigado. 

En el trayecto del mnelle a la prefectura no hubo nada de 
notable, a no ser algunas hostiles demostraciones del populacho, 
que es difícil evitar. Una vez en el salón déla prefectura, fuimos 
felicitados por los jefes del ejército. Todos admiraban el heroís- 
mo de la «Esmeralda» i lo hacian con sinceridad. 

El jefe del ejército nos dijo: «Ustedes no son prisioneros, us- 
tedes son náufragos. El valor de ustedes no tiene ejemplo en la 
historia de las guerras marítimas. Si ha habido un caso igual, 
estoi cierto que no hai quien lo sobrepuje, etc.» No recuerdo 
bien las palabras. 

Al dia siguiente fuimos visitados por el jeneral Canseco, i es- 
te jefe se enterneció cuando nos hablaba, alabando nuestra con- 
ducta, i estas visitas continuaron por algunos dias. 

Eu la misma noche, después que comimos algo, fuimos con- 
ducidos a la Bomba Austríaca, donde permanecimos como quin- 
ce dias. 

Eace tres dias que se nos entregó un terno de ropa que nos 
mandaron hacer. — Ya nos habíamos familiarizado con el trnje 
de marinero i hará solo diez o doce dias que usarnos ropa in- 
terior, por no haber eu la población. 

Hoi puedo decir, sin temor de equivocarme, que las i)ocas co- 
modidades que t:nemos, las del)emos puramente al jeneral Buen- 
dia. Estos dos caballeros se han conducido mui bien con noso- 
tros i les estamos mui agradecidos. — El señor Velarde continua- 
mente viene a visitarnos i a ofrecernos lo que necesitemos. 

51 jeneral Buendia, también, cada vez que puede, viene a 
vernos con el coronel Velarde. 



LAS DOS ErfMEUil.DAS CLIX 

¿T^qué se dice por allá sobre nuestro rescate? ¿PuJenios tener 
esperanzas de alcanfearlü pronto? La iumovilizaoiüa cu que nos 
encontramos i el no poder continuar «ieulo útiles a la patria, 
nos atormenia. 

Tu afeetí.simo hermano. 

Fuan'jisco 2." Sánchez. 



DOCUMENTO KUM. 24. 



CARTA DEL GUAKD I A-MARINA ZEGERS. 



Iquique, ina'jo 28 de 1879. 
-Señor don José Zeo-ers. 



Querido papá: 



No sé si esta carta pueda llegar a sus rasnos; sin embargo 
confio en ello, i deseando que Ud. esté al cabo de lo realmente 
sucedido el 21 del presente, trataré de h.scerlo nna descripción 
del desigual combate habido entre el blindado peruano «Huás- 
car i nuestra débil pero gloriosa corbeta «Esmeralda». Es natu- 
ral C|ue no relate muchos de los incidentes de esta horrible tra- 
jedia, mas ello es natural, debido en parte al olvido i en parte a 
lo sensible que me es relatar escenas terribles que es necesario 
verlas para comprenderlas. Sin embargo, trataré de ser lo mas 
esplícito posible i espero que Ud. quedará satisfecho con mi re- 
lación. 

Co'Tio le he dicho en mis cartas anteriores, con motivo do la 
salida de la escuadra, quedamos como sosteneiores del bloqueo 
el «Covadonga» i nosotros. Vivíamos ti-aaquilos cumpliendo 
nuestro cometido i sin sospechar siquiera una sorpresa, por parte 
del enemigo, cuando en la mañana del miércoles 21, avistamos 
por el norte dos buques que resultaron ser los blindados perua- 



CLX KrrSODlOrí M.VIííil.MOd 

nos «Huáscar» e «Indepeadencia». luineJiatauíeate avií^alj 
imcstvo querido comaadaute de la proximidad del enemigo, or- 
denó tocar jenerala con una calma digna de todo elojio. Era 
natural (jue al ver nuestra jente la inmoasa sn[)erlorila 1 del 
enemigo, hubiera desmayado o perdido su entusiasmo. Sin em- 
bargo no sucedió así, i al oirse el toque del corneta, todo el 
mundo coriió a sus puestos, con la sonrisa en los labios, la es- 
j)eranza en el corazón i con el placer que se esperimenta al 
defender la patria querida. Mientras esto sucedía a bordo, el 
iiCovadonga» se alistaba en son de combate i se ponia en movi- 
miento. 

Casi al mismo tiempo el comandante nuestro tocó el botón 
de la máquina para hacer nosotros lo mismo, mas aun no liabia 
dado dos vueltas el hélice, cuando una de nuestras calderas se 
rompió, quedando en consecuencia con una i con un andar de 
dos millas. La situación no podia ser mas difícil, mas nadie pa- 
recía comprenderla, pues solo se veia en los semblantes el entu- 
siasmo i el deseo de combatir. 

Eran las 8. 40 i el tcCovadonga» pasaba inmediato a nosotros, 
cuando el «Huáscar» hizo su primer disparo el cual cayó exac- 
tamente entre la proa de aquel i la popa de nosotros. En aquel 
instante se sintió un viva unísono lanzado a Chile por las tri- 
¡)ulaciones de ambos buques, i poco después el comandante 
poniéndose al habla con el capitán Condell, jefe del «Covadon- 
ga», le ordenaba conservase su fondo, manifestando así su plan 
que era interponerse entre los fuegos del enemigo i la población 
para que los proyectiles de aquel fueran a herir a ésta. 

Apenas habian pasado algunos instantes cuando el «Cova- 
donga» rasgó el aire con su primer disparo, el que fué saludado 
con un ¡¡liurraü jeueral. En aquel momento el combate era sos- 
tenido por nuestros buques i el «Huáscar»: la «Independencia» 
avanzaba sin hacer toílavía uso de sus cañones. 

Poco se demoró la «Esmeralda» en seguir el ejemj)lo de su 
compañera, pues una descarga hecha por la batería de estribor, 
hizo conocer al enemigo que a bordo todos estaban resueltos a 
morir antes (¡uc rendirse. 



LAS DOf! ESMKl:.UJ)AS CLXI 

VÍ!io a fortalecer el propósito de nuestros tripulantes la voz 
del eomandante que se espresó en estos términos: (iMuchachos: 
la contienda es desigual, pero ánimo i valor: hasta el presente 
ningún buque chileno ha arriado jamas su bandera; espero, pues, 
que no sea esta la ocasión de hacerlo! Por mi parte yo os ase- 
guro que mientras viva, tal cosa no sucederií, i después que yo 
ñdte, quedan mis oficiales que sabrán cumplir con su deber.» 
Al mismo tiempo se sacó la gorra i prorrumpió en un viva a 
Chilel! que fué varias veces repetido por nuestra jente llena de 
entusiasmo. 

Seria necesario que Ud. se hubiera hallado antes en un caso 
semejante para comprender el entusiasmo que es capaz de des- 
pertar un viva a la patria, lanzado por un jefe querido en aque- 
llos supremos instantes. Le aseguro que a muchos les vi las 
lágrimas en los ojos. 

Serian cerca de las nueve cuando la «IndapendenciaD empezó 
a ayudar al «Huásciir» en su obra de csterrainio: los proyectiles 
llovían, pero hasta aquel instante a nadie herían, í un humo in- 
tenso cubría el lugar del combate. La «Covadonga», allegada 
siempre a la orilla, trata])a de dar vuelta a la isla para pasar al 
otro lado i decidir así el combate entre buque i buque, lo que 
consiguió seguida de cerca por la «Independencia». 

Causaba no sé qué impresión ver aquel enorme e imponente 
blindado combatiendo con nuestra pequeña cañonera. Combatían 
dos cañones de a 70 contra uno de a 800, otro de L50 i diezio- 
dio de 70. 

Por nuestra parte seguíamos batiéndonos con el «Huáscar», 
i niicntras las balitas de nuestros pequeños cañones rebotaban 
en el costado de éste sin dejar ni aun el rastro; los proyectiles 
que él nos lanzaba, pasaban mas o menos cerca, perdiéndose 
inmediatos & la población. En aquellos instantes nos batíamos 
por defender la honra de nuestra nación í cumplir como buenos, 
mas nos hallábamos completamente seguros de que aquel com- 
bate entre fuerzas tan inmensamente desiguales no podía ter- 
minar sino con el exterminio de nuestro querido i glorioso 

buque. 

u 



CLXII tri.SOÜlÜS MARÍTIMOS 

Nos habíamos acercado mucho a tierra i nos creíamos segu- 
ros (le los espolonazos, cuando una lluvia de balas de cañón i 
rifle, lanzadas desde tierra, nos hizo compreder que nos batíamos 
con dos enemigos: los blindados i el ejército, quienes nos toma- 
ban entre dos fuegos. La primera sangre que corrió fue causada 
por estos disp3,ros; una de las granadas dio en el estómngo a 
uno de los sirvientes de un oañon, matándolo en el acto, i otra 
hirió en un brazo a un muchacho que al ver correr su propia 
sangre, gritó: ¡Viva Chiiel 

Pocos momentos después, i casi a las dos horas de combate, 
el «Huáscar» nos acertaba su primer balazo, el cual penetrando 
por babor, salió por estribor, llevando la pierna a uno, abriendo 
un agujero como de un metro cuadrado i declarando un pequeño 
incendio, que fué sofocado a tiempo por la jente destinada a es- 
te objeto. 

Como continuaran hostilizándonos desde tierra, hicimos sobre 
ellos cinco disparos de cañou, al mismo tiempo que los rifleros 
hacían un fuego graneado sin interrupción, que era también 
contestado, causando bajas entre nuestra jente. Yo me hallaba 
próximo a la amurada de estribor junto, coa el teniente Uribe, 
cuando una granada dio en ella, abriéndola, lanzando lejos el 
cabulero e hiriendo a un sirviente del cañón en que yo estaba. 
En estos momentos se acercó a mí el teniente Serrano, i m¿ di- 
jo: Vamos a la cámara a tomar la viltima copa... Lo seguí i allí, 
después de darme un abrazo, me dijo algunas palabras que in- 
dicaban lo resuelto que se encontraba para todo. 

Subia por la escotilla a cubierta, impresionado con sus pala- 
bras, cuando euontré a un meoánico que también me abrazó, 
diciéndome: Señor Zegers, adiosl no hai que darse hasta el últi- 
mo! Le aseguro, querido papá, que aquellas escenas eran de partir 
el alma a cualquiera. Me causaba no sé qué impresión ver la fir- 
meza con que esperaban la muerte todos aquellos hombrea que 
sin esperanza se batiau por defender la patria, dejando algunos, 
esposas, i otros, madres completamente sumerjidas en la soledad. 

Le aseguro que mientras viva nunca olvidaré las palabras do 
S^'rano, una de las personas a quien debo mas. 



LAS IK>S KSilLK ALDAS CLXIII 

CiianJo salí a cubiertaj el comljate se eiicontraba en lomas re- 
cio. La (cEsnierakla», por librarse de los fuegos de tierra, se ha- 
bía hecho un poco mas al norte, lo que hacia que el «Huáscar» 
le disparase sin cesar, causando los mas terribles estragos. No 
se veian ni atendían heridos porque solo se encontraban cuerpos 
mutilados sin señales de vida. 

Yo me dirijí a un cañón e hice varios disparos hasta que al 
cabo me dijo: Señor, déme a mí la rabiza, porque hasta aqui no 
he tirado casi nada; se la di i me fui a otro cañón de popa, que 
]>routo quedó fuera de combate. 

Me dirijí de nuevo a proa, i al pasar por el cañón que había 
ocupado antes, vi en cubierta el cadáver mutilado del cabo que 
me habia pedido la rabiza. Una granada del «Huáscar» le había 
vi)lado la cabeza i parte de los hombros, no dejando sino restos 
cauterizados que humeaban todavía. Seguí mi camino a proa i 
allí encontré a mi compañero Riquelme que con mi valor digno 
de todo elojio disparaba sm cesar; me dio la mano i me dijo: si 
la suerte nos es adversa a uno de los dos, espero que arabos sa- 
bremos cumplir como amigos i compañeros. Agregó algunas 
otras palabras i continuó en su tarea, después que yo le hube 
]irometido cumplir con lo que me pedia. Subí al castillo, donde 
rae refresqué con un poco de agua con coñac que tenia el te- 
niente üribe, i en seguida rae fui de nuevo a popa donde me 
ocupé en disparar con varios cañones. 

Hasta aquel momento no habia perecido ningún oñcial i a 
todos los veia en sus puestos, hasta algunos mayores que como 
el contador se ocupaban en ayudar a animar la jente con su pa- 
labra. El señor comandante con su misma calma seguía dando 
órdenes que eran inmediatamente cumplidas, escepto las que 
se referían a la máquina, pues esta apenas se movía. En su ros- 
tro no se veia sino la serenidad, el buen tino junto con el deseo 
de morir con honra antes de Tendirse. 

Eran las doce i parece que el enemigo se hallaba disgustado 
de nuestra resistencia, pues deseando concluir pronto, viró un 
poco i nos puso su proa perpendicular a nuestro costado dando 
al mismo tiempo toda fuerza a su máquina, demostrando así su 



CLXIV Ei'isoDios MAiíimrw. 

deseo de hacernos rendir o partirnos en dos. Al ver esto la jeiite, 
i en lugar de abandonar sus puestos i bascar su salvación, car- 
gó inmediatamente la artillería i esperó en esta posición. 

En este momento yo me hallaba a proa. 

El enemigo se hallaba ya cerca cuando se sintió una descarga 
terrible producida por nuestros cañones que concentrados dis- 
pararon sobre el enemigo sin causar mas que rasguños. 

Al mismo tiempo, los riñeres de las cofas hacian sobre la cu- 
bierta un fuego graneado que no hacia gran daño, pues casi todo 
el mundo se ocultaba abajo. 

Pocos instantes después i a pesar de habernos movido lo que 
la máquina nos permitia, sentimos un choque horrible que el 
«Huáscar» daba a la «Esmeralda» en la parte de popa, a babor: 
al mismo tiempo el comandante gritó: «Al abordaje, mucha- 
chos!» precipitándose él primero sobre la cubierta del enemigo; 
mas, desgraciadamente, la v'oz no fué bien oida; el «Huáscar» 
mandó atrás i nadie mas que él se desprendió inmediatamente, 
no alcanzando a pasar nadie mas que él i el sarjento de la guar- 
nición que era el que estaba mas inmediato. 

Ud. puede comprender cuál seria la situación de nuestro bra- 
vo comandante al verse solo acompañado de un solo hombre 
sobre la cubierta del «Huáscar»! Los que le vieron de cerca dice» 
que, poniéndose pálido i demostrando en los ojus el fuego pa- 
trio que lo animaba, se adelantó seguro hacia la torre del co- 
mandante, Dios sabe con que objeto; mas, desgraciadamente, no 
pudo realizar su deseo, porque en aquel mismo instante recibió 
un balazo en la cabeza que lo dejó muerto sobre cubierta. 
Mientras tanto, el sarjento habia recibido diez o doce balazos, 
i sentado sobre una bita, se balanceaba jvrofinendo palabras 
entrecortadas. En esta posición faé como lo tomaron prisio- 
nero. 

Debo hacer constar aquí un hecho que nos causó en el entre- 
puente numerosas bajas. Al dar el «Huáscar» su espolonazo, 
disparó a boca de jarro los dos cañones de su torre, cuyos pro- 
yectiles fueron a penetrar en el entrepuente, causando los mas 
terribles estragos. Era cosa que partia el alma ver los restos 



LAS DOS KivMKKAI.lJAS CLXV 

humanos que pnr todas partes cubrian la cubierta de este de- 
partamento. Mientras el cdluáscar?) se retiraba, nuestra jente 
acudía de nuevo a los cauones i rompía otra vez el fuego con 
mas viveza que nunca. Sabíamos que nuestros proyectiles no 
habían de causar daño í^I enemigo; mas, nos consolaba el pen- 
sar que ellos eran suficientes para demostrar que la tripula- 
ción de la «Esmeralda» sabia defenderse hasta el último mo- 
mento, salvando así ilesas las gloriosas tradiciones del buque 
que pisaba. 

Al ver el teniente 1." señor Uribe, que el comandante habla 
faltado, se fué de proa a popa a ocupar su puesto, i mandando 
llamar al injeniero 1.°, le ordenó que tuviera las válvulas listas 
])ara echar el buque a pique tan pronto como se le ordenase. 
Tenia yo de popa cuando encontré al teniente Serrano, quien 
me dijo: «tengo que comunicarle una gran desgracia; nuestro co- 
mandante ha muertolj) No sé, realmente, lo que pasó por mí al 
oir aquella noticia; pero ella me hizo comprender que era nece- 
sario perecer como él áutes que arriar nuestro glorioso pabellón 
que orgulloso riameiba en el pico de mcsana. 

Comuniqué yo esta triste noticia a mi compañero Riquelme, 
que fué el primero que encontré haciendo de cabo de un canon, 
i tal fué su exaltación al verme, que, saltando del castillo a 
cubierta, gritó: «MuchachosI nuestro comandaiijte ha muerto, 
corramos, que es necesario vengarlo». 

Al oir nuestra jente aquellas palabras, se conocía que palpi- 
taba de eutusiasmo a la sola idea de saltar al alx>rdaje sobre la 
cubierta del «Huáscar». Serian las 12. 30 i el enemigo, como a 
3<^0 metros, continuaba sus disparos sin interrupción, causando-, 
nos inmensas bajas con cada una de sus granadas. Ud. compren- 
de que a esa distancia era imposible errar tiro. 

Mientras tanto se alistaba para darnos la segunda embestida, 
i al mismo tiempo nosotros gobernábamos para evitarlo; pero 
desgraciadamente el buque apenas se movia i el segundo (!hoque 
tuvo lugar diez veces mas terrible que el primero, disparándo- 
nos como en aquella las dos piezas de su torre. Al juntarse los 
dos buques, el teniente Serrano, revolver i espada en mano. 



CLXYI i:pis'>dios MiníxiMos 

p-ritó: (íal ¡ibordajo», i la jeiite se Linzú al castillo con este obje- 
to, mas el coraandante Gran, que tal vez pre%'eia ésto, liizo in- 
mediatanionte atnis; solo alcanzó a saltar Serrano acompañado 
(le doce valientes mas. Yo los vi cuando avanzaban por el cas- 
tillo del «Huáscar», bajando en seguida a la cubierta, i acercán- 
dose a la torre, al pié de la cual recibió el teniente Serrano un 
balazo que lo tendió en cubierta, alcanzando a decir a los que 
tenia al lado: «Yo muerol pero no hai que darse, muchachosl» 
los pobres trataron de cumplir con esta órdeu, pero fueron o 
muertos a bala o quedaron sin cartuchos que poder disparar. 
Ametralladoras situadas a popa barrieron cou todos. 

La «Esmeralda» que habia recibido sin gran daño el primer 
es})olonazo, sufrió inmensamente con el segundo, empezando 
a hacer agua por la proa, lo que hizo que se anegara la Santa 
Bárbara i apagara los fuegos de la máquina. 

Casi a un mismo tiempo subieron sobre cubierta el condesta- 
ble i el injeniero 1.", ambos a avisar al teniente 1." lo que pasa- 
ba en sus departamentos. Bajalía el segundo de la toldilla de 
decir lo ocurrido, cuando vino una granada que lo hizo desapa- 
recer. Escenas como ésta se repetian a cada ia.staute, pasando 
desapercibidas a cauí^a del estruendo de los cañonazos i del fue- 
go que dominaba a la jente. 

Como Ud. ve, el bu'jue que^laba lo mismo que una boya, sin 
gobierno i sin máquina i esperando por momentos hundirse con 
todos sus tripulantes. Sin embargo de esto, el entusiasmo de los 
pocos que quedaban en cubierta no desaparecía, i tres o cuatro 
cañones que aun teuian cartuchos, segiiian disparando para sos- 
tener hasta el áltimo instante la enseña del poder naval en el 
Pacífico. 

El «Huáscar» no cesaba sus fuegos, i la dirección que tomaba 
Kos hizo comprender que, aprovechándose de nuestra completa 
inmovilidad, no baria tardar mucho su tercer espolonazo. Eu 
efecto, era la una i minutos, cuando sentimos el tercer choque 
mas terrible aun que el anterior, sintiendo al mismo tiempo la.s 
detonaciones producidas por los terribles cañones del enemigo, 
que esta vez produjeran estragos mucho mayores que los aute- 



LAS DOS ESMEIíAI.DAS CLXYIt 

riores: una granada penetró por cstrtbor debajo de la toldilla, 
mutilando horriblemente a unos i matando instantáneamente a 
otros. En aquel lugar se encontraban muchos muchachos de 12 
a 14 años, ayudantes de timonel, (pie quedaron vivos pero horri- 
blemente heridos, hinzaudo por este motivo alaridos capaces de 
enternecer al hombre de corazón mas duro. 

Un cabo de la guarnición Ihimíido Reyes, que sabia tocar la 
corneta, al ver que el del buque habia sucumbido, la tocó i si- 
guió tocando ataque con una firmeza admirable, hasta que vino 
una granada que le voló la cabeza. 

JSi esto era terrible, querido papá, aun faltaba lo peor. 

Se hallaban en la sala de armas, listos para sul)ir a cubierta, 
los injenieros Mutilla, Manterola i Oatierrez, que habían aban- 
donado la máquina por estar llena de agua, junto con los mecá- 
nicos Torres i Jaramillo, el sangrador i el maestre de víveres, el 
despensero i dos carpinteros, cuando vino una granada que los 
destrozó a todos, no dejando vivo sino a Segura que también es- 
taba con ellos i que no sabe darse cuenta del modo como ha 
salvado. 

Igaal suerte corrieron diez infelices heridos que se hallaban 
acostados después de haber recibido la primera cura. 

El buque se hundía por momentos de proa: sin embargo, aun 
se oían algunos disparos que indicaban que todo el mundo per- 
manecía en sus puestos. En aquellos supremos instantes estába- 
mos casi todos los oficiales en la toldilla i decidimos esperar 
que el buque se sumerjiera. 

Ya la proa desaparecía bajo las aguas, cuando se sintió un 
último tiro, al mismo tiempo que un viva a Chile!, lanzado por 
los pocos aobrevívieutes, demostraba a los observadores de aque- 
lla traje^lia, el valor de que eran capaces los hijos de aquella 
noble tierra. 

Casi inmediatamente el buque se hvmdió con todas sus ban- 
deras: la de jefe al tope de mesaua, la de guardia en el trinque- 
te, el gallardete al mayor í dos nacionales al pico de mesana, 
pues se habia tomado la precaución de izar otra por sí acaso 
fallaba la primera. 



CLXVIl Err:>(;uu)3 mauítimos 

Tal fué el fin de la gloi'i(5§u (íEsineralda» qite hasta el último 
instaute supo conservar sus honrosos antecedentes, prefirieado 
sucumbir antes que arriar su pabellón. 

Cuando el buque se hundió yo estaba en la toldiila i casi al 
mismo instante sentí hundirse el buque bajo mis piós, i el tur • 
belliuo inmenso que formó el buque al desaparecer bajos Lis 
aguas. 

Permanecí algunos instantes sin saber lo qus me pasaba, i 
Dios solo sabe como salvé. 

Cuando saqué la cabeza fuera del agua, vi al «Huáscar» i una 
esi)ecie de nata formada por. ciucueata o sesenta cabezas junto 
con diferentes trozos de madera, restos del buque. 

Yo que, como Ud. sabe, sé nadar, traté de irme a tierra, i 
junto con dos marineros que sabia eran buenos nadadores, nos 
prometimos ayudarnos mutuamente. 

Yo vela cerca al «Huáscar» i veia también sus botes que tra- 
taban de salvar los náufragos. Jías no sé que instinto me obliga- 
ba a huir de ellos, pero el bote avanzaba con gran lijeTeza, i 
pronto sentí sobre mi cabeza las voz de un oficial que me decía 
subiera al bote. No teniendo otra cosa que- hacer, subí i allí en- 
contré a varios otros compañeros que 3'a habían sido recojidos. 
Pregunté por Riquelme, i tuve el gran sentimiento de saber que 
también había perecido. Recojimos a varios otros i pronto lle- 
gamos a bordo donde fuimos bien recibidos. Allí permanecimos 
cuatro horas, viniéndonos en seguida a tierra donde permanece- 
mos como prisioneros de guerra. Nos tratan bien. Estamos alo- 
jados en el cuartel de bomberos 



Vicente Zegers R. 



LAS DOS ESMF.nAI.T>AS CLXIX 



DOCUMENTO NÜM. 25. 
I. 



KELVOION DEL COMB.VTE DE IQUIQÜR TÜBLICADA EN (TEL 

COMERCIO» DE ESA CIUDAD, POR SU REDACTOK DON MODESTO 

MOLINA, TESTIGO PRESENCIAL. 

Con el ol)jeto de que mieetros lectores puedan comunicar al 
estei'ior algunos detalles sobre el combate de ayer, nos apresu- 
ramos a dar el presente boletín. 

A las 7 h. 15. m. de la mañana se avistaron dos buques que 
venian del !Norte, a los cuales todos suponian ser enemigos. 
Uno de ellos avanzó hacia el oeste del puerto, tomaudo poco 
despnes rumbo al fondeadero. 

En el acto se pusieron en movimiento la «Esmeralda», la 
«Covadouga» i el trasporte «Lámar» que sostenían el bloqueo 
de este puerto. 

Como los dos buques que asomaron despedían mucho humo, 
sospecharon, sin duda, los bloqueadores, que eran de los suyos. 
Sin embargo, para cerciorarse mas, se dirijierou hacía el que 
veian entrar por el oeste. 

Reconocido que fué el «Pluascar», que era el primero que hi- 
zo proa a nuestro puerto, la «Covadonga» se acercó al trasporte 
«Lámar» i le dio orden de irse al sur a toda máquina. El «Lá- 
mar» con toda fuerza tomó el rumbo que se le había indicado. 

Mientras esto tenia lugar, el «Huáscar», izando un hermoso 
pabellón peruano, disparaba el primer cañonazo sobre la «Es- 
meralda», que a su regreso, después de reconocer nuestros bu- 
ques, se entró al fondeadero para impedir que el «Huáscar», por 
no dañar la población, le hiciese fuego. 

La «Independencia» avanzó hacia el sur, con el objeto de 
impedir que la «Covadonga», que tiene muí buen andar, se le 
escapase. Fué entonces cuando se trabó un combate recio por 

V 



CLXX EPIS0DI05 MAUITIMOS. 

nuestra parte i desesperado por la del enemigo, que ha demos- 
trado ua heroísmo espartano. 

Jaqueada la «Esmeralda» por el «Huáscar», que la perseguía 
en las lijeras evoluciones que ella hacía, entre nuestra rada i el 
Colorado, único trayecto que pudo recorrer, porque no tenia es- 
cape, ni al norte ni al sur, el monitor le hacia fuego por elevación, 
a fin de lograr que la corbeta se rindiese. Que desde el principio 
filó ese el objeto del valiente comandante señor Miguel Grau, 
lo prueban las bombas i balas rasas que reventaron en el cerro 
de Huantaca, i en el que está frente a la casa del señor Wi- 
lliamsou. 

La «Esmeralda» sostenía el fuego con un tesón admirable, 
haciendo certeras punterías a flor de agua i por elevación; pero 
el «Huáscar» le respondía de tarde en tarde a fin de no dañarla. 

En uno de los movimientos de la coberta chilena, se puso 
frente i muí cerca de la estación del ferrocarril. Entonces el se- 
ñor jeneral Buendia que, para todo caso, hizo colocar la artille- 
ría de campaña por ese punto, ordenó que rompiese ésta el fuego 
sobre el buque chileno, i que igual cosa hiciesen los soldados. En 
efecto, las cuatro piezas de a 9 empezaron a hacer un fuego 
pronto i certero, al cual contestó la corbeta con una andanada i 
con tiros de fusilería tan sostenidos, que parecían los de dos 
ejércitos numerosos que se baten encarnizadamente. 

Después de sesenta cañonazos de tierra, mas o menos, se 
consiguió desalojar a la «Esmeralda» que buscaba, siempre ha- 
eienJo fuego, la salvaguardia de la población para no perderse. 



Mientras tanto, la «Covadonga» huía, i huía a toda máquina 
hacia el sur, recibiendo los constantes tiros que la «Independen- 
cia» le hacía i respondiéndolos con denuedo i buen éxito. Hubo 
un momento en que se creyó perdida la «Covadonga». Entonces 
hizo rumbo al interior de la caleta de Molle, siempre comba- 
tiendo. 

Mal manejada la «Independencia», no conocedor, sin duda, su 
comandante de esa baliía i sus malos bajos, i, por otra parte, 



LAS DOS EgMERALDAS CLXXI 

deseando tomar el buque sin causar-le gravo daño, emprendió su 
persecución. 

Pero sucedió que, en vez de tomar rectamente al sur para ga- 
narle la vanguardia a la «Covadongaj), que, dentro de Molle, 
tenia que describir una semi-circunferencia para verse fuera de 
la ensenada, el blindado peruano tomó la retaguardia i empren- 
dió la persecución del buque enemigo, el cual, mui pegado a la 
costa, daba todo su andar a la máquina para lograr la fuga. 
Tanto se acercó a la playa, que la guarnición que está ep Molle, 
le hizo fuego de fusilería, al que la «Covadonga» contestó in- 
mediatamente. 



El combate entre el «Huáscar» i la «Esmeralda» habia to- 
mado mas calor, haciéndose ya insostenible por parte del buque 
chileno, cuyas averias principiaban a ser de consideración. 

Fué entonces cuando el comandante Grau vio llegado el mo- 
mento supremo. 

Fuera de tiro de cañen la «Covadonga», que huia sin que pu- 
diera darle caza la «Independencia», i viendo que se prolongaba 
el combate, decidió ponerle fin, con un acto de heroísmo. 

Cuando la «Esmeralda» estaba frente al Colorado, al norte 
de este puerto, le arremetió el «Huáscar» con su espolón, des- 
cargándole antes dos cañonozos que inutilizaron algunas piezas 
del enemigo. La corbeta principió a hacer agua. Al habla ambos 
buques, el comandante Grau intimó rendición a la «Esmeralda», 
pero el jefe de la corbeta chilena, se negó a arriar su bandera. 

Viendo el señor Grau que era inútil toda consideración, arre- 
metió por segunda vez con su buque a la «Esmeralda», que en- 
tonces, como anteriormente, no habia cesado de descargar sus 
cañones. 

En este segundo choque se desconcertó el eje de la maquina- 
naria de la corbeta chilena, i una bala del monitor le mató trein- 
ta i seis hombres. 

Era j)reciso que se diera fin a un drama tan sangriento, i que 
no reconoce ejetnplo en la histo-ria del mundo. 

Así fué. 



CLXXII rriáODioá iiARÍrnios 

A una evolución do la ((Esmeralda» en que presentó húeía el 
sudoeste su costado de estribor, le acometió por tercera vez el 
«Huáscar» con su ariete, descargándole dos cañonazos. Uno de 
éstos le llevó por completo la proa, por la cual principió a liun- 
dirse. 

Fué en este terc2r choque cuando el comandante Prat de la 
«Esmeralda», saltó, revólver en mano, sobre la cubierta del 
«Huáscar» gritando: ¡Al abordnje, muchachos! Lo siguieron uu 
oficial Serrano, que llegó hasta el castillo, en donde murió, uu 
sarjento de artillería i un soldado. Todos estos quedaron en la 
cubierta muertos. Prat llegó hasta el torreón del comandante, 
junto al cual estaba el teniente S. Velarde, sobre el que hizo 
tres tiros que le causaron la muerte. 

Entonces un marinero aceiió a Prat un tiro de comblain en 
la frente, destapándole completamente el cráneo, cuyos sesos 
quedaron desparramados sobre cubierta. 



Mientras esas sangrientas escenas tenian lugar sobre la cu- 
bierta del «Huáscar», la «Esmeralda» desaparecia. En efecto, se 
inclinó hacia estribor, que fué por donde el ariete la cortó, i al- 
gunos segundos después se huodió, siempre de proa. El pabe- 
llón chileno fué el último que halló tumba en el mar. 

La «Esmeralda» era una especie de almacén o depósito de la 
escuadra chilena en que se encontraban víveres, armamento, mu- 
niciones, i otros recursos de todo jénero. No es, pues, estraño 
que después de haberse hundido, se haya visto a flote cajones 
de distintas clases i tamaños. 

Al hundirse la «Esmeralda» un canon de popa, por el lado de 
estribor, hizo el último disparo, dando la tripulación vivas a 
Chile. 

El combate concluyó a las 11 h. 45 m. A. M. 

Después de la catástrofe, que apagó los gritos de entusiasmo 
con que desde el principio eran saludados los tiros del «Huils- 



LAS DOS ES.MIOltAl.DAá CLXXIII 

carx> por el pueblo i el ejército, siguió el estupor i el silencio en 
todos . 

La impresión que en los habitantes produjo el hundimiento 
del buque enemicro, pudo mas que la alegría, i la apagó. 

¡ Tremendos misterios del corazón humano ! 



Mientras que al norte de Iquique el triunfo ponia fin a un 
espantoso drama, al sur tenia lugar otro inesperado. 

Forzando su máquina, la «Independencia» pudo dar caza a la 
«Covadonga», que iba completamente destrozada. Se puso al 
alcance de ella frente a Punta Grande, que dista como nueve 
millas i algo mas de este puerto. A pesar de su mal estado, la 
«Covadonga» hacia fuego de cañón i de rifle. Entonces el co- 
mandante Moore resolvió pasarla por ojo, e hizo que su buque or- 
zara para verificar la operación. Desgraciadamente, cuando esta 
maniobra tenia lagar, el blindado chocó por el costado de babor 
en una roca, abriéndolo e inclinándolo de ese lado. En el acto 
se esparció el desaliento i la confusión. Se echaron botes para 
salvar la jente, i la que no tuvo embarcaciones se arrojó a nado 
para ganar la' playa. 

Debemos hacer constar para la historia un hecho que habla 
mui alto en favor de nuestra proverbial jenerosidad i que será 
un nuevo baldón para Chile. Mientras que en nuestra bahia el 
«Huáscar» arrió todas sus embarcaciones para socorrer a los 
náufragos de la «Esmeralda» que, a gritos, pedian ausilio; del 
«Covadonga» se hacia fuego de rifle i ametralladoras sobre los 
botes i la jente que nadando tomaba la playa, después de aban- 
donar la «Independencia». 



Luego que el «Huáscar» tomó a los prisioneros que, en número 
de cerca de cuarenta, pudieron salvarse, se dirijió al sur en per- 
secución de la «Covadonga» i en ausilio del blindado. Cuando 
ésta vio a nuestro monitor, cesó en la infame tarea de asesinar 
náufragos, i tomó la fuga. 

Siendo imposible salvar a la «Independencia» se le puso fuego. 



CLXXIV nns'jDios marítimos 

Hasta el niomtínto mismo de entrar este número en prensa, 
arde todavía el casco de ese buque, cuya jente vino por tierra 
anoche a este puerto. 

El comandante Moore, el segundo i algunos otros oficiales i 
empleados del blindado, pasaron al «Huáscar», el cual regresó 
a este puerto anoche a las 7, dejando poco después nuestro fon- 
deadero, sin rumbo conocido. 



Al fugar el trasporte «Lámar», antes que nuestros buques 
entrasen a la bahía e hiciesen el primer disparo, izó el pabellón 
americano. Por esta razón, se dice que el comandante Grau no 
lo persiguió. 

Al abordar los prisioneros chilenos las embarcaciones que fue- 
ron en su auxilio, dieron un ¡Viva el Perú! i encomiaron el va- 
lor i jenerosidad de los peruanos para con los rendidos. 



El oficial don Guillermo García i García, de la «Independen- 
cia» murió después de encallada ésta, a consecuencia de dos ti- 
ros de comblaiu que se le hicieron de la «Covadonga». 

Han sido heridos el capitán de fragata don Ramón Freiré i 
tres hombres de mar del «Huáscar». 

Entre Jos prisioneros sabemos que están el teniente 1.° segun- 
do comandante de la corbeta — Luis Uribe. 

Teniente — Francisco Sánchez. 

Guardia-marinas — Arturo Wilson, Arturo Fernandez, Vicente 
Zegers. 

Cirujano — Cornelío Guzman. 

Practicante — Juan O. Goñi. 

Subtenientes — Antonio D. Hurtado, Jerman Segarra. 

Pasajeros — Agustín Cabrera. 

A estos individuos se les ha alojado en el cuartel de la com- 
paüia «Salvadora», i el resto de la tripulación está a cargo de la 
columna de Jendarmes. 

No es exacto que estén incomunicados; por el contrario, se les 



LAS DOS ESMEUALDAS CLXXV 

ha ofrecido la libertad, pero ellos no han aceptado por temor a 
sufrir desaires del pueblo. 

Eso pieosan, porque no conocen el carácter jeneroso i magná- 
nimo de sus apresadores. 



Desde que asomaron los bui¡ues i principió el combate, el ejér- 
cito se colocó en sus posiciones con uua celeridad i entusiasmo 
que acusan moralidad, disciplina i el tradiciontl ¡¡andouor de 
nuestros soldados. 

El señor jeneral Buendia, jcneral en jefe del ejército, recorrió 

la líuea de la playa entusiasmando a los soldados i dictando 

medidas oportunas para prevenir las emerjeucias que tiene la 

guerra en casos dados. 

L(>s comandantes jenerales de división estaban también en 
sus puestos. 

Hemos procurado hacer esta narración lo mas exacta posible, 
recordando lo que con toda calma hemos visto, i tomando la })a- 
labra de varios oficiales de marina, actores en este primer hecho 
de armas en la guerra a que injustamente nos ha provocado 
Chile. 

Por la redacción. 

Modesto Moltna. 



II. 



RELACIÓN DEL ':!OMBATE DE IQUTQUE ENVIADA A LA «PATRIA DE 

LIMA», rOR SU CORRESPONSAL DON BENITO NETO, TESTIGO 

PRESENCIAL EN LA BAHÍA. 

Iquiquc, mayo 23 de 1879. 

Señor director: 

Con la misma ansiedad i vehemencia con que los griegos, al 
sacar en suerte el nombre del héroe que debia luchar con Héc- 



CLXXVI EnsoDioí .maiu'timos 

tor, imploraban a Júpiter que hiciera que el elejielo fuera el rei 
Miceao o el formidable Ajax; rogábamos nosotros a Dios, hace 
ya cinco días que apareciera por este puerto cualquiera de nues- 
tras divisiones navales, pues la ocasión no podia ser mas propicia 
para vengar en dos buques enemigos las cobardes i aleves agre- 
siones de su escuadra. 

Por cierto que la división que mas ansiábamos era la primera, 
compuesta del «Huáscar» i la «Independencia». 

Así pues, calculen ustedes, cual no seria el gozo i asombro que 
me produciria el tropel i vocerio de las jentes que, eu la mañana 
del 21, corrían por las calles vivando al Perú i anunciando la 
llesrada de nuestra escuadra. 

¿Será verdad? ¿no estaré soñando? ¿no es alucinación do mis 
sentidos? Todo esto me repetia yo, confundido, atolondrado, 
mientras salvaba el trayecto que media desde mi alojamiento 
al muelle. 

¡Que inesperada i grandiosa realidad la que descubrieron mis 
ojos al llegar allí! ¡Dentro de la bahia donde desde el 5 de abril 
se enseñoreaba insolente la enseña ¡lirática de Chile, estaban 
ahora nuestros hermanos, nuestra bandera, la patria, eu fin! 

¡I qué alegría, que entusiasmo causaba al pueblo lo que tenia 
a la vista; aquello era delirio, frenesí! 

Mientras tanto el «Huáscar» i la «Independencia», en cuyas 
popas flameaba un anchísimo paño bicolor, avanzaban lenta i 
majestuosamente hacia el centro de la bahía, por distintos pun- 
tos. Los buques chilenos voltejeaban de un lado a otro buscan- 
do escapatoria, sobre todo la «Esmeralda», que era la mas aco- 
rralada. 

La «Cúvadonga» enderezaba su proa hacia la isla como re- 
suelta a encallarse. 

El vapor trasporte chileno «Lámar», que habia encontrado 
salida, huia con bandera norte americana. 
.(Siempre la piraterial) 

Ninguno de nuestros buques le sigue, se ocupan solo de los 
de guerra. 

La í Independencia» toma a su cargo a la «Covadongs» i el 



LAS D:)3 ESMETíAIíDAS CLX.XVI[ 

^Huáscar» a la «Esmeralda»; el cañoneo se hace cada vez mas 
nutrido, particularmente de parte del aiemigo. El primero de 
los buques de éste, ]iegáadose muchísimo a tierra, logra salvar 
la isla i escapar coa rumbo al sur. Pero ¿dónde irá que no le dé 
caza nuestra fragata? 

Así acontece. A poco que anda, la «Tudependenciaí) la obliga 
a virar i buscar amparo en la caleta de Molle. 

En estos momentos la lucha desesperada de la «Esmeralda;) 
con nuestro monitor, absorve la atención de todos los que pre- 
senciaron aquel duelo sangriento. 

Otro incidente; la llagada al «Huáscar» d^ la lancha que con- 
duce al capitán de puerto señor Salomé Porras, acompañado 
del patriota sarjento maj'^or del batallón de G. G. N. N. «Iqui- 
qne número 1» señor Manuel A. Loayza, i de la otra que lleva 
a su bordo al intelijente práctico Mr. Chekly. Ambas embarca- 
ciones cruzan bajo los fuegos de canoa i fusilería del enemigo. 

El peligro, los azares del combate tienen la misma poderosa 
atracción del abismo, la cual para algunos temperamentos suele 
ser irresistible. 

La riesgosa espedicion de las referidas lanchas, despierta en 
muchos el deseo de repetirla, entre los cuales se encuentra este 
servidor de ustedes. Por fortuna, igual deseo le asalta al coman- 
dante del resguardo, teniente-coronel Mariano Tirado, i a mi 
colega el corresponsal de «El Comercio» señor Salvador Gómez 
Córdova. No quedó en proyecto la cosa. 

Media hora después, estábamos en plena mar i en pleno com- 
bate, conquistando el derecho de poder decir: «hemos visto de 
cerca los hechosx» 

Confieso injénuamente que una vez que me vi metido de bó- 
bilis bóbilis en la safacoca, empecé como a sentir remordimiento, 
la lucha arreciaba de minuto en minuto; pero, ¡qué diantres! ya 
era tarde para regresar a tierra. Con que así, no hubo mas que 
marchar adelante. 

Próximos nos encontrábamos al «Huáscar», i viendo la mejor 
manera de escapar el bulto a los fuegos de los nuestros i de la 
«Esmeralda»; cuando aquel se lanzó rápido sobre ésta, que le 



CLXXVIII EPISODIOS MAllITIMOS. 

recibió presentándole la proa después de haber descargado todos 
sus cañones de babor. 

El espolonazo fué recio pero no causó gran efecto. 

La ccEámeralda» maniobró con dirección a la población, con 
el intento marcado de evitar que el «Huáscar):^, ante el peligro 
de dañar a aquella, le hiciera fuego. 

Pero no contaba con la huéspeda de los cañonazos certeros 
que descargó sobre ella nuestra artillería de tierra. 

El buque chileno contestó con bombas i andanadas de metra- 
lla. Pero esto en vez de amilanar, avivó el entusiasmo de los 
soldados da las baterías, viéndose aquel en la necesidad de ale- 
jarse de la playa i afrontarse de nuevo con el monitor. 

Después de cambiar algunos tiros, lanzóse otra vez impetuoso 
sobre el enemigo; la «Esmeralda» pretendió evitar el golpe del 
espolón, pero no anduvo tan feliz como en la primera, sin em- 
bargo, no fué grande el daño. 

Trabóse entonces un terrible i encarnizado combate a boca de 
jarro de ametralladoras i fusilería, una densa nube de humo 
envolvía a los dos buque?. 

¡Qué momento de ansiedad i de angustia infinita para los que 
contemplábamos aquello! 

De pronto de la torre del monitor salen dos fogonazos, al 
mismo tiempo que de la proa de la «Esmeralda» se levantan 
por los aires multitud de objetos que a primera vista parecen 
trozos de madera. 

Inmediatamente de hacer estos dos disparos, sin retardo ni 
de nn minuto, precipítase el «Huáscar» sobre el centro del cos- 
tado de estribor del buque enemigo, cuyo casco crnje, su arbola- 
dura tiembla i bambolea. ..jbuques, cañones i tripulantes se 
hunden en el abismol 

Eran las doce i diez minutos P. M. Lo último que desaparece 
en las aguas es el }»abellon chileno. No se oye el mas leve grito 
ni clamor alguno de socorro. Todo permanece mudo, tétrico, pa- 
voroso; ni siquiera resuenan los vit''>res con que en los campos 
de batalla se saluda el triunfo, a todos nos tiene anonadados el 
horror de aquella tremenda escena. 



LAS nos EáME HALDAS CLXXIX 

¡Dios mió, maldita sea la guerra! ¡Caántos sacriñcios de vidas, 
cuantas lágrimas, cuáutos infortunios en tan breve instante! 

jQné transición! No ha mucho todo estrago me parecia poco 
para castigar las ofensas, las crueldades de nuestros injustos 
enemigos; i hé aquí, que al ver la decisión, el heroísmo que han 
mostrado al sucumbir, siento opreso, dolorosamente angustiado 
el corazón. 

Pero que estraño es que yo, simple espectador de la trajedia, 
esperimente tal emoción; cuandos los mismos que con admira- 
ble entereza i denuedo acaban de vengar los ultrajes inferidos 
al pais, les veo haciendo los mas nobles i heroicos esfuerzos por 
salvar a los náufragos, con grave riesgo de la vida que ha res- 
petado la metralla arrojada por esos a quienes procuran salvar 
de una muerte segura. 

Esta acción hidalga i caballeresca no requiere comentarios ; 
con narrarla basta para que quede glorificada la conducta de 
nuestros bravos marinos. 

Sí; glorifiquemos una i mil veces ese proceder humano, esa 
sublime abnegación de los vencedores. 

¿Qué mayor triunfo i gloria podíamos ambicionar que obligar 
a nuestros enemigos con actos de jenerosidad e hidalguía hasta 
el punto de hacerlos prorumpir en vítores a los valientes, a los 
jenerosos ¡peruanos, como aconteció con los náufragos de la «Es- 
meralda» al trepar sobre la cubierta del «Huáscar»? 

¿Puede darse una victoria mas completa? 

¡Y qué lección tan tremenda la que recibían los bombardea- 
dores de puertos indefensos! 

En el instante mismo que en esta bahía admirábamos enor- 
gullecidos tales hechos, léase lo que ocurría al sur de la caleta 
de Molle, en la punta denominada Grueso. 

Acosada por la persecusion de la «Independencia», la «Cova- 
donga» se precipitó sobre dicha punta, en el momento que nues- 
tro buque, marchando a toda fuerz^, estaba próximo a darle el 
golpe de espolón. 

La «Covadonga» salvó milagrosamente de los arrecífres, pero 
la «Independencia» encalló, destrozándose los fondos, a tal es- 



CLXXX EPISODIOS MAKÍrnroá 

tremo, que el mav invauió sus compartimentos mutilizando por 
cüuipleto todos sus períreclios de guerra. 

Apercibida por el buque chileno la situación del nuestro; se 
detiene en su fuga, i en seguida retrocede. 

¿Acaso qué? preguntarán ustedes. Por ventura a ausiliarlo? 

Olí! no; todo lo contrario!! A cañonear, a ametrallar a la tri- 
pulación que se encontraba imposibilitada para toda defensa!! 

Hubiera concluido con aquella sin la presencia oportuna del 
«íHuáscar», a la vista del cual emprendió de nuevo su fuga la 
ccCovadonga». 

¡Qué horrible contraste! 

Mientras que los náufragos de la «Esmeralda» recibian de 
parte de nuestros marinos todo jénero de socorros i considera- 
clones, los de la cclndependenciai) eran cobardemente asesinados 
por los chilenos. 

lié ahí, en dos episodios daguerreotipados el carácter, la Ín- 
dole de dos pueblos. 

El uno altivo, caballeresco i humano: el otro alevoso, rastrero 
i cobarde. 

¡Miserables! 

La catástrofe de la pérdida de la «Independencia», es un he- 
cho, en mi humilde concepto, enteramente casual. 

La roca contra la cual chocó no está señalada en el mapa, i 
ademas el hecho de haberse lanzado por allí la «Covadonga» 
alejó toda sospecha de la existencia de aquella. 

Ah! si en vez de haber tenido en los tiempos de paz a nues- 
tros buques pudriéndose en la bahia del Callao, los hubiera 
mandado el gobierno a estudiar nuestra costa, no tendríamos 
que lamentar tales desgracias! 

Siempre la falta de previsión! 

Nunca nos cansaremos de repetir a nuestros colegas, que ten- 
gan presente que los hechos, de hoi serán historia mañana, por 
consiguiente conviene cuidar de no ser adulterados ni forjar í;in- 
taslas. 

Nó es cierto lo que afirma el citado boletín del colega, que el 
comandante Prat faltara sobre la cubierta del «Huáscar», gri- 



LAS DOS ESMmtiLDAS CLXXXI 

tando ¡al abordaje, muchachos! ni menos que fuera quien dio 
muerte al teniente Velardc. 

Cuando nuestro monitor dio el último espolonazo a la «Esme- 
ralda,» Prat que f?e encontraba eu el puente saltó sobre la proa 
de aquel sin mas arma que su espada: allí fué muerto por una 
de tantas balas. 

Su cuerpo cayó junto a la torre. 

Contaba de edad 31 años, natural de Santiago, casado. 

La muerte a pesar de que habia sido terrible, pues la bala le 
vació el cráneo, no habia cambiado los rasgos de su fisonomía, 
que debió haber sido simpática. 

En el bolsillo de la levita se le encontró una carta, unos esca- 
pularios, los retratos de su esposa i dos niñifcos. 

Tenia a mas una libreta de apuntes donde pude leer una lar- 
ga lista de nombres de personas que me son conocidas en Mon- 
tevideo i Buenos Aires, donde fué el año próximo pasado en co 
mjsiou secreta del gobierno de Chile. 

Sobrada razón tuvieron los diarios arjentinos para denunciar- 
lo como espia. 

Asi lo prueban los apuntes de su libreta. 

Hé aquí la copia de un telegrama hecho desde Montevideo 
con fecha 12 de diciembre a don Domingo Gana en Santiago. 

(¿Duelas compró aguardientes primera clase en Francia». 

Ahora, vean ustedes, la traducción según la c^ave que se en 
cuentra consignada eu la misma libreta. 

Duelas significg- gobierno arjentino. 

I aguardientes, remplazaba a buques. 

¡Qué lealtad de jentel ¡I esto pasaba en momentos en que el 
goíbierno de Chile entonaba su pecavit delante de la cancillería 
arj entina. 

Dejo a mis antiguos colegas, los periodistas del Plata la tarea 
de comentar estas perfidias. 

El combate de la «Esmeralda» con el «Huáscar» podría haber 
terminado pocos momentos después de la llegada de este. Si duró 
este tres horas i media, fué solo por la imposibilidad en que se 
encontró para maniobrar en la bahía por temor de los torpedos. 



CLXXXII Ensonios mahitimos. 

La aseveración del capitán del puerto al respecto, no carecía 
de fundamento, pues no hacia muchos días que los buques chi- 
lenos habían estado ensayando algo que por la esplosíon parecía 
torpedos. 

A bordo del pontón de Stanley, se ha hallado una gran canti- 
dad de dinamita. 

Luego, motivo suficiente había para creer que nos hubieran 
preparado alguna celada. 



No es cierto tampoco aquello que asegura el boletín de El 
Comercio de Iquique, que los de la «Esmeralda» se hundieron 
haciendo fuego con los cañones de popa i dando vivas a Chile. 

Fué tan instatánea la catástrofe, que apenas tuvieron tiempo 
algunos para arrojarse al mar. 

A los que se quedaron sobre cubierta, les fué imposible salir 
a la superficie, pues el remolino que produjo el buque al hundirse, 
se los tragó a todos. 

B. Neto. 



III. 



CARTA TRIVADA DEL OFICIAL DE ARTILLERÍA, DON ERNESTO 
CANSECO, SOBRE EL COMBATE DE IQUIQUE. 

Iquiqíie, mayo 22 de 1879. 

Estoi bueno i sin la menor noveñad: anticipo esta, porque ha- 
biendo sido actor en un pequeño combate de tierra contra la 
«Esmeralda», quiero que al mismo tiempo que reciban la noti- 
cia del combate, sepan de mi salud. 

Ayer 21 ha sido un día de emociones. El «Huáscar» i la «In- 
dependencia» se aparecieron en la bahía, a las ocho i media de 



LAS DOá ICS-MKUALDAS CLXXXIII 

la mañana i trabaron combate con la «Esmeralda» i la ocCova- 
clonga». Esta última logró salir hacia el Sur, seguida de la (ílii- 
dependencia». 

El «Huáscar)) i la «Esmeralda» quedaron, pues, solos en la 
bahía. La «Esmeralda» por guarecerse se vino hacia tierra. 
Entonces el coronel Velardc, Carbajal, Muñoz, Puente, Pas- 
trana i 3'ó, les hicimos fuego con nuestra artillería, contestán- 
donos ellos con su artillería i fusilería; pero logramos nuestro 
objeto, retirándose ellos de junto a tierra i dando lugar a que el 
«Huáscar» la echara a pique, después de haberle intimado ren- 
dición por tres veces; pero los chilenos peleaban como leones. 
El comandante de la «Esmeralda», un tal Prat, saltó sobre el 
«Huáscar» i con revólver en mano intentó dar muerte a Grrau; 
pero se encontró con el teniente Velarde a quien mató de un 
pistoletazo; un marinero que vio esto, mató a Prat, partiéndole 
la cabeza de un hachazo. Prat i cinco que lo siguieron queda- 
ron muertos. La «Esmeralda» a pique con 150 a 200 de tripu- 
lación; solo hai 50 o 60 prisioneros; los demás quedaron en el 
abismo. 

Al ser prisioneros los chilenos vivaron al Pera. 

Miéntraa tanto una escena mui distinta tenia lugar entre la 
«Lidependencia» i la «Covadonga». Esta siempre huyendo, se 
metia por sitios que su calado le permitía; la «Independencia» 
siguiéndola, quedó encallada; entonces regresaron i les hicieron 
fuego hiriendo a muchos i matando a tres, entre ellos G uillermo 
Garcia i Garcia. 

Los que pudieron salvar los tenemos en tierra; con quienes 
hemos tenido que hacer cada uno de nosotros la obra de miseri- 
cordia, de vestir al desnudo. 

La «Covadonga» se fué a pique a la altura de Pica. 

La victoria ha quedado por nuestra, pues les hemos echado 
dos buques a pique i tomádoles prisioneros; pero la pérdida 
material para nosotros, que hemos perdido a la «Independen- 
cia». 

Terrible! Terrible todo! 

No tengo tiempo para mas, pues tenemos orden de marchar. 



CLXXXIV Ei'isoDios marítimos. 

Escríbanme siempre para acá, pero si a olvidarse de poner eu el 
sobre División Veíanle para que la llev^en donde estemos. 

Creemos que vamos a Molle. 

Tengo, pues, que alistarme i por eso no escribo mas. 

Ernesto Canseco. 



DOCUMENTO NÜM. 26. 

CARTA DEL COMANDAIíTE MOORE, DEL ACORAZADO 

«INDEPENDENCIA», AL COJIANDASTE CONDELL, DE LA GOLETA 

dCOVADONGA». 

Arica, junio 14 de 1879. 

Señor comandante don Carlos Cundell. 

Sin esperar el parte estenso que usted promete dar a su go- 
bierno, sobre el combate naval del 21 del mes último, me veo 
lioi en la imprescindible necesidad de romper el silencio en que 
debo permanecer, mientras se esclarecen oñcialmente los hechos, 
para desmentir con toda la enerjía del patriotismo indignado, el 
telegrama que sobre aquel acontecimiento, hace usted, con fecha 
26 de mayo, al ministro de la guerra de su nación. 

Bien se comprende que eu los devaneos que produce un en- 
tusiasmo irreflexivo, se adulteren apasionadamente los hechos 
en que los hombres vulgares toman parte, con el fin de atraer 
sobre sí, no la gratísima admiración de la jente sensata, sino los 
atronadores aplausos de las muchedumbres inconscientes. 

Pero que, tratándose de una importante acción de armas, en 
la que dos naciones se disputan igualmente la gloria de un hon- 
roso triunfo, se recurra a la calumnia i a la difamación, para 
])onderar inútilmente los hechos, i negar a la desgraciada ca- 
sualidad, los resultados mas o menos favorables que le cupo eu 



LAS DOS ICi-MKüAI.OAS CLXXXV 

suerte oljtcncr a uno de los contendientes; a la verdad que tal 
proceder de parte del marino que montaba el puente del «Cova- 
dong-a» en el leal combate de Molle, está mui distante por cierto 
de hacer honor al afortunado teniente de un pais que pretende 
ser culto. 

Sepa, pues, el comandante Condell, para quien la noble con- 
ducta del «Huáscar» al hablar de sus desgraciados contendien- 
tes de la «Esmeralda», no ha sido bastante para ahogar su voz 
en el momento mismo que lanzaba la difamación contra el leal 
enemigo que hasta el fin cumplia con su deber, que antes que 
rendirse arriando el glorioso estandarte de su patria, habria se- 
])ultado su espada en el pecho, del que, olvidando sin duda, que 
el decoro de una nación, se mide en circunstancias dadas, por la 
(Hguidad i temple de alma de sus hijos, solo pensó al dar su 
parte oficial, en conquistarse una f¿ima, cuyo vuelo dejado a las 
alas de la casualidad, ya que no a las de una merecida i verda- 
dera victoria, habria cubierto sencillaaiente su nombre de un 
mérito poco común. 

Preciso se hace analizar el parte para que se conozca la ver- 
dad de las cosas, i quede por sí solo desmentido el señor Condell. 

¿Es admisible que a 200 i mas metros de distancia, en un mar 
ajitado por sus violentas oscilaciones, el ronco estampido de los 
cañones i de las ametralladoras i el incontenible bullicio de los 
combatientes, naturalmente escitados por la desesperada lucha, 
se perciban las palabras que de unS a otro buque pudieran di- 
rijirse? Evidentemente que no: sin embargo usted lo asegura así 
en su parte, equivocando deliberadamente la persona del que 
suscribe, a quien sin duda no podia usted distinguir por hallar- 
me en la batería reconociendo la máquina en los momentos de 
hundirse la «Independencia», con el alférez de fragata Carlos 
Bondy, que al pasar por el puente del buque a cumplir las últi- 
mas órdenes mias, contestó a los descompasados e incomprensi- 
bles gritos que el viento llevaba del «Covadonga», con palabras 
llenas de patriótica enerjía; cuyo eco llegó quizá a la cubierta 
del buque ensangrentado por las balas del que aun en medio del 
naufjajio man tenia incólumne el honor de su bandera 

y 



CLXXXVI rrxs(ji>ios MAnÍTiMos 

^0 GS nieuos falso también lo que usted dice respecto de la 
aiiroximacioii del «Huáscar» al lugar del siniestro; pues este 
buque se avistó dos horas después, ya cuando estaba la tripula- 
ción de la fragata en tierra firme. Pudiera suceder, sí, que el 
justo temor que usted abrigase con tan negra perspectiva, unido 
al pánico que en el «Covadonga» se difundiese a la vista de las 
averias sufridas o a la duda que sobre la pérdida total de la 
((Independencia» tuviese usted i los suyos, lo hiciesen padecer 
una ilusión óptica en esos momentos de despavorida fuga. 

Reasumiendo pues todo lo espuesto, es falso, calumniosamente 
falso, que usted se hubiese entendido conmigo en el combate i 
después del combate: que usted huyó del combate a la aproxi- 
mación del «Huáscar», el cual, como consta de documentos fe- 
hacientes se avistó dos horas después de haberse marchado usted; 
i que ya que una fatal casualidad favoreció su salvación i la de 
su buque, ha debido usted ser mas mesui-ado en su parte oficial 
i respetar el valor i patriotismo de. los que siempre jenerosos 
aun con los enemigos desleales, le habrian hecho a usted justi- 
cia 5Í la suerte no les hubiese sido adversa en medio de su in- 
disputable victoria. 

Finalmente, señor Coudell, la guerra a que ha sido injustifi- 
cablemeute provocado mi ¡mis i su noble aliada la re|)úb]ica de 
Bolivia, quizá se prolongue por uu tiempo indeterminado; en 
CUTO caso, no es dudoso que el desgraciado comandante de la 
«Independencia» tenga oportunidad, cualquiera que sea su con- 
dición, de probar a usted i a Chile de todo cuanto es capaz el 
que nunca faltó a sus deberes ni como caballero ni como pa- 
triota. 



De usted atento S. S. 



JUAK W. MOOUE. 
(Del Áriqueño). 



L.Vd DOS KSJfKHAI.UAá ClA'XXVir 



DOCUMENTO NÜM. 27. 



CARTA DEL CORRESPONSAL DEL "COMERCIO" DE LIIMA, A BORDO 

DE LA "INDEPCNDKNXMa" SOBRE EL COMBATE DE PL'NTA 

GRUESA I PÉRDIDA DE ESTE BUQUE. 

Iqui<p(C, nuojo 22 de 1879. 

Señor director del Comercio: 
■^ 

Uu acoutecimiento por demás fatal lia veuido a turbar el es- 
])íritu de nuestra marina de guerra. 

La pérdida total de la fragata «Independencia», si bien es 
cierto que ha constristado los dniínos de nuestros valerosos ma- 
rinos, también es verdad que este revés, debido a la fatalidad, 
ha servido para retemplar el corazón de tojio peruano, que an- 
sia derramar .su sangre en holocausto de los mas sagrados debe- 
res para con la patria. 

Harto sensible ha sido, en verdad, señores directores, la pér- 
dida de una de nuestras mas poderosas naves de guerra; pero 
quédanos la esperanza de que contamos con elementos maríti- 
mos para contrarestar a las fuerzas enemigas i obtener el triun- 
fo que estamos llamados alcanzar porque defendemos el honor 
patrio, infamemente mancillado, i por(][ue nos asiste la justicia 
de nuestra causa. 

Testigo presendal de cuanto ha acontecido a bordo del blin- 
dado «Independencia» desde nuestra salida del Callao, paso a 
hacer una relación exacta i detallada del combate naval habido 
entre la primera división de nuestra escuadra, formada del mo- 
nitor «Huáscar» i la fragata «Independencia», i los buques chi- 
lenos corbeta «Esmeralda», su comandante el capitán de fraga- 
ta don Arturo Prat, i goleta «Covadonga», su comandante el 
capitán de fragata don Carlos Condolí. 
El martes 20 a las 8 P. M., cumpliendo órdenes superiores 



CLXXXYIII ni'isoinos MAKÚ'iiros 

abandonamos el funtleaJero de i^rica cou rumbo a Iquique, a batir 
0. los buques chilenos que se encontraban bloqueando ese puerto. 

Siguiendo las aguas de la capitana, monitor cdlaáscar», lle- 
gamos al puerto de Pisagua a las tres de la aiañaná, donde tu^ 
vo que parar su máquina la cdnde